PUERTO FRANCO

José Luis de Vilallonga

 

La verdad sobre la escandalosa fortuna de Franco… y Compañía. Las revelaciones de Vilallonga (1920-2007) sobre la fortuna del yerno de Franco aparecidas en enero de 1975 le costaron a su autor y a ‘Lui’ un proceso por difamación… Esta vez, José Luis de Vilallonga saca a la luz por completo el fabuloso tesoro de la familia Franco[1]. Traducción y anotaciones de Luis Castro

 

Como siguen siendo poderosos –y por tanto peligrosos– os voy a hablar una vez más de ellos. Mi respeto visceral por todo tipo de vencidos me impedirá sin embargo molestarles una vez que sean exiliados, encarcelados o colgados bien alto en las farolas de esa plaza de Oriente donde se hacen y deshacen todas las glorias de mi país.

«Ellos» son los Franco, –lo que engloba a mucha gente: los Polo, los Serrano, los Pascual, los Martínez e incluso, ay, algunos borbones–, esa «familia F», según la expresión de los españoles, a la que yo he acusado, yo, de ser «una tribu sin fe ni ley«, lo que me ha valido –yo lo esperaba sin mucha esperanza– un proceso por difamación que ha permitido a la prensa internacional conocer las razones que me han incitado y me incitan aun a «difamar».

La familia Franco (foto: Vanitatis)

A excepción de Hitler, vegetariano, bebedor de agua, no fumador e impotente, los dictadores de derecha han sido casi siempre –por ejemplo Mussolini, Trujillo, Papá Doc y hoy Pinochet– cabezas de amplias familias numerosas. Franco, aunque sólo haya engendrado a una hija, tras el casamiento de la Morita[2] con el Dr. Martínez, se encontró con una smala[3]  de yernos, hermanos, cuñados, hombres de paja y esbirros de quienes España iba a sufrir exacciones durante largos años. En su Historia de la España franquista, Max Gallo, con una prudencia que roza la ironía, resume así la situación: «este padre de España el 10 de abril de 1950 casó a su hija Carmen con Cristóbal Martínez, marqués de Villaverde. Este médico es también un gran propietario… La familia Franco, después de acceder al poder, ha multiplicado sus bienes. El hermano del General, Nicolás Franco Bahamonde, está relacionado por su mujer con Manuel Coca García, miembro de una rica familia de Salamanca que controla la banca Coca[4]. Su hijo, Nicolás Franco Pascual de Pobil, juega también un importante papel en el campo de los negocios. Lo mismo ocurre con los cuñados, entre los que está Serrano Suñer, y con la familia del yerno, Martínez, cuyas posibilidades de acción aumentaron desde su casamiento con la hija del Caudillo. Pues la mayor parte de estos hombres combinan una actividad política y un rol económico. Así se refuerzan en la cumbre, alrededor del propio Caudillo, los lazos sólidos entre el poder y la riqueza; así el clan Franco participará directamente en el dominio de España, no sólo en el ámbito de lo político, sino también en el de la economía«.

¿Cuál era la fortuna personal de la pareja Franco cuando el futuro Caudillo se casó, el 22 de agosto de 1923, con la joven Carmen Polo y Martínez Valdés? Se podría decir que era inexistente. Él no disponía más que de su sueldo como teniente coronel. En cambio, la familia de la novia presumía de vivir con cierto desahogo. Pero en aquella época esa holgura de la clase media a la que pertenecían tanto los Franco como los Polo no tenía comparación con la riqueza, la de verdad, la que sólo estaba al alcance de los miembros de la nobleza. Si lo hubiera deseado, Felipe Polo Flores, el padre de la novia, no habría tenido otro modo de mantener a la pareja que en la mediocridad a la que la condenaba el sueldo de un apuesto teniente coronel.

Boda de Francisco Franco y Carmen Polo (imagen: El Comercio)

Desde 1923 a 1936 los Franco vivieron modestamente, con un estándar de vida que mejoraba con parsimonia al ritmo de los ascensos del dictador en ciernes. Sólo después de la Guerra civil, en 1940, la fortuna les va a sonreír definitivamente[5]. Es también el momento en que Doña Carmen Polo de Franco –como Evita Perón y sin que nada, ni su nacimiento, ni su educación la hubieran preparado para ese papel– llega a Primera Dama de su país y decide tomar las riendas de los asuntos financieros de la familia. Se da entonces la irresistible ascensión económica y social del clan.

