El silencio no detiene la ocupación y el genocidio de Gaza
Conversación sobre la historia
Conversación sobre la Historia adelanta el capítulo inicial del libro recientemente aparecido de Alejandro Andreassi titulado: Über Alles. Nazismo y revolución pasiva en Alemania (1871-1939)
Alejandro Andreassi
Universitat Autònoma de Barcelona
Introducción – Fascismo y revolución pasiva: el mecanismo del modernismo reaccionario *
En su excelente libro, La fuerza y el consenso. Ensayo sobre Gramsci como historiador, Giaime Pala analiza cómo los conceptos gramscianos son producto de una actividad teórica en la que el análisis histórico fue no sólo fuente sino objeto de aplicación de estos.[1] Entre ellos destaca el concepto de “revolución pasiva”. Gramsci utiliza este concepto para analizar al fascismo italiano, después de haber hecho una aplicación similar al estudio de la historia italiana durante el siglo XIX, y especialmente al período en que desembocó su constitución como Estado-nación, el Risorgimento, y considera entonces que el fascismo es la forma que adopta la revolución pasiva en Italia en el siglo XX.
Gramsci desarrolla el concepto a partir de la combinación de las fórmulas elaboradas respectivamente por Vincenzo Cuoco (1770-1823) y Edgar Quinet (1803-1875), ambos historiadores y republicanos,
Tanto la «revolución-restauración» de Quinet como la «revolución pasiva» de Cuoco expresarían el hecho histórico de la falta de iniciativa popular en el desarrollo de la historia italiana, y el hecho de que el «progreso» tendría lugar como reacción de las clases dominantes al subversivismo esporádico e inorgánico de las masas populares con «restauraciones» que acogen cierta parte de las exigencias populares o sea «restauraciones progresivas» o «revoluciones-restauraciones» o también «revoluciones pasivas».[2]
Y a pesar de que en este párrafo seminal hace referencia a Italia, considera que dicho concepto era aplicable al análisis de los procesos de formación de Estados nacionales en la Europa decimonónica. Cabe destacar que, al menos en esta definición Gramsci señala como una característica decisiva para definir a un proceso histórico como revolución pasiva que esa transformación “desde arriba” tiene como resultado la neutralización de iniciativas que proceden desde las clases subalternas y que dicha neutralización se consigue mediante la concreción por las clases dominantes de algunas de las reivindicaciones de las clases subalternas. Caracterización que utiliza Gramsci para introducir los conceptos “guerra de movimientos” y “guerra de posiciones”, con el fin de distinguir el carácter de la lucha de clases que caracterizó a las revoluciones burguesas, oponiendo como modelos antagónicos la experiencia francesa de 1789-1794 y las formas que adoptó en conflicto en Europa a partir de 1815 y a lo largo del siglo XIX. En el caso de estas últimas y a diferencia de la Revolución francesa -cuando las masas populares de la ciudad y el campo bajo liderazgo jacobino se impusieron a las clases dominantes del Antiguo Régimen- las transformaciones sociales y económicas serían producto de una negociación y acuerdos graduales entre las viejas clases dominantes y la burguesía ascendente, y señala en este caso que aparte de Italia son ejemplo de ello el Imperio alemán y Gran Bretaña.[3] Para algunos autores no toda transformación que tenga lugar en el seno del capitalismo puede considerarse una revolución pasiva; sólo lo es aquella que reúne las características previamente señaladas, es decir, las propias de las transiciones del Antiguo Régimen al capitalismo que se diferencian del modelo de la Gran Revolución francesa.[4] Aquí la definición “restringida” de la revolución pasiva se postula como medio para que no pierda su potencia analítica y conceptual.

Gramsci, en su análisis del fascismo, concluye que, en este caso, la revolución pasiva (o revolución-restauración) no implica necesariamente un cambio sistémico, como el que se produjo en las revoluciones burguesas, pasivas o no, que sustituyeron al Antiguo Régimen por un sistema político social alternativo, siempre tomando como referencia el paradigma de revolución activa, es decir la Revolución francesa. Cabe aclarar que el carácter “activo” o “pasivo” de dichas revoluciones es definido por Gramsci tomando como punto de referencia esencial la perspectiva de las clases subalternas, el carácter autónomo o heterónomo de su intervención en el proceso de transformación política y social.[5] Todas, y entre ellas la instauración de un régimen liberal culminando con la unificación italiana, acabaron con las estructuras feudales sustituyéndolas por un régimen plenamente burgués y capitalista. La diferencia entre Francia, por un lado, y los casos de Italia, Alemania o Gran Bretaña, por otro, radica en que en estos últimos la transformación política y social favorable al dominio de la burguesía adopta un ritmo más lento, y un carácter de corrosión antes que de destrucción de las viejas estructuras feudales; en síntesis, se produce mediante procesos reformistas. En este sentido, la esencia de la revolución pasiva en el período de entreguerras consistiría en la reconstrucción de la hegemonía de las clases dominantes, deteriorada por la crisis de régimen liberal en la inmediata postguerra, a través de cambios en el sistema político. Al aplicar este concepto, Gramsci se pregunta si el fascismo -al asumir un papel análogo al desempeñado por el liberalismo en el siglo XIX adaptado a las condiciones de la Italia de postguerra, podría constituir, por ello, la forma correspondiente de “revolución pasiva”.[6]
[…] se tendría una revolución pasiva en el hecho de que por la intervención legislativa del Estado y a través de la organización corporativa, en la estructura económica del país serían introducidas modificaciones más o menos profundas para acentuar el elemento «plan de producción», esto es, sería acentuada la socialización y cooperación de la producción sin por ello tocar (o limitándose solo a regular y controlar) la apropiación individual y de grupo de la ganancia.[7]
