El artículo que reproducimos a continuación fue publicado por Edward Palmer Thompson  el 7 de mayo de 1987 y, como tantos escritos políticos del historiador, no había sido traducido todavía. Este texto constituye un ejemplar particular (de lectura muy aconsejable), porque es de las pocas veces en las que el autor de “La formación de la clase obrera en Inglaterra” escribe en una clave autobiográfica que va más allá de su experiencia política. Lo hace con una ironía deshinbida a partir de su estancia hospitalaria (“Una gran retórica sobre los fines universales de la Humanidad tiende a llenarte la tripa de gases”) para defender el Servicio Nacional de Salud en un momento en que la Dama de hierro iba recortando lo público en favor de la ‘eficiencia’. En el texto hay retazos biográficos quizá desconocidos, por ejemplo  reivindicar “que seguía escribiendo historia sin un empleo fijo” y sin permiso de los colegas historiadores, pero sobre todo su reivindicación es por el primero de los principios igualitarios del socialismo: a cada cual según sus necesidades. Las palabras de E.P. Thompson (1924-1993) nos devuelven los ecos de unas líneas de fuerza históricas que están lejos de haberse acabado. El artículo concluye:  “Hoy se mofan sin disimulo de la ‘égalité’ y toda la preocupación del Estado es conspirar en contra del bien común. Pero mi generación necesita vivir sus últimos episodios, así que, al menos durante unos pocos años, dejad que el NHS sobreviva”.  Conversación sobre la historia


 

Edward P. Thompson *

Historiador

 

Según cuenta el chismoso de Platón, Tales de Mileto estaba caminando de forma abstraída, mirando las estrellas, cuando se cayó de golpe en un pozo. Hice exactamente lo mismo hace un par de semanas, cuando estaba inmerso en mis elevados pensamientos y de repente me encontré tumbado en el fondo del pozo del National Health Service (NHS). El asunto me hizo reflexionar sobre varias cosas que sin duda han estado meridianamente claras para aquellos conciudadanos que mantienen la vista un poco más pegada al suelo.

A finales de enero desarrollé una enfermedad llamada colitis ulcerosa. Se trata de una inflamación del colon, que se manifiesta en diarreas y gases. Tiene tratamiento, pero en la medida en que sus síntomas podían ser indicio de otras enfermedades (quizá más serias), los médicos quisieron sacar un diagnóstico claro antes de empezar el tratamiento. Sería incluso halagador suponer que todo esto lo provocó el estrés y las consecuencias de mi desinteresado trabajo por la paz: todas esas veces que volvía desde la estación de Paddington hasta la de Worcester, llegando después de medianoche y sin haber comido nada más que un sándwich del British Rail y una taza de café de la END[1]. Desafortunadamente, el comienzo de este problema puede que se deba a problemas mayores. Porque a mediados de enero yo había volado como invitado de honor del gobierno indio a un exaltado congreso internacional en Nueva Delhi en memoria de Indira Gandhi. Nos juntamos un pequeño grupo, volando en primera clase con Air India: Michael Foot, Jean Floud, William Radice, con Sir Richard Attenborough en el reparto. Fue un honor para mí viajar con Iris Murdoch, mi vieja amiga recientemente nombrada Dama. Nunca antes había viajado en primera clase, ¡y joder! Cócteles, champán, caviar, langosta… La joven Dama se comió todo como es debido: a ella no le tocó ningún problema gastronómico. A pesar de que parecía quedarse dormida con rapidez, mostró un séptimo sentido sobrenatural para dar caza al camarero del vino según pasaba por su lado.

