El silencio no detiene la ocupación y el genocidio de Gaza
Conversación sobre la historia
Jaume Claret
En Keep Your Courage (2023), el último álbum en solitario de la estadounidense Natalie Merchant (1963), se incluye una de sus canciones más largas –casi ocho minutos— y más políticamente explícitas de su repertorio: Sister Tilly. A pesar de que la antigua líder de 10.000 Maniacs nunca ha escondido sus convicciones, esta pieza funciona como un homenaje a todas las mujeres fuertes de la generación de su madre. Con una estructura musical en la que podemos detectar hasta tres canciones en una, la acumulación de referentes feministas pasa del recuerdo melancólico a la celebración vindicativa, para cerrar con un reconocimiento al legado dejado por todas ellas.
Lejos de ser una lucha de parte, el feminismo se nos presenta como un perfeccionamiento. Porque con la incorporación de la mujer al relato histórico este gana en complejidad, precisión y riqueza. Porque al asumir sus luchas nuestra sociedad mejora en equidad, en justicia y en aquella tríada revolucionaria –libertad, igualdad, fraternidad— tan vigente ayer como hoy. Ahora bien, defender una buena (y necesaria) causa no garantiza nada. Lo expresa con contundencia la periodista Sílvia Marimon (Sabadell, 1973): «ser lliure, però, no ha estat mai fàcil».
Responsable en el diario catalán Ara de los temas más vinculados a historia y memoria, acaba de presentar su Inventari d’històries silenciades (Eumo, 2026). En este breve volumen ilustrado por Judith González, ensarta en orden cronológico 25 capítulos donde rescata el (olvidado, negligido, ninguneado…) protagonismo femenino, a base de espigar las investigaciones de diferentes expertos referenciados en la sintética y útil bibliografía final. De este modo, Marimon nos lleva desde las cuevas prehistóricas donde solo a través del análisis del ADN se ha podido corregir el sesgo machista, hasta la significación de las luchas feministas durante la Transición para abolir la consideración del adulterio (si era por parte de la mujer, está claro) como delito.
En medio hay toda una diversidad de mujeres singulares: desde la romana Gala Placídia hasta las milicianas de la guerra civil, desde las líderes de las bullangues barcelonesas del XIX hasta la pionera primera biblioteca de mujeres de Europa promovida por Francesca Bonnemaison. Dentro de este amplio abanico también se incluye lógicamente la consecución del derecho a voto femenino durante la Segunda República. De hecho, España se convirtió, por sorprendente que parezca, en uno de los primeros países en aprobarlo (el honor de encabezar la lista corresponde a Nueva Zelanda y a Finlandia, en 1893 y 1907, respectivamente).
Una persona, un voto
La aprobación no fue sencilla. A pesar de que en las Cortes Constituyentes españolas ya se permitió el sufragio pasivo (poder ser elegidas), el paso al activo (poder votar) tuvo que vencer resistencias. El sufragio universal para los mayores de 23 años contó con solo 161 votos favorables, 121 en contra y 188 –la mayoría— fueron abstenciones. Con dificultades, fruto de temores infundados y de cálculos interesados, la propuesta pudo salir adelante.
Ahora bien, aquel indudable avance se ha visto a menudo teñido por manipulaciones interesadas. La primera ha querido ver en la victoria de la coalición de derechas de noviembre de 1933 la confirmación de sus miedos a un voto escorado al conservadurismo por parte de las mujeres. Aun así, correlación no implica causalidad. Por un lado, en febrero de 1936 se impuso el Frente Popular y las señoras también votaban. Por otro, los estudios más serios demuestran cómo las causas últimas de los resultados de 1933 hay que buscarlos en la desmovilización de las izquierdas, en la concentración de voto de las derechas y en la normalización de la participación una vez superado el sobresalto de 1931.
