Noticia de libros

 
Juan Carlos Losada

 

 

 

Los militares fueron el elemento más firme, más entregado y también  el más servil de la dictadura. Habían ganado la guerra y se alzaron con casi todos los premios de la victoria, siempre en una relación encrespada con quienes diferían de su visión de una sociedad que respondiera automática y mecánicamente al toque del clarín. Las pugnas con los «tecnócratas» a finales de los años cincuenta y a lo largo de los años sesenta figuran entre las mejores de este libro. El contrapunto del poder militar fue un poder civil atemorizado. El ejército pesó en la transición con todo su peso y aquí entronca un paralelismo al que Juan Carlos Losada dedica muchas páginas. Los gobiernos, desde la UCD al PSOE en sus primeros años, mostraron un patrón de conducta que recuerda extrañamente a la política de ojos cerrados que practicaron los gobiernos republicanos de 1931 a 1936 frente a las evidencias de una combinación de conspiraciones que no supieron descabezar (Prólogo de Ángel Viñas)

 
Introducción

El estudio de los ejércitos ha sido uno de los elementos imprescindibles que los historiadores hemos tenido que abordar para comprender la historia general de un país. Es impensable, por ejemplo, abordar la historia de cualquier potencia occidental actual sin comprender la evolución de sus fuerzas armadas y del papel que desempeñaron en la construcción de sus naciones, tanto en el terreno interior de la consolidación política como estados, como en su política exterior. En el caso de la historia de España sucede lo mismo o incluso más. No se puede hacer historia de nuestro país (ni la de ningún otro) sin comprender, sin analizar, el peso, la influencia y la evolución de una de sus más importantes instituciones (otra, por ejemplo, sería la iglesia): el ejército. La debilidad de la revolución burguesa y de las instituciones políticas que aparecieron a la caída de la monarquía absoluta, junto con el escasísimo desarrollo de la economía capitalista y el grave malestar social, hizo de la milicia la única institución vertebrada capaz de garantizar el orden y la misma estructura del titubeante estado liberal en muchos momentos del siglo xix. España era incapaz de tener una política exterior imperialista exitosa, como sí tenían otras naciones europeas. Ello confirió a las fuerzas armadas un protagonismo excesivo en la vida política interna, en comparación con otras naciones de Europa occidental, que fue creando unos hábitos, una mentalidad y unos mecanismos legales y políticos que se fueron reforzando progresivamente hasta el mismo fin del siglo. El ejército, por tanto, se sintió incapaz, inútil y fracasado profesionalmente, alcanzando el culmen de su frustración con la pérdida definitiva de las colonias de ultramar. Por tanto, sus ojos se tuvieron que dirigir a la vida interior del país.

Así, y lejos de disminuir, una de las constantes de la historia del siglo xx español fue la intromisión del ejército en la vida política y social para tratar de imponer unos principios políticos e ideológicos cada vez más conservadores y contrarrevolucionarios (llegando incluso a ser reaccionarios) en un ejercicio de intromisión que coloquialmente conocemos como militarismo. Este fenómeno, aunque ya se notó en la primera mitad del siglo xix, fue creciendo aceleradamente y se institucionalizó en 1875, con la Restauración. Con el desastre de 1898 tuvo un nuevo impulso, llegando a su culminación con la dictadura de Miguel Primo de Rivera en 1923. Solo fue interrumpido parcialmente por el breve paréntesis que supuso la II República, en 1931, antes de que estallase la guerra. Acabada la misma, el franquismo supuso la plenitud de la militarización de España en su globalidad, aunque de un modo distinto al anterior régimen autoritario y con diferencias según los periodos de la dictadura. Tras la muerte del dictador en 1975, la transición democrática se enfrentó al principal reto de desmontar todos estos mecanismos legales y políticos, así como la mentalidad que permitía, justificaba y estimulaba el intervencionismo militar, lo que costó varios años. Con la última década de la centuria puede darse por concluido, afortunadamente, ese militarismo. Pero su historia supuso represión, intromisión, odios e incomprensión de los militares hacia el conjunto de la sociedad civil, que provocó que, por parte de esta, la milicia fuese vista con lógica hostilidad y resentimiento general. Es obvio que ejército y democracia han sido conceptos antagónicos y mutuamente hostiles durante la mayor parte del siglo xx.

