Eloy Fernández Clemente

Catedrático jubilado de Historia económica.
Universidad de Zaragoza

 

 

 Notas de lectura  del libro de Manuel Moreno Alonso: “Ramón Carande. La Historia y yo”. Urgoiti editores, Pamplona, 2020. 640 páginas.

 

¿Qué pensaríamos de un joven que, nacido en 1887 en un pueblo castellano cerca de Carrión de los Condes, visitó en el Palacio de Castilla, en París, a la desterrada Isabel II, asistiendo también a su entierro; en Berlín, donde fue becado de 1903 a 1905, vio en tres ocasiones al Káiser; en septiembre de 1910 llevó a Galdós una carta de Turgueniev; que al año siguiente vio pasar a Lenin, “cuando pocos sabían de su nombre en España”; que “Pablo Iglesias confió en él para que llevara a Alemania una carta con destino a su correligionario, jefe de la socialdemocracia, Augusto Bebel” a quien encontraría en su casa con Karl Kautsky y Rosa Luxemburgo; que se entera del atentado de Sarajevo en la estación del Norte de París, camino hacia Inglaterra, a donde va por consejo de Castillejo que está allí (y con quien visitará a Kropotkin)?

Pensaríamos, quizá, que el personaje pertenece a una novela histórica, o de aventuras. Casi. Porque para los historiadores españoles de casi todo el franquismo y la transición, Ramón Carande es una leyenda, testigo y espectador de casi todo el siglo XX. Un gran historiador que no lo fue de formación ni profesión, sino catedrático de Economía Política y Hacienda pública. Pero será el iniciador más destacado en la Historia Económica en una época en que esta apenas era estudiada en España.

El autor de este libro es un veterano catedrático de Historia contemporánea en la Universidad de Sevilla donde el profesor Carande sentó sus reales en la última mitad de su casi un siglo de vida. Él, llevado por la admiración, aunque no llegó a tratarle, publicó en 1972 la primera reseña de su “Sevilla, fortaleza y mercado” y nos dice que “la investigación realizada no es tanto una biografía como, en puridad, un libro de historiografía encarnada pensado para historiadores”. Mucha labor de archivo, conversaciones con quienes le trataron, la biografía ilustrada de su hijo, lecturas, cartas (enorme correspondencia en cantidad y calidad: se guarda la que recibió, no la que escribió), y un entorno cultural, académico y político acaso excesivo, porque hombre de muchos grandes amigos no era preciso contarnos vida y milagros de estos para complementar la con frecuencia apasionada biografía.

Ramón Carande en su juventud (foto: Diario de León)
Un hombre de la Institución Libre de Enseñanza

Su formación personal estuvo marcada por estudios en Palencia, Carrión, Reinosa, Santander, Gijón, París, Alemania, Madrid… y Sevilla, su gran nido. En Santander, en el bachillerato, fue condiscípulo de León Felipe; en Madrid, en Derecho, de Vicente Aleixandre; en el doctorado le agradó Azcárate; y fue su gran revelación, Giner de los Ríos, y tuvo gran amistad con Manuel Bartolomé Cossío y José Castillejo, una de las personas que más le influyeron. Con ellos, pronto fue afecto a la Institución Libre de Enseñanza, lo que era, nos dice Moreno Alonso, sinónimo de krausista y republicano; tachada por sus enemigos de ser opaca y nutrirse de ayudas mutuas, su “obsesión contra el sistema de la Restauración adquirió en ellos ribetes patológicos, sin que en no pocos casos, sin embargo, su forma de actuar en el campo intelectual no estuviera exenta de politiquería también oligárquica y caciquil”. Ay.

