Gonzalo Pontón

Editor e historiador. Premio Nacional de Ensayo 2017. La lucha por la desigualdad: una historia del mundo occidental en el siglo XVIII 
(Pasado &Presente, 2016)

Josep Fontana i Lázaro (1931-2018) nació, literalmente, entre libros. Su padre era un librero “de viejo” que tenía el almacén en el mismo piso familiar, primero en la calle Boters y más tarde en la  llamada entonces Conde del Asalto, en la ciudad de Barcelona. En aquella época, “de viejo” significaba que se podían encontrar en la librería desde novelas policíacas –por ejemplo las de la “Biblioteca Oro”—hasta un libro gótico o un incunable. Fontana recordará , muchos años después, que en aquella vivienda-almacén “podía pasar largas horas disfrutando de todos los tesoros que había en los estantes, en la que fue tal vez la mejor escuela que nunca haya tenido”. Cuando el futuro maestro de historiadores tenía siete años, su padre le regaló cinco libros (entre ellos Història de Catalunya: primeres lectures, de Ferran Soldevila) diciéndole: “Toma. Ahora empieza a formar tu propia biblioteca”, un consejo que se tomó tan en serio que, con los años, los cinco libros se multiplicaron por 10.000 y ocuparon tres viviendas en el popular barrio del Poble Sec. El gran historiador catalán ha legado esos 50.000 libros y miles de folletos (tenía 700 solo de la guerra de Independencia) al Institut d’Història Jaume Vicens Vives de la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona, donde ahora se encuentran.

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Josep Fontana en su biblioteca (foto: El País)

¿Cómo era la biblioteca del maestro?  Descomunal, sí, pero caótica. No estaba pensada, obviamente, para un uso público, de modo que su disposición obedecía a la lógica personal de su creador, una lógica aparentemente paradójica, parecida a la lógica fuzzy que se utiliza, por ejemplo, para que funcione una lavadora. No sé si Fontana los había llegado a leer todos y en su integridad (lo que es muy probable), pero sí puedo garantizar que los conocía todos, sabía perfectamente para qué los quería y qué esperaba de cada uno de ellos. Nunca tardaba más allá de cinco minutos en encontrar, en cualquiera de los tres pisos, el libro que le pedían discípulos y amigos desesperados porque no podían hallarlo en biblioteca alguna. Él lo tenía y sabía perfectamente dónde estaba.

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Universitat Pompeu Fabra. Dipòsit de les Aigües, Biblioteca de l’Institut Jaume Vicens Vives, formada principalmente con las decenas de miles de libros donados por el profesor Fontana. Les Aigues Library, by Clotet+Aparicio © Carlos Garmendia

A lo largo de casi cincuenta años de amistad y colaboración, yo llegué a familiarizarme algo con su biblioteca y a descubrir ciertos atisbos de disposición de los libros: algunos me parecían de orden topográfico, como  la orientación de determinados títulos respecto al sol (para que no se dañaran o, al revés, para que se  “quemaran”, en los casos que él quería); otros de disposición “atómica”, como sucedía con algún libro que él consideraba fundamental (el núcleo) rodeado de otros de sus parciales o de sus detractores (los electrones). Así, por ejemplo, a la Historial rural francesa, de Marc Bloch, no la escoltaban La tierra y el campesino, La extraña derrota o la Introducción a la historia, sino los Combates por la historia, de Lucien Febvre. El Mediterráneo, de Braudel, o el Esbozo, de Labrousse, pero también el Montaillou, de Le Roy Ladurie, Sevilla y el Atlántico, de Pierre Chaunu o El pasado de una ilusión, de François Furet. Otro ejemplo “atómico” era la disposición de las obras de Althusser, Poulantzas, Foucault, Harnecker, Huntington y Fukuyama rodeando el 18 Brumario, de Marx. Otros clusters, en fin, tenían explicaciones exógenas: ¿qué era lo que vinculaba a Azorín con Merimée, a Pardo Bazán con Lafontaine o Goethe,  o a Espronceda con  Blake, Darwin o Salgari? Que ya en 1939 los había prohibido la censura franquista. Fontana sostenía que las obras literarias más importantes de todos los tiempos, las que jamás pueden dejarse de leer, había que buscarlas en los índices de libros prohibidos por cualquier autoridad.

