Un intercambio entre José Álvarez Junco y Luis Fernando Medina


Artículo de Edgar Straehle

Edgar Straehle es licenciado en historia, en filosofía y en antropología (Universidad de Barcelona). Doctorado con una tesis sobre el pensamiento de Hannah Arendt. Autor de «Claude Lefort. La inquietud de la política» (ed. Gedisa, 2017)

¿Aporta la historia pasada lecciones que sirvan para aprender a leer mejor el presente? Y, en caso afirmativo, ¿bajo qué condiciones se puede lograr este aprendizaje? ¿Hasta qué punto es lícito un comparatismo que en el campo de la historia es tan inevitable y necesario como arriesgado? ¿Y podemos emplear los conceptos de una época para describir acontecimientos o retratar figuras históricas que pertenecen a otra? ¿Cuáles serían los límites de eso que François Dosse llamó el “uso razonado del anacronismo”? Y por último, ¿a quienes podemos colocar como responsables de las acciones y tragedias del pasado?
Dichas preguntas, formuladas explícitamente o no, atraviesan de manera ineluctable los libros y los debates que giran en torno a la historia. Desde luego, se trata de interrogantes que probablemente no tengan respuestas claras ni conciten jamás un amplio consenso, pero de todos modos siguen obstinadamente vivos en la actualidad. Dichas preguntas se asoman, de manera sutil o evidente, en muchas de las polémicas históricas. Por ejemplo, se presentaron de nuevo hace tres años, con motivo de un poco conocido y escueto debate intelectual que sostuvieron el historiador José Álvarez Junco y el politólogo Luis Fernando Medina y que consideramos que puede ser útil rescatar.

Iósif Stalin
Iósif Stalin

El mencionado intercambio arrancó el 7 de julio de 2015. José Álvarez Junco, autor de obras imprescindibles como El emperador del Paralelo o Mater Dolorosa, publicó ese día un artículo en El País, “El otro monstruo”, en el que procedía a ajustar cuentas con la figura de Stalin. Ahora bien, después de trazar una rápida comparativa entre el jerarca ruso y Hitler, también lanzó una propuesta para explicar cómo el “sistema” ruso del momento pudo “poner a un monstruo de este calibre a su cabeza”. Tras mencionar la posibilidad de su relación con la tradición rusa y con el zarismo, planteó una respuesta previsiblemente polémica y que tildó de más interesante:
Me refiero a la debilidad política de la teoría marxista, a la falta de precauciones ante los posibles abusos de los futuros dirigentes de la dictadura del proletariado, un tránsito obligado en el proceso de construcción del paraíso socialista. Karl Marx, tan penetrante en su crítica social, mostró una sorprendente ingenuidad política al subirse, sin más, al tren jacobino: solo importaba la toma del poder por el proletariado.
Claude Lefort "La complication"
Claude Lefort «La complication»

Según Álvarez Junco, habría que extender la culpa de las atrocidades del estalinismo no ya sólo a Lenin sino también a Marx. Una hipótesis expresada cuantiosas veces en el pasado y luego criticada por pensadores tan poco dudosos respecto al estalinismo como Hannah Arendt (en Karl Marx y la tradición del pensamiento político occidental) o Claude Lefort (en La complication). Según el historiador español, Marx “no previó algo tan elemental como que los representantes del proletariado, al disponer del poder absoluto, pudieran usarlo en su propio beneficio”. Por ello, Álvarez Junco reivindica la obra más lúcida, y no casualmente más pesimista, de los padres del constitucionalismo americano, quienes implantaron un sistema de contrapesos en el gobierno para impedir la comisión de abusos de poder. Sin embargo, no se detiene ahí y extiende su crítica a partidos de tradición comunista como Izquierda Unida por no haberse desprendido “suficientemente de su pasado estalinista”. Al final compara la situación de esta formación política con una Iglesia católica que, a su juicio, sigue pagando su pasado inquisitorial y no entiende que “la ciudadanía desconfía, con razón, de que, si ellos recuperaran el poder de antaño, no volvieran a erigir piras para inmolar a quienes no comulgaran al cien por cien con su ideario”. Así se mostraría la elasticidad del término totalitarismo, el cual sería empleado para calificar dos realidades tan desemejantes como la Iglesia católica e Izquierda Unida o también para la obra de Karl Marx.

