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Hace dos años nació por estas fechas el blog que durante un año llevó el nombre de De Re Historiographica. Una de las primeras publicaciones, el 30 de agosto de 2018, fue Josep Fontana: la vocación de la historia (una entrevista desconocida de 1998), dos días después de su fallecimiento. Poco después  su entrevistadora Eliana de Arrascaeta recogió una frase suya que ella consideraba de “antología” y que le seguía retumbando: “el pasado sólo se aquieta cuando se asume, el olvido es siempre dañino”. Un obituario de urgencia apareció a los pocos días en Josep Fontana (1931-2018): historia y compromiso social.,  en un momento de grave crisis política en España -con el tema de la identidad de fondo-, que coincidía con la decisión de exhumar al dictador Franco – algo que removía la teoría oficial de la Transición y la visión de la Segunda República – y obligaba a replantear su legado en el debate académico siempre vivo sobre el papel de la historia.   A lo largo de los meses siguientes, el blog -que cambiaría en septiembre de 2019 su nombre por el de Conversación sobre la Historia– publicó  la lista actualizada de los libros de Fontana  en este In Memoriam, rescató alguno de sus trabajos o descubrió  el significado de su Biblioteca.

La revista L’Avenç publicó en su último número «Josep Fontana: La història per explicar els problemes dels homes i les dones” (nº 470, pp. 35-44). De los temas desarrollados por Joaquim Albareda se han escogido los dos que vienen a continuación. Agradecemos a la dirección de L’Avenç y al autor las facililidades  para este edición.

Traducción: Grup Colliure


 

Joaquim Albareda *

Catedrático de Historia Moderna y director del Institut d’Història
Jaume Vicens Vives de la Universitat Pompeu Fabra

 

(…) Más allá de la constatación de que para muchos historiadores Fontana ha sido uno de los mejores de nuestro tiempo, sin obviar algunas voces críticas que apuntan más hacia su compromiso político que a su trabajo, hay que explicar cómo emerge su figura hasta convertirse en un referente del oficio de historiador, en una España desconectada de las grandes corrientes historiográficas europeas.[1]

Los maestros

Fontana siguió los pasos de los maestros Ferran Soldevila, Jaume Vicens Vives, y Pierre Vilar (y de manera más puntual Ramón Carande), un legado que no se cansaba de recordar. Aprendió de Soldevila, de quien siempre admiró su trabajo, los rudimentos esenciales del oficio de historiador: «aproximarse a los problemas, reflexionar sobre los datos, medir los argumentos y las palabras» y tuvo un gran respeto por su obra[2].

Pero la relación con Vicens fue decisiva en la formación de historiador. La correspondencia que se intercambió con el maestro entre 1956 y 1958 (desde Castillejos e Inca -donde hizo el servicio militar- y desde Liverpool) testimonia cómo el entonces joven doctorando, que rondaba los 25 años, discutía con Vicens sobre el tipo de historia que se debía hacer para acercarla al nivel de otros países europeos y hacerla salir de su atraso. Es un diálogo de alto nivel, no exento de tensión, presidido por el afecto que Vicens sabe demostrar mejor. Entonces, hay que recordarlo, el maestro gozaba de una notable proyección internacional: era  el historiador español más reconocido en Europa[3]. Entre otros congresos donde participó, destaca el texto que entregó el XI Congreso de Ciencias Históricas celebrado en Estocolmo, en 1960, al que no pudo asistir porque ya había muerto, donde expuso un renovador análisis de las estructuras estatales en la Europa moderna[4].

Josep Fontana en Valladolid durante los actos organizados en 2010 por el Instituto Universitario de Historia Simancas con motivo del año Vicens Vives (foto: blog de Fernando Manero)

En esta correspondencia a veces el tono subido de la crítica por parte del arisco discípulo incomodaba al maestro, aunque este siempre le respondía de manera afable: ya fuera sobre el tipo de historia que practicaba Vicens o sobre lo que consideraba la poca monta de la escuela histórica de Barcelona, ​​el Seminario de Historia de la UB y su biblioteca. Fontana le censuraba que trabajaba deprisa, que hacía un tipo de historia superficial, alejada de los hechos concretos, la calificaba de «supra-historia» (los esquemas morfológicos de España. Geopolítica del Estado y del Imperio), en contraste, decía, con el profundo estudio que publicó sobre los Remensas[5]. Vicens se justificaba pacientemente, distinguiendo los dos tipos de trabajos que había compaginado, los «tratados pedagógicos» y la historia de los «hechos concretos», porque «había que poner toda la Historia, de arriba a abajo, de derecha a izquierda. Por eso he tenido que dar golpes de maza, emplear fórmulas gruesas,  incluso  generalizaciones atrevidas […] Pero he conseguido lo que me proponía, y si después desaparece todo lo que he escrito, como esto ya lo he ido advirtiendo al principio de mis libros, seré el primero en sentirme satisfecho […] Tal vez el mayor defecto mío, que usted no señala, es el de haber tenido que dedicarme a tantas cosas «[6]. En todo caso, la carga ideológica se evidenciaba detrás de los argumentos de uno y del otro (a los ojos de Fontana Vicens era «un ejemplo claro y limpio de burgués catalán«)[7].

