Richard J. Evans

 

La idea de que en la historia nada sucede por azar, de que nada es en realidad lo que parece ser a primera vista, de que todo lo que ocurre es el resultado de las maquinaciones secretas de grupos malignos que lo manipulan todo entre bambalinas es tan vieja como la historia misma. Pero en el siglo xxi las teorías de la conspiración parecen resultar cada día más populares y habituales. Las potencia el ascenso de internet y las redes sociales; las posibilita la influencia menguante de quienes solían actuar como porteros de la opinión: los editores de prensa y de libros; y las fomenta la incertidumbre que rodea en nuestros días a la verdad y la falsedad, según se encarna en el concepto perverso de los «hechos alternativos».1

Hace ya muchos años un intelectual liberal de Estados Unidos, Richard Hofstadter, llamó la atención sobre las teorías conspirativas en su famoso artículo «El estilo paranoide en la política estadounidense», publicado originalmente en el Harper’s Magazine de noviembre de 1964. Hofstadter no pretendía afirmar que los defensores de tales teorías sufrieran un trastorno clínico. «Lo he denominado “estilo paranoide” por la sencilla razón de que ninguna otra palabra evoca adecuadamente la imagen de exageración desmedida, suspicacia y fantasía conspiratoria que tengo en mente», adujo. No se trataba de ninguna novedad, según precisó el propio autor: ya se encontraba, por ejemplo, en escritos del siglo xviii sobre los masones o los illuminati. Pero en el siglo xx había emergido de nuevo, en particular en la forma del macartismo. El sesgo del senador McCarthy, quien creía ver a co-munistas ocultos en todos los sectores de la sociedad de Estados Unidos, era un ejemplo clásico del estilo paranoide. El senador concebía un enemigo maligno que manipulaba las cosas clandestinamente para socavar el orden político y social. Reflexionaba Hofstadter:

A diferencia de todos nosotros, el enemigo no está atrapado en las redes del vasto mecanismo de la historia; ha dejado de ser una víctima de su pasado, sus deseos, sus limitaciones. Ansía dominar el mecanismo de la historia —de hecho, lo fabrica— o intenta desviar el curso normal de la historia de un modo maligno. Crea crisis, inicia pánicos bancarios, causa depresiones económicas, produce desastres y luego disfruta y se beneficia de la pesadumbre originada. La interpretación paranoide de la historia es netamente personal: los hechos decisivos no se consideran integrados en el torrente de la historia, sino que se los trata como las consecuencias de la voluntad de una persona.

Protokolle der Weisen von Zion: Die größte Fälschung des Jahrhunderts! («Los protocolos de los sabios de Sion. ¡La mayor falsificación del siglo!»), editado por Johann Baptist Rusch a partir de un manuscrito escrito probablemente por un destacado sionista suizo, Saly Brausch weig, y publicado en Suiza en 1933 (imagen: Schweizerisches Sozialarchiv)

En la escritura paranoide —observaba Hofstadter— abundan sobremanera la meticulosidad y la pseudoerudición: «Uno de los rasgos más asombrosos de la bibliografía paranoide es el contraste entre sus conclusiones imaginarias y una casi conmovedora obsesión por la factualidad. Se pone un esmero heroico en acumular pruebas que demuestren que tan solo debemos dar crédito a lo increíble». Desde los tiempos de Hofstadter, y en particular desde el cambio de siglo, muchos comentaristas han lamentado que el supuesto en el que se basaba el ensayo de aquel —que el discurso público en general y la retórica política en particular se fundamenta en un conjunto compartido de valores liberales que se nutren de la racionalidad y rechazan la idea de que detrás de todo gran suceso político haya fuerzas ocultas— se ha visto superado por los acontecimientos. Según ha escrito Joseph Uscinski, un autor contemporáneo especializado en este campo, las teorías conspirativas

se han convertido en un rasgo característico de estos primeros años del siglo xxi. Las teorías de la conspiración han dominado el discurso de las élites en muchas partes del mundo y han funcionado como el grito de guerra que ha unificado grandes movimientos políticos […]. Internet, que durante un tiempo se había ensalzado como un instrumento de la democracia, se ha utilizado para manipular a las masas —para obtener beneficios o poder— con noticias falsas que en lo esencial se reducen a teorías conspirativas que son pura fabulación […]. Nuestra cultura sufre una inundación de teorías conspirativas.2