"Padres fundadores" de los Estados Unidos de América
«Padres fundadores» de los Estados Unidos de América

Una de las cuestiones que suscita el artículo es la siguiente: ¿hasta dónde podemos proyectar hacia el pasado o hacia el presente una categoría como la de totalitarismo? Sin duda, se trata de un problema complejo, bien conocido y que conecta con la no menos complicada gestión de los anacronismos. ¿Podemos hablar en términos de totalitarismo para referirnos a autores o a fenómenos muy anteriores en el tiempo? ¿Tiene sentido, por ejemplo, calificar a Rousseau, por cierto uno de los padres de la democracia y del republicanismo, de totalitario tal y como sugirió Jacob Talmon en Los orígenes de la democracia totalitaria? ¿Y se le debe imputar la responsabilidad por el Terror de la Revolución Francesa? O por el contrario, ¿tiene sentido referirnos a Thomas Hobbes como un totalitario tal y como hicieron René Capitant y Joseph Vialatoux a pesar de ser al mismo tiempo ampliamente considerado, desde C.B. Macpherson hasta Carl Schmitt, como uno de los padres o cuando menos precursores, del liberalismo político? ¿Y cómo afectaría esa etiqueta de totalitario a los pensadores y las corrientes de pensamiento que se inspiraron en las ideas de sendos filósofos? Por ello, resulta pertinente recordar las palabras de una autora frecuentemente tildada de anticomunista como Arendt, quien escribió que “acusar a Marx de totalitarismo es tanto como acusar a la propia tradición occidental de acabar necesariamente en la monstruosidad de esta nueva forma de gobierno”. De hecho, cabe decir que el mismo Álvarez Junco, en Mater Dolorosa, evitó el empleo de palabras como totalitarismo o totalitario incluso a la hora de referirse a la dictadura de Franco.
Karl Heinrich Marx​​
Karl Heinrich Marx​​

Tres días más tarde del artículo de Álvarez Junco hubo una respuesta desde las páginas de Infolibre. Fue Luis Fernando Medina, autor de El fénix Rojo, quien en “Ni Filadelfia ni Petrogrado ”señaló que le habían llamado la atención dos cuestiones: por un lado, la conexión de Izquierda Unida con el pasado estalinista; por el otro, el perfil trazado de Marx. Medina se centra en la segunda y reprocha que se haga una comparación insostenible entre los padres constitucionalistas y el filósofo alemán, quienes se desenvolvieron en contextos harto distintos. Para empezar, porque los padres constitucionalistas redactaron una constitución, mientras que Marx “nunca tuvo poder político de ninguna especie” y básicamente se centró en escribir “interminables tratados de crítica social”. En este sentido, agrega que hubiera sido “un poco extraño, por no decir que una pérdida de tiempo, si Marx se hubiera dedicado, en medio de las penurias económicas y las decepciones políticas que siempre lo acompañaron, a elaborar un cuidadoso andamiaje constitucional para cuando el proletariado llegara al poder, algo que para su tiempo no cabía ni en la imaginación más febril”. Para justificar esta afirmación, discutible y que le será discutida, añade que tanto la oleada revolucionaria de 1848 como el estallido de la Comuna le cogieron por sorpresa y que en ambos acontecimientos su posición fue más bien la de observador.
Por ello, Medina prefiere pasar a hablar de Lenin, quien sí tuvo poder político, lideró una revolución y pudo ser más responsable que Marx de las acusaciones vertidas por Álvarez Junco. Al respecto, afirma que es fácil inferir ahora que el sistema americano funcionó mejor que el soviético, pero que durante más de la mitad del siglo XIX siguió habiendo esclavitud en los Estados Unidos y que la revolución americana, al contrario que la rusa, fue la de unos propietarios cuyos intereses debían ser armonizados, razón por la cual se habría generado un sistema de contrapoderes. Además, añade, tampoco se debería olvidar que la constitución americana fue cualquier cosa menos democrática. La revolución rusa, en cambio, se habría encontrado ante un problema y un desafío bien diferentes: erradicar los poderes fácticos de los propietarios de una vez por todas. De ahí que señale que tanto los Founding Fathers como Lenin coincidieran en una cosa: que “evitaron los mecanismos de participación democrática que hoy tomamos como dados en las naciones más ricas del planeta”.
Según entiendo, Medina no tiene la intención de condenar ni alabar ninguna de las dos revoluciones, ni tampoco excusar nada. Más bien intenta tomar distancia respecto a sendos acontecimientos, comprender el distinto contexto de cada uno de ellos y evitar comparatismos forzados que, como sucede con frecuencia en la arena mediática, suelen adolecer de apresurados juicios de valor. Por ello, concluye que la respuesta a los desafíos contemporáneos no se encuentra “ni en la Filadelfia de 1789 (sic) ni en el Petrogrado de 1917”.
Seis días después, Álvarez Junco le brindó una contrarréplica en Infolibre en “No esquivar el problema político”. En este texto contradice a Medina e indica que Marx no se limitó al análisis teórico, pues “también trazó un programa político, sobre la toma del poder y el tránsito hacia la sociedad socialista”. A continuación critica la afirmación de que “ni la imaginación más febril” (las palabras proceden de Medina) podría haber previsto qué ocurriría cuando el proletariado llegara al poder. Frente a ello, sostiene que Marx “se sumó, sin más, al plan jacobino de un asalto insurreccional del poder para establecer luego una dictadura popular”. Y luego añade que fue ése “el proyecto que Lenin llevó a la práctica sin escrúpulo moral alguno y sin tomar la menor precaución ante la posibilidad de que un psicópata le sucediera en el cargo”. De ahí que Álvarez Junco responsabilice a ambos de lo acaecido durante el estalinismo.
Vladimir Lenin
Vladimir Lenin