Franco y Millán Astray cantan con tropas de la Legión en el cuartel de Dar Riffien, 1926 (foto de Bartolomé Ros)

A lo largo de las siguientes páginas se va a exponer, de modo sintético, cuándo, cómo y de qué manera han chocado fuerzas armadas y sociedad civil, así como las negativas consecuencias que la intromisión militar tuvo en su conjunto. Este es el eje, el hilo conductor de este libro que no trata sobre la historia del ejército español en el siglo xx, ni de sus guerras, batallas, generales o soldados. Tampoco aborda en profundidad ningún periodo concreto de la historia de España ni, por supuesto, la guerra civil de la que hay decenas de miles de obras, muchas de ellas de recentísima aparición. Aunque citados y comentados como episodios significativos del militarismo, tampoco analizamos los intentos de golpe de estado, que ha sufrido la democracia española, como el del 23-F, del que existen cientos de libros y de análisis muy exhaustivos. Tampoco se estudian en profundidad las políticas de defensa de los distintos gobiernos, ni las acciones terroristas contra militares, ni las acciones de los oficiales demócratas como la UMD, ni los aspectos generales de la transición democrática, ni los profundos entresijos de las distintas redes conspirativas que aparecieron en los primeros años de la democracia con el fin de abortar su consolidación, etc. Para quien quiera adentrarse en estos aspectos en profundidad, hay excelentes obras más o menos recientes (por ejemplo, las de Ángel Viñas sobre las conspiraciones contra la República, o los estudios de Roberto Muñoz Bolaños sobre las tramas golpistas, o las memorias de los fundadores de la UMD). Simplemente, esta obra intenta recorrer desde una perspectiva general y global, de modo resumido y divulgativo, las complicadas y conflictivas relaciones que, entre militares y paisanos, entre fuerzas armadas y sociedad civil (incluyendo las autoridades del estado), se desarrollaron a lo largo de casi toda la centuria y que tuvieron, casi siempre, consecuencias trágicas para nuestra historia al acabar el poder militar interfiriendo en la vida civil del país y, con ello, atacando la democracia de raíz. Y, por supuesto, de comprender sus motivos para que nunca más se produzcan. Porque las víctimas de todo ello han sido siempre la libertad, la democracia y, ante todo, las gentes humildes, tanto soldados como paisanos, eternas víctimas de las injusticias y de los intereses de los poderosos.

Una última consideración. Detrás de esta obra hay decenas de testimonios personales, así como la lectura, análisis y estudio de cientos de libros y miles de artículos de revistas, tanto de obras de pensadores e historiadores militares españoles del siglo xx de las tendencias políticas más dispares, como de autores civiles críticos. Sin embargo, el lector verá ausencia de notas y de una bibliografía amplia y extensa. La inclusión de referencias a pie de página justificativas de cada cita, así como de todas las fuentes consultadas hubiese supuesto, sin duda, duplicar la extensión del texto, restando la función divulgativa que se pretende sea un eje central de este libro.

El texto está dividido en tres partes. La primera analiza el militarismo que se va reforzando paulatinamente durante el primer tercio del siglo xx. La segunda aborda cómo el ejército condiciona totalmente la vida política del país bajo el régimen de Franco, como resultado de la guerra civil. La tercera y última, aborda las resistencias que la institución militar presentó para renunciar a su papel tras la llegada de la democracia, así como su resolución final.

Un grupo de acusados por el intento de golpe de estado del 23-F posan durante el juicio al que fueron sometidos en 1982 (foto: la Vanguardia)
Epílogo: el fin del problema militar en España

Hoy en día nadie conoce los nombres de los altos mandos militares, ni estos, por descontado, formulan declaraciones de ningún tipo. Nadie está pendiente de analizar sus discursos, estudiar las maniobras, leer los artículos de sus revistas, descifrar los actos a que pueden asistir o con quién puedan entrevistarse. Los políticos de cualquier signo pueden hablar sin necesidad de medir sus palabras, aunque supongan un abierto desafío a la unidad de España o atenten contra la Constitución en algunos, o en muchos, de sus puntos. Las fuerzas armadas se han convertido en una institución muda que incluso en los últimos años del terrorismo lo soportó en silencio. Esta actitud ha supuesto y supone un acatamiento absoluto de las leyes democráticas, aunque en algunos aspectos no gusten a una parte de los militares.