La difusión de teorías conspirativas y «hechos alternativos» resul-ta especialmente evidente en el revisionismo de la historia del Tercer Reich. Teorías de la conspiración que hacía mucho tiempo que estaban desacreditadas han revivido gracias al supuesto descubrimiento de pruebas novedosas o nuevos ángulos de investigación. En el centro de este mundo conspiranoico se alza la figura de Adolf Hitler. Una periodista juvenil comentó hace poco: «Todo aquel a quien le guste una buena teoría de la conspiración se habrá topado con Hitler en cada esquina».3 De hecho, Hitler es una referencia casi omnipresente en los debates en línea, sea cual sea el tema del que se trate. En 1990 el escritor estadounidense Mike Godwin ya había propuesto lo que se ha dado en llamar «Ley de Godwin», que sostiene que cuanto más se alarga una discusión en internet, más probable es que se acabe mencionando a Hitler, punto en el cual la conversación tiende a darse por terminada; veintidós años más tarde este concepto había cruzado incluso el sagrado umbral lingüístico del Oxford English Dictionary. Hay comparaciones con Hitler en todas partes, en particular, claro está, en el mundo de la política, donde es casi de rigor comparar a quienquiera que nos desagrade —de Donald Trump hacia abajo— con el dictador nazi. Pero ¿por qué Hitler? Según ha escrito Alec Ryrie en su historia del ateísmo y el agnosticismo:

En la cultura occidental, Adolf Hitler es la más potente de todas las figuras morales. Elogiar a Hitler resulta tan monstruoso como lo habría sido en otros tiempos menospreciar a Jesús. Se ha convertido en el punto de referencia fijo para nuestra definición del mal […]. El nazismo —un suceso casi único en nuestra cultura relativista— es un estándar absoluto: es el punto donde toda polémica concluye porque no está en discusión que fuera bueno o malo […]. El nazismo ha cruzado la barrera que separa los hechos históricos de las verdades intemporales.4

La teoría de la «puñalada por la espalda» en un cartel de 1924 del Deutschnationalen Volkspartei Deutschnationale (imagen: Deutsches Historisches Museum, Berlin)

A menudo se afirma que un aspecto clave de las teorías conspirativas es la clara tendencia a dividir el mundo en buenos y malos…, ¿y quién podría ser más malvado que Hitler? Pero estas consideraciones requieren de algunos matices. En la práctica, las creencias que Ryrie describe no son tan universales. Hay personas que, a pesar de todo lo que conocemos sobre el líder nazi, siguen sintiendo una profunda admiración por él; y es más que probable que precisamente tales personas apoyen teorías conspirativas, entre ellas la negación del Holocausto (que pasa por creer que los principales periodistas e historiadores del mundo han estado ocultando de forma sistemática la verdad sobre el Holocausto —esto es, ocultan el hecho de que en realidad no se produjo— desde la propia década de 1940, por efecto de una conspiración global de las élites judías). Otros conspiranoicos, como veremos —desde los que creen que el mundo ha recibido y sigue recibiendo visitas de extraterrestres hasta quienes creen que la historia humana ha sido gobernada por fuerzas ocultas y sobrenaturales—, incluyen a Hitler en sus teorías para incrementar el interés de quienes no les dan crédito, o para reforzar sus pretensiones asociándolas con esta figura histórica sumamente infame. A menudo, la clara oposición entre bien y mal con la que algunos han caracterizado las teorías conspirativas resultan ser más complejas y ambiguas de lo que aparentan en un principio.

