Eloy Fernández Clemente

Catedrático jubilado de Historia económica.
Universidad de Zaragoza

 

(…) José Antonio Labordeta Subías nació en Zaragoza el 10 de marzo de 1935, hijo de un catedrático de Instituto, de Latín, quien poco después sería expulsado del cuerpo por el Ejército sublevado por su pertenencia a Izquierda Republicana, dedicando el resto de su vida a dirigir el privado Colegio Santo Tomás de Aquino, en el caserón situado entre el Mercado Central y la plaza de San Cayetano, donde José Antonio cursaría el bachillerato y al que tantas veces recreará en sus relatos y poemas. En un aula en la que, junto a él, se sentaban muchachos que andando el tiempo serían muy conocidos: Emilio Gastón, Santiago Marraco, Vicente Cazcarra. Sus amigos de siempre.

Familia Labordeta Subías. Detrás: Miguel, Manuel y Luis, abajo, con los padres, Donato y José Antonio (foto: Fundación José Antonio Labordeta)

Como escribiera certeramente de ese pequeño Macondo José Luis Melero, en “los Cuentos de San Cayetano…, imprescindibles, tiernos, crueles, y divertidos, Labordeta nos cuenta con humor y muy poca nostalgia los primeros años del franquismo en una ciudad, y sobre todo en un barrio, este barrio, que es el corazón y el estómago de la ciudad de Zaragoza. La plaza de San Cayetano, esta hermosa plaza, tan italiana…, con los fantasmas de Santa Isabel de Portugal y del Justicia decapitado, el Mercado Central con su trasiego constante de gentes y mercancías, la ribera del Ebro y la desaparecida pasarela que casi constituye una metáfora del límite entre la vida y la muerte, son los escenarios por los que los adolescentes estudiantes… empiezan a descubrir la vida, la muerte, el sexo, la violencia, la derrota, la poesía, y la risa”.

Tras la temprana muerte de don Miguel Labordeta en 1953, (y aunque la madre, doña Sara, esa mítica mujer tan bien descrita por su nieta Ángela en Bombones de licor, lo supervisa todo), le sucede en la dirección del Colegio el hijo mayor del mismo nombre, hombre de gran cultura, posiblemente el principal poeta habido en Aragón en el siglo XX, y bajo cuya influencia crece José Antonio, que acude a las tertulias poéticas del café Niké, presididas por aquél.

Miguel Labordeta (foto: Fundación J.A. Labordeta)

Pertenece, pues, por derecho propio a esa mítica generación que, encabezada por su hermano Miguel, integraron Manuel Pinillos, Ildefonso M. Gil, Luciano Gracia, Guillermo Gúdel, Julio Antonio Gómez, Raimundo Salas, Ignacio Ciordia, Antonio Fernández Molina, Miguel Luesma, Benedicto L. de Blancas, Fernando Ferreró, Emilio Gastón, Emilio Alfaro, Rosendo Tello… Y otros como José Antonio Rey del Corral, Fernando Villacampa, Alfredo Castellón, Pío Fernández Cueto, Luis García Abrines, Eduardo Valdivia, Francisco Úriz, Antonio Artero. Y los próximos a ese mundo sin integrarlo, como Manuel Derqui, Gabriel García Badell, José Luis Borau… La lista de gentes de la cultura aragonesa con quienes contacta sería interminable.

Ya había comenzado a escribir en la revista colegial, Samprasarana y en Papageno, y dirigirá Orejudín, a la vez que estudia en esta Universidad y se licencia en Letras en 1960 (también estudió dos cursos de Derecho). Poco antes ha publicado su primer libro de poesía, Sucede el pensamiento (1959). Poeta de recuerdos como fotos amarillas, también en esa prosa desgarbada a veces, intimista, que va realmente dirigida a unos pocos, cómplices, paseantes con él una y mil veces del barrio, el único y verdadero barrio de su mundo: una generación poética a la que aún esperan estudios globales que asombrarían a muchos. Transeúntes sempiternos, a veces silenciosos, a veces procaces en sus gritos y aspavientos, siempre miembros de una insólita cofradía de creadores pensativos, rebeldes frente a tanta opresión y tanta mediocridad.

