Eloy Fernández Clemente

Catedrático jubilado de Historia Económica de la Universidad de Zaragoza. Fundador y director de la revista Andalán (1972-1977 y 1982-1987) y Director de  la Gran Enciclopedia Aragonesa (1978-1982). 

El Sender de un joven lector

Hace aproximadamente medio siglo de que, como ha escrito Juan Carlos Ara refiriéndose a Sender, «por fin se publicaban en España unos libros que fatigaron las prensas en multitud de reediciones». Y fue desde algo antes incluso, en mis años de comunes de Letras desde 1960, cuando comencé a leer, con el desorden obligado, pero con idéntica pasión, el bloque de lo que considero sus mejores libros, todos de la década de 1930, una obra magistral vinculada a la República y la Guerra Civil —O. P. (Orden Público), Siete domingos rojos, Viaje a la aldea del crimen, Contraataque y El lugar de un hombre (1939, revisada en 1958)— o relatos históricos como Imán y Mister Witt en el Cantón.

Algo desconcertado por los temas americanos y el nuevo estilo narrativo, leí algunos de los libros de su primer exilio mexicano en los cuarenta: Mexicáyotl, la desigual pero en ocasiones magnífica Crónica del alba (1942-1966), Epitalamio del prieto Trinidad, El rey y la reina. Celebré luego un cierto regreso a los temas y el tratamiento de los años treinta en algunos títulos de los cincuenta y los sesenta: El verdugo afable, Mosén Millán (1953; después, en 1960, Réquiem por un campesino español). Y leí Bizancio (1956), Carolus rex, Jubileo en el Zócalo, La aventura equinoccial de Lope de Aguirre (1964), El bandido adolescente y Las gallinas de Cervantes y otras narraciones parabólicas.

Lope de Aguirre

En 1964 trabajaba yo en Madrid, en la editorial Magisterio Español, recién adquirida por gentes del Opus Dei, y se publicó La aventura equinoccial de Lope de Aguirre como número 1 de la renovada colección Novelas y Cuentos, cuyo membrete se había comprado. Fue para mí una enorme satisfacción ver y tocar las planchas, los primeros ejemplares de esa obra maravillosa, admirado de cómo nuestro escritor imitaba genialmente el estilo y lenguaje de los grandes cronistas de Indias.

Pronto me ahogaron títulos como Las criaturas saturnianas (1968) o La tesis de Nancy (1962), tras cuyo éxito el autor decidió continuar con varias secuelas a cuál más bochornosa. Seguí esperando una vuelta a los orígenes: apenas se me salvaron ya en los setenta y los ochenta El fugitivo, Las Tres Sorores, Solanar y lucernario aragonés, Monte Odina y casi nada el ensayo o el teatro.

 

Desde Teruel, protesta por el Premio Planeta

En la vida de ignacio morel

Me pareció escandalosa la concesión del Premio Planeta de 1969 a En la vida de Ignacio Morel, un guiño al exilio, a un autor de la casa, muy consagrado. Era una novela menor, aunque bien escrita, de altísimo voltaje erótico para entonces, y que se rumoreó que respondía a un posible acuerdo previo con la editorial (así lo afirmó el mismo Sender en carta muy confidencial a Maurín) y a unas enormes ganas de resituarse en España.

Vivíamos en Teruel y escribí en el diario Lucha el 5 de noviembre de 1969 un artículo que iba a levantar un cierto revuelo: «Aragón, Sender y los exilios: un premio y otras peripecias de un escritor universal». En él decía:

Han pasado muchos años —más de treinta— […] desde que muchos españoles limpios con derecho a un regreso respetado partieron de esta piel encendida porque no querían tomar partido. Acaso, a lo más, porque habiéndolo tomado no se atrevían a imponerlo a los demás. Y aquí están […]. Ya viejos: es decir, emocionados y sin odios; con ojos incrédulos de tanto gozo. Con cierto escepticismo hacia los viejos partidismos. Parecen pensar que nada vale la pena de una vida, de un exilio. […] lo acaba de decir textualmente Ramón J. Sender: «con el pasaporte en regla, esperando impaciente la luz verde». He aquí al hombre noticia: treinta y dos años de exilio, duro primero, lejano después. […] no ha vuelto aún pero sus obras lo inundan todo. Y le acaban de colocar, aunque sea a distancia, la corona de laurel de un millón y pico de pesetas del «premio Planeta». No es que sea rigurosamente desconocido: digamos que no le conoce casi nadie. Y menos en Aragón, que para eso nació en esta tierra que escupe a sus profetas.

Y, tras citar lo que Castán Palomar había escrito sobre Sender en 1934 y resumir su biografía, concluía:

La nostalgia de Sender ha sido más fuerte que su «dignidad»; no puede más; ya no hay nada que valga la pena de mantener esa mítica apostura. Se ha jubilado de su cátedra de Albuquerque, ve cómo sus contemporáneos, sus compañeros de exilio, son recibidos con ruedas de prensa, cocktails y números extras de los periódicos, que los magnifican; y cómo sus propios libros de bolsillo se venden y llegan a rincones inesperados. ¿Vale, entonces, la pena de morirse con todo eso en la puerta? No.

Aquí está, casi llegando. No importa que ahora Índice y Pueblo jueguen a las contradicciones y nos desvelen cosas ya demasiado sabidas: que no era tan fiero el león, que ya hace tiempo que escribía contra los partidos políticos, que quién lo ha visto y quién lo ve, sin dientes ni melenas. No importa si con «contrato secreto» o a pelo; no importa si estaba todo preparado, como parece, para un lanzamiento colosal.

Lo cierto es que Ramón J. Sender, considerado fuera de nuestras fronteras como uno de los mejores escritores que jamás tuvo la lengua castellana, con leyenda y «curriculum» de premio Nobel, acaba de caer en la «garra» publicitaria, comercial, de la sociedad de consumo española, de un fabuloso premio literario. Le pesaban demasiado su soledad y su grandeza.

Veinte días escasos después, el 22 de ese mismo noviembre, el artículo recibía el primer Premio Gay de Prensa (15 000 pesetas). Lucha consideró el premio un poco suyo (lo había sido el riesgo de publicar esas ideas). Y, aunque con retraso, el 1 de enero de 1970 Carlos Hernández daba una amplia crónica en El Noticiero Universal de Barcelona. En una entrevista muy cariñosa de Lisardo de Felipe en Pueblo le respondía yo al respecto: «Nuestra paz deben disfrutarla todos los españoles».

 

Sender en Andalán

En Andalán dedicamos bastantes artículos a Sender. Desde muy pronto: la primera mención, en el número 5, del 15 de noviembre de 1972, donde Ánchel Conte resumía un «Viaje por el bajo Cinca» que hicimos él, Jesús Vived y yo. Y escribía: «Los alcoleanos se distinguen por su amor a la Virgen de Chalamera, son los rivales más directos de los chalameranos. Rivalidad ancestral, agudizada modernamente a causa de Ramón Sender, nacido en Chalamera pero alcoleano de familia y de infancia».

En el número 13, de marzo de 1973, reseña Carlos Forcadell el libro de Francisco Carrasquer sobre Imán y la novela histórica de Ramón J. Sender y concluye: «Carrasquer propone explicaciones sicológicas para la obra y personalidad de Sender. Su tesis puede ser discutible en algunos aspectos. Pero no se debe desconocer. Y menos aquí».