No todas las teorías conspirativas son iguales, como se empieza a deducir de estos ejemplos. Los expertos en la materia las han dividido en tipos distintos. Ante todo, existen dos variantes. En la primera clase, la de las denominadas teorías sistémicas, una sola organización conspirativa desarrolla una gran diversidad de actividades con el obje-tivo de hacerse con el control de un país, de una región plurinacional o incluso del mundo entero. A menudo, según la propia teoría, la conspiración se incuba durante un largo período de tiempo —incluso de varios siglos— y se extiende por una zona geográfica muy extensa —en algunos casos, el planeta en su totalidad—, propagada y perpetuada por alguna clase de organización universal —como los illuminati, los masones o los comunistas— o bien un grupo racial o religioso como, por ejemplo, los judíos. En segundo lugar, hay teorías basadas en acontecimientos, en las que un grupo organizado secreto está detrás de sucesos individuales como el asesinato del presidente estadounidense John F. Kennedy o el primer alunizaje de la historia. En este caso se suelen imaginar conspiraciones de un plazo más corto, cuya trama ocupa unas pocas semanas, meses, a lo sumo un par de años. Los dos tipos de conspiración pueden estar asociados entre sí, a juicio de algunos conspiranoicos; aunque no necesariamente tiene que ser así, sin embargo, a veces se entiende que una conspiración de aconte-cimiento es asimismo expresión de una conspiración sistémica.5 Lo importante es el hecho de que ambos tipos de teoría conspirativa imaginan la existencia de una mano oculta por detrás de los sucesos his-tóricos (y, en muchos casos, los sucesos del presente). Ambos comparten también la idea de que lo que los teóricos de las conspiraciones califican como versión «oficial» de un proceso, suceso o serie de acontecimientos —la versión aceptada generalmente— es en realidad una falsedad. La simple elección del vocablo «oficial» da a entender que los gobiernos estatales o las élites más poderosas han coaccionado o engañado a historiadores, estudiosos, periodistas y demás, haciendo que cuenten historias concebidas para esconder la verdad con el fin de que el statu quo y la distribución del poder se mantengan sin modificaciones. Esto, a su vez, supone que los teóricos de las conspiraciones tienen la certeza de que ellos son los únicos que están al corriente de la auténtica verdad.

El Reichstag tras el incendio que lo destruyó el 28 de febrero de 1933 (foto: Getty Images)

Hay conspiraciones reales, por descontado; no todas las teorías conspirativas son una invención. El ejemplo más obvio quizá sea el del Watergate: el presidente estadounidense Richard M. Nixon, que era el candidato republicano a las elecciones presidenciales de 1972, organizó un robo en el cuartel general de la campaña de su gran rival, el Partido Demócrata, instalado en el hotel Watergate de Washington D. C., con la voluntad de descubrir documentos delicados o embarazosos. A lo largo de los siglos han existido otras muchas conspiraciones genuinas. Todas tienen en común, en primer lugar, el hecho de que implican a un número de personas muy reducido. Como toda conspiración tiene que ser necesariamente secreta —o la descubrirán y detendrán aquellos contra quienes se dirige—, de ello se sigue que cuantas más personas estén implicadas, mayor es el peligro de que alguien traicione a los conjurados y dé al traste con el proyecto. En segundo lugar, en mayor o menor medida, la duración temporal es limitada. Toda conspiración real, además, aspira a un objetivo concreto y concluye cuando este se ha conseguido o (en la mayoría de los casos) antes de llegar tan lejos, al ser descubierta. Por otro lado, no todo lo que se califica de teoría de la conspiración implicaba de hecho la denuncia de una trama secreta. No debemos confundir una teoría conspirativa con un ejemplo de noticia falsa —la distorsión o manipulación de la verdad— o de manifestación de «hechos alternativos» para justificar o quitar hierro a un suceso en concreto. Para que una teoría de la conspiración sea tal debe plantear la existencia de un grupo de personas que se conjura en secreto para emprender una acción ilícita. Este grupo tendrá como objetivo una meta ambiciosa, como se corresponde con la creencia típica de los teóricos de las conspiraciones, según la cual ningún gran acontecimiento de la historia sucede por azar, es fruto de la coincidencia o lo ha emprendido una persona por su cuenta, en solitario.

