Jordi Amat

Escritor y filólogo. Dirige el quincenal El Món de Demà (La Vanguardia). Sus últimos libros son la biografia «Com una pàtria. Vida de Josep Benet», la crónica «La conjura de los irresponsables» y el ensayo «Largo proceso, amargo sueño» donde se analiza la reconstrucción de las culturas políticas del catalanismo tras la guerra civil.

 

Quedan en el bar Club de la calle Rosselló. Allí es donde Manuel Sacristán quiere reencontrarse con quien considera todavía su mejor amigo –Josep Maria Castellet–. Se conocían desde la escuela. Habían madurado juntos en una actividad crítica desarrollada a través de plataformas de la dictadura, prensa universitaria que por ser del régimen tenía un margen de libertad mayor. Aquel día de mediados de 1956, no tienen más de treinta años, se ven después de meses. Castellet, a quien el Gobierno Civil había secuestrado Notas sobre literatura española contemporánea [1955], tenía prestigio como crítico inconformista. Hacía muy poco tiempo que había sido interrogado en la comisaría de Via Laietana por su vinculación con el Congreso de Escritores Jóvenes organizado en Madrid por un equipo de universitarios ya comprometidos con el PC. Sacristán, joven promesa de la filosofía española, acababa de volver de Alemania, donde había ampliado estudios de lógica matemática. Hacía semanas que había pedido el ingreso en el PSUC, en París, donde conoció a Santiago Carrillo y Jorge Semprún. Más de medio siglo después, cuando Castellet se sitúe dentro de aquel escenario de la memoria en Seductores, ilustrados y visionarios [Anagrama, 2010], interpretará el encuentro: Sacristán “se preparaba para liderar el movimiento intelectual y universitario, por lo menos en Catalunya”.

PSUC Pala

Quien mejor ha estudiado el proceso que se había puesto en marcha es Giaime Pala. Sigo su espléndido estudio Cultura clandestina Los intelectuales del PSUC bajo el franquismo [Comares, 2016]. En el verano de 1956, en el exilio y en plena resaca estalinista, se celebró el primer congreso del PSUC. En el discurso ante el comité central, Gregorio López Raimundo –secretario general– se refirió a la debilidad ideológica del partido. “Esta debilidad está unida al propio origen de nuestro Partido, a la falta de tradición marxista de Cataluña, a la fuerte influencia anarquista y nacionalista ­entre la clase obrera”. La debilidad sólo podría revertirse si se elaboraba cultura con afán de volverse hegemónica. Cultura comunista. ¿De qué estamos hablando? De una cultura al servicio de un proyecto revolucionario, liderado por un partido de clase cuyo objetivo era derribar al capitalismo para sustituirlo, en último término, por una dictadura del proletariado como paso previo para la posterior institucionalización de la sociedad sin clases que promete el comunismo. La descripción de esta utopía no es militante, pero la necesito para saber de qué estamos hablando. No solo de cultura progresista o marxista sino estrictamente de cultura comunista.

Hacer este planteamiento para la España de 1956 era una quimera imposible y arriesgadísima. No sólo postulaba construir una cultura sin tradición operativa y sin contar con recursos (ni humanos ni materiales). Además se tenía que sacar adelante en la más estricta clandestinidad: los comunistas, tras la práctica aniquilación del anarquismo, eran un grupo obsesivamente perseguido por el régimen. Arriesgada, imposible, fecunda. La trascendencia de la actividad de aquellos hombres (y no pocas mujeres) duros como el granito, a pesar de unos condicionantes enormes, fue considerable. Desde mediados de la década de los sesenta, de las palabras a los hechos, su estrategia política impulsaría una movilización creciente de la sociedad catalana en clave democrática.

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Manuel Sacristán (imagen: El Viejo Topo)

Concretamos. En octubre de 1956 se creó el primer comité de intelectuales del PSUC, cuya acción sería controlada por la dirección del partido. Se instituyó en octubre. En el centro del primer comité estaba Manuel Sacristán y formaba también parte de él el crítico de arte Francesc Vicens. A finales del curso 1955/56 se crea la primera célula en la Universitat de Barcelona. La supervisa Sacristán, profesor en la facultad de Económicas recién fundada. La integraron Octavi Pellissa, pronto detenido, el cineasta Joaquim Jordà,  el novelista Luis Goytisolo y el sociólogo Salvador Giner –discípulos de cursos sobre literatura impartidos por Castellet en el Instituto de Estudios Hispánicos–. También entonces empezó a militar un discípulo de Vicens Vives: Josep Fontana. Él y Sacristán son las grandes figuras de esta historia. Fontana estuvo en París, acompañado por Miguel Núñez –principal dirigente del partido en el interior, detenido en 1959 y torturado sin piedad–, donde el joven historiador pidió el ingreso. A la nómina todavía se añadieron nombres de peso antes de acabar la década. Desde el historiador Josep Termes hasta el abogado August Gil Matamala pasando por los poetas Joaquim Marco o Francesc Vallverdú.

