El silencio no detiene la ocupación y el genocidio de Gaza
Conversación sobre la historia
Rafael Chirbes fue un autor que eligió para su literatura y para su vida un camino divergente del discurso desideologizado y conciliador impuesto para su época. Alberto R. Torices escribe sobre él al hilo de la publicación de ‘Rafael Chirbes: tiempo, conciencia y poética’, de Álvaro Acebes.
Cisnes, cañones, hidras de siete cabezas
Alberto R. Torices*
Nos ha pasado a todos, nos sigue pasando, en el trabajo, en las relaciones personales, en el amor… No hacemos lo que tenemos que hacer, lo dejamos para otro momento más oportuno o nos convencemos de que podemos pasar sin hacerlo. Y eso que tenemos que hacer ni se desplaza ni desaparece, sigue ahí plantado, mirándonos y engordando, obstruyendo el paso, complicándonos el trabajo, las relaciones personales, el amor…
Nos ha pasado también, verdad, como país, nos lleva pasando décadas: no hicimos lo que teníamos que hacer, lo dejamos para un tiempo más propicio o nos convencimos de que podíamos dejarlo sin hacer. Y eso sigue ahí creciendo, obstruyendo, envenenándonos…
Leemos estos días el revelador libro Rafael Chirbes: tiempo, conciencia y poética (Ediciones Trea, 2025), del profesor Álvaro Acebes Arias, un estudio profundo y riguroso de la obra del novelista valenciano que combina la crítica literaria reposada (técnica, estilo, temas, voz) con el análisis del marco histórico en el que Chirbes se formó intelectual, política y sentimentalmente, marco que condicionaría la vida y la obra de este autor como condicionó la de tantos otros, aunque de formas y con resultados muy dispares. Rafael Chirbes (Tavernes de la Valldigna, Valencia, 1949) fue un autor que eligió para su literatura y para su vida un camino divergente en una época (la Transición, los primeros compases del nuevo régimen, la homologación de España como democracia europea) en la que las instituciones del Estado trazaron una senda «normalizadora» por la que debería transitar el país, tanto en lo político como en lo cultural. Esa senda implicaba compartir un discurso desideologizado y conciliador, un tono más amable y «moderno» y, especialmente, un dictamen de olvido con respecto a la represión practicada durante la guerra civil y la dictadura franquista, un silencio común en torno a las violencias múltiples y sistemáticas ejercidas por el régimen anterior. Por inercia o cálculo, por conveniencia o por convicción, muchos transitaron por esa senda, se convirtieron en artistas o autores modernos o posmodernos como pedían los nuevos tiempos y obtuvieron los beneficios que se dispusieron para premiarlos. Rafael Chirbes se negó a asumir esa norma, no compartió los discursos, tonos y silencios normalizadores que se impusieron a fin de que el país dejase atrás, rápidamente, su oscuro pasado inmediato, y se incorporase, rápidamente también, a las autopistas del desarrollo económico neoliberal que se desplegaban con arreglo a lo diseñado en los tratados y subvenciones europeas.
De este modo, el régimen de terror, las matanzas, torturas y violaciones, los fusilamientos y las fosas comunes, el bombardeo de ciudades y de civiles en fuga, los campos de concentración, el exilio, la censura, las detenciones y «paseos», la corrupción de la cúpula política, religiosa y militar, el expolio de bienes, la represión física, intelectual, emocional, sexual, el maltrato y la humillación sufridos por tantas mujeres en reformatorios y patronatos, el papel que jugaron durante esos años curas y monjas, policías y jueces, Ejército y Guardia Civil, abyecciones tan imperdonables como el robo de niños, en fin, todo el cúmulo de horrores concebido fríamente e implementado durante décadas por los vencedores de la guerra civil, lejos de recibir el proceso justo y pormenorizado que merecían, lejos de dar lugar a la debida reparación, muy lejos de ser objeto de nuestra memoria, lo que recibió fue un vergonzante pacto de silencio, una amnistía y un olvido sobre el que muy malamente iban a cimentarse nuestra democracia y el posterior desarrollo político y social del país.