Durante toda su vida, pero sobre todo a partir de su muerte en 1969, José Antonio dedicará parte de su obra, textos y canciones, a evocar la figura progresivamente agrandada de su hermano Miguel, logrando un reconocimiento al principio esquivo y finalmente discreto, en la historia y la crítica literarias españolas, porque no hacía “poesía social” cuando era lo obligado. Junto con su hermano Donato, en nombre de todos, hicieron recientemente a esta Universidad la donación de la biblioteca del poeta, que hoy se ubica en la Biblioteca María Moliner de la Facultad de Filosofía y Letras.

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Aún antes de acabar la carrera fue lector de español en Aix-en-Provence (Francia) en 1958, luego profesor en el Colegio familiar. En 1964 se casa con Juana de Grandes y ambos van a Teruel, porque José Antonio acaba de obtener una plaza como profesor de Enseñanza Media. Teruel es el sur profundo y duro de un Aragón ilimitado. Creo, y lo he dicho alguna vez ya, que todo compromiso aragonesista debe comenzar en las tierras turolenses, cabe los leñeros y los Mansuetos, en el frío y la ternura de sus paisajes, la somardez timorata de su gente, la enorme potencialidad de sus muchachadas ávidas de saber y hacer.

Foto: Fundación José Antonio Labordeta

Años de Teruel, tan mitificados, porque allí hubo, sí, un intento de enseñar de otra manera, de cambiar desde lo pequeño un rincón del país, pero hubo también mucha represión y mucho miedo. De ese Teruel que compartimos en los sesenta surgen vivencias profundas, lecturas, reflexión, amistad, indignación, decisión de cambiar esta tierra. Las primeras canciones casi a tanteo, sin imaginar la larga carrera de cantautor; el sueño de una revista cuya autorización, como pequeños sísifos reiniciamos tras cada revolcón de “la autoridad informativa”.

Además de sus clases en que es apreciado por cientos de alumnos como un estupendo profesor, ejerce como tutor en el célebre Colegio Menor San Pablo, donde dirige teatro, promueve el periodismo escolar, y otras actividades. Años muy recordados en que coincide con el dramaturgo José Sanchis Sinisterra, el filósofo Agustín Cebeira, el naturalista Agustín Sanmiguel, el latinista Jesús Oliver, y otros muchos: yo mismo. Y alumnos como Joaquín Carbonell, Federico Jiménez Losantos, Pedro Luengo, los hermanos Serrano, Carmen Magallón, etc. Creo que nuestro José Antonio universal, viajero, televisivo, cantor ante multitudes, ídolo y símbolo de lo mejor de Aragón, no puede ser entendido sin aquellas raíces.

José Antonio Labordeta (con gorra) con un grupo de alumnos en Teruel, años 60: Joaquín Carbonell, Sarrais, Carmen Magallón y Federico Jiménez Losantos

En Teruel publica su libro Las Sonatas (1965) y comienza a colaborar en revistas literarias como Ínsula, o Papeles de Son Armadans, que dirige Cela, analizando la obra de Unamuno o, más adelante, de César Vallejo y, sobre todo, de su hermano Miguel. Comienza a grabar canciones de autor, entre las que destaca Los leñeros, y protagoniza la película del director aragonés Antonio Artero, Monegros.

A lo largo de las siguientes décadas va a simultanear la escritura literaria, el trabajo de cantautor, el de protagonista de series de televisión y algunas películas, el de político.

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En el primero de los casos, la escritura literaria, destacan libros de poemas como Método de lectura, Jardín de la Memoria, Diario de un náufrago, Monegros, Dulce sabor de días agrestes, relatos y textos autobiográficos que van desde la Guerra Civil (Cada cual que aprenda su juego, El Trajinero) hasta el momento presente, pasando por viajes (Aragón en la mochila, Un país en la mochila, Tierra sin mar), o memorias como Con la voz a cuestas, Mitologías de mamá, Los amigos contados, Banderas rotas, Cuentos de San Cayetano y el más popular, Memorias de un beduino, sobre la etapa de ocho años en que fue diputado en el Congreso. En fecha tan temprana como 1978 ya merece un destacado libro en la serie de Júcar sobre grandes figuras de la música del filólogo José-Carlos Mainer, quien ya había realizado para Lumen una antología de su poética.

