La semana pasada el blog De Re Historiographica, que dentro de unas semanas pasará a llamarse CONVERSACIÓN SOBRE LA HISTORIA, logró colgar su publicación número 100. La esperanza de vida de los blogs no debe ser muy alta. Así que superar la barrera de la centena nos ha parecido un modesto logro que se puede celebrar. Y lo hacemos con esta invitación correspondida generosamente por el profesor Ignacio Sánchez Cuenca. El blog, que inició su andadura a fines de agosto pasado, no se cerró en la Historia (con mayúsculas) sino que abrió desde el inició la sección de Actualidad. Sánchez Cuenca es un buen ejemplo de acercarse al análisis de la realidad sin prejuicios y recelos gremiales. Y así seguimos cumpliendo también el pensamiento del maestro Marc Bloch que figura en la Presentación: “La incomprensión del presente nace fatalmente de la ignorancia del pasado. Pero quizá es igualmente vano esforzarse por comprender el pasado, si no se sabe nada del presente».


Ignacio Sánchez-Cuenca
Universidad Carlos III de Madrid

Agradezco enormemente la invitación tan amable que me ha cursado Ricardo Robledo para participar en este blog, del que soy devoto seguidor. Aprovecho la ocasión para presentar una investigación comparada e histórica que me ha tenido ocupado un buen número de años y cuyo fruto principal es el libro que se publica estos días, The Historical Roots of Political Violence. Revolutionary Terrorism in Affluent Countries (Cambridge University Press). Creo que, aparte del interés sustantivo que pueda despertar el tema, la forma en la que lo abordo quizá contribuya al acercamiento entre la Historiografía y la Ciencia Política. La relación entre estos dos saberes siempre ha sido tormentosa como consecuencia de prejuicios y recelos gremiales. Los historiadores suelen mostrar un gran escepticismo hacia la metodología y la inferencia causal propias de las Ciencias Sociales, mientras que los politólogos consideran que los historiadores se quedan casi siempre a las puertas de la formulación y contrastación de hipótesis que rigen en el conocimiento científico. La integración entre ambos campos, sin embargo, no resulta imposible, algo que intenté demostrar en un libro anterior sobre la Transición, Atado y mal atado. El suicidio institucional del franquismo y el surgimiento de la democracia (Alianza, 2014) y que ahora vuelvo a intentar.

1. 

Aunque hoy nos pueda parecer chocante, la izquierda radical de los años setenta y ochenta del siglo pasado optó por la vía armada en varios países desarrollados. Aquella oleada de violencia terrorista surgió cuando las movilizaciones asociadas al ciclo de 1968 se debilitaban o llegaban a su fin. Fue la época de las Brigadas Rojas y Prima Linea en Italia, de la Facción del Ejército Rojo (RAF) (o Baader-Meinhof) en Alemania, del GRAPO en España, del Ejército Rojo Unificado en Japón, de la Organización Revolucionaria 17 de Noviembre en Grecia, de las Fuerzas Populares 25 de Abril en Portugal, de Acción Directa en Francia, del Black Liberation Army en Estados Unidos, de la Angry Brigade en Gran Bretaña, de las Células Comunistas Combatientes en Bélgica y otros cuantos grupos menores más.

MLN Tupamaros
Cartel del MLN (Tupamaros). Foto: Biblioteca Nacional de Uruguay.

Los antecedentes inmediatos procedían de Latinoamérica, sobre todo de los Tupamaros, el primer grupo que, partiendo de la experiencia foquista en Cuba, se adaptó a las condiciones geográficas y sociales de un país próspero y urbano como Uruguay, sin selva ni montaña en la que poder establecer el foco insurreccional. Frente a la guerrilla rural de tantos países latinoamericanos, los Tupamaros, a finales de los sesenta, bajo la profunda influencia ideológica del anarquista español exiliado Abraham Guillén, ensayaron el modelo de la “guerrilla urbana”, actuando de forma clandestina en las ciudades (los “bosques de cemento”, según la expresiva imagen que usó Guillén), sin buscar un territorio propio, liberado del control del Estado, desde el que expandir su radio de actividad. El modelo se importó y alcanzó su mayor desarrollo en los países desarrollados, en los países de la OCDE. El terrorismo revolucionario de estos países se ha descrito en alguna ocasión como “la guerrilla de los países ricos”.