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Catálogo de la Librería Fontana

Pero nada era seguro en aquella biblioteca de Babel. De  pronto se advertía que un panel entero estaba organizado según un criterio de lógica elemental: los libros de sus maestros, por ejemplo. Allí moraba Ferran Soldevila, con su obra inacabada Pere el Gran, la Història de Catalunya y  la primera edición, lujosamente encuadernada, de la Historia de España en ocho volúmenes. Fontana había asistido a las clases clandestinas de Soldevila en los Estudis Universitaris Catalans, que en realidad tenían lugar en el comedor de su casa, en la calle Lamadrid (la “calle de los historiadores”, por los varios que vivieron en ella) y a las que muchas veces solo asistía él y el geógrafo Enric Lluch. Jaume Vicens Vives –“una isla de modernidad en un mar de carcundia retrógrada [en la Universidad]”, según Fontana– estaba representado enteramente con todas sus obras, incluidos los dos malhadados volúmenes de la Obra dispersa, que custodiaban a Ferran II i la ciutat de Barcelona y a Industrials i polítics, en una rara concesión a los extremos cronológicos,  pero también con sus manuscritos inéditos que Fontana rescató de la muerte en la editorial Gallach y que él calculaba supondrían 3.800 folios. De  su maestro Vicens aprendió, sobre todo, que el oficio de historiador solo tenía sentido si se desempeñaba con plena consciencia de su dimensión cívica. Catalunya en la Espanya moderna, junto a la mítica Historia de España (en no sé cuántas ediciones) y un ejemplar mimeografiado de La vie industrielle dans la région de Barcelone (tesis de Pierre Vilar de 1929), más ejemplares de todos los libros de Vilar que publicamos en Crítica se alineaban a continuación. Vilar enseñó a Fontana que su trabajo de historiador solo valdría la pena si servía para explicar los problemas reales de la gente, si representaba un compromiso con el mundo en que vivía y si ayudaba a colaborar en la creación de una conciencia colectiva.

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No sucedía lo mismo con los libros preferidos de sus amigos: junto a El Ingenio (en los tres volúmenes originales) de Manuel Moreno Fraginals (“me dio una lección de insobornable independencia”, J.F.) se podía encontrar la primera edición de Carlos V y sus banqueros, de Ramón Carande (fue Fontana quien acuñó la frase, tan repetida luego, de que “el precio del Imperio fue la ruina de Castilla”), o la obra entera de Eric Hobsbawm, de quien valoraba por encima de todo las cuatro “Eras” (“Eric Hobsbawm descifró la evolución de su tiempo con el fin de rearmarnos para los combates del futuro”, J.F.). Admiraba sin reservas a E. P. Thompson, cuyo magnum opus La formación de la clase obrera en Inglaterra hizo traducir de nuevo para corregir los errores de la primera edición en castellano, pero sentía una devoción especial por un libro de artículos de Thompson titulado Tradición, revuelta y consciencia de clase (“una aportación excepcionalmente renovadora que devuelve su papel a la concepción de la historia como resultado de las luchas de clases”, J.F.).