En la Alemania nazi, el gran aparato de la propaganda estatal, controlado por Joseph Goebbels, emitía enormes cantidades de noticias falsas; el calificativo de «mentiras» no es menos apropiado. Por su parte, Hitler se esforzó consistentemente por no desvelar sus verdaderas intenciones, ni a los propios alemanes ni fuera de Alemania, y por convencer a Gran Bretaña, Francia y otros países europeos de que sus intenciones eran pacíficas, aun cuando al mismo tiempo se estaba rearmando y ejecutaba actos de agresión internacional. Pero esta producción propagandística incluía pocas teorías de la conspiración; y la ocultación de la verdad, por parte tanto de Hitler como de Goebbels, tampoco alcanzaba el grado de conspiración. A diferencia de Stalin, que en efecto se creía rodeado de conspiradores e inició una larga serie de purgas y juicios amañados contra muchos de sus subordinados, con acusaciones de conjuras fantásticas contra el régimen soviético, el propio Hitler no fue un teórico de la conspiración. Mientras que Stalin había tenido que batallar por ascender a la cumbre de la jerarquía soviética contra rivales que, al menos en principio, eran más conocidos y apreciados que él mismo —y en consecuencia creyó que debía eliminar toda posibilidad de que se le volvieran en contra—, en cambio, Hitler llegó a lo más alto a lomos de sus subalternos inmediatos y, por lo tanto, fue leal a ellos hasta el final. Es cierto que, en 1934, durante la Noche de los Cuchillos Largos, ordenó asesinar a los líderes de la Sturmabteilung (SA) y a varios políticos conservadores con los que estaba enemistado; pero la oposición de estos había sido pública, no entre bambalinas. Las acciones del propio Hitler, que se prepararon en secreto y ejecutaron sin previo aviso, no distan mucho de ser una conspiración; pero la acusación de que Ernst Röhm pretendía dar un golpe de Estado junto con los defensores de una «segunda revolución», una vez que los nazis llevaban un año en el poder, sí dista de representar una teoría conspirativa, porque todo lo que Röhm hacía y decía lo hacía y lo decía abiertamente.

 «¡Comunismo en Alemania! La verdad sobre la conspiración comunista en vísperas de la revolución nacional), tratado publicado en 1933 por Adolf Ehrt, director de la oficina para la «defensa contra el movimiento ateo marxista-comunista» del servicio de prensa de la Iglesia evangélica alemana.

También hubo, como es sabido, una conspiración real para derrocar a Hitler, organizada en secreto por un grupo de oficiales del ejército y algunos socios. Ocurrió durante la guerra y culminó en la tentativa fallida de asesinarlo con una bomba depositada por Claus von Stauffenberg el 20 de julio de 1944. Por una serie de casualidades, Hitler sobrevivió; los conjurados se suicidaron, fueron fusilados o, después de ser arrestados, se los condenó a muerte y ejecutó. En el discurso radiofónico posterior al atentado fallido, Hitler atribuyó el ataque a «una camarilla realmente poco numerosa de oficiales ambiciosos, inconscientes y, al mismo tiempo, criminalmente estúpidos». La investigación policial correspondiente partió de la suposición de que solo estaban implicadas unas pocas personas. Se trataba, en pocas palabras, de una conspiración clásica, estrictamente contenida. Entre los participantes solo había militares y sus objetivos eran netamente reaccionarios. Ahora bien, aunque los nazis siguieron adhiriéndose a esta línea de argumentación, la repitieron sin tregua en todos los pronunciamientos públicos sobre la conjura, e insistieron en someter a juicio a su selección de participantes; las pesquisas que a puerta cerrada emprendió la Gestapo revelaron la participación de un número de personas muy superior. Entre ellas había civiles, y no solo militares; y había políticos de izquierdas y de centro, y no solo de la derecha más conservadora. Así pues, más que concebir la trama como una conspiración clásica, parece razonable describirla como una serie de redes que se solapaban, algunas más esenciales que otras.

Aunque no cabe duda de que Stauffenberg y los otros oficiales que prepararon e intentaron llevar a cabo tanto el atentado como el golpe de Estado militar se hallaban en el núcleo central de estas redes, hubo otras muchas personas situadas en una diversidad de posiciones más distantes; por ejemplo, los hombres a quienes los conjurados preten-dían confiar el gobierno civil tras la muerte de Hitler. De una forma u otra estuvieron implicados (entre muchos otros) diplomáticos, juristas, industriales, terratenientes, sindicalistas, socialdemócratas, teólogos o destacados funcionarios. A la postre, por descontado, solo los militares del núcleo del complot estaban en condiciones de llevarlo a cabo; pero reducirlo a una operación militar supondría subestimar su extensión y profundidad. Lo que unía a los conjurados, en todo caso, era el hecho de que casi todos vivían libres de sospecha; la posibilidad de éxito requería que la Gestapo no estuviera vigilándolos como opositores al régimen, reales o potenciales. Y, aun así, cuando se colocó la bomba en el cuartel general de Hitler, la conspiración había adquirido tal dimensión que ya se había detenido a varios miembros y la Gestapo estaba cerrando la red sobre muchos otros.6 Hubo asimismo otros movimientos de oposición clandestina, como la red de espionaje soviética Orquesta Roja; pero no cabe calificarlas de conspiraciones en el sentido clásico porque no trabajaban por ningún objetivo único y definible. El complot de la bomba de 1944 siguió siendo un caso más o menos único, y uno de los escasos ejemplos en los que Hitler acusó de hecho a diversas personas de participar en una conspiración en su contra.

