Adam Tooze*

 

En el verano de 2021 el Partido comunista chino (PCCh) celebra su centenario. Tiene mucho que celebrar. El partido comunista más poderoso y, con mucho, la organización política más poderosa del mundo, ha dirigido el mayor crecimiento económico de la historia. Tanto para Occidente como para los vecinos cercanos de China, este hecho inquietante e inesperado define los comienzos del siglo XXI. El ascenso de China ha deshecho la suposición de que el progreso social y económico conduce naturalmente al liberalismo. Cientos de millones de personas han sido sacadas de la pobreza en 40 años por un régimen autoritario de partido único, empeñado en lo que llama el «marxismo para el siglo XXI». Con el telón de fondo de este triunfo, el PCCh está planeando su segundo siglo de historia. En Europa, Estados Unidos y Asia, las clases políticas están luchando por mantenerse al día. Los estrategas estadounidenses han señalado una nueva región mundial, el Indo-Pacífico, como el escenario de una auténtica batalla entre la democracia y el autoritarismo. Algunas voces influyentes a ambos lados del Atlántico disfrutan de esta confrontación. Otros tienen una sensación de shock. Recuerdan con nostalgia la década de 1990 o principios de la década de 2000, cuando la coexistencia parecía asegurada; una era que los halcones de hoy censuran como un período de ingenuidad en el que se subestimó el desafío de China.

La perspectiva histórica sugiere que la era de calma fue la excepción. Después de todo, el sentido de supremacía histórica de Occidente se basa en lo que en China se conoce como un siglo de humillación. Revertir el declive de China ha sido una lucha continua durante más de cien años, una lucha que ha involucrado el comercio, las comunicaciones, la creatividad y el intercambio. También ha implicado violencia, a veces a una escala épica, tanto dentro de China como en batallas con potencias extranjeras.

El presidente chino, Xi Jinping, el primer ministro Li Keqiang y el ex presidente Hu Jintao en los actos conmemorativos del centenario del Partido Comunista Chino (foto: Reuters)

Los analistas hablan oscuramente de la «trampa de Tucídides» –el antiguo historiador que vio la guerra con Esparta como una consecuencia inevitable del creciente poder de Atenas– y citan el choque entre la Alemania imperial y el Imperio británico en 1914 como algo análogo. Esto trivializa la importancia del ascenso moderno de China. Al saltar del pasado lejano al futuro cercano, también elude el hecho de que la historia de China desde el siglo XIX se puede escribir como una serie de enfrentamientos en los que los esfuerzos para modernizar China fueron frustrados por la oposición interna o la intervención violenta del extranjero. Necesitamos una historia más larga, que vaya más allá del ascenso de Xi Jinping al poder en 2012 o de la crisis financiera occidental de 2008 para entender dónde nos encontramos actualmente.

En su libro clásico Imperialismo (1902), el economista J. A. Hobson trazó diferentes futuros para el siglo XX, dependiendo de la trayectoria histórica de China. Ya fuera que China se fragmentara, se subordinase a una potencia extranjera o se afirmara como un Estado nación, el Reino Medio daría forma al futuro. Las ideas de Hobson fueron olvidadas en Occidente en el transcurso del siglo XX, pero hoy debemos reconsiderar sus observaciones.

En 1902, la dinastía Qing estaba decrépita. La otrora poderosa economía de China se vio ensombrecida por la Revolución industrial en Occidente. La primera Guerra del opio con Gran Bretaña entre 1839 y 1842; la rebelión Taiping, que duró 14 años a partir de 1850, y la segunda Guerra del opio con Gran Bretaña y Francia entre 1856 y 1860 debilitaron fatalmente el imperio chino y permitieron a las potencias europeas establecer esferas de influencia alrededor de sus enclaves costeros. China fue derrotada de nuevo en la Guerra chino-japonesa de 1894-95. La rebelión de los Boxers de 1899-1900 trajo consigo la indignidad adicional de una intervención imperialista conjunta de ocho países para reprimirla.

