Eloy Fernández Clemente

Catedrático jubilado de Historia económica.
Universidad de Zaragoza

En 2021 se conmemoran 140 años de su nacimiento en Alcalá de Henares, y los 80 de su muerte en Francia. Un inmenso catálogo de 430 grandes páginas, de la exposición organizada por el Ministerio de la Presidencia con Acción Cultural Española, ubicada en la Biblioteca Nacional, recoge numerosas aportaciones en la que casi puede calificarse de Enciclopedia sobre Azaña. Ángeles Egido fue Comisaria de la Exposición y Coordinadora del Catálogo, que edita con Jesús Cañete Ochoa, con 31 colaboradores, entre ellos Manuel Aznar Soler, José-Carlos Mainer, Enrique Moral Sandoval, Paul Preston, Ángel Viñas, Ricardo Miralles y Alberto Reig Tapia. Poco después se conmemoraba el 90 aniversario del final de la guerra civil, en cuya evocación influía este año toda esta serie de aniversarios.

Abre el volumen el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, que afirma: “Hombre de paz y de progreso, Manuel Azaña transformó e iluminó a España. Lo hizo incluso cuando tuvo que presenciar cómo el mundo que había ayudado a construir se derrumbaba, envuelto en las sombras de la guerra y del exilio. Y lo sigue haciendo hoy, a través de la herencia de sus escritos y el testimonio de sus actos, que de forma tan relevante reúne la presente exposición”.  Que tuvo un visitante destacado en el Jefe del Estado, Felipe VI, y un colofón cercano al rendir tributo ante su tumba, en el cementerio de Montauban, juntos nuestro presidente y el de la República Francesa, Emmanuel Macron. A su vez, valorando ese pasado oscurecido por tantos años de dictadura, la vicepresidenta Carmen Calvo explica sobriamente que no hace falta justificar, que “hay ocasiones en que las naciones tienen grandes deudas con compatriotas a los que deben gratitud y reconocimiento. Es el caso de Manuel Azaña, cuya figura no ha sido siempre tratada en los términos que justamente merece”.

Retrato de infancia y casa natal de Manuel Azaña (fotos: La Luna de Alcalá)

Hay una interesante primera parte sobre la etapa juvenil –la menos conocida- en Alcalá (pronto frustrados los negocios familiares en que participa), estudios en los agustinos de El Escorial examinándose de Derecho en la Universidad de Zaragoza (y su tesis doctoral sobre “La responsabilidad de las multitudes” (1900) a la vez que ingresa en la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación; su vida en Madrid, con intensa relación agridulce en el Ateneo del que fue secretario y presidente; y Francia como referente y su acercamiento a las vanguardias. Y siguen luego siete apartados, de desigual tamaño e importancia, en que se nos va desgranando esa densa vida de apenas 60 años.

Fue, sin duda, un intelectual con vocación política, y así lo certifica Suárez Cortina, que le define: “demócrata, liberal, ajustado a las exigencias de cada momento histórico, el suyo fue un reformismo de doble naturaleza”. No fue krausista, pero “el ambiente científico, intelectual y moral de los institucionistas impregnó los textos académicos de su juventud”. Por eso una primera presencia en el Partido Republicano, “más allá de su legítima ambición personal de ser diputado en las Cortes, estuvo impregnada de esa aspiración de dignificar la política, de su desarrollo democrático a partir del Estado como ingrediente central en la transformación del país”. Pero su decepción por las directrices de Melquíades Álvarez, lejos de su imaginario progresista y radical, le aleja. Ya desde la revista España, en una treintena de artículos “hace política a su manera, como intelectual y crítico” y en los que escribirá en La Pluma, también se reconoce la profundidad de su conocimiento histórico, político, literario. Así lo demuestran su devoción por Joaquín Costa y Giner de los Ríos, por Galdós y Valera (cuya biografía le valió el Premio Nacional de Literatura). Y en cambio, anota también Mainer, gustó poco del 98 (Azorín, Baroja, Unamuno…) y de Ortega o D’Ors. Quizá, como se diría ahora, eran cuestiones de química.

