El silencio no detiene la ocupación y el genocidio de Gaza

Conversación sobre la historia


 

 

Benjamin Bürbaumer*

 

Mientras que las guerras recientes ponen de manifiesto la agravación de las consecuencias militares de las políticas estadounidenses e israelíes, Benjamin Bürbaumer repasa aquí las definiciones del imperialismo, sus transformaciones contemporáneas y las consecuencias que se pueden extraer de ello para la formulación de una política antiimperialista. Entrevista realizada por Juan Tortosa (militante de la organización política suiza Solidarités)

¿Cómo definirías el imperialismo?

La caracterización del imperialismo como una etapa específica del capitalismo, tal y como aparece en el panfleto El imperialismo, fase superior del capitalismo de Lenin, es la más conocida. Para nosotros hoy en día, presenta el inconveniente de ser demasiado precisa, demasiado influenciada por las particularidades del capitalismo de hace 100 años. Fue una herramienta útil para el análisis político de la época, pero resulta difícil trasladarla al período contemporáneo. Porque, si bien los rasgos fundamentales del capitalismo siguen siendo los mismos, el modo de producción ha experimentado, no obstante, una serie de transformaciones —en particular, el desarrollo de las cadenas de valor globales, la formación de un mercado mundial bajo la supervisión estadounidense, la aparición de una fracción de la burguesía proestadounidense en Europa Occidental o incluso el fin de los imperios coloniales formales—, que hacen que este texto de Lenin resulte difícil de aplicar al análisis contemporáneo.

Por eso me parece preferible una definición más abstracta y general del imperialismo. La encontramos en La acumulación del capital de Rosa Luxemburg, otro texto clásico sobre el imperialismo. Luxemburg define allí el imperialismo como «la expresión política del proceso de acumulación capitalista que se manifiesta a través de la competencia entre los capitalismos nacionales». De este modo, expone la dinámica fundamental del imperialismo: en cualquier país, el funcionamiento habitual del capitalismo genera tensiones de forma regular. Si, en lugar de superar estas contradicciones dentro de las fronteras nacionales, el Gobierno del país en cuestión las proyecta a la escena mundial mediante acciones coercitivas, nos encontramos ante una dinámica imperialista.

Poner de manifiesto este engranaje que va desde la acumulación de capital hasta el conflicto internacional es la contribución crucial de los teóricos clásicos del imperialismo. No es exclusiva de Luxemburg; Lenin, Hilferding o Bujarin aplicaron el mismo razonamiento, pero Luxemburg logró sintetizar el enfoque en una definición concisa y lo suficientemente abstracta como para seguir siendo plenamente pertinente aún hoy.

La comprensión de este engranaje desencadenado por la acumulación de capital es crucial, ya que proporciona una brújula clara para el análisis. En caso de conflicto internacional, conviene, en primer lugar, examinar las tensiones que se manifiestan en el capitalismo del país agresor. A través de este enfoque, que tiene en cuenta las relaciones sociales en el origen de las tensiones internacionales, la teoría del imperialismo se distingue de los enfoques mainstream y centrados en el Estado de las relaciones internacionales. Estos últimos reducen los movimientos sociales a la impotencia ante la guerra, que se consideraría un asunto exclusivo de los Estados. Por el contrario, la teoría del imperialismo parte de las contradicciones del capitalismo del país agresor y subraya así que toda acción coercitiva viene precedida de una relación de fuerzas concreta. Y esta relación es modificable. Esta observación muestra que la guerra no es solo una cuestión de gigantescas máquinas de guerra y estados mayores. El movimiento obrero y, en un sentido más amplio, la sociedad civil tienen influencia sobre este fenómeno.

Retratos de Lenin y Rosa Luxemburg en una manifestación contra la guerra de Vietnam en Berlín (foto: Rogge/ullstein bild via Getty Images)

¿Existen diversas concepciones sobre el imperialismo entre los «intelectuales de izquierda»?