Emergiendo como una potencia mundial, Estados Unidos se inclinó por mantener a China intacta, pero neutralizándola. La «política de puertas abiertas» (Open doors policy) de Washington, iniciada en septiembre de 1899, tenía por objeto garantizar la igualdad de acceso a China para todos los inversores y comerciantes extranjeros –no la igualdad de derechos para los chinos– y fue gestionada por el Servicio de aduanas marítimas de China, que estaba dirigido por extranjeros para garantizar el pago de las deudas externas.

Esta devastadora secuencia de eventos fue humillante para China, pero también confirmó el punto de vista de Hobson: todas las principales potencias mundiales estaban en China porque creían que tenían que estar allí.

La open doors policy en una caricatura de William A. Rogers en Harper’s Magazine (New York) 18 de noviembre de 1899.

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Aunque China se convirtió en un campo de batalla mundial, su clase política no fue víctima pasiva. Al igual que otros imperios en crisis –Rusia en 1905, Irán en 1906, el imperio otomano en 1908–, las élites chinas intentaron preservar la autonomía nacional mediante la modernización interna.

Los reformadores de la era tardo-imperial; los revolucionarios de 1911 –que derrocaron a la dinastía Qing y establecieron la República de China–; los nacionalistas del Kuomintang (KMT), fundado por Sun Yat-sen a finales del siglo XIX; e incluso los señores de la guerra que dividieron el país después de 1916… todos ellos buscaron forjar un futuro nacional. Su objetivo era el auto-fortalecimiento a través del desarrollo económico, la modernización militar y la reforma cultural.

En 1917, China entró en la I Guerra mundial como miembro de la coalición aliada, sólo para sufrir en Versalles la humillación de que la antigua concesión alemana en la provincia de Shandong fuera dada a Japón. La ola de protestas nacionalistas que siguió –el Movimiento Cuatro de Mayo de 1919– estimuló el desarrollo de la política popular china. También abrió nuevas oportunidades para la influencia externa. La Rusia revolucionaria y la República de Weimar obtuvieron una ventaja sobre sus antiguos rivales al reconocer a la República China como un estado soberano. Como ajenos al orden establecido en Versalles no tenían nada que perder. En consonancia con esta política, Moscú patrocinó la formación del PCCh en julio de 1921. Junto con asesores soviéticos, el PCCh apoyó el proyecto nacionalista de reunificación de China a través de la conquista, iniciada en 1926. Aliarse con el Kuomintang, ahora dirigido por Chiang Kai-shek, era una estrategia de alto riesgo para los comunistas. En 1927, resultó contraproducente. Después de que los combatientes del PCCh y el KMT entraran en Shanghai y se enfrentaran a las potencias imperiales europeas, el KMT se volvió contra los comunistas, masacrando a los miembros del partido y conduciéndolos al interior, donde en la década de 1930 establecieron sus bases revolucionarias, la más famosa en Yan’an, en la remota provincia norteña de Shaanxi.

Gran Bretaña y los Estados Unidos aceptaron el régimen nacionalista en su capital de Nankin, y dieron apoyo financiero y militar a Chiang Kai-shek durante la II Guerra Mundial. Pero para Japón, la otra gran potencia imperial, la perspectiva de la consolidación nacional de China era ominosa. Después de apoderarse de Manchuria en 1932, en 1937 Japón lanzó una invasión a gran escala al sur de la Gran Muralla. Los comunistas no tuvieron más que un pequeño papel en la guerra con Japón, esperando su tiempo en las regiones montañosas más remotas. El enorme daño que sufrió China en la guerra con Japón es increíble. Si la Unión Soviética tuvo entre 20 y 27 millones de bajas durante la II Guerra Mundial, el número de muertos de China se evalúa entre 15 y 20 millones.