Paseante por tertulias, su oxígeno social, conoce más o menos de cerca a Cajal, Valle Inclán, u Ortega, a Unamuno, a Otero Pedrayo. Doctor en 1910, ya puede aspirar a una beca de la JAE para viajar por Europa. Su tesis, sobre la naturaleza económica del trabajo, fue según Velarde “ese raro documento que se ha de unir al conocimiento serio de la economía marxiana por los españoles”. La admiración por Alemania, acrítica, le llevará allí varias veces, como estudioso. Era tradición tener como destino la ciudad donde enseña el profesor buscado. En Berlín (donde comparte pensión con Bosch Gimpera) conoce a Sombart, va a sus clases, que le fascinan, y a las de Simmel, Cassirer, Adolf Wagner y Schmoller.

Si en el citado posterior viaje a Inglaterra en 1914 pretenderá conocer a los fabianos, un tipo de socialismo “más flexible y atractivo que el español”, ahora regresará de Alemania “con todos los caracteres propios de un socialista de cátedra”. Se había afiliado a la UGT en 1910, y en 1915 participó en el Congreso del PSOE y se sumó a la fundación de la Escuela Nueva por Núñez de Arenas, dio conferencias junto con Ortega, Fernando de los Ríos, Besteiro, Araquistáin, Américo Castro, Marañón; Luzuriaga, Salinas… y firmó con otros una carta en El Socialistapara que España volviera a abrir la puerta a los judíos”. Ya tenemos casi el perfil.

Antonio Flores de Lemus (1876-1941)(foto: revista Extoikos)

A partir de 1914 conoció y “comenzó a trabajar bajo la dirección de Antonio Flores de Lemus –don Antonio- su maestro y mentor”, “la persona a la que más debía en el mundo después de sus padres”. Formará parte del grupo que integran en su entorno Viñuales, Gabriel Franco, Rodríguez Mata, Olariaga, Valentín Andrés. De Flores recibe enseñanzas y protección, consejos, y “el apoyo necesario para obtener la cátedra en 1916”, de Economía Política y Hacienda Pública de la recién creada Universidad de Murcia. Carande recordará imprudente: “Mi desconocimiento de la Economía era casi suicida; pero Flores, como luego sucedería con el Opus, formulaba los tribunales de Economía. Hacía y deshacía a su antojo”. Pero también le enseñó a trabajar y hacerlo en firme.

Catedrático en Murcia, trasladado a Sevilla

En Murcia coincide con dos grandes poetas: Pedro Salinas y Jorge Guillén, luego colegas en Sevilla. En 1916 llega a España Sarrailh, profesor y luego director del Liceo francés; también Marcel Bataillon, que habrá de regresar a combatir. En su trato con ellos y otros, “con toda seguridad Carande fue moderando sus simpatías germanófilas por la oposición de sus amigos proaliados”. Desde diciembre de 1917 en que nace El Sol, escribe allí de temas hacendísticos y económicos. En la primavera de 1918, “al tener noticia de su reclusión en Cartagena, Carande visitó a Besteiro y a sus correligionarios Largo Caballero, Anguiano y Saborit, y mantuvo una larga conversación con los penados” por la huelga general del año anterior.

En cuanto a su percepción de la Revolución Rusa, cuando en 1971 una editorial barcelonesa le pide un prólogo a un libro de Trotsky, advierte de sus ideas: “el comunismo (a diferencia del régimen soviético) puede ser compatible con el pleno respeto de los derechos humanos”, pero cree que el régimen soviético “no tiene derecho a llamarse república democrática”.

Se traslada a Sevilla a fines de 1918. Salinas y Guillén le ayudarán a hacerse a la ciudad y a la Universidad; también Juan de Mata Carriazo, Demófilo de Buen, Felipe Sánchez Román, José María Ots, Manuel Giménez Fernández, Ramón Xirau, el archivero José Ignacio Mantecón. Dirige el Ateneo Francisco Rodríguez Marín. Entre sus alumnos, futuras figuras políticas: Javier Conde, Gamero del Castillo, Carlos Ollero. Descubre el atractivo de los archivos. Asiste a varias tertulias de universitarios, pero “vivirá su mundo, apartado de los ‘señoritos’ y de los festejos populares. En el exclusivo Círculo de Labradores conoce a Belmonte, aunque él es de Joselito… y hasta 1960 “no llegó a entrar en la casa de ningún noble”. Se casa con la joven de 21 años María Rosa de la Torre Millares, hermana de Claudio de la Torre y prima de Agustín Millares Carlo, que será el padrino. Por Sevilla pasan Obermaier, Marie Curie, Unamuno, y Ortega, a quien acompaña una semana, en 1920.

