¿Fue también banal Rudolf Höss, comandante de Auschwitz? (Psicobiología de la Maldad)

 La aparente y calculada frialdad emocional del comandante de Auschwitz ocultaba su mayor sentimiento: la ambición del éxito y el poder. No fue un individuo banal, movido por inercia. Supo siempre lo que hacía y conocía muy bien las consecuencias de sus actos, pero asumió el riesgo de llevarlos a cabo convencido de que eso le reportaría grandes beneficios. No fue un simple elemento de un engranaje que alguien mueve desde fuera, pues, aunque nunca reconoció su culpabilidad, era consciente de su responsabilidad en una empresa cuyas consecuencias positivas serían proporcionales a su dimensión “justiciera” y al esfuerzo para realizarla superando debilidades personales.  Sin sentirse responsable de lo que hizo no hubiera podido acreditar los beneficios que esperaba obtener por ello. Si en criminales como Eichmann el mal estaba banalizado, ese no fue el caso del comandante de Auschwitz. La banalización del mal, en definitiva, está lejos de ser una explicación genérica del nazismo.  

 

Ignacio Morgado Bernal

Instituto de Neurociencia de la Universidad Autónoma de Barcelona. Autor de Emociones corrosivas: Cómo afrontar la envidia, la codicia, la culpabilidad y la vergüenza,
el odio y la vanidad (
Ariel, 2018)

 

A las víctimas del terrorismo y la intolerancia                                                                                                          

Entre 1941 y 1944 un millón trescientas mil personas, hombres, mujeres y niños, fueron enviadas al campo de exterminio de Auschwitz: un millón cien mil murieron allí. El 90 % de ellas había cometido un único crimen: ser judíos. Rudolf Höss, un desconocido granjero promovido a oficial de las SS recibió del mismísimo Reichsführer Heinrich Himmler la comandancia del campo y la orden de dirigir el exterminio. Durante más de tres años cumplió su cometido sin que aparentemente le temblara el pulso. En la historia contemporánea no hay ningún otro caso en que un solo hombre haya llevado a cabo semejante fechoría, la que convirtió a Rudolf Höss en uno de los más grandes criminales de la historia.

¿Cómo pudo hacerlo? ¿Cómo puede un ser humano dirigir el cruel exterminio de tantos hombres, mujeres y niños, incluso después de mirar a la cara a muchos de ellos? ¿Era un  loco inconsciente que no sabía lo que hacía? ¿Era  tal vez un sádico, un hombre malvado y cruel o un psicópata que disfrutaba con el sufrimiento ajeno? ¿Era simplemente un lacayo, inculto y sin sentimientos, que sin pensar ni razonar se limitaba a cumplir órdenes? No creo que fuese ninguno de esos personajes. Rudolf Höss era un hombre cuerdo,  con conocimientos y sentimientos, que razonaba con frecuencia sobre su propio comportamiento y el de los demás, y que poseía un cierto grado de empatía. A esa conclusión y a otras que explico a continuación he llegado después de estudiar detenidamente sus memorias y la historia del exterminio, además de haber visitado recientemente el lugar de los hechos: los campos de Auschwitz y Birkenau, a unos 60 Kms al oeste de la ciudad polaca de Cracovia.  Soy consciente de que, en lugar de analizar y estudiar su pensamiento, muchos prefieren cuestionar la veracidad de lo que afirma Höss en sus memorias, catalogarlo como un eslabón más en la cadena de criminales nazis de lesa humanidad y condenarlo al recuerdo exclusivo de la vergüenza humana. No obstante, como psicobiólogo creo  que vale la pena intentar profundizar en la mente  del personaje  y, particularmente,  en lo que considero fue su personal y último esfuerzo por comprenderse  y justificarse, quizá tratando de morir en paz consigo mismo, cuando sabía que no le esperaba otra suerte que la horca, a la que fue condenado en Nuremberg  por el Tribunal Supremo polaco el 2 de abril de 1947. Esa indagación puede ayudarnos a evitar que se repitan las circunstancias por las que  un ser humano puede ser capaz de administrar tanta crueldad.