Himmler y Rohm poco antes de la noche de los cuchillos largos (foto: Bundesarchiv)

Pese a todo, las teorías conspirativas no eran del todo ajenas al mundo de los nazis. Los historiadores han identificado algunas que entienden que influyeron en Hitler, otras que él habría dirigido y, por último, algunas en las que él habría tomado parte activa. El presente libro, sin embargo, no versa sobre conspiraciones reales.7 Trata sobre cómo la imaginación paranoide se ha centrado en Hitler y los nazis. Examina cinco supuestas conspiraciones, cada una de las cuales ha sido estudiada de forma aislada tanto por historiadores rigurosos como por teóricos conspirativos de una u otra clase. Al contemplarlas  todas a través de la misma lente del estudio reciente y general sobre la teoría de la conspiración, podremos verlas a una luz distinta y revelar rasgos en común que quizá nos sorprendan. La primera es una falsificación antisemita tristemente famosa, Los protocolos de los sabios de Sion. ¿Dónde se originó este tratado?, ¿por qué tuvo tanta distribución?, ¿fue realmente una «justificación del genocidio» capaz de impulsar a Hitler a poner en marcha el Holocausto? ¿Estamos ante un ejemplo clásico de los peligros que suponen las teorías conspirativas, si se las deja proliferar y extenderse por el mundo? ¿Qué tipo de teo-ría conspirativa encaja mejor con este caso? A primera vista, se diría que Los protocolos pertenece claramente a la categoría de las teorías de la conspiración sistémicas; sin lugar a dudas, el contenido del documento era vago y generalizado en extremo. A menudo se considera que Los protocolos es el texto más importante entre todas las teorías conspirativas del antisemitismo, lo que a su vez plantea la pregunta de hasta qué punto el antisemitismo en sí es una teoría de la conspiración. Además, Los protocolos apunta hacia otro tema que con frecuencia se ha pasado por alto: ¿hasta qué punto el antisemitismo ha sido, y es, distinto a otras clases de racismo? Examinar todas estas preguntas a la luz de los debates actuales sobre las teorías conspirativas puede conducirnos a algunas respuestas inesperadas.

El segundo capítulo examina la leyenda de la «puñalada por la espalda». Según esta, la derrota de Alemania en la primera guerra mundial fue el resultado de un complot que pretendía socavar la resistencia de las fuerzas armadas alemanas por la vía de organizar y llevar a cabo una revolución en el frente patrio. A diferencia de Los protocolos, aquí hablaríamos de una teoría conspirativa de acontecimiento, aunque en algunos aspectos cruciales sigue siendo relativamente vaga y generalizadora. Existen tres versiones. Primero estaba la afirmación muy general de que Alemania había perdido la guerra por las deficiencias de abastecimiento, cada vez más graves, que acarrearon escasez de municiones en el frente de batalla y carestía de alimentos y otros artículos básicos en el país. Esto a su vez debilitó la voluntad de seguir comba-tiendo, lo cual se expresó en el respaldo creciente a la idea de una paz acordada. En consecuencia, el hundimiento de la moral en el país apuñaló a las fuerzas armadas por la espalda al imposibilitarles que continuaran luchando contra un enemigo que gozaba de mejores recursos. En su lugar hubo una acusación más específica: se decía que los socialistas habían minado la moral de las tropas al fomentar el descontento primero en el país y luego entre los propios soldados, para poder llevar a efecto la revolución democrática que derrocó al káiser el 9 de noviembre de 1918 y con ello puso fin a la posibilidad real de que Alemania hubiera sostenido el combate. En tercer y último lugar, desde las posiciones ultraderechistas del espectro político se consideraba que tanto el socialismo como la revolución fueron la expresión de la subversión de los judíos. Esto plantea la cuestión de hasta qué punto Hitler y el Partido Nazi, en su ascenso al poder tras la conclusión de la primera guerra mundial, utilizaron la leyenda de la puñalada por la espalda como un arma propagandística; más en general, hasta qué punto la leyenda contribuyó a que millones de alemanes votaran por los nazis en los últimos años de la República de Weimar. Es inquietante constatar que la leyenda de la puñalada por la espalda, al menos en sus formas más moderadas, ha experimentado cierto renacer en los últimos tiempos; por lo tanto, este capítulo se pregunta también si lo que últimamente se ha afirmado sobre la derrota de Alemania en noviembre de 1918 resiste un análisis riguroso.

