El tránsito del bilateralismo al multilateralismo al que estamos asistiendo en las dos últimas décadas amenaza con quebrar ya del todo el orden internacional forjado tras las derrotas de Alemania y Japón.

 

Josep Maria Fradera

Catedrático de Historia de la Universitat Pompeu Fabra

 

La gravedad de los conflictos parciales entre naciones no son evaluables en su real dimensión hasta que sucede lo irreparable. También los actuales: Oriente Medio y hasta la frontera entre Bielorrusia y Polonia; la simple mención de Taiwán en una conversación no-presencial entre los presidentes de Estados Unidos y la China Popular; la tensión en la frontera entre Rusia y Ucrania; la nuclearización de la República Islámica de Irán y el ascenso de un agresivo nacionalismo pan-hindú; la tensión que se prolonga desde el Estado de Israel hasta los de Argelia y Marruecos, recuerdan situaciones pasadas que empujaron a la política internacional hacia un punto de no retorno. El potencial corrosivo de las crisis parciales se dirime en un doble terreno: el de la cruda pugna entre estados y el de su actuación abierta o solapada en el marco de las instituciones que tratan de ordenar, el caos que es por definición el orden internacional. Al primer aspecto se le puede llamar ‘realismo político’; al segundo, representado hoy en día por la ONU y sus agencias participadas, la herencia de las instituciones que nacieron al calor de la derrota de la Alemania nazi y de las bombas sobre Hiroshima y Nagasaki. Ahora bien, todo sistema de concertación internacional nace para canalizar los conflictos del orden fracturado del que emergió. El sistema que se fraguó en los años inmediatamente posteriores a la segunda guerra mundial, en Yalta y Bretton Woods que reflejaba en lo fundamental el deseo de las naciones vencedoras, que eran dos más las migajas que éstas concedieron a un renqueante imperio británico. La biografía de Keynes de Robert Skidelski incluye un pasaje en el que el brillante economista menciona al papel de Churchill para garantizar una evanescente presencia británica en aquel desigual reparto de áreas de influencia. Sucede, sin embargo, que el mundo bipolar de entonces, el fraguado por el ascenso estadounidense con su entrada en la Gran Guerra y la Revolución en Rusia, no existe ya. La reciente cumbre en Glasgow lo puso en evidencia una vez más, ni va a ser la primera ni será la última.

La búsqueda de un equilibrio entre potencias es una vieja aspiración. Responde a razones de dos índoles: deseo de autoprotección y la persistente obsesión de los grandes imperios para presentarse como garantes de la paz o la libertad de los pueblos. Desde antiguo la pretensión de los grandes estados no era tanto levantar bandera blanca como evitar que el resultado del conflicto pudiese comportar costes mayores para sus ambiciones a largo plazo. Cuando Francisco de Vitoria y la escuela de Salamanca llamaron la atención a Carlos Quinto acerca del maltrato a los indios americanos, estaban advirtiéndole del riesgo de arruinar el prestigio de la Corona cuando ésta aspiraba al dominio universal. Unas décadas después, cuando el holandés Hugo Grocio teorizó sobre las formas de arbitraje entre naciones como una forma de proteger la legitimidad de los suyos de navegar por mares lejanos que otras naciones consideraban bajo su soberanía. Un siglo después, la cruzada en favor de la abolición de la esclavitud de cuáqueros y protestantes evangélicos se orientó durante décadas, a convencer a la Corona británica y la República estadounidense de arbitrar la liberación de seres humanos tratados como animales de carga. Unos imperios atados a los intereses económicos del azúcar antillano y del algodón sureño perecerían con vergüenza.

Sin estos precedentes resultaría del todo incomprensible el horizonte mental de las generaciones del siglo veinte. En No Enchanted Palace (2008), el historiador Mark Mazower mostró como la paradójica retirada estadounidense de la Sociedad de Naciones impuesta por el Senado en 1920 forzó a los británicos a asumir un protagonismo más allá de sus posibilidades. El surafricano Jan Smuts contribuyó entonces a dar forma a un organismo de concertación mundial liberal pero racialmente connotado, una organización dispuesta a expandir el ideal de los mandatos y dominios de su imperio. Continuidad y reforma para demarcar un espacio donde la diplomacia pudiese sentarse en torno a una mesa en lugar de mandar a jóvenes a morir en las trincheras. En La Sociedad de Naciones y la reinvención del imperialismo liberal (2020), un historiador de la Universidad Complutense, José Antonio Sánchez Román, acaba de añadir a aquel argumento un análisis riguroso de los límites impuestos desde buen principio a la organización como consecuencia de la citada retirada estadounidense y la exclusión de la naciente Unión Soviética.

El tránsito del bilateralismo al multilateralismo al que estamos asistiendo en las dos últimas décadas amenaza con quebrar el orden internacional forjado tras las derrotas de Alemania y Japón. La superpoblación mundial y la lucha por los recursos naturales añade con su crudeza tensión adicional a la insuficiencia del sistema institucional sobre el que se asentó al orden de postguerra. El alcance que esto significa para generaciones futuras podrá ser evaluado quizás tras lo irreparable. Sombrío destino.

*Josep M. Fradera es

Fuente: una versión distinta de este artículo se publicó en El País el 23 de diciembre de 2021.

Portada: frontera entre Polonia y Bielorrusia (foto: Maciej Moskwa/Nur Photo via Getty Images)

Ilustraciones: Conversación sobre la historia

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