El silencio no detiene la ocupación y el genocidio de Gaza

Conversación sobre la historia



En este texto, editado por Galaxia Gutenberg, Francesca Albanese -Relatora especial de las Naciones Unidas sobre los territorios palestinos- examina de manera crítica las raíces históricas del régimen de apartheid y las dinámicas coloniales que sufre el pueblo palestino. Al mismo tiempo, la autora denuncia la violenta represión y los intentos de censura institucional que buscan silenciar el debate jurídico internacional sobre el genocidio en curso.

 

Francesca Albanese

Introducción. ¿Es la solidaridad una declinación política del amor? 

 

“Me convertí en refugiado a los diez años. En mi cabeza de niño me preguntaba por el enemigo invisible que me destruía la vida. ¿Qué aspecto tenía? ¿Era un ser humano o una bestia? ¿Por qué me había convertido en refugiado? ¿Qué le había hecho yo? ¿De dónde venía? ¿Qué lengua hablaba?”

Salman Abu Sitta, Mapping My Return 

Últimamente he pensado en Orwell. Su famosa proclama, según la cual “la guerra es paz, la libertad es esclavitud, la ignorancia es fuerza”, nunca me ha parecido tan actual y pertinente como en el debate de estos meses sobre Israel y Palestina.

Mucha gente, por ejemplo, sigue hablando de lo que ocurre en Gaza como si se tratara de un “conflicto”. O peor aún, de un conflicto que comenzó el 7 de octubre de 2023. Esta lectura pone de manifiesto toda la superficialidad de quien empieza un libro por la mitad e ignora muchas páginas que guardan rastros de sangre y dolor: una historia cuyas raíces, en realidad, se hallan mucho más atrás, y que sigue siendo ignorada.

Así como sigue siendo ignorado y sordo el clamor de justicia que el pueblo palestino lleva casi un siglo reclamando por el régimen de apartheid que lo oprime desde hace generaciones, y por el tormento absurdo de lo que está sucediendo desde finales de 2023, y sigue sucediendo incluso después del supuesto alto el fuego entre enero y marzo de 2025: un genocidio en toda regla.

El horror en Gaza no tiene precedentes. Cuando digo que Israel está escribiendo una de las páginas más oscuras de su historia, comparable a los genocidios del pasado, muchos me responden que aún no se puede afirmar con certeza, que es preciso esperar el veredicto de la Corte Internacional de Justicia. Pero la Corte –el órgano responsable de resolver las disputas entre los Estados y suministrar opiniones consultivas sobre cuestiones de derecho internacional– ya declaró, en enero de 2024, el riesgo de genocidio, y ordenó a los Estados que tomaran medidas para detener los actos genocidas de Israel. Sin embargo, muchos países no parecen comprender esto, o lo ignoran deliberadamente. El tratado internacional se llama Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio. ¿Cómo pueden prevenirlo los Estados si no es actuando con prontitud cuando surge la amenaza (tal como afirma la Corte Internacional de Justicia)?

Y si dejamos a un lado el aspecto legal, ¿cómo es posible no alzar la voz frente a atrocidades tan despiadadas?

Francesca Albanese, relatora especial sobre la situación de los derechos humanos en los territorios palestinos, hace unas declaraciones en la 55ª sesión del Consejo de Derechos Humanos de la ONU en Ginebra (foto: Consejo de Derechos Humanos de la ONU/Sérine Meradji)

Cuando, en mayo de 2024, estaba en Berlín, pocas semanas después de haber presentado el informe “Anatomía de un genocidio” ante la ONU, yo era aún una voz incómoda, por denunciar en estos términos los crímenes que Israel estaba cometiendo en Gaza. Salvo el caso pendiente iniciado por el gobierno sudafricano ante la Corte Internacional de Justicia en diciembre de 2023, en el que acusó a Israel de cometer actos de genocidio contra la población palestina de Gaza, no había prácticamente más literatura sobre el tema.

