Carlos Gil Andrés

Entre sus libros más recientes destacan «Lejos del frente» (Crítica, 2006), «Piedralén» (Marcial Pons, 2010) y «50 cosas que hay que saber sobre historia de España», (Ariel). Junto a Julián Casanova es autor de «Historia de España en el siglo xx» (2010) y «Breve historia de España en el siglo xx», (Ariel, 2012)

 

Me gustaría que mañana, cuando el reloj marque las 10.40 horas, sonara al mismo tiempo la horrible sirena de mi instituto que señala el comienzo del recreo. Y sentir el tropel de los alumnos que inunda los pasillos, como una marea humana de voces y miradas que desborda la mañana.

Pero pasará la hora y no sonará el timbre deseado. Ni ayer, ni pasado mañana, ni sabemos cuándo volverá a hacerlo. Trabajamos desde casa, porque queremos distinguir los días de diario del fin de semana; porque seguir trabajando permite mantener la esperanza de que pronto vamos a recuperar nuestras vidas allí donde las dejamos; porque como profesor de historia se me ocurren pocas cosas mejores que leer y escribir y empujar a mis alumnos a hacerlo, a comprender el presente a partir del estudio del pasado y a contar con palabras lo que pasa y lo que nos pasa.

Lo que ocurre es que esta experiencia forzada que vivimos no tiene antecedentes en nuestra historia reciente. Como dice desde Estocolmo el escritor griego Theodor Kallifatides, apoyándose en Aristóteles, esperamos los peligros con conocimiento y experiencia. Pero lo inesperado lo tenemos que afrontar con el carácter. Nos hace falta, es cierto, mucho carácter, coraje moral y convicción ciudadana.

La verdad es que la lección de historia que tendría que explicar hoy sería un poco un cuento al revés. La historia al revés. Me explico. A lo largo de la Edad Contemporánea, todos los derechos y libertades que en la actualidad nos parecen fundamentales se deben a la gente corriente que abandonó su casa, su seguridad física, para intentar cambiar la sociedad y construir un mundo más habitable. A los hombres y mujeres que, generación tras generación, se echaron a la calle a reclamar derechos de forma colectiva. El conjunto de derechos políticos, civiles, económicos, sociales y culturales que forman el cimiento básico de una sociedad democrática. Ninguno de ellos llovió del cielo ni se consiguió como una concesión gratuita de los poderosos. Fueron, y lo siguen siendo, el fruto de movilizaciones populares, de amplias protestas, reivindicaciones y demandas colectivas. Las instituciones, bienes comunes y servicios públicos que estos días aplaudimos eran inconcebibles hace un siglo. Y no se ganaron desde los balcones.

Sin embargo ahora, en una situación que todos reconocemos como extraordinaria, sin duda histórica, lo que les pido a los alumnos es que no hagan nada. Que se queden en casa. Y que lo hagan no en el límite de lo permitido, en el borde de las leyes excepcionales, sino convencidos de un deber moral, llevando las normas hacia adentro, exponiéndolas frente al espejo estrecho de la conciencia. Quedarse en casa no solo como una obligación ciudadana, también como un privilegio.

Mitin en una fábrica textil para la incorporación de las mujeres al esfuerzo de guerra (1936) (foto: exposición El voto femenino en España, Instituto de la Mujer, 1985)

En el otoño de 1940, después de la Batalla de Inglaterra, Winston Chuchill dijo que nunca, en el campo del conflicto humano, tantos debieron tanto a tan pocos.

Esos pocos eran, lo recuerdo, los aviadores de la RAF que se habían jugado la vida pilotando los cazas spitfires. Ahora podríamos decir, parafraseando a famosa cita, que nunca, en la historia de los últimos siglos, tantos pueden salvar tantas vidas haciendo tan poco. Lo individual tiene aquí, en nuestro caso, un valor colectivo. El antiguo egoísmo es ahora solidario. Quedarse cada uno en su casa es permanecer unidos. Nunca la pasividad de la población, la inacción de la mayoría, ha tenido un valor tan positivo. Nunca los menores, sin hacer nada, han protegido y velado tanto por los mayores. La historia al revés.

Quietos pero no parados. Al aplaudir cada día desde los balcones, cuando hacemos un homenaje simbólico a los enfermos y a sus cuidadores, tenemos que recordar a los de abajo, a los que no disfrutan de la seguridad de nuestra altura. Los de abajo son los que trabajan a pie de calle en oficios esenciales que no estaban en nuestra lista preferida, en profesiones que no sabíamos que eran imprescindibles para todos. Los de abajo son también los que soportan este encierro en condiciones sociales y materiales mucho peores que las nuestras. Y los de abajo, se nos olvida, los de abajo del todo, los de allá abajo del planeta, los del Sur. Tenemos que preguntarnos si nos preocuparía mucho lo que está pasando si la pandemia se quedara allá abajo, por donde suelen andar siempre las epidemias, las guerras, las hambrunas y hasta las catástrofes naturales. Si nos afectaría algo su miedo si no fuera capaz de contagiar el nuestro saltando fronteras y naciones. Allá abajo las gotas que transportan el virus no van a caer en seco. Allá abajo llueve siempre sobre mojado.

Hospital de Makeni (Sierra Leona) durante la epidemia de ebola, en 2014 (foto: Samuel Aranda/The New Republic)

Cuando pase todo esto tendremos que recordar y aprender muchas cosas. Y hacer algo para que merezca la pena esta experiencia, que no sea un mero paréntesis, un mal sueño. Para eso servirá la memoria fértil y el conocimiento histórico. Vendrá un trabajo duro, largo y vigilante. En nuestro caso, lo primero que pediremos es que llegue un bendito lunes por la mañana. Y regresar a clase, bien temprano, al rayar el día, como si fuera fiesta mayor. La tarea inicial será la más fácil. Convertir los aplausos en abrazos.

Fuente: La Rioja, 29 de marzo de 2020
Portada: La Rioja
Imágenes: Conversación sobre la historia

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