Desde la primera oleada de debates sobre el imperialismo a principios del siglo XX, coexisten varias concepciones del mismo. Por regla general, la concepción interimperialista de Lenin, Luxemburg y Bujarin implica una fuerte crítica al enfoque posimperialista de Kautsky. Este último pensaba que los capitalistas de cada gran potencia podrían superar sus conflictos para formar una gran alianza mundial de burguesías capaz de explotar mejor a los trabajadores. Por el contrario, los trabajos de Lenin y, sobre todo, los de Luxemburg y Bujarin muestran que los capitalistas de cada país se parecen —persiguen el beneficio— y, precisamente, esta similitud les lleva a oponerse a sus homólogos al otro lado de la frontera [1].

Durante la segunda oleada de debates en los años sesenta y setenta se observan líneas de división similares: por un lado, los herederos de Kautsky —como, por ejemplo, Richard Sklar—, que subrayaban los aspectos transnacionales del capitalismo; y, por otro, los herederos del enfoque interimperialista —como Jacques Valier y Ernest Mandel—, que ponían de relieve las tensiones entre las grandes potencias. No obstante, también surge un nuevo enfoque que puede calificarse de «superimperialista», de la mano de Nicos Poulantzas, quien, en aquella época, había leído profusamente la teoría de la dependencia en sus variantes marxistas y estructuralistas. El argumento central de Poulantzas consiste en destacar la singularidad del Estado estadounidense, que sale de las dos guerras mundiales como una superpotencia sin parangón. Es único en términos de rendimiento económico y poderío militar, pero también porque el capitalismo estadounidense ha logrado reproducirse y enriquecerse en otras formaciones sociales capitalistas, especialmente en Europa Occidental, al tiempo que desorganiza a las burguesías nacionales de los países en cuestión. En consecuencia, Europa Occidental se integra cada vez más en el capitalismo estadounidense y pierde su capacidad de acción independiente. El potencial de enfrentamiento violento entre Estados Unidos y los países de Europa Occidental se reduce así drásticamente. Esto no conduce, sin embargo, a la desaparición de las guerras imperialistas, pero estas se libran principalmente en la periferia del capitalismo mundial.

Durante la última oleada de debates que tuvo lugar en la década de 2000, tras la invasión de Irak, resurgieron las tres posiciones: la interimperialista, la superimperialista y la posimperialista. A través del libro Imperio, de Toni Negri y Michael Hardt, la corriente posimperialista alcanzó entonces una popularidad sorprendente. Sorprendente en la medida en que su afirmación de que el imperialismo ha llegado a su fin choca con la realidad de la invasión. Desde entonces, la multiplicación de las guerras imperialistas ha desacreditado definitivamente el enfoque posimperialista. El debate contemporáneo se centra, por tanto, sobre todo en la singularidad persistente del imperialismo estadounidense —que destacan, en particular, autores como Leo Panitch y Sam Gindin— y en la importancia de las tensiones entre Estados Unidos y otras potencias como Francia, Alemania, Rusia y China —podemos pensar en las aportaciones de Claude Serfati o Alex Callinicos—.

Por último, quiero precisar que existe una diferencia entre la teoría del imperialismo y la teoría de la dependencia que a menudo se ignora. La primera hace hincapié en cómo el funcionamiento del capitalismo lleva a las grandes potencias a recurrir a la coacción frente a otros países, mientras que la segunda pone de relieve cómo, a pesar de su independencia formal, las antiguas colonias siguen estando subdesarrolladas precisamente debido a su integración en el capitalismo mundial. En otras palabras, el imperialismo describe el conflicto entre las grandes potencias, mientras que la dependencia subraya los mecanismos económicos que conducen al subdesarrollo de los países periféricos y, por tanto, a la persistencia de las desigualdades entre países. Ambas teorías se complementan y los fenómenos que estudian pueden sucederse y complementarse, pero cada una se centra en un objeto diferente: una, en las consecuencias de la acumulación de capital en los países del centro; la otra, en las consecuencias de ese mismo proceso en los países periféricos.

¿Cuáles son las características del imperialismo hoy en día?