E.P. Thompson en una manifestación pacifista en 1980 (foto: Kim Traynor)

Pero esto solo fue el comienzo. Imaginad el menú en Nueva Delhi para un congreso mundial de personas sabias e increíblemente bondadosas discutiendo “sobre un nuevo comienzo” al nivel más universal de la discusión. La hospitalidad general, con banquetes ministeriales noche tras noche. Comidas con el Primer Ministro. Alimentos exóticos por todas partes. Y, finalmente, Air India, ¡volver a casa en primera clase! Puede que mis problemas estomacales hayan sido cosa mía…

Aunque también podrían deberse a este congreso. La colitis puede activarse por una alergia. Pensad por un momento en juntar todas esas exóticas especias intelectuales (no siempre compatibles): Bella Akhmadulina y Chinua Achebe, Régis Debray y Mulk Raj Anand, [Derek] Bok el presidente de Harvard y el señor Yuri Zhukov, presidente del Comité Soviético por la Paz, Simone Veil y Germaine Greer. Todo personas muy interesantes y capaces… bueno, algunas. Cuando se las pone juntas sin previo aviso, y en una grandilocuente sesión… nos acabamos desenvolviendo peor que un estudiante de universidad. Una gran retórica sobre los fines universales de la Humanidad tiende a llenarte la tripa de gases.

¿Por qué fui a un evento así? En parte, porque admiro la no-alineación de la India [en la Guerra Fría] y en parte por la vieja amistad que unía a mi padre con Jawaharlal Nehru (según se cuenta en mi familia, cuando Indira fue a Oxford, antes de la guerra, se casó por lo civil en una ceremonia privada con un sari que le prestó mi madre). Pero también lo hice, en parte, por clavarle una al Consejo Británico.

Jawaharlal Nehru y Edward John Thompson (padre de E.P. Thompson), fotos incluidas en el artículo de Priya Satia «Byron, Gandhi and the Thompsons: the Making of British Social History and Unmaking of Indian History», en History Workshop Journal, Vol. 81, 1, 2016, pp. 135–170.

 

El Consejo siempre ha tachado mi nombre de las listas de invitaciones y siempre se ha negado a ayudarme, a veces con una mala educación gratuita. En 1985 nos invitaron a mi mujer y a mí a la Universidad de Nanjing a dar unas clases que durarían unas pocas semanas, en una facultad de historia especializada en estudios británicos. El Consejo no solo rechazó ayudarnos con las dietas del viaje (que tuvimos que pagar nosotros al completo) sino que además consideró oportuno que su asesor, el agregado cultural en Beijing, nos transmitiera un mensaje a los Thompson para decirnos que la visita era innecesaria porque ya había suficientes historiadores británicos visitando China. Cuando llegamos a Nanjing descubrimos que esta misma advertencia había sido enviada a la facultad de historia, presionándola para que invitara a académicos de nuestro campo mucho más jóvenes que nosotros, cuya visita (parece ser) sí que era necesaria.

Sin embargo, por un extraordinario lapsus (quizás se confundieron de persona), el Consejo me había invitado por primera vez, el otoño pasado, a dar una charla en la India. Acepté con placer, porque justo estaba trabajando en los papeles de mi padre sobre R. Tagore y necesitaba consultar a unos académicos bengalíes y ojear unas bibliotecas indias. Unas semanas más tarde mi invitación fue groseramente cancelada en una carta escrita por un empleado donde me decían que se les habían acabado los fondos. Una serie de distinguidos historiadores indios fueron lo suficientemente amables como para protestar ante el Consejo. Fue un placer volar a Nueva Delhi, justo en esas fechas, sin el permiso del Consejo. Todavía no han querido aceptar mi oferta de ayudarles a organizar una venta de enseres de segunda mano…

Es cierto que yo contribuí con mi propia parte de gases en el congreso, lo cual me devuelve a mi interesante condición tras volver de Delhi, que no llegué a contarle a mi médico de cabecera hasta el final de la primera semana de febrero, poco después de mi 63 cumpleaños.

Royal Worcester Infirmary (foto: https://worcesterobserver.co.uk/)

El médico de cabecera tenía que hacerme pruebas. Tardamos una semana. Cuando los resultados salieron negativos, esperé otra semana para hacerme más pruebas. Mi no tan extraña enfermedad (todavía no diagnosticada) generó algo de confusión, dada esa pista falsa del viaje a la India, lo que sugería una posible ameba o una enfermedad tropical. Después de dos semanas me remitieron al Royal Infirmary de Worcester para una cita con un cirujano especialista que ya me había tratado otras veces.