Miguel de Unamuno con la Junta directiva del Ateneo de Madrid, tras su conferencia del 2 de mayo de 1930, a la que asistieron Azaña, Clara Campoamor, Jiménez de Asúa, Marañón, etc. (foto: Díaz Casariego/Mundo Gráfico 7 de mayo de 1930)

A su vez, autor de obras de creación como El Jardín de los frailes y mucho después La velada en Benicarló, o las piezas teatrales La Corona y El Sereno –estrenada en París- y su apoyo siempre a la música, subrayan esa vocación culta, didáctica, que tendrá otra versión en sus importantes traducciones, de Voltaire y Mme. De Stäel, a Vigny, Merimée, y los autores contemporáneos como Jean Giraudoux o Blaise Cendrars, y del inglés a Chesterton, Bertrand Russell y la celebérrima La Biblia en España de George Borrow. Azaña es un gran francófilo, que ya en 1911 obtuvo de la Junta de Ampliación de Estudios una beca para residir en París, que luego se mostrará aliadófilo en la Gran Guerra, cuyos frentes franceses visitó, y realizó otros varios viajes, incluido el de novios, con Dolores Rivas Cherif en 1929. Pero la mayoría de sus escritos literarios tuvieron relativo éxito o fracaso, sobreviviendo “pro pane lucrando” gracias al cargo obtenido en dura oposición a letrado de la Dirección general de los Registros y del Notariado.

Su salto a la gran política lo da el ser, tras el triunfo de las municipales de 1931 y la proclamación de la República a que ha contribuido a traer, ministro de la Guerra, cargo en que aplica sus abundantes escritos y reflexiones sobre las necesarias reformas del Ejército: modernización, eficacia y subordinación al poder civil de carácter democrático. Ello le enemistará de muchos altos jefes, además de vivir momentos muy tensos en la sublevación de Sanjurjo (cuyo indulto posterior revelaría su “filosofía de la República”) y los acontecimientos de Casas Viejas. Son temas muy conocidos y debatidos. Como el de la religión, tergiversado, en quien quería una España laica, respetuosa con todas las creencias.

De izquierda a derecha: Manuel Azaña, Alberto de Albornoz, Niceto Alcalá Zamora, Miguel Maura, Largo Caballero, Fernando de los Ríos y Alejandro Lerroux, constituidos en Gobierno Provisional. Ministerio de Gobernación, el 14 de abril de 1931. (Archivo del Movimiento Obrero.)

La conjunción republicano-socialista es finalmente desalojada del gobierno en noviembre de 1933, al ganar las elecciones las derechas. Hay dos acontecimientos muy delicados ante los que se ve obligado a opinar y actuar: la proclamación del Estado catalán dentro de la “República Federal Española”, por cuyo asentimiento fue detenido y procesado; y la revolución de Asturias, en la que sería falsamente acusado de apoyo con armas, ante lo cual  escriben en su defensa 87 intelectuales entre los cuales Azorín, Valle Inclán, Juan Ramón Jiménez, Marañón, Lorca…

Es en esos años y los de la guerra, hasta el final, cuando descollará su gran capacidad oratoria. La fuerza de su palabra era algo que maravillaba, viendo su imagen sencilla, menuda, gris, tan maltratada en fáciles y duras caricaturas de Bagaría y tantos otros. Discursos ante multitudes, en el Parlamento, o en frases muy agudas casi en privado. Gómez Municio explica su protagonismo en algunos factores históricos y sociales que convergen: “la necesidad de una figura simbólica en la que personificar la imagen de la República (tanto para sus partidarios como para sus enemigos), y… la coincidencia de su protagonismo histórico con una de las épocas de mayor crecimiento e impacto de los medios de comunicación de masas”.