María Rosa de la Torre Millares, con raqueta, a la izquierda (imagen: europeana.eu)

Vuelve a Alemania, en 1921-22, para ampliar su conocimiento de Paleografía y Diplomática, en tres trimestres, ve y escucha en Munich a Brentano (allí está José Antonio Rubio Sacristán), en Berlín a Sombart y Meinecke (Josep Plá, corresponsal de prensa, es “amigo de don Ramón probablemente desde entonces”), y en Friburgo a Finke y von Below (y conoce a Antonio y Mercedes Ballesteros, Zubiri y Manuel de Torres). A su regreso en 1923 visita todo tipo de archivos, de los de Indias y Simancas a municipales, catedralicios, de protocolos, etc.

Viaja con frecuencia a Madrid, asiste a la tertulia de la “Revista de Occidente”, en la que escribe alguna vez. También, ya en plena Dictadura, cuando se crea en 1924 el “Anuario de Historia del Derecho Español” que dirige Claudio Sánchez Albornoz con Ramos Loscertales, Galo Sánchez, y Ots, colabora con reseñas de libros que le hacen ser considerado “una de las voces más autorizadas del germanismo historiográfico español”. Y allí publica en 1925 su primer trabajo de entidad, luego libro famoso: “Sevilla, fortaleza y mercado”. Pero se siente marginado en la toma de decisiones, y frente a Eduardo Ibarra, para entrar en el grupo apoya sin éxito a Altamira (aunque se permite Moreno decir que éste “contribuyó poco a la investigación histórica”).

En 1930 acepta ser Rector de la Universidad de Sevilla, apenas un año: de marzo hasta marzo de 1931, “a pesar de las implicaciones políticas”, que procuró eludir. Son catedráticos en Letras Diego Angulo (Arte), Mata Carriazo (Hª de España) y Jesús Pabón (Hª universal). Trae a Derecho a su amigo Rubio Sacristán. Activo, acude a actos de las élites, da una conferencia en la FUE, participa en la Semana Santa. Son años pacíficos, de lecturas y amistades.

Retrato de Ramón Carande por Manuel Álvarez Fijo por Gustavo Bacarisas (1930), copia de Manuel Álvarez Fijo conservado en la galería de retratos de rectores de la Universidad de Sevilla (foto: lasevillaquenovemos.com)
La II República

Marcha a Madrid en abril de 1931, parece que antes de proclamarse la II República, en que “de la noche a la mañana, en plena apoteosis popular, al país pasó a ser gobernado en buena medida por la ILE y por los ateneístas”, apunta Moreno. “Eminencias de la Filosofía, las Letras, la Medicina o el Foro, recibidas y agasajadas alguna vez por su Majestad, se erigían ahora en paladines de la República. Todos se hicieron republicanos”. Arriesga: “Es presumible que Carande votara por la República”, y sí seguro que perteneció a la Agrupación al Servicio de la República que lideraban Ortega, Marañón, López de Ayala y Díaz del Moral. En 1974 reconocería que “no le disgustó el triunfo de la República, pero tampoco le entusiasmó”. Y eso que de inmediato fue nombrado consejero permanente de Estado con destino a Hacienda y Economía, lo que le facilitó conseguir la excedencia de la cátedra de Sevilla.