Me parece que el enfoque «superimperialista» describe con precisión la particularidad de Estados Unidos en la configuración mundial desde 1945 y, más concretamente, desde la década de 1970. También pone de manifiesto que la formación de la globalización es un proceso supervisado por Estados Unidos. El argumento de que las inversiones extranjeras directas de las empresas estadounidenses en Europa Occidental han desorganizado en gran medida a las burguesías nacionales y han promovido el surgimiento de una burguesía interna proestadounidense resulta convincente. Y ayuda a comprender por qué los países europeos se someten a las políticas de Washington, incluso cuando Trump impone un tratado comercial altamente desigual —como ocurrió en julio de 2025— que debilita directamente los regímenes de acumulación orientados al exterior de varios países europeos. También permite entender por qué los países europeos se sitúan decididamente del lado de Estados Unidos en su rivalidad con China.

En cambio, en China nunca ha podido surgir una burguesía interna proestadounidense de este tipo, ya que, desde el retorno pleno y total al capitalismo —llevado a cabo bajo la égida de la facción liberal del Partido Comunista Chino (PCCh) a finales de la década de 1970—, los capitales extranjeros están sometidos a un estricto control y los vínculos entre los capitalistas chinos y el PCCh siguen siendo estrechos. Así, se ha formado un rival de Estados Unidos en el seno de la globalización. Es el ejemplo por excelencia de la naturaleza desigual y combinada del desarrollo capitalista, y este hecho da credibilidad al enfoque interimperialista. De hecho, como cualquier país capitalista, China se enfrenta a contradicciones. A diferencia de la mayoría de los países, China dispone de los medios para intentar externalizar estas contradicciones mediante la exportación masiva de mercancías y capitales, lo que la sitúa en la senda de la confrontación con Estados Unidos. En la rivalidad interimperialista entre China y Estados Unidos encontramos, por tanto, la dinámica ya identificada por Luxemburg.

Añadiría, no obstante, que el antagonismo entre Washington y Pekín no se centra únicamente en los flujos —de capitales y mercancías—, sino, de manera más amplia, en las infraestructuras físicas, digitales, monetarias, técnicas y militares que hacen posible el mercado mundial. Es en todos estos ámbitos donde se puede observar su antagonismo y medir su profundidad particular. Así, se ve que lo que está en juego en su antagonismo es sencillo: el control del capitalismo global. En la actualidad, Estados Unidos lo supervisa, pero China aspira a sustituirlo por un capitalismo mundial centrado en China. Por último, quiero precisar que la rivalidad entre China y Estados Unidos es altamente asimétrica. El único ámbito en el que China pisa seriamente los talones a Estados Unidos es el digital. En el resto de infraestructuras, Estados Unidos sigue estando muy por delante.

Reunión de jefes de estado y de gobierno de los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y África del Sur) en Los Cabos (México), en junio de 2012 (foto: Roberto Stuckert Filho/PR)

¿Qué son los subimperialismos o los imperialismos regionales?

En primer lugar, me gustaría precisar que la idea kautskiana de que existiría un pacto entre Putin y Trump o una complicidad mafiosa entre Trump, Xi y Putin para explotar mejor a los trabajadores y la naturaleza a escala mundial pasa por alto el funcionamiento real del capitalismo global. Esta interpretación ultraimperialista reaparece regularmente en el debate, coincidiendo con los encuentros entre estos jefes de Estado. Se basa en un análisis de los comunicados emitidos tras dichas cumbres. Al otorgar una importancia desmesurada a las declaraciones de los responsables políticos, en lugar de interpretar sus posiciones a través de las contradicciones de sus respectivas formaciones sociales, estos análisis dan prioridad a la forma sobre el fondo. Es intentar comprender las relaciones internacionales a través de la fachada de la autorrepresentación momentánea de los dirigentes de las grandes potencias.

Es un callejón sin salida. Porque esta interpretación ignora que, fundamentalmente, la acumulación de capital les conduce a la confrontación. Y, aunque no se conozcan con precisión las dinámicas de la economía política en juego, cualquiera puede constatar que China proporciona información de inteligencia a Irán que le permite atacar los aparatos militares de Estados Unidos y de sus aliados, que Estados Unidos imponen sanciones tecnológicas de gran envergadura a China y aíslan a Rusia de la infraestructura monetaria del dólar. Así pues, incluso sin comprender las contradicciones del capitalismo que explican estos actos hostiles, se puede constatar fácilmente a través de esta lista no exhaustiva que unos cómplices no se tratarían de esta manera. Por lo tanto, no hay complicidad.