Algunos estudiosos ilustres, como el historiador Raz Segal, hablaron de ello inmediatamente después del 7 de octubre, pero eran voces aisladas. Otro conocido historiador israelí, Ilan Pappé, ya denunció en 2006 las prácticas israelíes en la Franja de Gaza, que tachó de incremental genocide: un genocidio que gradualmente aumenta su violencia e intensidad. Y, sin embargo, dentro de las Naciones Unidas nadie osaba pronunciar esa palabra prohibida con respecto a Israel. Nadie, excepto yo y algunos otros relatores y relatoras de la ONU, sobre todo aquellos procedentes de países de mayoría global (o del sur global), para muchos de los cuales aún pervive el trauma de la colonización y los genocidios que los europeos perpetraron durante medio milenio, desde Latinoamérica hasta África y Asia.

Anatomía de un genocidio fue el primer informe que suministró a las Naciones Unidas una denuncia articulada del hecho de que las operaciones militares israelíes en la Franja revelaban la intención de aniquilar Gaza, de destruirla por entero. En Berlín, donde tenía prevista una serie de encuentros y conferencias, fui acogida con enorme interés por parte de la sociedad civil y la comunidad de los think tanks alemanes.

Menos de un año después, con motivo de una nueva serie de actos públicos, la acogida en Alemania fue muy distinta. Hoy, son muchísimas las voces que apoyan mi versión de los hechos y su calificación jurídica como genocidio, ocupación ilegal, asentamientos coloniales y apartheid, entre otros delitos atribuibles al Estado de Israel. Pero la represión contra el mensaje que transmito, de mis funciones y de mi persona, ha aumentado considerablemente, como la intolerancia en el debate sobre la cuestión israelí-palestina. Entonces, ¿qué es lo que ha cambiado?

Justo antes de llegar a Alemania, en febrero de 2025, los dos actos universitarios en los que debía participar en el país fueron cancelados por presiones políticas. El primero –una clase en la Universidad de Múnich– fue suspendido de inmediato. Sin embargo, gracias a los estudiantes, conseguí impartir la clase en un centro de acogida para refugiados que no depende del gobierno, sino que se financia con fondos privados, y cuenta con un director valiente que no cedió a las presiones.

También en la Universidad de Berlín debería haber impartido una conferencia junto con Eyal Weizman, un experto israelí en arquitectura forense, pero cuando llegamos, la universidad ya había cancelado el acto público. Nos propusieron hacerlo a puerta cerrada, pero lo rechazamos; no habría tenido ningún sentido desplazarse hasta allí para tener un encuentro que sólo podía seguirse por internet. Algunos profesores y los estudiantes lograron trasladar el evento a un centro cultural con capacidad para seiscientas personas (si bien en aquel momento ya había mil doscientos inscritos). Sin embargo, el embajador israelí, la policía, varios políticos, un ministro y otras figuras institucionales ejercieron mayor presión: después de instigar a la universidad para que suspendiera la conferencia, amenazaron al centro cultural con revocar las subvenciones si realmente aceptaba celebrar el evento. Ante el riesgo de tener que cerrar por falta de fondos, el centro cedió, sólo para encontrar, a la mañana siguiente, sus paredes ensuciadas con consignas de los grupos proisraelíes habituales: ALBANESE ANTISEMITA, ALBANESE TERRORISTA, con insultos contra mí y contra las Naciones Unidas.

Finalmente, la conferencia se celebró de todos modos, pero en la sede del periódico Junge Welt, donde sólo había cabida para cien personas. Afuera, había mucha gente hacinada. Mientras tanto, la policía había rodeado el edificio de agentes antidisturbios, armados con porras y metralletas. Fue en este contexto que Eyal Weizman y yo hablamos de paz para un pueblo que está sufriendo.

En Alemania, como en otras partes de Europa, y de forma cada vez más descarada en Estados Unidos, la represión ha adquirido tintes extremadamente violentos. En los últimos meses he leído con frecuencia sobre cargas policiales contra estudiantes y quienes se manifiestan junto a ellos, y en ocasiones he presenciado estas escenas con mis propios ojos. Las fuerzas del orden golpean, apalean y detienen a personas de todas las edades y nacionalidades: en primer lugar, palestinos y judíos antisionistas.