La violencia clandestina de los grupos revolucionarios la entendieron sus autores como una forma de “propaganda armada”, un concepto muy similar al de la “propaganda por el hecho” de los anarquistas del periodo 1880-1920. La violencia servía a varios fines. Rompía el mito de la invulnerabilidad del Estado, hacía máximamente visible el antagonismo entre capital y trabajo, reforzaba la conciencia de clase y señalaba la ruta de la revolución que las masas debían seguir. La violencia, de este modo, tenía una función pedagógica: cuando las Brigadas Rojas secuestraron el 3 de marzo de 1972, por tan solo una hora, al ingeniero Idalgo Macchiarini, ejecutivo de la Siet Siemens, le fotografiaron con una pistola pegada a la cara y un cartel en el que podía leerse “golpear a uno para educar a cien” (“colpisicine uno per educarne cento!”).  La violencia armada sería el detonante de una revolución que acabaría con el capitalismo y la democracia liberal.

Sánchez Cuenca cover

La actividad violenta de aquellos grupos tuvo un fuerte impacto político en varios de los países avanzados. Baste recordar tres episodios de secuestros que pusieron a España, Italia y Alemania en una situación de emergencia nacional. En España, el GRAPO secuestró a dos prebostes del franquismo en momentos muy difíciles de la Transición: primero lo hizo con Antonio María de Oriol y Urquijo, ex ministro de Franco y empresario, cuatro días antes del referéndum de la Ley para la Reforma Política, previsto para el 15 de diciembre de 1976; con Oriol aún retenido, el GRAPO secuestró el 24 de enero de 1977 al teniente general Emilio Villaescusa, el mismo día en que los ultras asesinaron a los abogados laboralistas de la calle Atocha. En aquellos momentos la Transición estuvo a punto de descarrilar. En Italia, el secuestro de Aldo Moro el 18 de marzo de 1978, justo cuando el PCI iba a votar a favor de la investidura de Andreotti como culminación del “compromiso histórico”, y su posterior ejecución el 9 de mayo, supusieron un terremoto político de gran magnitud, paralizando la política italiana durante varios meses y acabando con la fase de crecimiento del PCI. En Alemania, el secuestro de Hans Martin Schleyer, el presidente de la patronal, en septiembre de 1977, fue el inicio de la llamada “crisis del otoño de 1977”, que acabó con el asesinato del secuestrado y el posterior suicido de tres de los líderes de la RAF en la prisión de Stammheim (la izquierda extraparlamentaria siempre sospechó que se trató de un crimen de Estado).

Vor 30 Jahren - Urteil im ersten großen RAF-Prozess in Stammheim RAF-Prozess in Stammheim
Proceso de Stammheim (imagen: Der Spiegel)

En la base de datos que he construido con todas las víctimas mortales causadas por el terrorismo revolucionario, se registran 424 muertes en los 23 países de la OCDE (excluida Turquía) entre 1970 y 2000. No es un número muy elevado, sobre todo si lo comparamos con las cifras del terrorismo yihadista contemporáneo, pero debe recordarse que las organizaciones armadas de izquierdas rechazaron la violencia indiscriminada por considerar que restaría apoyo a la causa en la clase trabajadora. Los atentados fueron en casi todos los casos selectivos, dirigidos contra las fuerzas de seguridad del Estado, políticos, periodistas, empresarios y personas acusadas de ser “informantes”.

2.

Cuando se analiza la distribución de las víctimas mortales, el país con mayor incidencia es Italia (162 muertes), seguido por España (95) y, a considerable distancia, Alemania (39) y Japón (38). En un nivel algo más bajo se encuentra Grecia (25), Portugal (21) y Francia (15). Estados Unidos es un caso singular, con 26 muertes, la mayor de las cuales corresponden al Black Liberation Army, una organización clandestina derivada de los Panteras Negras, que tenía un componente étnico fuerte pero también un componente revolucionario. En Austria, en los países nórdicos y en el resto de los países anglosajones, no hubo muertes.

diario 16 aniquilado el grapo

¿Qué tienen en común los países con mayor intensidad en la violencia revolucionaria clandestina frente a los países que no experimentaron violencia letal alguna? Simplificando un poco, en el primer grupo tenemos a Italia, España, Alemania, Japón, Grecia y Portugal y, en el segundo, a los países anglosajones (menos Estados Unidos) y los países nórdicos.

