El silencio no detiene la ocupación y el genocidio de Gaza
Conversación sobre la historia
Las formas se han adaptado a los nuevos medios, a nuestra menor capacidad de atención y a la simplificación de los referentes compartidos, pero las palabras todavía importan
Jaume Claret
La oratoria ha sido una de las artes con mayor continuidad en el espacio público. Desde los orígenes de los tiempos, cuando se otorgaba a la palabra capacidad performativa, hasta los clásicos antiguos y modernos, hay grandes discursos que han configurado nuestro imaginario retórico, que han decantado cruces históricos y que han verbalizado grandes ideas y maléficas intenciones. Ciertamente, las formas se han tenido que adaptar a los nuevos medios, al acortamiento de nuestra capacidad de atención y a la simplificación de los referentes compartidos, pero las palabras todavía importan.
Estados Unidos es unos de los países donde la retórica política ha mantenido una importante relevancia. De aquellas tierras provienen expresiones tan potentes como la «I have a dream» de Martin Luther King o la fascinación por los grandes guionistas que, desde series y televisiones, han educado nuestro gusto por lo bien dicho: desde la inspiradora The West Wing (1999-2006) a la oscura House of Cards (2013-2018) o la plausible The Diplomat (2023-…). En esta última, se sueltan perlas como: «No one with the temperament to win a campaign should be in charge of anything. It’s the most obvious rule in the world. No one who likes power should ever have it».
Este esmero por la expresión oral toma especial relieve en el caso de los presidentes, en una tradición que arranca con el discurso de Gettysburg (1863) de Abraham Lincoln, pero que se refuerza en época contemporánea. Así, el periodista Robert Schlesinger (Nueva York, 1972) publicó hace unos años una crónica de las políticas y actuaciones lideradas desde la Casa Blanca a partir de los negros responsables de las alocuciones presidenciales.
White House Ghosts: Presidents and Their Speechwriters (Simon&Schuster, 2008) cubre el periodo que va de Franklin D. Roosevelt y su «a lo único que tenemos que temer es al miedo mismo» hasta George W. Bush y sus declaraciones post 11-S. Evidentemente, este arco cubre figuras tan relevantes como las de John F. Kennedy, Richard Nixon, Ronald Reagan o Bill Clinton. Sobre el primero puede explayarse con un conocimiento directo, puesto que su padre, el historiador Arthur Schlesinger, formaba parte del Camelot presidencial y fue una de las plumas detrás frases icónicas como «no preguntéis qué puede hacer vuestro país por vosotros, preguntad qué podéis hacer vosotros por vuestro país».
Destrozo de la sintaxis
El actual inquilino del 1.600 de la avenida Pensilvania de Washington parece haber dinamitado esta tradición. La inconsistencia de su retórica, el uso indiscriminado de motes y tacos, el balbuceo expresivo y el destrozo de la sintaxis obligan a periodistas e interlocutores a interpretar el desbarajuste para extraer algún significado coherente. No siempre con éxito en cuanto al sentido. En cambio, económica y popularmente (y hasta hace no demasiado electoralmente), dado el fanatismo de los seguidores del presidente naranja, esta particular expresividad le había servido para vender y para venderse (véase el éxito del ampuloso The Greatest Speeches of President Donald J. Trump, Humanix, 2022, a cargo del reaganista Craig Shirley).
Ahora bien, sin ser decisiva, esta incapacidad oratoria no es inocua. La carencia de empatía, de grandeza y de proyección no liga con la imagen consolidada de su comandante en jefe que tienen los estadounidenses. En este sentido, solo hay que tener presente la positiva cobertura que han tenido piezas oratorias recientes, presentadas como contraste y oposición a la figura de Trump, como por ejemplo el discurso del canadiense Mark Carney el pasado enero en Davos o el testimonio de Jacinda Ardern, ex primera ministra neozelandesa. Las palabras son importantes.