El drama es doble. Estas personas no sólo luchan para poner fin a los crímenes atroces, sino que lo hacen ejerciendo su sacrosanto derecho a la crítica y la disidencia; un derecho que supone el corolario de una libertad de expresión aún más fundamental y que debería representar uno de los bastiones de nuestras llamadas democracias liberales.

¿En qué consiste la democracia si no hay espacio para el debate?

De los think tanks que había conocido el año anterior en Berlín, no se presentó ninguno. De los dieciocho delegados de las ONG, sólo vinieron tres.

La noche antes del evento, en la sede de Junge Welt, hubo una amenaza de arresto. La Policía Federal alemana se puso en contacto con las organizaciones promotoras para que me advirtieran de que no me presentase, de lo contrario podría ser arrestada por violar las leyes alemanas sobre antisemitismo. Después de pasar prácticamente una noche en vela, a las seis de la mañana llamé a Max, mi marido, y le dije:

—No sé qué hacer, Max. Sé que estoy haciendo lo correcto, pero no quiero que me arresten, no veo a los niños desde hace veinte días.

—Tranquilízate, y haz lo que tengas que hacer. Nosotros estamos aquí –me respondió, sereno.

Así que fui.

Pero tuvo que intervenir la ONU y recordarle a la policía alemana que, como relatora de las Naciones Unidas, gozo de inmunidad diplomática, y que mi detención supondría un escándalo sin precedentes. Sólo así se calmaron, pero, de todos modos, el evento se celebró prácticamente bajo asedio: además de la veintena de furgones que había fuera de la sede del periódico, policías antidisturbios llenaban la sala. Llegué con una sonrisa, fingiendo que no pasaba nada; cuando subí al estrado, estaba indignada, pero eso no me impidió expresarme con claridad y precisión. Al final de la intervención, Michael Barenboim, violinista y profesor de la Barenboim-Said Akademie, tocó con violinistas palestinos. Fue maravilloso. Y al día siguiente Melanie Schweizer, una funcionaria del gobierno alemán que había asistido al evento, y que ya había sido suspendida por su postura crítica con respecto a las políticas de Israel, fue despedida. Este es el nivel de represión que hoy se respira en Alemania.

Hind Rajab y los restos de la ambulancia destruida cuando se dirigía a su auxilio durante el ataque israelí en el que murieron ella, cinco familiares y los dos ocupantes de la ambulancia el 29 de enero de 2024 (fotos: sbs.com.au)

*    *    *

La crisis en Gaza es ahora el síntoma de una crisis global, como dijo hace un año mi colega Irene Khan, relatora especial de las Naciones Unidas para la promoción y protección del derecho a la libertad de opinión y de expresión.

Cada vez estoy más convencida de que todo esto, si bien debería infundir miedo, también debería infundirnos coraje. El sistema que reprime a los palestinos –una alianza bien consolidada entre Israel y todos los demás Estados cuyas élites le garantizan la impunidad de la que siempre ha gozado– es el mismo al que nosotros pertenecemos. Es el sistema que decide por nosotros sobre cuestiones cruciales para nuestras vidas, sin necesariamente escucharnos ni representarnos; el que convierte el trabajo en precariedad y los derechos en privilegios; el que logra distanciarnos, y nos hace a todos más frágiles e inseguros; el que considera la solidaridad un acto subversivo y la empatía una forma de disfunción mental y social. Son mecanismos sutiles que, día tras día, contribuyen a desintegrar los vínculos y menoscaban nuestra capacidad de actuar conjuntamente por una causa justa, desde el medio ambiente hasta Palestina, pasando por la precariedad laboral y las cuestiones de género. He reflexionado a menudo sobre el hecho de que Palestina ha sido, para mí, la píldora roja de Matrix, la que te abre los ojos a la realidad oculta de las cosas. Mi trabajo, todos los estudios de estos años sobre la cuestión palestina, me han ayudado a ver y comprender mejor el sistema en el que vivimos. Y, de una manera irracional, a seguir amándolo.

