Jared Diamond, biogeógrafo y premio Pulitzer
 
Tengo 82 años. Nací en Boston y vivo en Los Ángeles. Soy fisiólogo, biólogo evolutivo, geógrafo y escritor. Tengo dos hijos gemelos (32). Soy demócrata al estilo liberal. ¿Creencias? No tengo. Soy miembro de la Academia de Artes y Ciencias. Me haría neozelandés, pero no me admiten por edad.

 

Qué tres personas admira más?

Homero, Tucídides, Bach.

Poeta, historiador, músico…, pero quiso ser científico.

Es que de niño vi por la ventana de casa a unos pajaritos saltando en el césped.

¿Y?

Sentí curiosidad: ¿qué nombre tenían? Y aún viajo por todo el planeta para ver pájaros.

¿Ha venido a España por eso?

Hay un córvido que sólo vive en España y en China. ¡Qué misterio! ¿No le parece curioso?

¿La curiosidad es su motor?

¡Sí! Quiero explicarme cosas a mí mismo.

Y a los demás, publicando lo que escribe.

Por si me lee un líder y evita repetir errores.

La curiosidad puede matar, también.

Scott murió por ir al polo Sur, pero Amundsen sobrevivió… y nos ha compensado.

¿Qué otros instintos nos empujan?

Tener hambre, un lugar donde dormir, tener sexo, prole, pertenecer a un grupo…

¿Y poder?

Los grupos humanos eran democracias directas hasta hace 10.500 años, pero la agricultura trajo alimento y así la población ­aumentó. Y entonces alguien tomó el mando.

¿A partir de cuánta población cuesta la democracia directa?

Más de diez mil personas la complican.

Y llegó la democracia representativa.

La democracia es el peor de los sistemas, descartados todos los demás”, dijo Churchill, y yo estoy de acuerdo con el.

La pujanza de la cultura europa la llevó a los confines del mundo: ¿a qué lo atribuye?

A su geografía.

¿Qué tiene de particular?

China, tan avanzada durante milenios, goza de una superficie geográfica muy uniforme, que la hace estable y centrípeta. Europa, al contrario, sufre una geografía muy accidentada: Pirineos, Alpes, penínsulas, islas…

¿Y?

Conduce a sus pobladores a fragmentarse y aislarse, y se acantonan y se enfrentan: ¡compiten! Y eso los estimula y los centrifuga.

Hartos de nosotros, ¿nos largamos?

No hay rincón del mundo en el que no me tope con algún español.

España, ¿qué ha aportado al mundo?

Viajes y arte: la mitad de los 40 mejores artistas de la historia… ¡son españoles! Eso supone una prodigiosa sobrerrepresentación.

¿Qué me diría del caso catalán?

Lean a Tucídides: si el pequeño reta al grande, perece. El que convence al fuerte para ganarse la supervivencia… ¡triunfa!

Sabe usted de ciencia… y de historia.

La curiosidad me ha llevado a estudiar latín, griego, holandés, ruso, italiano, finés, alemán, indonesio, español… pero lo tengo oxidado. Y hablo la lengua de Papúa Nueva Guinea: voy allí a ver pájaros preciosos…

¿Dónde le gustaría vivir?

Un hijo mío se instala ahora en Nueva Zelanda, y yo me haría neozelandés… pero por desgracia no admiten a mayores de 56 años.

¿Dejaría Estados Unidos, pues?

Sí, porque en breve Estados Unidos dejará de ser una democracia.

Acaba de darme un titular.

Me duele y es mi gran temor. Democracia es que todos puedan votar, y hoy están creciendo allí las voces que quisieran privar del derecho al voto a amplios sectores sociales…

¿Está señalando al presidente Trump?

Si Donald Trump revalida su mandato, dentro de cinco años mi país dejaría de ser una democracia. Es muy posible. Si yo fuese treinta años más joven, me iría de mi país.

¿Qué futuro le ve a Rusia?