Fontana por Inma sainzdebaranda_@LaVanguardia-Web
Josep Fontana en su estudio en febrero de 2017 (imagen: Inma Sainz de Baranda para La Vanguardia)

Entonces el jurista Jordi Solé Tura ya formaba parte de la célula universitaria. A finales de 1958 Solé recibió la propuesta de colaborar en el volumen colectivo Un segle de vida catalana [1961], un volumen importante dirigido por Ferran Soldevila e impulsado desde el catalanismo nacionalista. El encargo, que Solé asumió con su amigo Vallverdú, era escribir un capítulo sobre el desarrollo del primer catalanismo político. Allí ya estableció los ejes interpretativos de su tesis doctoral, que leería al cabo de algunos años (cuando ya había roto con el partido) y que cuando se publicó fue polémica: Catalanisme i revolució burgesa (1967). El making off de esa interpretación Pala lo acaba de contar y la polémica del ensayo la reconstruí en Largo proceso, amargo sueño [2015, 2018]. La matriz marxista de aquel artículo primigenio en Un segle de vida catalana era esquemática, entroncando con otra elaboración ideológica que el PSUC estaba poniendo en marcha: el exiliado Pere Ardiaca redacta una versión de El problema nacional català [1961], después revisado por varias manos (incluida la de Pierre Vilar) y que quería dar respuesta al posicionamiento político del partido en relación con la cuestión nacional catalana. El documento, al margen de la calidad de su diagnóstico (la mejor historiografía lo ha ido desmintiendo), es una prueba de cómo el partido se estaba dotando de cultura política. Cuando se dio a conocer, por cierto, Solé Tura ya vivía en el exilio y su voz la escuchaban quienes sintonizaban Radio Pirenaica.

No sé delimitar con precisión la influencia de esta cultura vinculada al PSUC con la consolidación del discurso del “catalanismo progresista”, que desde los inicios de la década de los sesenta ya dominando el discurso del catalanismo de oposición. Lo cierto es que a Sacristán, como ideólogo, sólo tenía acceso un círculo muy restringido. En los círculos que lideraba, por decisión del comité central, ejercía una autoridad severa que generó profundas fracturas personales. Podía ser implacable. Era la cruz de un compromiso con la utopía que hizo a todo o nada: apostó toda su sólida inteligencia en construir los cimientos de una cultura auténticamente alternativa al sistema desde el marxismo, sin cuestionar de entrada la centralidad del partido como instrumento transformador ni tampoco la quiebra que sufría ya el bloque soviético. El saber metódico y la exigencia con él mismo irradiaban entre los estudiantes que iban pasando por las nuevas células universitarias. Como el editor Xavier Folch, el economista Andreu Mas-Colell o el filósofo Francisco Fernández Buey, por citar personajes que en 1966 ejercieron papeles de primer orden en la constitución del Sindicat Democràtic d’Estudiants. El manifiesto de los universitarios leído en la Caputxinada lo redactó Sacristán a partir de las conversaciones con los delegados de curso. En esa asamblea mítica, como puede releerse ahora en El problema nacional català, Sacristán tomó la palabra y antes de honrar a Jordi Rubió hizo este recordatorio. “Es claro que esto que ocurre hoy tiene al menos diez años de edad”.

Caputxinada 1966 @LaVanguardia-Web
La Caputxinada (imagen: Guillem Martínez)

Por entonces ese profesor ya había pagado el precio del compromiso: la expulsión de la universidad. El círculo a quien podía influir se estrechaba a la vez que se debía dedicar profesionalmente a tareas editoriales –traducciones, prólogos, informes de lectura, sobre todo en Ariel (donde herederos del republicanismo acogen a nuevos marxistas)– y Sacristán no dejaba de pilotar la mejor época de la revista cultural del partido Nous Horitzons, con su mujer Giulia Adinolfi o ­Joaquim Sempre entre otros. Estamos en el tramo central de los sesenta. Es la edad de oro del comité de intelectuales, que amplifica su propuesta a través de la caja de resonancia del Raimon d’un roig encès que, cada vez más, también desde 1966, transformaba los conciertos en verdaderas catarsis. Sucedió, más que nunca en Barcelona, en el recital del 13 de marzo de 1968 en el Price. Se había organizado para ayudar a la caja de resistencia de Comisiones Obreras, cantaron varios cantautores y el cartel lo dibujó un Antoni Tàpies que ya formaba parte de la conspiración. Como explicaba la crónica de Nous Horitzons, el recital se cerró con un Diguem no coreado con fervor por el público. Es cierto. La última canción del último CD de la Integral de Raimon de 1993 es el Diguem no de esa noche, y la mala calidad de la grabación no puede contener el desbordamiento emocional que pudo vivirse esa noche que después el cantautor transformó en “13 de març, cançó dels creients”.