Me sentaba a esperar. Me tumbaba. Era difícil trabajar más de una o dos horas al día. La mayoría de comidas me provocaban náuseas y no conseguía digerir bien ni una sola. Empecé a vomitar y mi médico me recetó unas pastillas contra las náuseas. Después de dos semanas (el 11 de marzo) llegó mi cita. Me examinaron y me recetaron una dieta con bario, unas radiografías y unas cuantas pruebas más. Después de otros nueve días, el 20 de marzo me presentaron los resultados.

El especialista me explicó amablemente que tenía una colitis ulcerosa aguda y que debía dirigirme al hospital inmediatamente. Al parecer estaba gravemente enfermo (“un caso muy severo”). Había perdido tres kilos y estaba deshidratado. Me costó seis semanas conseguir que me admitieran en el hospital: sentí que me hundía como el sol de poniente.

Worcester Royal infirmary, foto de Memories of Worcestershire NHS

Fui a la sala de cirugía y esperé, con el suero puesto, durante tres días para que me operaran. Parece ser que la naturaleza nos ha provisto con más tripas de las que necesitamos, nos pueden quitar bastantes y nuestro sistema puede volver a ponerse en marcha. Sin duda el especialista, un cirujano muy hábil, lo habría logrado, pero en vista de mi débil condición existía el peligro de encontrarse con alguna sorpresa. Llamó al médico especialista para intentar un remedio medicinal. Vino el médico, un profesional muy valorado por sus habilidades y su preocupación por los pacientes, y con una gran dosis de esteroides, y un seguimiento atento por parte de su equipo, me trajo de vuelta, y en cuatro días me transfirieron de la sala de cirugía a la sala médica. Consiguieron estabilizarme en menos de dos semanas, y me mandaron al jardín de mi casa el Día de los Inocentes de abril, como un pachucho conejo de Pascua. Los pronósticos parecían buenos: soy de los afortunados y puedo contarme en la lista de éxitos del NHS.

Me gusta el NHS. Creo que es una organización muy buena y que la medicina británica está en buena forma. Sobra decir que existen terribles problemas por resolver, quizá especialmente concentrados en el Gran Londres, donde la corrosión thatcherita de los lazos sociales es más fuerte. Pero tenemos que ser justos con lo que sigue quedando.

A lo largo de las décadas mi familia ha superado los obstáculos e imprevistos habituales por cortesía del NHS: la muerte de mis padres, las enfermedades y accidentes de mis hijos y nietos, nuestros propios problemas. Mi esposa ha tenido experiencias más duras que yo, pero lo que hemos visto ante todo en el NHS, en cuatro décadas viviendo en el condado industrial de Yorkshire occidental y en el de las Tierras Medias Occidentales, es un servicio profesional y humano. Los médicos de cabecera han estado siempre atentos y a veces mucho más que eso; las emergencias se han resuelto con eficiencia y los recursos se han incrementado.

Edward Palmer y Dorothy Thompson (foto: edwardanddorothythompson.com)

Los hospitales provinciales han ido mejorando (lo necesitaban). Pequeños sucesos me han conducido a ellos de vez en cuando. Ya no queda nada de los anquilosados aires de disciplina y la Ley de Pobres que todavía acechaban en el viejo Halifax de hace treinta años –y la consiguiente religiosidad que podía victimizar a todos los que contestasen en la carta de admisión que su religión era “ninguna” [none]. Mi esposa fue admitida una vez en una situación de miseria con un bebe con doble neumonía: el funcionario de admisiones quedó en shock al pensar que ella había contestado en el formulario que era una monja [nun]. Después del incidente, la bomba de oxígeno  del bebé fue perseguida por personas macabras que exigían que el bebé fuera bautizado para que no escapara de este mundo sin un alma inmortal.