Caricatura de Sender en Andalan
Retrato de Sender publicado en el número 14-15 de Andalán

El 1 de abril de 1973, en el número 14-15, dedicamos a la literatura aragonesa del siglo xx un cuadernillo extra que tenía en portada un retrato de Sender realizado por Iñaki. Aunque se le calificaba en el editorial del suplemento de «casi un clásico», era muy crítico el trabajo de Joan Egea sobre «La frustración en la construcción formal de Ramón J. Sender», que señalaba «el trauma moral, psicológico y físico que la guerra produjo a Sender», su profunda frustración y su sensación de culpa, y concluía: «su autorrepetición, su incapacidad para crear situaciones paralelas a otras vividas por Sender con igual intensidad, enlazan con su faceta de escritor prolijo y poco aficionado a las correcciones detenidas», y pedía una nueva edición de Imán, «documento literario de suma importancia dentro de su obra total».

En el número 19, de 1973, se publicó una reseña anónima sobre Crónica del alba. Y que yo sepa no hubo otra hasta 1979, en el 232, sobre La mirada inmóvil. En el número 42, de junio de 1974, se hacía un pequeño y discreto homenaje al autor dedicándole la sección «Gente viva», que ofrecía Studio Tempo: una foto y una breve semblanza.
Ya por entonces nos veíamos con frecuencia con Jesús Vived, que me contaba sus buscas pacientes, hasta localizar la tumba en Borja de Valentina, o en Alcañiz la farmacia donde el joven fue mancebo, o las de Zaragoza. Pasión manifestada en investigaciones felices.
 

El viaje a Zaragoza

Sender en la estación del Portillo, Zaragoza 1974
Sender llega a la estación del Portillo, en Zaragoza (foto: José-Carlos Mainer, Ramón J. Sender, la búsqueda del héroe, Zaragoza, CAI, 1999)

En 1974 tuvo lugar el regreso fugaz del escritor, que impartió varias conferencias en Barcelona, Zaragoza, Huesca. En una entrevista en el Nodo confesaba que estaba harto de hablar otro idioma, que se encontraba muy a gusto en España, y aceptaría alguna vinculación universitaria si disponía de la misma libertad que en Estados Unidos. El Noticiero, un diario muy conservador, designó ese año «populares de Aragón», entre otros, a Sender, Buñuel y José Antonio Labordeta (y a mí como periodista). Pero sus artículos fueron apareciendo en Aragón Exprés, a través de una agencia de prensa. Entrevistado allí por Fernando Baeta, Sender confesaba: «Exiliado no lo he sido nunca en realidad, porque nunca he admitido la derrota. Yo nunca he sido un hombre vencido; me fui porque me dio la gana». También el Heraldo de Aragón esgrimía viejas colaboraciones y le publicó artículos señalados, y ambos protagonizaron una lamentable lucha por hacerse con él cuando vino a Zaragoza…

andalán sobre Sender el exilio y el reino

En Andalán tuvo un tratamiento especial. Sacamos una edición a medias quejumbrosa, a medias sensacionalista (con grandes caracteres en portada, «Ramón J. Sender: el exilio y el reino», jugando con las palabras de Camus). Era el número 43, en plena era de secuestros (el siguiente número sería brutalmente arrebatado por la policía, como solía ocurrir). La crónica del regreso dejaba claro el reproche no al regreso mismo, sino al desafortunado modo de hacerlo:

Ramón Sender ha vuelto a España, ha vuelto a Aragón. Lo ha hecho frágil de cuerpo y no tanto de cabeza. Es el regreso de un hombre que durante treinta y seis años tenía vedado el retorno a sus raíces. Es reconfortante comprobar que quien hasta hace unos pocos días pertenecía a la nómina de los «eternos enemigos de España», del que alguien publicaba incluso la lista de «causas criminales» por las que podía ser perseguido y procesado, sea ahora recibido con los brazos abiertos y todo lujo de declaraciones afectuosas.

El alcalde de Zaragoza le dijo a Sender que «le daba la paz». […] que esta paz se haga extensiva a los miles de exiliados con nombres ilustres o anónimos apellidos y oficios, que siguen repartidos por la diáspora hispana. […] hay que acabar definitivamente con la Guerra Civil mediante el ejercicio de la democracia, la libertad y el respeto a la dignidad de todos, articulando el juego político de los diferentes grupos existentes en la sociedad española y sus vías de acceso y participación en el gobierno.

[…]

Manipulado y vigilado, Ramón Sender ha roto su exilio. No todos van a ser como León Felipe, Luis Cernuda, Max Aub, Rafael Alberti o los anónimos cuyos nombres no se sabrán nunca. Él tenía la terrible querencia de la tierra: es legítimo y justo. El ceremonial del recibimiento fue lo lamentable.

En varios artículos las firmas, jugando al escondite, eran pseudónimos: en «Sender en la trastienda», Orosia (Lola Albiac) recordaba que, regresado y todo, seguía habiendo libros de Sender prohibidos en la España de Franco; Normante (José Antonio Biescas) explicaba quiénes eran «Los que trajeron a Sender» —nada menos que Bankunión…—; J. C. M. (José-Carlos Mainer) hablaba de «El otro Sender» e indicaba que «lo de ahora» tenía ribetes de farsa; Lola Castán (Guillermo Fatás) trazaba una terrible «Necrofagia», aunque medio salvaba que «ese rostro de amable viejecito era solo la huella de un Sender inexplicable»; y publicamos una página de «Bibliografía aragonesa» sobre y del gran paisano. En el número siguiente, 44-45, Carlos Forcadell firmaba desde Alemania, como A. Checa, el artículo titulado «Emoción, tristeza y rabia (carta abierta a Andalán, a Aragón, a Sender y a los espíritus)».

En «La aventura crepuscular de Ramón J. Sender», José M. Porquet hacía desde allí la crónica de Sender en Huesca, «donde una publicación bastante conocida por su pintoresquismo político dijo que los únicos que podrían hacerle un homenaje al escritor serían los enemigos del régimen. A mí no me dio la impresión de que el conferenciante fuera un enemigo del régimen». E ironizaba sobre esa «especie de anecdotario sin mucha ilación» en la que el escritor quiso ganarse a sus paisanos «citando también a Joaquín Costa en relación con los Monegros. Al final se le pudo adivinar un poco de cachondeo cuando aconsejó los libros de López Allué».

Yo escribí «El “Senderazo”», crónica del acto en el Ateneo, en el gran salón del Centro Mercantil, asombrado del yanquismo de su insistencia repetida en la gratitud a los patrocinadores, una extraña «Fundación Mediterránea» vinculada al Opus.

Regresaba Sender a España, ya no aguantaba más la espera, y venía a Zaragoza, donde —habría que haber desconfiado— le presentaba el propio alcalde del régimen, Mariano Horno Liria, quien pidió la paz al público airado por su retórico y oportunista discurso y prometió nuevos puentes que unieran, en Zaragoza, las dos orillas, la izquierda y la derecha, ya me entienden. Se alargó hasta irritarnos a todos.

Sender en huesca 1974
Conferencia de Sender en Huesca en 1974 (foto: José-Carlos Mainer, Ramón J. Sender, la búsqueda del héroe, Zaragoza, CAI, 1999)

 

Seríamos más de tres mil, impresionados primero, indignados pronto, reclamando que le dejaran hablar a él, al exiliado, al esperado, al monumental escritor…, aunque hacía ya tiempo que derivaba hacia exoterismos, frivolidades, buscando el Premio Planeta con su experta pero rijosa pluma, escribiendo para una cadena artículos de medio pelo, pro pane lucrando, lo que resulta tan humano y comprensible como desmitificador.