Josep Fontana en la etapa inicial del Institut Universitari d’Història Jaume Vicens Vives, fundado en 1991 en el seno de la Universitat Pompeu Fabra (foto: archivo de la UPF)

Sin embargo, la colaboración fue in crescendo: desde Liverpool, entre reproche y reproche, Fontana le decía que dedicaba «horas y horas a leer con verdadera hambre para llenar los vacíos de mi formación«[8] e informaba a Vicens de los descubrimientos bibliográficos que hacía y le proponía que los adquiriera para la biblioteca del Seminario; hablaban y discutían sobre ciclos económicos, precios, salarios y series estadísticas de varios siglos; de coyuntura y cambio histórico; de cómo rehacer la tesina que ya había presentado (sobre el comercio exterior de Barcelona en la segunda mitad del XVII) y de cómo orientar la tesis. Incluso Vicens le pidió que le revisara un papel que había escrito sobre la coyuntura española del XIX: «haga los retoques que crea necesarios, teniendo en cuenta que dentro de poco usted sabrá más que yo, lo que celebraré muchísimo porque confirmará mi teoría de que los discípulos han de ampliar continuamente los conocimientos de sus maestros«, una idea que Fontana rechazó alegando que «no me creerá tan estúpido y petulante como para pretender hacer retoques en unas cuartillas suyas«[9]. El discípulo pronto le llama jefe o boss en las cartas y le pide al maestro que no malinterprete su actitud crítica, que «tolera medio divertido porque en su troupe de pequeños enanos del bosque me asigna el papel de gruñón […] si a veces le digo cosas desagradables no es para iconoclastia sistemática, ni por deseo de parecer inteligente, sino por simple y personal afecto (que me ha llevado a defenderlo más de cuatro veces, lo cual no siempre resulta fácil)«[10].

Josep Fontana a principios de los 90 (foto: archivo UPF)

Fontana cuestionaba la autosatisfacción (“panxacontentisme»)  de la escuela de Barcelona: «me duele vernos  todos juntos tan satisfechos pensando que nos estamos poniendo  a la cabeza de la historiografía africana, sin atrevernos ni intentar esforzarnos -que no sería fácil- por ver si podemos alcanzar el penúltimo lugar de la europea«[11]. Vicens le respondió: «Si realmente me aprecia, le ruego escuche este consejo: aproveche su temperamento constructor y desarróllelo  en grado máximo; y entierre la peligrosa fibra nihilista, lo antes posible. «[12] Ante los ofrecimientos de colaboración de Vicens para que se incorporara a su equipo, Fontana le transmitió la angustia del triste panorama historiográfico y bibliográfico que le esperaba a la vuelta en Barcelona donde ya no vería el mundo «más que por la rendija de las revistas «. Y le reiteró que «en mi actitud crítica ante las personas y las cosas, no hay ni gota de desprecio, sino realismo y aceptación«[13]. Décadas después Fontana se arrepintió de aquella actitud que calificaba de «insensata», a fin de cuentas,  Vicens dio una gran lección de humildad y de sentido común, además de buenos consejos personales, a aquel impetuoso y radical joven. El hecho es que el maestro descubrió pronto las grandes aptitudes de Fontana para convertirse en un buen historiador. En efecto, elogió su agudeza intelectual y le pidió que siguiera siendo sincero con él agradeciéndole el «soplo de aire fresco» que suponían sus críticas. De lo que no hay duda es que Vicens, además de convencerle, le encomendó la idea de la función social de la historia, que el maestro definió en su carta del 23 de marzo de 1958: «Respecto de usted, mis posibilidades disuasorias son absolutamente nulas. Partiendo de esta base parece que nos podemos entender siempre. Sigo pensando que hay algo más importante que la Universidad y es el país y que más importante que la ciencia histórica es la Universidad, pero que se puede servir al país a través de la ciencia histórica. Hoy, para bien o para mal, lo dejo a juicio de la posteridad, mi tarea representa la anilla que une  el pasado con porvenir. Es necesario que usted -y sus compañeros de promoción-  comprendan bien esta situación y procuren anudar la anilla que debe cruzarse con la mía. Todos saldremos beneficiados «[14]. Y, de este modo, gracias a los objetivos que tenían en común, que no eran pocos, a pesar de las divergencias, el maestro ganó la confianza de Fontana: «En la universidad, usted tiene un lugar. Se lo he dicho más de una vez. […] No se trata ahora ni de grupos, ni de escuelas, ni de Historia. Se trata de la misma vida. ¿Me entiende? «[15].