Mao durante la Larga Marcha de 1934-1935 (foto: archivo La Vanguardia)

La guerra y la política dominaron la historia de China en la primera mitad del siglo XX. Pero estaba claro que sin desarrollo económico nunca tomaría un rumbo independiente. Con la Unión Soviética luchando por consolidarse, los modelos predominantes entre los modernizadores chinos fueron las ideas socialistas estatales tomadas de Alemania y Japón. La red ferroviaria de alta velocidad de China de hoy fue prefigurada por los primeros planes de desarrollo de Sun Yat-sen para una nueva nación. El primer banco central de China fue fundado en 1928. En la década de 1930 el régimen nacionalista consolidó la moneda y en 1936 anunció un ambicioso plan de industrialización de tres años. En 1940, incluso en medio de la guerra con Japón, Chiang Kai-shek lanzó importantes obras de infraestructura. No tenía otra opción. Sin carreteras, ferrocarriles, suministro de electricidad y fábricas de acero, China no podía esperar resistir el ataque japonés.

En la década de 1940 estas visiones eran prematuras. China era demasiado pobre y frágil para combinar una fuerte inversión con las exigencias de la guerra total. El episodio final de la guerra civil entre fuerzas nacionalistas y comunistas –una lucha que consumió millones de vidas más entre 1946 y 1949– se libró en medio de una hiperinflación mayor que la de la Alemania de Weimar. Los comunistas tomaron el control de una sociedad aparentemente sumida en la pobreza. A pesar de todas las humillaciones que China había sufrido en el siglo XIX, fue después de 1945 cuando la brecha entre China y las economías de Occidente se amplió mayormente. Este fue el momento en que se acuñó la noción de «Tercer mundo», cuando los imperios de Europa cayeron y el mundo se dividió en una jerarquía de países con distinto desarrollo económico.

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Como país comunista, China pertenecía al “Segundo mundo”, pero la revolución del Tercer mundo era su campo de acción. Para Mao Zedong, que lideró el PCCh desde 1935, una «zona intermedia» de países entre las superpotencias estadounidense y soviética –en África, Asia (excluyendo Japón) y América Latina– constituiría una fuerza revolucionaria contra el imperialismo. Desde mediados de la década de 1950, la ayuda internacional de China fluyó a los países en desarrollo en una escala que rivaliza, en términos proporcionales, con la iniciativa del Plan “Una franja, una ruta” (One Belt One Road) del PCCh de hoy en día. La influencia de China en África, por ejemplo, no comenzó en la década de 2010. En la década de 1960 los ingenieros chinos ya competían con los de los Estados Unidos para construir ferrocarriles en África oriental.

En casa, el PCCh estaba dividido sobre la política económica. Impulsado por la lucha con Estados Unidos y sus aliados en la Guerra de Corea entre 1950 y 1953, Pekín se embarcó en una industrialización forzada al estilo soviético. Pero el modelo de planificación centralizada tenía enemigos poderosos. El propio Mao despreciaba la burocracia e impulsaba la descentralización y la promoción de las masas campesinas. La manía de la visión maoísta estalló dos veces en una crisis abierta. Primero, en el Gran Salto Adelante entre 1958 y 1962, cuando Mao intentó acelerar la colectivización rural mientras descentralizaba la industria hacia las aldeas. Luego, en 1966, cuando Mao desató la Revolución Cultural sobre los propios apparatchiks del PCCh.

Mao Zedong durante la proclamación de la República Popular China el 1 de octubre de 1949 (foto: archivo La Vanguardia)

Decenas de millones pagaron con sus vidas. Pero China nunca cayó en la locura antimodernista de la Camboya de Pol Pot. La educación básica y la atención de la salud se extendieron a las zonas rurales. Lo que estaba en juego en las batallas internas del partido era el futuro del desarrollo económico de China y las implicaciones que esto tendría para el proyecto revolucionario. A finales de la década de 1960 la economía como asignatura académica fue anatematizada. El partido despidió a sus propios expertos y los desterró a las provincias. Veteranos como Chen Yun, que había manejado la economía de guerra de los comunistas en la década de 1940 y había supervisado la estabilización de la economía después de la guerra civil y el Gran Salto Adelante, fueron degradados a la fábrica.