Un grupo de mujeres y niños esperan en un bosque aledaño al crematorio (foto de la exposición Auschwitz celebrada en Madrid en 2018)
Mi visita a Auschwitz

Me temblaron las piernas cuando en la fría mañana del lunes 7 de diciembre de 2009 me perdí del grupo de visitantes en el que iba y me encontré de repente solo en el interior del bloque 11, el más temido, el bloque de la muerte en Auschwitz. Nadie que allí entraba solía salir con vida en los días del exterminio. Subí lentamente al segundo piso y vi habitaciones con raros instrumentos que supuse eran de tortura. Bajé al sótano y vi celdas de castigo horrorosas, férreas puertas, rudas rejas y gruesos cerrojos para espacios minúsculos, húmedos y oscuros, donde sólo era posible permanecer de pie o en cuclillas. Me sentí especialmente conmovido al subir o bajar las escaleras del bloque tratando de imaginar, con escaso éxito, el horror y la angustia que debieron vivir cuantos prisioneros subieron o bajaron esas mismas escaleras en el tiempo del exterminio. En este bloque se utilizó por primera vez el Cyclon B, el gas venenoso a base de cianuro que acabaría con la vida de millones de seres humanos. En sus memorias, Rudolf Höss atribuye la primera matanza a su sustituto el Standartenführer Karl Fritzsch, que “procedió de la siguiente manera: las diversas celdas y sótanos se llenaban hasta el tope de prisioneros rusos. Protegiéndose con máscaras de gas, se hacía entrar en las celdas el Cyclon B, que producía una muerte inmediata”. Fue una primera prueba exitosa a partir de la cual se decidió emplear ese gas en los futuros exterminios masivos.

Pero ya no se hizo más en el bloque 11 porque “después de emplear el gas, prosigue Höss, había que ventilar todo el edificio por espacio de dos días”. Se habilitó entonces la morgue de un primer crematorio donde se incineraban los cadáveres con puertas herméticas y un techo perforado para la entrada del gas. Poco tardaron en morir allí gaseados 900 prisioneros de guerra rusos. Cuenta Höss que su incineración duró varios días. No es extraño, pues había sólo dos hornos crematorios, todavía hoy intactos, donde los cadáveres iban entrando de uno en uno o por pares mediante una vagoneta lanzadera. Esta morgue es de lo más impresionante que aún queda totalmente en pie en Auschwitz. En su visita se ruega silencio, y en su suelo los visitantes dejan hoy flores, sus oraciones y sus lágrimas.

Entrada principal al campo de Auschwitz II-Birkenau (foto: forgetyounot.otg)

Ese lugar no fue suficiente para el asesinato masivo de judíos que comenzó en la primavera de 1942. Un inmenso campo de exterminio con abundantes barracones y varias cámaras de gas fue instalado en una finca campestre próxima: Birkenau[1]. La película “La lista de Schindler” ha recuperado la memoria visual de ese campo con la imponente fotografía invernal de la vía férrea que condujo los convoyes de miles de judíos hasta su interior,  en cuyos andenes las familias eran separadas y los mejores hombres seleccionados para trabajos en el propio campo o en fábricas de armamento próximas.  Todos ellos, tarde o temprano acababan en las cámaras de gas. El propio Höss lo cuenta así: “Todas las cámaras –cinco en total- se llenaban al mismo tiempo, las puertas herméticas se cerraban con llave y a continuación se introducía el contenido de los bidones de gas letal a través de los agujeros practicados en el techo. Al cabo de una media hora, se abrían las puertas, dos en cada cámara, y los muertos eran retirados y llevados a las fosas comunes en pequeñas vagonetas de un ferrocarril de campaña”. Cuesta creer que todo este trabajo lo realizasen además grupos de los propios judíos que vivían aparte, probablemente con algunos privilegios temporales, pero que al final eran liquidados por el mismo procedimiento. Las fosas comunes pronto no dieron abasto y se comenzó la incineración masiva de cadáveres que proseguía día y noche sin interrupción.

Una vez condenado, Rudolf Höss fue autorizado a escribir sus memorias mientras esperaba la muerte en una cárcel de Cracovia.  De ellas (Ediciones B, Barcelona 2009) hemos extraído buena parte de la información que sigue.