Paradigma de este silencio y de respeto a la ley, hace unas décadas totalmente impensable, es el que demuestran con el tema de Cataluña, a pesar de que es obvio que el separatismo ofende sus creencias más íntimas y sagradas. Pero igual de discrepancias pueden encontrarse entre otros sectores profesionales por medidas adoptadas que interpreten puedan lesionar sus intereses. Hoy los militares son unos funcionarios más del estado que obedecen la ley. Obviamente son más conservadores, tradicionales y religiosos que el resto de funcionarios civiles, como ocurre en todos los estados del mundo. Su función es estar dispuestos a morir y matar y esta peculiaridad tan humanamente decisiva, les hace proclives a necesitar ritos, principios, ideologías, fervores, etc. que otros servidores públicos no precisan, por lo que son, en general, más de «derechas» y conservadores que el conjunto de la población, aunque no por ello dejen de ser demócratas.

La ministra de defensa Carme Chacón pasa revista a las tropas (imagen: defensa.gob.es)

Es cierto que, en el verano de 2018, con motivo del anuncio de la intención de exhumar los restos de Franco del Valle de los Caídos, casi unos setecientos mandos retirados del ejército formados en las academias franquistas, entre ellos 65 generales y almirantes, firmaron un vergonzoso manifiesto ensalzador de la figura del dictador, titulado «Franco, soldado de España». Pero solo cinco de esos generales estaban en la reserva activa, por lo que han sido sancionados. También lo es que entre los firmantes había antiguos golpistas, o hijos o parientes de famosos militares ultras, pero también otros muchos que han colaborado lealmente con la democracia durante los gobiernos del PSOE y del PP en las últimas décadas, con frecuencia en puestos clave tanto en España como en fuerzas destacadas en el extranjero por mandato de la ONU o de la UE, por lo que en ningún caso se les puede calificar de involucionistas. En el fondo, el manifiesto, promovido por la minoritaria y conservadora Asociación de Militares Españoles, estaba motivado mucho más por un rechazo a la Ley de Memoria Histórica y por la decisión del presidente del gobierno Pedro Sánchez de trasladar los restos de Franco, medidas que ellos consideran sectarias y revanchistas, que por una crítica al sistema democrático y a la Constitución. Porque en los mismos estatutos y principios de dicha asociación se resaltan la obediencia a las leyes democráticas y a la Constitución, lo mismo que en otra mucho más mayoritaria y más plural ideológicamente que es la Asociación Unificada de Militares Españoles. Sin duda, la Ley de Derechos y Deberes de los Miembros de las Fuerzas Armadas de 2011, impulsada por Carme Chacón, que reconoció el derecho de los militares a asociarse libremente y estableció la igualdad entre los sexos, culminó su plena integración en el marco constitucional. Según esta legislación a los militares se les permite el derecho de asociación, pero se les exige la neutralidad política y sindical y se les limita la libertad de expresión, reunión y manifestación en temas políticos. Lo mismo que en el resto de estados democráticos.

Esta actitud de recelo y hostilidad de una parte del estamento militar se ha concretado en las elecciones del 28 de abril del 2019 con la presentación de varios militares retirados en las listas del partido ultraderechista VOX, resultando elegidos como diputados dos generales. Las biografías de los candidatos presentados por esta formación reflejan que son hombres conservadores y tradicionales, pero que en ningún momento cuestionaron durante el ejercicio de su carrera profesional el sistema democrático. Por tanto, lo mismo que los firmantes del manifiesto, cabe explicar que su actitud responde más a un rechazo a lo que ellos consideran «excesos progresistas» en distintos ámbitos, o revanchismo sectario por parte de la izquierda, que a ningún afán de acabar con la democracia española. A finales de octubre de 2019, los restos de Franco fueron finalmente exhumados de la basílica del Valle de los Caídos y trasladados al panteón familiar en el cementerio de El Pardo. Pero en esta ocasión, a pesar de haberse consumado la «humillación» del otrora heroico caudillo, ni un solo militar, ni en activo o retirado, ha mostrado opinión relevante al respecto. El silencio ha sido, y nunca mejor dicho, sepulcral, y ninguno de los firmantes del manifiesto del verano de 2018 se ha atrevido a pronunciarse en público. El único ruido lo protagonizaron unos escasos centenares de curiosos y nostálgicos, encabezados por el golpista Antonio Tejero, que acudieron al lugar de la inhumación como parte de un patético decorado de cartón piedra que requería la ocasión, para jalear al cadáver como si fuera el de un torero muerto en el ruedo y atacar la democracia. Franco había sido enterrado en una caverna, símbolo perfecto del régimen que creó, rodeado de fastos y del llanto de miles de fervientes sirvientes, cual rey absoluto. 44 años después, la caverna se ha quedado sin su principal inquilino y la indiferencia, cuando no el olvido, será su losa definitiva.