Parece fácil descartar algunas explicaciones posibles. En Italia, Alemania y Japón, el ciclo de movilizaciones en torno al 68 fue masivo, especialmente en Italia. Sin embargo, en España, Grecia y Portugal, debido al régimen autoritario, la protesta estudiantil y laboral estuvo muy por debajo. Y, además, en los otros dos países en los que las movilizaciones fueron enormes, Francia y Estados Unidos, los niveles de violencia terrorista fueron muy bajos. No parece entonces que pueda afirmarse que el terrorismo revolucionario fuera una consecuencia directa de la magnitud del movimiento del 68.

En el grupo de elevada violencia se encuentran las tres potencias del Eje, Italia, Alemania y Japón. ¿Pudo ser la Segunda Guerra Mundial entonces el principal determinante? La respuesta ha de ser negativa, pues España y Portugal se mantuvieron al margen, como países neutrales, y Grecia luchó con los aliados. Por otro lado, Austria formaba parte de Alemania y no tuvo terrorismo y Finlandia se alió con el Eje y tampoco lo tuvo.

De manera parecida, no cabe decir que los niveles de desarrollo económico y social sean la explicación definitiva. Si bien es verdad que casi todos los países más “atrasados” de la OCDE tuvieron terrorismo revolucionario (Italia, España, Portugal y Grecia sí, pero Irlanda no), este también se dio en Alemania y Japón. En el análisis estadístico los niveles de desarrollo (medidos a través del PIB per cápita, el peso del sector público y los niveles de crecimiento) sí son significativos, pero poseen un poder explicativo más bien limitado.

Resulta más prometedor reparar en el curioso hecho de que todos los países que tuvieron una dictadura derechista a lo largo del siglo XX, posteriormente sufrieron violencia revolucionaria, con la única excepción de Austria. A su vez, los países sin este tipo de violencia se libraron de la violencia letal, con la única excepción (menor) de Estados Unidos. El caso de Francia es ambiguo, pues si se considera que el régimen de Vichy fue una quiebra de la democracia francesa, Francia confirma la regularidad señalada, pero si se piensa que, en ausencia de la invasión alemana, la democracia francesa habría sobrevivido, entonces Francia es una (modesta) excepción. El cuadro siguiente resume la asociación entre una dictadura pasada y el terrorismo revolucionario letal en 1970-2000, reflejando la ambigüedad del caso francés:

  Dictadura de derechas en el siglo XX
Terrorismo letal revolucionario No
Alemania, España, Grecia, Italia, Japón Portugal, (Francia) Estados Unidos, (Francia)
No Austria Australia, Bélgica, Canadá, Dinamarca, Finlandia, Holanda, Irlanda, Islandia, Luxemburgo, Noruega, Nueva Zelanda, Reino Unido, Suecia, Suiza

Todos los países de la diagonal principal confirman la hipótesis expuesta. No es frecuente encontrar asociaciones tan “perfectas” entre dos variables que en principio tienen poco que ver, como son el régimen político a lo largo del siglo XX y la presencia de terrorismo letal de izquierdas. ¿Qué nos indica esta asociación? ¿Qué importancia pudo tener la trayectoria histórica de cada país en el surgimiento de este tipo de violencia?

3.

La mayor parte de los estudios sobre el terrorismo, y sobre la violencia política más en general, recurren a factores explicativos que son contemporáneos al fenómeno que se está investigando. Así, lo más frecuente es encontrar estudios comparados en los que emplea una batería más o menos estándar de factores explicativos, como el nivel de desarrollo económico, el crecimiento económico, la desigualdad, el régimen político, la religión dominante, etcétera. Pero el cuadro que acabo de reproducir muestra que quizá la trayectoria histórica de los países tenga un peso importante. En principio, puede parecer bastante improbable, pues el fenómeno estudiado, el terrorismo revolucionario, fue una empresa muy minoritaria, en los márgenes de la sociedad, mientras que las trayectorias históricas son procesos globales muy complejos. Por otro lado, siendo tan bajas las cifras de la violencia, ¿acaso no cabría sospechar que hay un fuerte elemento de contingencia en las diferencias entre países?

La mejor manera de despejar estas dudas pasa por llevar el análisis histórico-comparado hasta sus últimas consecuencias, tratando de determinar cuánto podemos explicar del terrorismo revolucionario a partir de una reconstrucción de las trayectorias históricas de los países. El primer indicio sobre la influencia de un periodo dictatorial anterior resulta prometedor. Teniendo en cuenta que las dictaduras referidas se produjeron todas ellas en el periodo de entreguerras, vale la pena mirar con mayor detenimiento a ese periodo histórico.