Por otro lado, el historiador admite que la revolución americana no fue democrática y reconoce la esclavitud como un problema de gran importancia, pero también aduce que se debe tener sentido histórico y que la democracia se ha ido construyendo progresivamente y, sin duda, con dificultades. Por ello, defiende que, pese a sus errores, los padres constitucionales americanos merecerían ser objeto de un homenaje por el hecho de haber pensado en tomar precauciones contra los poderes arbitrarios (algo con lo que, si se me permite, estoy de acuerdo). En cambio, agrega, la la Revolución Rusa creó un Estado opresor “incomparablemente más odioso que los Estados Unidos de McCarthy”.
Finalmente, asegura que si personas como Gaspar Llamazares o Cayo Lara llegasen al poder intentarían ampliar la intervención estatal en la economía para llevar a cabo políticas redistributivas y critica “que no se planteen el problema previo de si la administración en cuyas manos van a poner la economía no será incompetente, corrupta, acostumbrada a maltratar a sus administrados y a considerar su prioridad, por ejemplo, hacer favores a sus familiares y amigos”. Lo que teme es entregar la economía – o el poder – al pueblo y por eso defiende que se establezcan controles sobre los gobernantes, problema que la tradición marxista habría menospreciado y Medina esquivado. Frente a la que considera como la posición de éste, Junco dice priorizar el problema de la libertad sobre el de la igualdad y el de la opresión política sobre el de la distribución de la riqueza.
Dos semanas más tarde, el 1 de julio de 2015, Luis Fernando Medina cerró el debate con un último artículo, escrito con un tono conciliador titulado “Sobre textos y contextos”. Para empezar, señala que la discrepancia entre ambos no es ideológica, como parece entender Álvarez Junco, sino metodológica: su intención es cambiar la dirección de la mirada y no fijarse tanto en cómo eran o cómo pensaban personajes históricos como Marx, Lenin o Stalin, sino dar una mayor importancia al contexto en el que se circunscriben los acontecimientos. Así se comprobaría que “los horrores del estalinismo fueron producto de unas circunstancias específicas que no son las nuestras ahora”. El estalinismo, por eso, no sería un peligro en la actualidad y no tendría sentido obsesionarse con su recuerdo. Por lo mismo, arguye que aun cuando Izquierda Unida llegara al poder y gobernase de manera incompetente, no por ello estaríamos ante un caso comparable al estalinismo. En suma, lo que le molesta a Medina es el abuso oportunista y reduccionista que se hace de las analogías históricas, donde las variantes de la reductio ad Hitlerum  (o en este contexto ad Stalinum) proliferan sin cesar en la palestra de los medios.
Para acabar, Medina advierte que lo que realmente le preocupa a nivel histórico es otra cosa: cómo un buen número de procesos revolucionarios acabaron en una espiral de radicalización a causa del colapso de las medidas de consenso y los enfrentamientos mutuos, razón por la que el conflicto llega a unos niveles que coadyuvan en que “personajes con puño de hierro terminen en posiciones de liderazgo”. Se trata de una cuestión que no solo parece aludir al pasado, como en el caso de la revolución rusa, sino que en este caso también conecta con el presente, un presente del que teme la erosión de las bases de la “convención democrática” que ha disfrutado Europa en la postguerra. Se trata de algo que fácilmente entronca con el problema actual del populismo y que, de paso, enlaza con el de su categorización y el de hasta qué punto podemos referirnos a sus variantes de extrema derecha como movimientos totalitarios o, por extensión, fascistas. Es decir, afecta a una discusión que, como evidencia el reciente y notable libro Del fascismo al populismo de Federico Finchelstein, es de plena actualidad.
En este último artículo de Medina, de nuevo, el pasado pretende arrojar luz sobre la lectura del presente. En este caso, empero, no se hace desde la condena directa de acontecimientos o pensadores del pasado sino desde un esfuerzo de comprensión acerca de cómo una situación en apariencia más moderada puede degenerar a causa de una espiral de radicalización. Además, lo que se constata es un desplazamiento: cuando menos por lo que respecta a Marx, la responsabilidad se traslada del emisor, aquí el pensador, a la recepción que se hace de su obra. Por ello, más que calificarlo directamente como padre del totalitarismo de Stalin o no, desde esta perspectiva el problema consistiría más bien en pensar si su legado político, en otras coyunturas históricas, hubiera podido derivar en la institución de formas políticas distintas. Sin embargo, las preguntas que perviven son las siguientes: ¿Hasta qué punto un pensador puede ser eximido o considerado responsable de aquello que se hace en su nombre? ¿Y cómo situar las fronteras entre las interpretaciones correctas o no correctas de su herencia política?

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