Alejandro Romero, sociólogo. CEDIDA POR EL ENTREVISTADO

 

 

Andrés Villena 

 

 

Vivimos tiempos de incertidumbre. Una etapa en la que las teorías de la conspiración pueden encontrar seguidores con mayor facilidad.  Pero lo que está sucediendo de manera inmediata, a través de las redes sociales, no debería distraernos del origen histórico de estas teorías conspirativas. Y de una estructura y lógica interna invariable que llega hasta nuestros días.  

Para el sociólogo Alejandro Romero, estas explicaciones siempre rebeldes frente a las ‘versiones oficiales’ no son precisamente vanguardistas. Profesor de Sociología en la Universidad de Granada, Romero ha participado en el equipo editorial del manual Routledge Handbook of Conspiracy Theories, de reciente publicación, y además, publicará, en el mes de septiembre, Contubernios Nacionales (Akal), en compañía del dibujante El Bute, trazando un recorrido en forma de cómic por la historia de las teorías de la conspiración hispanas más conocidas. Dicho recorrido incluye un necesario capítulo sobre todo lo que está sucediendo en torno a la crisis del coronavirus y a determinadas estrategias conjuradas que denuncian precisamente lo mismo: el gobierno siempre oculta algo.

 

Estamos en un periodo muy intenso, en el que las redes sociales difunden bulos, teorías de la conspiración, a través de técnicas sofisticadas. ¿Qué tiene esto de nuevo? 

Bastante poco, aunque pueda no parecerlo. Basándonos en las investigaciones sobre el tema, no está claro que aumente la creencia en las teorías de la conspiración gracias a Internet. Lo que aumenta es su difusión. Y, por supuesto, estas teorías vienen de antiguo, su estructura interna no ha cambiado. Siguen siendo estructuras narrativas que a menudo necesitan reciclar contenidos, incluso combinándolos de unas teorías y otras.  

Por ejemplo, si coges cualquier teoría conspirativa sobre el coronavirus y sostienes una afirmación del tipo “se trata de sembrar el pánico para tener a la población controlada”, necesitas señalar unos cómplices, como los medios de comunicación y el gobierno de España. Pero igual con eso no basta para cubrir toda la conspiración. Entonces, tienes que enganchar con otras teorías internacionales para redondear el argumento. Esto ha pasado cuando se han combinado internacionalmente los iluminatis y los judíos, o incluso con los reptilianos, lo que fuera necesario…  

¿Cómo funciona internamente una teoría de la conspiración? 

Uno de los autores clásicos en estos estudios, Karl Popper, afirma que un elemento fundamental es que sea irrefutable. Para el creyente en estas teorías, no existe prueba que se le pueda presentar que la invalide. La teoría es indestructible mientras exista esa fe.  

Para entender mejor esto, hay un ejemplo clásico de Henry Ford, que fue uno de los grandes difusores en los Estados Unidos de Los Protocolos de los Sabios de Sión, un panfleto que recogía las presuntas actas de una reunión de grandes patriarcas judíos donde detallaban sus planes para dominar el mundo. Pese a que se ha demostrado en numerosas ocasiones que este documento es falso, cuando Ford lo publica en los Estados Unidos, lo justifica diciendo que en cualquier caso su contenido se ajusta a lo que está ocurriendo en el mundo. Es decir, que el documento puede ser falso, pero el contenido es verdadero. Es como si, para el creyente, hubiera una verdad más profunda que la veracidad fáctica. 

Aquí entra en juego la racionalización: yo tengo estas ideas, yo estoy convencido de que el mundo es de esta manera. Y lo que hago es poner mi razón al servicio de esta teoría, protegiéndola de cualquier ataque. 

En las condiciones actuales, lo podemos ver en el uso constante de los bulos: el creyente difunde el bulo, puede que sepa que es falso, pero lo difunde porque cree en la verdad más importante que hay debajo, la maldad de aquellos a quienes acusa. 

Por ejemplo, decir que la celebración del 8M incidió decisivamente en la difusión del coronavirus. Esto es imposible de probar, pero yo, por mis creencias, decido defenderlo a toda costa. 

Es irrelevante si se puede demostrar científicamente. Si se puede, mejor. Pero es irrelevante, porque, detrás de todo ello, hay una verdad más profunda que para el creyente importa más que cualquier hecho: tenemos un gobierno que antepone la ideología y su proyecto totalitario al bienestar y a la vida de los ciudadanos. Ante esto, los hechos son secundarios. No importa si es culpable de este hecho concreto: lo que importa es que es culpable por definición. 

El gobierno totalitario causó el coronavirus. Pero eso no es coherente con denunciar ahora que el mismo gobierno quiere mantenernos encerrados y arruinarnos…  

Sí hay coherencia si partimos, otra vez, de la premisa fundamental: el enemigo es malvado, le mueve el mal y solo busca el mal. No es de fiar, haga lo que haga, porque siempre tendrá un plan ulterior. Debes desconfiar siempre. 