A partir de ese momento, calcula el biógrafo que se produjo “la llegada de una oleada de pretendientes de cargos… Se hicieron más de doce mil nombramientos de nuevo cuño al tiempo que se produjeron más de tres mil cesantías, mientras se hablaba de los ‘enchufes’ y se fustigaba a los ’enchufistas’” algo, se nos dice, criticado por Azaña. A quien, por cierto, incluso en el franquismo, recomendó siempre leer. Y quien, en 1932, le ofreció ser ministro de Comunicaciones, lo que declinó Carande. Como también, en ese noviembre, contrariado por no seguir el gobierno un dictamen suyo, renuncia al Consejo de Estado a la vez que entra en la nómina del Banco Urquijo donde estará hasta 1939, siendo consejero de CAMPSA, Ferrocarriles del Norte y otras empresas, junto con Juan Lladó y, tiempo después, Muñoz Rojas.  

La Libertad, 12 de noviembre de 1932

Fue de nuevo asiduo de las principales tertulias culturales y aun políticas, “espectador privilegiado del derrotero seguido por la República en materia económica”. Y también en lo cultural, al crearse en agosto de 1932 la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, de cuyo Comité de Estudios forma parte, tratando a los grandes intelectuales del momento: Flores, Menéndez Pidal, Américo Castro, Sánchez Albornoz, Ortega, Zubiri, Salinas… y muchos extranjeros como Vossler, Bataillon, Hamilton, Sarrailh, etc.

Se nos dice que “los de la República fueron años de sequía en el campo de la historia” que se ciñe a “centelleo intelectual pero de escasa producción historiográfica”: síntesis y manuales, y a punto de cerrarse la Escuela de Estudios Árabes. “No es exagerado decir que entre 1931 y 1936 no se publicó ninguna obra de primer nivel sobre asuntos históricos”. (No parece necesario oponer una larga lista). Ni siquiera Carande, aunque recorre muchos archivos de todo tipo, acompaña en 1933 junto con Flores y Viñuales a Sombart en su viaje a Madrid, Toledo y El Escorial; acoge al joven Hamilton y reseña su “American Treasure..:” Da una serie de conferencias de economía en la Facultad de Derecho de 1932 a 1936, junto al grupo de Flores. Y también en su antigua Universidad de Sevilla, a la que pide volver. Todo ello salpicado por viajes a Bélgica y Francia, en 1934 y 1935. Asiste en Salamanca ese año a la última lección de Unamuno, un acto lleno de autoridades. Es la amistad, a la que rinde culto.

Salamanca, septiembre de 1934: homenaje a Unamuno con motivo de su jubilación (imagen: salamancartvaldia.es)
La locura de la guerra

Bajo ese epígrafe, Moreno Alonso explica: “El gobierno perdió el control de la situación, dejó de aplicar la ley, y la rebelión militar tuvo el paradójico efecto de desencadenar lo que trataba de evitar: el estallido de la revolución”. Un negro panorama: “aquella República que llegó con la promesa de reformar radicalmente la política y la sociedad española, dio paso al periodo más siniestro de la historia contemporánea de España”… El 18 de julio de 1936 le coge en Madrid. “Como era de prever, don Ramón no tardó en ser detenido y llevado a declarar a la Dirección General de Seguridad a finales de julio de 1936. Gracias  a Juan Lladó,  Carande pudo salir del calabozo”. Pero ocurrió un gran desastre: “el material reunido por don Ramón durante estos años desapareció a comienzos de la guerra, cuando fue ocupada su casa de Madrid… y las familias allí instaladas fueron quemando cuanto encontraron para calentarse en el invierno. De los tres mil documentos no quedó ni rastro”.

Paradoja, porque “mientras, en Sevilla, según le dijo el portero de su casa, fueron a buscarle a la semana del alzamiento”. Eran los sublevados, allí triunfantes. Será, pues, “español de las dos Españas, tratado con hostilidad en los dos bandos de la guerra”…: “conoció de cerca los desmanes revolucionarios y la depuración de muchos de sus amigos”. Salen de Madrid Flores de Lemus, Millares… “Carande terminó refugiándose (junto con Menéndez Pidal, Ballesteros y Fernández Almagro) en la Embajada de México, donde pasó los meses de verano y otoño de 1936”. De allí fue a una pensión en la calle de Alcalá, para finalmente ser acogido por José María de Cossío en su casita de la Ciudad Jardín, si bien “salvo puntuales momentos de peligro, Carande debió moverse por Madrid con relativa libertad” (aunque en agosto de 1937 fue detenido varios días). Allí permanecerá hasta el 9 de abril de 1939 en que regresa a su casa destrozada, y quema toda su correspondencia en la que una sola carta de Azaña es un riesgo mortal: “nada saciaba el odio de los vencedores”.