Esta precisión permite pasar a la cuestión de los imperialismos secundarios —secundarios en la medida en que, en términos de poder, Estados Unidos sigue siendo hoy en día un imperialismo sin igual. Este hecho debe ser el punto de partida de cualquier análisis de la situación mundial. A continuación, dado que el imperialismo —más allá de representar una dinámica abstracta y general— constituye una práctica destinada a externalizar las contradicciones del capitalismo de un país determinado, todo país capitalista es un país imperialista latente. Sin embargo, solo un pequeño puñado de países dispone efectivamente de los medios para hacer que otros países paguen las tensiones de su capitalismo.

Así es como se identifican las potencias imperialistas. Podemos pensar, por ejemplo, en Francia, el Reino Unido, China y Rusia, y, con su remilitarización masiva, Alemania vuelve a incorporarse a este club tan exclusivo.

El concepto de subimperialismo es difícil de manejar. Puede entenderse como sinónimo de imperialismo secundario, pero no es ese el sentido que le dio Ruy Mauro Marini en su excelente estudio sobre el Brasil de los años sesenta. Lo que Marini denomina subimperialismo es una estrategia de una fracción de la burguesía de un país subdesarrollado. Esta estrategia consiste en poner la economía del país en cuestión al servicio de los monopolios extranjeros, ayudándoles a colocar su producción en el mercado mundial. En sentido estricto, este concepto se inscribe más en la teoría de la dependencia que en la teoría del imperialismo.

Ilustración publicada en redes sociales por el secretario de guerra Peter Hegseth, basada en la caricatura de Louis Dalrymple representando la doctrina Monroe (montaje: laccent.cat)

¿Redefine el regreso de Trump al poder, con su política belicista e intervencionista, el concepto y la naturaleza del imperialismo de Estados Unidos?

En primer lugar, hay que situar a Trump en la larga historia del imperialismo estadounidense. Se enfrenta a las mismas contradicciones que sus predecesores y, en gran medida, sigue las mismas políticas. Es cierto que, durante el segundo mandato de Trump, Estados Unidos ya ha lanzado más bombas sobre otros países que durante el mandato de Joe Biden, pero este último ha bombardeado más que el primer mandato de Trump. Asistimos, por tanto, a una continuidad radicalizada. No obstante, hay que reconocerle a Trump su parte de singularidad. Es más agresivo que sus predecesores, pero no se trata tanto de una cuestión individual, ni siquiera de una patología del tipo «Trump está loco», sino que es, ante todo, el resultado de la intensificación de las contradicciones de la acumulación de capital en Estados Unidos.

Esta intensificación se materializa a través de una doble contradicción, que ya existía bajo el mandato de Biden, pero que, cuanto más tiempo permanece sin resolverse, más exige medidas drásticas. ¿En qué consiste esta doble contradicción? En primer lugar, las políticas económicas impulsadas por Donald Trump han exacerbado considerablemente las desigualdades y han situado en primer plano del debate político la crisis del poder adquisitivo, que ya se planteaba bajo el mandato de Biden y que, en última instancia, provocó la derrota de Kamala Harris en las últimas elecciones presidenciales. El problema resulta hoy aún más grave para los trabajadores estadounidenses, ya que sus salarios reales siguen estando por debajo del nivel de enero de 2021. El problema del coste de la vida acelera la caída de popularidad de Trump y la elección de Zoran Mamdani como alcalde de Nueva York es la primera señal del carácter políticamente explosivo de esta primera contradicción. La segunda contradicción a la que se enfrenta la Administración Trump tiene que ver con la globalización. El impulso de la globalización por parte de Estados Unidos permitió invertir la caída de la tasa de beneficio de las empresas estadounidenses de los años sesenta y setenta. Sin embargo, hoy en día la globalización resulta cada vez menos rentable para el capital estadounidense, sobre todo debido a la mejora tecnológica del capital chino. Desde el punto de vista de Estados Unidos, la globalización parece, por tanto, cada vez menos funcional.