La consideración por Gramsci del fascismo como la forma de revolución pasiva propia del siglo XX significaría la forma históricamente determinada para Italia y -en nuestro caso para Alemania- de una salida, de una solución a la “crisis de autoridad” de las clases dominantes entendida como crisis de hegemonía. Aunque adquiere diferentes formas en otros países, en todos está presente el impacto de la guerra y de la crisis que de ella se deriva. Esa necesidad de buscar puntos de apoyo generales para la conceptualización surge precisamente de la convicción de Gramsci de que los fenómenos específicos y particulares no pueden analizarse al margen de tendencias internacionales más amplias, que se manifestaron con especial intensidad en la primera postguerra, registrando el impacto de la Revolución rusa, también por su carácter universal.[8] Dichas tendencias internacionales se expresaban en la búsqueda de la recuperación de la hegemonía de las clases dominantes mediante una refundación de esas pautas de dominación, a través de la refundación de la Europa burguesa, como titula Charles S. Maier su libro ya un clásico. El caso paradigmático sería el del New Deal de Roosevelt, pero Gramsci menciona también que “… la elección de Hindenburg en Alemania, la victoria de los conservadores en Gran Bretaña con de la liquidación de los partidos liberal-democráticos, corresponden al movimiento fascista italiano”.[9] Este es un aspecto especialmente significativo del enfoque gramsciano, en la medida en que sugiere que las diferentes variantes de revolución pasiva que se desarrollaron en diversos contextos durante el período de entreguerras derivaban de la crisis general del capitalismo liberal predominante hasta 1914, un origen común que, se expresó mediante manifestaciones y variaciones propias de cada situación nacional. Esta consideración señala, al mismo tiempo, que si bien el fascismo no constituía una consecuencia fatal o necesaria de la crisis capitalista, esta quedaba abierta a desembocar en él, como efectivamente ocurrió en Alemania once años después de haberse iniciado el proceso en Italia. A su vez, para Gramsci el fascismo no debía ser considerado como un producto liso y llano de reacción capitalista, sino que se trataba de una nueva forma de dominación política que incorporaba como novedades su dimensión de masas y su una intención clara de intervención social.[10] Precisamente el carácter no determinista del pensamiento gramsciano, junto con su atenta observación del desarrollo contradictorio de esos fenómenos articulados a escala internacional, le permitía concluir que existía la posibilidad tanto de otros desarrollos fascistas como de otras formas de abordar la recuperación de la estabilidad burguesa. Asimismo, Gramsci plantea que la respuesta a la crisis política y económica de la primera postguerra no puede entenderse como una respuesta que surge espontáneamente del desarrollo del proceso histórico al margen de sus actores, sino como una respuesta que revela una planificación consciente tanto de la solución como de la identificación de los obstáculos que impedían el funcionamiento eficiente de la maquinaria capitalista. Por ello surgen nuevas formas políticas que van unidas a nuevas formas de organización y realización de la producción, sin cambiar los parámetros de jerarquía y autoridad propios del capitalismo. Es el papel que, por ejemplo, Mussolini reconoce a los empresarios, a los que identifica como directores naturales del funcionamiento de la economía y del liderazgo en la sociedad civil estatizada por el fascismo, de acuerdo con el proyecto corporativo que impulsa,
El Estado corporativo considera a la iniciativa privada en el campo de la producción como el instrumento más eficaz y útil en el interés de la nación. Siendo la organización privada de la producción una función de interés nacional, el organizador de la empresa es responsable de la dirección de la producción ante el Estado. De la colaboración de las fuerzas productivas se deriva la reciprocidad de derechos y deberes entre ellas. El empleado, técnico, oficinista y obrero es un colaborador activo en la empresa económica, cuya gestión es responsabilidad del empresario.[11]
Un proyecto que significaba la subordinación de la economía a la política, pero también, recíprocamente, la ocupación del Estado por la sociedad civil encabezada por los empresarios, donde el aparato corporativo devenía en un órgano del Estado. Por eso para Giuseppe Bottai el corporativismo fascista significaba “… la elevación de las organizaciones productivas de la nación a la dignidad y responsabilidad de órganos estatales autónomos y autocontrolados”.[12]

Gramsci sitúa los elementos esenciales que caracterizarían la revolución pasiva en el fascismo en las formas de gobierno de la economía instauradas por él,
La revolución pasiva se verificaría en el hecho de transformar la estructura económica «reformistamente» de individualista a economía planificada (economía dirigida) y el advenimiento de una «economía media» entre la individualista pura y la planificada en sentido integral, permitiría el paso a formas políticas y culturales más avanzadas sin cataclismos radicales y destructivos en forma exterminadora.[13]
Una transformación que perseguiría el objetivo de una economía capitalista que habría eliminado su tendencia entrópica, y en eso consistiría el proyecto corporativo. Más adelante escribe:
Concepción de la corporación como un bloque industrial-productivo autónomo, destinado a resolver en sentido moderno y acentuadamente capitalista el problema de un ulterior desarrollo del aparato económico italiano.[14]
Evidentemente esa consideración de Gramsci que establece una equivalencia entre el fascismo y el liberalismo no implica una homologación entre ambos, sino a la postulación del fascismo como agente de la función que el liberalismo desempeñó en el siglo XIX, ahora bajo las condiciones específicas del siglo XX y, en particular, de la primera postguerra. Es decir, la función de preservar los intereses de las clases dominantes y recuperar su hegemonía bajo nuevas formas. Todo ello mediante una mecánica y un ritmo similares a los del liberalismo, en la medida en que busca satisfacer determinadas exigencias sociales -en este caso intensificadas por la crisis del régimen liberal tras la Gran Guerra, ya sea “en pequeñas dosis”, como escribe Gramsci, o generando expectativas gigantescas, pero sin afectar al sistema capitalista, sino adaptándolo para asegurar su supervivencia frente a una situación de crisis y conflicto de clases. Por eso Gramsci se pregunta retóricamente, tras reflexionar sobre la revolución pasiva (o restauración-revolución) decimonónica protagonizada por el liberalismo en sus diversas variantes, lo siguiente:
Pero en las condiciones actuales, el movimiento correspondiente al del liberalismo moderado y conservador, ¿no sería más precisamente el movimiento fascista? Seguramente no carece de significado el que en los primeros años de su desarrollo el fascismo afirmase que se consideraba una prolongación de la tradición de la vieja derecha o derecha histórica.[15]
En todo caso el concepto de revolución pasiva puede ser aplicado al análisis de aquellos cambios relevantes dentro de un sistema sin modificar el marco general del mismo, como es el paso de un modelo capitalista de libre competencia a un modelo capitalista con planificación o intervención estatal, también denominado capitalismo organizado, tal como se configuró en el período de entreguerras en Europa y América para solventar y superar, sin trascender al capitalismo, las crisis del sistema. Recientemente, José Luis Villacañas ha utilizado el concepto revolución pasiva para analizar la naturaleza de la dictadura franquista, situándola claramente en la fase que comienza en 1959 con el Plan de Estabilización y la entrada de los tecnócratas del Opus Dei como orientadores de la política económica del régimen.[16] En este caso la revolución pasiva se habría desarrollado desde la segunda mitad de la dictadura franquista, no desde el inicio.