A diferencia de lo sucedido tras la Segunda Guerra Mundial, cuando se produce una convergencia generalizada entre los países desarrollados en términos económicos y políticos, en el periodo de entreguerras los países siguieron rutas bien distintas. Fue en los años veinte y treinta del siglo XX cuando los sistemas políticos se enfrentaron al reto de la integración de la clase trabajadora. A comienzos de los años veinte, todos los países instauraron o mantuvieron regímenes democráticos, aprobándose la extensión del sufragio en los países que partían con mayores restricciones. Sin embargo, en unos pocos años, la democracia fracasó en algunos países (primero en Italia, España y Portugal, luego en Austria, Alemania, Grecia y Japón) mientras que en otros perduró, en concreto en aquellos en los que se estableció algún tipo de entendimiento entre los partidos burgueses y los partidos socialistas. Por otro lado, las políticas económicas variaron enormemente y el sistema del patrón oro se vio sometido a fuertes tensiones, siendo abandonado definitivamente tras el crack del 29.

Cabe dividir a los países durante el periodo de entreguerras en dos grandes bloques, el liberal y el iliberal. Para caracterizar estos dos grupos, he utilizado el análisis factorial aplicado a seis indicadores: (i) la intensidad del terrorismo anarquista a lo largo del ciclo 1870-1925, (ii) la quiebra de la democracia entre las dos guerras, (iii) la presencia de guerras civiles ideológicas (como la española o la finlandesa), (iv) la desigualdad de la tierra entre 1919 y 1939, (v) el nivel de industrialización y (vi) el grado de consolidación del capitalismo (según el índice de libertad económica creado por Leandro Prados de la Escosura para los países de la OCDE). La combinación de todas estas variables en un índice final nos permite clasificar a los países en una escala de liberalismo-iliberalismo. El resultado puede encontrarse aquí (puntuaciones negativas corresponden al bloque iliberal, puntuaciones positivas al bloque liberal):

S Cuenca

Como puede apreciarse, España, Italia, Alemania, Portugal, Grecia, Austria y Francia conforman el bloque iliberal. Todos ellos experimentaron terrorismo revolucionario en 1970-2000 salvo Austria. En el bloque liberal, tan sólo Estados Unidos y se debe, en gran medida, a la cuestión étnica. Japón se encuentra en la frontera misma de los dos bloques.

El siguiente (y último) gráfico permite detectar visualmente la gran fuerza de la asociación entre el terrorismo revolucionario y el tipo de desarrollo del periodo de entreguerras:

S Cuenca2

No es este el lugar para entrar a fondo en las rutas políticas y económicas que siguieron los países en el periodo de entreguerras. Tan solo quiero llamar la atención del lector sobre la poderosa asociación entre dichas rutas y la aparición de violencia clandestina de izquierdas años después.

4.

¿Cómo explicar que las divergencias durante los años de entreguerras coincidan con las divergencias que observamos a propósito del terrorismo revolucionario en 1970-2000? ¿Cuál es la conexión histórica entre ambos fenómenos?

La cause du peuple
La cause du peuple, órgano de Gauche Proletarienne (foto: Musée de la Presse)

Conviene comenzar notando una extraña regularidad: en los países liberales hubo grupos revolucionarios armados, pero estos, a diferencia de los surgidos en los países iliberales, no quisieron acabar con vidas humanas. Así sucedió con Angry Brigade, un grupo británico anarquista que hizo explotar más de treinta bombas y se ufanó de no haber matado a nadie. O con Nouvelle Résistance Populaire, el brazo armado y clandestino del partido maoísta Gauche Proletarienne en Francia. O con Direct Action en Canadá. O con Weather Underground Organization en Estados Unidos. ¿Por qué en los países liberales los grupos armados no dieron el paso de atentar contra personas?

A mi juicio, la respuesta puede encontrarse analizando la relación entre los grupos armados y sus comunidades de apoyo. Los seguidores de un grupo armado son absolutamente cruciales tanto por motivos logísticos (red de casas de acogida, informadores, etc.) como por motivos políticos (contribuyen a dar un mínimo de legitimidad al grupo). Pues bien, en aquellos lugares en los que la izquierda radical no aprobaba acciones extremistas que supusieran el sacrificio de vidas humanas, los terroristas se enfrentaron al dilema de matar y conseguir visibilidad frente a no matar y conservar el apoyo de los seguidores. Normalmente optaron por lo segundo. Que los seguidores tuvieran preferencias más moderadas que los terroristas fue especialmente frecuente en los países con tradición liberal; en cambio, en los países iliberales, los seguidores no pusieron tantos reparos.

