Un artículo de Claude Morange

CLAUDE MORANGE, uno de los mejores especialistas en el liberalismo español de la primera mitad del siglo XIX, anticipa aquí parte de su libro EN LOS ORÍGENES DEL MODERANTISMO DECIMONÓNICO (El Censor (1820-1822): promotores, doctrina e índices)  que publicará Ediciones Usal en los próximos meses. El texto forma parte del epígrafe «La revolución española en el contexto internacional» . Se ha suprimido la mayor parte de las notas.


La revolución española en el contexto internacional 
Me he referido, al principio de este estudio [En los orígenes del moderantismo decimonónicoal sentimiento que tenían los contemporáneos de que estaban presenciando una aceleración del ritmo histórico. «Un siglo entero de historia hemos visto en menos de dos años» –escribía un redactor del Imparcial en el primer número de la publicación– [1] . Afirmaba que la revolución española había sido una de las causas principales de ese salto, porque «trastornó la política europea». En efecto, «las grandes potencias, atemorizadas por la emancipación del pueblo español y por el ejemplo contagioso que cundió en Italia, trataron de oponer las grandes fuerzas que la victoria y la paz habían colocado en sus manos, para oponerse al torrente que amenazaba la exterminación del poder absoluto». El «torrente» surgió de donde menos se le esperaba. El movimiento iniciado por Riego y Quiroga, a principios de 1820, modificó en pocas semanas la imagen que de la nación española se tenía en Europa y tuvo repercusiones en todo el continente, y hasta en América. En el ya mencionado opúsculo que Jay publicó en octubre de 1820, afirmaba que los «jefes de la aristocracia europea» no supieron prever que la señal del movimiento emancipador saldría de aquella nación, a la que siempre se citaba como modelo de pasividad, a pesar de algunas intentonas frustradas, como las de Porlier o Lacy. Allí –aseguraba–

la terreur semblait glacer toutes les âmes, le peuple paraissait plongé dans l’ignorance, le pouvoir arbitraire était exercé dans toute sa plénitude aucun murmure ne troublait le sommeil des courtisans; les jésuites organisaient paisiblement leurs écoles de servitude, l’Inquisition couvrait les provinces de ses familiers, la presse était esclave : que d’éléments de repos, que de motifs de sécurité!

Para percatarse de la repentina aceleración del ritmo de los acontecimientos, bastaría leer las sucesivas reflexiones que hizo sobre España y la nación española el tan prolijo como poco riguroso Pradt. En 1815, todavía situaba a España, al lado de Turquía, entre los Estados que estaban «fuera de la política activa» y, casi casi, de Europa . En 1817, pronosticaba que la inevitable emancipación de las colonias españolas dejaría a la monarquía española en el último lugar de las potencias europeas . En 1819, en términos no menos categórícos, anunciaba que amenazaba al país una espantosa revolución [2] . Algunas semanas después, no tuvo más remedio que admitir que, lejos de haber sido espantoso, el suceso podía servir de modelo a cuantos pueblos se propusieran establecer pacíficamente un régimen representativo.  Además, con su afición a las hipérboles, no dudó en afirmar que era nada menos que el mayor acontecimiento de la Historia y, anunció, en el estilo concluyente que le era propio, que la revolución española iba a tener inmensas consecuencias para toda Europa:

Non il n’est donné à personne de mesurer le chemin que va faire faire à l’Europe délibérante la nouvelle tribune de Madrid, à l’Europe écrivante la nouvelle liberté de la presse de Madrid, à l’Europe sociale les nouvelles communications que la nouvelle Espagne est appelée à former avec l’Europe. Jusqu’ici elle était oubliée du voyageur; dans peu on en prendra le chemin.