Ángel González Palencia (1889-1949)(foto: rae.es)

Cuánto miedo debió de acumular, y cuánto tuvo que hacer, para salir indemne del nuevo Régimen, porque ya en 1937 la Junta de Burgos le había separado de la cátedra, dado de baja en el escalafón, e “inhabilitado para cargos directivos y de confianza”. En la comisión depuradora, que preside Rocasolano, está su amigo del CEH Ángel González Palencia, que le echa una mano en el pliego de cargos, anotando: “era competente y buen profesor, pero tipo clásico de los intelectuales. Mimado por las izquierdas y favorecido con altos cargos por la Republica”. Su mujer consigue en 1937 acceder a la zona nacional y el apoyo de Pedro Sáinz Rodríguez, Fernández Almagro y Ballesteros Beretta.

En el bando sublevado, sus tierras en Extremadura son sometidas a un proceso de incautación, y “su familia en su pueblo de Almendral, intentando hacer frente a las pretensiones de las autoridades falangistas” de requisar el trigo de sus propiedades, y hacerse con su dehesa “Capela”. Tras la guerra, “la hacienda se la devolvieron… gracias al apoyo del general Queipo de Llano«. No así la cátedra, en la que, por decisión del ministro de Educación Nacional, Ibáñez Martín, había sido depurado y excluido. Comienza una larga batalla.

Un rehén del franquismo

Por Gonzalo Anes se sabe que contempló desde la balconada del Banco Urquijo el desfile de los vencedores el 19 de mayo de 1939”. Un sobrino suyo, Javier Martínez de Bedoya, que casará con la viuda de Onésimo Redondo, le logra un documento de identidad en el Ministerio de Gobernación. Sus amigos afectos a los vencedores le consiguen la firma de Franco nombrándole consejero nacional de FET y de las JONS. Pero él insiste en sus posturas y lleva a su hijo Bernardo Víctor al Colegio Estudio, dirigido por Jimena Menéndez Pidal. Nada que ver.

Javier Martínez de Bedoya (1914-1991) (foto: monumentonesimo.blogspot.com)

Son angustiosas las noticias, desgranadas, de tantos amigos exiliados, muy superior a los que se quedan. Porque “… los vencedores no perdonaban la actitud de superioridad de los miembros de la ILE respecto de los profesionales no institucionistas, que desde tiempo atrás fue fuente de agravios y odios”.  Y, como dirá Sáinz Rodríguez, primer ministro de Instrucción Pública de Franco “sobre los hombres de la Institución pesaba en gran parte la culpa de que España haya llegado a esta tragedia”; añadiendo que “la masonería había dominado por completo nuestra Instrucción Pública”.

Era preciso sortear la situación, “por lo que para salir airoso y sobrevivir, no tuvo más remedio que vestir la camisa azul, como hicieron tantos compañeros y correligionarios”. Era el “uniforme de la Falange –convertida en un refugium pecatorum de descarriados y conversos”. Con ello logra que, en principio, a 7 de noviembre de 1939 el Ministerio resuelva “la confirmación en su cargo con todos los pronunciamientos favorables”. Pero eso no funciona, ni cuando García Valdecasas le nombra jefe de Economía Nacional en el Instituto de Estudios Políticos que dirige (acepta y escribe en el nº 1 de su Revista, pero le urge dimitir al año siguiente, aunque seguirá haciendo reseñas de autores alemanes); y Salvador Merino nombra al “camarada” Carande “asesor de la Delegación de Sindicatos”. Una semana después lleva a hombros el féretro de José Antonio Primo de Rivera, en el último tramo desde Alicante al Escorial. ¿Qué más hace falta?