Tomémosles uno a uno. Nicolás Franco Bahamonde, el señor Hermano, alias el Almirante, hombre grueso y de aspecto apático, cínico y sin escrúpulos, es el primero de la familia que entra a cara descubierta en el mundo de la alta finanza. Tras haber falsificado en el último minuto y con su propia mano el documento gracias al cual el General Franco se encontró como jefe del Estado en vez de simple jefe de un gobierno provisional[6], Nicolás Franco llega a ser el consejero particular de su hermano, después embajador en Portugal y al final inspector general de la Marina. En 1960 es ya presidente de siete consejos de administración, vicepresidente de otros dos y administrador de la Compañía Trasmediterránea. Es a menudo el accionista mayoritario de las sociedades que preside, entre las cuales sólo citaré las más importantes: Diesel (con un capital de 160 millones de pesetas), FASA (industria del automóvil con un capital de 400 millones de pts.), Frigoríficos de Barcelona (con un capital de 25 millones), etc. Con excepción de la Compañía Trasmediterránea, fundada en 1916, ninguna de estas sociedades tenía existencia jurídica antes de 1950 (según el Anuario financiero de las sociedades anónimas españolas de 1964-1965).

Nicolás Franco Bahamonde (1891-1977)(foto: diario Público)

Desde entonces Don Nicolás no ha dejado de acumular presidencias. Designado procurador en Cortes por la voluntad de su hermano, se le considera hoy como cabeza visible de una de las fortunas españolas más considerables. Algunos le acusan de haber organizado el accidente de avión que costó  la vida al general Sanjurjo –quien habría debido tomar la jefatura de las tropas nacionalistas en junio de 1936–, así como la muerte –también accidental y en los aires– del general Emilio Mola, que los Franco consideraban un obstáculo  en la deslumbrante carrera del dictador[7].

Para que nada falte al folclore, en los comienzos del régimen Don Nicolás Franco se enredó en un sombrío asunto de tráfico de divisas que llevó a la cárcel a dos de sus colaboradores más próximos, los hermanos Monsalve. Él mismo escapó de la prisión gracias a la rápida intervención de su hermano, que se encontraba entonces en viaje oficial a Barcelona. La muerte del Caudillo no parece haber disminuido los talentos del viejo mafioso, que continúa –a pesar de ciertos desastres célebres, como el asunto de los aceites de Redondela[8]– tramando todo tipo de amaños más o menos dudosos.

Nicolás Franco Pascual de Pobil, haciendo gala de su afición por la caza (foto: notitiacriminis.wordpress.com)

Nicolás Franco Pascual de Pobil, hijo del anterior, sigue de cerca los pasos de su padre, aunque con un talento menos evidente. Presidente-consejero de Lavamat (sociedad especializada en herramientas mecánicas, con capital de tres millones y medio de pesetas), ha dado en los últimos meses un interesante viraje político, obteniendo una cita con Don Santiago Carrillo, secretario general del PCE, al que explicó detalladamente durante un almuerzo en el Vert-Galant sus afinidades personales con los grandes pensadores marxistas, de Gramsci a Mao. Carrillo rechazó recibirle por segunda vez, considerando que el personaje era «de poca importancia intelectual y de una mediocridad política total«.

En cuanto a Doña Pilar Franco Bahamonde, hermana del difunto Caudillo, ha «trabajado» en las inmobiliarias tras el acceso al poder de su hermano favorito. Es una especie de regenta de prostíbulo (mére maquerelle) de la compra venta, redonda y grosera, representativa como nadie de esa picaresca española que no acaba de morir. De todos los Franco, es ella la que se parece más al padre, Don Nicolás, sobre todo en lo moral; el marino juerguista, mujeriego y un poco beodo, que no se acostumbró nunca –reía hasta las lágrimas, hipando: «los españoles, ¡que idiotas! (cons)«– a la idea de que su hijo Paquito llegara a ser más poderoso que los reyes de España[9]. Ávida de ganancias, implacable con sus deudores, Doña Pilar es conocida en el ámbito inmobiliario con el sobrenombre de «la Loba».

Pilar Franco con sus diez hijos. Imagen del libro Villaverde. Fortuna y caída de la casa Franco, de Mariano Sánchez Soler (Barcelona, Planeta, 1990)

Quedan aún algunos Franco de menor importancia. Sólo citaré a dos: Francisco Salgado Araujo, primo de Su Excelencia, vicepresidente y cajero de numerosas sociedades, y Francisco Franco Salgado Araujo, otro primo, teniente general y secretario militar del Jefe del Estado[10]. Miembro eminente del consejo de administración de la Banca de Crédito Local, está en el mismo caso que todos los anteriores: el origen de su fortuna personal remonta a la toma del poder de su ilustre pariente.