Posee José Antonio ese estado de gracia que es la poesía, que aplica a todo sueño, toda acción, todo liderazgo cultural, aragonesista, izquierdista, toda ansia de cambiar el mundo a través de la palabra, el sentimiento y la idea. Poeta mayor, además de serlo en sus varios libros estrictamente poéticos, lo es en todas sus canciones, en su prosa cotidiana, en su hondo y tierno sentido de la amistad por encima de todo, en su esfuerzo diario por superar tanta mediocridad y tanta desolación (una de sus palabras recurrentes) con unas gotas de esperanza.

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Quiero detenerme especialmente en Tierra sin mar, porque creo que ahí se muestran tantas horas de desánimo porque los cantos se han hecho cuentas bancarias, las esperanzas esperpentos, las dignidades deidades, y es preciso rebuscar en lo hondo de los recuerdos para asirse a ellos, a cuanto nos empujó años atrás. José Antonio, que sigue durísimo contra tanta corrupción, tanta estupidez, tanta mentira, es un referente obligado en tierra de soledades y tristezas. Ese libro invoca razones para seguir, a pesar de todo. Hay una ética individual fortísima, una moral para resurgir hacia la rabia, la lucha, la presencia arriesgada, porque los prevaricadores han dejado de sonreír y van enseñando las uñas.

Y es esta moral contra toda tormenta, esta capacidad de aguante porque el cuerpo aguanta aunque acaben de caer sesenta y cinco años, lo que le mantiene en pie, y, como en tantas ocasiones, en tantas marchas reivindicativas, en tantos recitales con la emoción apretando la garganta, a muchos de nosotros a su lado, bajo su humor sardónico, sus comentarios somardas, sus estímulos firmes.

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En periodismo, ha colaborado en toda la prensa zaragozana (El Día, Heraldo, El Periódico), en Diario 16, El Mundo, y otros muchos medios escritos así como en tertulias de radio y televisión. Y sobre todo en Andalán, seguramente la más hermosa aventura emprendida por él y por muchos de nosotros, objeto de tantas dificultades y de tantos afectos. Labordeta estuvo siempre, desde que lo soñábamos en Teruel hasta el día del cierre, de modo decisivo, trayendo a sus amigos, escribiendo habitualmente.

Labordeta con el grupo creador de la web de Andalán, enero 2010 en su casa: Vicente Martínez Tejero, Antonio Peiró, Cuco y Ramón Salanova, Lola Campos, Eloy Fernández Clemente, Luis Alegre y Emilio Gastón

Su mítica figura, ya pronto conocida en toda España por sus canciones; su aspecto bronco y serio, pero a la vez chungón, sencillo, de costumbres y hechos de lo más aparentemente corriente, le hicieron desempeñar la imagen del padre o, mejor, del hermano mayor, que siempre está cuando lo necesitas, con un consejo, una broma, un abrazo. Lo era, por edad, y por autoridad moral sobre un grupo muy grande, en el que muchos aportaron ideas, trabajo, discusiones, generosidad, y todos aprendimos ciudadanía, democracia, periodismo, en el que él logró mantener el espíritu plural y unitario, democrático y progresista. No he estado nunca en un colectivo en el que hubiera tanta unanimidad en reconocer y querer al líder natural.

Quiero recordar que cuando se inicia Andalán, en sus primeros tiempos, una parte decisiva, de su Junta de Fundadores, de su equipo de redacción, la integran profesores en su mayoría no numerarios y estudiantes universitarios de esta Universidad. Hoy, claro, esa generación ha hecho sus deberes y ocupa los lugares merecidos, labrados en aquellos años. Pienso en Guillermo Fatás, Jesús Delgado Echeverría, José-Carlos Mainer, María Dolores Albiac, Carlos Forcadell, J.J.Carreras Ares, Gonzalo M. Borrás, Lorenzo Martín-Retortillo, José Antonio Biescas, J.J.Carreras López, José Luis Rodríguez, Francho Nagore, Eliseo Serrano, Luis Germán, Vicente Pinilla, Luis Alegre, Pedro Arrojo y otros que o no fueron profesores en esta pero sí en otras universidades, como Mario Gaviria, o tuvieron otros menesteres universitarios, como Antonio Peiró o Javier Delgado.