«Y suena, al fin, la salva atronadora, prevista, carismática, ¿politizada? Sender sale a escena nervioso, como abrumado, tímido. No lo está. Está incrédulo y halagado. Acaso también un poco mareado por los últimos días, las últimas horas». En en cortejo están, «junto a su hermana Carmen con su familia y la discípula-enfermera Dra. Watts, casi todas las “fuerzas vivas locales”, desde Beltrán hasta Giménez Aznar, desde Fuembuena hasta los directivos de “El Cachirulo”, de Santiago Lorén a Patricio Borobio. Preside don Mariano Tomeo y los hermanos Horno Liria». El menor, Mariano, alcalde de la ciudad, se lleva una gran pitada por una intervención discreta, aperturista en clave, pero larguísima y con notable afán de protagonismo.

Se iba «oyendo una pita in crescendo, hasta tener que callar del todo» el presentador, «borradas sus líricas palabras por el grito bronco de “¡Sen-der, Sen-der, Sen-der, Sen-der…!”. Aferrado al micrófono, esperaba que pasase la tormenta, rogando, suplicando. Dicen que dijo: «Es el momento más difícil de mi vida». No se sabe si la salva que ensordeció a continuación era de afirmación o alegría. Hacía «un calor enorme en la sala»; minutos antes había salido de la presidencia, a toda prisa, el delegado de Información y Turismo, y había ya tres desmayos fulminantes. Al fin,

Habla Sender y la tensión decrece. Se trataba de verle, de escuchar su voz, de ver si algo se rompe, si algo pasa. Pero mucho del suspense lógico al regresar un ilustre exiliado está ya muerto antes de empezar: lo han matado las crónicas de Barcelona […].

Sender no ha hablado en ninguna de sus conferencias de los temas anunciados: es una temática exótica, una especie de mezcla […]. Metafísica. Irracionalismo. Y algún que otro cañazo, rubricado, entonces, con cálidos aplausos.

Hasta que termina el orador y se produce «un aplauso largo, atronador, que nada tiene que ver con la conferencia, que tiene muchas vertientes políticas».

Sender no dijo nada, absolutamente nada que fuera dirigido a personas concretas en un tiempo concreto, a aragoneses en lucha por la democracia, la libertad, la cultura. Habló de algunos de nuestros viejos tópicos y sobre todo de sus nuevas teorías acerca de las fuerzas ganglionares, de exotismos, como si fuera el dalái lama o, un miembro del Hare Krishna. Nada tenía que ver con aquellas gentes apretadas, emocionadas (recuerdo a mi lado a Labordeta torciendo progresivamente el gesto, hundiendo la mirada), porque, lamentablemente, jamás se interesó por lo que pasaba en su tierra. Se sentía aragonés, pero del Aragón de hacía medio siglo, de los paisajes rurales y de las gentes de Alcolea de Cinca, Tauste, Alcañiz y Huesca o del zaragozano barrio de San Pablo.

Homenaje jotero a Sender en Zaragoza 1974
Homenaje jotero a Sender en Zaragoza, 1974 (foto: José-Carlos Mainer, Ramón J. Sender, la búsqueda del héroe, Zaragoza, CAI, 1999)

Nada sabía (no hay constancia de que supiera en absoluto) del grupo Pórtico o de la OPI en torno a Miguel Labordeta, de los intentos de hacer cine, revistas, recuperar las viejas músicas, investigar de otra manera nuestra historia, nuestro arte, nuestro derecho, nuestra geografía, nuestra economía… Al igual que Buñuel y tantos otros exiliados o emigrados (Pablo Serrano fue una rara excepción), había trazado borrón y cuenta nueva; solo le quedaban recuerdos y nunca supo ni quiso saber si había otras generaciones que iban a la cárcel por defender derechos laborales mínimos (era terriblemente anticomunista, como en Estados Unidos se usaba en los años del macartismo, y hasta hoy) o que luchaban en la universidad, en grupos profesionales de sociólogos, economistas, arquitectos, abogados. O que hacían, verbigracia, algo como Andalán.

 

Los ecos de los gritos

Quizá ese desapego, esa falta de interés y de información —apenas paliada por las cartas y las conversaciones con Alfonso Zapater o, sobre todo, con Jesús Vived, en quien encontró el interlocutor que precisaba en esos momentos—, hizo que los de Andalán nos sintiéramos ignorados. Quizá fuimos crueles con aquel regreso incongruente en el que tantas esperanzas habíamos puesto, que tanto nos frustró. Pero fuimos sinceros a tope, como quizá ya no sabríamos o podríamos hoy.

El régimen se iba a trozos, aunque moriría matando hasta poco antes del final, y el regreso descafeinado, chocheante, confuso y contradictorio de un escritor genial otrora, primero comunista, luego anarquista, ahora animista y entusiasta del rey Midas, resultaba rentable a políticos, editores, banqueros y puede que incluso a gente de Iglesia. A nosotros, aún llenos de empuje, nos enseñó a saber separar la calidad del compromiso, el mito de la ética, la leyenda de la realidad. Y nos dejó la sensación de una descomunal estafa en la que Sender, como aparecía en una de las diversas caricaturas geniales de Pepe Robles, era un más o menos ingenuo títere de otros intereses. Luego, en el número siguiente, Sender fue aludido en una carta abierta sobre su «narrativa revolucionaria» por un F. R. de cuya identificación no puedo acordarme.

Días después, su encantadora, delicadísima hermana Carmen se me quejó de nuestra falta de confianza por no haberle pedido una entrevista a solas en su casa, que con gusto, me dijo, nos habría preparado. Quizá fuimos demasiado orgullosos para solicitar un privilegio en días en que todo el mundo buscaba afanosamente una foto con él, una sonrisa, una reliquia dedicada de un mito que se nos deshacía entre las manos como una mariposa de la luz…

sender regresa a España
Sender llega a Barcelona con Luz Campana de Watts en 1974 (foto: Miguel Paris en https://antoncastro.blogia.com)

De vuelta a California, alguien —posiblemente Luz Campana de Watts, que luego recogería el episodio en un libro suyo sobre el regreso de Sender— puso en sus manos el periódico y él acusó recibo. De una parte, sin aludir al extra, escribió en Aragón Exprés (13 de agosto de 1974) un artículo sobre el humor que titulaba «Bromas pesadas y ligeras»:

Una revista de Zaragoza (España), titulada Andalán, publica un artículo excelente de un joven escritor llamado Eloy Fernández Clemente […]. En ese artículo cita (sin calificativos) un libro mío ya antiguo titulado La tesis de Nancy, que es el único de intención humorística que he escrito en mi ya larga vida. Otro señor, en la misma revista, se refiere a ese libro diciendo que es una tontería.

Por otra parte, demostrando una grandeza y una sencillez encomiables, me escribió una apretada carta desde San Diego (al no saber la dirección, la encomendaba en el sobre a la amabilidad de los carteros de Zaragoza), algo quejoso y a la vez asombrado de nuestra capacidad de respuesta y crítica, en el fondo orgulloso de que su paso no hubiera sido mortecino. Manifestaba su sorpresa por la existencia de un grupo tan radical en su tierra.