Las teorías de la conspiración sobreestiman enormemente la capacidad de cualquiera para controlar la realidad. Obvian lo que denominamos ‘las consecuencias no intencionadas de la acción’. Parten de que, si eres uno de esos genios del mal, puedes controlar todo lo que ocurre. Con estos presupuestos, se puede defender una cosa y la contraria dependiendo de quien la haga, porque, en el fondo, se trata de un combate existencial entre el bien y el mal: ¿por qué puedo celebrar multitudinariamente el cierre del IFEMA en las condiciones en las que se ha hecho recientemente? ¿Cuál es la diferencia con el 8M? La diferencia es que un acto está orientado hacia ‘el bien’ y otro está orientado hacia ‘el mal’, hacia el proyecto totalitario… Esa es la coherencia profunda que subyace a esta valoración y que no debe perderse nunca de vista para comprender este fenómeno. 

Cuando gobierna la izquierda siempre parece haber pactos ocultos inconfesables. ¿Podemos establecer paralelismos históricos en este ámbito?  

Es muy tentador, y hay que hacerlo con todas las cautelas posibles. La versión española del mito de la conspiración judía mundial, el denominado ‘contubernio judeomasónico’, cobra fuerza con la Segunda República. En aquellos años, se traducen Los Protocolos de los Sabios de Sión y la teoría conspirativa se difunde en la prensa, también en la satírica, como la revista ultraderechista Gracia y Justicia, cuyos archivos, muy ilustrativos, pueden revisarse hoy día. Si analizamos cómo en estos medios se vinculaba a políticos republicanos o liberales, es decir, todo lo que para la derecha representaba el mal, a dicho contubernio, sí se observan ciertas similitudes con lo que está sucediendo hoy en día. 

 

Hay un enfoque analítico muy útil para estas situaciones. Dos politólogos norteamericanos, Uscinski y Parent, vinculan estas teorías conspirativas a situaciones de pérdida de poder. La creación de la Segunda República en los años treinta representa una derrota tremenda para cierta derecha. 

En tiempos más recientes, tras el 11M, el PP es desalojado del poder y se difunde la idea de que se debe a algún arreglo siniestro entre terroristas y PSOE. Si avanzamos más en el tiempo, desde la moción de censura de junio de 2018, tanto el PSOE como el presidente Pedro Sánchez aparecen casi siempre como objeto de sospecha conspirativa en el discurso de la derecha: ¿a qué tratos oscuros han llegado con los nacionalistas que los españoles no pueden conocer? 

En realidad, la situación que se vive ahora con el coronavirus actualiza ese modelo de 2018. Lo resumió el líder de la oposición, Pablo Casado, en uno de los últimos debates parlamentarios, refiriéndose al presidente: “usted no es de fiar, no podemos pactar con usted”. 

Mariano Rajoy, en una ocasión, espetó al expresidente Zapatero, refiriéndose a una supuesta conjura con ETA, que “si usted no cumple, le pondrán bombas, y si no hay bombas, es porque usted ha cedido”…

Ese es el tipo de frase que representa un razonamiento totalmente irrefutable propio de estas teorías de la conspiración. Si hay un indicio perfecto de teoría de conspiración es ese. Nosotros sabemos que usted ha pactado, ha conspirado, porque le conocemos, porque sabemos lo que usted es. No hay prueba que nos pueda convencer de lo contrario: partimos de la presunción de culpabilidad.

Es de esperar que la llegada de Unidas Podemos al gobierno haya hecho que esta escalada sea aún mayor… 

La ‘coalición socialcomunista’ es una nueva ‘prueba’ que refuerza esa teoría de que existe un proyecto totalitario. Antes del coronavirus, podemos verlo en la polémica en torno al veto parental. La defensa del veto parental, a menudo con contenidos falsos y vídeos sacados de contexto sin nada que ver con lo que se hacía en aulas españolas, va en línea con teorías de la conspiración promovidas en otros países, sobre la imposición de la ideología de género y del marxismo cultural. Esta teoría conspirativa sostiene que, tras la caída del muro de Berlín, el marxismo ha reformulado sus objetivos hacia la promoción de la homosexualidad, del feminismo, etc., con el propósito de destruir la familia y los valores tradicionales. La finalidad última es otro sistema totalitario. 

 

Muchos tendrían entonces una epifanía con la celebración del ‘8M’, en tanto conjugaba proyecto totalitario y un virus para controlar a la población… 

Es más, ya se ha lanzado por las redes de la extrema derecha española la idea de que la desescalada se ha diseñado para permitir la celebración del Orgullo Gay. Es decir, se pospuso el confinamiento por el 8M, y el desconfinamiento va a permitir el desfile…  

¿Qué funciones sociales cumple una teoría de la conspiración para tener tantos adeptos? 