Más adelante Gramsci afirma que dicho concepto, que presenta como “hipótesis ideológica”:
… se tendría una revolución pasiva en el hecho de que por la intervención legislativa del Estado y a través de la organización corporativa, en la estructura económica del país serían introducidas modificaciones más o menos profundas para acentuar el elemento ‘plan de producción’, esto es, sería acentuada la socialización y cooperación de la producción sin por ello tocar (o limitándose sólo a regular y controlar) la apropiación individual y de grupo de la ganancia. En el cuadro concreto de las relaciones sociales italianas, ésta podría ser la única solución para desarrollar las fuerzas productivas de la industria bajo la dirección de las clases dirigentes tradicionales, en competencia con las más avanzadas formaciones industriales de países que monopolizan las materias primas y que han acumulado capitales imponentes […] Esta ideología serviría como elemento de una ‘guerra de posiciones’ en el campo económico (la libre competencia y el libre cambio corresponderían a la guerra de movimientos) internacional como la ‘revolución pasiva’ lo hace en el campo político. En la Europa de 1789 a 1870 se dio una guerra de movimientos (política) en la Revolución Francesa y una larga guerra de posiciones desde 1815 hasta 1870; en la época actual, la guerra de movimientos se ha dado políticamente desde marzo de 1917 hasta marzo de 1921 y le ha seguido una guerra de posiciones cuyo representante, además de práctico (para Italia), ideológico, para Europa, es el fascismo.[17]
En estos pasajes, Gramsci está indicando que una de las posibles vías de recuperación del pulso de un capitalismo afectado por una crisis orgánica, tanto económica como política -recordemos que escribe esto a comienzos de la década de 1930-, tanto para Italia como para Europa, es el fascismo entendido como una forma de revolución-restauración o revolución pasiva.
El propósito de este texto es considerar la posibilidad de aplicar las categorías gramscianas, y en particular el concepto de revolución pasiva, al nazismo -el fascismo alemán-, y examinar si las razones que ofrece Gramsci en el caso del fascismo italiano resultan aplicables a nuestro caso de estudio. En principio, la excepcional naturaleza criminal y genocida de la dictadura nazi parece impedir la aplicación de conceptos que por su propia naturaleza generalizan y homologan fenómenos históricos, y por lo tanto se corre el riesgo de devaluar esa excepcionalidad o “normalizar” su letalidad. Sin embargo, esa excepcionalidad criminal del nazismo, marcada por su pulsión genocida que lo lleva a ser paradigma del mal, no tiene porqué eximirnos de analizar aquellas características que sí son homologables a los otros fascismos y a otros fenómenos históricos presentes en el período de entreguerras. Existe un justificado reparo moral a cualquier operación intelectual que parezca que contribuya a “normalizar” la barbarie nazi. Sin embargo, la historiografía debe responder no sólo a los imperativos de la razón pura, conocer y explicar, sino a los de la razón práctica, contribuir a que no se reproduzcan las condiciones de posibilidad del resurgimiento de la barbarie fascista, máxime en este tiempo en el que los movimientos de extrema derecha campan descontrolados y normalizándose en las sociedades desarrolladas.

Otra cuestión, también tratada por Gramsci, íntimamente ligada al análisis de los fascismos y también a la ocurrencia de revoluciones pasivas es la cuestión de la modernización o modernismo como rasgo distintivo de la historia contemporánea, o sea de la fase que se abre con la Revolución francesa y que llega hasta nuestros días.[18] La importancia de este ligamen, si existe, es que una parte de la historiografía adopta como opción teórica contraponer modernismo a barbarie al acercarse al análisis del nazismo. Es la postura adoptada por una parte de la historiografía que señala que la acción criminal del fascismo alemán contradice o al menos atenúa su consideración de fenómeno político modernizador, ya que equipara modernización con la evolución de los sistemas políticos euro-atlánticos, especialmente EE.UU, Gran Bretaña y Francia.[19] Sin embargo, y en primer término, podemos partir de la hipótesis que concibe a la barbarie como parte constitutiva de los procesos de modernización, siguiendo la sentencia de Walter Benjamin cuando afirmaba en su Tesis VII de “Sobre el concepto de Historia” que: “no existe un documento de la cultura que no sea a la vez de la barbarie”.