Los doctores de los hospitales se están volviendo más corteses. Esto lo comentaron pacientes de mi edad con los que coincidí: “no es como en los días de antaño, ahora te hablan de igual a igual”. “¿Conoces este especialista? Realmente escucha lo que le dices”. También me encontré, en una de mis salas, a más médicos mujeres que hombres: una clara humanización y un relajamiento del sentido opresivo de la jerarquía profesional masculina de los viejos tiempos. No me veo capacitado para decir nada sobre la tecnología y los saberes médicos. Pero desde el momento en el que entré en el hospital nunca sentí que no me estuvieran dando el mejor tratamiento disponible. No podía parar de escuchar el correteo por los laboratorios, la microbiología, los rayos X y todo tipo de escáner y máquinas zumbando.

Anenurin Bevan, Minister of Health, on the first day of the NHS. 5 July 1948 at Park Hospital, Davyhulme near Manchester wiki

La mayoría de los programas de sanidad privada son una estafa y parasitan las tecnologías y los recursos del NHS. Casi todos mandan obligatoriamente a sus pacientes al NHS para sus primeras seis o doce semanas de tratamiento. Exceptuando las clínicas de los desmesuradamente ricos, el NHS tiene muchos más recursos de los que podría tener un servicio privado.

El NHS es una forma decente de tratar con la salud, una que además es efectiva. Es mucho mejor que mis ocasionales experiencias con el sistema estadounidense. Hace diez años me salieron unos malvados forúnculos en el culo mientras estaba en Pittsburgh. Pedí a mis colegas que me recomendaran un médico de cabecera, pero me dijeron que ese animal no existía allí: tenía que decidir primero si quería antibióticos o ver a un cirujano. Vaya, como no podía ver mi propio culo para diagnosticarme a mí mismo, decidí que lo más rápido sería punzar el forúnculo. El cirujano me cobró 1500 dólares (por una noche en la enfermería y por sus servicios) además de una tasa por la anestesia. Al día siguiente el tipo seguía persiguiéndome, intentando persuadirme de que me metiera en operaciones que yo realmente no necesitaba. Llegó incluso a quejarse de que no pudiera abrirme un expediente médico para quitarme la próstata. A esto me refiero cuando hablo de un sistema indecente.

Es obvio que la gente enferma puede estar completamente absorbida en sí misma. A veces, cuando estaba muy enfermo, me cabreaba de más porque se cometiera algún error en enfermería o por encontrar algún punto débil en la rutina del hospital. Pero esos gruñidos son triviales comparados con los méritos acumulados en cualificación y en cuidados. No lo sé, puede que esté dispuesto a dar las mejores referencias del NHS porque me he curado y estoy de vuelta en mi jardín. 

Anuncio de la National Health Bill de 1946 que creaba el NHS

No obstante, queda sin resolver ese pequeño problema. Hubo un retraso de seis semanas desde que me presenté hasta que conseguí ingresar en el hospital, y está ese incidente breve cuando esperaba la operación y yacía tumbado en los fríos aires del pozo.

En mi segunda semana en el hospital un trabajador de la fundición ya jubilado, un poco más viejo que yo, fue aceptado en la cama contigua a la mía. Tenía unas molestias que llevaban incordiándole desde hacía dos semanas y que el médico de cabecera era incapaz de diagnosticar. El sábado anterior se preocupó porque su malestar empeoraba y le pidió a su médico de cabecera que le organizara una cita “con la privada”. Así se hizo en casa del médico esa misma tarde, y el resultado fue acabar en el hospital público el lunes por la mañana.

La tarifa del especialista era razonable: solo 30 libras. “Sin problema”, dijo el paciente. En efecto, estas 30 libras sirvieron como una llave privada para entrar al hospital. Si en otros aspectos su historia hubiera sido similar a la mía, este señor se habría ahorrado, gracias al uso de esta llave, tres o cuatro semanas de esperar y debilitarse. Pero, desde el momento de la admisión, el tratamiento sería del NHS, todo público, nada privado. Esto me desconcierta. No me parece terrible que un especialista meticuloso se dedique en parte a la privada. ¿Y por qué no debería gastar la gente un poco de dinero extra en su propia salud?

Realmente, llevado hasta el extremo, supongo que yo mismo habría comprado una llave de entrada del estilo. El otro día estaba navegando por una librería y apareció en mis manos un libro sobre pensadores de la New Left escrito por un tal Roger Scruton. Incluía unas notas biográficas, entre las cuales resultó que me incluía a mí mismo. Me emocioné al encontrarme descrito como un hombre de “considerable riqueza”.