Recientemente, he comprendido el valor del coraje que se necesita para contrarrestar los engranajes del sistema. No me han faltado ocasiones para observar y cuestionarme a lo largo de meses de viajes incesantes en los que me he topado con multitud de rostros e historias: representantes de las autoridades, miembros de la sociedad civil, estudiosos e intelectuales, trabajadores, sindicatos y sobre todo muchos estudiantes y gente corriente. Personas especiales que buscan palabras útiles e importantes, que anhelan encontrar esperanza para poder intercambiarla y compartirla. Me ha ocurrido en Estados Unidos, en Australia, Nueva Zelanda, España, Noruega, Dinamarca, Holanda, Portugal, Egipto, Jordania, Canadá y, tantas veces, en Italia. Incluso en Bélgica, donde la presencia de las instituciones europeas –a veces más vinculadas a la burocracia que a resultados efectivos– suele crear un ambiente particularmente denso. Un largo viaje que me ha permitido aprovechar el impulso transversal de tantas comunidades en busca de justicia, verdad, dignidad y de un futuro mejor, más allá de las diferencias.

Al poner en orden las páginas de este libro que ahora tienes en tus manos, rodeada física y virtualmente de todos estos compañeros de viaje, he decidido dedicar a diez personas, muy queridas para mí, el relato de las cuestiones que considero fundamentales para comprender la historia, el presente y el futuro de Palestina. Estas diez personas, con sus enseñanzas, su testimonio y, a veces, también con su presencia, han acompañado mi viaje de conocimiento a través de una tierra que sufre desde hace demasiado tiempo.

Así que será George, uno de los mejores amigos de los años en que mi marido Max y yo vivíamos en Jerusalén, quien nos mostrará las calles de una y otra parte de la ciudad, entre las maravillosas casas antiguas, las librerías donde, hoy, los libros infantiles son confiscados por militares israelíes, y los locales donde, hasta hace unos años, se podía bailar junto a esos mismos jóvenes israelíes, en este caso sin uniforme. Será Ingrid, una mujer europea que eligió Palestina, y a la que esta le ha dado tanto, quien nos explique la importancia de un cierto rigor en el pensamiento y el uso del marco jurídico del apartheid, tal como me lo explicó a mí en 2017. Será Eyal, que abandonó Israel hace tiempo y siente que no tiene derecho a volver hasta que no pueda viajar con un pasaporte palestino, es decir, de un Estado único y democrático, quien nos arrojará luz sobre la complejidad de las condiciones físicas y materiales que genera un genocidio. Será Hind, que murió a los seis años por culpa de ser palestina, la que nos abrirá los ojos sobre lo que significa ser niño en un país donde, desde hace generaciones, los menores no tienen derecho a tener un hogar seguro que los proteja y que respete sus raíces. Será Gabor, señalado desde muy temprana edad por persecuciones contra los judíos, quien nos ilustrará sobre la locura de lo que le está sucediendo al pueblo palestino y sobre el mito de la normalidad. Y luego Ghassan, el cirujano que, procedente de Londres, se adentró en el corazón del horror inimaginable de Gaza durante los primeros meses del asalto genocida; Malak, la joven artista que hizo el camino inverso: dejó Gaza para ir a Londres a contar, con sus pinturas, la historia de su pueblo; Abu Hassan, que nos llevó a conocer los lugares que revelan la fatiga y la opresión de ese pueblo; Alon, gran estudioso del genocidio y un apreciado amigo, quien me ayudó a comprender mejor las divergencias que puede albergar el corazón de un judío israelí que “ve” a los palestinos y siente su causa como propia: porque en la liberación del pueblo palestino de la opresión del apartheid se halla la clave para la liberación de los propios israelíes; y, por último, una de las personas más cercanas a mí, tanto en la vida como en la búsqueda de una conciencia que nos permita ser capaces de traducir en acción.

Diez personas, diez historias que se entrelazan con las vidas y los rostros de muchos otros –incluida yo, mis familiares, la dependienta de una tienda irlandesa o los niños que venían a comer moras delante de nuestra casa de Jerusalén–, nos plantean diez preguntas que hoy parecen demasiado difíciles de responder. Por ejemplo: ¿En qué condiciones vive el pueblo palestino? ¿Cuáles son las consecuencias de la ocupación? ¿Dónde está el “hogar” para un refugiado? ¿Qué significa ser antisemita en el contexto de la lucha por los derechos humanos? ¿Hasta dónde puede llegar la crueldad de un genocidio?