En ese momento, y especialmente en la década de 1930, en otros países, como los EE.UU., se están produciendo otras respuestas no fascistas a la crisis, y ya no sólo porque se conservan los marcos democráticos, sino que se producen avances sociales para las clases subalternas. Se trata, en este caso, de la política del New Deal impulsada por Franklin Delano Roosevelt. Sin embargo, para Gramsci, en ese marco caben, pese sus profundas diferencias políticas, tanto los fascismos europeos como el New Deal norteamericano: fenómenos opuestos en su naturaleza política, pero que apuntan en todos los casos, a afrontar las consecuencias catastróficas de la Gran Depresión iniciada en 1929, la cual revela, con mayor claridad que cualquier crisis previa, la tendencia entrópica de la modernidad capitalista. Más aún, desde el punto de vista de la destrucción de la democracia en los dos primeros y de su supervivencia en el caso norteamericano, puede señalarse, al menos, la existencia de más de un tipo de revolución pasiva, en esta ocasión delimitados por su naturaleza política.[20] Son transformaciones que se dirigían a apuntalar el sistema capitalista y la dominación burguesa, y para ello necesitaban modificar aspectos estructurales del modo de producción y dominación, entre estos especialmente un cambio sustancial del papel del Estado respecto al sistema económico y la sociedad civil en general. Éste último aspecto implica no sólo coerción y subyugación de las clases subalternas sino también consenso (al menos de las clases altas y medias), por lo tanto, el ejercicio de la hegemonía, la cual integra el complejo de la revolución pasiva.
Para un análisis como el que nos proponemos en este ensayo -la oportunidad de aplicar el concepto de revolución pasiva a los fascismos- es necesario referirnos al debate sobre la naturaleza de la modernidad. Como se considera a esta como expresión del progreso humano y por lo tanto del mejoramiento intelectual, moral y material de la especie, es concebida tradicionalmente como antagónica al fascismo. Esto es resultado de considerar a los fascismos como fenómenos exclusivamente reaccionarios y conservadores de un statu quo ante, de tal modo que, para esta perspectiva, vincular modernidad con fascismo sería prácticamente un oxímoron. Sin embargo, numerosos autores consideran actualmente que los fascismos han impulsado un modernismo alternativo y opuesto al derivado del pensamiento ilustrado y del legado de la Revolución francesa, y por lo tanto a sus correspondientes valores morales y éticos.[21]
En el caso de los fascismos, el concepto de revolución pasiva permitiría entender su papel en la reparación de un orden capitalista deteriorado, ya que la reparación no implica un retorno al statu quo ante sino nuevas modalidades de gestión y organización social que incluyen sin duda el orden dictatorial y la violencia como recurso sistémico, no coyuntural. Esta revolución pasiva puede responder tanto al fracaso de la elite prefascista para resolver una crisis sistémica como a la presencia de un movimiento de las clases subalternas que amenaza con transformar radicalmente el sistema político y social y que, por ello, adopta un carácter activamente revolucionario. Existe, además, un elemento decisivo de la revolución pasiva protagonizada por los fascismos: la “visualización y objetivación” de la dominación política que se verifica durante el propio proceso de producción capitalista.[22]

El carácter regresivo o progresivo de la revolución pasiva vendría determinado por la correlación de fuerzas resultante entre clases dominantes y clases subalternas: más desequilibrada a favor de las primeras en el caso regresivo y menos en el segundo, como ocurrió durante el New Deal impulsado por Roosevelt, considerado asimismo por Gramsci como un caso de revolución pasiva. El sardo también redefine la relación clásica entre estructura y superestructura, desmontando su núcleo determinista. Con ello concluye que las transformaciones políticas que se producen en el curso de una revolución pasiva adquieren características vinculadas tanto a los precedentes de cada proceso como a las culturas políticas que llegan a ser hegemónicas. Estas pueden ser tan diferentes como para generar resultados tan dispares como los de la organización política norteamericana durante la presidencia de Roosevelt y los de los fascismos. Ello ocurre aunque los cambios estructurales -en el ámbito de la economía- compartan, no todos, pero sí sus aspectos esenciales, tanto en el New Deal como en los fascismos, en particular la consolidación capitalista mediante la intervención estatal carácter anticíclico.[23]
Son revolucionarios no sólo por las metodologías políticas que utilizan o el papel relevante de las instituciones estatales sino también por la diferente lectura y conceptualización de la fenomenología social con la que diseñan sus políticas. Aunque en el caso de los fascismos se trata de una “revolución contrarrevolucionaria” en el sentido en que lo señalaba Luigi Fabbri, esto es, como contrarrevolución preventiva. Este carácter “revolucionario” en el caso de los fascismos tiene suficiente evidencia fáctica, pero también la tiene en el otro caso, en el polo opuesto de la revolución pasiva: el caso norteamericano, aunque en ausencia de violencia sistémica y un orden dictatorial.
Gramsci desarrolla el concepto revolución pasiva en el marco de su reflexión sobre el fascismo, principal objeto de su preocupación intelectual y política, y en este contexto formula, en forma de pregunta, la hipótesis de si el fascismo italiano no sería la modalidad que adopta la revolución pasiva en el siglo XX:
¿Un nuevo “liberalismo”, en las condiciones modernas, no sería precisamente el “fascismo”? ¿No sería el fascismo precisamente la forma de “revolución pasiva” propia del siglo XX, y así́ como el liberalismo lo fue del siglo XIX?.[24]
Para Gramsci el fascismo debe ser interpretado como el proceso de descomposición y recomposición del Estado y la sociedad; y no sólo como un instrumento reaccionario de la burguesía para aplastar al movimiento obrero, como la “reacción armada de un capitalismo agonizante”.[25]
Gramsci aplica el concepto de revolución pasiva en el análisis del fascismo italiano en el marco de la historia moderna de Italia. Su análisis tiene un hondo contenido historicista ya que investiga y reflexiona sobre las relaciones entre la culminación del Risorgimento -entendido como forma de revolución pasiva decimonónica- y el fascismo -entendido como revolución pasiva del siglo XX, al menos del período de entreguerras; investiga y reflexiona, entonces, la articulación de ambos fenómenos a partir del gozne representado por la crisis del Estado liberal italiano en la inmediata primera postguerra, sus rupturas y continuidades para el caso específico de Italia. Sin embargo su estudio -que responde no sólo a su interés investigador, sino que también se vincula a las exigencias de su acción política -no excluye dos elementos centrales presentes en la reflexión gramsciana:
1. La tensión entre el estudio de fenómenos específicos o particulares y la elaboración de tesis generales sobre la sociedad y el Estado;
2. La tendencia a la generalización teórica siempre anclada en la captación y comprensión fenomenológica concreta.
Esta segunda dimensión conduce al estudio comparativo, que Gramsci ensaya en numerosos pasajes de los Cuadernos de la cárcel. En ellos aborda diversos aspectos de la historia alemana contemporánea: desde el surgimiento del fascismo alemán, que adquiere para él una importancia decisiva a partir del salto electoral de 14 de septiembre de 1930 (cuando el partido nazi recibe el 18,3 % de los votos, en brutal contraste el 2,6 % alcanzado en las elecciones del 20 de mayo de 1928), hasta los primeros años de la dictadura nazi, y más concretamente hasta 1935, fecha de sus últimos textos referidos a la cuestión alemana.
