No es la historia la que hace que los hombres del pasado sean grandes y memorables, sino los hombres grandes y memorables los que impiden a la historia que ésta los olvide y, en cierto modo, es por ellos que vive. En esta segunda publicación, Mario Colleoni  repasa las ideas que movieron el pensamiento de Pasolini hacia un territorio incómodo para el poder. Declara que  la aculturización, con la sociedad de consumo, había  logrado lo que el fascismo no pudo conseguir: la desaparición de alternativas.  El neocapitalismo ha hecho tan bien su trabajo que ahora estamos obligados a sentir vergüenza de nosotros mismos si no damos antes las gracias por ser esclavos. En segundo lugar decide echarse el mundo a los hombros y se vierte apasionadamente al destape de la corrupción política apuntando  a lo más alto  (“Yo sé los nombres”). Estaba firmando su sentencia de muerte que tuvo un claro móvil político aunque se le atribuyera el móvil sexual mucho más agradable para el páncreas.

Mario Colleoni
 

 

Parte III

Una sucesión de imágenes de la revolución cubana y una voz que rompe el Adagio de Albinoni: “La victoria costará sudor. Los enemigos serán nuestros propios hermanos. La victoria costará terror. Los hermanos se enfrentarán a los antiguos terrores. La victoria costará injusticia. Los hermanos inocentes mostrarán su ferocidad”. En La Rabbia (1963) Pasolini nos alertaba de dos cosas: la guerra sólo llama a la guerra y la “victoria” no conduce jamás a la paz de las naciones ni al perdón entre los pueblos. Usaba este tipo de documentales para lanzar soterrados mensajes de salvación, y también para más cosas. En Comizi d’amore (1965) quiso conocer cómo era la sexualidad en Italia y se lanzó a la calle, preguntando de viva voz, cara a cara, qué opinión tenía la gente sobre sus costumbres en pareja, la moralidad o el pudor; Le mura di Sana’a (1971) fue concebido como un simbólico SOS dirigido a la UNESCO y se convirtió en una advertencia explícita de la degradación paisajística de la entonces capital de Yemen del Norte; y en La forma della città (1974), en cambio, con todo el dolor premonitorio de la muerte, pronunció el que sería su último gran vaticinio.

Foto: Città Pasolini

Algo arrastraba en su interior para que en estos tres documentales pueda percibirse un miedo, una amenaza, un sentimiento de angustia que es el mismo: el esqueleto de la civilización informática, o en dos palabras, el futuro tecnológico. En La forma della città Pasolini escoge dos lugares: Orte (una ciudad del Lacio entre Terni y Viterbo que el poeta reverencia por su panorámica perfectamente antigua y su pasado arcaico) y Sabaudia (una ciudad costera a medio camino entre Roma y Nápoles, construida por el régimen fascista, donde reconoce indicios de una futura e inminente degradación planetaria). En ésta última, vemos a Pasolini remontar las dunas de la playa y contemplar el horizonte. Se detiene y observa, y de pronto, repentinamente, dos ideas lo paralizan. Con un viento de justicia que deja en evidencia una impertinente calvicie, explica que a pesar de haber sido creada por el fascismo, Sabaudia nada tiene de fascista; que la vida allí continúa sin un atisbo de remordimiento y que ni tan siquiera un grupo de criminales al poder ha podido hacer desaparecer esa realidad “particular” de Italia. Sin embargo, también es el signo inequívoco de algo más importante: la falsa democracia. Entonces, con los nervios visiblemente inquietos y temblorosos, casi tartamudeando, proclama que la aculturización ha logrado lo que el fascismo no pudo conseguir: la homologación de una sociedad de consumo que hace desaparecer las diferentes realidades “particulares” (periféricas, alternativas, existentes). “El verdadero fascismo es esta sociedad de consumo que está destruyendo Italia”. Y concluye: “Mirando a nuestro alrededor, tenemos la sensación de que no tenemos nada que hacer”.

Pasolini en 1963 (foto: Bachmann/Cinemazero)

 Pero hay que volver a un momento clave, el epicentro del revés existencial que sufre su vida entonces. A inicios de 1970 Pasolini, que regenta en la revista Tempo una columna quincenal llamada “El Caos”, es censurado al enviar un artículo sobre la reforma de la Ley Penal en el que aparece mencionado Giuseppe Saragat (presidente de la República) y diversos cargos relevantes de la magistratura de Roma. Este viraje, deliberadamente político, lo sume aún más en sus propios fantasmas: Pasolini se convierte, ya de forma definitiva, en un intelectual declaradamente incómodo y hostil al Poder. No por casualidad los títulos que escoge para los poemas de Transhumanar y organizar (1971) son los que son: palabras como “epílogo”, “testamento” o “tradición” encabezan ahora el lugar simbólico de una poesía —el arte inconsumible— de la resistencia. Por eso, en la distancia del tiempo, sigue sorprendiendo el fichaje del Corriere della Sera en 1973. ¿Se trataba de un gesto democrático en defensa de la libertad de expresión por parte del rotativo? ¿O era una enmienda ante el agravio de la censura? Que cada cual se aventure a dar una respuesta.