Hoy no podemos eludir estas preguntas.

Y, como consecuencia de lo que está sucediendo, surgen otras nuevas en mi interior. Por ejemplo: ¿Por qué seguir escribiendo sobre Palestina en un país como Italia, donde es tan necesario como difícil hacer oír las voces que expongan los hechos y expliquen los aspectos legales de manera distendida? Pese a mi papel institucional, pese a que nunca he hecho nada que pudiera granjearme la antipatía de los medios de comunicación italianos, he sido el blanco de innumerables ofensas y, salvo raras excepciones, he sido excluida del panorama mediático nacional. Así que la única respuesta que puedo darme es esta: como la necesidad de hablar de ello no desaparece, sino que cada vez es más apremiante, decido aprovechar cualquier ocasión para hacerlo, incluso en este libro.

Al desarrollar en este terrible momento el germen de una idea que me rondaba la cabeza desde hacía años, la de escribir un libro de Polaroids desde Jerusalén, aquí también quiero contar la experiencia de Palestina tal como yo la he vivido, no como una activista sino como alguien que, desde el principio, la abordó con curiosidad cultural y, luego, con una perspectiva jurídica. Cuando en 2005 llegué a la Escuela de Estudios Orientales y Africanos de la Universidad de Londres (SOAS, en sus siglas en inglés), una de las pocas instituciones académicas europeas en las que se abordan cuestiones de derecho, derechos humanos y descolonización desde una perspectiva crítica y no eurocéntrica, descubrí dos cosas fundamentales.

La primera, que Palestina podía –y debía– debatirse como una cuestión jurídica de ilegalidad prolongada, institucional y sistémica, y no simplemente como un asunto político con reivindicaciones contrapuestas. Había mucho más que no se decía, y eso empezó a resultarme incómodo, porque también autorizaba a expresarse a personas que nunca habían pisado Palestina, a menudo de manera superficial y aplicando un doble rasero a la hora de evaluar a las partes implicadas. La segunda fue el encuentro con los bufetes de abogados afines a la critical race theory, una manera de entender el derecho desde una perspectiva crítica y descolonizadora, encuadrado en una evolución histórica no necesariamente escrita por los vencedores, sino observada desde la perspectiva de los pueblos, que han tenido que soportar el derecho internacional –tal como fue formulado sobre todo por los países occidentales– hasta hace poco.

En 2010 fui a vivir a Palestina con mi marido, Max, como funcionaria internacional, y permanecí allí hasta finales de 2012. Posteriormente continué trabajando en esas cuestiones como profesora. Y es en virtud de esta experiencia que me propusieron ser relatora especial de las Naciones Unidas, un cargo que trato de honrar todos los días, intentando demostrar que los puntos clave del derecho son y deben ser comprensibles para cualquiera, porque nos conciernen a todos. El derecho internacional del que me ocupo como relatora especial consiste simplemente en el conjunto de normas que los Estados adoptan para regular sus relaciones: derechos, deberes y obligaciones recíprocas. Luego están los derechos de las personas, los derechos humanos, que constituyen nuestra protección: nuestros escudos y, si es necesario, nuestras espadas.

El deseo que me impulsa es poder articular y explicar cuán flagrante es la injusticia en la vida cotidiana de los palestinos.

Un deseo que impregna también las páginas de este libro. Un libro nacido en la época de un genocidio que ha mostrado su brutalidad al mundo, y que ha sido escrito bajo una enorme presión. Estaba convencida de que tras la absurda presión ejercida por parte de actores que han influido en mi contra, el Consejo de Derechos Humanos no me renovaría el mandato. Sin embargo, el Consejo sigue depositando su confianza en mí, y la publicación de este libro coincidirá con el inicio de mi segundo mandato como relatora especial para el territorio palestino ocupado, lo que me permitirá seguir dedicándome a estas cuestiones, ya inextricablemente entrelazadas con mi vida, justo ahora que el presente, el futuro e incluso el pasado de este pueblo corren más peligro que nunca.