Esto eran buenas noticias, y debo escribir a ese tal Scruton para descubrir dónde está esa riqueza y cómo puedo hacerme con ella. ¿Puede ser que el tipo esté al corriente de alguna fortuna que esté a punto de caerme? Porque todo lo que sé es que la renta conjunta de mis fuentes de ingreso –es decir, literarias y algunas dietas por conferencias (no tengo otras fuentes de ingreso)– fue de 8.653,62 libras, antes de impuestos, para el año 1985-1986. No es una situación de pobreza, pero tampoco es, yo creo, lo que figuras características como la señora Thatcher en Gran Bretaña suelen denominar “considerable riqueza”, como serían el director de Guinness o personas por el estilo. ¿Quizás el señor Scruton aspira a hacerlo mejor? Al revisar la funda del libro, sin embargo, descubro que Scruton es un filósofo, no necesita prestar atención a cosas tan inconvenientes como son los hechos. Está mejor dedicándose a sus nobles ejercicios heurísticos.

De hecho, conozco la razón de por qué algunas personas en el mundo académico se han pasado años contándose entre ellos que soy un tipo asquerosamente rico. Tiene mucho que ver con que hace unos quince años recibimos una herencia nos permitió comprar una casa grande y vieja en Worcestershire, con espacio para dos estudios, todos nuestros libros y papeles, y quedamos libres de hipotecas. Somos afortunados por ello, lo sabemos.

Aneurin Bevan, ministro de Sanidad, presenta los servicios del NHS (foto: upcomingworldnews.com)

Pero la otra cara del asunto también debe mencionarse: la furia de determinados académicos –incluyendo algunos historiadores de esa facultad de historia perniciosamente ideológica de mi antigua universidad en Cambridge– se debe al hecho de que sea capaz de seguir escribiendo historia sin un empleo fijo, y sin su permiso. Se pensaron que cuando descubrí que tenía que abandonar Warwick eso me callaría para siempre. Incluso amigos académicos se resienten de alguien que abandona la profesión para convertirse en escritor. Una y otra vez se me ha dicho, con tono envidioso: “me encantaría poder escribir a tiempo completo como haces tú, pero…”. Ese “pero” implica que ellos se lo merecerían más, pero que son menos afortunados que yo. No tienen mi “considerable riqueza”. Algunos de ellos puede que incluso tengan una ligera noción de lo que significa trabajar de escritor. Se lo imaginan como un sabático permanente, con todos los gastos pagados por algún tipo de proveedor infinito y con el tiempo suficiente como para investigar y escribir todos los libros que uno siempre se había imaginado (mientras, por supuesto, reciben el equivalente a un salario profesional como recompensa).

El hecho es que podrían ser escritores como yo si estuvieran dispuestos a arriesgarse. Lo que necesité en mi caso fue un buen comienzo: una casa y las ganancias de un libro (La formación de la clase obrera en Inglaterra); el efectivo de lo que hubiera sido mi pensión de jubilación; el salario de mi mujer como profesora universitaria (su contribución a nuestros ingresos ha sido más grande que la mía); y, cada tres o cuatro años, los hechizos gratificantes y generosamente pagados de enseñar en diferentes universidades americanas. En esos años nuestros ingresos se han disparado y hemos conseguido sacarnos de los números rojos.

Desconozco si escribir es un trabajo más duro que enseñar en una universidad. Ambas cosas pueden ser duras, pero se rigen por ritmos distintos. Es solo que uno se irrita cuando algún conocido presupone que la vida del escritor es una opción fácil, un tipo de trabajo a tiempo parcial, con el que puedes ponerte en cualquier momento del día, suponiendo que siempre se pueden dejar de lado otros trabajos. Y está incluso más extendida aún la idea de que se trata de un servicio público, al que a lo sumo se le deben pagar los gastos básicos, y que se enciende a demanda como una fuente de agua en la calle.