Josep Fontana y Rosa Congost en la presentación del libro de la segunda «Les lliçons d´historia del jove Pierre Vilar (1924-1939)» , en mayo de 2016 (foto: Carlos Montanyes-El Periódico de Catalunya)

Ciertamente, después de incorporarse a la Facultad de Ciencias Económicas de Barcelona, ​​y de la muerte de Vicens (en 1960), Fontana asumió el reto que le planteó el maestro y constituyó el enlace más sólido en la tarea de renovación de la ciencia histórica en la que también jugó un papel de primer orden Pierre Vilar, a quien Fontana conoció gracias a Vicens. Enseguida admiró de Vilar la concepción de que la historia debía «contribuir a explicar los problemas reales de los hombres y las mujeres, de ayer y de hoy, y ayudar con ello a resolverlos. Nos enseñó a no cultivar la investigación histórica como un ejercicio intelectual para un público educado, sino a trabajar pensando en la trascendencia que tiene para la elaboración de una conciencia colectiva«. En resumen: a pensar históricamente para formar ciudadanos críticos[16].

(…)

La identidad de los catalanes

Y del mundo, a Cataluña. En la formación de una identidad el historiador explicó mejor que nadie las claves para entender los fundamentos de la Cataluña contemporánea y cómo se ha forjado la identidad de los catalanes a lo largo de la historia. Una síntesis brillante y una interpretación compacta donde la política -principal protagonista en el relato-, la economía y la sociedad aparecen siempre entrelazadas.

No disponíamos de una herramienta interpretativa similar -aunque muy diferente- desde Noticia de Cataluña (1954), de Jaume Vicens Vives. El libro quiere encontrar explicaciones a que hoy seamos «un pueblo con un fuerte sentido de identidad, de pertenencia a un colectivo que comparte mayoritariamente además de lengua y cultura, unas formas de entender la sociedad y el mundo» (La formació d´una identitat. Una història de Catalunya, Vic, Eumo Editorial, 2014). Lejos de los debates teóricos lo que le interesaba al historiador era descifrar las experiencias históricas que han ido formando una identidad colectiva y una cultura propias, base del sentimiento de pertenencia, algo que ha pervivido a pesar de tres guerras perdidas y las represiones consiguientes (1652 , 1714 y 1939).

Lo que conviene destacar es que Fontana interpreta los rasgos identitarios de los catalanes como resultado de una combinación de factores, fruto de una larga existencia compartida y no como un producto de la tierra o de la sangre: unas leyes propias asumidas por la colectividad (las Constituciones), unos rasgos culturales en el sentido más amplio, una economía especializada y en desarrollo que culminó con la industrialización (que a la vez acentuó el carácter diferencial de los catalanes dentro de España), una sociedad vigorosa y bastante abierta, a pesar de los conflictos sociales y políticos. Se trata, finalmente, de una diagnosis bien alejada de una explicación de la formación de la identidad basada en rasgos étnicos o esencialistas, en clave romántica.

15 de diciembre de 2014: presentación del libro La fomació d’una identitat. Una història de Catalunya, en el CCCB. De izquierda a derecha: Josep M. Salrach, Eva Serra, Josep Fontana, Joaquim Albareda, Borja de Riquer y Josep M. Muñoz (foto: archivo de la UPF)

No todo el mundo lo consideró así, en plena movilización del proceso soberanista: el libro fue objeto de descalificaciones por parte de historiadores españolistas que, posiblemente, no lo habían leído y que tras el congreso que llevaba el desafortunado título de España contra Cataluña: una mirada histórica (1714-2014), celebrado en 2013, del que Fontana hizo la apertura, las condenaron por su supuesto nacionalismo romántico e intentando contraponer a Vicens o Vilar. Argüían que Cataluña nunca había sido una nación (idea que Fontana recogía de TN Bisson y otros medievalistas), ni había tenido un Estado (como propuso P. Vilar), o una «democracia» (sic, en referencia al sistema de representación política vigente hasta 1714).