Esta omisión política y cultural condicionó toda nuestra evolución posterior hasta hoy y la seguirá condicionando hasta que hagamos lo que tenemos que hacer, lo que quizá no pudo hacerse en el primer momento, una vez muerto el macabro generalísimo, ni quizá tampoco en el segundo, de la mano de Suárez, pero… ¿tampoco cuando tuvimos a Tejero entre rejas, a González en la Moncloa y al PSOE con mayorías absolutas en el Congreso? Tampoco, porque el pacto de silencio consistió en admitir que el franquismo siguiera instalado en las Cortes y en la judicatura, en las comisarías y en los cuarteles; por eso y porque buena parte de nuestra gloriosa España siguió siendo franquista, porque el adoctrinamiento ejercido durante décadas en escuelas, iglesias y medios de comunicación no iba superarse ni fácil ni rápidamente, y porque lo que no era adoctrinamiento era miedo, hipocresía o arribismo. Así se explica que los propios socialistas más tarde, una vez descabalgados y en la oposición, reclamaran a otros (¡a Aznar!) que hicieran lo que había que hacer; lo que solo tras volver al poder (ZP) empezamos a hacer como hacemos tantas veces las cosas: tarde, mal y nunca. Sirviéndose de las herramientas de la filología, enseñándonos a mirar a través del prisma de la novela, el profesor Acebes contribuye al desmontaje del mito de nuestra Transición «modélica» y de nuestra conversión en un país moderno, y hay que agradecérselo porque a nadie le conviene seguir engañándose, siempre es mejor encarar la verdad, por amarga que sea. E igualmente hemos de agradecerle este recordatorio de la vigencia y necesidad de Rafael Chirbes, autor depositario de una tradición que reclama la literatura como revulsivo frente a cualquier afán normalizador, como espacio de expresión crítica frente a las derivas sociopolíticas del presente y como instrumento revelador de omisiones, falsificaciones y blanqueos.
La literatura puede ser ese espacio y ese instrumento, pero también puede servir, ay, al propósito de «optimizar ciertas formas de gobierno […] y para reinstaurar formas de goce colectivo con las que difuminar otras problemáticas». El propio Chirbes señaló las rendiciones y servidumbres que veía en su gremio. La literatura es, en efecto, espejo de su tiempo y de la sociedad en la que surge, las propias novelas «históricas» hablan más del presente en el que se conciben que de la época que supuestamente retratan, como expone Álvaro Acebes a propósito del aluvión de novelas sobre la guerra civil que siguió a los años de consenso y silencio. Y ciertamente, una novela también puede ser expresión dócil y normalizadora, un espacio en el que se eluden los traumas colectivos en favor de fantasías mucho más reconfortantes, de evasiones y sentimentalidades que conmueven pero no ilustran, que nos apasionan a la vez que nos desactivan política e intelectualmente; el preciado barniz con el que se idealiza o se oculta el pasado. De todo ha habido en nuestras letras durante las últimas décadas y no todo es lo que parece… Y es función del crítico literario enseñarnos a leer a contrapelo de la historia y de los tópicos condescendientes que la literatura genera sobre sí misma.
Muerto Franco, en fin, aprobada una nueva carta magna, superado el susto del 23-F y dada por buena la sujeción de la monarquía a su papel, España se presenta ante el mundo en el 82 con su simpático Naranjito y su alegre o frívola determinación de ser un país desarrollado y plenamente europeo, tras haber sellado los sótanos de la dictadura y la conflictividad política y social. Y nuestra literatura, buena parte de ella, también se subió a esa carroza, interpretó la misma partitura que el resto de la charanga. Rafael Chirbes —nos recuerda el profesor Acebes— entendió cuál era la deriva ideológica, económica y cultural que adoptaba el país, qué asignatura pendiente íbamos a arrastrar y qué agravio añadido suponía todo ello para los fusilados, los exiliados, los censurados, los torturados, los robados, los reprimidos de todas las formas en que puede ser reprimido un individuo y una sociedad. La suya fue, entre otras, pocas, una de las voces que denunció el silencio y las lúgubres concesiones, la reconversión de franquistas en demócratas, el reacomodo de políticos, jueces y policías en las instituciones de la nueva democracia. Él sí reveló en sus obras lo que ocultaban las alfombras palaciegas del consenso y la concordia, lo que quedaba en los márgenes del alegre festival del desarrollo. Lógicamente, su literatura no discurrió por los cauces del entretenimiento, de la evasión o la introspección narcisista y banal. Y tampoco esperó a que llegara el momento propicio para señalar olvidos y traiciones.