Tanto la hipótesis gramsciana sobre el fascismo italiano como la forma que adopta la revolución pasiva para Italia durante el siglo XX, así como la posibilidades de estudio comparativo de los distintos fascismos, nos autorizan a seguir el camino que el propio Gramsci inició en relación con la crisis de la República de Weimar y la instauración de la dictadura hitleriana. Ello implica intentar aproximar otra lente de observación al fascismo alemán -el nazismo- a través de la herramienta conceptual de la revolución pasiva. No obstante, esta herramienta conceptual debe ir necesariamente acompañada, también en el caso alemán, de su articulación con conceptos como cesarismo y hegemonía. Solo así resulta posible comprobar si existen vínculos sólidos entre estos conceptos en el caso de Alemania, del mismo modo que Gramsci los identificó para Italia. Otro elemento que debe ser discernido, y que constituye el cauce por el que fluyen, y a veces se desbordan, todos estos conceptos, es el de modernidad. Se trata de un todo civilizatorio que abarca la totalidad del marco en el que se desarrollan estos fenómenos políticos. En este contexto de lucha de clases, los actores individuales y colectivos elaboran conceptos a partir de sus experiencias, formalizan sus aspiraciones como valores y combaten en los planos ético y estético, conformando una articulación totalizante que puede denominarse ideología o momento ético-político, según la concepción gramsciana. Por lo tanto, tal como indica Gramsci en el uso del concepto revolución pasiva, debemos partir de las consideraciones siguientes.

El fascismo como revolución pasiva (fenómeno modernizador):
- Definición que no posee ningún contenido moral, que no niega el carácter sanguinario, tiránico y genocida de dicho fenómeno político;
- Definición que, sin embargo, resulta útil para demostrar que la aparente paradoja es la que refuta su carácter revolucionario para indicar, en cambio, que es un proceso restaurador del orden jerárquico capitalista, pero cuya peculiaridad es que los hará mediante nuevos métodos, y especialmente los avances en la organización del trabajo y en la concepción biopolítica de la organización social, como proyecto orgánico y consciente de ingeniería antrópica y social.
Hasta aquí podría parecer que resulta difícil, a veces, deslindar la revolución pasiva del mero movimiento restaurador, y que el fascismo sería efectivamente eso: una vuelta al statu quo ante, al poder de las viejas oligarquías, como si nada hubiera cambiado. Sin embargo, si observamos con más atención el fenómeno de los fascismos, podemos concluir que inauguran una nueva forma de dominación y explotación, más sofisticada que la ejercida por las viejas elites monárquicas o burguesas decimonónicas. Esa nueva forma de dominación presenta dos aspectos fundamentales. El primero consiste en la integración de las masas en la acción política, pero de manera absolutamente subordinada, bajo la forma de movilización controlada y heterónoma. El segundo tiene como eje la “naturalización” y la “normalización” de la desigualdad entre los miembros de la sociedad, basada en pretendidas razones científico-técnicas presentadas como necesarias para el despliegue de la modernidad. Este segundo aspecto se articula, a su vez, en dos ámbitos fundamentales sobre los cuales se pretende llevar a cabo la palingenesia de las sociedades en las que el fascismo ha accedido al poder:
- La reestructuración de las relaciones de explotación trata de liquidar el menor atisbo de autonomía obrera, trasladando al empresariado un poder omnímodo que se basa no sólo en la represión brutal del movimiento obrero sino en la construcción de un nuevo sentido común. Dicho sentido común se fundamenta en la idea de que esa omnipotencia deriva del supuesto derecho natural de la clase empresarial y gerencial, así como la capacidad para dirigir y orientar el proceso de trabajo.
- la fundamentación biopolítica, esto es, la legitimación de la desigualdad sobre bases biológicas, lo que convierte al racismo un componente esencial de la ideología fascista. Dado que este racismo se presenta como de carácter científico, se transforma en un concepto fuerte que no puede ser rebatido por argumentos de orden moral.
La principal novedad de esa forma de dominación que constituye el fascismo radica, por lo tanto, en el papel que la cientificidad y el cientificismo desempeñan en el establecimiento del nuevo orden social. De ahí deriva su enorme peligrosidad para el género humano: la instauración de un nuevo consenso social y, con ello, de una nueva forma de dominación hegemónica que transforma en aceptables e incluso deseables objetivos y procedimientos que, en otro contexto político-cultural, serían señalados como repudiables y criminales. Se trata, por consiguiente, de un proceso consciente de ingeniería antropológica y social, es decir, del diseño propositivo de una nueva forma de dominación basada en una concepción renovada de la naturaleza humana. Ese carácter propositivo, junto con el recurso sistemático a la razón instrumental y al arsenal tecnológico provisto por la modernidad, es lo que hace al fascismo cualitativamente diferente a la dominación clasista decimonónica.