Paco Carrasquer, con quien mantenía frecuente correspondencia, me escribía el 9 de junio de 1974:

Por lo que dices el encuentro con Sender ha debido de ser para dar y tomar. Desde luego, más adelante, te agradeceré me hagas llegar (o a lo mejor me lo llevo yo mismo) el material que recoges sobre el caso, para hacerme copias. Como me consta que es personaje muy controvertido —aun entre los nuestros—, me figuro que habrá irritado a muchos. Según parece —mejor dicho, según me decía hace poco Hormigón, en una carta—, os han estado irritando mucho sus artículos en el Heraldo. ¿Tan malos son? Ya procuraré hacerme con ellos. A pesar de todo ha sido emocionante, ¿no? ¿Se ha sacudido tanto la galería? Hace unos días le escribí —vía Destino— para quedar en cuándo y dónde vernos. Me había anunciado su viaje de regreso un día antes de salir de San Diego. No sé, pues, si nos veremos ahí, aquí o en París.

Tres meses después (19 de septiembre de 1974) escribía preocupado por no haber coincidido en verano ni saber nada de Mainer ni de mí:

Espero que no haya sido por un malentendido este aislamiento, por ejemplo por creer mi senderismo a rajatabla. Ya te decía cuánto me gustó la reacción de Andalán en el momento oportuno, tanto tu trabajo como el de José-Carlos y los de otros. Precisamente hace poco estuve en Burdeos (el congreso de hispanistas), donde leí una ponencia en que trato de señalar el fracaso parcial del autor del Réquiem, en un contexto de tres autores: Samblancat, Aláiz y Sender. No sé si os interesaría un extracto… Lo podría reducir a diez páginas o a seis. Tú dirás. La idea es —como indica su título: «Tres varios ríos de una sola fuente»— subrayar la diferencia de estilos de vida y de escritores teniendo cuna clasista, provincial, casi generacional común; y cómo y por qué fracasan como escritores-intelectuales los tres, cada cual a su modo y por su propio mal.

Publicamos el excelente artículo en el número 53, del 15 de noviembre. Ocupó toda una gran página, apretada, y fue críticamente claro.

José García Mercadal, a fines de 1975, me escribió (20 de junio de 1974) a propósito de la venida de Sender:

acabo de recibir el número de Andalán y comienzo a leerlo entusiasmado y deseando no sufran Vds. atropello por cumplir su deber en el asunto viaje de Sender. Yo agradecía a Fuembuena un telegrama de acogida que él sin duda redactó sin contar con mi salud, inalterable y tan notable como siempre. Me alegré de cómo Aragón recibió a Sender, pero aquí en Madrid no le vi. Preguntó por mí —el único periodista que le recibió en Barajas, compañero suyo en la libertad, gran amigo mío, me llamó por teléfono— y le encargué dijese a Sender que le escribiría en cuanto llegase a su casa americana, y que en tanto él estaba en Madrid yo no dejaría de acordarme de Zamora. Mi amigo se lo dijo y debió él comprender lo que yo quería decir, que poseo hace [tiempo] una carta suya en la que decía, al comunicarle yo mi sorpresa de que se dijese aquí que regresaba, que no pensaba en semejante cosa. Al venir Vds. aquí quise acudir a verles, y no acerté en dónde era la aparición.

Lo sentí, pues el día anterior había estado en Cuadernos del [sic: para el] Diálogo, hablé con su director, que no era el mismo que otra vez me había recibido, vi Andalán sobre su mesa y supe que era gran amigo y admirador como yo de su valentía pluma en mano. Lo que he hecho con Sender es adquirir hoy mismo toda su obra publicada en Aguilar, Planeta, etc.

Y terminaba contando que Genaro Poza le había mandado Zaragoza contra Aragón y el Despierta, Aragón, de Royo Villanova, «cuyos apellidos me obligan».

Escribió varias veces en 1974 Santos Sanz Villanueva, que comentó: «Las críticas de esos artículos sobre Sender eran duras, pero no faltas de razón y razones». Y sugería dedicar números a Foz, Costa, Jarnés, Arana, Sender: «alguna colaboración podría conseguirte».

En el número 64, del 1 de mayo de 1975, a la vez que dedicábamos muchas páginas a combatir la proyectada central de Chalamera, traíamos noticia de que en la Semana de Huesca en Barcelona había dado una conferencia sobre Sender y Aragón Jesús Vived.

 

Una agria segunda acogida

Sender durante su entrevista con Joaquín Soler Serrano
Sender durante su entrevista con Soler Serrano para Televisión Española (imagen: rtve.es)

En el segundo de sus viajes, en 1976, se le tributó un emotivo homenaje en Chalamera, pero la posible felicidad de un regreso imposible fue turbada por los desagradables sucesos acaecidos en la residencia mallorquina de Camilo José Cela. Importante fue la entrevista de más de una hora en TVE realizada por Joaquín Soler Serrano. Nosotros, bajo el epígrafe «Sender, de nuevo», sacamos una breve pero dura, enrabietada nota en el número 91, del 15 de junio de 1976:

De nuevo Sender en la tierra. Esta segunda visita a Aragón ha pasado más desapercibida, asimilada ya la sorpresa que a muchos produjera la primera, porque el túnel del tiempo había devuelto a un escritor cuyo talante americanizado parecía la contraestampa de un Sender joven que ahora no sabemos bien si llegó a existir: el de Paco el del Molino, el de Garcés y Valentina, el de Imán, y el premio nacional de literatura del 35. Nos quedamos con este y olvidaremos piadosamente al que nos llega.

Los que vuelven, tanto tiempo costó volver, merecen respeto y cariño, pero sobre todo merecen silencio, para que la imagen real de aquello que fueron no acabe siendo desfigurada. Discreción, para no exhibir sus incoherencias, los destrozos que el tiempo y el exilio han causado. Decir que «los dirigentes oficiales del partido comunista se deben registrar como agentes extranjeros en el Ministerio de la Gobernación» no pasa de ser una boutade ridícula. Sacar esta declaración a Sender es desfigurarlo. Incluso el anticomunismo se merece formulaciones más serias. ¿Quién va a ser Sender para las nuevas generaciones si lo identifican con un anciano para el que el Chile de Allende fue una experiencia desastrosa porque (sic) «los rusos no quieren nunca que haya una revolución comunista sin sangre»?

Muchos pensamos que el mejor homenaje a Sender sería, por ejemplo, reeditar «Imán» y no lucir sus debilidades actuales, sus anacrónicas fobias, sus entusiasmos americanos, su culturalismo inane, su sentido de la competencia biológica. Y sobre todo el silencio a lo que es y el recuerdo a lo que fue.

 

Homenajes en vida

Por esos años conocí a su sobrino —y de Conchita, la mujer de Ramón Acín— Joaquín Monrás Sender, que acudió a un encuentro clandestino en mi casa de Épila. Nos volvimos a ver mucho después. Murió en 2012 con setenta y nueve años en la Barcelona donde desarrolló casi toda su carrera.

Por su parte, Manuel Andújar, escritor y entonces encargado de las relaciones en Alianza Editorial, solía escribir con alguna frecuencia enviando libros, agradeciendo las reseñas, etcétera. En septiembre de 1977 me anunciaba envíos y manifestaba «profunda gratitud, en nombre de José Ramón Arana y en lo que me concierne, por su gentileza», pues había visto mis citas en el tercer artículo de la serie «Aragoneses en el exilio», en el número 130 de Andalán. Y añadía: «Recuerdo que precisamente me ocupé de estos tres narradores [Jarnés, Sender y Arana] en una conferencia en el Ateneo zaragozano, antes del regreso de Arana a España». (Luego, en 1981, salió el libro, editado por Heraldo de Aragón). En efecto, en aquel artículo escribí de Sender que era el más conocido y celebrado de nuestros escritores y anoté que Sanz Villanueva lo clasificaba en la novela social y se dolía de que, «junto a obras de extraordinaria fortuna —en número nada despreciable—, otras, sin embargo, no alcanzan ni siquiera un discreto nivel artístico». Me identificaba con sus mejores títulos y resumía otras palabras, ay, acerbas de Ricardo Gullón.