Labordeta con el catedrático J.J. Carreras en un recital en la Universidad de Zaragoza en los años 70

Todavía podría ampliarse esa larga lista con colaboradores universitarios más o menos esporádicos de Andalán como Ángel Cristóbal, Antonio Embid, Manuel García Guatas, Enrique Gastón, Chesús Bernal, Eduardo Bandrés, Mariano Hormigón, Jesús Jiménez, José Ignacio Lacasta, Carmen Rábanos, José Antonio Rey del Corral, Julián Casanova, Manuel Martín Bueno, Antonio y Agustín Ubieto, María Luisa Ledesma, Esteban Sarasa, Gregorio Colás, Guillermo Redondo, José Antonio Salas, Ferrer Benimeli, Pérez Sarrión, Enrique Bernad, José Ramón Montero …

No diré los otros nombres, de los excelentes periodistas o profesionales, porque sería una lista también muy larga y con más riesgo de olvidos graves. Pero estoy seguro de que cuantos de ellos sepan de este acto, se unirán emocionados a nosotros.

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En el segundo aspecto, el de cantautor, desde que en 1970 llega a Zaragoza, donde dirige un Instituto filial del barrio de Torrero, y más adelante pasa al Instituto Pignatelli, Labordeta publica en 1971 el libro Cantar y callar, siempre con problemas de censura, y es ya la figura central cuando en noviembre tiene lugar en el Teatro Principal el I Encuentro de la Canción Aragonesa, con Carbonell, La Bullonera, Tomás Bosque, Ana Martín y otros.

El poeta logrará, de ese modo, acceder a grandes públicos poco o nada lectores, llevando mensajes de amor y amistad, de hermosas y eficaces imágenes de la soledad de los ancianos, la despoblación por la emigración, y describiendo y combatiendo otros muchos problemas. Son muy recitadas las canciones de discos tiernos, irónicos, airados, como Tiempo de espera, Que no amanece por nada, Cantata para un país, Las cuatro estaciones, Qué queda de ti, Aguantando el temporal, Qué vamos a hacer, Trilce, y recitales por todo el territorio aragonés, por toda España y por numerosos países de Europa: varios discos, iniciados con Labordeta en directo dan cuenta de ello. Su Himno a la libertad sería recitado por millones de personas como el más emblemático de la lucha por la democracia y las libertades, aquí y en toda América Latina, como en el reciente veinte aniversario del asesinato de los mártires de El Salvador. Con él, en recitales diversos, han cantado la mayoría de los cantautores españoles, sus grandes amigos (además de los aragoneses, sobre todo Carbonell y La Bullonera), tales como Aute, Serrat, Sabina, Imanol, Paco Ibáñez, Ana Belén y Víctor Manuel, Luis Pastor, Ovidi Montllor, Pablo Guerrero, etc.

Años, en fin, de la construcción, lenta y difícil, de una democracia y un país, con sus canciones tan hermosas, emocionando a gentes de toda España, proponiendo dentro y fuera un mundo diferente al que teníamos, de polvo, niebla, viento y sol, forzando la marcha. Llevaba el aliento poético de la más grande generación poética aragonesa de todos los tiempos y la voluntad de cambio que todos habíamos aprendido en la lucha codo a codo contra el fascismo.

Concierto en Huesca (1976). Fotografía incluida en el disco Labordeta Inédito. En el Jardín de la Memoria

Su voz ha cantado al ser humano y sus alegrías y tristezas. Ha luchado por las libertades (aún incompletas, tamizadas), la democracia (imperfecta, y lo sabemos todos) y la justicia, la solidaridad, dos bellísimas palabras que parecen hoy obsoletas, porque nos han hecho una sociedad competitiva, ferozmente individualista.

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Permítanme que me detenga un poco más en su papel de guionista y protagonista, en especial sus muy celebrados veintiséis programas de “Un país en la mochila”, emitidos en los años noventa por TVE, que le hicieron ser extraordinariamente conocido y querido en toda España y en América. No es de extrañar, pues constituyen todo un tratado de Antropología y Etnografía, de Geografía e Historia, que muestra con curiosidad y respeto diecisiete comarcas, elegidas por su belleza e interés, pero también por su situación recóndita, marginal.