Hay en esa historia un enemigo grande: Ibáñez Martín, que paraliza el expediente para concederle una cátedra a concurso, con Carande como único aspirante: Moreno explica que “todo se debía a pura obcecación personal del ministro de Educación, que odiaba a la ILE y sabía que Carande era un reconocido miembro, a lo que es posible que se añadiera algún viejo agravio o resentimiento personal” (él apoyará a fondo al Opus Dei…). También le vetaba ser académico de la Historia.

Pero las presiones arrecian e Ibáñez no sabe qué más añadir: en julio de 1945 se le devolverá la cátedra, abandonada en Sevilla diez años antes. Han cambiado las cosas: Castiella, decano de la nueva Facultad de CC. Políticas y Económicas, le ofrece una cátedra de Historia económica, que no acepta, aunque suponía quedar en Madrid, y el apoyo de colegas como Olariaga, José Larraz y Valentín Andrés, ya que Flores ha fallecido en 1941. Y publica en “Escorial”, que dirigen Laín y Ridruejo y, mejor, en “Moneda y Crédito”, creada en 1942.

Ya en el verano de 1940, antes de tener resueltas las cosas, la familia Carande regresa a Sevilla, sede de varios archivos importantes, comenzando por el de Indias; y viajará a Simancas y a cuantos más haga falta. Está llegando su momento, superados con esos que luego se nos presentarán como “trucos” de supervivencia. Y se confirman las leyendas en torno y sus aparentes contradicciones.

Investidura de José Ibáñez Martín como doctor honoris causa por la Universidad Pontificia de Salamanca, en 1966. De izquierda a derecha: Mauro Rubio Repullés (Obispo de Salamanca y Gran Canciller de la Universidad), Tomás G. Barberena (Rector de la Universidad Pontificia), Angel Herrera Oria (Cardenal de la Iglesia de Roma) y José Ibañez Martín (imagen: filosofia.org)
Carlos V y sus banqueros

A fines de 1943 se edita por Revista de Occidente el primer tomo de una obra decisiva: Carlos V y sus banqueros. La vida económica en España en una fase de su hegemonía. Ha tardado en encontrar editor, la censura se retrasa, y al fin sale. “Será la primera gran obra de Historia económica española, una especialidad inexistente en el país, y aun poco cultivada en el extranjero” … “aún demasiado fiel a Colmeiro, con escasas referencias a la bibliografía existente y ninguna a las fuentes documentales” [luego se explica ese error].  .. “A partir de 1943 Carande se convirtió, pues, en un punto de referencia de la historiografía española dentro y fuera de España”. Lo dedica a una larga lista de amigos, otros tantos le homenajean en Sevilla, le reseñan Fernández Almagro o el catedrático de Harvard A.P. Usher, en la Economic History Review. Le escribe Ortega muy elogioso. Y más tarde, Sáinz Rodríguez.

Él tiene la humorada de mandárselo al ministro de Educación, Ibáñez Martín: “Gracias a la manía que usted me tiene he podido escribir este libro”. Pero éste, feroz baturro, cuando en 1945 le elijan académico de la Historia, impedirá con su veto la posesión hasta 1948… y se retrasa a diciembre de 1949, cuando ya ha sacado, poco antes, su segundo tomo, ahora editado por la Sociedad de Estudios y Publicaciones, con 3.000 ejemplares, mala distribución, pero buenas reseñas (por ejemplo, Lapeyre en los Annales, desde donde Braudel dice no lo ha recibido y le envía su Mediterráneo; se lo manda a Hamilton). Antes, en octubre del 48, da el discurso inaugural del curso en Sevilla… (“La lúcida obstinación del Cajal”) presidido de nuevo el acto por el ministro Ibáñez.