Desde aquí hasta el final, su vida hiede a azufre y su obra al completo parece un presagio de muerte. Adopta posiciones extremas, se radicaliza, se vuelve sumamente agudo, incisivo, y practica un recogimiento físico y espiritual que lo aleja de todo mientras de todo más próximo se siente. Es el período natalicio del Pasolini corsario, el Pasolini luterano, el tránsito del Pasolini herético al Pasolini artificiero de bombas atómicas. Y también el de los escalofriantes atentados civiles en aquellos famosos y fatídicos “años de plomo”, cuando grupos armados de ultraderecha (Ordine Nuovo) y extrema izquierda (Brigate Rosse), libraron una batalla sanguinaria a fuego cruzado en la que también acabó involucrándose la mafia napolitana (Camorra), la siciliana (Cosa Nostra) y la calabresa (‘Ndrangheta).

Aunque sea copioso, es necesario recordar algunos: Piazza Fontana (Milán, 12 diciembre 1969: 17 muertos, 88 heridos), Piazza della Loggia (Brescia, 28 mayo 1974: 8 muertos, 102 heridos) o el del Italicus (Bolonia, 4 agosto 1974: 12 muertos, 48 heridos). Se pensaba que la del 23 de diciembre de 1984 sería la última tragedia tras quince años de terror, pero a esta explosión de un tren que causó la muerte de 16 personas y 200 heridos, le siguió otra en mitad de una autovía a la altura de Capaci (Palermo) el 23 de mayo de 1992 (5 muertos, entre ellos el juez Giovanni Falcone, y 23 heridos) y otro coche bomba la noche del 26 de mayo de 1993, que acabó saltando por los aires en Via dei Georgofili, a cinco metros de los Uffizi, en el corazón de Florencia, dejando 5 muertos (entre ellos otro notabilísimo juez antimafia, Paolo Borsellino) y 48 heridos. Por decirlo de algún modo, Italia entera creía que el pánico no cesaría nunca.

En el vientre de aquellos años era fácil presenciar asesinatos en la calle a punta de pistola, generalmente asaltos a bocajarro, abordajes en moto a plena luz del día sobre coches en movimiento o auténticas masacres, verdaderamente espeluznantes, como la del 2 de agosto de 1980 en la estación de Bolonia (85 muertos, 200 heridos) o el secuestro de Aldo Moro el 16 de marzo de 1978 en Via Fani (Roma), que acabó con la vida de 5 personas y, finalmente, también con la del Primer Ministro, hallado en el maletero de un coche 55 días después, cosido a balazos. Moro, curiosamente, era uno de los pocos democristianos a los que Pasolini profesó un cierto reconocimiento. El tiempo también le dio la razón aquí: temido por los que preferían el terror y la sangre a las palabras, Aldo Moro fue eliminado porque representaba el intento de concordia entre Democracia Cristiana y el PCI, algo insólitamente inadmisible para el Poder. Mientras en España firmábamos nuestra Carta Magna, la historia de Italia se recrudecía aún más con el asesinato de su primer ministro. Pero esa es otra historia.

Pasolini durante el rodaje de Salò (1975)(foto: Pinterest)

Pasolini atraviesa entonces un período de su vida en que todo le parece una expresión del Poder, un Poder cuyo afán despiadado de homologación busca estandarizar los usos y corromper las costumbres en beneficio propio. El poeta se levanta “en armas” y arroja su voz al caldero de la actualidad. Decide echarse el mundo a los hombros y se vierte apasionadamente (más por desesperación que por entusiasmo) al destape de la corrupción política. Son los años del Calderón (1973), una de las seis tragedias escritas durante aquella convalecencia, los prolegómenos de Salò o los 120 días de Sodoma (1975) y, sobre todo, el inicio de la redacción de un libro que no podrá terminar, Petróleo (1992). Sus intervenciones en prensa se vuelven provocativas, no tiene miedo de nada ni de nadie, y comienza a lanzar advertencias de forma arriesgada, como aquel artículo que debería pasar a los anales de la grandeza y el suicidio: “Io so i nomi” (Corriere della Sera, 14 noviembre 1974): “Yo sé los nombres. Yo sé los nombres de los responsables de lo que se conoce como golpe (y que en realidad se trata de una serie de golpes constituidos sistemáticamente para proteger al poder). Yo sé los nombres de los responsables de la matanza de Milán del 12 de diciembre de 1969. Yo sé los nombres de los responsables de las matanzas de Brescia y Bolonia en los primeros meses de 1974. […] Yo sé los nombres de las personas serias e importantes que están detrás de los trágicos muchachos que han escogido las suicidas atrocidades fascistas y de los malhechores comunes, sicilianos o no, que se han puesto a disposición como asesinos o sicarios. Yo sé todos estos nombres y conozco todos los hechos (atentados a las instituciones y matanzas) de los que son culpables. Lo sé. Pero no tengo pruebas. Ni tan siquiera indicios. Lo sé porque soy un intelectual, un escritor que intenta estar al corriente de todo lo que sucede, conocer todo lo que se escribe, de imaginar todo lo que no se sabe o se calla; que conecta hechos lejanos, que une fragmentos desorganizados y fragmentarios de un entero cuadro político, que restablece la lógica allí donde parece reinar la arbitrariedad, la locura y el misterio. Todo ello forma parte de mi oficio y del instinto de mi oficio”.