No sabía que el oficio de escritor fuera fácil. Es un tipo de vida que dirige uno mismo y que llega a ser nerviosamente tenso. ¿Cuántas veces, en los últimos quince años, he levantado la vista y me he encontrado las luces del amanecer sobre las ventanas de mi estudio?

Si pudiera luchar,
O soñar o aparearse, ¿qué otra criatura
Se sentaría haciendo muescas en un papel, en la noche?[2]

Escribir no es un sabático para gente colocada que se alarga ad eternum, tiene más que ver con ser capaz de conseguirte un sustento a retazos a partir de reseñas, artículos, derechos de autor o conferencias. Puede implicar que acabes tumbado en el fondo de un pozo, sin paga por enfermedad y sin una pensión por venir, y preguntándote si Karl Miller te aceptaría un artículo sobre todo esto.

Enfermeras del Worcester Royal Infirmary en 1950 (foto: wrinl.org.uk)

No me estoy quejando, solo repeliendo a los envidiosos “scrutoneers”[3]. Incluso si no pudiese meter mano en esa “considerable riqueza” me atrevo a decir que yo podría recolectar unas 30 libras para la tarifa del especialista. Por supuesto que podría. El problema es que, por honor y por principios, no podía y no puedo.

Es algo que tiene que ver con la formación cultural de mi generación. La gente de mi edad pasó unas cuantas dificultades en la Segunda Guerra Mundial, y algunos de nosotros todavía estamos impactados por ello. Tenemos estos extraños principios inflexibles que deben parecer absurdos a los jóvenes, como “no te cueles en las colas” o “espera en la línea y no montes un escándalo”.

La idea de que Edward Thompson se dedica a evitar los escándalos sorprenderá a mis viejos conocidos, no menos a los supervivientes del Partido Comunista de Gran Bretaña o a Lord (“Flash Harry”) Butterworth, fallecido en la Universidad de Warwick. Yo monté algún que otro lío en su día. Pero montar un lío en interés propio –un intento de ser tratado como un privilegiado– es algo muy diferente. Aquí entra en juego un tabú. Y cualquier intento de ganar prioridad en temas que afectan a las oportunidades de vida era el mayor de los tabúes. No fue solo la disciplina de la guerra, ya fuera durante el servicio activo o cuando nos bombardeaban o nos racionaban [la comida], o cuando los jóvenes, sobre todo, cedían su puesto a los heridos, los enfermos, los niños y los ancianos. Era mucho más que eso. En ese tiempo casi-democrático, medio antifascista, las oportunidades de vida se compartían; en 1941-1945 esta isla fue avivada por los extraños aires de la egalité, cuando la búsqueda del privilegio privado llegó a parecer algo despreciable. Sobre todo, para los jóvenes socialistas, que acudieron a las urnas en 1945 para votar por el Labour Party, el Commonwealth Party, el Communist Party of Great Britain o el Independent Labour Party.

Equipo médico del Worcester Royal Infirmary en 1948 (foto: medicalmuseum.org.uk)

La sanidad pública, incluso más que la nacionalización de las minas, expresaba el espíritu de ese momento y se extendió más allá de este, proyectada hacia el futuro, con una forma institucional. Fue diseñada por el ministro más capaz y más socialista del gobierno laborista de posguerra[4]. Y expresa de una forma transparente el primero de los principios igualitarios del socialismo: a cada cual según sus necesidades. Está claro que las cosas nunca son tan sencillas como esto. Pero el paciente que yace tumbado supone que, en las oportunidades de la salud y la vida, la ciencia médica es capaz de determinar sus prioridades de acuerdo con los criterios de la necesidad, y sin que sea necesario que ninguna otra consideración sea tenida en cuenta. Al hacerlo así, el NHS reemplazó el vocabulario de la clase con el vocabulario de la ciudadanía.

A veces me quedo sorprendido al descubrir cuánto me preocupa este tema. Hace no muchos años estaba en una pequeña fiesta en Manhattan. En ese momento todo el mundo era “marxista” de algún tipo, y la mayoría de los participantes también estaban en la salud étnica y en las modas de la comida y los psiquiatras. De alguna manera la conversación llegó al NHS, que estaban criticando. Suponían que yo me uniría a las críticas.