Por último, queremos apuntar algunas notas sobre la estructura diacrónica de este ensayo. Consideramos que debemos seguir los pasos de Gramsci, que necesitó analizar la naturaleza de la revolución pasiva decimonónica en Italia para explicar mejor el surgimiento del fascismo en la postguerra. Utilizar un esquema similar deriva también de algunos planteos hechos más arriba, como la posibilidad de definir históricamente la existencia de un fascismo genérico, lo cual exigiría la necesidad de seguir fenómenos similares que se produjeron en las sociedades que desembocaron en el fascismo. Ello, por cierto exige una advertencia. En ningún caso planteamos una hipótesis determinista, la que vería en los fenómenos anteriores al fascismo los elementos nucleares que después lo caracterizarían. Ni la Alemania del Kaiserreich ni la Italia del Risorgimento debían conducir fatalmente a la aparición de sus respectivos fascismos. Esto implicaría aceptar las tesis del Sonderweg, aquella corriente de la historiografía alemana surgida en las décadas de 1960 y 1970. Dicha corriente sostenía, para el caso alemán, que el curso de la modernización decimonónica estuvo marcado por el fracaso dela revolución burguesa, a diferencia de lo sucedido en Francia y Gran Bretaña, donde esta habría permitido la instauración y consolidación de democracias parlamentarias. En Alemania, por el contrario, ese fracaso habría posibilitado simultáneamente la supervivencia intacta del dominio político de las clases procedentes del Antiguo Régimen y el desarrollo del capitalismo, dando lugar a un sistema profundamente autoritario que habría conducido manera inexorable a la imposición del régimen nazi, resumido en la conocida fórmula: “De Bismarck a Hitler”.[26] Sin embargo, evitar el determinismo no implica no analizar un fenómeno del alcance histórico universal como el fascismo desde la long durée,[27] o sea renunciar a intentar identificar las continuidades y rupturas que se han ido produciendo en el transcurso de la segunda mitad del siglos XIX y la primera mitad del siglo XX. Justamente, el ritmo de los movimientos históricos puede ser el de aceleración -lo que Gramsci denominaba como guerra de movimientos- o el de movimientos lentos similares al de las capas tectónicas en la profundidad terrestre -identificados como guerra de posiciones- donde los movimientos moleculares de fondo más que las olas de la superficie nos permiten vislumbrar las pautas y características del fenómeno histórico estudiado. Por ello, del mismo modo que Gramsci comienza su estudio sobre el fascismo a partir del análisis del Risorgimento y de la crisis del sistema político que este inauguró, debemos comenzar con el análisis de la constitución del Kaiserreich, continuar con el análisis de su crisis como consecuencia de la Gran Guerra, y abordar, seguidamente, la República de Weimar, para finalmente adentrarnos en la dictadura nazi o Tercer Reich.

Conclusiones
Por lo tanto, y desde la perspectiva gramsciana, en este ensayo se concluye que se produjeron dos revoluciones pasivas acabadas y otras dos frustradas, tanto por condiciones internacionales como internas. Las dos revoluciones pasivas acabadas corresponden a la fase bismarckiana del Kaiserreich y a la dictadura nacionalsocialista que cumplen con todas las condiciones que, según Gramsci, permiten caracterizarlas como revoluciones pasivas.[28]
La revolución pasiva bismarckiana, dirigida por el Canciller de Hierro mediante un delicado juego de equilibrios entre liberales y conservadores, así como entre el gran capital industrial y la aristocracia y gran burguesía terrateniente, derivó lenta y progresivamente hacia una crisis de agotamiento. En su trasfondo persistía la dificultad de integrar de forma subordinada a las clases subalternas y a su principal expresión política y social, el movimiento obrero organizado.
Este agotamiento se manifestó en un período finisecular caracterizado por la creciente politización de las masas, lo que hizo necesaria la formulación de una política capaz de responder a ese fenómeno, ante el fracaso de las formas políticas tradicionales y, en particular, ante a la resistencia de las elites dominantes a avanzar hacia una monarquía parlamentaria que sustituyera a la monarquía constitucional propia del Kaiserreich.
En este caso se cumplen dos de las condiciones señaladas por Gramsci para hablar de revolución pasiva: por un lado, la «reacción de las clases dominantes al subversivismo esporádico e inorgánico de las masas populares»[29] materializada en «restauraciones» que incorporan parcialmente algunas de sus demandas –como el conjunto de medidas sociales dirigidas a la clase obrera; por otro, la guerra de posiciones desplegada por el movimiento obrero, liderado por el SPD, que, si bien no logra desencadenar un proceso revolucionario, mantiene bajo presión constante a las clases dominantes.
Como se ha señalado, durante el reinado de Guillermo II se desarrolló un movimiento nacionalista radical, con fuerte implantación tanto en las clases medias como en sectores de las clases altas, que no era solamente antisocialista, sino también proactivo, presionando al gobierno para el cumplimiento de los objetivos imperialistas y militaristas que el propio káiser promovía.
En Alemania persistía un marco general condicionante: la falta de sedimentación y estabilización del proceso de unificación, incapaz de resolver las fracturas sociales generadas por la rápida industrialización y, en términos más amplios, por la modernización de la sociedad alemana. La crisis hegemónica, ya claramente visible en los años previos a 1914, pareció momentáneamente superarse con el estallido de la Gran Guerra.
Sin embargo, como se ha indicado, el inicio del conflicto respondió tanto a factores internacionales como a dinámicas internas de los países beligerantes. En el caso alemán, la guerra apareció fugazmente como una oportunidad como una oportunidad para recomponer la crisis hegemónica del bloque dominante y alcanzar la ansiada unidad nacional en torno al káiser, al ejército y las elites dirigentes, por encima de divisiones políticas, dando lugar al denominado “Espíritu de 1914”.

No obstante, esta recomposición fue efímera, y la derrota alemana condujo al colapso del Kaiserreich. La crisis adquirió entonces el carácter de crisis orgánica, en consonancia con algunas de las causas definidas por Gramsci, según las cuales esta se produce cuando “… la clase dirigente ha fracasado en alguna gran empresa política para la que ha solicitado o impuesto con la fuerza el consenso de las grandes masas (como la guerra)”.[30]
En Alemania, el proceso presentó similitudes en términos de fenómenos estructurales –en particular en lo relativo a las relaciones de producción y explotación–, en un contexto de capitalismo ya plenamente globalizado a finales del siglo xix. No obstante, deben tenerse en cuenta las especificidades nacionales y territoriales que modulaban la expresión de ese capitalismo, especialmente si se consideran el fenómeno imperialista y las relaciones de dependencia entre naciones, como ocurrió en la Alemania de la primera posguerra con la cuestión de las reparaciones y su dependencia del capital norteamericano tanto para afrontarlas como para recuperarse de las consecuencias de la guerra de 1914-1918.