Pasolini y Moravia (foto: Città Pasolini)

En junio de 1975, tras unas elecciones regionales que situaban al PCI como segunda fuerza política (más de diez millones de votantes), Italia comienza a convulsionarse de forma violenta. A finales de septiembre una noticia sacude los telediarios: en el maletero de un coche aparecen dos mujeres, una asesinada y otra con vida. Violadas y vejadas durante tres días en una villa de lujo a las afueras de Roma a manos de tres jóvenes ricos neofascistas, el cadáver de Rosario López y, sobre todo, el rostro de Donatella Colasanti, encharcado de sangre, esbozando una sonrisa siniestra (pues acababa de salvar su vida al fingir su muerte), fueron el sedimento vivo del comienzo de un mundo y el fin de otro. Usando el argumento de Accattone, que en aquellos mismos días se proyectaba por primera vez en la televisión pública, Pasolini predijo que aquello no era un simple asesinato entre ricos y pobres (como así lo creyó la opinión pública y muchos intelectuales), sino el síntoma de que tanto el proletariado como la burguesía habían perdido la capacidad moral de saber distinguir entre el bien y el mal. Era —y son sus palabras— “el fin de la piedad”. La ola de escepticismo y estupefacción que provocó esta teoría salpicó a alguno de sus amigos más próximos, como Italo Calvino o el mismo Alberto Moravia, que incluso llegaron a pronunciarse abiertamente en prensa contra él. Después vino la propuesta, no menos escandalosa, no menos revolucionaria, de acabar con la incipiente criminalidad: abolir la televisión y suspender la enseñanza obligatoria. En mitad de todo ello, de fondo, los preparativos para el estreno de Salò (previsto para el 22 de noviembre en París; se temía que Italia vetara la película, como así sucedió en 1976, en su segundo estreno póstumo) y lo que probablemente desencadenó la tragedia que estaba por llegar: Petróleo. Allá al final, como apoyada sobre sus codos en la barra de algún bar, la muerte.

Fotograma del documental Pasolini Prossimo Nostro, de Giuseppe Bertolucci (2006)

Sobre su asesinato han corrido ríos de tinta, y no es precisamente una metáfora. Es imposible glosar todas las hipótesis que se han vertido en reportajes de prensa, libros o documentales. El cine tampoco fue una excepción. Desde Pasolini, un delitto italiano (1995) de Marco Tullio Giordana, tal vez la mejor de todas las películas, hasta el documental de Laura Betti, Pier Paolo Pasolini e la ragione di un sogno (2001), el homenaje más hermoso y tal vez el más emocionante por cuanto tiene de personal, íntimo y desinteresado, pasando por versiones tan indigestas como el bodrio esteticista que Abel Ferrara ensayó en Pasolini (2014) o la más reciente, La Macchinazione (2016), una no tan mala película basada en un libro donde el propio director de la película, David Grieco, demostraba que tras el asesinato se escondía un movimiento político de ajedrez diseñado por el Poder. Entre todas, una que pasó inadvertida y que aún hoy no goza de un digno —más bien valiente— distribuidor que la difunda: PasoliniLa verità nascosta (2013), de Federico Bruno. Un largometraje que, libre de retórica, reconstruye el último día de su vida sin elementos espurios y a la manera neorrealista, con actores no profesionales, encarnando así el ideal cinematográfico del propio Pier Paolo y que, a la vez, ofrece una voz hermosa y disonante que, sin embargo, dado el atrevimiento de señalar sin remilgos a los hipotéticos autores materiales de la tragedia, se vio abocada naturalmente al fracaso comercial. El MSI italiano, los servicios de inteligencia, algunas instancias del Vaticano e incluso amigos íntimos se ven salpicados en esta bella película que lamentablemente no logró reabrir el caso.