Para superar esta doble contradicción, Trump apuesta por la agresión imperialista. Los bombardeos de Caracas y el secuestro de Nicolás Maduro, seguidos de una profunda reorganización de la política económica de Venezuela en torno a Delcy Rodríguez a favor del capital extranjero, debían permitir superar la doble contradicción. Tal era la estrategia trumpista. Al acceder a los ricos recursos petroleros del país, se esperaba que se produjera un notable aumento de la oferta de petróleo a corto plazo. Para los consumidores estadounidenses, este mecanismo debía traducirse de forma inmediatamente visible en una bajada de los precios en las gasolineras. A falta de un aumento de los salarios, la reducción de un gasto obligatorio para decenas de millones de estadounidenses debía disipar la cuestión del encarecimiento de la vida —al menos hasta las elecciones de mitad de mandato en otoño—. Para el capital estadounidense, la agresión a Venezuela prometía nada menos que el acceso a las mayores reservas petroleras del mundo y un debilitamiento de China. Animados por el éxito total en Venezuela, Estados Unidos está repitiendo el mismo enfoque con Irán. Sin embargo, se había subestimado la estabilidad política y militar de este último, hasta el punto de provocar una guerra con repercusiones mundiales que se traduce en un ataque contra el poder adquisitivo de los trabajadores de todo el mundo[2].

Al conocer la motivación inicial de la agresión estadounidense contra Irán —superar la doble contradicción—, queda claro que el reciente acuerdo de paz entre Washington y Teherán supone una derrota para Trump. Este último ha cedido ante el agravamiento de la crisis del poder adquisitivo que él mismo ha provocado con esta guerra estancada. Pero el significado de este acuerdo trasciende a los países directamente afectados: Con este fracaso militar, Estados Unidos está señalando, a su pesar, que ya no está realmente en condiciones de garantizar el buen funcionamiento de la globalización. Sin embargo, sigue siendo un hecho que la doble contradicción sigue ahí. Quizá Estados Unidos cambie de objetivo o movilice una parte más importante de su maquinaria bélica en Oriente Próximo, pero su agresividad no desaparecerá. A este respecto, conviene tener presente que el acuerdo no nos devuelve a la situación anterior a la guerra: las consecuencias económicas negativas siguen extendiéndose por todo el mundo, incluso en Estados Unidos, donde corren el riesgo de reavivar la doble contradicción.

¿Crees que el imperialismo de Estados Unidos está en declive? En caso afirmativo, ¿cuáles son los síntomas de ese declive?

El debilitamiento de Estados Unidos es evidente. En mi obra China/Estados Unidos esbozé la idea de una «trampa de la hegemonía», que corresponde a una situación en la que el hegemón, debilitado, modifica el equilibrio —antes cuidadosamente mantenido— entre el consentimiento y la coacción, a favor de esta última. La militarización de las prácticas internacionales tranquiliza a la potencia hegemónica, ya que produce efectos inmediatos (impresiona a los demás) que, además, quedan íntegramente a discreción de la potencia que la pone en práctica. Por el contrario, revitalizar las relaciones con gobiernos y poblaciones extranjeras mediante una ofensiva de encanto puede resultar tedioso y, sin duda, lleva mucho más tiempo —es decir, requiere muchos esfuerzos sin garantía de resultado—.

La escalada militar estadounidense es precisamente el reflejo de esta trampa. Mientras Estados Unidos tiene cada vez más dificultades para suscitar la adhesión espontánea del resto del mundo a su supervisión global, practica una auténtica huida hacia adelante.

Con Trump, el descenso de la popularidad de Estados Unidos en el mundo, que ya estaba en marcha, se ha acelerado. Además, su actitud abiertamente depredadora (amenazas, tratados comerciales desiguales, inversiones forzadas…) indica que le importa poco la reputación de su país. En estas condiciones, resulta difícil pretender encarnar un orden mundial deseable en el que los países subordinados tengan perspectivas de estabilidad y desarrollo. En 2025, este enfoque había dado lugar a una serie de bombardeos en Irán, Yemen, Somalia, Colombia, la República Dominicana, México y Nigeria, pero se superó un umbral con el secuestro de Nicolás Maduro. La hegemonía estadounidense se ha transformado en dominación estadounidense.

