El silencio no detiene la ocupación y el genocidio de Gaza

Conversación sobre la historia


 

Tal día como hoy, posiblemente en la madrugada del 18 de agosto de 1936, la violencia desatada por la guerra civil silenciaba para siempre al poeta Federico García Lorca. En el reciente artículo publicado por Sílvia Marimon Molas en el Diari ARA, la periodista ofrece una descripción de los últimos días de Lorca, basada en los libros ya conocidos y en nuevas documentaciones y cartas. En la presente entrada del blog “Conversación sobre la Historia” hemos sintetizado al máximo el texto de Silvia Marimon a modo de un primer acto de una obra de teatro, para dar paso al relato de Juan Martínez Imbern (segundo acto) sobre los sucesos de Baena del 28 de julio de hace 90 años. Este último, es un texto recuperado gracias a la labor de indagación y recogida de testimonios realizadas por el historiador Francisco Moreno Gómez. Ha sido recientemente publicado por elDiario.es (Cordopolis). El relato de Juan Martínez Imbern bien podía haber formado parte de una obra de teatro de Lorca sobre la Guerra Civil si hubiera sobrevivido.  

Con el nuevo curso en Conversación sobre la Historia iniciaremos una serie de contribuciones bajo el título de “Noventa años de la guerra civil española: historiografía, memoria y debate actual”.

 

Primer acto – Las últimas horas de Lorca: todos los interrogantes abiertos sobre el asesinato del poeta

 

Sílvia Marimon Molas
Periodista especializada en temas de historia y memoria 

 

El verano de 1936, Federico García Lorca (Granada, 5 de junio de 1898 – entre Víznar y Alfacar, Granada, 18 o 19 de agosto de 1936) decidió dejar Madrid e ir a Granada para pasar allí una breve temporada. (…)

Federico García Lorca, el 9 de febrero de 1936, durante un homenaje a María Teresa León y Rafael Alberti en Madrid (foto: EFE)
Primera escena – Una operación espectacular

Debían ser días angustiosos para el autor de Yerma, que leía con ansia el diario Ideal. Mientras Lorca estaba en casa, la mañana del 16 de agosto, le comunicaron que, a su cuñado, el alcalde de Granada, Manuel Fernández-Montesinos, lo habían fusilado. Aquel mismo día, según el hispanista Ian Gibson, detuvieron al poeta. Fue a buscarlo el exdiputado de la CEDA Ramón Ruiz Alonso, un fascista convencido que odiaba el marxismo. Gibson explica que a Ruiz se le conocía como el ayudante del verdugo. “Llegaron a las cinco de la tarde aprovechando que no había ningún hombre en casa. Hicieron un despliegue espectacular, con gente en los tejados y coches, como si buscaran a un terrorista, cuando la sede del Gobierno Civil estaba a siete minutos andando. La madre de los Rosales les plantó cara, pero finalmente se llevaron a Lorca. En el trayecto hacia el Gobierno Civil, él solo pedía que encontraran a su amigo Luis Rosales”, explica [Víctor] Fernández [que este octubre publica Recuerdos. Breve historia de un amor (Seix Barral) con el hispanista Christopher Maurer, y recientemente ha escrito No te olvides de escribir (Akal), la correspondencia entre Lorca y su familia]. La sentencia de Lorca, a pesar de los intentos de negociación por parte de José y Luis Rosales para intentar sacarlo de allí, ya estaba decidida. Se le acusaba de ser espía de los rusos, de estar en contacto con ellos por radio, de haber sido secretario del diputado socialista Fernando de los Ríos y de ser homosexual.

(…)

El destino de la mayoría era La Colonia, un antiguo molino reconvertido. “Durante la Segunda República había sido una colonia escolar laica donde los hijos de los trabajadores huían del calor del verano; sin embargo, después del golpe de Estado, los sublevados lo transformaron en un centro de detención para los prisioneros de la cárcel provincial o del Gobierno Civil”, explica Francisco Carrión, profesor de arqueología de la Universidad de Granada y coordinador de las exhumaciones en la región.