 

En la mente del comandante

¿Era Höss un inconsciente que no sabía lo que hacía? Definitivamente, no. Sus propias memorias en las que describe con especial detalle la historia del campo y sus vicisitudes son la mejor prueba. Además de su explicito y detallado relato de las muertes en las cámaras de gas, alude con frecuencia a “las condiciones infrahumanas en que vivían los internados”, a los “malos tratos y torturas” que se les inflingían, a las “vejaciones colectivas a que eran sometidos”, a “las imborrables impresiones que producen en ellos la arbitrariedad, la maldad y la perfidia” de los “indiferentes o viciosos” guardias encargados de su vigilancia, e incluso al egoísmo practicado muchas veces por los propios compañeros. No es menos consciente y explícito acerca de “las víctimas escuálidas de las enfermedades…los abarrotados edificios del hospital….la mortandad reinante entre los niños“,  los “ensayos de esterilización” con inyecciones o rayos X y “los experimentos con mellizos”, llevados a cabo bajo su mandato.  Nada, por otro lado, en su relato hace pensar que intente negar sus crímenes. Un buen ejemplo es cuando menciona el desespero de algunas mujeres que se ponían a aullar, a arrancarse los cabellos y gesticular como locas durante el desnudamiento que precedía a la cámara de gas. “Entonces –dice Höss- había que cogerlas rápidamente, llevarlas detrás de la casa y pegarles un tiro en la nuca”.

Crematorio IV de Auschwitz-Birkenau, foto del museo de Auschwitz-Birkenau

Aún siendo consciente de todo ello, ¿era Höss insensible al dolor y sufrimiento ajeno? ¿Acaso lo vivía con la extrema frialdad de un enfermo mental? Desde fuera de su piel no es fácil responder a esta pregunta. Lo más sencillo sería derivar la respuesta de su comportamiento criminal y atribuir poca o nula credibilidad a sus no pocas manifestaciones de compasión. Pero en sus memorias Höss hace también otro tipo de comentarios, muchos de ellos filosóficos y más difícilmente rebatibles por falaces, en los que vale la pena detenerse para mostrar su capacidad de penetrar y situarse en la mente ajena, una primera y crítica condición de la empatía psicológica. Desde su atalaya de poder Höss percibía cómo los reclusos privilegiados y los Kapos eran capaces de traicionar a sus propios camaradas para obtener ciertas ventajas y hacer más agradables sus vidas.  “El instinto de conservación –afirma– incita a los hombres a adoptar una actitud tanto más egoísta cuanto más dura es su vida”.  “Con más claridad que en ningún otro lugar –prosigue- la prisión hace aflorar la verdadera naturaleza humana”.  Cuando se fusilaba a un fugitivo, el campo entero debía desfilar ante su cadáver para que sirviera de ejemplo y Höss a menudo se preguntaba “cuáles podían ser las sensaciones que experimentaban los presos durante ese lúgubre desfile”. Más aún, “escrutaba sus rostros atentamente y en ellos leía el sobrecogimiento, la piedad por la desgraciada víctima y la voluntad de vengarse llegado el momento”. Reparaba especialmente en mentalidades específicas, como las de los gitanos o los testigos de Jehová. De los primeros decía “jamás observé en ellos miradas sombrías o rencorosas… y siempre tuve la impresión de que no eran plenamente conscientes de la situación en que se encontraban”. Y reflexionaba, ¿cómo no?,  sobre sus principales víctimas, los judíos. “La mayoría de ellos –dice– ya no se hacían ilusiones: fatalistas, sufrían con paciencia e indiferencia todas las miserias, los sufrimientos y las torturas. En vista de su inevitable fin se volvían indiferentes a todo y su derrumbe moral aceleraba su decadencia física. Habían perdido las ganas de vivir y, por lo tanto, sucumbían ante el menor incidente”.  “Varias veces –dice en otro momento- observé a mujeres ya conscientes de su destino que,  con un miedo mortal en la mirada, todavía hallaban fuerzas para bromear con sus hijos y tranquilizarlos”. Una vez leyó también “el odio en los ojos” de un anciano cuando se le encaró y  le dijo “Alemania pagará cara esta matanza de judíos”.

Los Sonderkommando incineran al aire libre cadáveres de prisioneros gaseados en Auschwitz-Birkenau en agosto de 1944 (imagen: Museo Estatal de Auschwitz-Birkenau/Wikimedia Commons)