¿Por qué distinguir, siguiendo a Gramsci, entre dominación y hegemonía? Desde un punto de vista operativo, la estrategia de dominación es un signo de debilidad, pero no indica un declive inminente de Estados Unidos. Demuestra que la superpotencia estadounidense se está volviendo más frágil. Una dominación mundial estadounidense puede perdurar mientras no sea cuestionada, pero el día en que se la cuestione seriamente, se derrumbará rápidamente. Por el contrario, una hegemonía mundial, precisamente porque está sólidamente arraigada en los gobiernos y las sociedades civiles de todo el mundo, es inmune al riesgo de un colapso abrupto. Antes de ese colapso, el mundo corre el riesgo de sumirse en una intensificación de los conflictos violentos, y Estados Unidos se está preparando claramente para ello.

En la actualidad, Estados Unidos representa por sí solo el 37 % del gasto militar mundial. Trump ha anunciado un gigantesco aumento del 50 %, que puede desplegar rápidamente por todo el mundo gracias a una densa red de bases militares. A este respecto, conviene precisar que la guerra contra Irán moviliza una cantidad de fuerzas estadounidenses claramente inferior a la de otras operaciones en la región. Por lo tanto, Estados Unidos aún dispone de un margen significativo para la escalada. Además, Trump ha conseguido un aumento vertiginoso del gasto militar de sus aliados en Europa. Estos, que actúan como multiplicadores de la fuerza estadounidense, al apresurarse a atribuir a Irán la responsabilidad principal de la guerra, dan credibilidad al discurso trumpista según el cual los europeos serían «polizones» de la protección militar estadounidense. Esto da credibilidad a futuras aventuras imperialistas en apoyo de Estados Unidos. Así, a pesar del fracaso de la guerra en Irán, las agresiones imperialistas parecen cada vez más atractivas.

Caricatura del South China Morning Post representando la resistencia del “Sur global” contra el imperialismo estadounidense

Para una parte de la izquierda internacional, el único imperialismo es el de Estados Unidos. Considera que China y Rusia, como enemigos de Estados Unidos, así como los gobiernos denominados «progresistas» como los de Venezuela o Nicaragua, son aliados a los que no hay que criticar. ¿Qué opinas al respecto?

En la medida en que el imperialismo es una excrecencia del capitalismo, ningún país capitalista puede considerarse antiimperialista por naturaleza. En los casos de China y Rusia, además, se puede observar fácilmente cómo sus gobiernos tratan de externalizar las contradicciones de su capitalismo interno al emprender estas acciones coercitivas a nivel internacional. Así pues, se puede detectar y denunciar un imperialismo por parte de estos dos países. En cuanto a los países periféricos mencionados, me limitaría a señalar que la oposición a Estados Unidos no es un indicador de progresismo, pero también hay que tener en cuenta que esa oposición a menudo puede contribuir a explicar por qué esos países no logran instaurar un verdadero progresismo a largo plazo. Esta es, en este caso, una de las grandes aportaciones de la teoría de la dependencia.

Además, la cuestión de los órdenes de magnitud me parece crucial. El poder de influencia negativa de Estados Unidos es incomparablemente superior al de todos los demás imperialismos. Esta observación resuena con una idea que Rosa Luxemburg plantea en su crítica a El nuevo ejército de Jean Jaurès. En ella subraya que la primera tarea del antiimperialismo consiste en hacer frente al poder material del desarrollo del capitalismo mundial. En la medida en que Estados Unidos supervisa la globalización, debe formularse una crítica específica hacia este imperialismo. En estos momentos, en los que la agresión imperialista contra Irán está provocando una crisis de inflación en todo el mundo y preparando una crisis agrícola, la situación me parece especialmente propicia para subrayar que el imperialismo sale caro a los trabajadores. El encarecimiento de la vida provocado por Estados Unidos y respaldado por sus aliados en Europa y en otros lugares puede ser una palanca para la movilización masiva contra la guerra, que llegue directamente a las poblaciones. En la medida en que el imperialismo repercute de forma inmediata y negativa en el bolsillo de las poblaciones de todo el mundo, existe aquí una oportunidad única y concreta de movilización.