De izquierda a derecha, los generales retirados Alberto Asarta Cuevas, Manuel Mestre Barea, Agustín Rosety Fernández y Fulgencio Coll Bucher, candidatos de Vox en las elecciones de 2019 (imagen: El Español)

La conclusión final es evidente. La transición democrática en el terreno militar culminó positivamente. Tras la muerte de Franco, el estado democrático fue fortaleciéndose progresivamente y madurando sus instituciones, de tal manera que ya no precisa de la gran muleta, el ejército, que durante la mayor parte del siglo xx necesitó para mantenerse. Las fuerzas armadas han dejado de ser, por fin, desde finales de la centuria la columna vertebral del estado, que en todo se entrometía, que controlaba la sociedad civil atenta siempre a reprimirla, para convertirse en uno de sus organismos más, pero sometido al poder civil. En este aspecto, la equiparación con el resto de democracias occidentales es absoluta. Ciertamente es mérito de muchos, empezando por los militares demócratas de la UMD que demostraron que las fuerzas armadas no eran una caja cerrada impermeable a la democracia, siguiendo por los medios de comunicación, la monarquía y, quizá en menor medida, las fuerzas políticas. Seguramente este proceso, como la misma transición democrática en general, podría haberse hecho más rápidamente, de mejor y más justa manera y, de paso, ahorrándonos bastantes sustos. Pero teniendo en cuenta de dónde se partía, de cómo era la mentalidad y la composición de la inmensa mayoría de los militares, así como de su misión legal de vigilancia y represión contra el «enemigo interior», el resultado final ha sido positivo. Las intromisiones militares en la historia de España parecen, por fin, que ya son definitivamente cosa de la historia y los militares ya no actúan contra la ciudadanía, sino que también son simples ciudadanos.

Las nuevas leyes, ordenanzas y reglamentos, la nueva mentalidad, el nuevo sistema de reclutamiento, unos nuevos programas de enseñanza en los que destacan los aspectos técnicos y el respeto a la democracia y a los derechos humanos, una evidente modernización y mayor eficacia, las nuevas funciones que van desde el apoyo en misiones de paz en el extranjero, sea como fuerzas de interposición o como ayuda humanitaria, etc., han roto totalmente con la trayectoria nefasta que las fuerzas armadas habían tenido en los últimos dos siglos en España. Sin embargo, aún es preciso acabar de romper ciertos recelos instalados en sectores de la izquierda política. Quedan rescoldos de antimilitarismo, muchas veces abiertamente sectarios, que es preciso ir eliminando. La oposición a la guerra, el antibelicismo, que ha de ser algo más que obligatorio por parte de todo demócrata, no puede convertirse en antimilitarismo en un momento en que los militares ya no son enemigos de los ciudadanos. Ciertamente esta actitud de rechazo que aún pervive se da también en todas las democracias occidentales en mayor o menor medida, fruto en parte de la percepción agresiva que se ha tenido de ciertas políticas de la OTAN. Pero es evidente que vivimos en un mundo inseguro, en donde la violencia sigue presente en Asia, África y Oriente Medio provocando importantes daños en la población civil. También el auge del fenómeno terrorista ha puesto de manifiesto la necesidad de los estados de contar con servicios de seguridad y de fuerzas capaces de desarticular a sus activistas en los distintos escenarios que puedan darse. Pocas personas dudan que, actualmente y por desgracia, los ejércitos siguen siendo necesarios, aunque se ha de vigilar para que su funcionamiento esté siempre controlado por las instituciones democráticas y que jamás, en nombre de la seguridad, se puedan volver contra las libertades.

Pero también hay que seguir profundizando la educación democrática en el ámbito militar, para que sus profesionales nunca caigan en la tentación de, por el privilegio de tener el monopolio de la fuerza, creerse superiores al resto de la ciudadanía. Como funcionarios han de estar al servicio de ella, lo que exige defenderla cuando las autoridades legítimas y democráticas lo demanden y, también, respetarla. De lograr estos objetivos, la reconciliación entre ejército y sociedad, entre militares y ciudadanos, será total, arrumbando definitivamente barreras y desconfianzas.