Sobre todo ello diserta con hondura y detenimiento el profesor Acebes, recabando voces, haciendo acopio de un vasto caudal bibliográfico y extrayendo de nuestro pasado próximo —como hizo el propio Chirbes— claves que explican el turbio presente, reclamando así la actualidad de la obra del valenciano en este tiempo agitado y frente a un futuro próximo tan amenazador como el que vislumbramos hoy, «pues la labor de evocar un tiempo traumático debe ir acompañada también del análisis reflexivo de los comportamientos presentes en su descubrirse en el pasado». En España ondea con fuerza renovada (nunca dejó de hacerlo) la bandera del tirano, se normaliza su apología y se blanquea su siniestro legado en fundaciones y partidos políticos que maquillan, justifican o directamente niegan el régimen de terror que muy brevemente hemos descrito aquí. Prolongando su empeño adoctrinador, asistimos periódicamente a nuevos remakes de la versión Disney de la guerra civil en que desembocó el golpe de Estado franquista: esa película según la cual aquello fue una lucha entre hermanos y no la enésima reacción de la clase dominante en España: Iglesia, banqueros, terratenientes que vieron amenazados sus privilegios y su poder.
La nueva horda bárbara que nos acomete encuentra nutrientes y viento favorable en esta ola reaccionaria que recorre el planeta y que ya tiene asiento en muchas instituciones democráticas nacionales e internacionales, pero en España cuenta con un soporte añadido y esencial en el legado siniestro de un régimen al que no se le hizo ni antes ni después ni nunca el proceso que se le tuvo que hacer. Obras como la de Rafael Chirbes, estudios como el de Álvaro Acebes (también preocupado por el rescate de autores españoles apartados del canon literario), editoriales como Trea, que lleva años acogiendo en su catálogo estudios sobre todo lo que se quiso silenciar u olvidar, están haciendo lo que no se hizo, contribuyen a recordar, reparar y hacer justicia, nos permiten entender lo que ha pasado y lo que está pasando, y contribuyen así a sentar nuevas bases para nuestra convivencia, bases de conocimiento y de justicia que desplacen a estas otras de olvido y agravio, de violencias y mentiras sobre las que hoy marchamos hacia un oscuro futuro.

Nota: Sin pretenderlo, se publica este artículo un 23F, el mismo en el que tenemos noticia de la muerte de Gregorio Morán, autor de El precio de la Transición (Akal, 2015), obra que, entre otras suyas, informa la monografía del profesor Acebes con pasajes e ideas tan vigentes como esta: «La Transición como modelo venía a dejar obsoleta cualquier referencia a la guerra civil en su sentido genuino, el de la primera batalla europea de la democracia contra el totalitarismo. Quizá sin auténtica conciencia de ello, se avanzaba un argumento posmoderno al evaluar la Transición política como el final de las ideas fuertes y el triunfo del presente, de lo inmediato» (El precio de la Transición, Gregorio Morán). Sirva esta coda como modestísimo tributo a la contribución del periodista asturiano, que ilumina el presente revelando lo que quedó a oscuras en el pasado.
*Alberto Rodríguez Torices (Guernica [Vizcaya], 1972) ha publicado los libros de cuentos Yo, el monstruo (2002), Los sueños apócrifos (2009),Trata de olvidarlas (2017) y El trabajo está hecho (2021), y las novelas Piel todavía muy blanca (Premio Tierras de León, 2004), Sacrificio (Premio Fundación Monteleón, 2015), Como un perro en la tumba de un cruzado (2019) y Desposesión (2024). Ha recibido asimismo el Premio de Narración Breve UNED (2009) y el Premio de Relatos La Puerta de Tannhäuser (2017), entre otros. Fue miembro del equipo editor de las revistas Otras Voces y The Children’s Book of American Birds. Reside en Valdefresno (León) y se dedica a tareas de preimpresión y diseño editorial.
Fuente: El Cuaderno febrero de 2026
Portada: Rafael Chirbes retratado por Miquel Ponce (foto: ABC)
Ilustraciones: Conversación sobre la historia
Artículos relacionados
Historia de Elio: Autobiografía mística de don Ramón Tamames
Giro cultural de la memoria: la Guerra Civil a través de sus patrones narrativos
Descubre más desde Conversacion sobre Historia
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.



