Lo que arrojan las investigaciones de psicólogos sociales, desde el punto de vista individual, es que la creencia en teoría conspirativa suele estar asociada a una sensación de falta de control sobre la propia vida. Gente que se siente a merced del destino es mucho más propensa a creer en ellas. Esto está ocurriendo ahora mismo: en un periodo de confinamiento, con la incertidumbre de un virus que podemos contraer con facilidad, del que podríamos estar contagiados ya… Confinados, careciendo de ciertas libertades con las que contábamos antes. Hay un enemigo gigantesco: la teoría de la conspiración me permite tenerlo identificado, yo sé lo que pasa aquí. Desde este punto de vista yo recobro el control. 

Desde el punto de vista colectivo, las teorías de la conspiración refuerzan la cohesión del grupo con el que me identifico y, por tanto, son muy útiles para movilizar a los fieles y polarizar con otros. Para crear grandes conflictos existenciales, como decíamos anteriormente. Porque los hechos se enmarcan más allá de la situación presente, se remite a la historia, a un plan maligno que viene de antiguo. No es una cuestión de ir a votar en las próximas elecciones, es mucho más importante y mucho más serio, una lucha épica del bien contra el mal. Y el mal son los otros, claro.  

¿Hay algo que se pueda hacer para combatir estas teorías? 

Un error común es pensar que quienes creen en estas teorías son distintos a nosotros, los pirados frente a los cuerdos. Los estudios no nos permiten concluir que los creyentes sean gente de bajo nivel educativo siquiera. Se ha observado, además, que la inmensa mayoría de nosotros cree en alguna teoría de la conspiración, pero no las reconocemos como tales.

Partiendo de aquí, ¿qué se puede hacer? Frente a las personas que podrían sentirse tentadas a creer en una teoría de la conspiración, podemos utilizar la sátira, la reducción al absurdo, una cierta burla pedagógica. 

Algo muy diferente ocurre con los que ya creen, porque una confrontación satírica puede reafirmarlos más, como una nueva ‘prueba’ de que tienen razón. Tiene más sentido tratar de comprenderlo sus razones, no limitarse a abordar sus creencias como algo tóxico. ¿En qué circunstancia se encuentra esta persona para que esta explicación le parezca la más verosímil? Y apoyarse en ese espíritu crítico que suelen reivindicar, tratando de orientarlo hacia la propia teoría. No es una tarea precisamente fácil.

 

Pero determinados partidos, en teoría víctimas de estas teorías, pueden sacarles también provecho electoral y no tener incentivos para combatirlas…  

Es demasiado fácil abordar el fenómeno como la ‘patología de los creyentes’, como si hubiera que curarlos. Pero las teorías de la conspiración nos indican también el estado de unas instituciones que quizá no están cumpliendo con su papel.  

Popper se refiere a una ‘teoría conspirativa de la ignorancia’ derivada de una visión ‘ingenua’ del conocimiento: si no percibimos las cosas como realmente son, no es porque sea difícil conocer, o porque nuestro conocimiento sea naturalmente imperfecto, sino porque alguien nos engaña, nos manipula, no quiere que sepamos la verdad. En una situación como la actual, por mucho que se intente ofrecer los mejores datos, estos van a ir siempre por detrás de la realidad. ¿Cómo interpretamos el desfase? ¿Es porque es difícil, o porque nos quieren engañar deliberadamente? Partiendo de algo bastante justificable, la confianza en las instituciones queda tocada.  

Y puede ocurrir que, igual que desde un lado se polariza, en términos electorales cortoplacistas interese polarizar desde el otro. De hecho, se puede estudiar cómo en Francia, con su sistema electoral, en algún momento al Partido Socialista le ha podido interesar que creciera el Frente Nacional. Pero, si observamos las consecuencias no intencionadas de la acción, comprobamos cómo los resultados no han sido los deseados en el largo plazo. Para Popper, esto era fundamental: las teorías de la conspiración no valen precisamente por eso, porque desprecian los factores que escapan a todo control. 

En vuestro próximo trabajo, Contubernios Nacionales (Akal), mencionas escritos de Quevedo como antecedentes de Los protocolos de los sabios de Sión. ¿Quién sería Quevedo hoy día? ¿Y qué papel tiene eso que llamamos ‘la farándula’, o esos contenidos sobre ‘corazón’ donde también se han colado estas teorías conspirativas?  

Sería criminal la comparación con Quevedo. El papel del corazón tiene mucho sentido. Las teorías de la conspiración buscan personajes dramáticos, llamativos. Ese énfasis en el personaje, en el relato escandaloso, excitante, no está muy lejos del mundo del corazón, de hecho encaja bien ahí. No parece casualidad, tampoco, que por el mundo del corazón hayan desfilado con tanto éxito miembros de la familia del dictador. Son personajes sensacionales, escabrosos, con los que se pueden contar historias del género prensa rosa. 


Imágenes pertenecientes al libro Contubernios Nacionales (Akal), que se publicará el próximo mes de septiembre.

Fuente: CTXT, 16/06/2020

Portada:  ‘Ritmo de otoño (Número 30)’ (1950), de Jackson Pollock, conservado en el Metropolitan Museum de Nueva York.METROPOLITAN MUSEUM OF ART

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