El clan de los cuñados, los Polo, se unció también al carro del estado y ahí encontró su pago en honores y prebendas. Doña Carmen, deus ex machina de su poder y de su gloria, les dio en todo momento o su apoyo total e incondicional. Felipe Polo Martínez Valdés, hermano de la Primera Dama, fue nombrado secretario particular del Caudillo. Estuvo pues desde el comienzo del régimen junto a la fuente misma del poder. Lo sabía todo. Podía prever todo. Las grandes sociedades se disputaron duramente su presencia en sus consejos de administración. Hombre afable y obsequioso, dice «sí» a todo el mundo, de donde sale una confortable fortuna situada en Suiza y otros países conocidos como paraísos fiscales.

Ramón Serrano Suñer es el pez gordo del clan de los Polo, al que los españoles pronto llamaron el Cuñadísimo, por haberse casado con Zita, hermana menor de Doña Carmen. Las dos hermanas no se estiman mucho[11]. Lo que no impidió a Ramón Serrano llegar a ser un todopoderoso ministro de asuntos exteriores. Germanófilo de tomo y lomo, admirador sin límites del fascismo italiano, amigo íntimo de Ciano, pero despreciado por Ribbentrop, es un personaje ridículo (sus uniformes blancos con charreteras en oro ha sido el hazmerreír de las cancillerías europeas), que hizo cuanto pudo para que España entrara en guerra al lado de Alemania. En un libro de recuerdos que acaba de publicar recientemente[12], explica –el Caudillo no estaba ya para desmentirle– todo lo contrario. Si se le cree, habría hecho caso a Churchill y a Roosevelt y sus esfuerzos personales habrían impedido que el Generalísimo sucumbiera a los cantos de sirena del canciller alemán.

Ramón Serrano Suñer y el general Sagardía con Himmler en Berlín, en septiembre de 1940 (foto: Bundesarchiv,_Bild_121-1010)

Derrotado el Eje, el Caudillo dejó caer fríamente al Cuñadísimo, que se hundirá en el olvido[13]. Como los demás, se consoló acumulando honores y dinero. El heredero de este siniestro personaje, Ramón Serrano Polo, ha sido, quizá lo es aún, consejero de la Compañía de Radiodifusión Intercontinental. No es que esté especialmente cualificado para el puesto, sino que sigue la tradición. Pues tanto entre los Franco común entre los Polo y los Serrano parece que el fin supremo de sus vidas sea llegar a ser consejeros. No importa de qué ni dónde. Pero consejeros. Hay otros Franco y otros Polo, pero ha llegado el momento de que me ocupe de las piezas más grandes.

La más grande, enorme, es la Vieja. Pues si, para algunos, doña Carmen fue durante largos años la Señora, para muchos otros, que juzgaban inmoral el fasto y la corrupción que rodeaba a la familia del jefe del Estado, ella era la Vieja.

Carmen Polo y su hija en una actitud característica (foto: EFE)

La Sra. de Franco no ha disimulado nunca su gusto desenfrenado por el lujo, ni su amor desmedido por el dinero, las joyas y los objetos preciosos. Producto típico de esa clase media española que vive en el miedo permanente a «que falte», la Señora se ha vengado de las preocupaciones de su juventud arramblando con todo lo que brillaba a su alrededor. Los joyeros de Oviedo y de Ferrol sabían algo de ello y cerraban sus tiendas ante el anuncio de sus visitas, seguros como estaban de que no iban a ser pagados nunca.

Cuando el general Franco pasó a mejor vida en las horribles condiciones que se saben, los diarios de Madrid hablaron mucho de la «dignidad», del “coraje» de la Sra. de Franco, la cual, en efecto, nunca se abandonó en público a manifestaciones de plañidera profesional. Pero cuando el 31 de enero de 1976, a las 18:20 horas, la viuda del Generalísimo hubo de abandonar el palacio del Pardo para siempre, su dignidad y su coraje le fallaron y se la vio sollozar con todas las lágrimas de su magro cuerpo. Pues, si la muerte de un viejo marido le parecía soportable, el paso de un palacio a un apartamento burgués en la calle de los hermanos Bécquer estaba con toda evidencia por encima de sus fuerzas. Su desesperación no dejaba de parecerse a la cólera.