No le veo un futuro brillante, veo que la población rusa decae en los últimos años a causa de su penoso modelo de salud pública.

¿Y qué me dice de Europa?

Si Estados Unidos se autodestruye como democracia, podría relevarle en el liderazgo mundial…, siempre que la Unión Europea solvente su principal problema.

¿Cuál es?

El populismo localista. ¡Ni Napoleón unificó Europa! Sólo tras destrozaros entre vosotros concebisteis la magnífica idea de la Unión Europea: cultivadla si queréis prosperar.

Entiendo que habría votado contra el Brexit, de haber sido británico…

¡Sí! Hay demasiados británicos añorando un pasado mejor… lo que les condena a un futuro ­peor. El Reino Unido será pronto un país de tercera, si abandona la Unión Europea.

¿Víctima del populismo, no?

¡Claro! Populista es todo líder que culpa a un tercero de los males de su país o sociedad.

Uy, eso pasa mucho por aquí, también.

Toda receta simplista está errada. Ante toda crisis, debes discernir qué piezas de tu mosaico son prescindibles y renunciar a ellas, y cuáles son fundamentales y preservarlas.

Ojalá tomen nota los políticos.

Si un líder le dice a su sociedad que el malvado está fuera, ¡se delata como incompetente y populista! Si le votas, eres cómplice del populismo. Lo son los votantes de Trump, que culpa de los males a inmigrantes, intelectuales, periodistas de Washington: esto funciona en las urnas y mata la democracia.


Un sabio ante la crisis

Pocas veces sientes que hablas con un sabio. Me sucede con Jared Diamond, octogenario de barba antigua que podría ser compañero de Homero, Pericles, Flavio Josefo o Jefferson. El sabio Diamond tartamudea un poquito, porque sus chispazos neurales le agolpan muchas ideas en los labios. Su mente ha recogido conocimientos de todos los tiempos y espacios y los organiza en deslumbrantes ensayos como Armas, gérmenes y acero (en el que desentrañaba las claves de nuestra civilización), que mereció el premio Pulitzer. Hoy nos cuenta lo que sabe sobre Crisis (Debate), sobre “cómo reaccionan los países en los momentos decisivos”. Los países… y las personas. Lo ha contado también en CosmoCaixa.


Portada: Kim Manresa

FUENTE: La Vanguardia, 10 de diciembre 2019 (La contra)


 

Fragmentos del Prólogo de Crisis (Ed. Debate)

¿Cómo podemos definir lo que es una «crisis»? Un punto de partida útil radica en que la palabra «crisis» deriva del sustantivo griego krisis y del verbo krino, que tienen varios significados vinculados entre sí: «separar», «decidir», «hacer una distinción» y también «momento decisivo». Por tanto, se podría relacionar la crisis con el momento de la verdad: un punto de inflexión en el que la diferencia existente entre las condiciones que se observan antes y después de dicho «momento» es «mucho mayor» que la que existe entre la fase anterior y posterior de «la mayoría» de todos los demás momentos. Entrecomillo las palabras «momento», «mucho mayor» y «la mayoría» porque subyace todo un problema práctico que consiste en determinar la brevedad de dicho momento, hasta qué punto deben ser distintas las condiciones anteriores y posteriores, y cuánto más raro tendría que ser un punto de inflexión, con respecto a la mayoría de los momentos, para que lleguemos a considerarlo una «crisis» y no una simple incidencia pasajera o la natural evolución gradual de cualquier cambio.

Un punto de inflexión constituye un desafío. Nos supone una presión para que seamos capaces de idear nuevos métodos con los que gestionarlo, una vez se ha demostrado que los métodos anteriores son inadecuados a la hora de dar respuesta al desafío en cuestión. Si una persona, o un país, consigue diseñar métodos nuevos y mejores para lidiar con el asunto, decimos que la crisis se ha resuelto con éxito. Pero en el capítulo 1 veremos que, en lo tocante a la resolución de una crisis, la diferencia entre el éxito y el fracaso a menudo no está tan clara, que el éxito puede ser solo parcial y no permanente, y que un mismo problema puede resurgir. (Pensemos en cómo Reino Unido «resolvió» la cuestión de su papel en el mundo ingresando en la Unión Europea en 1973 y después, en 2017, votó a favor de salir de ella).