Al móvil político del asesinato, de difícil digestión, se opuso el sexual, mucho más agradable para el páncreas. Hay quien creyó que Pino Pelosi (evidente chivo expiatorio de algo mucho mayor que lo trascendía) fue capaz de cometer él solo semejante atrocidad. Hay quien sostuvo, sin embargo, que aquel crimen fue un simple ajuste de cuentas con la mafia napolitana, y hay quien opina que todo fue cierto al mismo tiempo que una burda falacia para hacernos creer lo contrario. El caso se ha hecho tan correoso que la opinión pública se ha desentendido. Y en cierto modo resulta lógico, pues llevan cuarenta años escuchando la misma cantinela: los rumores de uno, las sospechas de otro, Pino Pelosi cambió la versión de los hechos en un programa de la televisión pública, la prensa que se revela inútil e inoperante, y después los intereses políticos de quienes probablemente lo asesinaron y ahora estén organizando algunas jornadas de estudio en su nombre. Sólo unos pocos lo saben, muchos lo sospechamos, ninguno lo reconoce y, por extraño que parezca, todos sus “amigos” han callado. Sólo queda saber si la verdad, abandonada ahora en algún pasillo de los almacenes del Palacio de Justicia de aquella “ciudad de Dios”, arrinconada desde hace 43 años en una caja de cartón con todas las pruebas del homicidio, será desvelada algún día. Si es cierto lo que decía el poeta, que “el amor por la verdad acaba destruyéndolo todo, porque no hay nada verdadero”, entonces todos nosotros somos viles cómplices de un crimen que sólo la piedad podrá rendir humano bajo la luz de un llanto sincero.

Tumbas de Pasolini y de su madre en el cementerio de Casarsa della Delizia (foto: Città Pasolini)

 

Parte IV

No es la historia la que hace que los hombres del pasado sean grandes y memorables, sino los hombres grandes y memorables los que impiden a la historia que ésta los olvide y, en cierto modo, es por ellos que vive. A pesar de todo, el mundo es un trasiego de promesas incumplidas en el que rara vez hallamos satisfacción. Y aunque todavía contamos con un puñado de libros con los que desmontar este engrudo existencial al que generalmente llamamos “vida” sin avergonzarnos, los muertos, algunos de los cuales en su día no prestamos atención por desdén, prejuicio, remordimiento o triste envidia, hoy se elevan por encima de la historia y del tiempo como torres medievales postradas (así los muertos como algunos vivos) en mitad de un páramo desierto, ajadas pero majestuosas. Nosotros, autores materiales de un crimen con nombre de inocencia, seguimos oyendo sin escuchar. Pasolini es —sin el tal vez— uno de esos muertos. Por eso era necesario hablar sobre su permanencia en el presente, su legado, su vigencia, sus últimas palabras, porque en ellas anida el rayo insaciable del futuro y la lúcida promesa de la desesperanza. Ahí está todo. Un testamento reptiliano que podría resumirse de muchas formas, pero sobre todo a través de dos obras: Salò  Petróleo.

De la primera, entendida como el ensayo escatológico —el último— de un ser humano desesperado por hacerle comprender a los suyos cómo es la auténtica realidad en que viven, brota una rabia desaforada e incontrolable. La crítica lo acusó de provocación porque lo consideraba un ejercicio abominable (él se encargó de subrayar en las últimas entrevistas el derecho al escándalo y a ser escandalizado), sin embargo el tono de la película asumió desde el principio su carácter contradictorio. Si antes era la piedad y la compasión el eje gravitacional de toda su obra, ahora es el consabido remordimiento de que ya nada puede cambiar lo que impregna su entera visión de la vida. Este sentimiento no menos irascible provoca naturalmente lo que vemos en Salò, una galería de la indignidad y el horror humanos, la completa ausencia de historia, el desarraigo y la carencia identitaria de no saber ya quienes somos ni a quién nos dirigimos. Petróleo, por otro lado, es la interpretación literaria del mismo sentimiento, es decir, el grito desgarrado (a conciencia) fruto del ansia por querer desvelar la corrupción en el mundo partiendo de Italia.