Carmen Sender siguió, tras el viaje de su hermano, nuestros pasos posteriores. En enero del 79 escribió agradeciendo algo que le enviaba; y en ocasión posterior, sin fecha, me agradecía «montones» una separata de Jean-Pierre Ressot y el envío de Noreste, la revista de Carrasquer. Comentaba lo diferente que podía ser su hermano según hiciera literatura o propaganda: Imán o Contraataque, sería bueno compararlos. Antibelicista y belicista. «El primero era Ramón. El segundo, un sueño, no importa que vivido». Años después de la muerte del escritor, el alcalde Sainz de Varanda entregó a Carmen la Medalla de Zaragoza para Sender, a título póstumo.

 

Sender era miembro desde 1943 de la Hispanic Society of America, y desde esa institución a comienzos de los ochenta fue solicitado para él, por una comisión que encabezaba el gran intelectual Ángel Alcalá, el Premio Nobel de Literatura. Alcalá redactó la solicitud oficial a la Academia sueca. No hubo suerte, pero al menos en esa dinámica dos años antes un selecto grupo de intelectuales le había rendido homenaje en Nueva York. Y también por entonces, en 1980, recuperaba don Ramón la nacionalidad española, que solicitó desde San Diego renunciando a la estadounidense.

María Ángeles Gómez Malo me invitó, desde la tertulia Sender que presidía en la Agrupación Artística Aragonesa, a colaborar en un libro homenaje a su titular que se imprimió en Heraldo en 1980 con el título de 53 escritores a Ramón J. Sender. Le mandé dos folios en los que escribía mi preferencia por sus grandes obras de tono biográfico o útiles para entender nuestra historia. Añadía que veríamos con enorme satisfacción su nombre escrito junto al de otro nobel de recia raigambre aragonesa, Cajal, en lo que porfiaba Ángel Alcalá. ¡Qué duda cabe!

Don Ramón J. —terminaba— puede y podrá, en todo caso, seguir haciendo de su capa un sayo con los suecos y con nosotros; regresar como acostumbra en circunstancias más o menos discutibles, o retrasar una y otra vez una vuelta que quisiéramos definitiva y a estos lares, a pesar del frío y la húmeda niebla; escribir lo que le apetezca, aunque a algunos se nos tuerza un poco el morro ante sus últimas teorías, filosofías y manías. Él está ya por encima de casi todo, y hace bien. Es a nosotros a quienes compete colocarlo en su sitio, enorgullecernos de su origen y su nunca resignado aragonesismo, divulgar su nombre y su obra.

Poco más de un año después, el 16 de enero de 1982, moría Sender en San Diego, solo y lejos, en los Estados Unidos, que eran ya su segunda patria y le habían influido notablemente en el modo de ser, vivir, pensar, escribir.

 

Homenajes post mortem

Andalán sobre sender

Como suele suceder, tras su muerte llovieron artículos, elogios, estudios. En Andalán dedicamos una parte del número 350, del 1 a 15 de febrero de 1982, a ese último homenaje. Abría Clemente Alonso con un casi editorial, «Ramón J. Sender: un ciclo se ha cerrado», que concluía:

Ya ahora quizás sea tiempo de que leamos a este escritor con riguroso orden cronológico, y no como ha sido editado en España con total desbarajuste, de que se analicen con rigor y con amplitud su periodismo, su teatro, su poesía, su narrativa en general, su producción de relatos cortos, su facultad y su singularidad de ensayista, su personalidad llena de matices y libre de anécdotas gacetilleras por ver qué periódico es su dueño, su ideología filosófica a través de su obra, su cervantinismo, sus narraciones históricas, su realismo mágico.

Y, además, en otro artículo hacía una «Brevísima cala en dos personajes senderianos: Viance y Paco el del Molino». Jesús Vived seguía dándole vueltas a «Lo aragonés en Sender» con, en sus palabras, «una variación sobre el mismo tema aunque con música de distinto pentagrama». Mainer planteaba en «Ramón Sender: elementos de topografía narrativa» la conveniencia de compararle con Baroja y hacía otras varias advertencias y propuestas para terminar diciendo: «Pero en tanto llega todo eso, buena medida será leer a Sender, y no por aragonés ni por el duelo reciente, sino por universal y por vivo». Por su parte, Agustín Sánchez Vidal le calificaba de «Un catalizador», afirmando que lo fue, y de primer orden, «en el decisivo cambio de piel que la vida cultural española debió afrontar al pasar la década de los felices veinte a los problemáticos treinta, tan llenos de presagios», asunto que conoce bien.

Y dedicamos unas «Galeradas», la entrega número 7, en el número 251, del 16 de febrero, introducida de nuevo por Clemente Alonso, que evocaba los relatos mexicanos, proponía recuperar su copioso número y seleccionaba, gracias a Carmen Sender, dos de esas piezas, a veces recuperadas en obras mayores: «El águila», y «El puma».

Y con esa fecha de 1982 salía el tomo xi de la Gran enciclopedia aragonesa, que alcanzó a dar sus últimos datos. Dirigía la sección de literatura José-Carlos Mainer, lo que me hace dudar si la voz, sin firma, fue escrita por él o quizá por Jesús Vived. Se reproducían quince portadas a todo color, yo actualicé con mi firma los datos añadidos, y Carrasquer, con sus siglas, una bibliografía selecta. Con lenguaje enciclopédico se afirmaba:

Si por su enorme producción podemos ponerle en el primer puesto de los escritores de nuestro siglo (más de 100 volúmenes de novela, 7 de cuentos, 4 de teatro, 2 de poesía, 12 de ensayos y más de 2000 artículos para la prensa), por su calidad creemos que una buena docena de sus obras pueden codearse con las más grandes de la literatura contemporánea española, por no decir universal.

Sender in memoriam

En 1983 apareció un monumental libro homenaje dirigido por José-Carlos Mainer: Ramón J. Sender: in memoriam. Antología crítica, editado por cuatro instituciones (Diputación General de Aragón, Ayuntamiento de Zaragoza, Institución Fernando el Católico y Caja de Ahorros de Zaragoza). Hice una amplia reseña protestando: «una pésima distribución, casi inexistente como por desgracia ocurre cuando estas obras son de muchos y quizá en el fondo de nadie, ha impedido que este magnífico libro haya tenido apenas eco, en Aragón y fuera, como hubiera merecido». Añadí que, con singular acierto, las entidades patrocinadoras decidieron que el mejor homenaje fuera un gran libro. La edición, con idéntico buen criterio, se encomendó a José-Carlos Mainer, quien decidió realizar una singular antología de textos que introducía con una impecable, clara, inteligente «Resituación de Ramón J. Sender», aportando numerosas razones por las que pudo haber tenido el primer lugar entre los novelistas españoles de ese tiempo. «Pero es obvio… que a pesar de las inevitables piedades necrológicas, la crítica de hoy no parece muy dispuesta a otorgárselo, al menos sin salvedades de peso».