Por último, mencionaría que Luxemburg también critica la oposición entre guerra ofensiva y guerra defensiva promovida por Jaurès. En lugar de preguntarse únicamente qué país es el agresor, invita —en total coherencia con el enfoque fundamental de la teoría marxista del imperialismo— a analizar la dinámica conflictiva en su conjunto tomando como punto de partida las tensiones subyacentes a la acumulación. Esta dinámica no siempre sigue un esquema maniqueo. Basta con pensar en los antecedentes de la guerra en Ucrania: tanto Rusia como la Unión Europea intentaban salir de la crisis de 2008-2009 mediante la extraversión. Por lo tanto, ambas pusieron en marcha proyectos de tratados de libre comercio mutuamente excluyentes, que tenían como objetivo, entre otras cosas, explotar a los trabajadores y los recursos de Ucrania.

Esto no elimina en absoluto la necesidad de una denuncia específica de la agresión rusa —pues la cuestión de la agresión es, evidentemente, importante—, pero permite comprender que la Unión Europea también tiene su parte de responsabilidad en el conflicto. Detrás de estas observaciones de Luxemburg se esconde, de hecho, lo que Henri Lefebvre formalizó más tarde, basándose en la teoría política de Lenin, como una distinción entre causa y razón. Las causas son objetivas y ciegas, mientras que las razones son fruto de la acción consciente. En otras palabras, Luxemburg nos invita a dejar de centrarnos exclusivamente en las razones de los conflictos internacionales —lo cual constituye el núcleo de la representación liberal de las guerras— para tener en cuenta también las dinámicas de la economía política, que se sitúan fuera de la autorrepresentación o de la conciencia clara de los responsables políticos.

Una implicación práctica de estas consideraciones consiste en tomar conciencia de que la inmensa remilitarización de los países europeos no tiene nada de defensivo. Esta constatación puede hacerse de manera superficial al observar que, según los últimos datos (2024), solo Estados Unidos presenta un gasto militar superior al de los países europeos de la OTAN. El gasto militar de estos países europeos es tres veces superior al de Rusia, y ello a pesar de que Rusia se está militarizando intensamente desde la invasión de Ucrania. Por el contrario, antes de dicha invasión, el gasto militar de Rusia representaba diez veces el de Ucrania y, sin embargo, Rusia tiene dificultades para avanzar. Pero la teoría del imperialismo ofrece un análisis más profundo: sumidos en una profunda recesión económica que se basa tanto en la austeridad perpetua consagrada en los tratados de la Unión Europea como en el agotamiento generalizado de la dinámica del capitalismo, los países europeos quieren dotarse de los medios para arrebatar por la fuerza las escasas ganancias que quedan por obtener a escala mundial. La militarización no prepara la paz, sino la guerra. La desmilitarización puede prevenirla, al tiempo que abre perspectivas de transformación social más amplias.

Notas

[1] Sobre la persistencia del Estado-nación y, por tanto, la ausencia de su desaparición a pesar de la internacionalización del capital, véase Joachim Hirsch, La teoría materialista del Estado, Syllepse, 2025.

[2] Para un análisis más detallado de la actualidad del imperialismo de Estados Unidos, véase https://www.contretemps.eu/reconnaitre-une-guerre-imperialiste-le-cas-de…

*Benjamun Bürbaumer es Profesor de Economía en Sciences Po Bordeaux. Es autor de Chine/États-Unis, le capitalisme contre la mondialisation, La Découverte, 2024.

Una primera versión de esta entrevista se publicó en la página web de Solidarités.

Fuente: Contretemps 30 de junio de 2026

Traducción: Antoni Soy Casals en Sin Permiso 19 de julio de 2026

Portada: ilustración de Contretemps.

Ilustraciones: Conversación sobre la historia

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