Con la misma atención, Höss observaba la conducta de los Sonderkommando, los propios judíos encargados de desnudar e introducir a sus compatriotas condenados en las cámaras de gas.  “Nunca vi  ni oí que ninguno de ellos dijera una sola palabra a las víctimas sobre la suerte que les esperaba. Muy al contrario: trataban, por todos los medios, de tranquilizar a quienes sospechaban algo”, y después, “mientras arrastraban los cadáveres, comían y  bebían. No renunciaban a sus comidas ni siquiera cuando tenían que realizar el trabajo más terrible: incinerar los cuerpos que habían quedado amontonados durante un tiempo en las fosas comunes”.  En una ocasión Höss se dio cuenta de que uno de esos judíos había descubierto a su propia mujer entre los cadáveres y más tarde lo vio comiendo con sus compañeros como si tal cosa.  “¿Habría logrado dominar su emoción…o se había vuelto indiferente a una tragedia como aquella?”,  se pregunta,  y prosigue, “por mucho que lo piense nunca logro encontrar una explicación a su conducta”.  Sorprende además que Höss no sólo estudiara la mente de sus víctimas, sino también la de sus propios superiores, ordenantes de las matanzas.  Cuando el Reichsführer Himmler visitó Auschwitz en el verano de 1942  para inspeccionar el campo y presenciar personalmente el exterminio, mientras se procedía al mismo “estudió disimuladamente a los encargados de  llevarlo a cabo, incluido yo mismo” señala Höss, insinuando el temor de Himmler a que algún sentimiento de debilidad  en los verdugos pudiera comprometer el éxito de la decidida y cruel empresa.

De lo que está mal uno siempre es consciente

Höss actuaba pues como un individuo con gran capacidad para leer la mente ajena,  pero ¿era capaz de dar el siguiente paso de la empatía trasladando a su propio cuerpo los escalofríos y demás reacciones imaginadas en sus victimas para experimentar en algún grado y por sí mismo su sufrimiento? Esta es la pregunta más difícil de contestar.  Me inclino a pensar que tampoco se le puede negar al menos algo de esa capacidad. “Cuando el espectáculo me trastornaba demasiado –dice– no podía volver a casa con los míos. Hacía ensillar mi caballo y, cabalgando, me esforzaba por liberarme de mi obsesión” “A menudo –prosigue- me asaltaba el recuerdo de incidentes ocurridos durante el exterminio; entonces salía de casa porque no podía permanecer en el ambiente íntimo de mi familia” “Desde el momento en que se procedió al exterminio masivo dejé de sentirme feliz en Auschwitz”. Cuando recibió la consigna de suprimir discretamente a los enfermos y los niños llega a decir “nada resulta más difícil que ejecutar tales órdenes fríamente, anulando todo sentimiento de piedad”. En otro momento habla también del terror que le imponía la orden de liquidar a los gitanos, por quienes sentía una especial consideración. Höss era pues consciente del horror que se cometía en su campo pero trataba de mantener a raya cualquier emoción perturbadora: “yo no hacía más que pensar en mi trabajo y relegaba a un segundo plano todo sentimiento humano”. Comentando la orden de exterminio masivo de judíos que recibió de Himmler en 1942, Höss se supera a sí mismo y llega a afirmar “en aquella orden había algo monstruoso que sobrepasaba de lejos las medidas precedentes”, afirmación que no sólo implica razonamiento, sino también juicio sobre las intenciones del nazismo.

Encuentro social en Solahütte, un pequeño complejo de descanso de las SS ubicado a unos 30 km al sur de Auschwitz. En primera fila del grupo, frente al acordeonista que dirige la canción, se reconoce a Höcker, Otto Moll (supervisor de las cámaras de gas), Höss, Baer, Josef Kramer (comandante de Birkenau), Franz Hössler (comandante del complejo de prisioneras en Birkenau) y Mengele (foto: Museo del Holocausto de Buenos Aires, imágenes procedentes del álbum de Karl Höcker, oficial de las SS. )

Insisto en que lo más fácil es negar credibilidad a todas y cada una de sus manifestaciones, pero, ¿por qué iba a tratar de engañarnos un hombre cuerdo y sano convencido de que pronto iba a morir sin que nada ni nadie pudiera evitarlo? Para alguien como él, al que, por todo lo anteriormente mencionado, yo atribuyo capacidad emotiva, debía ser muy duro morir reconociendo su fracaso y asumiendo sus múltiples crímenes. Quizá por eso, cuando escribe sus memorias Höss trata de buscar explicaciones que le convenzan de que había hecho lo que debía y para ello no duda incluso en engañarse a sí mismo. Es como si tratara de morir en paz consigo mismo siendo consciente de que no puede hacerlo en paz con el resto de los humanos: “Respecto a que el gran público continúe considerándome una bestia feroz, un sádico cruel, el asesino de millones de seres humanos: las masas no podrán tener otra imagen del excomandante de Auschwitz. Nunca comprenderán que yo también tenía corazón...”, son las últimas palabras de sus memorias.

