El silencio no detiene la ocupación y el genocidio de Gaza
Conversación sobre la historia
Jaume Claret
Universitat Oberta de Catalunya
El recientemente galardonado con el premio de Honor de las Lletres Catalanes, Biel Mesquida (Castelló, 1947), afirma con contundencia: «Que quedi molt clar que jo faig “obres”, no escric novel·les o llibres de poemes. Estic contra els gèneres literaris, és cosa de l’ensenyament escolar. Tota la meva obra cerca la poesia. Cada escriptor és una obra, tota, única». La vehemente respuesta a las preguntas de Andreu Manresa constata una doble realidad: la creciente hibridación entre géneros y la absurdidad de una aproximación entomológica a la literatura. De hecho, ya el inolvidable profesor John Keating, encarnado por el desaparecido Robin Williams en El club de los poetas muertos, había definido esta mirada como «basura».
Como ya hemos comentado alguna otra vez en esta sección, esta mezcla ya hace tiempo que ha impactado en el ensayo a través de la no-ficción e, incluso, en el ámbito de la historia con la asunción de técnicas propias de la narrativa. Entre las últimas incorporaciones a esta convergencia, encontramos Un pueblo en el Tercer Reich (Ático de los Libros, 2025, traducción de Claudia Casanova). La clave de este libro nos la da el subtítulo –Cómo el auge del nazismo impactó en la vida de la gente corriente—, puesto que la británica Julia Boyd (1948), con la ayuda como documentalista de Angelika Patel, toma el pequeño pueblo bávaro de Oberstdorf como estudio de caso para mostrarnos cómo una comunidad puede deslizarse hacia el abismo del fascismo.
A partir de la investigación archivística y hemerográfica, así como de la memoria oral de sus habitantes, el libro va mostrando cómo las progresivas oleadas de nazificación van tiñendo las relaciones sociales y personales, cómo la convivencia se vio condicionada por la ideología y por la guerra y cómo, finalmente, el radicalismo de unos y la empatía otros marcaron las diferencias para condenar o para salvar. Todo ello nos lleva a cuestionarnos el maniqueísmo de nuestros (pre)juicios porque, como escribe Boyd: «Un sistema que obliga a todo el mundo a conformarse o arriesgarse a ser encarcelado, torturado o asesinado dificulta la tarea de evaluar con precisión por qué tantos alemanes parecen haber sido cómplices de los crímenes del Reich contra la humanidad».
Más allá de la forma
A pesar de significarse por esta mezcla de géneros, más allá de la forma lo relevante sigue siendo la calidad intrínseca del libro. Curiosamente, esta opción también ha impactado a la llamada literatura del yo. Entre las autoras más exitosas hay que situar a la también británica Jeannette Winterson (Manchester, 1959), quien recientemente estuvo en Barcelona para recibir el Doctorado honoris causa de la UOC y, a la vez, presentar su último –y a mi parecer mejor— libro: Un Aladino y dos lámparas (2026, Lumen, traducción de Laura Martín de Dios, en catalán en Periscopi, versionado por Joana Castells Savall).
Winterson trenza los hilos de la compilación Las mil y una noches, con su propia biografía como sometida niña adoptada hasta adulta feminista y lesbiana y la elegía vindicativa sobre el poder de la literatura. De esta mezcla de técnicas, relatos y realidades surgen páginas de especial brillantez que obligan a la lectura lápiz en mano para subrayar frases luminosas como esta: «Leer con profundidad no tiene nada que ver con perder el tiempo. Leer es dedicarnos tiempo para acercarnos a nosotras mismas».
Al amparo de estas lecturas, la literatura ya no se clasifica por géneros, sino por calidades. De hecho, un repaso a los mejores títulos del pasado 2025 nos revela cómo muchas de las obras más significativas buscan y encuentran estos espacios de frontera. Solo en cuanto a autores catalanes destacan dentro de este cruce desde L’escrita de Perejaume (L’Altra) a La roca i l’aire de Raül Garrigasait (Fragmenta) pasando por La dolçor de viure de Joan Todó (laBreu). Ahora bien, si tuviera que elegir una sola obra del año pasado situada en este campo de la hibridación, me decantaría sin duda por La pregunta 7 (Asteroide, traducción al castellano de Catalina Martínez Muñoz, en catalán en Periscopi, versionado por Míriam Cano) de Richard Flanagan (Tasmania, 1961).
La literatura es una reacción en cadena
Las reacciones en cadena ponen en marcha una progresión exponencial de sucesos a menudo implacable. Difícilmente hay vuelta atrás y, frecuentemente, pueden llevar a escenarios no previstos ni imaginados. Pasa de forma terrible con la fisión nuclear; pasa de forma maravillosa en el ámbito de la literatura. Lo sorprendente es cómo el escritor y cineasta Richard Flanagan consigue unificar el abismo científico y el relato íntimo en un cruce insospechado entre los absorbentes libros del chileno Benjamín Labatut (editado por Anagrama) y lo más fascinante de la no-ficción.