Ahora ilustremos el siguiente problema práctico: ¿cómo de breve, importante y poco habitual tiene que ser un punto de inflexión para merecer el apelativo de «crisis»? ¿Con qué frecuencia es útil clasificar los acontecimientos de la vida de una persona, o de un milenio de historia local, como una «crisis»? Para estas preguntas no existe una sola respuesta, sino varias respuestas distintas que resultan útiles para propósitos diferentes.

Aníbal en la batalla de Cannas, ilustración del libro Rom de Wilhelm Wagner (1877) (imagen: Wikimedia Commons)

Una de las respuestas, en un extremo del espectro, limita la aplicación del término «crisis» a intervalos largos y a sucesos dramáticos y poco habituales: es decir, solo a unas pocas ocasiones en la vida de un individuo y solo a una vez cada pocos siglos en el caso de las naciones. Por ejemplo, un historiador de la antigua Roma podría aplicar la palabra «crisis» únicamente a tres acontecimientos ocurridos después de la fundación de la República de Roma en torno al 509 a. C.: las dos primeras guerras contra Cartago (264-241 a. C. y 218-201 a. C.), el reemplazo del Gobierno de la República por el Imperio (en torno al año 23 a. C.) y las invasiones bárbaras que condujeron a la caída del Imperio romano de Occidente (en torno al 476 d. C.). Está claro que este historiador romano no consideraría que el resto de la historia romana ocurrida entre los años 509 a. C. y 476 d. C. sea trivial; pero sí reservaría el término «crisis» para esos tres momentos excepcionales.

En el extremo contrario del espectro, mi colega de la UCLA David Rigby ha publicado, junto con Pierre-Alexandre Balland y Ron Boschma, un magnífico estudio sobre las «crisis tecnológicas» ocurridas en las ciudades estadounidenses. En términos funcionales, caracterizan estas crisis como los períodos en los que se observa una desaceleración sostenida en las solicitudes de patentes y definen la palabra «sostenida» en términos matemáticos. Según esta definición, concluyen que, de media, una ciudad estadounidense sufre una crisis tecnológica cada doce años, que la duración media de estas crisis es de cuatro años y que, cada década, la ciudad estadounidense media atraviesa una crisis tecnológica que dura aproximadamente tres años. Han descubierto que esta definición es muy útil para entender una pregunta de gran interés práctico: ¿qué es lo que hace que algunas ciudades estadounidenses puedan evitar las crisis tecnológicas definidas en estos términos y otras no? Ahora bien, un historiador romano desdeñaría los sucesos estudiados por David y sus colegas por considerarlas bagatelas efímeras, mientras que David y sus colegas dirían que el historiador romano se está olvidando de todo lo que ocurrió en 985 años de historia romana, a excepción de tres acontecimientos.

Lo que quiero decir es que es posible definir las «crisis» de distintas formas, según distintas frecuencias, duraciones distintas y niveles de impacto distintos. Y puede ser tan útil estudiar las grandes crisis que ocurren de manera excepcional como las crisis pequeñas que tienen lugar con más frecuencia. En este libro, la escala de tiempo que he adoptado va desde unas pocas décadas hasta un siglo. Durante el tiempo que ha durado mi propia vida, todos los países que analizo han pasado por lo que yo considero que es una «crisis aguda». Eso no quiere decir que no experimentaran también puntos de inflexión de menor trascendencia y más frecuentes.