A principios de la década de 1970, China estaba en gran medida excluida del comercio internacional. Las relaciones se rompieron no sólo con Estados Unidos, sino también con la Unión Soviética y su aliado Vietnam. El principal aliado regional de China fueron los asesinos Jemeres Rojos. Japón, mientras tanto, se adelantaba rugiendo. Corea del Sur, bajo la dictadura de desarrollo de Park Chung-hee, estaba avergonzando al estado satélite de China en el norte. Hong Kong y Singapur se estaban transformando de puestos de avanzada coloniales en centros financieros mundiales.

En este contexto, el régimen hizo el doble giro que cambió su suerte. En 1971, Beijing puso fin a su enfrentamiento con Estados Unidos, lo que preparó el escenario para la apertura de China hacia el mundo exterior. La Revolución Cultural terminó en octubre de 1976, cuando la “Banda de los Cuatro”, encabezada por la esposa de Mao, Jiang Qing, fue arrestada. Fue en este punto cuando China se embarcó en las reformas históricas que transformarían su economía. No se trata simplemente de una cuestión de incentivos, derechos de propiedad y precios. Había que rehabilitar la idea misma del crecimiento económico. Mientras que bajo Mao siempre se había dado prioridad a la conciencia y a a acción revolucionarias, ahora se reafirmó una forma más ortodoxa de materialismo. Bajo Deng Xiaoping, líder de la República Popular China desde  1978, el desarrollo de las fuerzas de producción tuvo prioridad absoluta.

Un hombre observa los retratos de cinco líderes chinos (de izquierda a derecha): Mao Zedong, Deng Xiaoping, Jiang Zemin, Hu Jintao y el actual presidnete Xi Jinping, Pekín (foto: Lintao Zhang/Getty Images)

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A finales de las décadas de 1970 y 1980, los cuadros profesionales –economistas, ingenieros– que se fueron después de que la Revolución Cultural, comenzara a regresar a Beijing. Surgió una coalición entre veteranos rehabilitados como Chen Yun y una nueva guardia de intelectuales que desarrollaron estrechas conexiones con los economistas occidentales. Junto al húngaro János Kornai y el trotamundos Milton Friedman, un interlocutor favorecido por los reformistas chinos fue Alec Cairncross, un keynesiano británico que hizo su carrera en el Ministerio de Producción de Aviones durante la II Guerra Mundial.

En 1983, el primer informe del Banco Mundial sobre China era a la vez laudatorio y profético. El régimen comunista, a pesar de toda la violencia de la revolución, había sentado las bases para el crecimiento. El Banco Mundial estaba convencido de que la «inmensa riqueza de talento humano, esfuerzo y disciplina» de China le permitiría «dentro de una generación, más o menos, lograr un enorme aumento en el nivel de vida de su pueblo». Por muy tentadoras que fueran las perspectivas de la economía de mercado socialista de China, el proceso de reforma siempre fue también una cuestión de poder. Como muestra Isabella Weber en Cómo China escapó de la terapia de choque (2021), los reformistas de inspiración occidental como Wu Jinglian veían con agrado la perspectiva de un derrocamiento a gran escala del sistema comunista. Los activistas de Europa del Este, incluido George Soros, imaginaron a China como un ariete con el que romper la fortaleza soviética.

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En sus visitas a China, Friedman promocionó el ejemplo de Ludwig Erhard, el padre del milagro económico de Alemania Occidental, quien, según Friedman, había superado las ataduras de la economía planificada de Hitler a través de la reforma monetaria y la liberalización de precios. El problema era que la liberalización de los precios significaba, en primer lugar, aumentar muchos de ellos. ¿Sobreviviría la autoridad del PCCh a la inflación resultante?