Fueron precisamente estas circunstancias coyunturales –sumadas a la acumulación de experiencias y vivencias en la sociedad civil alemana en el terreno de la lucha de clases, así como a la peculiar configuración de la sociedad política, que combinaba elementos de modernidad (la existencia de partidos burgueses activos y de un poderoso partido socialdemócrata) con rasgos de atraso (como la pervivencia de una monarquía no parlamentaria)– las que, bajo el efecto catalizador de la Gran Guerra, condicionaron el fracaso de las revoluciones pasivas ensayadas desde perspectivas opuestas durante la República de Weimar y favorecieron el impulso de una nueva revolución pasiva bajo el nacionalsocialismo. Esta se materializó en una dictadura totalitaria que transformó radicalmente tanto la sociedad política como la sociedad civil, una vez agotadas las formas del Kaiserreich tras la derrota en la guerra y las de la República de Weimar como consecuencia de la Gran Depresión.
A diferencia del caso estadounidense, la dictadura nazi no promovió un aumento de los salarios reales. Cuando la política de reducción del desempleo logró disminuir significativamente el número de parados y surgieron presiones alcistas sobre los salarios ante la desaparición del ejército industrial de reserva, el régimen reaccionó estableciendo topes salariales e impidiendo la libre movilidad de los trabajadores entre empresas. La compensación de los ingresos restringidos se produjo, en cambio, mediante la prolongación de la jornada laboral y la incorporación de más miembros del núcleo familiar al mercado de trabajo.
El factor decisivo en la reconstrucción de la hegemonía de las clases dominantes fue la destrucción del movimiento obrero –el más desarrollado de Europa occidental– mediante procedimientos extremadamente violentos, incluyendo el recurso a los campos de concentración, así como la puesta en marcha de un proceso de transformación antropológica y biopolítica de la sociedad alemana. No obstante, persistió una guerra de posiciones solapada y clandestina que, junto con interrupciones esporádicas de la actividad económica, contribuyó a tensionar la estructura de poder del régimen.
La hegemonía resultante fue la de un bloque simbiótico integrado por la dictadura nazi, el gran capital, el ejército, la burocracia estatal y el NSDAP –especialmente su aparato militar, policial y represivo, encarnado en las SS–, tal como lo conceptualizó Franz Neumann mediante la noción de dictadura policrática.[31] Esta hegemonía lo fue no solo porque dicho bloque ejercía su dominio a través de un aparato represivo feroz y altamente modernizado, sino también porque logró un grado significativo de consenso entre amplios sectores de la sociedad alemana, que buscaban seguridad y estabilidad tras las experiencias traumáticas de la hiperinflación y la Gran Depresión, y que temían la potencialidad revolucionaria del movimiento obrero.
Fue este consenso, conformado en gran medida también por la pasividad social, el que permitió a la dictadura nazi desarrollar su curso destructivo, culminando el proceso iniciado en 1933 en la guerra más brutal y en el mayor genocidio conocidos hasta el momento, que solo se detuvo con la derrota del fascismo en 1945.

* Agradezco al querido amigo Joan Tafalla el haberme facilitado su recopilación de las notas de Gramsci sobre revolución pasiva, lo que me ha facilitado extraordinariamente el trabajo.
Notas
[1] Giaime Pala, La fuerza y el consenso: Ensayo sobre Gramsci como historiador (Granada, 2021).
[2] Antonio Gramsci, Cuadernos de la cárcel T. 3 (México, D.F.: Ediciones Era, 1984), C 8 <25>, 231.
[3] Antonio Gramsci, Cuadernos de la cárcel. T 1 (México: Era, 1999), C 1 <44> esp. 119.
[4] Alex Callinicos, «The Limits of Passive Revolution», Capital & Class 34, n.o 3 (1 de octubre de 2010): 491-507, https://doi.org/10.1177/0309816810378265.
[5] Alberto Burgio, Gramsci. Il sistema in movimento (Roma, 2014), 221.
[6] Gramsci, Cuadernos de la cárcel T. 3, C 8, 236, 344. Gramsci escribe: «… ¿Un nuevo “liberalismo” en las condiciones modernas, no sería precisamente el “fascismo” [sic]? ¿No sería el fascismo precisamente la forma de “revolución pasiva” propia del siglo XX, así como el liberalismolo fue del siglo XIX?» .
[7] Ibíd., t. 4, c. 10, § 9, p. 129
[8] Franco de Felice, «Revolución pasiva, fascismo, americanismo en Gramsci», en Massimo Modonesi, ed., LA REVOLUCION PASIVA | UNA ANTOLOGÍA DE ESTUDIOS GRAMSCIANOS (Manresa: Bellaterra Edicions, 2022), 50-52.
[9] Antonio Gramsci, “Speech to the Italian parliament: Contro la legge sulle associazioni segrete”, https://www.marxists.org/archive/gramsci/1925/05/speech.htm (consultado 11/10/2022).
[10] Franco de Felice, «Revolución pasiva, fascismo, americanismo en Gramsci», en Modonesi, LA REVOLUCION PASIVA | UNA ANTOLOGÍA DE ESTUDIOS GRAMSCIANOS, 53.
[11] Benito Mussolini, Lo Stato Corporativo, Firenze, Vallechi Editore, 1936, p. 65: “Lo Stato corporativo considera l’iniziativa privata nel campo della produzione come lo strumento più̀ efficace e più̀ utile nell’interesse delle Nazione. L’organizzazione privata della produzione essendo una funzione di interesse nazionale, l’organizzatore dell’impresa è responsabile dell’indirizzo della produzione di fronte allo Stato. Dalla collaborazione delle forze produttive deriva fra esse reciprocità di diritti e di doveri. Il prestatore d’opera, tecnico, impiegato ed operaio, è un collaboratore attivo dell’impresa economica, la direzione della quale spetta al datore di lavoro che ne ha la responsabilità”.