Este implacable engranaje –como quien come cerezas— nos lleva de la literatura de H. G. Wells y sus amores con Rebeca West a la capacidad profética del físico húngaro Leo Szilard capaz de entender la amenaza de un régimen nazi con armas nucleares; de la confabulación de las mejores mentes encabezadas por Albert Einstein para convencer a los Estados Unidos de apostar por el proyecto Manhattan al lanzamiento de dos bombas atómicas que arrasarían Hiroshima y Nagasaki, pondrían fin en la Segunda Guerra Mundial, harían realidad la posibilidad de la autodestrucción humana y salvarían la vida a los 32 mil prisioneros aliados retenidos y explotados en Japón, entre ellos el padre del autor. Esta compleja reacción en cadena, además, se entrelaza con la propia vida e investigación interior de Flanagan –a quién habían (mal) diagosticado una demencia— y con la reconstrucción vindicativa del pasado familiar y de la agitada trayectoria de la isla de Tasmania (entre el Holocausto indígena y su sustitución por un empobrecido melting-pot occidental).
Lejos de ahogar al lector –el único a punto de ahogarse será el autor en un accidente de piragua—, los diferentes hilos son puestos al servicio de reflexiones que fuerzan a la lectura lápiz en mano. A pesar de la acumulación de datos, estos son una simple excusa («No había línea recta de la historia. Solo había un círculo») de dudosa credibilidad («Quizás el pasado es esto: una invención que nos permite salir adelante. Quizás el pasado es el lugar al que vamos y donde no hemos estado nunca»), consciente de que quizás «la realidad no es otra cosa que la respuesta entusiasta que damos a nuestros sueños y pesadillas». Y es que la frontera temporal y temática se hace difusa a lo largo del libro.
Porque, sin desdeñar los grandes nombres incluidos en La pregunta 7, quizás la paradoja es que lo más esencial y más importante se encuentra en la historia pequeña y próxima. De hecho, el título ya hace referencia a un cuento paradójico de Chéjov sobre un matemático loco que, en medio de un planteamiento clásico de un problema de trenes, pregunta: «¿Quien ama durante más tiempo, un hombre o una mujer?». Como el clásico ruso, también Flanagan busca este regalo final: «Solo escribo este libro que tenéis en las manos, poca cosa más que una carta de amor a mis padres y a mi isla, un mundo que ya no existe».
Porque revisitando la sencilla vida de sus progenitores se da cuenta de la soberbia con que hasta entonces había considerado su supuesta ingenuidad («Es solo ahora, escribiendo estas palabras, cuando veo que la ingenuidad era toda mía») y que, en justo homenaje, pasa a imitarlos en el arte «de recoser armónicamente los fragmentos desgarrados en medio del remolino del día a día». Todo aquel chorro de literatura –de excelente literatura— nos arrastra como solo lo hacen las obras mayores y nos sitúa ante un autor superdotado para explicarse y para explicarnos. Porque, durante la lectura de La pregunta 7, somos felices: «La experiencia es solo un instante. Dar sentido a este momento es toda una vida.»
Fuente: Política & Prosa 1 de mayo de 2026
Portada: Leó Szillárd y Albert Einstein recrean para un documental realizado en 1946 su encuentro de julio de 1939 en el que redactaron al carta al presidente Roosevelt que estaría en el origen del desarrollo del Proyecto Manhattan (foto: Atomic Heritage Foundation)
Ilustraciones: Conversación sobre la historia
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Un comentario respecto de esos prisioneros aliados en Japón que supuestamente salvaron la vida gracias a las bombas de Hiroshima y Nagasaki. De entrada, no todos se salvaron, pues algunos murieron o fueron afectados por ellas al estar recluidos en esas ciudades. Pero, puestos especular sobre su suerte en el caso de que no se hubieran lanzado las bombas, cabe pensar en una negociación de paz con Japón, como se planteó, con la única condición de mantener el régimen imperial (que de todos modos se mantuvo). En ese caso los prisioneros hubieran salvado la vida. Más allá de eso, hoy es poco defendible la idea de que las bombas fueron necesarias para acortar la guerra, salvar vidas, etc., como ha sostenido la versión oficial de EE.UU. Ya lo dijeron en su momento altos cargos civiles y militares o algunos científicos del proyecto Manhattan. Como le dice Teller a Oppenheimer en la película de Nolan: “Las bombas no fueron el final de la II Guerra mundial, sino el comienzo de la Guerra fría” (más o menos).