Salò (1975)(foto: scmp.com)

El origen de la ardua investigación que Pasolini llevó a cabo sobre la industria petrolera comenzó con el hallazgo de un texto llamado “La mia patria si chiama multinazionale” (Mi patria se llama multinacional), un discurso pronunciado en 1972 en la Academia Militar de Módena por un tal Eugenio Cefis, un empresario friulano de éxito —de la misma edad que Pasolini— que entonces presidía la compañía Montedison, un lobby financiero tentacular y monstruoso que se encargaba de varias industrias como la química, la farmacéutica, la metalúrgica o la energética, y que al parecer también estuvo detrás de la muerte de Enrico Mattei (presidente del ENI, Corporación Nacional de Hidrocarburos) y del asesinato, en misteriosas circunstancias, del periodista Mauro di Mauro, que por entonces indagaba sobre el fallecimiento de aquel. Todo era de película. En una entrevista no muy lejana, David Grieco zanjaba el asunto de Petróleo afirmando que fue el descubrimiento por parte de Pasolini de la logia masónica Propaganda Due (P2), una oscura organización granada por un sinfín de personalidades influyentes del mundo ejecutivo y empresarial, entre ellas el propio Cefis (auspiciado éste por Licio Gelli, un camisa negra de Mussolini a la vez que militante de Falange Española y defensor del proyecto franquista), y que fue el centro de la diana política en la Italia de los “años de plomo”. Aunque siempre ha arrastrado el estigma criminal de la sospecha, la logia se disolvió a comienzos de los años ochenta; sin embargo, el caso sigue hoy sin resolver. Pasolini, de nuevo, volvió a adelantarse a todos.

Por eso… ¿qué pasaría ahora si dijera que fue su narcisismo el que comenzó a cavar su tumba? Porque alguien que quiere desvelar algo trascendente, a sabiendas del riesgo que eso entraña, sobre todo si hablamos, como es el caso, del negocio más especulativo y lucrativo del mundo, y además jactándose de ello, no puede ser tomado más que por un suicida. En este sentido, aceptaría de buen grado que me llamaran loco si dijese que para desmontar el negocio del petróleo, Pasolini hubiera podido sortear el asesinato cuarenta y tres años atrás si hubiera actuado en silencio y sin aspavientos mediáticos. Pero esto sólo es una suposición. Los hechos, en cambio, no necesitan retórica.

Giulio Andreotti y Eugenio Cefis (foto: Agora Vox Italia)

Mirad un segundo a vuestro alrededor y deteneos un momento. Observad con atención, pero no lo hagáis por mí, sino por Simone Weil, que decía que “Amar es estar atento”. Decidme. ¿Qué es lo que veis? Yo veo una masa humilde y superviviente que busca la felicidad con miedo hacia el futuro porque ha perdido su pasado. Una masa que consume sin saber por qué consume y además se siente feliz haciéndolo. Una masa informe de personas que desconoce sus verdaderas necesidades. Una masa indefinida —pero muy determinada— con la que hacer grandes sumas de dinero a través de la manipulación televisiva. Masa. También veo una sociedad complacida y complaciente con todo lo que se le ofrece en el escaparate único del presente. Una sociedad acomplejada por la dictadura de la cosmética y unos cánones estéticos de dimensiones industriales, frustrada por la irrepresentabilidad, la impasividad y la impotencia ante el hecho político. Una sociedad encandilada por su propia idiotización. Sociedad. Y también un mundo donde ya no importa la verdad, sino vender sensaciones, experiencias y viajes a lugares que nunca nadie decide conocer por voluntad —o necesidad— propia. Un mundo que busca globalizarlo todo para que no nos sintamos extraños fuera de casa, cuando en realidad lo que está consiguiendo es el efecto contrario: no sentirnos parte de nada. Un mundo —el industrial— que lo uniformiza todo y que sólo persigue absorber hasta la última moneda de una clase social desarraigada y sin raíces. Mundo. ¿No lo veis? Pasolini lo predijo todo hace medio siglo y nosotros, bueno, nosotros seguimos con la casa sin barrer.