Carmen Polo de Franco abandona el Palacio del Pardo, acompañada de su hija  y de una de sus nietas (foto: Europa Press)

Había podido creer por un momento que el nuevo rey de España iba a acceder a sus deseos de permanecer en del palacio del Pardo hasta el fin de sus días. Además de que los reyes, en España, no disponen a su antojo de los monumentos del patrimonio nacional, ello era no contar con el carácter vengativo de los borbones en general y del que reina hoy en España en particular. El joven rey está lejos de haber digerido las humillaciones sufridas cuando no era más que una sombra al lado del Caudillo, su «padre espiritual». Y aun suponiendo que hubiera tenido la elegancia de haber olvidado, su mujer, la reina Sofía –nacida hija de rey– estaba allí para recordarle las graves faltas protocolarias que la joven pareja había tenido que sufrir por parte de «esa pandilla de nuevos ricos» (cette clique de parvenus).

Así pues, la Sra. Viuda de Franco deja el palacio. Y, por primera vez desde 1936, el banderín del Caudillo ondea a los acordes del himno nacional. La última formación de fieles –los Girón, Fuertes de Villavicencio, Utrera Molina y otros[14]– saludan a la romana al Mercedes azul que lleva a la Señora hacia un destino aun impreciso. Pero no es a los fanáticos que levantan el brazo a los que dirige la última mirada la ex Primera Dama, sino a los garajes donde quedan, ya fuera de su alcance, doce vehículos rutilantes, entre los cuales están los dos Mercedes blindados regalo del primo Hitler. En lo sucesivo, serán los nuevos juguetes del joven Juan Carlos, muy aficionado, según se dice, a todo tipo de ingenios mecánicos.

 

Vehículos regalados por Hitler a Franco, el único de los obsequios recibidos por Franco que ha sido cedido por la familia del dictador a Patrimonio Nacional hasta la fecha (foto: Car&Driver)

Los grandes del búnker han reprochado mucho a Juan Carlos «el despido» de la Señora, así como las afrentas sin precedente que ha tenido que soportar. Apenas enterrado el Caudillo, gran parte del palacio fue privado de electricidad, las garitas se vaciaron de centinelas, las cuadras de caballos, el palacio de servidumbre. Como una lady Macbeth retomada y corregida por Valle Inclán, la Señora –o la Vieja– recorrió con candelabro en la mano los salones desiertos, testigos de su antigua gloria. Hasta el fin de sus días, la Vieja guardará rencor a Juan Carlos (pues, ¿quiénes le han hecho rey, sino Paco y yo?) por haberla nombrado Señora de Meirás –titulo ridículo– a quien soñaba con llegar a ser una Princesa de la Paz. ¡Lo que tanto habría épaté a las primas pobres de Oviedo! Sola, La nueva duquesa de Franco, en el decorado atroz de su apartamento madrileño sólo se felicita por haber logrado un ducado que la sitúa casi al mismo nivel que a su hija Carmen, esa Srta. Martínez llegada a la alteza real y duquesa de Cádiz, lo que –incluso sin música de Verdi– pone en trance a las mujeres menos favorecidas de la familia. En España, cuando los cursis se sueltan, la desmesura no conoce límites[15].

Al dar la noticia de su salida del palacio, la revista Sábado gráfico comentaba con sorna: «harán falta días enteros para retirar del palacio los millares de objetos de valor ofrecidos a la familia Franco durante todos estos años«. Sabado gráfico naturalmente no podía contar a sus lectores que, desde hacía meses, docenas de contenedores con la marca «Cc» (Casa civil del Caudillo) habían dejado el puerto de Vigo a bordo de barcos con rumbo a las Bahamas, Filipinas, Argentina y Paraguay. Estos contenedores habían ido de Madrid a Vigo en camiones militares conducidos por guardias civiles. Inútil precisar que no tuvieron que pasar por ningún control de aduanas. El funcionario al que el rey encargue algún día hacer el inventario de lo que queda en el palacio tras el paso de las langostas franquistas, tendrá que resolver curiosos enigmas. ¿Cuáles eran, por ejemplo, los cuadros desaparecidos que han dejado grandes manchas claras sobre las paredes vacías? Goyas, probablemente, o Pantojas de la Cruz, quizá Tintorettos.

Franco. Carmen Polo y Carmen Franco en La Almudena, 1948 (foto: EFE)

La Vieja ha sido experta mucho tiempo en el tráfico de obras de arte. Sus ojeadores han pirateado España, comprando a bajo precio –¿quién osaría mostrarse exigente ante la Señora?– cuadros, joyas, objetos preciosos. Y cuando toda exportación de este tipo estaba formalmente prohibida al español ordinario, la Sra. Franco enviaba a sus agentes de Roma, de Londres y de París los frutos de su rapiña.