Manuel Azaña, rodeado de periodistas (foto: Búscame en el ciclo de la vida)

Como presidente del Gobierno, luego, vive otras experiencias y actitudes, dentro de crecientes dificultades; porque, como señala Ángel Viñas, frente a esa República modernizadora, social y democrática, también burguesa, conspirará desde los primeros tiempos una variopinta serie de enemigos, que tendrán a Azaña en la diana con campañas deslegitimadoras de su presidente del Gobierno.

Uno de los mayores problemas que afrontará es el de Cataluña. Como señala López Burniol, enfocándolo como un problema político, y, por tanto, resoluble, “alcanzó unos niveles de comprensión, visión larga y resolución valerosa muy por encima de lo que es habitual en los políticos españoles; y un segundo momento en el que el desencanto y la frustración  desencadenaron una crítica tan amarga como descarnada”.

Azaña se despide del Consejo de Ministros en mayo de 1936 tras su elección como presidente de la República (foto: Efe)

Preston señala, en una breve semblanza dual de Azaña y Franco, “el abismo intelectual y cultural que los separaba. Azaña leía con voracidad, visitaba galerías de arte y asistía a conciertos…Franco fue el responsable de que España se convirtiera en un desierto cultural durante casi cuarenta años”. Y el mayor contraste, “se encuentra en la ambición obsesiva del mesiánico Franco y la constante disposición de Azaña a retirarse de la política para leer y meditar”.

Y, finalmente, se le contempla ya como presidente de la República, en una tristísima circunstancia, tras el breve periodo del Frente Popular, el levantamiento militar, la guerra. Reig señala cómo “la dimensión de estadista de Azaña se agranda cuando es capaz de mantenerse firme en sus principios hasta el final de la guerra, y se achica cuando, humano al fin, tiene miedo, sabedor de que, si cayera en manos de los rebeldes sería humillado y le fusilarían sin formación de causa o una parodia de juicio”.

Manuel Azaña, Presidente de la República, visita el frente de Guadalajara durante la Guerra Civil. Foto del libro ‘Azaña, memoria gráfica. 1880- 1940’

Son los temas más conocidos, quizá, al igual que la marcha hacia el exilio en el sur de Francia (uno recuerda inevitablemente a otro gran exiliado de muerte próxima: Machado), en l’Eden en Pyla-sur-Mer, cerca de Arcachon.

El hecho de que la dictadura franquista durase cuarenta años, y los otros tantos añadidos por políticos urgidos a gobernar ante duras oposiciones y crisis económicas y sociales, dejó la historia rigurosa en espera, y Azaña fue casi del todo olvidado, con periódicas breves referencias o, lo que es peor, víctima de “calumnias, definiciones pintorescas, o llanos insultos, dedicados con poco tiento por la derecha más refractaria al proyecto de transformación de la sociedad y la política que Azaña representó”, dicen J.M. Sebastián y J.C. Talavera.

Carta de dimisión como presidente de la República el 27 de febrero de 1939

Casi podría ser un justo colofón este párrafo de Isidro Sepúlveda que analiza su pensamiento y actuación política: “Alguien que se jacta de no ser patriota pero afirma sentirse ¡español por los cuatro costados’; alguien que repudia tanto el nacionalismo como a los nacionalistas, pero sin embargo emprende un colosal programa de construcción nacional…

Esta reseña, que no pretende otra cosa (crítica, debate, reflexión) sino dar noticia y cuenta de fechas y conmemoraciones, apunta, sin embargo, a la escasa mención de un personaje clave en la vida cultural de Azaña: su cuñado Cipriano de Rivas Cherif, un personaje más que interesante. Y a una notable ausencia –aunque algunos lo citan de paso- de quien, fallecido hace poco, fue su excelente biógrafo, y cuidó inteligentemente de la mejor edición de sus obras completas: Santos Juliá. Un buen amigo de muchos de nosotros, sus colegas, un gran historiador.

Portada: Manuel Azaña en su despacho durante su mandato como presidente de la República (foto: archivo de El País)

Ilustraciones: Conversación sobre la historia

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