El tusnami del 26 de diciembre de 2004 en indonesia (imagen: historiaybiografias.com)

Tanto en el caso de las crisis personales como en el de las nacionales, nos centramos a menudo en la observación de un único momento decisivo: por ejemplo, el día en que una mujer le dice a su marido que quiere el divorcio; o (en la historia de Chile) la fecha del 11 de septiembre de 1973, cuando el ejército chileno derrocó al Gobierno democrático del país y su presidente se suicidó. Hay sin duda algunas crisis que suceden de súbito, sin previo aviso, como ocurrió con el tsunami de Sumatra del 26 de diciembre de 2004, que acabó súbitamente con la vida de 200.000 personas; o como la muerte de mi primo, que le sobrevino en la plenitud de su vida cuando su automóvil fue arrollado por un tren en un cruce de vías y dejó viuda a su mujer y huérfanos a sus cuatro hijos. Pero la mayoría de las crisis, tanto personales como nacionales, suelen ser la culminación de una serie de cambios evolutivos que se prolongan durante muchos años: por ejemplo, las continuas dificultades matrimoniales de esa pareja que termina divorciándose o las dificultades políticas y económicas de Chile. La «crisis» es el reconocimiento súbito de presiones que se han ido acumulando durante largo tiempo o una actuación súbita sobre ellas. Gough Whitlam, primer ministro de Australia, reconoció este hecho de manera explícita. En diciembre de 1972, Whitlam ideó (como veremos en el capítulo 7) un programa relámpago de diecinueve días para acometer una serie de transformaciones a todas luces importantes, pero restó importancia a sus propias reformas afirmando que eran un «reconocimiento de cosas que ya han sucedido».

(…)

El primero de los dos países que he elegido para ilustrar los casos de crisis no explosivas es el de la Alemania posterior a la Segunda Guerra Mundial (capítulo 6), se vio obligada a hacer frente a la cuestión de su legado nazi, a confrontaciones sobre la forma jerárquico-organizativa de su sociedad y al trauma de la división política entre Alemania Occidental y Alemania Oriental, todo a la vez. Dentro del marco comparativo que propongo, entre las características específicas de la resolución de la crisis en la Alemania de posguerra hay un choque excepcionalmente violento entre generaciones, unas fuertes limitaciones geopolíticas y un proceso de reconciliación con aquellos países que habían sido víctimas de las atrocidades alemanas durante la guerra.

Australia, 1975: ceremonia de reparación simbólica del primer ministro Gough Whitlam a los aborígenes, representados por Vincent Lingiari (imagen: Mervyn Bishop, theconversation.com )

El otro ejemplo de crisis no explosiva es el de Australia (capítulo 7), un país que, en los cincuenta y cinco años que hace que lo visito, ha remodelado su identidad nacional. Cuando llegué por primera vez en el año 1964, Australia parecía un remoto puesto de avanzada británico en el océano Pacífico, miraba aún en términos identitarios hacia Reino Unido y mantenía todavía aquella política de la Australia blanca, que limitaba la presencia de —o excluía a— inmigrantes no europeos. Pero Australia estaba abocada a sufrir una crisis de identidad porque la identidad británica blanca chocaba cada vez más con su ubicación geográfica, con las necesidades de su política exterior, con su estrategia de defensa, con su política económica y con la composición de su población. Hoy, las actividades comercial y política de Australia miran a Asia, las calles de las ciudades y los campus universitarios australianos están llenos de personas asiáticas y, en un referéndum propuesto para destituir a la reina de Inglaterra como jefe de Estado de Australia, los votantes del no ganaron por muy poco margen. Sin embargo, igual que en el Japón Meiji y en Finlandia, esos cambios han sido selectivos: Australia sigue siendo una democracia parlamentaria, su lengua nacional sigue siendo el inglés y una gran mayoría de los australianos tienen ascendencia británica (…).

Jared Diamon, Crisis. Cómo reaccionan los países en los momentos decisivos. Barcelona: Debate, 2019.


Ilustraciones: Conversación sobre la Historia
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