Había mucho en juego. Cuando el presidente soviético Mijaíl Gorbachov visitó Beijing en 1989, había estudiantes acampados en la Plaza de Tiananmen. Las protestas fueron un movimiento nacional, cuyos orígenes se remontan a 1987, cuando las reformas económicas comenzaron a desestabilizar la China urbana y rural. Los manifestantes exigieron derechos civiles y democratización, pero también el fin de la corrupción y de la mala gestión económica. Algunos en el partido vislumbraron una oportunidad para la liberalización.

Milton Friedman con Zhao Ziyang en Zhongnanhai, 19 de setiembre de1988 (foto: Cato Institute)

Después de su visita, Gorbachov gestionó el colapso político y económico de la Unión Soviética. El PCCh, en cambio, tomó medidas enérgicas. Con el respaldo del ejército, el partido restauró el control. En lugar de un curso de terapia de choque impulsado por la crisis –en el que una economía controlada por el Estado se transforma rápidamente en una economía de mercado, como en Rusia a principios de la década de 1990–, en China los hombres duros de la generación revolucionaria, liderados por Chun Yen, mantuvieron el control de la política económica. La liberalización de los precios avanzaría, pero a un ritmo gradual fijado por el PCC. Es esta fatídica elección la que hace de 1989 el momento crucial para Xi Jinping y otros altos cargos del actual politburó. Tenían unos treinta años en ese momento y estaban horrorizados por el colapso de la Unión Soviética. Xi y su cohorte pueden ser criaturas de las décadas de crecimiento de China, pero para ellos ese crecimiento es indisoluble del poder continuo del partido.

Había que pagar un precio por la represión de 1989. Las relaciones con Occidente empeoraron. Pero en el apogeo de la primacía estadounidense, la masacre de Tiananmen fue tomada por Washington menos como una declaración política sobre el poder del partido que como una violación de los derechos humanos, atroz pero transitoria. La administración de George W. Bush pronto restauró el estatus de nación más favorecida (NMF) a las exportaciones chinas y las empresas estadounidenses se precipitaron hacia China. En 2001, China ingresó en la Organización Mundial del Comercio, momento que realmente inauguró la era de la globalización moderna. Las fábricas de China inundaron los mercados mundiales con productos manufacturados baratos. Los sindicatos en Occidente protestaron por la competencia desleal y los tipos de cambio amañados de China, pero el compromiso con la globalización de las élites estadounidenses y europeas mantuvo esa oposición bajo control.

Desde finales de la década de 1990, cientos de millones de trabajadores campesinos emigraron del campo a las boyantes ciudades chinas. Decenas de millones de trabajadores fueron expulsados de la anticuada industria pesada de la era de Mao y del cinturón de óxido. Las protestas de los trabajadores fueron contenidas por la vigilancia policial y la introducción de un nuevo sistema de arbitraje individualizado de conflictos laborales y prestaciones sociales básicas para los registrados como trabajadores urbanos oficiales. El mercado regía el precio de los bienes, pero Pekín nunca siguió el consenso de Washington. Mantuvo su tipo de cambio fijo subvaluado y las limitaciones a los movimientos de capital. Algunos economistas occidentales incluso hablaron de un «Bretton Woods 2.0», por el cual la economía global sería reformada unilateralmente por Beijing.