La predicción es de abril de 1820. Pocos comentadores, en aquel momento, tuvieron la misma clarividencia. Porque, si bien, tres años después, los Cien mil hijos de San Luis destruyeron la ilusión, no cabe duda de que los tres fenómenos que anunciaba el exarzobispo de Malinas (la riqueza de temas de que iban a debatir las futuras Cortes, la explosión de publicaciones que permitió la libertad de imprenta y la aceleración de los contactos con Europa, gracias al interés suscitado por este nuevo espacio de libertad) fueron importantísmos, lo mismo en literatura que en política.
Algunos años antes (en la famosa polémica desencadenada por las afirmaciones de Masson de Morvilliers en la Encyclopédie méthodique), los ilustrados europeos consideraban a España como un país tan atrasado que más parecía africano que europeo. Ahora, en cuestión de días, había pasado a ser un modelo para todos los pueblos, y llevaba la delantera en la lucha por las libertades, pues los liberales españoles habían conseguido establecer un régimen auténticamente representativo. Se podrían acumular cientos de ejemplos de esta glorificación de la revolución española. En una carta de París, de finales de marzo, se nos informa que, en pocos días, se han despachado tres ediciones de la traducción al francés, por Núñez de Taboada, de la Constitución española. En un diálogo inserto en el tercer número del Censor, uno de los interlocutores celebra el prodigioso cambio que acaba de producirse :
Cada día que amanece, se renueva mi admiración y aun mi respeto, hacia un pueblo cuya fisionomía está casi en contradicción con su carácter. Prescindamos por un instante de la especie de prodigio con que le hemos visto levantarse desde la esclavitud más vergonzosa hasta el último grado de libertad que cabe en el orden social ; no fijemos tampoco la vista en el modo, tan noble como inaudito, con que ha verificado este tránsito, desmintiendo en un momento todas las teorías de los más célebres publicistas ; pero detengámonos un poco a contemplarle en el estado actual de expectativa en que se encuentra, y nos ofrecerá un cuadro tan singular en la historia, como digno de ofrecerse por modelo a las demás naciones.
En octubre, en El Constitucional, se traza este cuadro ilusionado :

Nuestro ejemplo ha despertado en todas [las naciones] el amor de la libertad. Es lícito, pues, creer que muy en breve, llegando a ser la Constitución española la base de todos los gobiernos de ambos hemisferios, los pueblos que viven bajo su régímen dejarán de ser esclavos, y la libertad les restituirá la ventura que la conservación de las leyes asegurará para siempre.

La Constitución de 1812, sobre todo, había pasado a ser un modelo para los liberales de todos los países, como expresaría El Universal en agosto de 1821, escribiendo que todos los pueblos «[volvieron] su vista enternecida hacia la brillante antorcha de libertad que brillaba sobre el continente de la Península [sic]», y que «no se oyó en toda Europa más que esta sola voz : la Constitución española debe ser la base en que se funde el nuevo derecho». Ahora la Pepa se estaba convirtiendo en un mito: representaba la gran esperanza del liberalismo revolucionario europeo, frente a la constitución inglese los revolucionarios la adoptaron sin apenas retocarla.
Hasta julio de 1820, el régimen constitucional español, por el radicalismo de su constitución, constituyó una excepción en una Europa dominada por la Santa Alianza. Luego se multiplicaron, en España y entre los liberales de otras naciones, optimistas declaraciones sobre el carácter irresistible y general del movimiento de eliminación del absolutismo en todos los países, iniciado por los españoles. Pero, cuando se vio que «el contagio», como decía el «triumvirato» de la Santa Alianza, se propagaba a otros países, surgió una nueva lectura del fenómeno. Los redactores del Censor sientan este axioma: ahora son las naciones del Mediodía europeo las que ofrecen a las del Norte un modelo político e institucional.
El impulso comunicado al espíritu público de las naciones por el Mediodía de Europa continúa propagándose, si no con los efectos ostensibles que sería de desear, a lo menos con toda la rapidez que le permite la resistencia aristocrática, auxiliada con todas las fuerzas del poder.
Y aducen por prueba, a la verdad no muy decisiva, las cartas constitucionales que los duques de Sajonia acaban de otorgar a sus súbditos . Al final del artículo, escriben que, de cualquier modo que se termine «la gran cuestión de Nápoles», las ideas liberales progresarán, porque »estamos en un siglo en que es imposible ahogar el pensamiento» .
Sin que les arredren las dificultades y reveses del movimiento liberal, los redactores del Censor, igual que la casi totalidad de la prensa liberal, no se cansan de reafirmar que la ascensión del liberalismo, gracias a la difusión de las luces y los progresos de la civilización, es un movimiento irresistible, porque la fuerza de las ideas siempre acaba triunfando del poder, de los intereses y de la resistencia de los privilegiados. A pesar de la machacona instrumentalización por sus enemigos del espantajo de 1789 (o, más bien, de 1793), consideran que fue la Revolución francesa la que dio el impulso inicial a esos movimientos de emancipación. Y lo notable es que lo repetirán hasta el final, en un contexto en que no era fácil presentar en forma positiva la tan denostada revolución del país vecino. En numerosos artículos, hablan los redactores del Censor de «la marcha acelerada de las luces», y repiten, después de Pradt, que