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Pero con el 68 y el crac revolucionario de París se despliega una nueva izquierda que entierra la ortodoxia del PSUC. En el comité de intelectuales reverberaban las tensiones ideológicas dentro del partido, ligadas a la deriva represiva del movimiento comunista internacional. Cuando en el verano de 1968 la Unión Soviética interrumpió con la fuerza de los tanques el intento de evolución dentro del comunismo del gobierno checo, Sacristán entra en un periodo de crisis que lo llevará a replantear a fondo la utopía en que había creído. Su primera reacción, noqueado, la escribe en una carta a su amigo Xavier Folch, que coordinaba para Ariel la colección “Ariel Quincenal” que asesoraban Fontana y el Sacristán que redacta estas líneas de urgencia. «Por lo que hace al futuro, me parece síntoma de incapacidad de aprender. Por lo que hace al pasado, me parece confirmación de las peores hipótesis acerca de esa gentuza, confirmación de las hipótesis que siempre me resentí a considerar”. Esta reacción primera y la posterior la documenta, con todo detalle, Salvador López Arnal en La destrucción de una esperanza [Akal, 2010].

Y para Sacristán, para los intelectuales comprometidos en la elaboración de cultura comunista, después de Praga ¿qué? Él dejará el comité e irá soltando lastre respecto del partido. Pero la paradoja es que esta crisis, política e ideológica, se desarrollaba cuando la centralidad del PSUC en la oposición catalana al franquismo era indiscutible. La piedra angular, como rememoró Antoni Batista en el buen reportaje que es A la caça del PSUC. El proyecto de fondo, que era la revolución, ha quedado desactivado, pero el instrumenta funciona a pleno rendimiento. También en el sistema cultural y en la consolidación de una hegemonía. Nada lo evidenciaría de una forma tan clara, primero, como la Assemblea Permanent d’Intel·lectuals Catalans, constituida durante el encierro de Montserrat de finales de 1970 (estaba Sacristán), y, al cabo de unos meses, con la Assemblea de Catalunya que tuvo a Antoni Gutiérrez Díaz como eminencia gris (lo detallará, seguro, la biografía que se acaba de escribir sobre él). Esa centralidad, tras la bifurcación, se encamina hacia el eurocomunismo.

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Cuando el partido es el protagonista, pues, Sacristán sufre un drama. No había para menos. No era un problema de desavenencias personales ni con la dirección. O no sólo. El desconcierto arraigaba en una constatación racional. Digámoslo con el último Fontana. En El siglo de la revolución [Crítica, 2017], a la hora de evaluar el significado de aquel momento histórico, el historiador que se definió siempre como un rojo fue lapidario: “El comunismo –o, más ­bien, la aspiración a construir el comunismo– había muerto con Jrushchov”. El poder soviético era una carcasa que sólo se aguantaba por el orden que permitía sobrevivir a una clase funcionarial. Llegados a este punto, la cultura comunista, tal como había sido concebida, se convertía en un fósil.

Pero que lo fuera el comunismo no implicaba que el marxismo hubiera dejado de ser una herramienta válida para articular una crítica en profundidad al capitalismo. Este cambio de óptica llevaría a Sacristán a elaborar un pensamiento radical y heterodoxo. Es un viaje intelectual que hace acompañado de cómplices como Fernández Buey, tal como acaba de poner en valor el libro Barbaries y resisten­cias [El Viejo Topo, 2019], editado por Jordi Mir y Salvador López Arnal y que reúne textos dispersos de los dos. Es un viaje donde la izquierda se ha querido refundar a través de los movimientos sociales y que permite explicar en parte la evolución del último Fontana, aquel que en los últimos años piensa y repiensa la Revolución de 1917 como evidencia su legado póstumo: la recopilación La crisis como triunfo del capitalismo [Tres i Quatre, 2018] y el interesantísimo Capitalismo y democracia. Cómo empezó este engaño [Crítica, 2019], que revisaba días antes de morir y que probablemente sea su libro más descaradamente marxista.


Una versión de este artículo se publicó en el suplemento Cultural/s de La Vanguardia, 8 de junio de 2019.
 
 

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