Su literatura al cine: otro debate más

En varias ocasiones se adaptaron textos de Sender al cine.[1] La principal película, con un presupuesto superior a los 60 millones de pesetas, se hizo en 1985: fue Réquiem por un campesino español, dirigida por Francesc Betriu, con Antonio Banderas, Antonio Ferrandis, Fernando Fernán Gómez, Terele Pávez, Ana Gracia y Emilio Gutiérrez Caba y con fotografía del aragonés Raúl Artigot, también coguionista. También hubo un papel para José Antonio Labordeta, como pregonero del pueblo, y otro para el jotero José Iranzo.

Requiem cartel

Con ese motivo, además de un gran reportaje de Luis Alegre, que participó en el rodaje, publicamos en el número 435-436, extra del Pilar, de octubre de 1985, tres visiones sobre el Réquiem. La de Mainer, «Sobre la insuficiencia de las buenas intenciones», era un modelo de análisis en profundidad y un varapalo a lo que significaba el film: «Un producto más de ese cine de ortopedia oficial que, para celebrar tan insólito amparo, busca revestirse de acreditados ropajes literarios y que trasparenta ambas dependencias con un cierto envaramiento que quiere ser a la vez unción y estilo». Donatella Pini escribía «Sender, en Venecia», a propósito de la proyección del film en el festival, y discutía sobre «el pretendido desfase del cine político español, al que se debería el escaso entusiasmo de la prensa italiana por esta película, y la supuesta fidelidad del filme al texto literario en que se apoya». Clemente Alonso coordinaba una mesa redonda a la que, cuestionando algunos planteamientos, al final no acudieron ni Javier Delgado ni José Luis Rodríguez, pero sí, con aquel, otros tres escritores y profesores: Ramón Acín, Javier Barreiro y Simeón Martín Rubio. El tema, «¿Narrativa aragonesa?», y la conclusión, «Estamos creando telones de fondo, pero nos faltan argumentos para las comedias».[2]

En fin, en 1987, en el último número de Andalán (466-467, de enero de 1987) le publicamos a la querida amiga y gran hispanista italiana Donatella Pini un artículo sobre «R. J. Sender, víctima del stalinismo». Ella nos había enviado antes, y salió en el número 459, un documento inédito de Vittorio Vidali sobre el controvertido episodio de la «degradación» de Sender, al que respondió «indignado» en el número 462 Joaquín Pisa Carilla, a quien ahora ella contestaba: la intención de su trabajo era «desenmascarar la hipocresía, cuando no la falsedad, de las afirmaciones del que fue comisario político en la unidad militar en que se encontró Sender en los pocos días que estuvo destinado como jefe de Estado Mayor». Y concluía:

Durante demasiado tiempo, creo yo, al hablar de Sender y de lo ocurrido en octubre de 1936, se ha calificado de «oscuro» aquel episodio que se pretendía misteriosamente acabado con la degradación y el alejamiento del frente del novelista aragonés. Aquella «oscuridad» —lo puedo afirmar por experiencia directa— no hacía sino acreditar, sobre Sender, la opinión de traidor de la causa republicana.

La figura de Sender, que al señor J. P. C. por lo visto le interesa tanto defender, no queda perjudicada en absoluto por la tarea de aclaración que se ha emprendido acerca de su conducta en 1936. Antes bien, desde el momento en que resulta clarísimo que su papel, en aquel peligroso trance, no fue el del culpable sino el de una de las tantas víctimas del aparato policíaco estalinista, resulta evidentemente rehabilitada. Rehabilitada, claro está, por la investigación, la discusión y la información; y no por el silencio, hasta ahora celoso custodio de prejuicios y verdades dogmáticas.

Del proyecto al Centro de Estudios Senderianos

Como es bien sabido y recogió con justicia Antón Castro en El Día el 15 de mayo de 1990, «la idea de crear un Seminario Sender […] arranca, al menos, de 1985 a través de una idea inicial de Luis Gómez Caldú y madurada posteriormente por este, por García de Paso y por Fermín Gil. Aquella primera tentativa no cuajó». Pero en mayo de 1990 se daba el empujón definitivo al Proyecto Sender, que en la última década del pasado siglo funcionó dentro del Instituto de Estudios Altoaragoneses e inició una larga labor que ha cumplido ya los veinticinco años como primer centro de estudio y difusión de la obra del gran escritor. Luego, hace dieciséis años, el 3 de febrero de 2000, se constituyó en Centro de Estudios Senderianos. Apoyando los primeros pasos, ofrecí hacer donación de mi colección de unos ciento cincuenta libros y trescientos artículos de o sobre Sender, por la que simbólicamente —me insistieron— percibí 150 000 pesetas; fue el comienzo de un fondo hoy muy importante.

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Centro de Estudios Senderianos (Instituto de Estudios Altoaragoneses)

Pero surgió un escollo, porque en la sede de la UNED en Barbastro habían erigido una Fundación Sender que impedía otras denominaciones semejantes. Se me sugirió que mediase en el asunto. Lo hice enviando a toda prisa un artículo al Diario del Alto Aragón, «Senderos para Sender», en el que defendía que, al pretender el grupo institucionalizar seminarios periódicos, publicar artículos en Alazet y otros medios o editar actas de un encuentro de investigadores del máximo rango, no podían crear un instituto, una fundación, bajo el nombre emblemático de Ramón J. Sender, porque preexistía en Barbastro en la UNED, bien registrada. Felicitaba a los rectores de esa institución por haberse dado tan augusta denominación y pedía, pues tenían muchos otros personajes en quienes mirarse, la cesión del egregio nombre.

Poco después, el 1 de abril de 1990, publiqué en El Día otro artículo, que titulé «Ramón J. Sender: entre el olvido y la polémica», donde hacía un estado de la cuestión: «Esparciéronse sus cenizas por el Pacífico, según quiso, y con ellas se fue, digámoslo bien claro, casi toda su memoria», aunque la pintoresca Luz Campana de Watts, con una crónica interesada del viaje a España, o el no menos interesado José Luis Castillo-Puche habían escrito semblanzas, con más pena que gloria recibidas; una docena de estudiosos, antes o después de su muerte, habían analizado su obra con dignidad y hondura; un grupo de buenos periodistas —con Jesús Vived a la cabeza— le entrevistaron o le glosaron en sus últimos años, y José-Carlos Mainer realizó una excelente antología que pasó años y años pudriéndose en los increíbles sótanos de la Diputación General de Aragón. Me quejaba de que, aparte de algunos artículos recientes en Argensola y una tesis en marcha, poco más se estudiaba y divulgaba sobre quien a buen seguro es el novelista aragonés más importante de todos los tiempos. Aludía a películas de varias fortunas y a provechosas ediciones realizadas por Destino de la mayoría de sus obras, aunque algunas muy significativas eran olvidadas y otras fueron manipuladas por el propio autor (no sé si tenía ese derecho; en todo caso, al aire quedaban las vergüenzas cuando se comparase). Y además el hijo, Ramón Sender Barayón, apenas conocido por nadie, había reconstruido en Muerte en Zamora, un libro lleno de indagaciones y escrito con gran soltura, el asesinato en la Guerra Civil de su madre, la primera de las tres esposas del escritor. Y lamentaba que no existiese un lugar público aragonés donde se guardase todo lo que escribió —al menos en microfilm o en fotocopia—, y cuanto sobre él se ha publicado, hasta la creación en el Instituto de Estudios Altoaragoneses de un grupo de estudio, el Proyecto Sender.