el género humano está en marcha, y no puede retrogradar; es imposible hacerle andar atrás, y así es menester ceñirse a dirigirlo en el rumbo que ha tomado por la nueva organización de las sociedades, y por la comunicación de los pueblos entre sí […]. Todo se ha mudado de tal manera que las cosas recibidas hace cien años, y aun hace cincuenta años, sin contradicción ni reparo, se tendrían ahora por imposibles morales.

En esta marcha, un factor esencial era la coordinación y la solidaridad entre los pueblos.  Estos iban tomando conciencia de que había una interdependencia de sus luchas, porque era muy difícil que triunfara una revolución en un entorno  controlado por la Santa Alianza. De esa toma de conciencia surgió, aunque solo de hecho y de manera informal, una «Santa Alianza de los pueblos», especie de internacional liberal basada en la solidaridad y la fraternidad, en respuesta a la opresiva y arrogante dictadura del gabinete de Viena y sus aliados, que dictaban su ley a gobiernos y pueblos [3] . Se trataba, al mismo tiempo, de una exigencia de eficacia en la lucha y de solidaridad entre las víctimas del absolutismo. Una de las formas que tomó fue la creación de los ya mencionados comités de solidaridad con la revolución napolitana y, luego, con el movimiento de emancipación de los griegos. No se trataba de organizar una nueva sociedad secreta, promotora de la supuesta gran conjura internacional contra el Altar y el Trono, repetidamente denunciada, después de Barruel, por los absolutistas, sino de una reacción defensiva de unos pueblos que se sentían igualmente oprimidos por los reyes y las aristocracias de su país respectivo, y estaban ya hartos de tener que aguantar una trasnochada estructura estatal despótica y una inaguantable dominación de los estamentos privilegiados. Para explicar esos movimientos de solidaridad, no es, pues, menester recurrir a la tesis complotista, ni imaginar abstractas construcciones ideológicas de alguna secta –afirman los redactores–. Sin embargo, no se encuentran en El Censor los llamamientos a una solidaridad militar efectiva, ni tampoco a una exportación de la revolución, que se manifestaron en algunos periódicos[4] y hasta en el Congreso.
Como las mismas causas producen los mismos efectos, los síntomas del mal eran lógicamente los mismos, en términos generales, en todos los países, salvadas las diferencias históricas o geográficas que existiesen entre ellos. Lo había explicado luminosamente Camille Paganel, en Coup d’œil sur l’état politique de l’Europe en 1819, de que los redactores de la Revue Encyclopédique hicieron una reseña en diciembre de 1819 escribiendo:

L’auteur a pour but de prouver qu’il y a solidarité, à l’époque actuelle, entre tous les peuples de l’Europe ; que la tendance à des institutions libérales est universelle, et que les vœux publics ont pris partout le caractère d’une résolution précise. […] Il indique avec justesse et avec vigueur les symptômes qui partout sont les mêmes, prédit les mêmes résultats, et conclut que le triomphe de la liberté est certain, que le retarder serait le rendre terrible, et que la seule manière d’affermir les trônes est de régénérer, pour ainsi dire, de légitimer le pouvoir en le constitutionnalisant.

Se encuentran aquí reunidas, en pocas palabras, tres de las ideas básicas de ese pensamiento liberal : el carácter universal de la aspiración de los pueblos a disfrutar de instituciones representativas ; la solidaridad de intereses y de ideas que existe entre ellos ; y, sobre todo, la afirmación de que la mejor manera de salvar a la institución monárquica es «constitucionalizarla», para hacerla legítima, tesis de índole liberal moderada que se contraponía a la concepción tradicionalista del legitimismo.
Lógicamente, los problemas se planteaban a nivel europeo, porque saltaba a la vista que no debían disociarse las luchas de los liberales franceses, españoles, portugueses o italianos. De ahí que se encuentre en muchos textos una dimensión europeísta, que viene a ser sinónimo de progreso de civilización. Olvidado de la realidad conflictiva que tiene delante, Lista parece, a veces, estar convencido de que está en vías de realizarse la unidad europea :