[12] Giuseppe Bottai, “Corporate State and N.R.A.”, Foreign Affairs. An American Quarterly Review, 13:1/4, 1934/1935, p. 624.
[13] Gramsci, Cuadernos de la cárcel T. 3, C 8, 236, 345.
[14] Antonio Gramsci, Cuadernos de la cárcel. T. 6 (México; Puebla, México: Era ; BUAP, 1999), C 22, 6, 73.
[15] Antonio Gramsci, Cuadernos de la cárcel T. 4 (México, D.F.: Ediciones Era, 1986), C 10, 9, 129.
[16] José Luis Villacañas, La revolución pasiva de Franco. Las entrañas del franquismo y de la transición desde una nueva perspectiva (Madrid: Harper Collins Ibérica, 2022).
[17] Gramsci, Cuadernos de la cárcel T. 4, 129-30.
[18] Gramsci escribe a propósito de la revolución pasiva: «El concepto de revolución pasiva me parece exacto no solo para Italia, sino también para los demás países que modernizaron el Estado a través de una serie de reformas o de guerras nacionales, sin pasar por la revolución política de tipo radical-jacobino», ver Antonio Gramsci, Cuadernos de la cárcel. T. 2 (México: Era, 1999), 216-17.
[19] Ronald Smelser, «How “Modern” Were the Nazis? DAF Social Planning and the Modernization Question», German Studies Review 13, n.o 2 (1990): 285-302, https://doi.org/10.2307/1430709.
[20] Wolfgang Schivelbusch, Entfernte Verwandtschaft.: Faschismus, Nationalsozialismus, New Deal. <br /> 1933-1939, 1.a ed. (Frankfurt am Main: Fischer Taschenbuch Verlag, 2007).
[21] Roger Griffin, Modernism and fascism : the sense of a beginning under Mussolini and Hitler (Basingstoke: Palgrave Macmillan, 2007), 1-6.
[22] «Subalternisation and Passive Revolution», en Massimo Modonesi, The Antagonistic Principle: Marxism and Political Action (Brill, 2018), 86, https://brill.com/view/title/33498.
[23] Massimo Modonesi, ed., La revolución pasiva: Una antología de estudios gramscianos (Manresa: Bellaterra Edicions, 2022), 236.
[24] Gramsci, Cuadernos de la cárcel T. 3, Cuaderno 8 <236< Puntos para un ensayo sobre Croce, 344.
[25] Francesca Antonini, Caesarism and Bonapartism in Gramsci: Hegemony and the Crisis of Modernity (Leiden – Boston: Brill, 2021), 64.
[26] Para una contundente refutación de las tesis del Sonderweg, ver David Blackbourn y Geoff Eley, The Peculiarities of German History: Bourgeois Society and Politics in Nineteenth-Century Germany (Oxford Oxfordshire ; New York: Oxford University Press, 1984).
[27] Para una referencia al significado de la long durée en el análisis de procesos históricos ver el excelente texto de Joan Tafalla, «La tierra para quien la trabaja. La larga revolución de los campesinos rusos (1861-1905-1917)», en Crisis y revolución: El movimiento obrero europeo durante la guerra y la revolución rusa (Vilassar de Dalt: El Viejo Topo, 2017).
[28] Massimo Modonesi, ed., LA REVOLUCION PASIVA | UNA ANTOLOGÍA DE ESTUDIOS GRAMSCIANOS (Manresa: Bellaterra Edicions, 2022), 267-68.
[29] Gramsci, A., Cuadernos de la cárcel, t. 3, C 8, §25, op. cit., p. 231.
[30] Antonio Gramsci, Cuadernos de la cárcel. T. 5 (México: Era, 1999), C 13 <23> 52.
[31] Franz. Neumann, Behemoth: pensamiento y acción en el nacional-socialismo (Fondo de Cultura Económica, 1983).

Über Alles. Nazismo y revolución pasiva en Alemania (1871-1939)
Editorial Verso Libros; 2026
Índice de la obra
Introducció
Primera revolución pasiva alemana, los orígenes del Kaiserreich – la Alemania de Bismarck
La segunda fase del Kaiserreich: El reinado de Guillermo II
¿Weltpolitik o Lebensraum?
Evolución política posterior a Bismarck
Desarrollo industrial y construcción de nuevas hegemonías
La reconstrucción y nueva formulación de la ideología empresarial
El SPD o un enemigo del Reich (Reichsfeind) necesario para la cohesión del bloque dominante
La movilización del nacionalismo radical
La Gran Guerra, 1914-1918: de la hegemonía inicial a la caída del Kaiserreich
El espíritu de 1914
Repercusiones de la guerra en la economía y en la sociedad
La etapa final de la guerra: la evolución política en 1917 y 1918
La República de Weimar: crisis revolucionaria y revolución pasiva
La Revolución de noviembre de 1918: El fin del Kaiserreich, el movimiento consejista y la República
De la guerra de movimientos a la guerra de posiciones. La disolución de la coalición de Weimar – estabilización y reconquista de posiciones por las derechas
La Gran Depresión: el principio del fin
1932: un año clave para la república de Weimar: la antesala de la barbarie
La dictadura nazi: fascismo y revolución pasiva
El nazismo como cesarismo
Los fundamentos de la revolución pasiva nazi: la Ley de Organización del Trabajo Nacional – el Plan Cuatrienal – americanismo y fordismo
Modernidad y fascismo
Conclusiones

Portada: postal de la época nazi, con la inscripción “El rey conquistó, el príncipe fundó, el mariscal defendió y el soldado salvó” (http://www.pvoller.net/)
Ilustraciones: Conversación sobre la historia
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1932: un año clave para la república de Weimar: la antesala de la barbarie
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