Todos estos libros, y muchos otros, claro, reposaban en las estanterías que cubrían las paredes de unos bajos que Fontana había adquirido para esta función (aunque muchas veces nos reuníamos allí con él sus discípulos y amigos), en la calle Cabana, al final, casi en la falda de la  montaña de Montjuïc. No sucedía así en los dos pisos de la calle Vila Vilà, muy cerca de allí y del teatro Apolo. Solo recuerdo que hubiera dos habitaciones con estanterías tradicionales, repletas de libros. El resto de ejemplares habitaban en todos y cada uno de los muebles de las viviendas, sin excluir la cocina ni el baño de una de ellas: en los aparadores, en los anaqueles, en los vasares, en un enorme chiffonnier, en ménsulas,  burós, entredoses, mesillas de noche, pero también derramados sobre sofás y sillones. En la pequeña habitación donde trabajaba, en dos mesas con dos ordenadores, había un enorme mueble de madera basta, cuyo destino original me es completamente desconocido, que, literalmente, iba derramando sobre el suelo los libros que rebosaban de él. Al punto que se constituyó en el centro del, llamémosle, estudio un considerable montículo compuesto por varias pilas de libros que cabalgaban en un equilibrio precario solo mantenido porque varias de esas pilas se apoyaban en el extraño mueble que, a su vez, las alimentaba sin cesar. Podría creerse que allí estarían los libros que el maestro necesitaba tener más a mano para trabajar, pero no era así: junto a libros de todas las procedencias, en diversas lenguas, que eran los últimos que había adquirido, convivían libros publicados en catalán o castellano, libros superados, tesis doctorales e. incluso, algunos viejísimos ejemplares procedentes todavía de la librería de su padre. Lo único que quedaba libre en aquella habitación era la ventana y su lienzo de pared en el que colgaba un enorme poster del famoso “Los nacionales”, con las caricaturas de Franco, Gil Robles y otros “nacionales” en su barquito de filfa.

De haber dispuesto de una lámpara policíaca de rayos ultravioleta –o de la lámpara de Aladino–, tal vez yo habría podido discernir dónde se ocultaba una línea de autores y textos que Fontana reconocía como formativos: Polibio (el de las Historias), Rabelais (el de La tiers libre), Maquiavelo (el de las Historias florentinas), Bayle (el del Diccionario histórico y crítico), Spinoza (el del Tratado político), Hume (el de Una investigación sobre el entendimiento humano, por su ateísmo), Diderot (el que se esconde tras la Historia de las dos Indias, de Raynal), Marx (OME y parte de MEGA), Engels (lo mismo), Gramsci (Los cuadernos de la cárcel), Benjamin (el del Einbahnstrasse)… pero estaban disueltos en el ancho mar del Tuttilibri de Fontana.

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Despacho de J.Fontana en el Institut J. Vicens Vives (UPF). Proceso de catalogación del archivo de correspondencia y otros documentos.

En una rinconera de cierta calidad, en el cuarto de estar, Fontana guardaba tesoros materiales además de intelectuales: ediciones príncipe de Diderot o Gibbon, de los Cuatro cuartetos de T. S. Eliot, del teatro completo de Àngel Guimerà (en ediciones de lujo encuadernadas en piel de becerro, algunas por los hermanos Bueno), pero que también contenía joyas bibliográficas singulares como, por ejemplo, el único ejemplar completo que se conserva de las actas del Segundo Congreso Obrero de la Sección Española de la Internacional, celebrado en Zaragoza en 1872 (ni siquiera se halla completo en la Biblioteca Arús, de Barcelona, ni tampoco en el Instituto Internacional de Historia Social, de Ámsterdam).

 

LinaceroAunque, quizá, los libros que siempre me fueron más familiares eran los que yo no podía dejar de ver cada vez que trabajaba con Fontana sobre la mesa de su comedor, los que quedaban a la altura de mi vista, en una especie de vasarillo alto: solo con alzar la cabeza, me encontraba ineludiblemente con los “fracasos”, como él los llamaba; es decir, libros que habíamos publicado en Crítica pero que no habían logrado interesar al público. Allí estaban, como mudos pero insolentes testigos de cargo, La crisis del siglo XVII y la sociedad del absolutismo, de A.D. Lublinskaya (“ni los franceses se habían atrevido a editarlo”, J.F.); La lucha de clases en el mundo griego antiguo, de G.E.M. de Ste. Croix (“un monumento” J.F.); José de Espronceda y su tiempo, de Robert Marrast (“una contribución fundamental para el estudio del romanticismo”, J.F.); Las voces de la historia y otros estudios subalternos, de Ranahit Guja; El asesinato de Lumumba, de Ludo de Witte; Lejos del frente, de Carlos Gil Andrés (“un joven historiador que escribe magníficamente”, J.F.) y algunos más. Sin embargo, también tenía allí libros “desconocidos” de autores famosos, como el corrosivo El hombre que corrompió a toda una ciudad, de Mark Twain, tenido siempre por autor de relatos infantiles; o el Testament politique de l’empereur Joseph Second, roi des romains, publicado en 1791 y que había sido perseguido ceñudamente por la Inquisición española. Y con ellos, Mi primer libro de historia, de Daniel G. Linacero, publicado en Palencia en 1933 y que le costó al autor ser asesinado por los falangistas (en la partida de defunción se dice que Linacero murió “a consecuencia del Movimiento Nacional existente”).