En Palestina –después de cincuenta y siete años de ocupación militar en Gaza y Cisjordania, incluida Jerusalén Este, y tras setenta y siete años desde el inicio de la limpieza étnica que alcanzó su punto álgido con la Nakba, la expulsión forzosa de los palestinos iniciada en 1948 con el nacimiento del Estado de Israel–, el genocidio que está cometiendo Israel se lleva a cabo con el conocimiento y el beneplácito del poder establecido, el mismo poder que hasta ahora ha mantenido a todos subyugados bajo la amenaza de represalias.

Los Estados Unidos, con Trump como presidente, han insinuado más de una vez que aquel que ose tocar a Israel tendrá que “vérselas con ellos”. Un lenguaje amenazante, impropio de la política tal como la hemos conocido hasta ahora, pero que es totalmente coherente con la esencia de lo que declaró el propio Trump: “a todos aquellos con los que he hablado les gusta la idea de que los Estados Unidos sean propietarios de aquel pedazo de tierra”, dijo refiriéndose a la Franja de Gaza. Esta frase encierra toda la violencia del poder desenfrenado, puede obtenerlo todo con la fuerza porque, como un Calígula del siglo XXI, considera que está por encima de las leyes. Es más, las leyes ni siquiera las ve.

Pues bien, ha llegado el momento de tener que vérselas con Estados Unidos, y no sólo eso: para nosotros, los “occidentales”, sobre todo para nosotros, los europeos, esta es la ocasión para deshacer los nudos del pasado colonial y empezar a saldar nuestra deuda. Ha llegado el momento de posicionarse contra la devastación de Gaza y lo que queda de Palestina, y de luchar contra un sistema internacional basado en el uso de la fuerza en nombre de una supuesta “paz”, siempre evocada en beneficio de unos pocos y siempre con palabras oportunas para falsear la realidad de lo que se está cometiendo, tal y como Orwell profetizó hace casi un siglo. Hoy, el concepto de “doble pensamiento” defendido por el Ministerio de la Verdad que él imaginó en 1984 –una herramienta fundamental para el control mental ejercido por el régimen totalitario que se describe en la novela– ya no nos parece tan fantasioso, de hecho, nos invita a abrir los ojos para ver lo que realmente tenemos delante.

Incluso para los expertos más hábiles en el doble discurso, ya no es posible negar la verdad sobre Palestina. En julio de 2024, la Corte Internacional de Justicia reconoció, más allá de toda duda razonable, que la ocupación mantenida por parte de Israel en Gaza, Cisjordania y Jerusalén Este, desde 1967, es ilegal y debe suspenderse de forma total e incondicional.

La ocupación es ilegal porque, con su misma presencia, impide que los palestinos gocen del derecho a la autodeterminación: el derecho de un pueblo a existir y a establecerse, es decir, a elegir por sí mismo, sin control extranjero sobre el territorio y sobre la vida de los palestinos que lo habitan. Y, sin embargo, este simple derecho a existir como pueblo y a vivir en libertad sigue siendo cuestionado por algunos o se confunde peligrosamente con la solución de los dos Estados. Pero no creo que uno deba ser jurista para comprender que cualquier otro derecho carece de significado y se convierte en un simple ejercicio de retórica intelectual sin ese derecho a la autodeterminación.

Lo que está ocurriendo en Gaza y en otras zonas de Palestina sometidas al control ilegal de Israel, incluidas Cisjordania y Jerusalén Este, es un colonialismo de asentamiento que ha sido posible mediante una operación de destrucción total, metódica y planificada. En Gaza, este proceso ya es una realidad tangible, y la destrucción afecta a la vida física y biológica en todas sus formas, aniquila todo lo que existe, incluidos, naturalmente, los seres humanos que viven allí (o, mejor dicho, vivían). En Cisjordania –donde las colonias sólo para judíos son una presencia omnipresente en continua expansión, en torno a los lugares donde los palestinos viven cada vez más segregados–, si bien se está a salvo de los bombardeos masivos, como los que han devastado una gran parte de Gaza, no se está a salvo de la destrucción causada por explosivos y excavadoras, que, junto con la violencia de los colonos, derriban casas, escuelas, barrios enteros, incluso olivares y colmenas. No hay paz en Palestina si eres palestino. La seguridad en esa tierra –y, por desgracia, no sólo eso– es unidireccional; si eres palestino, sólo se la invoca para reprimir tu libertad. Para castigarte.