 

¿Quien fue entonces Rudolf Höss?

En mi opinión, Höss era un individuo cuerdo e inteligente, con  gran reactividad emocional, el componente más heredable de las emociones, el que determina no los sentimientos que tenemos pero sí la fuerza que pueden llegar a tener. Por decirlo en términos científicos, Höss tenía un cerebro emocional capaz de reaccionar con intensidad ante estímulos relevantes de su vida.  Pero esos estímulos y su valencia no los determina la herencia genética, los determinan las experiencias y la educación que hemos recibido. De ellas depende el código de valores que guía el comportamiento de una persona. Aunque nadie nace siendo Jack el destripador o la madre Teresa de Calcuta, las experiencias que vivimos y la educación que recibimos  pueden convertir a un hombre con gran reactividad emocional en un ser profundamente altruista o en el mayor asesino de la historia. Desde muy joven Höss vivió experiencias intensas, como su deseo de ser sacerdote, su pronta orfandad, su participación como soldado en el frente turco de la primera guerra mundial o sus años de cárcel tras haber sido cómplice de un asesinato. Estas y otras experiencias le hicieron comprender la naturaleza y condiciones del sufrimiento humano, pero el ambiente en que se crió, el militarismo prusiano y la educación nazi  que recibió y a la que él mismo se sometió al ingresar en las SS le hicieron concebir también sentimientos muy poderosos de orgullo y grandeza, sentimientos insuperables por los que valía la pena pagar incluso el alto precio del sacrificio de millones de personas consideradas culpables de atentar contra su Patria.  La Alemania victoriosa sería la dueña del mundo y él, uno de los principales artífices de tal victoria. El mismísimo Adolf Hitler lo sentaría a su lado. Las visitas, elogios y halagos que recibió en sus diversos encuentros con su principal superior el Reichsführer Himmler acrecentaron y potenciaron esos sentimientos. “Yo era un adepto fanático del nacionalsocialismo –decía- y estaba convencido de que nuestro ideal penetraría en todos los países y acabaría por triunfar una vez adaptado a las peculiaridades locales; así se terminaría con la supremacía judía”.

Rudolf Höss con su esposa y sus cinco hijos (foto: infobae)

La propia educación nazi, en la que la  compasión y la solidaridad eran signos de debilidad mental,  le enseñó y obligó a reprimir  y controlar la expresión de sus emociones,  y ni siquiera las dudas que a veces tuvo sobre sus propias convicciones le apartaron de su trascendente” misión:”Me debatí mucho entre la convicción personal y la fidelidad al juramento que había prestado a las SS y al Führer. ¡Cuántas veces me pregunté si tenía derecho a desertar!” Höss pudo tener en ocasiones sentimientos compasivos respecto a sus víctimas, pero esos sentimientos nunca sintonizaron con sus convicciones y razonamientos ideológicos nacionalsocialistas, cosa que si hicieron sus otros sentimientos de orgullo y poder. La constancia en un determinado comportamiento viene determinada por el acoplamiento o sintonía entre las razones y los sentimientos que tienen las personas, y fue precisamente la sintonía entre sus sentimientos de grandeza y sus razones ideológicas nacionalsocialistas la que, en mi opinión, mantuvo la conducta criminal de Höss durante los años en que dirigió el exterminio. ¿Le fue fácil asumirlo?  No pretendo provocar a nadie, pero, tratando de penetrar en la mente de uno de los mayores criminales de la historia no puedo dejar de pensar que incluso las personas que nos consideramos compasivas y honestas somos capaces de aceptar el sufrimiento ajeno cuando creemos que es merecido o tiene utilidad.  Piense el lector en quienes aceptan la pena de muerte, o en la más común aceptación de la no mucho menos terrible cadena perpetua para determinados criminales. ¿Acaso no fue un sentimiento semejante aunque de mayor escala el que urdió la mente de Höss para aceptar la muerte cruel de millones de personas?: “Como nacionalsocialista viejo yo estaba firmemente convencido de la necesidad de los campos de concentración. Había que poner bajo severa custodia a los enemigos del Estado”.

 

¿Fue feliz el tirano?