La importancia de esa decisión se hizo evidente entre 1997 y 2001, cuando el resto de Asia oriental, Rusia, Turquía y argentina se vieron sacudidas por devastadoras crisis financieras. Con la crisis económica vino el cambio político. En Indonesia cayó la dictadura de Suharto. En Turquía, tras la intervención del FMI en 2001, Recep Tayyip Erdogan emergió como un líder popular. Vladimir Putin tomó el poder en Rusia en medio de la crisis de 1999. Después de haber evitado el señuelo de la terapia de choque en la década de 1980, este fue el segundo gran escape del PCCh. A medida que las exportaciones de China crecieron, sus reservas de divisas nacionales se dispararon. El sistema bancario de China en la década de 1990 era frágil, pero Beijing neutralizó los riesgos al derivar las deudas impagables en bancos malos. Lo que surgió fue una serie de gigantes financieros que en términos de activos ahora están calificados como los tres bancos más grandes del mundo.

Sede del ICBC (Banco Instustrial y Comercial de China), el mayor banco del mundo en 2020, en Shanghai (foto: Peter K. Burian/Wikimedia Commons)

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Si a finales del siglo XX tuvo lugar el despegue de la economía de mercado socialista de China, las dos primeras décadas del siglo XXI confirmaron tanto su resiliencia como lo imparable de su crecimiento. El sistema financiero de China no se vio afectado por la crisis financiera de 2008. Pekín compensó la pérdida de ingresos de exportación con un gigantesco estímulo interior. Después de 2010, China observó con asombro cómo Europa se veía obligada a pedir ayuda al FMI para gestionar la crisis de la deuda griega.

Suele verse en el surgimiento de Xi en 2012 el punto de inflexión en las relaciones de China con Occidente. Pero en 2009 la administración entrante de Obama sintió un notable endurecimiento del tono por parte de Beijing. En las conversaciones sobre el clima de Copenhague en diciembre de 2009, la actitud de Beijing fue netamente beligerante. Hillary Clinton, como secretaria de Estado estadounidense, inició en 2011 el giro estadounidense hacia Asia. El equipo de Joe Biden está lleno de veteranos de Obama-Clinton, el más prominente de los cuales en los asuntos de China es Kurt Campbell. A partir de julio de 2021 Campbell todavía cree que «China y EE.UU. pueden coexistir pacíficamente (…). Pero este desafío va a ser enormemente difícil para esta generación y la próxima». La era del «compromiso» ha sido sustituida por la de la «competencia».

Dada la retórica exacerbada del momento, vale la pena que recordemos lo que China no es. Ya no es el promotor de la revolución tercermundista de la era Mao. No es una monarquía absolutista rica en petróleo y sancionada religiosamente como Arabia Saudita, que genera terrorismo y financia la represión. No es un estado nuclear aliado que envía «pequeños hombres verdes» a ocupar el territorio de su vecino. Tampoco es una hiperpoder militar que envía drones para matar a sus enemigos en todo el mundo, participa en guerras a su conveniencia y desestabiliza estados frágiles mediante operaciones cubiertas por la «responsabilidad de proteger».

China está claramente involucrada en el espionaje internacional. Ejerce un poder blando a través de sus Institutos Confucio y subvenciones. Vigila a los súbditos chinos que viven en el extranjero. En el Tíbet, Xinjiang y Hong Kong gobierna con puño de hierro. China hace crecientes reclamaciones sobre aguas territoriales. Intimida a las flotas pesqueras extranjeras y pelea con la India en su frontera en el Himalaya. Quiere que Taiwán vuelva a estar bajo el gobierno de Pekín. Se comporta, en resumen, como un Estado nación grande y resuelto. Pero ningún otro Estado nación es, o alguna vez ha sido, de la escala de China. Ningún otro Estado ha visto nunca un aumento de su poder tan rápido como el de China. No hay ningún régimen en el mundo de hoy dirigido por un partido que tenga el sentido de misión del PCCh: restaurar lo que cree que es su dominio natural sobre «todo lo que está bajo el cielo».

Durante dos décadas, el exceso de confianza, la complacencia y la miopía facilitaron que Occidente ignorara la importancia del ascenso de China. En 2018, Larry Summers, un veterano de las administraciones de Clinton y Obama, preguntó: «¿Puede Estados Unidos imaginar un sistema económico global viable» en el que ya no sea el actor dominante? ¿Podría un «líder político» estadounidense reconocer esa realidad de una manera que permita la negociación sobre cómo sería ese mundo?… ¿Se puede contener a China sin suscitar conflictos?«.

