Jaume Claret

Profesor de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC). Su último libro «Ganar la guerra, perder la paz. Memorias del General Latorre Roca» (Crítica,2019)

 

Con una afectada teatralización, la Casa Real española ha confirmado la salida del país del rey emérito. Sin embargo, este enésimo cortafuegos generacional no logrará los efectos deseados de salvaguarda de la Monarquía y del actual jefe del Estado.

En primer lugar, el movimiento ya está amortizado, pues hacía semanas que los rumores corrían por las redacciones y las redes, y en cambio las contraindicaciones son diversas: desde las estéticas hasta las judiciales, sin garantías de que nuevas revelaciones mantengan el foco sobre los diferentes escándalos en torno a Juan Carlos I.

Y, en segundo lugar, porque no resuelven la debilidad originaria de los Borbones en España.

Tradición, utilidad y ejemplaridad

Las Monarquías parlamentarias y democráticas se justifican por razones de tradición, utilidad y/o ejemplaridad.

En el caso español, la primera apelación se ve cuestionada por una trayectoria accidentada de abdicaciones y restauraciones; la segunda se desafía desde la trinchera republicana y por el creciente desapego de las nuevas generaciones (aunque el CIS opte por el silencio demoscópico); y la tercera se encuentra sacudida por la acumulación de escándalos financieros y parejas comisionistas del monarca huido (sin olvidar otros episodios protagonizados por su círculo íntimo y familiar).

Los reyes Juan Carlos y Sofía con el rey Fahd, en los años 70. (Getty)

Porque, aunque el debate actual surja en torno a la figura y actuación de Juan Carlos I, a nadie se le escapa que lo relevante son las implicaciones respecto de la continuidad de la Monarquía en España.

El brillo inicial del rey emérito, que había permitido camuflar la debilidad histórica e institucional de la Corona, se halla hoy agotado. Sobre la segunda endeblez se habían pronunciado con contundencia juristas prestigiosos como Bartolomé Clavero:

“La Monarquía actual es extraña no sólo por extemporánea, sino también por disfuncional, por una disfuncionalidad constitucional explotada además por ella misma y por los partidos centrales que vienen sucediéndose al frente del gobierno del Estado. Todo ello ha podido desarrollarse a partir de una instauración dictatorial de la Monarquía que no se ha sometido del todo a una reinstauración parlamentaria”.

Debilidad histórica

Sobre la debilidad histórica, basta con fijarse en la incapacidad borbónica para encadenar más de dos monarcas en los últimos dos siglos. Tras la muerte de Fernando VII (que pasó de ser “el deseado” a “el rey Felón”) y las guerras civiles carlinas, la ‘corte de los milagros’ se vio sacudida por las interferencias políticas, económicas y sexuales de su hija Isabel II, hasta su destronamiento –no exento de machismo— en 1868.

La subsiguiente restauración en 1874 en la figura de Alfonso XII normalizó el “borbonear” –en referencia a las constantes intromisiones reales— y, ante la experiencia del exilio y de la pérdida momentánea del trono, añadió la preocupación por enriquecerse, a veces a través de intermediarios y a veces directamente, en negocios de todo tipo y no siempre claros.

Los reyes Alfonso XIII Mari a Cristina y Victoria Eugenia en el circuito automovilístico de Lasarte. Fondo Car Kutxa Fototeka.

Por ejemplo, el reinado de Alfonso XIII, reconocido pornógrafo y coleccionista de amantes, es inseparable de acontecimientos como el desastre de Annual y la posterior dictadura de Miguel Primo de Rivera, pero también de episodios de ventajismo económico como su participación en la mítica Hispano-Suiza, forzando la apertura de una deficitaria factoría en Guadalajara.

La corrupción sistémica y los abusos sistemáticos volvieron a dejar a la Monarquía sin avaladores, desencadenando un segundo derrocamiento por la acumulación de errores propios. Así lo explicó el socialista Julián Besteiro:

“Algunos exploradores africanos cuentan haber visto, en las selvas, elefantes que permanecen en pie después de muertos, sostenidos por el enorme peso de su mole: la monarquía española es uno de esos elefantes”.

Los Borbones no regresarían a España hasta décadas después, por decisión del dictador Francisco Franco, quien no dudó en saltarse el orden dinástico y la figura de Juan de Borbón. Con todo, el protagonismo del rey Juan Carlos I en la transición de la dictadura a la democracia –con el episodio, todavía debatido, del 23F como consagración— parecía haber corregido un comportamiento condicionado no por razones de determinismo genético o fatalidad histórica, sino más bien por disfunciones de la institucionalización, organización y control del propio sistema político.

Cuando el juancarlismo congregaba consensos

El ‘juancarlismo’ congregaba consensos e incluso internacionalmente la Corona española gozaba de prestigio.

El presidente Reagan y su esposa Nancy, con Don Juan Carlos y Doña Sofía.

Sin embargo, y antes que un elefante de verdad y no uno metafórico se cruzara en su camino, la reputación inicial del actual emérito se había deteriorado y, aunque el sistema mediático español se conjuraba para evitar filtraciones, las disfunciones se acumulaban.

Ello se ha agravado en los últimos años por un cambio generacional y de valores donde, aquello que antes era perdonado como muestra de campechanía y sagacidad, ahora se condena como confabulación y corrupción. Los secretos y confidencias de antaño hoy circulan por las redes sociales y son amplificados por los medios.

Cuando sus consecuencias impactan sobre la política, la economía y la sociedad, especialmente en plena crisis pos-COVID-19, las alcobas y los bolsillos del rey resultan informativamente relevantes.

La falta de tradición, utilidad y/o ejemplaridad puede acabar costándole cara a la Casa de Borbón, más aún si fracasa en su intento por sintonizar con los nuevos tiempos y/o para significarse por encima de los intereses de parte.

Fragilidades compartidas: Monarquía vs República

Para garantizar su supervivencia debería acertar a la hora de elegir discursos, actuaciones y colaboradores –y pueden empezar tomando nota de los futuros monarcas ingleses—, pues como recordaba el ex jefe de la Casa del Rey Sabino Fernández Campo: “La verdad se le debe decir al Rey, con prudencia y sutileza. […] El respeto no tiene nada que ver con la adulación”.

La intermitencia borbónica parece una constante histórica en la trayectoria contemporánea de la Monarquía española y las dudas sobre una futura coronación de la hoy princesa Leonor parecen más que justificadas.

Paradójicamente, el mismo registro histórico ofrece alguna esperanza a los Borbones, pues las alternativas republicanas (por no hablar del anecdótico Amadeo I de Saboya) han sido todavía más frágiles y discontinuas.

Para quienes imaginan una España republicana, casi mejor que centren sus esfuerzos en consolidar su apuesta, pues para derrocar a la familia real siempre pueden contar con su capacidad para la autodestrucción.

Fuente: The Conversation 4 de agosto de 2020

Portada: Isabel II, Alfonso XIII y Juan Carlos I (Conversación sobre la Historia)

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