Carande sigue imperturbable. Hace amistad con el cardenal Segura, con el que coincide en Alhama de Aragón; viaja a París, y luego por media Europa de posguerra da conferencias; en Roma “es recibido y bendecido por Pío XII”… y en Florencia reencuentra a Federigo Melis el creador del Instituto Datini de Prato; amén de cinco semanas en los Archivos de Viena Se escribe con Sánchez Albornoz, contesta a Valdeavellano que ingresa en la RAH. Ha ido sabiendo de la muerte en el exilio de Fernando de los Ríos, Altamira, Salinas, y dentro de Ramos Loscertales, Elías Tormo. Brenan le dice cuánto le estiman en Oxford y Cambridge.

Ramón Carande en el exterior del Archivo General de Simancas, en la primera mitad de los años 50 (foto: web del Archivo General de Simancas)

Sus clases, se le censuran, son arbitrarias, de formas poco pedagógicas, fuerte carácter, genio, contradictorio. Al fin terminan cuando se jubila en 1957, reconociendo en el acto su deuda con Giner y con Flores de Lemus. Se le valora y mucho: “pertenece a la estirpe de los grandes historiadores, uno de los pocos aceptados en el extranjero”. De “fino y ocurrente sentido del humor”, “estilo y señorío espiritual”, prodigiosa memoria “estilo de escritor de la mejor tradición barroca”.

Reflexiona el biógrafo: “En el fuego cruzado entre los estudiosos de la cultura española durante el franquismo, con polémicas casi militarizadas propias de contendientes, no se ha analizado con serenidad y rigor el papel de la historia y de los historiadores en esos años, incluidas sus opiniones personales”. Lo cual, tras dos décadas de estudios historiográficos en Zaragoza (Carreras, Forcadell, Ignacio Peiró, Pasamar, Marín Gelabert, etc.) resulta una afirmación más que audaz.  Aunque reconoce la labor de Castro y Albornoz fuera, y algunos dentro (Jesús Pabón, Díez del Corral,  Maravall, Menéndez Pidal que muere en 1968; Gómez Moreno, en 1970; Ballesteros y Bustamante; Fernández Almagro; Valdeavellano; Domínguez Ortíz, Vicéns Vives, Caro Baroja, Camón Aznar), y no niega nivel, niega que se haya estudiado. E insiste: “el cultivo de la ciencia histórica y el nivel alcanzado en los ‘años de plomo’ del primer franquismo no ofrece duda alguna de que fue superior al logrado durante la República”. Porque en ella estaban todos ocupando cargos, aduce…

Ramón Carande con Manuel Clavero (foto: Diario de Sevilla)
Honores y agasajos

Presidente de la Comisión que celebra en París el IV Centenario de la muerte del Emperador; Doctor Honoris Causa en Lille, 1960; en 1967, “en los mejores momentos del franquismo”, sale publicado el tercer volumen. Hay unanimidad en reconocerle, al profesor y al investigador que culmina así su obra, la independencia de criterio, el rigor intelectual, la curiosidad insaciable y el espíritu crítico y liberal”. Y es aceptado y ensalzado por aquellos, “desde Gonzalo Anes a Josep Fontana que ven en Carande al maestro que no han tenido”. Pero no simpatiza con otros, como Tuñón de Lara, “ese historiador que ahora bulle tanto”.

Pero la Transición le cogerá ya cansado, aferrado a su humor, “su ironía, su arte narrativo, sus filias y antipatías, su seriedad sin poner cara de comendador y, por supuesto, sus apetencias intelectuales y morales”. Ciertas asperezas y arrogancias, porque “su fascinante personalidad gira en torno a un ego, desmesurado en no pocos aspectos, que como genio y figura arrastra de por vida”. Antonio Díaz Cañabate recordaría: “Carande es un hombre de estos que parecen adustos y no lo son, sino al contrario: cordiales, afectuosos. Auténtica cordialidad y, por lo tanto, exenta de efectismos y aspavientos”. De ese carácter y esa experiencia vital extrae un libro muy curioso: “Galería de raros”, de 1982; le entusiasman los tertulianos ágrafos. Se deja querer por discípulos y amigos. Y aunque tarde, reacciona la democracia y en 1985, a los 98 años, recibe el Príncipe de Asturias.