En su primera rueda de prensa como presidente, Joe Biden dio su respuesta: bajo su mando China no se convertirá en el «número uno». Mientras tanto, en Washington DC, los responsables de seguridad están tomando medidas cada vez más sofisticadas para negar a China el acceso a áreas clave de la tecnología, y una pequeña industria de analistas se ocupa de identificar los puntos débiles en el modelo de desarrollo de China, desde fallos en su sistema de formación profesional hasta su menguante ventaja demográfica y la inestabilidad de su sistema financiero.

Actos de celebración del centenario de la fundación del Partido Comunista chino en la Plaza de Tiananmen (foto: Efe)

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Este análisis se enmarca en términos de obstáculos al ascenso de China, más que en asuntos de interés común. Ignora el hecho de que la economía de China es, con mucho, el motor más importante del crecimiento económico mundial. Incluso ahora, los inversionistas occidentales siguen apostando por el sueño chino de Xi. A pesar de la escalada de tensión, 2021 ha sido hasta ahora un año extraordinario para la inversión extranjera en China. Apple la ha añadido a su cadena de suministros. El canciller del Reino Unido, Rishi Sunak, ha declarado que la City de Londres está una vez más abierta a los negocios con China.

En noviembre, el Reino Unido acogerá las negociaciones sobre el clima de la Cop-26[1], donde todas las miradas estarán puestas en China. Responsable del 28 por ciento de las emisiones mundiales de CO2, emite más que toda la OCDE, los Estados Unidos, Europa, Japón y el resto juntos. No hay solución a la crisis climática sin un compromiso enorme y costoso por parte de Pekín. Sólo China tiene la influencia necesaria para que los exportadores de energía del mundo, especialmente Rusia, comiencen a prepararse para ir más allá del petróleo. Pekín, literalmente, tiene el futuro de la humanidad en sus manos.

Es poco probable que alguna potencia vaya a ser tan dominante en lo sucesivo como lo fueron los Estados Unidos en algunos momentos del pasado, incluso los mismos Estados Unidos. El hecho básico de nuestro mundo es su multipolaridad. Los escépticos sobre China pueden tener razón: Es posible que China nunca supere a los Estados Unidos. Pero que lo haga o no es irrelevante. Si China es la segunda o tercera economía más grande del mundo, eso es suficiente para atraer la sospecha y la hostilidad de Estados Unidos, como que sea grande, ajena y aspire a la plena soberanía. La retórica de Estados Unidos y sus aliados se centra en el autoritarismo de Xi. Y tienen razón. Pero para Estados Unidos, las reclamaciones sobre valores son siempre también exigencias de poder. Como sugirió Summers, no está claro que la política estadounidense pueda digerir la pluralidad, si no es desde una posición de dominio.

En 2021, 100 años después de la fundación del PCCh, las consecuencias son dramáticas. Resulta que si alguien cuestiona la preeminencia de EE.UU. y de sus valores, su acceso a los mercados de capitales y a la tecnología controlados por los EE.UU. no es seguro. Esto abre un nuevo capítulo en la historia del PCCh, pero lo que Hobson predijo para el siglo XX es aún más cierto para el siglo XXI. Estemos a favor o en contra, China da forma a nuestro futuro común.

 

*Adam Tooze es el autor de «Shutdown: How Covid Shook the World’s Economy», publicado por Allen Lane en septiembre

[1] Conferencia del Panel internacional sobre cambio climático, apalazada desde noviembre de 2020 (nota del trad.)

Fuente: New Statesman, 21 de julio de 2021

Traducción: Luis Castro

Portada: New Statesman

Ilustraciones: Conversación sobre la historia

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