Miembros de la Unión Militar Democrática (foto: elconfidencialdigital.com)

Esperemos que sea un proceso irreversible. Y que hayan calado, para siempre, aquellas palabras del general norteamericano Omar Bradley:

Mi patria me ha dado estas armas y este uniforme. Me ha entregado con ello su confianza. He tenido valor para mandar millares de soldados al combate e incluso hacia la muerte y para saltar yo mismo a su frente en medio de la metralla en Mesina o en Cherburgo. Pero no hubiese tenido nunca el valor de traicionar la confianza puesta en mí por los ciudadanos americanos y de imponerles a la fuerza, disfrazado de salvador de la Patria, mis criterios particulares sobre problemas de la nación.

Ciertamente, Alfonso XIII y, sobre todo, el general Francisco Franco se revolverían en su tumba porque hicieron todo lo contrario y su legado, por fin, ha acabado en la alcantarilla de la historia de España. Por suerte, ya son un mal recuerdo del pasado.

Índice

Prólogo de Ángel Viñas   
Introducción  

PRIMERA PARTE
DEL DESASTRE DEL 98 HASTA LA GUERRA CIVIL: EL RECURSO MILITAR

– Las consecuencias del 98 en el ejército y en la sociedad civil: hostilidad recíproca   
– El periodismo como enemigo: el asalto al Cu-Cut! 
– La Ley de Jurisdicciones: el principio del intervencionismo regulado
– 1909. La guerra de Melilla extiende la mutua hostilidad
– El ejército contra la revolución: la huelga de 1917 y el Trienio Bolchevique
– Un acelerante inesperado: el desastre de Annual
– La dictadura de Primo de Rivera: la máxima militarización
– Intervencionismo militar contra la dictadura. Hacia la II República
Militares contra la República
– La Unión Militar Española. Hacia la guerra civil
– Intervencionismo izquierdista: la Unión Militar Republicana Antifascista

SEGUNDA PARTE
EL MILITARISMO TRAS LA GUERRA: GUARDIÁN Y GUÍA (1939-1975)

– El principal pilar del régimen. Lucha contra el enemigo interior y cantera política
– Las bases ideológicas del ejército de Franco y su difusión
– Exaltación mística de la patria. La religión y el aislamiento como esencias
– La bondad de la guerra. Huyendo de la miseria: el desprecio a la razón y a lo material
– El honor y la reivindicación del militarismo
– La universalidad de la justicia militar
– El descrédito de la justicia militar: el proceso de Burgos
– El poder de los capitanes generales
– El ejército ante la política internacional
– El papel del servicio militar. Las contradicciones del «ejército social»
– Militares contra tecnócratas. La Hermandad de Alféreces Provisionales (HAP) y la reactivación del militarismo
– Los planes contra insurgentes en la segunda mitad del franquismo
– Los servicios de espionaje militar

TERCERA PARTE

LAS INTROMISIONES CONTRA LA DEMOCRACIA (1976-1986)

– Los actores: ejército, partidos políticos y medios de comunicación
– Intervencionismo contra el gobierno de Carlos Arias Navarro
– Las extorsiones contra el gobierno de Adolfo Suárez de 1976
– Ira militar contra la legalización del PCE
– La labor de Manuel Gutiérrez Mellado
– Las presiones tras las primeras elecciones democráticas. Reacciones políticas
– Las presiones en los funerales
– Condicionando la Constitución. En el Congreso y en los cuarteles. Cartagena
– En defensa de la autonomía militar, de sus símbolos y atribuciones Los intentos de golpe: «Operación Galaxia» y las maniobras de Torres Rojas
– Hacia el 23-F
– Consecuencias del 23-F. El gobierno de Leopoldo Calvo Sotelo y la oportunidad perdida
– La UME y el goteo de un intervencionismo desafiante
– 27 de octubre de 1982: «Operación Cervantes»
– El intervencionismo militar con el PSOE. El ministro Narcís Serra 
– Los últimos coletazos

Epílogo. El fin del problema militar en España

Portada: Franco con oficiales y jefes de las guarniciones de Canarias, en un almuerzo celebrado en el Monte de la Esperanza, tras unas maniobras el 17 de junio de 1936 (foto: Adalberto Benítez)
Ilustraciones: Conversación sobre la Historia

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