Ramón Carande recibe el premio Príncipe de Asturias de 1985 del entonces príncipe Felipe (foto: Diario Palentino)

Carande muere el 1 de septiembre de 1986, con casi cien años, y al día siguiente El País publica un artículo de Caro Baroja: “Con don Ramón se me va -también a España entera- el último representante de una generación… que fue admirable por muchos conceptos, pero a la que le tocó el sino de vivir en la plenitud las horas más amargas que cabe imaginar. Don Ramón, dentro de generación semejante, se destacaba, sobresalía por su personalidad no sólo intelectual, sino también física y ética. Difícilmente cabe imaginar un hombre más completo”. Le escuchábamos con deleite; le leíamos emocionados, comprendiendo lo que ahora debíamos explicar a los alumnos.

Al año siguiente de su muerte, organizado por Josep Fontana y Francisco Comín, se le dedica un homenaje desde la Historia económica, su gran deudora, en la revista Hacienda Pública española.

Con lo dicho y lo que viene, no le hacía falta al autor rellenar esta biografía, documentadísima, -que, en efecto, se lee como una novela-, de suposiciones cuando no hay constancia fiel, que dañan tan espectacular aportación: “debió de seguir con interés”; cuando muere Giner, “es posible que asistiera al entierro«… “Seguramente a don Ramón la apenaría”… “su nombre debió ser un punto de referencia” …Y más grave cuando se habla de terceros y supondría grave delito: “En la quema [de la casa profesa de Jesuitas] pudo participar probablemente el joven historiador Santiago Montero Díaz, que el día antes tomó parte en el asalto a la redacción de ABC”.

Por lo demás, apenas se detectan errores (alguno como calificar de “cura aragonés” a Severino Aznar, pionero católico de la Sociología) lo que es de agradecer en tan voluminoso tomo.

Aparte la incontinente participación del autor con comentarios que no dejan claro hasta dónde son citas textuales de otros u opiniones deslizadas, la biografía debería ofrecer algo más: una más clara y decidida intervención, reflexiones y análisis sobre esos hechos narrados tan amenamente. Compromiso con esa sensacional peripecia vital, explicación. Y haber dedicado mucha mayor atención a la obra magna (Carlos V…) por la que se conoció y reconoció a Carande. Contar sus avatares y su pequeña historia es interesante, pero lo hubiera sido mucho más un estudio en profundidad. El autor asegura que prepara otro tomo con ese sentido de la historia en Carande. Estupendo. Pero ello no le autorizaba a despachar el análisis de sus tres grandes tomos en cuatro páginas, sin encontrar en esa peculiar escritura, todo el genio del investigador de archivos, que trata con absoluto conocimiento de causa ese mundo económico de la primera mitad del XVI, describiendo tareas y oficios, población, rebaños, comercio, bancos y ferias, el atractivo y servicio de las Indias. Y el detalle de la producción artesanal y comercial, hilados y lienzos, seda, curtidos, cerámica…, la situación de los campesinos, la encrucijada mercantilista. Y no ahogando el relato con cientos de notas, que son al final explicaciones de métodos, conceptos, ideas, en “Autoridades”, o la “Nómina” de los citados. Que son casi todos los posibles.

Ramón Carande (foto: Diario de León)

Le escuchamos a don Ramón muchas anécdotas, que recitaba divertido. Pero la más inolvidable de sus frases pertenece a la respuesta a un periodista que le pidió resumiera en dos palabras la historia de España: “Demasiados retrocesos”.

Portada: retrato de Ramón Carande (foto: archivo Capela/Diario de Sevilla)

Ilustraciones: Conversación sobre la historia

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1 Comentario

  1. Son especialmente de agradecer las pinceladas criticas de Eloy sobre esta malhadada biografía, malhadada por los pronunciados sesgos de sus juicios históricos y por las profundas lagunas de sus conocimientos historiográficos. La memoria de Carande no se merece esto.

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