En este largo cuarto de siglo, la labor realizada en el centro para hacer realidad ese sueño ha sido ingente: las actividades, la biblioteca, el archivo, las becas, los simposios, los debates, las publicaciones, la recuperación científica y popular de Sender, la rica y puntual información a los senderianos, los dos congresos, el centenario, los artículos en Alazet. Es un caso ejemplar de dedicación eficaz y trascendente.

 

Indagaciones en México

El Museo Nacional de Antropología de la Ciudad de México alberga, además de una gran colección de objetos prehispánicos y material etnográfico del país, el archivo de refugiados españoles. Allí encontré en 1992 la documentación de Sender, aunque no venía censado como aragonés. Pude copiar los seis folios del expediente,[3] y otros muchos importantes (hube de tragar con la pervertida costumbre de exigir taimadamente una guardiana la ineludible mordida), e indagué sobre la breve estancia de Sender —que iría luego a los Estados Unidos—. El proyecto era recuperar con Vicente Pinilla la historia migratoria y de exilio de Los aragoneses en América, objeto de un libro que tardó mucho en publicarse. Se editó en 2003 en dos tomos; en el segundo, abordé en un capítulo lo que titulé «El breve y tenso paso de Sender por México».[4]

correspondencia sender-maurin

Recogí datos de la colaboración de Sender en el número 5 de la revista Aragón con un artículo sobre «La Virgen de Fabana»  e inventarié sus escritos en Las Españas, de José Ramón Arana.[5] Y luego dediqué otro epígrafe a «Sender y Maurín en los Estados Unidos», donde resumía textos de Anabel Bonsón y Jesús Vived y la excelente edición que Francesc Caudet hizo de la correspondencia entre ambos.[6]

Publiqué en 1996 y 1997 los cuatro tomos de Gente de orden. En el tercero dediqué un buen apartado a nuestro escritor. Con la bibliografía disponible (Vived, Carrasquer, Dueñas) y algunas buscas propias, glosé sus orígenes en el periodismo, su traslado definitivo a Madrid, la etapa de El Sol, sus crónicas sociales, sus amigos, el Ateneo, la cárcel —una mala experiencia para un gran libro—, sus contactos con gentes de extrema izquierda, los primeros grandes libros, lo aragonés en Sender. Afirmo al comienzo que Sender es posiblemente el escritor aragonés del siglo xx más conocido en el mundo. El tratamiento es como de manual de historia de la literatura, con mucha información y escaso análisis. Porque, ay, no soy historiador de la literatura.

 

Dos congresos y un centenario

sender-sello

El I Congreso sobre Ramón J. Sender, El lugar de Sender, se celebró en Huesca entre los días 3 y 7 de abril de 1995. Mainer dictó la primera ponencia, a la que siguieron otras de Dueñas, Elorza, Espadas, Ressot, Vived, Caudet, Carrasquer, Vásquez, Jones, Pini, Serrano y Savater y casi una cincuentena de comunicaciones. El éxito animó a Manuel Aznar, director del Grupo de Estudios del Exilio Literario, a proponer que se celebrase en Huesca otro congreso, Sesenta años después: la España exiliada de 1939, que tuvo lugar en octubre de 1999 y cuya tercera sesión estuvo dedicada a Sender y se articuló en torno a la ponencia de Marshall J. Schneider, a la que siguieron once comunicaciones.

En 2001 hubo muchas actividades más en el centenario…, aunque fue dura, acaso realista, la crónica de Rafael Conte, uno de los asistentes estrella, que fue publicada el 22 de diciembre de 2001 en Babelia : «Un centenario interminable».[7]

Y después tuvo lugar en la misma ciudad, del 27 al 31 de marzo de 2002, el II Congreso, esta vez bajo el lema Sender y su tiempo: crónica de un siglo. Contó con diez ponencias y treinta y tres comunicaciones. Me invitaron, y asistí, y pudimos ver y escuchar a especialistas como Aznar Soler, Fuentes, Trippett, McDermott, Lough, Santonja, Carrasquer o Alcalá. En el acto de clausura Ildefonso-Manuel Gil evocó la estrecha amistad que les unió en los años treinta. Además se presentó un videorreportaje, se pudo ver una sugerente exposición de José Luis Cano y se realizó una excursión a Tauste y Borja. Paralelamente hubo proyecciones de películas —las citadas— y también mesas redondas.[8] Me pidieron que moderase la biográfica Testimonios de una vida, que reunía a John P. Bertran, Mary S. Vásquez, José Luis Castillo-Puche y Luz Campana de Watts. Lo hice con el rigor que suelo usar en esos menesteres, y con un tono un poco provocador que avivó las cosas.

Biografía de Sender por Vived

En la última docena de años las ediciones anotadas de obras de Sender y los estudios han sido muchos y muy valiosos.[9] Es imposible e innecesario citarlos siquiera, pero deseo mencionar en lugar eminente la biografía realizada por Jesús Vived, publicada en 2002, que califiqué, como otros muchos, como la mejor posible, escrita por el pulcro periodista y sensible músico, minucioso, penetrante, que fuera su amigo y casi confesor. Sus cartas y sus conversaciones avalan un conocimiento íntimo, personal.

 

Últimas aportaciones

Mucho de lo apuntado hasta aquí viene recogido, más en extenso y mezclado con otro tipo de asuntos y comentarios, en los tres volúmenes (2011, 2013 y 2015) de mis memorias; también, en paralelo, desde la muerte de Andalán en 1987, en revistas como Siete de Aragón y Qriterio. Luego, en la web www.andalan.es he reseñado con simpatía tantas y tan magníficas ediciones de y sobre Sender.

He disfrutado mucho y sufrido algo, y sobre todo en estos años he tratado y he hablado de Sender con estudiosos, prologuistas e introductores, historiadores. Evoco desde los pioneros Marcelino C. Peñuelas, Francisco Carrasquer, Roger Duvivier y Jesús Vived a los grandes estudiosos de hoy José-Carlos Mainer y José Domingo Dueñas; a los extranjeros, encabezados por Donatella Pini, Jean-Pierre Resot y Sylvia Truxa, y, entre los muchos aragoneses, a Ángel Alcalá, Luis Gómez Caldú, Clemente Alonso, Ignacio Martínez de Pisón, Antonio Pérez Lasheras, Antón Castro, Antonio Ibáñez padre, Luis A. Esteve, Miguel Oltra y tantos otros que participan en congresos y libros colectivos y en las revistas Trébede (1992) y Turia.

Hace poco, en 2015, reseñé el estupendo libro de Enrique Sarasa sobre Manuel Sender y el republicanismo oscense y Joaquín Callabed publicó en nuestra web una cumplida semblanza de Jesús Vived en la que destacaba que se tituló en Periodismo en Madrid y su tesina fue Sender y Huesca (1972): «Allí arranca su pasión por Ramón J. Sender y sigue sus huellas por Albuquerque, Los Ángeles, San Diego, Moscú… hasta publicar la biografía de Sender, reconocida como la más completa».

«No te quejarás —me pueden decir—: cuántos escritos, lecturas, experiencias». Pues sí: porque la imagen que queda de Sender, a pesar de tantos trabajos, es confusa para un público lector no especialista, porque la hojarasca de lo mucho que derrochó en los últimos años desdibuja al inmenso escritor anterior; porque sus contradicciones ideológicas, su confusión deliberada y su provocación alejan, hacen incluso antipático, al personaje. Y es una verdadera pena.