La Colonia (foto: Agustín Penón)
Segunda escena – Los enterradores y los ejecutores

En el molino, Lorca pasó sus últimas horas de vida junto a otros condenados, entre ellos el maestro republicano Dióscoro Galindo y los banderilleros anarquistas Francisco Galadí y Joaquín Arcollas. En aquellas mismas dependencias, prisioneros de la logia masónica eran obligados a cavar las fosas a primera hora de la mañana. Gibson recoge el testimonio de uno de estos masones, Antonio Mendoza de la Fuente, que en 1966 facilitó una descripción de cómo funcionaba el sistema. La prisión estaba en la planta baja; arriba se alojaban soldados y guardias de asalto. Algunos de los voluntarios que ejecutaban las órdenes formaban parte de las Escuadras Negras.

Durante la madrugada del 18 o 19 de agosto, el piquete de ejecución condujo a los condenados hacia la zona del Barranco de Víznar o el camino de Alfacar. Lorca fue fusilado sin ningún tipo de juicio previo, víctima de un terror planificado. A Federico García Lorca (Crítica), Gibson explica que el gobernador civil de Granada, José Valdés Guzmán, se puso en contacto con el general Queipo de Llano, jefe de los sublevados de Andalucía. En aquel momento, Llano ya era famoso por sus arengas en Radio Sevilla, donde incitaba a matar republicanos: “Hay indicios que hacen pensar que Queipo recomendó a Valdés: “Dale café, mucho café”. Era su manera de ordenar el fusilamiento”, escribe el hispanista. Independientemente de esto, Gibson asegura que Valdés es el principal culpable del asesinato: “Es evidente que Valdés habría podido salvar a Lorca si hubiera querido, a pesar de las denuncias. Pero Valdés no era un hombre que salvara a nadie, y mucho menos a un poeta rojo, amigo de Fernando de los Ríos, espía de los rusos y con fama de maricón”.

A pesar de las múltiples investigaciones hechas a lo largo de las décadas para localizar los restos del autor de Romancero gitano, la ubicación exacta de su cuerpo continúa siendo un enigma. Gibson defiende que Lorca no fue fusilado en el barranco sino un poco más allá, cerca del manantial conocido como Fuente Grande. Es la misma teoría que defiende Fernández. “En el año 1980 la Diputación de Granada hizo una investigación oficial muy valiosa. Una testigo, María Luisa Illescas, pidió declarar a puerta cerrada y entregó una foto del olivo hecha en 1936 donde situaba el lugar exacto. A partir de aquí se compró el terreno para hacer un parque. Durante las obras de construcción del parque, en el año 1986, encontraron restos humanos, pero los responsables de las obras, en lugar de avisar al juzgado o a la Guardia Civil, decidieron mover algunas y esconderlas en otra parte del parque o en la urbanización de enfrente, y se hizo el silencio”, dice el periodista.

Obra del artista Fernando Bayona, perteneciente al proyecto “La noche de las fieras”, que recrea mediante inteligencia artificial, a partir de retratos a diferentes edades, basándose en las investigaciones del historiador Miguel Caballero, los rostros de nueve implicados en la muerte de García Lorca (foto: Miguel Ángel Molina/EFE)
Tercera escena – Las teorías de dónde lo enterraron

(…) Lo que los franquistas no pudieron hacer desaparecer es toda la obra de Lorca, su poesía, su teatro, sus artículos… En 1976, cuando solo habían pasado nueve meses de la muerte de Franco, se organizó en Fuente Vaqueros un homenaje multitudinario al poeta que marcó un antes y un después. A pesar del contexto de cambio, el control institucional todavía era muy presente. “El gobierno de la época solo permitió media hora. Fue media hora de libertad. Hasta ese momento el asesinato era un tema tabú, de su sexualidad ni se hablaba, y tampoco estaba toda la obra publicada. Lorca era el símbolo de hasta dónde podía llegar la barbarie: matar a alguien inocente”, dice Fernández, que lamenta que se hicieron investigaciones sobre su asesinato en 1939-1940, 1965 y 1971, pero que la documentación no ha sido desclasificada.