Foto: página de facebook Pier Paolo Pasolini

Yo sé, porque también lo veo y lo vivo, que para muchos la máxima preocupación en la vida pasa por garantizar el “bienestar” de su familia, proteger a los suyos o pagar sus facturas. De algún modo tendremos que vivir aunque tampoco hayamos elegido hacerlo. Yo, que soy un energúmeno, siento que hemos perdido el sentido de la vida en algún oscuro recoveco de este sistema alienante y productivo en el que confundimos “desarrollo” con “progreso” y donde todo parece tejido de “eufemismos” y nunca de “significados”. De las 8.760 horas que tiene un año, invertimos más de 2.000 en trabajar: 125.000 minutos —parecen pocos— en los que una mayoría elige estar supeditada (en el mejor de los casos) a un “oficio” que merma en potencia su libertad. Y todo eso suponiendo, también en su mejor versión, que tenemos la “fortuna” de tener un trabajo a jornada completa, que a este lado menesteroso del planeta corresponde a 40 horas semanales, las mismas que deberíamos destinar al sueño. El neocapitalismo ha hecho tan bien su trabajo que ahora estamos obligados a sentir vergüenza de nosotros mismos si no damos antes las gracias por ser esclavos. Hemos perdido el centro de gravedad de nuestra naturaleza, las raíces, lo que hace que pertenezcamos a una familia y no a otra, lo que hace que seamos nosotros y no otros, o viceversa, y lo que al fin y al cabo es lo que nos diferencia del resto, que no es más que la “realidad particular” de la que hablaba Pasolini. El feminismo actual, con sus mil testuces, no ayuda a lo contrario, pues no hemos perdido la fuerza para luchar, sino la dirección común a la que deberíamos dirigirnos. Tal vez hay que decirlo con furia: mientras exista la globalización —y aquí la palabra esperanza sólo es un producto de marketing— no podrá existir la vida, pues todo acaba siendo un simulacro como el que vemos en el escaparate de unos grandes almacenes, en una revista de tendencias, en un restaurante hipster o en un anuncio publicitario de moda. Vida sin ser vida, sin ser nada. Y de ello vivimos, creyendo vivir. Pero la vida no es un titular de prensa, ni un escándalo político, ni una mujer sexualizada en la página de una revista, ni un modelo semidesnudo que anuncia un perfume tumbado en una cama redonda, ni tampoco un café en cuya espuma se ensaya un corazón estúpido. Hay que decirlo todavía una vez más: como la verdad o la belleza, la vida está más lejos y más cerca, porque con ella no podemos jugar a maquillarnos la cara, ponernos unas plataformas de diez centímetros para sortear nuestra estatura o posponer el ejercicio de la cordura para el año que viene (un año de dietas disciplinarias que generalmente nunca cumplimos). Mientras que el ejercicio de vivir sólo tiene un tiempo, y éste es ahora, tenemos la sensación de que todo puede ser pospuesto. Por eso yo digo: o paramos esta máquina productiva de la indecencia humana o la única prima de riesgo que no llegará a los telediarios será nuestra extinción sobre la tierra (a la que por cierto estaría encantado de asistir en primera fila sólo por ver arder a los míos, y yo con ellos, en irrepetible hermandad, siendo pasto de las cenizas y de esa segunda verdad del mundo que yo llamo muerte). “Aquí, o se construye Italia o se muere”, dice la tradición que decía Garibaldi. Tal vez haya llegado la hora de hacerse cargo del mundo (al estilo del Fuenteovejuna de Lope).

Pasolini y Enrique Irazoqui durante el rodaje de El Evangelio según Mateo en 1964 (foto: David Grieco/imdb)

En una conversación que he tenido con él estos días, Enrique Irazoqui, el actor que encarnaba a Cristo en Il Vangelo secondo Matteo (1964), me explicaba cómo era la vida de Pier Paolo fuera del round mediático de las cámaras, los sinsabores tras su asesinato y las traiciones de las que fue víctima aun después de muerto. Recuerda aquel tiempo en que un grupo de amigos se reunían para buscar la verdad, un tiempo en el que se hacía una película sobre Jesucristo porque era la belleza absoluta, o un tiempo en que se luchaba por el bien absoluto contra el mal absoluto. Esos tiempos no volverán, pero fueron hermosos. Le pregunté entonces por algo que recordara de Pier Paolo, algo inherente a su personalidad, incontrolable, honesto, una constante vital. Su respuesta fue sencilla, hermosísima: “La intensidad”. Y yo me pregunto si los míos reconocen hoy el entusiasmo en las personas anónimas con las que se cruzan día tras día. Quién, dónde, cuándo. Querría saberlo. Vivimos en un estado neurótico sin tiempo para casi nada, sin tiempo para escuchar a quien nos habla, sin tiempo para responder a quien nos pregunta, sin tiempo para corresponder a quien nos ama. Por eso, si me preguntaran qué es el punk, diría que hoy la revolución es detenerse, el régimen pausado de la vida, escuchar Radio Clásica, leer las cartelas de los museos, pensar dos segundos antes de responder, paladear la mirada del otro o sencillamente decir NO ante tanta oferta, tanto producto, tanta opinión y tanta palabrería.

Mural realizado por el artista callejero francés Ernest Pignon Ernest que representa a Pasolini sosteniendo su propio cuerpo, del que se han expuesto copias en calles de varios distritos de Roma (foto: blocal-travel.com)

A lo mejor el mundo comenzó a declinar desde el momento en que una persona dijo estar emocionada sin apenas una lágrima en su rostro. Pero yo no quiero ni pretendo instrumentalizar nada ni a nadie; lo que estoy diciendo, por activa y por pasiva, es que si las palabras tienen algún significado, es el movimiento del alma que las impulsa, y no la boca que las pronuncia, lo que da sentido no sólo a las palabras, sino también al género humano. Pasolini luchó denodadamente contra esto, insistiendo hasta la exasperación, arriesgando su propia vida frente a un enemigo gigantesco que no tenía cara pero sí presencia. Tal vez aquí la imagen de un David contra Goliath no sería ningún eufemismo, pero como la resistencia nunca fue rentable en términos económicos, nosotros seguimos sordos de información.