 
Niños alemanes observan el periódico antisemita Der Stürmer y otros carteles de propaganda nazi (foto: USHMM)

El tercer capítulo aborda el incendio que destruyó el Parlamento nacional alemán en la noche del 27 de febrero de 1933, pocas semanas después de que Hitler hubiera sido nombrado canciller imperial. El incendio del Reichstag proporcionó al gobierno de Hitler un pretexto para suspender las libertades civiles, en lo que supuso un primer paso crucial hacia la creación de la dictadura nazi. El líder nazi denunció que había sido un atentado comunista, como paso previo a un golpe de Estado, pero pronto se comprobó que era una acusación infundada; he aquí una teoría de la conspiración que ni siquiera los jueces del propio Tercer Reich fueron capaces de confirmar. En cambio, era evidente a quién beneficiaba el incendio. Los comunistas se apresuraron a denunciar por su parte que el ataque había sido planeado y ejecutado por los propios nazis, de forma deliberada, como una «operación de bandera falsa», porque ello les daría el pretexto para introducir las bases pseudolegales de la dictadura, legitimar la detención de miles de comunistas y encerrarlos en los campos de concentración que se acababan de crear. Estamos, pues, ante un acontecimiento que constituyó el núcleo de dos teorías conspirativas diametralmente opuestas. A diferencia de la teoría de los nazis, la versión comunista ha revivido de forma repetida, a pesar de que desde la década de 1960 contamos con pruebas claras de que el incendio fue obra de un único pirómano, el joven izquierdista neerlandés Marinus van der Lubbe. En los últimos años esta teoría conspirativa, de la categoría de las teorías de acontecimiento, ha renacido una vez más. ¿Los nuevos argumentos son plausibles? ¿Se han encontrado de verdad pruebas nuevas y convincentes que respalden esta teoría? ¿Hasta qué punto resisten el análisis crítico cuando se las examina en el contexto más general de nuestra comprensión actual de las teorías de la conspiración y su modo de funcionamiento?

También han abundado los debates sobre la repentina huida a Escocia, sin previo aviso, del segundo del Partido Nazi, Rudolf Hess, el 10 de mayo de 1941. La amplia bibliografía sobre el tema —en buena parte, reciente— ha puesto sobre la mesa una diversidad de teorías y ha llevado a muchos historiadores a considerar el vuelo de Hess como un misterio no resuelto. ¿Se marchó Hess como portador de una oferta de Hitler, para una paz específica?, ¿le animó a ello un grupo relevante de políticos británicos?, ¿hubo otra conspiración inspirada por Churchill y los belicistas de Whitehall, con el fin de rechazar la propuesta y suprimir la verdad sobre la huida? ¿O hubo acaso una conspiración organizada por los servicios de inteligencia y seguridad de Gran Bretaña, con el deseo de atraer a Hess a las islas?, ¿y con qué fin, si fue en efecto así? Muchos años después, en 1987, cuando se halló muerto a Hess en la celda de la cárcel de Spandau, ¿fue este el resultado final de una conspiración británica para que el antiguo líder nazi no desvelara toda una serie de verdades inconvenientes? No cabe duda de que se trata de otra teoría de la conspiración basada en un acontecimiento único, pero más allá de su clasificación, ¿cuán convincentes son las pruebas aducidas en su defensa?