La Europa –exclama– tiende a formar una sola familia por las relaciones de comercio e industria, por la semejanza de instituciones civiles y religiosas, por la comunidad de los conocimientos científicos, y aun por las mismas alianzas de los soberanos. No existen ya las diferencias de costumbres, los rencores religiosos, las rivalidades nacionales, ni los demás elementos de repulsión que, por tantos siglos, han separado a los pueblos. Todo conspira a la fraternidad.

CONGRESO DE VIENA 1815
En otros artículos, habla de «la gran familia europea», de «la confederación europea» y, siguiendo a Bignon, de la «grande república europea». Un paso más allá, ese europeísmo puede llevar a un universalismo todavía más idealista, con la voluntad de superar «los odios nacionales», tan nefastos en Europa. Ya he señalado, en el capítulo dedicado a los proyectos de paz, que Lista evoca con ilusión la llegada de una época en que la generalización del sistema constitucional traerá a las naciones «la paz universal». Esta utopía, bastante frecuente en diversos sectores del liberalismo, respondía sin duda al deseo de oponer a la agresiva política de la Santa Alianza la perspectiva de un mundo de naciones reconciliadas.
El ideal de fraternidad y solidaridad entre los pueblos, hermoso sueño que podía servir de incentivo para llamar a la lucha, chocaba con una realidad inquietante : las amenazas de la Santa Alianza y el aislamiento de España después de la derrota de los napolitanos. Sería lógico pensar que el peligro del intervencionismo solo tomó fuerza a raíz de la intervención austríaca en Italia. La realidad es un poco más complicada. Desde el principio de la revolución española, se preguntaron algunos si la Santa Alianza dejaría hacer. La cuestión de una posible intervención se evocó en la prensa española, y también en la francesa, en ambos casos para descartar esta eventualidad, como improbable o hasta imposible. «¿Quién sería el que osase en su delirio poner el pie en este territorio, separado por barreras inaccesibles del teatro de la conspiración, y mirado como el cementerio eterno de los invasores extranjeros ?» –exclamaba J. de Burgos en la Miscelánea del 6 de diciembre de 1820–, y algunos días después, se burlaba de los que «se empeñan a todo trance en que nos han de invadir los calmucos» . Y, en las Cortes, a aquellos que evocaban el tema, contestaba Moreno Guerra con bravatas por el estilo de «los huesos de quinientos mil franceses que aún quedan insepultos por nuestras campiñas nos garantizan de nuevas invasiones ; […] si quieren venir, que vengan, que tranquilos los esperamos».
El Censor no podía pasar por alto un tema tan candente. En febrero de 1821, esto es, cuando ya Austria estaba a punto de intervenir en Italia, Lista evocó el problema en un artículo sobriamente titulado «El congreso de Troppau» . Después de algunas generalidades sobre los congresos, de que he hablado ya, planteaba una serie de interrogantes:

¿Tienen derecho los gabinetes reunidos de varios monarcas para intervenir en las formas del gobierno interior de otro Estado ? En los tratados que celebren los jefes de dos monarquías independientes, ¿pueden entrar artículos relativos al gobierno interior de sus Estados ? ¿Tienen derecho los soberanos reunidos para tratar hostilmente al pueblo que varía su forma de gobierno por una revolución, ya en atención a las causas que la han producido, ya a la falta de libertad en el rey que la ha sancionado, ya al peligro de que el ejemplo cunda hasta sus mismos Estados?