Siendo poseedora de comercios en Madrid –Galerías Preciados le pertenece, se puede decir– de estancias en Argentina, de haciendas en Filipinas, de terrenos un poco por todas partes, teniendo a sus órdenes banqueros dispuestos a todo –los Coca, los Fierro–, de hombres para todo servicio, mujeres cómplices (existen aún) –a la cabeza el elefantíaco marqués Huétor de Santillán[16]– la Sra. Franco, comerciante, traficante, estafa y trapichea sin por eso rechazar el mínimo beneficio. Así, nada más instalarse en su nueva vivienda, la Vieja, ya millonaria, convocó a rebato a todos los que le quedaban fieles en las Cortes y consiguió hacer votar un proyecto de ley que le otorga, como viuda del Generalísimo –a título de gratitud nacional– una pensión excepcional de cien mil pesetas al mes. Comparadas a las pensiones de 1.345 pesetas mensuales con las que deben sobrevivir ciertos octogenarios, así como las viudas de los mineros muertos en el fondo del pozo, esta suma le pareció astronómica al procurador Sr. Fidel Carazo[17], quien tuvo arrestos para expresar su opinión ante las Cortes reunidas en sesión plenaria. Enseguida volaron los insultos: “¡hijo de puta!, ¡canalla!, ¡cabrón!”. Prudentemente, el Sr. Carazo se retiró al bar. Enseguida le sigue el Sr. Molina Jiménez, el cual, con la cara descompuesta, le apostrofa estos términos: “¡Maricón!, ¡tú no eres español!”. Y como Carazo iba a responderle, el energúmeno vocifera: “¡si me contestas, te degüello!». Y con la mano derecha en el bolsillo de su chaqueta, le daba para entender al Sr. Carazo que empuñaba una navaja. Estamos lejos de las invectivas casi cortesanas a las que están habituados los parlamentarios europeos. Henry Kissinger ha dicho que los españoles son zulús políticos. Las Cortes españolas le han dado, ay, la razón. Todo lo cual no impidió a la Vieja obtener su pensión, que guardará entera para sí. Siempre le puede «faltar.» Pasemos ahora a la otra gran pieza. Acabo de referirme al inefable Dr. Martínez, marqués de Villaverde.

El Sr. Aujol, su abogado defensor en el proceso en que el marqués me denunció por difamación ante la 17ª Cámara correccional del tribunal de París, presentó a su cliente como un ser «amable en todos los aspectos…; cardiólogo de reputación internacional…; hombre profundamente ligado a su hogar y a su familia…; sin haber dado que hablar nunca a los diarios sensacionalistas… ; enteramente dedicado a sus actividades profesionales…; ajeno a cualquier ambición política o de orden financiero…, etc.» El bueno del S. Aujol nos lanzaba todo esto tan seriamente que, por un segundo, no dudé de su buena fe.

Titular sobre el primer trasplante de corazón realizado por Cristóbal Martínez Bordiu en La Vanguardia 20 de septiembre de 1968

No discutiré aquí el valor profesional del buen doctor. Cuando uno de los primeros operados a corazón abierto murió en el quirófano entre las manos del Dr. Martínez[18], el hombre de la calle se hizo esta simple pregunta. ¿Era un verdadero enfermo o un franquista buscando méritos? Este hombre «ajeno a toda ambición política» siempre ha soñado con un ministerio de sanidad en el que él sería el ministro. Un cargo que en el general franco, su suegro, nunca ha pensado darle. Quizá debido al trauma por esta falta de confianza es por lo que el marqués de Villaverde  se ha «afirmado» ante sí mismo amasando dinero por medios que la deontología profesional condena.

A poco de su boda con la Morita se creó para el Dr. Martínez el cargo de «médico de embajadas«. Sus funciones eran tan poco precisas que el embajador español en Londres creyó de buena fe –y fue por ello profundamente decepcionado– que el marqués de Villaverde venía a ser una especie de encargado de la inspección del personal sanitario. En realidad este cargo iba a permitir al marqués usar y abusar de la valija diplomática en sus desplazamientos al extranjero. Y ¿qué se transporta a Suiza en una valija diplomática cuando se quiere amasar una pequeña fortuna? Dó… Pues sí. El marqués de Villaverde cobra también un millón de pesetas al año de la sociedad Sanitas –un tipo de mutualidad médica de carácter privado– con la única función de impedir, intermediario con sus altas relaciones, la apertura de otras mutuas que pudieran resultar competidoras. El marqués de Villaverde es también Presidente Director general desde su fundación del Instituto de la Costa del Sol –Incosol–, medio hotel, medio clínica para millonarios americanos afectados de obesidad, alcoholismo agudo, arterioesclerosis o depresión. Algo parecido a una construcción hollywoodiense en estilo años cuarenta, rodeada de un campo de golf, Incosol se benefició de una sustancial subvención estatal en el momento de su construcción. Últimamente, los propietarios de Incosol –entre ellos el marqués–imaginaron hacer buenos beneficios obligando a la Seguridad social a comprar el magnífico complejo de lujo por la módica suma de mil millones de pesetas, cuando su rentabilidad empezaba a flaquear. Destapado el asunto o por un periodista local, el negocio fracasó y el contribuyente español evitó por poco tener que contribuir al «dolce far niente» de los millonarios tejanos que son los clientes habituales del lugar.