Un viaje hacia la España rural en el que, como el mejor Cela, el del Viaje a la Alcarria, inicia su ronda “con una mochila al hombro, una gayata pirenaica, una gorra, una viejas botas y los vestidos necesarios para soportar casi todos los rigores…” Esos son sus pertrechos físicos, que en el alma y en la mente, el Abuelo lleva una gran cultura, unos saberes que le harán prudente, cuco, tierno y enormemente respetuoso con esas gentes que, “lo único que querían era salvar un pueblo, un paisaje, y vivir en libertad”.

Este sabio de gorra y alforja ilustra, como viejo profesor que fue, sobre los mármoles de Almería o las especies arbóreas autóctonas de Cazorla, o su rica fauna: el muflón, la cabra hispánica, el gamo, el buitre leonado o la tímida y vergonzosa ardilla. Los Picos de Europa; las Hoces del Duratón; el Maestrazgo turolense en toda su grandeza sobria; la Mallorca interior que recorre el tren de Palma a Soller; la isla del Hierro (“pequeños paraísos aún no arrebatados por la terrible crueldad del hombre urbano”). En la Rioja baja, se alegra de ver cómo se compensa el pasado textil de Enciso con la industria zapatera de Munilla y Arnedo. Al norte de Madrid, colindando con Guadalajara, recorre la Sierra pobre; en Murcia, balnearios y norias; en el País Vasco, la Pasión de Balmaseda.

Foto: twitter de David Senabre

Habla con guardias forestales, curas, artesanos, almadieros, amas de casa, solitarios profesionales y, en general, con gentes curiosas, casi todas. Aquí y allá le ofrecen vinos y pastas, encurtidos y guisos de la casa, con el valor añadido de la cordialidad en el convite. El viajero es hambrón, y tiene una deliciosa gula agradecida, no dice nunca que no a nada. 

Surgen temas de política alguna vez, en general, pero sobre todo se habla de la vida. Protesta del avance terrible de las carreteras, la deforestación, el brutal aprovechamiento del agua. Y medita. En soledad, el viajero silba melodías agrestes, pasea y husmea, se refresca en los ríos los cansados pies del caminante, se cuida la ciática y hasta se da un señor baño, «sin compañera» en un pintoresco balneario.

Foto: Twitter de David Senabre

En ese trasiego ibérico, tantas experiencias, tantos encuentros con gentes de bien, sencillas y acogedoras, pero también tantos encontronazos con la miseria, el abandono, la soledad, hacen que el viajero reaccione hondamente, cantando al mundo rural que se nos va, llevándose tantos recuerdos, modos de hacer, canciones y refranes. Alabanza de aldea, sin duda. Y nostalgia de un paisaje que es, en buena parte, la infancia colectiva de esta sociedad enloquecida.

Y casi al final, al salir de Crevillente donde, no es casualidad, se abraza con un viejo militante izquierdista, mira hacia atrás, “con una suave tristeza, como si el viento hubiese sido demasiado feroz con todos nosotros y sólo nos hubiese dejado un amargo sabor de boca de las ilusiones que sobre la vida habíamos puesto”.

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Mitin del PSA el 5 de febrero de 1977 (foto: Fundación J.A. Labordeta)

Finalmente, y no en último lugar, su figura política, su colaboración en todo tipo de actos reivindicativos de derechos fundamentales, de protesta por los problemas de la sociedad aragonesa y española.

No me desmentiréis si digo que su voz y sus canciones han acudido allá donde ha sido requerido, sin que quienes le invitaban ni él considerasen de qué partido eran. No debemos, sin embargo, obviar su apoyo a experiencias políticas de mayor o menor éxito, como fueron el Partido Socialista de Aragón (años utópicos, ingenuos, inolvidables, con una nueva carga de frustraciones e impotencias), el Partido Comunista (al que apoyó en varias ocasiones), y sobre todo la Chunta Aragonesista, con la que fue primero diputado en las Cortes de Aragón y luego en el Parlamento español por dos legislaturas. Es bien sabido que en el Congreso Labordeta fue persona muy respetada por casi todo tipo de políticos, muy popular entre los periodistas y la opinión pública, por su trabajo intenso en la preparación de las Comisiones a las que pertenecía y por el tono y estilo de sus frecuentes intervenciones.