Mientras, Finlandia, Alemania, Dinamarca, Francia, Suecia, Grecia, Hungría, Croacia, Letonia, Lituania, Polonia, Italia y España se arrellanan en un mapa de Europa que hoy hiede a ultraderecha. Todos, alarmados, nos preguntamos qué está pasando, qué sucede en el mundo, en qué piensa toda esa gente que concibe, contempla y acoge un mensaje excluyente, racista y disuasorio para garantizar el bienestar en Occidente. Puede que las emociones mal canalizadas sean el motivo por el que las clases medias han acunado esta especie de “extremismo moderado” (lo de moderado lo digo por entrar en los parlamentos y no como los ejércitos cristianos en Constantinopla en 1204). Puede que las blandas izquierdas, de frente a una realidad predatoria, estén obligadas a reinventarse o extinguirse, o que sean directamente responsables de la participación negativa, la abstención o la indiferencia supina de la gente hacia el voto; o puede que también hayan pecado de acríticas, de lastimeras o de vergüenza ajena. Pasolini, que vio cómo una horda infernal de fauces de fuego se aproximaba al umbral de lo humano, le asignó un nombre (lo diré, una vez más, como lo enunciaría William Blake): Consumismo, reconociendo en ello la mutación política y antropológica —Marx la llamó “genocidio” con una lucidez aplastante por dolorosa— que hizo posible que el fascismo cediera el testigo de su desdicha a un vástago mucho más temible que resultó ser su padre, la falsa democracia, o su mejor lubricante, de nuevo el Consumismo. Parecía inconcebible que pudiera pasar, pero algunas profecías tienen nombre propio.

Susana Colussi, madre de Pasolini, interpreta a la Virgen María anciana en El Evangelio según Mateo (foto: artribune.com)

Volviendo al hombre, porque a estas alturas insistir en el profeta sería redundante, hay que recordar que Pasolini, aun siendo aprendiz, siempre fue maestro. Tuvo la audacia (o crueldad) de poner en pantalla a sus amigos, su madre o sus amantes. Así, no veremos muchas más veces actuar en una misma película —Il Vangelo secondo Matteo— a Susanna Colussi, Ninetto Davoli, Natalia Ginzburg, Giorgio Agamben, Rodolfo Wilcock o Enzo Siciliano (que después, por cierto, se convertiría en su biógrafo). Había lugar para todos en la vida de Pier Paolo, incluso para un jovencísimo Bernardo Bertolucci como ayudante de dirección en Accattone. En verdad, su inesperada muerte lo empañó todo, y no faltó quien sostuvo la “normalidad” de aquel asesinato (como lo son todos) inhumano. Un ayudante dijo que en los años 70, pasearse con esa “Alfetta” —un Alfa Romeo GT 2000, deslumbrante, de un gris cromo que parecía pulido en el cielo— en busca de muchachos efébicos por el Pignetto o las borgate romanas, era como estar firmando una declaración de muerte. Y todo un Primer Ministro como Giulio Andreotti llegó a zanjar el asesinato, en directo en la televisión pública, con un lacónico, irreverente y anodino “se lo estaba buscando”.

Sin embargo, ese muchacho nacido en “una ciudad llena de pórticos”, no fue precoz más que en la voluntad. “Un poeta de siete años, como Rimbaud, pero sólo en la vida”. En 1966 dijo que lo más importante de su vida había sido su madre, pero si la sospecha de muerte era sólo eso, una sospecha, fue así hasta que (maldita sea, esta vez sí) se consumó de la peor manera posible. Después existe otro acontecimiento que suele pasar desapercibido. En una carta fechada el 26 de agosto de 1971, apenas seis meses después del aquel embarazoso desencuentro con la revista Tempo, a Pasolini se le viene encima una noticia tan crucial como el despido político del semanario: Ninetto Davoli anuncia su matrimonio. Éstas son las palabras con que Pasolini se dirigió por carta al amigo Volponi: “He perdido el sentido de la vida. Pienso solamente en morirme o cosas parecidas. Todo se me ha venido encima […] soy incapaz de aceptar esta horrenda realidad que no sólo me arruina el presente, sino que deja un rastro de dolor en estos años que yo creía de felicidad, al menos por la presencia alegre e inalterable de él. Te ruego que no hables de esto con nadie. No quiero que se hable de ello”. Es evidente que este hecho lo arrastró a algo no menos trágico: la resignación erótica.