Restos del Messerschmitt Me110 de Rudolf Hess, que se estrelló en Floors Farm, Eaglesham, East Renfrewshire, Escocia, en mayo de 1941 (foto: Reddit)

Por último, este libro se pregunta por qué los persistentes rumores de que Hitler había logrado escapar del búnker berlinés en 1945 para refugiarse en Argentina han tenido tanto eco en las redes sociales en estos últimos años. ¿Dónde se originaron?, ¿son convincentes en alguna medida?, ¿por qué no se extinguen a pesar de los intentos repetidos de desacreditarlos? Como las otras teorías de la conspiración examinadas en este libro, la afirmación de que Hitler seguía con vida en la década de 1950, e incluso después, ha revivido en las redes. De entre los acontecimientos únicos analizados en este libro, esta teoría conspirativa es, sin lugar a dudas, la más fantasiosa e increíble de todas. Las transformaciones que ha experimentado en la era de internet y las redes sociales tienen mucho que decirnos sobre cómo funcionan las teorías conspirativas y, en particular, qué clase de personas las propagan y les dan crédito.

Este libro versa sobre fábulas y ficciones, fantasías y falsificaciones. La utilización deliberada de mitos y mentiras para un fin político no es un producto exclusivo del siglo xx. Entre quienes han abrazado teorías conspirativas sobre Hitler, o los judíos, o el Partido Nazi, sin duda muchos creían sinceramente en lo que decían. Otros, no es menos evidente, han manipulado historias que sabían que eran falsas. A veces se han distorsionado los hechos con cinismo o se han inventado mentiras puras y duras con fines políticos. En otras ocasiones simplemente se han apoyado afirmaciones espurias con el objetivo de hacer dinero. En algunos casos se ha sostenido que a la postre no importa si cuanto se ha afirmado era verdad o mentira; lo esencial sería que, incluso en casos como el de Los protocolos, casos basados en pruebas inventadas o falsificadas, se están revelando verdades subyacentes de modo que lo afirmado sigue sien-do cierto en un sentido que va más allá de lo meramente empírico. Esta clase de ideas ponen sobre la mesa preguntas de calado sobre la propia naturaleza de la verdad y representan un desafío que a menudo no ha tenido una respuesta rápida por parte de quienes creen en elucidar cuidadosa e imparcialmente las pruebas hasta llegar a conclusiones razonables y argumentadas. Este es un libro de historia, pero es un libro de historia dirigido a la era de la «posverdad» y los «hechos alternativos»: un libro para los agitados tiempos de nuestro presente.

Notas

1. Michael Butter, «Nichts ist, wie es scheint»: Über Verschwörungstheorien,
Fráncfort, 2018, pp. 22-29. Véase también Michael Barkun, A Culture of Conspiracy: Apocalyptic Visions in Contemporary America, Berkeley, CA, 2003.
2. Joseph E. Uscinski, «Down the Rabbit Hole We Go!», en idem (ed.), Conspiracy Theories and the People Who Believe Them, Nueva York, 2019, pp. 1-32, cita en
p. 1.
3. Citado en Luke Daly-Groves, Hitler’s Death; The Case against Conspiracy,
Oxford, 2019, p. 25.
4. Alec Ryrie, Unbelievers. An Emotional History of Doubt, Londres, 2019, p. 203.
5. Barkun, op. cit. El autor propone que cuando los dos tipos de teoría conspirativa se funden en uno solo constituyen un tercer tipo al que podríamos llamar «superteoría de la conspiración». Por mi parte entiendo que esto introduce una confusión innecesaria.
6. Linda von Keyserlingk-Rehbein, Nur eine «ganz kleine Claque»? Die NSErmittlungen über das Netzwerk vom 20. Juli 1944, Berlín, 2018.
7. Sobre este tema véase David Welch, The Hitler Conspiracies: Secrets and Lies
behind the Rise and Fall of the Nazi Party, Nueva York, 2013.

Sumario

Introducción

  1. ¿Los protocolos sirvió como justificación del genocidio?

2. ¿Recibió el ejército alemán una «puñalada por la espalda» en 1918?

3. ¿Quién incendió el Reichstag?

4. ¿Por qué Rudolf Hess voló a Gran Bretaña?

5. ¿Escapó Hitler del búnker?

Conclusión

Fuente: Introducción y sumario del libro de Richard J. Evans Hitler y las teorías de la conspiración. El Tercer Reich y la imaginación paranoide (Barcelona, Crítica, 2021)

Portada: incendio del Reichstag la noche del 28 de febrero de 1933

Ilustraciones: Conversación sobre la historia

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