Se intercambiaron historias de horror – una mujer joven conocía a ese hombre cuyo tío había tenido que esperar OCHO MESES para una simple operación que le quitaría un doloroso juanete y… de repente me descubrí a mí mismo temblando de rabia. ¿Acaso no estaba bien –pregunté– que ese tío suyo tuviera que esperar en la cola si los recursos no llegan a todos y su necesidad es menor que otras? Me miraron espantados. Para ellos el criterio para juzgar un servicio solo podía ser la capacidad para satisfacer las demandas del consumidor. Difícilmente podían entender que entrasen en juego otros criterios. Entre la afirmación del derecho individual a satisfacer los intereses propios y la idea de perseguir el bien común, está claro que el “radicalismo” americano y el británico parten de fuentes bien distintas.

Folleto que anunciaba el NHS al pueblo británico, en el que se empleaba la frase «Open to all, rich and poor» (foto: The Guardian)

El NHS también es un servicio, de acuerdo con una tradición profesional diferente. Tú entras, recibes el mejor tratamiento que puedan darte y al final ¡no hay factura! Por supuesto, tus contribuciones e impuestos a la seguridad social han pagado por ello. Pero es realmente maravilloso que el servicio sea “gratuito”. Nadie te hace sentir culpable si tus necesidades han sido mayores que las de los demás.

Alguien podría pensar en estructuras socialistas mucho más grandes, aunque se le debería advertir que sería necesario que descubriese primero si funcionan antes de intercambiarlas por lo que ya tenemos. Hace dos o tres años una amiga mía, socialista de toda la vida, se resbaló y se rompió el tobillo en el Budapest socialista. Conseguir una radiografía y un tratamiento excelente, como paciente externa en un hospital de primera, requería influencias en las altas esferas del Partido. De forma todavía más extraña, el traductor que la acompañaba a través de los pasillos le cobró una serie de impuestos: la propina era tanta para las admisiones, tanta otra para la enfermera, esto otro para el portero que empujaba la silla. ¿Se imagina alguien dar propinas a la enfermera o al portero en el NHS?

Se supone que uno no debería decir nada bueno sobre las cosas británicas estos días, y escribir todo esto me hace sentir viejo. Debo decir que para mí el NHS es decente y humanamente socialista, pero también me atrevo a decir que no durará mucho más. Cada árbol que plantamos en esos años casi-democráticos está cayendo ante las hachas.

Foto: kmflett.files.wordpress.com.jpg

Lo que también me hace sentirme viejo es darme cuenta de que lo que había pensado que eran principios ampliamente defendidos, ahora son poco más que pintorescos supervivientes entre las personas menos flexibles de mi generación. Habíamos defendido fieramente que nadie intentara hacer excepciones a las reglas. Podíamos aceptar que la gente quisiera pagar más en su interés propio o por determinados extras: buenos espectáculos, o dentaduras especiales, o parteras que te atiendan en casa, o consuelo para los convalecientes. Pero el acceso a los recursos básicos del servicio debe estar regido por la égalité. Creímos que los profesionales (socialistas) deberían ser los más leales a este principio. Porque si ellos mismos eran los primeros en comprar las llaves privadas de entrada, entonces el sistema completo empezaría a arruinarse con los dobles estándares y las jerarquías de clase.

El tiempo y las costumbres han cambiado. La generación que luchó por el NHS, y que ahora ha llegado a una etapa de su vida donde más lo necesitan, debe darse codazos con los jóvenes afirmativos antimoralistas. Todo el mundo ha caído en las llaves privadas, los técnicos y los trabajadores cualificados también. Si mi esposa y yo, y unos pocos amigos, queremos resistir en favor de los viejos “principios”, nadie va a pararnos. Pero tengo que reconocer ahora que este sentido del honor defendido tan rígidamente podría costarle a uno la propia vida. Y si aún así elegimos ser de esta manera, ¿podría alguien hacer la misma elección por otro, por un hijo o por un nieto? ¿Y con qué derecho?