Franco inaugura la clínica Incosol en Marbella el 6 de abril de 1973 (imagen: diario Hoy)

El marqués de Villaverde no podrá negar que pertenecen al consejo de administración de Plasmacentro M.K.T. En este centro se compra sangre humana a 400 pesetas el litro. Hasta aquí nada más legal a los ojos de la ley española. Pero una denuncia puesta ante el juzgado de guardia número quince de Madrid y un dossier abierto o en la dirección General de sanidad –con el número 1.443– nos indican que en Plasmacentro se compra también sangre a un precio irrisorio, sin ningún control médico previo, a mujeres encinta, a putas, a enfermos mentales, a sifilíticos, a borrachos, a soldados achispados y también, ay, a niños. Como estaba prohibido a estos «donar» sangre sin una autorización parental, la clínica les vende falsos permisos allí mismo por cien pesetas. La sangre así obtenida  en Plasmacentro es revendida a precios exorbitantes a países del Tercer mundo y muy especialmente a Filipinas, donde el buen doctor tiene poderosas relaciones femeninas en el seno mismo de la familia presidencial.

El padre de familia no merece, en mi opinión, más respeto que el médico mismo. Jactándose de educar a sus hijos a «tortazo limpio», éstos le evitan tanto como pueden. Las relaciones del marqués con su hijo Francisco se encuentran de entrada torcidas por el hecho de que el joven está lejos de poseer –por su carácter– los instintos «machistas» de su ilustre progenitor. Pero si el muchacho parece carecer de una virilidad excesiva, no le faltaba cierto o sentido del humor. Así, para conseguir el dinerillo que su padre le niega, ha urdido un curioso truco, al estilo de los de la familia. En compañía de un amigo ayudante de carnicería, dispara por la noche a los gamos que deambulan por el sotobosque del parque de la Zarzuela, la residencia del rey. Al día siguiente, el ayudante de carnicero y Francisco Franco –es así como una ley especialmente votada autorizada a llamarse al muchacho– revenden, a seis o siete mil pesetas la pieza, los animales abatidos la víspera a los cocineros de los restaurantes frecuentados por el marqués. Enterado del asunto, el rey ha dado al marqués un curso sobre los estragos de la avaricia en el seno de las familias ricas.

El marqués de Villaverde con su hija Carmen en la Feria de Abril de Sevilla (imagen: Gtres)

El marqués de Villaverde, ¿hombre hogareño? En Marbella, durante los días que siguieron a las últimas ejecuciones capitales que tuvieron lugar en España, el marqués comía en un restaurante con una princesa de Bismarck[19], una de sus amistades íntimas. En la mesa vecina, un holandés de paso hizo una observación en tono elogioso sobre la radiante belleza de la princesa. El marqués, que comprende mal cualquier lengua que no sea el celtíbero, se mosqueó, se levantó e insultó al holandés. Este se levantó también y golpeó al marqués en la cara a base de bien. Algunos días más tarde el marqués declaró ante un juez de instrucción que él se había peleado por el honor de España, puesto en duda por el holandés. Lo que no fue educado para la Sra. Bismarck, cuyo honor, me parece, bien valía una nariz rota. El holandés salió del caso con una multa fuerte. En España, el retrato del marqués de Villaverde se paga aún muy caro. Siete millones exactamente. El marqués de Villaverde, ¿un hombre discreto? Saliendo del Jockey, el marqués, bebido, atropelló con su coche a Manuel Morales, que pasaba en moto. Testigo, un guardia pidió al marqués su documentación. Algarada. Y, naturalmente, el clásico «usted no sabe con quién está hablando”. El guardia lo sabía. El marqués fue citado ante un tribunal. Se negó a acudir. Al contrario, exigió que el juez fuera a escucharle a su propio domicilio. El juez, ay, le obedeció. Eran aún los buenos tiempos…