José Antonio Labordeta, rodeado de escaños vacíos, durante la apertura de una sesión parlamentaria en abril de 2000 (foto: Miguel Gener/El País)

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Aun peligrando alargar en exceso este texto, no quiero olvidar los aspectos más cercanos, del entrañable esposo, padre y abuelo; del miembro de una familia en la que todos, sus hijas, hermanos y sobrinos, llevan con orgullo y cariño ese apellido porque él lo ha hecho tan estimado. Pero sí evocar la ejemplar figura de Juana de Grandes, medio siglo a su lado, comprensiva con una vida un tanto desordenada, amante silenciosa del hombre público, amiga detallista de tantos amigos itinerantes como su marido cosecha por doquier. Sus animosas y divertidas hijas, la actriz Ana, la escritora Ángela, la cámara de televisión Paula. Las preciosas nietas.

Constitución de la Fundacion Labordeta con la viuda y las tres hijas (Ana, Ángela y Paula), Emilio Gastón, Gonzalo Borrás, Eloy Fernández Clemente, J.L. Melero, José I. López Susin, Manuel y Francisco Pizarro (notario que daba fe) y el presidente de la Cámara de Comercio Manuel Teruel

Y permítanme también que aluda a las extraordinarias calidades del amigo siempre pródigo; símbolo de toda una generación, a su alrededor han ido agrupándose, junto a todas las viejas amistades y grupos, muchos nombres de otras más o menos jóvenes. Tertulias que tantas veces tuvieron de escenario Casa Emilio, junto al Portillo. De ellas recuerdo, con olvidos, a los Antón Castro (y Daniel Gascón y Aloma Rodríguez), Javier Tomeo, Ignacio Martínez de Pisón, Luis Alegre, Félix Romeo, Mariano Gistáin, Ismael Grasa, Miguel Mena, Cristina Grande, Cuchi, Ángel Artal, Pepe Melero, Vicente Pinilla, Pérez Lasheras, Martínez Tejero, los Notivoli, Santiago Gascón. Creo no exagerar si afirmo que todos, más los que ahora no recuerdo, le tienen como icono no sólo de escritor valioso y comprometido, sino líder moral, amigo y compañero.

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La sucesión de premios y honores que José Antonio Labordeta ha recibido es muestra de cómo ha sido reconocido por la sociedad aragonesa y sus dirigentes de cualesquiera tendencia, como uno de los principales referentes de nuestra cultura, además de una figura ejemplar por su limpia trayectoria personal, profesional, social y política.

Miembro del Comité de Honor de Rolde de Estudios Aragoneses, éste le ofreció un gran homenaje en 2008, acto en el que se presentó el libro “José Antonio Labordeta. Creación, compromiso, memoria”, coordinado por Javier Aguirre, que constituye el principal de los varios estudios que le han sido dedicados.

Elot Fernández Clemente da el discurso de entrega del Doctorado Honoris Causa de la Universidad de Zaragoza a José Antonio Labordeta. En la pantalla, entre las autoridades el presidente de Aragón Marcelino Iglesias y el alcalde de Zaragoza, Juan Alberto Belloch

Entre otros muchos reconocimientos, ha recibido el Premio Lanuza de las Cortes de Aragón, la Medalla de Oro de la Ciudad de Zaragoza, la de Santa Isabel de la Diputación Provincial de Zaragoza, y numerosos galardones en ciudades y pueblos. Recientemente el Gobierno de España le concedió el Premio de las Artes, que le fue entregado hace unos meses en Santander por los Reyes. Y el Ministro Sr. Corbacho le impuso la Medalla al Mérito en el Trabajo, en su propio domicilio debido a su enfermedad.

A esos homenajes se añade hoy la concesión de este Doctorado Honoris Causa en el que nuestra Universidad interpreta y plasma la admiración y afecto de tantos miles de personas. Confiriéndole este máximo galardón, le agradecemos cuanto es y significa, y mostramos a los demás que sí es profeta en ésta su tierra, y en la Universidad sabemos reconocerlo.

La despedida a José Antonio Labordeta con el Canto a la libertad frente a las Cortes de Aragón en el TeBeO Labordeta de Carlos Azagra (2018)

Fuente: Doctorado Honoris Causa de Jose Antonio Labordeta por la Universidad de Zaragoza, 23 de marzo de 2010

Ilustraciones: Conversación sobre la historia

Portada: Twitter de David Senabre

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