Foto: AFP (octubre de 2024)

*    *    *

Cuando estábamos en Berlín, Eyal Weizman me dijo que unos amigos de Gaza le habían contado que, ante la escasez de pan, las familias de la zona de Deir al-Balah se habían organizado para proteger los escasos recursos disponibles. “Necesitamos guardias de seguridad para vigilar el pan y la harina”, dijeron. Los soldados israelíes llamaron por teléfono al propietario de la panadería y le exigieron que pusiera fin a esa práctica: “Si no retira a esos guardias de seguridad, bombardearemos la panadería, a usted y también a los guardias”. ¿Qué sentido tiene todo esto?

Hoy en día no resulta extraño oír comentarios como: “Eh, pero si Israel no quiere destruir a los palestinos. Israel sólo quiere erradicar a Hamás”, o “Quiere liberar a los rehenes. Ojalá Hamás los liberara…”.

A estas personas me gustaría decirles, en primer lugar, que, si bombardean una panadería, si matan a decenas de miles de niños, mutilan y dejan huérfanos a diez veces más, es evidente que estas acciones no están en consonancia con los motivos declarados de liberar a los rehenes o eliminar a Hamás, por muy peligrosamente vago que pueda ser un propósito de este tipo. En definitiva, basta con pensarlo un momento: ¿quién es Hamás? ¿Quién lucha, o quién lo votó en 2006? ¿Quién trabajaba en los hospitales bajo su autoridad? ¿Quién se resiste a la ocupación? ¿Quién se opone al genocidio?

Este tipo de razones podrían existir, de hecho, en la mente de los líderes israelíes o de los cientos de miles de soldados, a menudo muy jóvenes, que cumplen sus órdenes. Pero es muy importante entender que no tienen nada que ver con lo que, en la identificación del delito de genocidio, se denomina “intención” o, en la jerga jurídica, mens rea. La intención de destruir debe entenderse como la determinación de destruir: cuando la idea destructiva se concibe y formula contra un grupo como tal, sean cuales sean los motivos –incluso si se trata de una supuesta legítima defensa–, hay genocidio.

El genocidio es un delito muy grave que, dadas las garantías y los mecanismos de prevención que existen en los distintos ordenamientos jurídicos, tanto nacionales como internacionales, no debería tener cabida en la época actual. En cambio, eso es precisamente lo que ha cometido Israel, planificado por sus líderes y ejecutado por sus soldados, con la complicidad de muchos políticos occidentales y con la detestable connivencia de los medios de comunicación dominantes, que han negado, diluido y distorsionado la realidad para no perturbar los dictados de las embajadas israelíes y de las poderosas redes que apoyan a Israel, “la última frontera de Occidente”.

La destrucción de un grupo como tal, cuando no es fortuita, un mero “accidente” de guerra, por brutal que este pueda ser, sino intencional, constituye genocidio. Esta destrucción deliberada se ha practicado en el cuerpo, en la vida colectiva, en el espíritu de los palestinos, en su piel. Gaza ha sido el escenario, sin duda el más feroz, el más horrible.

Temo una sociedad en la que el asesinato, la mutilación, la tortura, la violación, el hambre y la penuria son noticia según quién sea la víctima y quién el artífice. Y durante mis años como relatora especial, me he preguntado muchas veces sobre esto, cuando he participado en debates sobre el significado de la palabra “imparcialidad”.

Cuando están en juego vidas humanas, la imparcialidad se convierte en un deber que nos obliga a ponernos del lado del derecho, de la justicia y de las víctimas. Ser imparcial significa tener el valor de defender lo que es justo, dar voz a quienes han sido silenciados o simplemente ignorados, y luchar contra los abusos que atormentan a nuestro mundo.

La imparcialidad no consiste en fingir que no se tiene una opinión ante las atrocidades, ni en presumir que se debe mantener una posición equidistante entre dos bandos opuestos, incluso cuando sus posiciones son estructural e históricamente desiguales, y cuando hay una parte que ocupa, saquea y oprime mientras que la otra es ocupada, saqueada y oprimida, y se desencadenan desastrosos mecanismos de violencia.