Si se contesta afirmativamente a esas preguntas –decía–, «los emperadores de Austria y Rusia quedan declarados por legisladores soberanos de Europa, y los pueblos que desean ser libres, tendrán que mendigar de dos monarcas absolutos su código constitucional». Pero la experiencia histórica y la razón política niegan este derecho. «Jamás pueden ser objeto de un tratado de paz, de alianza o de mediación las disposiciones legislativas ; porque estas dependen inmediata y exclusivamente de la soberanía inenajenable de cada nación». Luego refuta Lista, minuciosamente, uno por uno, los consabidos argumentos de la Santa Alianza: el cambio político en Nápoles ha sido producido por una revolución; lo ha impuesto la fuerza armada ; lo ha preparado una «secta»; el monarca no estaba libre; no se debe permitir una  desestabilización del orden europeo, etc. En realidad –concluía–, lo que se ventila en esas polémicas son los intereses respectivos de las potencias. Cada una, en «esta nueva cruzada contra la libertad», medita las probabilidades de engrandecimiento propio. El examen pormenorizado de esos razonamientos necesitaría extensos comentarios. Lo que me interesa aquí, es observar cuán importante y casi obsesiva fue durante meses, para los liberales españoles, la amenaza de intervención. Y cuánto más negada, más presente en las cabezas y más preocupante. « Todas las naciones de Europa –proseguía Lista, en el artículo citado– fijan en el día sus ojos sobre la antigua Parténope ; en ella está la vanguardia del ejército de la libertad». Pero «la causa que se discute en Laybach no es solo la del Mediodía de Italia ; es la de todas las naciones independientes», porque «ninguna nación puede estar segura de su libertad, mientras Nápoles no esté libre».
La comunidad de intereses y de destino de los gobiernos representativos resultaba, pues, muy clara para los liberales. Los comentarios que hacía la prensa sobre o contra la intervención austríaca traían en seguida a la mente la amenaza que esta representaba para el régimen español. En abril, El Universal se indignó  de un comentario del Times del día 4 de dicho mes :

Después que los aliados hayan concluido su obra en Italia, ¿estarán dispuestos a intervenir eficazmente en la revolución de la península española ? A la verdad, que será incompleta su obra si no colocan a aquel rey en su antiguo poder. Por tanto les invitamos a que acometan esta empresa […]. Solo cuando quede extinguida la Constitución de España, dejará de ser objeto de imitación en Napoles y en el Piamonte, y quizá en Prusia y en Olanda.

Casi al mismo tiempo, Hermosilla, en uno de los extractos que hacía periódicamente de las sesiones de Cortes, dio cuenta de la memoria del Secretario de Estado sobre la política exterior española, presentada al Congreso el 4 de marzo, y del consiguiente informe de la comisión diplomática, que se leyó el 22 de marzo . En la primera, en el delicioso, enrevesado e hipócrita lenguaje diplomático, se aseguraba que,

cuando, a consecuencia de las conferencias de Troppau y Leybach, se vio reunirse a las orillas del Po un poderoso ejército austríaco, el rey, no pudiendo ya dudar de que el principio de nuestra mudanza política iba a ser atacado en Nápoles, ha creído también necesario hacer presente a algunos gabinetes, oficial y a todos los demás confidencialmente, que S. M., religioso observador de los sagrados principios del derecho de gentes, no reconocerá en potencia alguna el de intervenir en el arreglo interior del gobierno de otra por medios de coacción mediata o inmediata […].