Esta vieja cuestión filosófica, aplicable ahora a Höss, no puede ser resuelta en términos absolutos. El bienestar de una persona es siempre una cuestión variable, en grado y en tiempo. Höss debió vivir grandes y felices momentos en su vida, especialmente cuando el ejército alemán conquistaba territorios y él era reconocido y halagado por sus superiores, pero sus últimas reflexiones ante la muerte inminente nos hacen pensar que no siempre lo pasó bien cuando dirigía el exterminio y meditaba sobre su propia conducta, por no hablar de sus pensamientos cuando el sentido de la guerra cambió y empezó a percatarse de la posible derrota del ejército alemán. Posiblemente es  mucho más lo que Höss nos oculta que lo que nos dice en sus memorias sobre sus propios sentimientos, particularmente los que pudieran relacionarse con el sentido de culpabilidad por sus crímenes, algo cuya total ausencia cuesta de creer en alguien con su capacidad para leer las mentes ajenas y reflexionar sobre sus contenidos.  Pero es que cuando se llega tan lejos como Höss llegó en Auschwitz, la marcha atrás es imposible: o se encuentra justificación a lo hecho o se corta uno mismo el cuello. Höss optó por  lo primero, pues en el fondo era un cobarde, como lo demuestran sus mencionadas dudas sobre una posible deserción y algo que pudo ser una gran mentira: su explicación de que perdió las cápsulas de veneno con las que, llegado el caso, pensaba suicidarse junto a su familia.  La posesión misma de esas cápsulas bien pudiera considerarse una prueba a añadir a su sentido de culpabilidad.  En mi opinión, quien es consciente del mal que hace, y Höss lo era, nunca puede disfrutar de pleno bienestar. La felicidad del tirano puede ser intensa en muchos momentos de su vida, pero es siempre frágil y mucho más vulnerable que la del hombre honesto que respeta a sus semejantes.

Rudolf Höss frente al patíbulo en abril de 1947 (foto: archivo La Vanguardia)

La aparente  y calculada frialdad emocional de Höss ocultaba su más intenso sentimiento: la ambición del éxito y el poder. No fue un individuo movido por inercia. Supo siempre  lo que hacía y conocía muy bien las consecuencias de sus actos, pero asumió el riesgo de llevarlos a cabo  convencido de que eso le reportaría grandes beneficios. No era un simple elemento de un engranaje que alguien mueve desde fuera, pues, aunque nunca reconoció su culpabilidad, era consciente de su responsabilidad en una empresa cuyas consecuencias positivas serían proporcionales a su dimensión “justiciera” y al esfuerzo para realizarla superando debilidades personales, que las tenía, aunque no las manifestara.  Sin sentirse responsable de lo que hizo no hubiera podido acreditar los beneficios que esperaba obtener por ello. La alegación de puro sentido del deber, al margen de esos beneficios, quizá fue simplemente una patraña del verdugo para justificarse ante el mundo y, sobre todo, ante sí  mismo. Höss,  en definitiva, fue un hombre inteligente, con un cerebro emocional suficientemente reactivo para ser educado en cualquier fanatismo, aunque el de su tiempo y su mundo fue el nazi. En su juicio de Nuremberg no tuvo reparos en declararse un hombre profundamente religioso –religión nazi,  pudo haber dicho-, siendo el mejor ejemplo de cómo una determinada educación ideológica, cuando cae en el terreno predispuesto por la biología, es decir, en individuos con acusada reactividad emocional, puede originar comportamientos criminales que incluyen el miserable derecho de liquidar a otros seres humanos. Desgraciadamente, ese tipo de  ideología y de individuos siguen siendo parte de nuestra avanzada sociedad.  Una educación temprana y continuada en valores universales, cívicos y morales será siempre el mejor antídoto contra ese mal.

Agradecimientos: A Victoria Camps y demás componentes del XVIII Seminario de Filosofía de la Fundación Juan March. A mis amigos tertulianos de El Café de la Academia de Barcelona. A Tina, mi más fiel y crítica lectora.

[1] El lector puede conocer todavía la impresionante estructura espacial de Birkenau si visualiza en internet (Google maps)  la zona del campo en la proximidad y al oeste de la ciudad polaca de Cracovia.

Fuente: «Rudolf Höss, Comandante de Auschwitz ¿Cómo pudo hacerlo?», Claves de la Razón Práctica, Octubre de 2011

Portada: Rudolf Höss con Richard Baer (tercer y último comandante de Auschwitz) y Josef Mengele (uno de los doctores del campo) (Museo del Holocausto de Buenos Aires, foto procedente del álbum de Karl Höcker, oficial de las SS).

Ilustraciones: Conversación sobre la historia

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