En esta línea, hay que situar por ejemplo la publicación el próximo julio de Orator. The life of Cicero and the end of the Roman Republic (Penguin). Aunque la británica Catharine Edwards (Redruth, 1963), prestigiosa catedrática del Birkbeck College y especialista en retórica de la Antigua Roma, lo presente como una biografía del famoso cónsul para poner de relieve la importancia de su capacidad discursiva en la defensa de la República frente al intento de golpe de estado encabezado por el noble Luci Sergi Catilina (de aquí las famosas cuatro «catilinarias»), el volumen va más allá. De hecho, la edición estadounidense, a cargo de St. Martin’s Press y prevista para agosto, lo ha rebautizado como Cicero’s Tongue, todo ello para recordarnos que cuando la libertad está en peligro, la palabra política –lejos de ser un concepto elitista— es la primera línea de ataque y de defensa.
La historia no es un tribunal
Esta pérdida de calidad del discurso político en un país de larga tradición retórica como Estados Unidos es todavía más preocupante donde el registro histórico es menos contundente. En España, los grandes discursos son escasos entre la clase política y a menudo lo más recordado es la patochada o la frase especialmente inspirada: del «Estoy hasta los cojones de todos nosotros» del presidente republicano Estanislau Figueras al «Puedo prometer y prometo» del presidente Adolfo Suárez. Ciertamente, quizás ahora mismo la política española muestra una especial aridez –hasta el punto de que se echa de menos al jetzale Aitor Esteban y se aplauden los tuits del portavoz de ERC Gabriel Rufián—, pero en el pasado encontraríamos excelentes piezas del XIX e inspiradores parlamentos de figuras como Clara Campoamor o Manuel Azaña.
Ahora bien, en castellano, un referente ineludible es el desaparecido Fidel Castro. Precisamente, Tigre de Paper acaba de traducir al catalán una selección contextualizada de sus intervenciones a cargo de Marc Sayols, responsable también de la traducción. Fidel Castro. Trinxera d’idees –el subtítulo nos remite al pionero José Martí— es un volumen que se suma a la voluntad de este sello editorial para construir una cañamazo crítico y alternativo con una clara voluntad de incidencia política, y donde ya encontramos a Eric Hobsbawm, Frantz Fanon, Angela Davis o bell hooks.
Como destaca el periodista valenciano Vicent Partal en el epílogo, mucho más útil que el hagiográfico prólogo del gallego Ignacio Ramonet, releer a Castro tiene un sentido històrico-literario, pero también nos obliga a reflexionar sobre «el paper de les utopies polítiques en la configuració de la realitat social», con todas sus luces y sombras. Porque, ciertamente, en algunos fragmentos de las apelaciones del revolucionario cubano, se encuentran todavía ecos de actualidad: «I quanta xerrameca per justificar l’injustificable, explicar l’inexplicable i conciliar l’inconciliable! Fins que han arribat a afirmar, com a raó suprema, que el fet crea el dret».
La selección prioriza los discursos más épicos y extensos de los primeros años, como el famoso «La historia me absolverá», y las últimas intervenciones más cortas y epistolares teñidas de posiciones medioambientalistas y antiglobalización. Esto salva los episodios más oscuros, contradictorios y/o dictatoriales y, por lo tanto, sesga y simplifica la trayectoria y el pensamiento de Fidel Castro.
Así, quedan fuera acontecimientos claves de la Revolución cubana como el juicio por delación y el posterior fusilamiento de Marcos Armando Rodríguez en 1964. Más conocido como el «caso Marquitos», el periodista Miguel Barroso lo convirtió en novela en Un asunto sensible (Mondadori, 2009), pero fue Rosario Alfonso quien en el documental Los amagos de Saturno, le dio toda otra dimensión. Al final del film, a Castro se le escapa una frase no recogida en la transcripción oficial del tribunal y que cuestiona toda la grandilocuencia previa: «yo concibo la verdad en función de un fin justo y noble, y eso es cuando la verdad es realmente verdad. Si no sirve a un fin justo, noble y positivo, la verdad como ente abstracto, categoría filosófica, en mi opinión no existe»
Fuente: Política & Prosa 1 de junio de 2026
Portada: El presidente John F. Kennedy se dirige a las tropas estadounidenses en Hanau, Alemania Occidental, el 25 de junio de 1963. Detrás, Ted Soredsen, asesor presidencial y autor de sus discursos (segundo a la izquierda). U.S. National Archives.
Ilustraciones: Conversación sobre la historia y Política & Prosa
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