Y, a continuación, afirmaba que ya varios gabinetes habían contestado que no querían intervenir en los negocios domésticos de España[5] . Por lo que hace a la comisión, proponía informar a las demás naciones de la justicia de la causa del gobierno español, preguntarles qué es lo que podía temer España relativamente al derecho de intervención que algunas potencias se arrogaban sobre los negocios interiores de Nápoles y demás Estados que varían su constitución política, y pedirles seguridades al respecto. Ni que decir tiene que semejantes preguntas mal podían asustar a Metternich. Lo interesante son las reflexiones que hace Hermosilla al final del artículo, sobre el peligro de intervención. No solo no lo niega, sino que contesta a los incautos que pretenden que «los últimos y trágicos sucesos de Nápoles en nada deben inquietarnos», que «es menester cegarse voluntariamente para no ver que así como la revolución de Nápoles, sostenida y triunfante, aseguraba y hacía incontrastable» la de España, «así también, vencida y sofocada en su cuna, perjudica no poco al buen éxito de las [otras]». De lo cual deduce varias consecuencias : la necesidad de poner fin a las divisiones de partido, y denominaciones que las perpetúan (tema predilecto de los exjosefinos, que se sentían excluidos de la comunidad nacional); la importancia de que el gobierno español practique una política de moderación, justicia, orden y respeto a la autoridad; y la pronta organización de un ejército fuerte, para estar preparado a toda eventualidad. Consejos todos que ilustran lo que dijeron más tarde los redactores de que la política extranjera les había servido para dar lecciones útiles a los gobernantes y –añado yo– a los españoles en general.
El tema de la amenaza de intervención en España muestra perfectamente la estrecha relación que había entre política exterior y política interior, y hasta qué punto el destino de la revolución española dependía del contexto internacional. El violento epílogo de 1823 lo confirmaría, infelizmente para los liberales. Las estrategias de comunicación de unos y otros sobre la cuestión de la amenaza intervencionista necesitarían un análisis detallado, que no es de este lugar. Me limitaré a señalar que las apariencias pueden ser engañosas. Los «serviles» a veces exageran el peligro para asustar a los constitucionales; otras veces, lo niegan, para no ponerlos sobre aviso. Por la parte de los liberales, la tendencia dominante es a negar la amenaza, para no inquietar a sus partidarios; pero también hay quien la exagera, para movilizar a los indecisos y presionar al gobierno, para que tome medidas de precaución.
Lo curioso es que, durante meses, se consideró que la amenaza la representaban austríacos y rusos; solo muy tarde se descubrió que era francesa, como muestra el ejemplo siguiente. A finales de 1821, a los redactores del Censor ya no les cabe duda de que «la Santa Alianza desea hacer en España y Portugal lo mismo que ha hecho en Nápoles y Piamonte». No obstante, todavía piensan que la situación internacional presenta cuatro obstáculos a la realización del proyecto. El primero consiste en el carácter de los españoles (en el caso de una invasión, olvidarían sus divergencias políticas para unirse contra el agresor), y en la posición geográfica de España («la dificultad de someter un vasto territorio […], y la distancia enorme de nuestra península a los estados de la Santa Alianza –escriben– reduce a casi nada la probabilidad de un buen éxito en una guerra […]»). El segundo obstáculo es la cuestión de Grecia, que «según todas probabilidades, entretendrá por muchos años a la Santa Alianza, antes que puedan ni aun pensar en dar la ley en España». El tercero, Inglaterra, que no permitiría a los austríacos ni a los rusos la menor influencia en los negocios de España. El cuarto, y mayor obstáculo, sería Francia, porque «jamás podrá entrar en su política dar paso por sus estados a la Santa Alianza, ni hacer la guerra por sí misma»,  porque «nadie mejor que los franceses conoce la imposibilidad física del buen éxito en una guerra nacional» . ¡Tremenda ingenuidad!, debieron de pensar retrospectivamente algunos lectores. A no ser, –pensarían otros– que se trate de un sutil maquiavelismo destinado a desviar la atención del peligro verdadero, hipótesis que no me parece probable en aquella fecha.
aplstando
Los discursos de antes y después de la intervención austríaca en Italia no podían ser los mismos. Lo lógico, pues, sería pensar que hubo dos fases en la afirmación de la irresistible progresión de las ideas liberales: un período de optimismo y hasta euforia, que correspondería, simplificando, al año 1820 ; seguido de un período de dudas, temores e incertidumbres, a partir de las conferencias de Troppau, en que empieza a ser evidente que los gabinetes absolutistas no van a dejar que se propague el contagio revolucionario. No faltan datos y textos para corroborar esta lectura. Pero tal vez sea algo más compleja la realidad. Al principio, sin duda, durante varios meses los redactores del Censor participan del entusiasmo general que arrebata a los liberales. Luego, cuando ven el rápido derrumbamiento del régimen representativo en Nápoles y Piamonte, sin apenas resistencia, les entran dudas y recelan que algún día lleguen hasta España y Portugal las tropas de la Santa Alianza. Entonces se entra en una fase de desaliento, tanto más cuanto que la contrarrevolución interior también está progresando. Pero esta inquietud no se trasluce directamente en los artículos del Censor. Al contrario, Lista reafirma el optimismo de los primeros meses, pero en clave ya claramente utópica, como puede apreciarse al final de dos artículos dedicados a la lucha de los griegos por su independencia. En el primero, se refugia claramente en la utopía, evocando un porvenir de paz y felicidad universal, que es la imagen inversa del mundo conflictivo que tiene delante.