Lejos de estos planteamientos, en un ejercicio de reflexión historiográfica, Juan-Sisinio Pérez Garzón ha expresado sus reservas sobre la investigación de este hilo identitario secular: «exigiría desentrañar los agarraderos sobre los que se anudan unos ingredientes que, salvo la lengua , todos son tan frágiles como cambiantes, además de estar obviamente solapados con las diferentes relaciones de clase en cada momento histórico […] y por eso esa tarea casi metafísica establece identidades que vinculan a los «catalanas» del siglo XII con los del siglo XXI «. Aun teniendo presente estas prevenciones Fontana pone énfasis en el vínculo, fortalecido con el paso de los siglos, entre identidad y leyes propias que hacían que los catalanes se sintieran diferentes respecto de los habitantes de los territorios vecinos, lo que ayuda a entender que en el XVIII y en el XIX persistan la memoria de las libertades perdidas, de las instituciones de gobierno y del sistema representativo abolido por el absolutismo.

En cualquier caso podemos concluir que si para Vicens y Vilar el «problema catalán» era resultado de las transformaciones económicas y sociales del XVIII y del XIX que hicieron posible el capitalismo y la burguesía, Fontana incorpora a estos elementos de base una cultura política, asumida, ampliamente compartida, por los grupos sociales en transformación. (…)

3 de junio de 2008: acto de agradecimiento por la donación de la biblioteca personal de Josep Fontana (en la foto, entre el rector Josep Joan Moreso y el conseller de Política Territorial y Obras Públicas Joaquim Nadal) en la Universidad Pompeu Fabra (foto: archivo de la UPF)

[1] R. Villares, «Josep Fontana. Storia e impegno civile «, Passato y Presente, a. XXXVIII (2020), n. 109, pp. 104-121

[2] J. Fontana, «Mi Ferran Soldevila», El contemporáneo, 2, enero-abril 1994, p. 12.

[3]  J. M. Muñoz y Lloret, Jaume Vicens Vives. Una biografia intel.lectual, Barcelona, Edicions 62, 1997, p. 323,; sobre las dificultades que sufrieron los proyectos de renovación de Vicens en el mundo académico: Amb el corrent de proa. Les vides polítiques de Jaume Vicens Vives, Barcelona, Quaderns Crema 2012, pp. 392-408.  

[4]  J. Albareda, M. Janué, eds., El nacimiento y la construcción del Estado moderno, Homenaje a Jaume Vicens Vives, Valencia, PUV, 2011.

[5] Fondo Josep Fontana. Biblioteca UPF. J. Fontana a J Vicens (cópia), Liverpool, 10 de febrero de 1957; 30 de abril de 1957; 16 de mayo de 1957

[6] J. Clara, P.Cornellà, F Marina i A. Simon, Epistolari de Jaume Vicens, I, Girona, Cercle d’Estudis Històrics i Socials, 1994, pp108-109. J. Vicens , 24 de febrer de 1957.

[7] J.Fontana, L’ofici d’historiador, Barcelona, Arcàdia 2018. P.12

[8] Fondo Josep Fontana, Biblioteca UPF, Josep Fontana a Vicens (còpia), Liverpool, 16 de novembre de 1956

[9] Clara, P.Cornellà, F Marina i A. Simon, Epistolari…, p. 105. J. Vicens , 24 de gener de 1957. Fons Josep Fontana, Biblioteca UPF, Josep Fontana a Vicens (còpia), Liverpool, 29 de gener de 1957

[10] Fondo Josep Fontana, Biblioteca UPF, Josep Fontana a Vicens (còpia), Liverpool, 29 de gener de 1957

[11] Fondo Josep Fontana, Biblioteca UPF, Josep Fontana a Vicens (còpia), Liverpool, 30 de abril de 1957. Sobre los obstáculos de la escuela de Barcelona, véase  J.M. Muñoz, Jaume Vicens…, 322-326

[12] Clara, P.Cornellà, F Marina i A. Simon, Epistolari…, p. 110. J. Vicens , 10de maig de 1957.

[13] Fons Josep Fontana, Biblioteca UPF, Josep Fontana a Vicens (còpia), Liverpool, 16 de maig  de 1957

[14] Clara, P.Cornellà, F Marina i A. Simon, Epistolari…, p. 110. J. Vicens a J. Fontana,  23de marzo de 1958, pp. 113-114.

[15] Clara, P.Cornellà, F Marina i A. Simon, Epistolari…, p. 110. J. Vicens a J. Fontana, 8 de júnio ç de 1958, p.115

[16] J.Fontana, L’ofici …, pp.16-17.

*Hago constar mi agradecimiento a Anna Maria Garcia, Joaquim Nadal y Borja de Riquer por la lectura del texto y por sus útiles sugerencias.


Fuente: L’Avenç, nº 470, julio-agosto 2020

Portada: Josep Fontana (L’Avenç)

Ilustraciones: L’Avenç y Conversación sobre la Historia

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