El segundo falseamiento ha buscado atribuir todo el mérito a la republicana Clara Campoamor, que ciertamente merece todo el reconocimiento (en 2022 la Biblioteca Nacional le dedicó una exposición y diferentes monográficos todavía consultables parcialmente en su web). Con todo, a menudo esta exaltación se ha usado para insinuar tibieza por parte de las izquierdas y especialmente de los socialistas. Para corregir esta lectura espuria, los profesores Ana Martínez Rus y Francisco Sánchez Pérez, de las madrileñas universidades Complutense y Carlos III respectivamente, se han confabulado para recuperar la figura del dirigente del PSOE Manuel Cordero.
Manuel Cordero y el voto femenino. El socialista que apostó por las mujeres en 1931 (Fundación Pablo Iglesias, 2024) nos recuerda que, «como suele pasar en la Gran Historia, la exaltación de una figura individual, por importante que sea, ha opacado al colectivo, sin el cual jamás se habría aprobado el voto femenino». Porque sin los votos de muchos socialistas (la posición estaba lejos de ser unánime) y sin el compromiso de Campoamor, la medida no hubiera podido salir adelante. De ahí que sea compatible la vindicación de la republicana con la recuperación de Cordero, una figura que «ha pasado al completo olvido del limbo de los vencidos y exiliados, a pesar de su papel decisivo». De hecho, la dictadura borró tanto la memoria de estos políticos como del sufragio universal democrático para todos. Hasta la muerte del general Francisco Franco y el inicio de la Transición no se pudo volver a las urnas libre y masivamente.
Con el paso de los años, este derecho está lejos de haberse consolidado mayoritariamente. Muchos son los países donde el sufragio no existe en condiciones democráticas o no incluye a las mujeres (en un cantón suizo de Appenzell no se les permitió votar hasta 1990) o a partes importantes de la población. Incluso allá donde parecía asegurado, el creciente diferencial de género en el voto ha hecho visibles discursos que insinúan limitaciones o anuncian medidas para dificultar su ejercicio.
Redimir y adoctrinar
Estos movimientos no son casuales. Como ha estudiado la catedrática y decana de Filosofía y Letras Teresa María Ortega López (Granada, 1973), desde los inicios del feminismo puede apreciarse una consolidada y articulada resistencia contra cualquier avance en los derechos de las mujeres. Estas resistencias –discursivas, políticas, culturales, legales y mediáticas— forman parte de un pensamiento antimoderno, profundamente conservador y alérgico tanto al cambio como a la diversidad. Con documentada contundencia, la historiadora granadina disecciona, expone y denuncia un siglo de intransigencia en Hasta aquí hemos llegado. Una historia del antifeminismo en España (Cátedra, 2026).
Lejos de ser inocuo o simplemente discursivo, este antifeminismo no ha dudado, cuando ha podido, en manifestarse de forma violenta y cruel. Lo ha recogido de forma magistral desde la literatura Marilar Aleixandre (Madrid, 1947). En As malas mulleres (Galaxia, 2021), merecedor del Premio Nacional de Narrativa 2022, daba voz a las mujeres sometidas a finales del XIX a instituciones de reclusión solo por el hecho de no adaptarse a los códigos morales y sexuales, o por encontrarse en situación de indefensión económica y/o jurídica. Como dice una de sus protagonistas: «Esta vez non é a única en chorar. Quen escribiu isto, que sabe tanto da súa vida aquí? […] Unha muller, porque un hombre non admitiría que chora. Poden as mulleres escribir libros?».
Justamente Carmen Guillén (Mazarrón, 1988) recoge el testigo de esta denuncia, con un ingente trabajo de archivo, en su reciente Redimir y adoctrinar. El Patronato de Protección a la Mujer (1941-1985) (Crítica, 2026). Esta institución, que sobrevivió al franquismo, nos recuerda la necesidad de memoria y vigilancia. Como dice la historiadora murciana: «La historia del Patronato de Protección a la Mujer es, en definitiva, la historia de un constante intento de dominación del cuerpo y el comportamiento de las mujeres». Y, ciertamente, ¡basta!
Fuente: Política & Prosa 1 de abril de 2026
Portada: fotograma del videoclip de la canción Sister Tilly, de Natalie Merchant
Ilustraciones: Conversación sobre la historia
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