Ninetto Davoli (izquierda) acompaña a Pasolini en un paseo por los suburbios de Roma (foto: ABC)

Pero Pier Paolo fue siempre un hombre de recursos, y aunque discrepase de Dostoievski cuando éste hablaba de la salvación por la belleza, puede decirse que el arte ciertamente lo protegió del dolor. Algo, por cierto, que se omite en todas las representaciones que se hacen de él; sólo la película de Federico Bruno, PasoliniLa verità nascosta (2013), refleja ese rayo continuo que lo atravesaba día y noche, ese afán creativo que no lo dejaba descansar o esa fuerza constante de la que no desperdiciaba ni un sólo minuto. Pintaba, dibujaba, esbozada, manchaba páginas en blanco. Sentía una especie de ingenuo “horror vacui” que lo empujaba a la actividad artística. Fue un artista total, pero no a la manera wagneriana, sino como un artesano que vive postrado ante la maldición de su necesidad.

En algún pasaje de su ingente producción escrita (os he dejado por aquí una pequeña bibliografía), Pasolini afirmaba que la infelicidad no es un crimen menor. El problema es que hoy el sentido de la felicidad también ha mutado. El sistema de vida que llevamos practicando durante los últimos cincuenta años es prácticamente insalvable. Nos hemos acostumbrado al engaño para salir a flote, a pisarle la cabeza al vecino para vivir mejor, a vender cosas innecesarias a gente que no tiene dinero para subsistir, a mentir día y noche para no morir de hambre. Si no hubiéramos perdido de vista al destinatario, nada de lo que sucede hoy tendría sentido; pero como no hemos sido nosotros quienes lo hemos perdido sino otros los que nos han obligado a perderlo, esto nos empuja a sentirnos inocentes de un crimen que, al igual que la infelicidad, tampoco es menor. Ese crimen, basado en la banalidad del mal de la inocencia, es la incapacidad para asumir responsabilidades. El mundo es como es porque, al fin y al cabo, nadie ha asumido su parte de culpabilidad en este embrollo. Lo vemos todos los días en política, cultura e incluso en nuestra cotidianidad. Aunque ellos lo llamen generalmente “trabajo” o “ganarse la vida”, nos han programado para cometer “crímenes”. Crímenes sin importancia, nos inculcan, que no tendrán ninguna repercusión en el futuro de la especie mientras prosigamos con nuestra vida. Pero ¿qué es la vida si para conseguir algo tenemos que cercenar la honestidad que nos hace humanos? Tal vez no estamos capacitados para aguantar el horror en el que hemos participado, tal vez no podamos aguantar tanta verdad, y esa es, tal vez también, la razón de nuestra sinrazón.

El rostro de Pasolini proyectado durante un homenaje en Roma en el 40 aniversario de su muerte (foto: Cordon Press)

Por eso este verano fui al Idroscalo de Ostia, a peregrinar sobre el monumento conmemorativo a Pier Paolo, a preguntarle, a escucharle una vez más. El pulso vital de aquel lugar, antaño un racimo de barracas y chabolas de uralita, y hoy sólo circundado por insectos y mosquitos, es tan emocionante como desolador. Desolador porque arrastra la pátina letal del olvido (apenas uno puede hacerse a la idea de cómo era aquella explanada donde lo mataron), y emocionante porque no hay un ápice de retórica (allí se condensa toda la verdad de la existencia, que no es más que el polvo, la dejadez, el silencio y la desmemoria). Como dice elocuentemente Juanma Agulles en Los límites de la conciencia (Ediciones del Salmón, 2014): “Quizá no decir nada, contemplar en silencio cómo el emperador pasa ante nosotros con su séquito [sabiendo que no lleva ningún traje, que está desnudo], sea la forma de sobrevivir a este tiempo por la que muchos han optado. Pero entonces habrá que preguntarse si vivir así merece la pena”. Pasolini, que creía que la mayor obra de arte era el silencio de un ermitaño que no escribía, se contradijo yendo en contra de sus preceptos. A lo mejor ha llegado el momento de recoger ese testigo y contradecir nuestra forma de vida para alumbrar otra más honesta, más sabia y, sobre todo, más humana.

Monumento a Pasolini en el lugar de su asesinato (foto: Rerumromanorum)

Fuente: «Dossier Pasolini»

https://www.ajoblanco.org/blog/dossier-pasolini-hacer-del-mundo-lumbre-iii

https://www.ajoblanco.org/blog/dossier-pasolini-hacer-del-mundo-lumbre-iv

Portada: foto incluida en la portada del libro de José Mª García López Pasolini o la noche de las luciérnagas

Ilustraciones: Conversación sobre la Historia

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