Manuel Castells
 

 

El 8 de Marzo marca anualmente la cadencia de la revolución feminista en marcha. Es una revolución porque pone en cuestión la más arraigada forma de dominación de la humanidad. El ­patriarcado, o sea, el poder institucionalizado del hombre, por ser hombre, sobre las mujeres y los niños. Dominación que se extiende a la imposición de la hetero­sexualidad como norma. De ahí se deriva todo un entramado milenario de discri­minación, implementado, cuando hace ­falta, mediante represión legal y violencia tolerada.

Lenta, pero inexorablemente, el feminismo, como cultura, política y transformación personal, se abre paso en las leyes, en las empresas y en los códigos de conducta. Fundamentalmente porque ha cambiado la conciencia de las mujeres sobre sí mismas. Aún queda mucho por hacer. La inmensa mayoría de las mujeres sigue viviendo en sociedades en que sus derechos no son reconocidos y en las que su libertad no es respetada en el ámbito privado. Por eso el 8 de Marzo, día internacional de la Mujer, marca la solidaridad planetaria entre las condenadas de la tierra, buscando su camino de liberación en las condiciones específicas de cada sociedad, pero con la mirada puesta en esa hermandad femenina en que todas se entienden con una mirada porque todas conocen el peligro y el miedo de enfrentarse a la violencia sin freno de quienes no se resignan a perder el poder en la sociedad, en la pareja y en la familia. Cuanto más se generaliza la afirmación de la libertad sexual y de la igualdad institucional, más violenta es la resistencia machista, más asesina se torna, más atrincherada en la ideología, la política, la religión, la cultura y el Estado.

La mujer en la Primera Guerra Mundial. National Geographic

En sociedades democráticas como la nuestra, empieza a ser difícil la defensa abierta del machismo, la naturalización de la opresión de mujeres y personas LGTBI, a pesar de su persistencia abierta en algunos partidos políticos, instituciones del Estado y ámbitos de la sociedad civil. Pero se trata en muchos casos de un barniz oportunista para que todo siga igual. Son milenios de cultura y prácticas sociales cuyo peso sólo podrá superarse con un esfuerzo cotidiano en el que las mujeres, individualmente y en movimiento, tienen que jugársela por sus hijas para romper la reproducción histórica de la opresión.

Y tienen que enfrentarse a la trampa más peligrosa: ellas mismas.Sus dudas con respecto a sus sentimientos de amor, de fa­milia, de respeto a lo que es, incluso cuando saben cómo ese patriarcado sin nombre las asfixia y las sitúa en el dilema de pagar el precio de la libertad con el sacrificio de su paz y su búsqueda implícita del amor pa­terno, filial y de pareja. En su fuero interno albergan la esperanza de que aún podría ser, que estar con un hombre no necesa­riamente conduce a la sumisión, que “el mío es ­distinto”, hasta que van descubriendo que no es sólo una cuestión de buena voluntad, sino del acomodo que los hombres tenemos en simplemente dejarnos ir a lo que siempre fue.

Vivimos una extraordinaria transformación, pero que progresa en un campo atroz de existencias rotas. De ahí la necesidad de leyes como la de Libertad Sexual, en vías de aprobación en España, la exigencia de una presión constante sobre cada administración, cada empresa, cada comunidad para que ese aparente consenso social mayoritario sobre la igualdad de género se traduzca en la práctica y pase a ser la regla, no la excepción. Sin embargo, no podrá haber transformación real de la relación entre los humanos, y de las familias que generan, mientras no se forme una nueva cultura masculina, mientras los hombres no transitemos hacia una forma de ser por nuestro propio deseo y no como concesión obligada resultado de una derrota histórica.

Foto: Oxfam Intermon

Hace tiempo escribí lo improbable de dicha transformación. ¿Por qué tendríamos que renunciar de buen grado al extraordinario privilegio de ser el rey de la casa y el príncipe azul del amor sólo porque tenemos un pene? Y sin embargo, Marina Su­birats y algunas otras pensadoras feministas me han ido convenciendo de la posibilidad de un nuevo tipo de relaciones, en las que la igualdad permite la complementariedad y la confianza, y en las que nos pudiéramos ir quitando la pesada carga de ser fuertes, dominantes, en cualquier situación, demostrándoles a las mujeres y compitiendo con los otros hombres para ver quién es más macho.

El viejo tema feminista de querer “hombres que lloren”, hombres sin armadura porque de verdad se acabó la guerra, hombres multidimensionales que hayamos ido aprendiendo cuánta vida hay más allá del poder social, el dinero y la capacidad de violencia. Hombres que encuentren en el cuidado de sus hijos, como ya hace buena parte de las nuevas generaciones, una fuente de alegría y descubrimiento constante que sea un fin en sí, no la reafirmación del patriarca. Tal vez entonces, el feminismo podrá desarmarse también y podremos, al fin, vivir en igualdad, paz y amor.

Falta mucho. Pero esa podría ser la nueva frontera del feminismo. La liberación de la carga de masculinidad que llevamos todavía los hombres. Pero tendremos que hacerlo nosotros mismos. Porque la última pirueta del patriarcado sería pedir a las mujeres que hicieran también el trabajo de liberarnos a nosotros

Fuente: La Vanguardia 7 de marzo de 2020

Ilustraciones: Conversación sobre la Historia

Portada: Diario 16, 20 de enero de 2020


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