Con el paso de las décadas, las percepciones alrededor de su figura cambiaron. Para Víctor Fernández, hay que diferenciar entre el valor simbólico que tenía el poeta durante el siglo pasado y la imagen que se proyecta en la actualidad: “Hasta la muerte de Franco, Lorca fue el símbolo; ahora es el mito, que es algo muy diferente”, dice Fernández. Este proceso de mitificación ha conllevado un cierto vaciamiento de contenido: “Hoy continúa siendo un símbolo, pero hemos entrado en un camino peligroso. En las tiendas de Granada hay camisetas, bolsas… Nos quedamos solo con la imagen. Hemos olvidado su compromiso político; él decía que en España no se podía ser neutral. Firmó manifiestos en defensa del catalán durante la dictadura de Primo de Rivera, se hizo socio de los Amigos de la Unión Soviética y criticaba la historia que se enseñaba en las escuelas y la visión de la España de los Reyes Católicos. Todo esto lo hemos de recordar”.

Fuente: Diari Ara. Sílvia Marimon Molas / 16/08/2026

Cadáveres de vecinos asesinados por las fuerzas de la columna de Sáenz de Buruaga en una de las calles de Baena. La propaganda franquista difundió la foto asegurando que los muertos eran de derechas. Fuente: Joaquín Arrarás, Historia de la Cruzada Española, vol. 7, pág. 472.

Segundo acto – La confesión de un carabinero presente en el genocidio de Baena de 1936

 

Francisco Moreno Gómez
Historiador – Catedrático de Instituto 

 

Cuarta escena – La radio y la cámara de fotos

La columna estaba compuesta de guardias de Asalto de Huelva y Córdoba, Ejército, Tercio, Regulares y Falangistas. Las primeras casas estaban vacías y se comunicaban interiormente por un boquete que en cada casa habían hecho para retirarse sin salir a la calle. En una de ellas encontré una radio bastante grande, y un guardia de Asalto me dijo: “Llévatela. Si no lo haces tú, lo hará otro”. Tuve escrúpulos y allí la dejé. Continuamos por la calle y, al llegar a una placeta, vi a un legionario que llevaba en sus hombros una escalera, y me quedé para ver lo que quería hacer con la escalera, cuando vi que la apoyaba en la esquina de una casa, y subió con un martillo y una escarpia y arrancó la placa que decía Plaza de Galán y García Hernández.

Subí calle arriba hasta llegar a la plaza, por donde se encontraba el cuartel de la Guardia Civil. En la plaza vi tendidos a muchos individuos en hileras y separadas unas de otras unos 20 centímetros. Un teniente de la Guardia Civil (Pascual Sánchez Ramírez) estaba inspeccionando a los tendidos en el suelo boca abajo. También había un guardia de Asalto de Córdoba que hacía lo mismo, y que de pronto me pasó delante, y con la pistola en la mano dio un golpe a una máquina de fotografiar que tenía un periodista y la echó rodando por el suelo, diciéndole que estaba prohibido hacer fotos.

Pascual Sánchez Ramírez, quien había servido en Marruecos y desde el Tercio de la Legión se había reintegrado en la Guardia Civil con el grado de teniente, protagonista de la trama golpista en Baena (en la foto, ya con el grado de coronel, que obtuvo en 1962)(foto: arcangelbedmar.com)

Quinta escena – El pañuelo y la sangre

Se oyó un disparo, y fue el teniente de la Guardia Civil que disparó sobre la cabeza de uno de los tendidos. Apuntó a otro y volvió a disparar. El guardia de Asalto imitaba al teniente. El periodista me dijo que era el teniente de Baena, y que había estado varios días sitiado en el cuartel, y que se estaba vengando de los marxistas (eran anarquistas). Disimuladamente, mientras el teniente y aquel guardia de Asalto cometían sus crímenes, eché el pañuelo blanco a uno de los tendidos, diciéndole que se lo pusiera en el antebrazo izquierdo y se levantara, lo que hizo; y le mandé caminar delante de mí, en dirección de su casa.