El marqués de Villaverde, ¿ajeno a cualquier preocupación de orden financiero? Veamos. En todo caso, cuando se pone a ello, hace ruido. Ejemplo: deseoso de «darle a ganar algún dinerillo» a su yerno el duque de Cádiz[20], –que ya tenía un salario de 400.000 pesetas mensuales en el Centro de cultura hispánica del que es director– y al hermano de éste,  Don Gonzalo de Borbón, fundó con «un amigo americano» una sociedad cuya sede jurídica estaría, por razones evidentes, en Ginebra. El amigo americano, queriendo tener la nacionalidad española, entregó veinte millones de pesetas al «tío» José María Sánchez[21], eminencia gris de los Villaverde, con el fin de que este le consiguiera una entrevista con el general Franco, ya senil pero aún vivo. La entrevista tuvo lugar, así como los primeros trámites para nacionalizar al americano. Por desgracia, éste tuvo la mala la idea de hacer un viaje relámpago a Estados Unidos, donde fue inmediatamente detenido por el FBI. Pues el «amigo americano» no era otro que Robert Vesco, buscado por estafas de todo tipo[22]. La sociedad imaginada por Villaverde y los hermanos Borbón murió sin haber salido a la luz. Lástima, pues la idea de Vesco era buena: se trataba de vender en las Bahamas terrenos que no existían…

Robert L. Vesco (1935-2007) (Foto: Don Hogan Charles/Redux Pictures)

[1] Ofrecemos una traducción que intenta ser lo más fiel posible al texto, donde no faltan expresiones vulgares e incluso soeces. Algunas notas darán aclaración a algunos puntos.

[2] Apelativo de su hija Carmen. En familia, también la llamaban Nenuca.

[3] (Ár). Familia de un jeque árabe. Aunque se habla de “yernos”, Franco solo tuvo uno.

[4] Banco local creado en los años veinte por Julián Coca Gascón. En 1978 fue absorbido por el Banco Español de Crédito.

[5] Pero ya durante la guerra Franco se había lucrado mediante algunas operaciones corruptas (Cf. Ángel Viñas, 2015). También en esos años empiezan los donativos de todo tipo al Caudillo. Por ejemplo, hemos explicado la cesión del palacio de la Isla (Burgos), que estuvo a su disposición durante toda la Dictadura (Luis Castro, “Franco, huésped de honor en Burgos”, En Plural, cuadernos burgaleses de cultura, nº 4, 2002). El palacio había sido propiedad de los condes de Muguiro, uno de los cuales casó con Pilar, hija de Serrano Suñer.

[6] El decreto de la Junta de Defensa nombraba a Franco Generalísimo (mando militar supremo) y “Jefe del Gobierno del Estado”, formulación ambigua que permitió a Franco detentar los dos poderes: Jefe del Gobierno y Jefe del Estado. Meses después adquirirá la jefatura máxima del partido único (FET de las JONS), creado en abril de 1937.

[7] No sabemos en qué fuentes se basa el autor para hacer estas afirmaciones.

[8] Caso REACE o Redondela. En marzo de 1972 desaparecieron cuatro toneladas de aceite de oliva, valorados en más de 167 millones de pesetas, de la Comisaría de Abastecimientos del Estado (CAT), que se hallaban depositados en una nave de la empresa REACE, en Redondela (Vigo). Nicolás Franco era miembro del consejo de administración de REACE. Hubo varias muertes extrañas relacionadas con el caso y aunque se celebró juicio, al asunto quedó sin resolver en ningún sentido (información de Wikipedia). 

[9] Según Vegas Latapie, al padre de Franco se le oyó decir en una ocasión: “de mis tres hijos, el más inteligente era Ramón; Nicolás es un petardista y Paquito sigue siendo tonto” (Eugenio Vegas Latapie, Los caminos del desengaño. Memorias políticas (II) 1936-1938, Madrid, Tebas, 1978, p. 183).

[10] Ingresó en la Legión siendo capitán al principio de los años veinte, entrando ya en contacto con Franco, que era entonces comandante. A partir de entonces estuvo casi constantemente al lado de su primo, ejerciendo altos cargos de confianza. Póstumamente se publicaron Mis conversaciones privadas con Franco y Mi vida junto a Franco (ambas en editorial Planeta, Barcelona, 1976).

11] Serrano Suñer llegó a Salamanca el 20 de febrero de 1937, evadido de la zona republicana. Durante la guerra, su familia y la de Franco compartieron dependencias en el palacio episcopal y, más tarde, en el palacio de la Isla en Burgos. Se considera determinante su influencia sobre Franco a la hora de diseñar el Nuevo Estado franquista, empezando por la unificación política, la estructura administrativa y la creación de la prensa y la propaganda del Movimiento, entre otras cosas. (Cf. entrada en el Diccionario biográfico de la RAH, firmada por Juan Carlos Pereira Castaños. No sabemos por qué acentúa el segundo apellido, que debe ser Suñer, de su origen catalán: Sunyer).