 

Pero la verdadera pasión bibliográfica de Fontana eran los libros de los que nunca había tenido noticia y que tal vez atesoraban un valor especial para él porque le hablaban de las  mismas cosas que él pensaba y sentía: “el libro que te está esperando y que, probablemente, te cambiará la vida” (J.F.). Los buscaba en las librerías “de viejo” con las que tenía una conexión emocional, como la de los Creus, en la calle de la Palla, o en las antiguas “paradas” del viejo mercado de Sant Antoni, que visitó todos los domingos de su vida hasta que su estado físico se lo impidió. En sus viajes a París recorría siempre los tenderetes de los bouquinistes de la rive gauche del Sena, pero también la Boutique du Livre d’Histoire; en Londres, iba a Shakespeare and Co. Y a Foyles; en Nueva York, a la del Strand, en Broadway. Y otro tanto hacía en Sao Paulo, Buenos Aires, Valparaíso, Quito y México. Reunió, así, un tesorillo de libros raros de las más diversas procedencias. Yo recuerdo muy bien tres, los tres franceses:  Diccionario de los ateos antiguos y modernos, de Sylvain Maréchal, un divertido disparate en el que se incluyen como ateos a Alfonso X y a Jesucristo;   Diccionario de locos literarios, de André Blavier, lleno de profetas, visionarios y mesías o de gentes que se dedican a la cuadratura del círculo: y la Enciclopedia de la utopía, de los viajes extraordinarios y de la ciencia ficción, de Pierre Versins, donde se descubren las infinitas maneras en que puede tener lugar el fin del mundo y los innumerables viajes imposibles.

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Mercat de Sant Antoni (fuente: elperiodico.com)

La última vez que vi a mi maestro y amigo con vida biológica, estaba sentado ante su ordenador en el cuarto de trabajo de la famosa pirámide de libros. Ya estaba muy enfermo y a duras penas podía ponerse en pie. Lo intentó para despedirse de mí, pero le fallaron las piernas y yo me levanté de un salto para sostenerlo, pero con tan mala fortuna que derrumbé una pila de libros. Intenté recogerlos pero Fontana me lo impidió. Me levanté del suelo todavía con un librito en la mano sin saber qué hacer con él: “Te lo regalo”, me dijo, mientras insistía en acompañarme hasta la puerta.

Lafargue

Se trata de un viejo folleto decimonónico de 16 x 11 cm, encuadernado en papel basto, con el lomo carcomido por el que asoman las tripas del cosido. Publicado en la colección “Los pequeños grandes libros”, de la editorial Atlante, se titula ¿Por qué cree en Dios la burguesía?, y su autor es Pablo (sic) Lafargue. En una de sus páginas iniciales en blanco, encontré la siguiente anotación manuscrita, probablemente de su primer propietario: “Pedro y Pablo como apóstoles son dos perfectos atracadores”. Ese librito está ahora en mi biblioteca, no con otros libros marxistas, sino junto a las obras de Fontana. Algo, quizás, se me habrá pegado de la lógica fuzzy del maestro.

Fuente: Nuestra Historia, 7 (2019), pp. 47-52.
Número 7
 

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