Era un hombre que hacía unos seis días que no se había afeitado, de unos 50 años de edad, y tenía estrabismo. Iba vestido de trabajador de campo. Me condujo calle abajo y, a la primera calle a la derecha, continuamos hasta llegar cerca de su casa, donde había algunas mujeres en la calle que nos miraban sorprendidas. El individuo me dijo: “Esta es mi casa”. Le pedí el pañuelo que le había puesto en el antebrazo y le dije que iba a ver si podía salvar a otros.

Al volver a la plaza, la mayor parte de los tendidos estaban sin vida, y el teniente y el guardia de Asalto continuaban tirando sobre las cabezas. Estaban tan ocupados en sus crímenes que no se daban cuenta de lo que pasaba a su alrededor, y en un momento dado, el teniente y el guardia de Asalto se tropezaron el uno contra el otro, y el teniente le dijo: “Le prohíbo que dispare un tiro más. Soy yo quien tiene que disparar”. Y continuó con su obra disparando. El guardia se fue de la parte izquierda y se quedó mirando al teniente. Con mucha rabia volvió a sacar la pistola, volvió a llenar el cargador y de nuevo continuó imitando al teniente.

Me di cuenta de que muchos estaban cadáveres y que no podía hacer nada más, aparte de ir al lado de aquellos asesinos y liberar ante sus narices a alguno de los vivos, pero con peligro de que me pegaran un tiro. Decidí alejarme y tratar de encontrar algún sitio para que me sirvieran algo de tomar. Mi cuerpo necesitaba algo, pues me encontraba en un estado como de estar durmiendo y tener una pesadilla. Había visto lo ocurrido y no podía creer que hubiese tanta maldad de matar por matar, y que aquellas dos personas disfrutaran matando.

Entré en un bar, que estaba lleno de soldados, moros y algún falangista, que tomaban bebidas. Yo no tomé nada. Sabía de antemano que no me pasaría por la garganta, y decidí volver a la plaza, para convencerme de que había soñado lo anteriormente visto. A medida que subía la calle me daba cuenta de que no era una pesadilla, que era verdad lo ocurrido, pues al lado del bordillo de la acera bajaba un líquido rojo que parecía agua con sangre mezclada.

Al llegar a la plaza vi dos montones de cadáveres, unos encima de los otros, como si fueran montones de sacos. En algunos sitios de la plaza echaban agua para lavar la sangre, pero en otros hacían estirar a los detenidos que iban llegando y los colocaban encima mismo de la sangre de los que habían matado antes. Y continuaban disparando sus pistolas los mismos dos individuos antes mencionados.

El coronel Eduardo Sáenz de Buruaga y Polanco, jefe de la columna franquista que ocupó Baena en julio de 1936

Sexta escena – Leche, joyas y un ¡ay!

El horror y el terror que antes se había apoderado de mí empezaron a desaparecer dándome fuerzas suficientes para continuar mirando el espectáculo. Decidí volver al bar para tomar o comer algo. En una mesa en el centro había tres soldados que tomaban un refresco. Se levantaron y salieron, ocupando yo una de las sillas, dando la espalda a la puerta y viendo todo lo que pasaba allí dentro, donde había individuos de todos los cuerpos que formaban la columna. Me sirvieron un vaso de leche y un poco de pan. El patrón me dijo que casi no les quedaba nada para poder servir.

Mientras hacía esfuerzos para hacerlo pasar por mi garganta, se sentaron a mi lado una chica de unos 16 a 17 años, y a su lado un joven de 18 ó 19 años. Yo supuse que eran hermanos. No decían nada: estaban muy tristes y angustiados. Yo los miraba a los dos y me preguntaba a mí mismo que algún pariente cercano debía de estar entre la vida y la muerte, o a lo mejor estaban junto a aquellos de la plaza.