¿Cómo es posible que la verdad se haya convertido en mentira y la mentira en verdad?

Ante este mal desenfrenado, que nos querría a todos cautivos o vencidos, debemos responder con convencimiento y acción. El conocimiento es un arma fundamental, porque representa la mejor defensa contra la manipulación, la explotación y el engaño; y la acción debería surgir de forma natural.

Pero entonces, ¿cómo puede haber una posibilidad de salvación para todos nosotros, palestinos e israelíes por igual? Yo la veo. Aunque sólo sea en mi mente, pero la veo, y también veo el camino que nos lleva hasta allí. Además, sé que esta visión es realmente compartida: todas las personas que desde el comienzo del genocidio han reconocido en mí una esperanza, una luz, un punto de referencia, me han dado una fuerza que nunca habría imaginado. A pesar de las quejas, de las amenazas de muerte, del miedo a que algo pueda volverse en contra de lo que más quieres en este mundo, luchar por una causa justa es un mandato al que algunos de nosotros no estamos preparados para desobedecer.

Creo firmemente en la posibilidad de unirnos como familia humana, redescubrir el verdadero y profundo significado de la solidaridad; el término latino solidum implica precisamente la idea de un “todo”: algo entero, indivisible, completo, a menudo en oposición a lo que está fragmentado o roto. Y así, como un solo cuerpo, deberíamos ser capaces de unirnos, encontrarnos y resistir. La solidaridad, en estos términos, se convierte en una “declinación política del amor”, como sabiamente observó la rabina estadounidense Alissa Wise.

Solos somos frágiles, como las alas de una mariposa, pero unidos, fuertes y solidarios, podemos provocar una tormenta. No es una hipérbole fantasiosa, es un principio de la física que se llama butterfly effect. Cada uno de nuestros pequeños gestos es un batir de alas de mariposa que desencadena una cadena de consecuencias: como el de Mary, una de las muchas dependientas de una de las numerosas tiendas de una ciudad irlandesa. ¿Cómo podemos imaginar que su decisión, de pasar o no por la caja los pomelos comprados por una clienta, pueda incidir a largo plazo en la abolición del apartheid en un país tan lejano de ella como Sudáfrica? Sin embargo, debemos creerlo, porque la historia nos enseña que esto puede suceder.

En la interconexión de las luchas por la emancipación y la libertad, ya sea individual o colectiva, debemos encontrar nuestro solidum. Juntos, podemos afrontar cualquier reto.

Así que batamos las alas, provoquemos la tormenta, o, mejor dicho, como se dice en mi tierra, ¡armemos una ammuìna! (Alboroto en napolitano).

Presentación de la exposición del World Press Photo 2025 en el CCCB de Barcelona con la presencia de los fotoperiodistas Samar Abu Elouf (autora de la foto premiada, que se proyecta en la pantalla) y Samuel Nacar (foto: Massimiliano Minocri)
Índice de la obra

Introducción. ¿Es la solidaridad una declinación política del amor?

1. Hind. ¿Qué es la infancia en Palestina?

2. Abu Hassan. ¿Cuáles son las consecuencias de la ocupación?

3. George. ¿Qué significa vivir en Jerusalén?

4. Alon. ¿Cómo se reconoce a un antisemita?

5. Ingrid. ¿Cómo se acaba con el apartheid?

6. Ghassan. ¿Hasta dónde puede llegar la crueldad de un genocidio?

7. Eyal. ¿Cómo se calculan las condiciones que conducen a la destrucción de un pueblo?

8. Malak. ¿Dónde está el hogar de un refugiado?

9. Gabor. ¿Por qué es tan importante preservar la memoria de un pueblo?

Conclusión. El vicio de la esperanza

Agradecimientos
Bibliografía

Fuente: Frontera Digital 16 de abril de 2026

Este texto corresponde al inicio del libro del mismo título que, con traducción de Mónica Monteys, ha publicado Galaxia Gutenberg.

Portada: El barrio de Al-Rimal, en el norte de Gaza, devastado por los ataques aéreos en octubre de 2023 (foto: UNICEF/Hassan Islyeh )

Ilustraciones: Conversación sobre la historia

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