 
Texto de la conferencia impartida por Eloy Fernández Clemente en el Instituto de Estudios Altoaragoneses el 3 de febrero de 2016 [N. de la R.].
FUENTE: Alazet: Revista de filologíaNº 27, 2015, págs. 337-354
 

[1] En 1974 Alfonso Ungría rodó para TVE el episodio El regreso de Edelmiro, con Carlos Otero, Roberto Camardiel, Luis Ciges, Enrique Vivó, Pilar Bardem, Ana Marzoa, etcétera, y con guión de Eduardo Delgado y fotografía de Francisco Fraile. Casi coincidiendo con la muerte del autor se realizaron dos dignas películas basadas en Crónica del albaValentina en el mismo 1982 y 1919 al año siguiente—, ambas dirigidas por Antonio José Betancor. La primera parte contaba con el niño Jorge Sanz y con Paloma Gómez, Anthony Quinn, Marisa de Leza, Eusebio Poncela, Luis Ciges…, y la segunda, con Miguel Molina, Cristina Marsillach, Fernando Sancho, Emma Suárez…

[2] En los dos años siguientes se rodaron otras dos películas para TVE no menos interesantes: en 1986 José Antonio Páramo realizó El rey y la reina, con Omero Antonutti, Núria Espert, Xavier Elorriaga, Álvaro de Luna, Paco Algora, etcétera; y en 1987, Alfredo Castellón dirigió Las gallinas de Cervantes, protagonizada por Miguel Rellán y José María Pou, que obtuvo el Premio Europa de Televisión. Nos habló mucho de ella a los amigos; la vimos en privado y la apoyamos a nuestra manera. Y, aunque es muy posterior, quizá convenga mencionar aquí el documental de Eugenio Monesma Miradas de una vida, biografía de Sender realizada en 2001. En 2014, la XI Semana de las Letras del Barrio de Torrero organizó una charla impartida por Vicky Calavia sobre «Sender en el cine», un tema ya abordado en 2001 por Carmen Peña y Jesús Ferrer, José Antonio Páramo, Alfredo Castellón y Alfredo Mañas en el Instituto de Estudios Altoaragoneses.

[3] Como curiosidad: en la ficha del Instituto Nacional de Antropología e Historia —de la que di copia a Vived al regreso— se dice, por ejemplo, que trabaja con préstamo del Comité, que solicita varios préstamos, pero le responden que aparece en el fichero de colocados, pues hay noticias de que tiene un libro en la imprenta a punto de aparecer.

[4] Conté los avatares bien conocidos tras la Guerra Civil, el paso por el campo de concentración francés, la marcha en 1939 a México, donde al poco de llegar le roban el pasaporte, no logra ayudas ni trabajo, vive de sus magros derechos de autor y se siente obsesivamente perseguido por los comunistas, y cómo al fin se abre camino cofundando la editorial Quetzal, en la que publicó varias obras suyas (luego aparecieron otras en Panamericanas y Costa-Amic). Hablé con quienes le recordaban, como el anarquista catalán Miró, a quien Sender prologó su libro Cataluña. Y luego relaté cómo, decepcionado, marcha en 1942 a Estados Unidos, un ambiente más frío y alejado, desde donde seguirá editando en México una gran parte de su obra.

[5] «Hace cuatro siglos que nació Cervantes» (4, 1947); «La libertad y los caminos» (7, 1947); «La doncella y el doncel de Ávila o los castellanos interiores» (15-18, 1950); la poesía «Pastoral» (19-20, 1951); «Santayana, español del 98» (23-25, 1953); «Prólogo a Los cinco libros de Ariadna» (26-28, 1956). Además, en el suplemento número 3 (1949), entre los Once cuentos se incluye uno suyo, «Miss Slingsby». Hay también una reseña de El rey y la reina realizada por Andrés Nerja (13, 1949) y otra de Mosén Millán escrita por Francisco Pina (23-25, 1953). Y un cuento en El Diálogo de las Españas.

[6] Resumí su obsesión hamletiana de «Regresar o no regresar» y los pasos para hacerlo primero en letra impresa, su colaboración en 1959 en Papeles de Son Armadans y sus sabrosos comentarios a Maurín: «la prensa de Madrid lleva algún tiempo […] publicando elogios y bombos de mis libros. Hasta el diario Arriba dice, según me escriben, cosas estupendas de mí. Algunos amigos me escriben de allá pensando si es que he cambiado de chaqueta (aunque esos elogios no son en el tono político, claro)». También conté que en 1964 le invitaron a escribir en Atlántida, que le pagó muy bien pero le devolvió el artículo, asegurando que «les asustaba un poco por su novedad y que cualquier otra cosa que les mandara la darían con gusto. Luego he sabido que esa revista es de la Rialp, es decir del Opus Dei (lagarto, lagarto). Me alegré de que no lo dieran y no pienso mandarles otro». Más abajo añade: «Sí, yo iría a España, pero no estando Franco en el pináculo. Sería algo como una deserción». Y resumí también la venta en España de sus libros «como pan bendito», sus colaboraciones en Destino y en la prensa zaragozana, etcétera.

[7] El «primer centenario se está clausurando estos mismos días, tras una serie de buenas actividades que han recordado su memoria aunque sin demasiado impacto en el mercado y desde luego sin que se hayan cumplido del todo las promesas despertadas, todo hay que decirlo. En su Huesca natal tuvo lugar un multitudinario congreso en su memoria el pasado mes de abril […] organizado por el Instituto de Estudios Altoaragoneses (que incluye en su seno un inalcanzable ‘proyecto Sender’), donde se han integrado una serie de publicaciones, actividades y exposiciones de todo tipo, mientras que en otras muchas revistas y lugares de nuestra geografía se han multiplicado los artículos en su recuerdo, pero no ha habido una conmemoración estatal ni nacional, y ni siquiera nos ha llegado su biografía definitiva, tantas veces prometida».

[8] Sobre la visión de los novelistas aragoneses (Ramón Gil Novales, Ildefonso-Manuel Gil, Ignacio Martínez de Pisón y Javier Tomeo), la de los cineastas (Agustín Sánchez Vidal, Alfredo Castellón, José Antonio Páramo, Carlos Saura y Alfonso Ungría) y la de los periodistas (Joaquín Aranda, Antón Castro, José Esteban y Víctor Alba).

[9] En 2004 publicó Ángel Alcalá Testigo, víctima, profeta: los trasmundos literarios de Ramón J. Sender (Madrid, Pliegos), que complementó la inmensa biografía de Jesús Vived, prologuista cómplice y feliz de que se cubriera el vacío de «un libro que tratara en profundidad sobre su pensamiento, sobre su ideario, sobre su cosmovisión». En fin, en 2005 editó la Institución Fernando el Católico Los pasos del solitario: dos cursos sobre Ramón J. Sender en su centenario, un libro coordinado por José-Carlos Mainer, Javier Delgado y José M.ª Enguita que recoge dos actos del centenario: un curso que, bajo la dirección de Mainer, contó con reconocidos especialistas de la obra senderiana, y otro, titulado «Los ojos de Sender» y coordinado por Javier Delgado, que reunió en torno a la figura de este aragonés universal a varios escritores en ejercicio. Además se editó la correspondencia que Ramón J. Sender y José Manuel Blecua intercambiaron a finales de los años cuarenta.

 
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