Estaba casi terminando con pena mi pan con leche, cuando se sentó frente a mí, y junto al joven, un soldado. Estaba ya oscureciendo, y el patrón encendió algunas velas, y nos trajo una a nuestra mesa. El soldado me miró y me dijo que tenía algo para mí. Parecía estar muy contento. Y le pregunté qué era, y sacando de su bolsillo un puñado de cadenas, medallas, sortijas, pendientes y otras joyas, me dijo: “Es para usted”. “-No, hombre. No puedo permitir que te quedes sin nada, a lo que me contestó que en otros bolsillos tenía más. ”-¿Y de dónde has sacado tú esto?“, le pregunté. ”-Pues de varios sitios“, me contestó. ”Toma, no puedo aceptarlos, no me gustan las joyas“. Él insistió en que me quedara al menos con una cadena y una medalla. Entonces vi mi error en haberlo rechazado, y acepté la cadena y la medalla, y acto seguido el soldado salió. Cogí la cadena y la medalla, que parecían de oro, y se la entregué a la chica diciendo: ”Si encuentra a su patrón o propietario, se lo devuelve“. La chica me prometió hacerlo, si tenía ocasión.

A medida que la hora avanzaba me di cuenta de que la chica cogía más miedo y miraba muy a menudo a su hermano, como pidiéndole protección. Disimuladamente miré a la chica, para ver cuál era la razón de su intranquilidad, y vi que sus ojos se dirigían a una mesa donde estaban los Regulares (moros), y uno que estaba de pie la estaba mirando con ojos de deseo, y sus ojos relucientes y el blanco de ellos aún daba más impresión, con la poca luz que en la sala había.

Para dar fin a esta situación, hice ver que el sueño se apoderaba de mí y empecé a dar cabezazos, sin dejar de ver al moro. Éste vino y se sentó en la silla que antes ocupaba el soldado, y alargó su brazo para tocar un seno de la chica, y ésta exclamó un “ay”. Entonces yo le pegué un golpe con mi puño en su brazo y rápidamente me levanté apuntándole el fusil y diciéndole que se lo diría a su capitán y que, si continuaba, le pegaría un tiro. El regular salió corriendo. Los demás ni se dieron cuenta de lo ocurrido y continuaban charlando. La chica me dio las gracias y su hermano me sonrió como muestra de agradecimiento. Miren: ahora pueden estar tranquilos y procuren ir a dormir. Yo no me moveré de aquí en toda la noche.

Algunos de los vecinos de Baena asesinados por la columna de Sáenz de Buruaga el 28 de julio de 1936: Francisco Pérez de las Morenas, José Ramírez Melendo, José Lara Díaz y Manuela Morales Medianero (fotos del blog de Arcángel Bedmar reproducidas en https://arcangelbedmar.com/tag/coronel-eduardo-saenz-de-buruaga/)

Séptima escena – Más leche y otra vez la radio

Se pasó la noche en silencio, y a veces pegábamos cabezazos, pero esta vez de verdad, hasta el amanecer, en que el patrón nos trajo otro vaso de leche con algunas galletas, diciéndonos que eran las últimas que le quedaban. A los dos jóvenes les dije que tuvieran suerte y me fui hacia la puerta para encontrar a los guardias de Asalto de Huelva, a ver qué órdenes había, ya que yo estaba incorporado a ellos. Uno de ellos me dijo: “Quería darte una sorpresa con la radio que vimos ayer y esta mañana he ido a buscarla, para ofrecértela, pero estaba hecha añicos y por el suelo. ¿Ves?: tenías que haberla cogido. Ahora no es para nadie”. Le di las gracias y le dije que estaba muy agradecido por su interés por mí. Nos dieron la orden de subir a los camiones para regresar a Córdoba.

 

Fuente: Cordopolis / Córdoba Hoy / elDiario.es 27 de julio de 2026 y actualizado el 29/07/2026. Francisco Moreno Gómez

Portada: Fila para ser fusilados en Fernán Núñez, aunque el fotógrafo identificó los hechos en Baena, por la misma columna. Foto de Santos en La Voz de Córdoba, 19 de agosto de 1936, con el siguiente pie “Al operar sobre Baena las fuerzas que luchan heroicamente por la salvación de España, practicaron detenciones de marxistas. En la foto aparece un grupo de ellos en dicha población, con las manos puestas en alto para hacerles un registro y vigilados por el Ejército”.

Ilustraciones: Conversación sobre la historia

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