¡Quién es capaz –exclama en tono ardiente-, de calcular y aun de imaginar cuál será el estado de bienaventuranza a que un día llegarán los hombres, cuando toda la superficie de su planeta esté poblada, y produzca su fértil seno todas las producciones que encierra ; cuando todos sus habitantes, elaborando y transformando de mil maneras ingeniosas los dones de la naturaleza, aumenten los goces y placeres, y disminuyan los males físicos hasta el punto que permiten las leyes de la humana organización ; cuando, abiertos todos los medios posibles de comunicación, sea el orbe entero un gran mercado en el cual se cambien las producciones de todos los países y todas las obras de la industria, cuando la ilustración y la filosofía hayan desterrado todos los vicios y creado todas las virtudes; cuando los pueblos unidos todos entre sí, como verdaderos hermanos, lleguen hasta olvidar el nombre mismo de la guerra, y no contiendan unos con otros sino para saber quién es mejor y más sabio!

Notable página, en la que se conjugan armoniosamente las dos vertientes del liberalismo (filosófico y económico), que merecería figurar en las antologías de textos utópicos. Esta característica la subraya el mismo Lista a continuación. Como se da cuenta de que este arranque de lirismo podría suscitar algunas sonrisas, añade:

Sueños parecerán estos o delirios de un enfermo; pero, si por desgracia no se extingue la antorcha de la civilización, cosa que ya no es posible sin un trastorno físico del globo, estos que ahora parecen sueños de visionarios, serán realidades algún día.

Dicho de otra manera, ante la adversidad, Lista se refugia en la utopía. Al final del segundo artículo, en fuerte contraste con la problemática económica del texto, se explaya en la lírica evocación de un futuro utópico, que solo puede interpretarse como la negación de una realidad demasiado dolorosa:

El movimiento natural hacia el bien que recibió la Europa en el siglo pasado–afirma–, cada día es más rapido y más seguro, porque la experiencia ha enseñado a corregir sus convulsiones. Llegará el día en que toda Europa sea constitucional ; entonces la diplomacia tendrá que renunciar a sus cifras misteriosas, porque los foros de las naciones serán su teatro. Los Estados no querrán engrandecerse, porque el gobierno tendrá que consultar al pueblo, y los pueblos industriosos y, por consiguiente, felices y humanos, estimarán en más las artes de la paz que los laureles de la victoria. No habrá más guerras que las necesarias para aterrar la tiranía, si levanta en algún país su ignominioso estandarte. Entonces toda la Europa correrá sin miedos ni sospechas a libertar a los griegos en el caso de que aún se hallen sometidos bajo el poder de los otomanos.

¡A veces, la utopía es buena  medicina contra el desaliento !  (…)


[1]           «Estado político de la Europa en setiembre de 1821», núm. 1, 10-IX-1821.
[2]            «Visible cosa es que está la España amenazada de una espantosa revolución, y cuando se contemplan los elementos constitutivos de la índole de los Españoles se ve con una claridad que infunde pavor que ha de ser tremenda» (La Europa después del congreso de Aquisgrán, Montpellier, 1820, p. 227, en traducción de Marchena).
[3]           Un buen ejemplo de ese «internacionalismo»,  es la famosa canción de Béranger La Sainte Alliance des peuples, cuyo estribillo decía : «Peuples, formez une sainte alliance, et donnez-vous la main», que se cantó en octubre de 1818,  con motivo de la evacuación del territorio francés por las tropas de ocupación.
[4]           El Eco de Padilla, por ejemplo, escribió que el ministerio español debió crear una fuerza militar, para inspirar confianza a los liberales franceses e incitarles a dar de nuevo «el santo grito de libertad», al otro lado de la frontera (núm. 1, 1-VIII-1821). Faltó poco para que hablara claramente de exportar la revolución al país vecino.
[5]          Ocioso sería recordar que, al mismo tiempo, Fernando VII, por conductos reservados, solicitaba de los monarcas absolutistas una pronta intervención para libertarle.


 

CLAUDE MORANGE, uno de los mejores especialistas en el liberalismo español de la primera mitad del siglo XIX, anticipa aquí parte de su libro  El Censor (1820-1822)  La empresa – La doctrina política – Índices  del semanario que publicará Ediciones Usal en los próximos meses. El texto forma parte del epígrafe « La revolución española en el contexto internacional» . Se ha suprimido la mayor parte de las notas.


 

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