Weather Underground 2
Cartel con la imagen de miembros de Weather Underground buscados por el FBI (imagen: Yale University Press Blog)

La razón última de esta diferencia es resultado de las historias de estos dos grupos de países. En los países iliberales, hay una larga tradición de desconfianza entre capital y trabajo, así como numerosos casos de represión de los trabajadores (especialmente en los periodos autoritarios). Como consecuencia de ello, surgieron fuerzas políticas de izquierda más radicales (primero anarquistas, luego comunistas). No estoy afirmando que los militantes de los partidos comunistas estuvieran a favor de los grupos armados, sino, tan sólo, que en países con partidos comunistas importantes, la cultura de izquierdas fue más radical y hubo más gente partidaria de vías extremas como la de la violencia terrorista. Por el contrario, en los países de desarrollo liberal se evitó la formación de partidos de izquierda radical, hubo mayor confianza y cooperación entre capital y trabajo, el Estado no reprimió en tan gran medida a las organizaciones de izquierda y, por todo ello, los partidarios potenciales de la vía armada fueron demasiado pocos como para sostener a un grupo clandestino con capacidad para lanzar una campaña prolongada de violencia contra el sistema.

Fueron, pues, las tradiciones de izquierda radical que se consolidaron en los países iliberales lo que dio pie a que, al final del ciclo de protestas del 68, los más impacientes optaran por compensar la pérdida de movilización popular con el recurso a la vía armada. En los países con tradición liberal, por muy intensas que fueran las movilizaciones, los más radicales nunca contaron con el apoyo popular necesario para sostener a un grupo armado involucrado en ataques letales. Así puede empezar a entenderse la asociación tan fuerte entre la evolución liberal o iliberal del periodo de entreguerras y la respuesta armada o pacífica al final del ciclo del 68.

5.

Llegados a este punto, resulta inevitable preguntarse por qué en el periodo de entreguerras unos países siguieron la trayectoria liberal (y evitaron el terrorismo revolucionario tiempo después) y otros la iliberal (y sufrieron el terrorismo en los setenta y ochenta). Esta es una cuestión más ambiciosa y también más difícil de responder. Como no es este el lugar para un desarrollo pormenorizado de la cuestión, permítanme que me limite a presentar una conjetura, sin aportar datos al respecto.

El radicalismo de izquierdas en los países de tradición iliberal puede interpretarse como un indicador de la resistencia a la expansión del capitalismo y, en menor medida, a la implantación de una democracia liberal basada en el sostenimiento de la economía de mercado. (Algo similar cabría decir sobre el radicalismo de derechas con sus variantes fascistas). La resistencia al capitalismo sería, desde este punto de vista, una característica fundamental de los países de tradición iliberal: todos ello comparten históricamente un mayor nivel de resistencia en forma de conflicto capital-trabajo, revueltas, revoluciones, guerras civiles, etcétera.

Traverso 9

La hipótesis o conjetura con la que me gustaría acabar este texto establece que la resistencia al capitalismo fue más intensa en aquellas sociedades en las que las ideas de libertad individual e igualdad política tuvieron una acogida menos entusiasta. Esas sociedades eran más “colectivistas” que las sociedades liberales, en las que la extensión del individualismo antes de la revolución industrial favoreció la implantación de formas de producción capitalistas. Por el contrario, en sociedades en las que el individuo estaba sometido o bien a la familia o bien a grupos cerrados (estamentos, castas, corporaciones locales, etc.), la entrada del capitalismo supuso niveles mayores de conflictividad, formas más virulentas de oposición entre capital y trabajo, relaciones políticas más desigualitarias y, en última instancia, al final de todo el proceso, manifestaciones reducidas pero significativas de violencia clandestina destinada a prender la mecha de la revolución.

6.

El terrorismo revolucionario fue la última manifestación de resistencia violenta al orden capitalista liberal en los países avanzados. Tras el fracaso de este experimento, la alternativa revolucionaria fue definitivamente abandonada, contribuyendo a ello el desplome del bloque comunista. Como dijo Valerio Morucci, un miembro de las Brigadas Rojas, participante en el secuestro de Moro, ellos fueron los últimos revolucionarios del siglo XX. A pesar de que sus acciones hoy nos puedan parecer marginales y carentes de sentido político, representan el eslabón último de una larga cadena que se remonta al periodo de entreguerras y que tiene raíces aún más hondas.


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