[12] Debe de referirse al libro Entre Hendaya y Gibraltar, cuya segunda edición salió en 1973 (Barcelona, ediciones Nauta). Las memorias de Serrano salieron con posterioridad a este reportaje (Ramón Serrano Suñer, Entre el silencio y la propaganda, la historia como fue, Barcelona, editorial Planeta, 1977).

[13] Sin embargo, Serrano fue durante un tiempo procurador en Cortes y miembro del Consejo Nacional del Movimiento hasta 1967. Por otra parte, además de tener un bufete de abogado en Madrid, fue miembro de varios consejos de administración y presidente de Fomento de Obras y Construcciones (actual FCC), empresa que en 1974 facturaba más de 5.000 millones de pesetas.

[14] Miembros notables del búnker y personalidades muy cercanas al entorno de Franco. Girón, camisa vieja falangista y ministro de trabajo durante casi 16 años, era también presidente de la Asociación de Excombatientes, propietaria del diario Arriba. Fuertes de Villavicencio, vizconde y general, fue jefe de la Casa civil de Franco en los últimos años de este y luego intendente de la Casa del rey; también presidió el Patrimonio Nacional durante años. Utrera Molina, varias veces ministro de los de “camisa azul” e impulsor de la Asociación Nacional Francisco Franco.

[15] Tanto el señorío de Meirás como el ducado de Franco, ambos con grandeza de España, fueron otorgados a Carmen Polo y a su hija, respectivamente, por el rey Juan Carlos I poco después del fallecimiento de Franco.

[16] Jefe de la Casa Civil de Franco. Su esposa Pura, amiga íntima de Carmen Polo. Según Preston, Huétor amasó una fortuna de diversas fuentes, junto con Cristóbal Martínez, como por ejemplo con la licencia exclusiva para importar motos Vespa. (P. Preston, Un pueblo traicionado, p. 423). Algo que ya censuraba Pacón Franco en su tiempo: “Creo firmemente que el marqués de Huétor, por razón de su cargo, no debió intervenir en asuntos comerciales, y lo mismo ocurre con Nicolás, el hermano de S.E., pues hacen con ello mucho daño al régimen, ya que para la opinión pública lo hacen aprovechándose de su influencia oficial. Para colmo son dos señores que están en una posición espléndida y no necesitan aumentarla a costa de su buen nombre y situación” (F. Franco Salgado-Araujo, Mis conversaciones… p. 18).

[17] En ese momento, Fidel Carazo era, además de procurador en Cortes, alcalde de Soria y editor-propietario del periódico Soria, hogar y pueblo. Más tarde sería senador independiente.

[18] En septiembre de 1968, Cristóbal Martínez hizo el primer trasplante de corazón en España. El paciente murió a las pocas horas.

[19] Probablemente, la condesa Gunilla von Bismarck Schönhausen, una de las habituales entre los famosos que se daban a la buena vida en la Marbella en los años setenta. Otro figurón habitual en la época era Jaime de Mora, hermano de la reina Fabiola de Bélgica. Empresario de hostelería, fue jefe de protocolo del ayuntamiento de Marbella; por ello, en la esquela mortuoria, la viuda expresaba su “gratitud eterna a nuestro ilustrísimo alcalde, Don Jesús Gil y Gil” (ABC, 31 de julio de 1995).

20] Alfonso de Borbón Dampierre, nieto de Alfonso XIII, casado con Carmen Martínez-Bordiú, hija del marqués de Villaverde. En algún momento especuló sobre sus posibles derechos al trono de España (y de Francia).

21] Se trata de José Mª Sanchiz, tío materno del marqués. Según Preston, “hizo una fortuna para el clan de los Villaverde con la especulación inmobiliaria y las licencias de importación y exportación, y su éxito le permitió adquirir considerables participaciones en la banca” (P. Preston, Un pueblo traicionado, p. 423).

22] La Wikipedia en inglés califica a Robert Vesco como “American criminal financer”. Huyó a Costa Rica en 1972 poco antes de que fuera acusado de una gran estafa financiera en EE.UU. Sin embargo, contra lo que dice aquí Vilallonga, no volvió a su país hasta 1981.

Portada:
Boda de Carmen Franco y Cristóbal Martínez Bordiu, 10 de abril de 1950  (foto: Cordon Press)

 

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