Al final uno se queda con un “principio” que los jóvenes no pueden ni entender, que no tiene efectos (a menos que sea autolesivo) y que realmente constituye una noción privada del honor. O quizás es un estirado hábito de los viejos. De repente puedo ver a los supervivientes de esa generación de socialistas como reliquias, como los viejos comprometidos en The Heart of Midlothian. Aquellos de nosotros que permanecemos leales a los viejos tabúes e imperativos –los juramentos de la égalité– somos una mina de oro para los historiadores orales, y Raphael Samuel nos coleccionará como especímenes en un libro nostálgico.

Cumberland Infirmary (Cumbria), símbolo de las políticas thatcheristas privatizadoras de la sanidad por ser el primer hospital construido bajo la Private Finance Initiative (PFI) (foto: Loftus Brown/PA)

No fueron muchos los que se mantuvieron leales a los juramentos de 1942 o de 1945. La mayoría se mostraron “adaptables” a los nuevos tiempos. En cierto sentido, todos nos hemos adaptado un poco. Lo cual me recuerda que me había olvidado de felicitar a la joven Dama por su nuevo título. El olvido fue deliberado. Se suponía, en aquellos días de compromisos, que los escritores serios no aceptarían ese tipo de títulos del Estado, y mucho menos por parte de un gobierno malévolamente filisteo como este. ¿Cómo es posible que Iris Murdoch haya olvidado los juramentos de antaño? Me alegraría ver cómo es honrada por el público o por sus colegas de profesión. ¿Pero es acaso un honor llevar consigo una orden de “aprobado” concedida por la señora Thatcher?

Bueno, buen, no tiene importancia, Dama Iris. Lo he soltado yo porque nadie más se atrevería. ¿O es que nadie más se da ya cuenta de esas metamorfosis de las culturas y las moralidades? Los tiempos que he recordado hace tiempo que llegaron a su fin. Hoy se mofan sin disimulo de la égalité y toda la preocupación del Estado es conspirar en contra del bien común. Pero mi generación necesita vivir sus últimos episodios, así que, al menos durante unos pocos años, dejad que el NHS sobreviva. 

Notas:

[1] La European Nuclear Disarmament fue la principal organización del movimiento pacifista a nivel europeo en los años 80, que ejerció como coordinadora internacional. En 1979 la OTAN anunció la instalación de misiles nucleares en la Gran Bretaña de Thatcher, que estaba encantada ante la idea de participar en lo que se llamaría la “Segunda Guerra Fría” (fue el fin del détente). Thompson se asoció con Ken Coates, director de la Bertrand Russell Peace Foundation, y decidieron poner en marcha la plataforma, a la que se dedicarían en cuerpo y alma en los años siguientes. A menudo se ha tendido a subestimar el impacto que tuvo la END en el final de la Guerra Fría, pero debe recordarse que Gorbachov explicaba así su propio proyecto de reforma: “la nueva manera de pensar tuvo en cuenta y absorbió las conclusiones y demandas del Movimiento No-Alineado… y de varias organizaciones pacifistas” [N. d. T.].

[2]  En el original:                     

If it could fight 
Or dream or mate, what other creature would
Sit making marks on paper through the night? [N.d.T.]

[3] Juego de palabras entre “scrutineer” y “Scruton”, el filósofo previamente criticado [N.d.T.].

[4] El NHS fue, sobre todo, obra de Aneurin Bevan, que representaba el ala más izquierdista del Labour en aquellos años. Bevan había sido expulsado ya alguna vez del partido por sus posiciones izquierdistas, y Clement Atlee volvería a expulsarlo por su oposición al atlantismo y al revisionismo que transformó a la socialdemocracia de posguerra hasta volverla irreconocible [N.d.T.].

*Edward P. Thompson  
fue el historiador social más importante de la segunda mitad del siglo XX y el pensador marxista más interesante y renovador del mundo angloparlante.

Fuente: https://www.lrb.co.uk/the-paper/v09/n09/e.p.-thompson/diary

Traducción: Julio Martínez-Cava, Sin permiso 6 de octubre de 2020

Portada: www.edwardanddorothythompson.com

Ilustraciones: Conversación sobre la historia

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