El silencio no detiene la ocupación y el genocidio de Gaza
Conversación sobre la historia
A vueltas con el darwinismo y las muchas lecturas que de la obra de Darwin se hacen, en Conversación sobre la Historia hemos invitado a Daniel Labrador-Montero para que nos dé su opinión. El autor mantiene que ninguna teoría nace en el vacío. La ciencia es una creación social, no principios inmutables a la espera de humanos heroicos que los sepan alcanzar por estar aupados en hombros de gigantes… inexistentes. Como dice Daniel: “Las preguntas que formulamos, las metáforas que empleamos y los fenómenos que consideramos relevantes están inevitablemente mediados por valores e intereses históricos y sociales.”
Daniel Labrador-Montero
Dpto. de Filosofía, Lógica y Estética
Universidad de Salamanca
Recientemente, A. Victoria Andrés Fernández (2026) ha publicado un artículo en The Conversation titulado Las derechas y las izquierdas: todos quieren a Darwin en sus filas. La autora sostiene que tanto la izquierda como la derecha han reinterpretado las ideas de Charles Darwin para justificar sus propias ideologías, a pesar de que, según ella, su teoría ha de ser considerada como puramente científica: “a la ciencia, exclusivamente lo que es de la ciencia”, concluye. Critica que desde ambas tendencias políticas se comete el mismo error, a saber, usar una explicación biológica de la naturaleza para legitimar modelos políticos y sociales.
Ahora bien, ¿qué es aquello que es exclusivamente de la ciencia? Aunque es verdad que las ciencias sociales y la política han tendido históricamente a usar y “abusar” de la biología —por decirlo con el célebre título del libro de Marshall Sahlins (Uso y abuso de la biología. Una crítica antropológica de la sociobiología, 1990)—, la relación entre el darwinismo y el pensamiento político es bastante más profunda que la mera apropiación ideológica de las ideas de Darwin. En realidad, evolucionismo y política, en un sentido profundo, han sido indisociables desde que Darwin publicó El origen de las especies.
No se trata solo de que economistas, sociólogos o ideólogos hayan recurrido a la teoría de la evolución para justificar sus posiciones. Eso ha ocurrido, y ocurre todavía. Lo interesante es que las propias interpretaciones de los grandes conceptos darwinianos nunca han sido políticamente indiferentes. Metáforas como lucha por la existencia, competencia o selección natural son lo suficientemente abiertas como para admitir lecturas muy distintas. Y esas lecturas suelen ir acompañadas de determinadas cosmovisiones sociopolíticas.
Puede que esto sorprenda a algunos lectores. Estamos acostumbrados a pensar que la ciencia habla exclusivamente de hechos y que los valores ideológicos, sociales y morales llegan después, cuando la política se apropia de sus resultados. Sin embargo, desde hace ya varias décadas, la filosofía de la ciencia y los estudios sociales de la ciencia sostienen algo bastante distinto: que la ciencia está inevitablemente atravesada por valores. Las epistemólogas feministas, especialmente Helen Longino (1990) y Sandra Harding (1993), y otros autores como Hilary Putnam (2002), Naomi Oreskes (2021) o Heather Douglas (2009) se han esforzado en demostrar que esos valores no son necesariamente un obstáculo para el conocimiento. Al contrario, cuando se hacen explícitos y pueden discutirse públicamente, contribuyen a que la ciencia sea más rigurosa, más transparente y, en definitiva, más objetiva.
Sin embargo, todavía hoy la visión folk de la objetividad sigue siendo la del «ojo de Dios», entendida como el punto de vista desde ninguna parte, es decir, el de una ciencia aislada de factores sociales y políticos. No obstante, esto no solo no describe la ciencia real, sino que ni siquiera es un modelo realizable y, probablemente, tampoco es útil como ideal regulativo. Con esto quiero decir que no es viable, si es que acaso es posible, separar lo científico de lo político. No obstante, esto no tiene por qué ir en detrimento de la cientificidad u objetividad de las teorías. Por supuesto, no podremos hablar de esa objetividad basada en la neutralidad valorativa de la imagen clásica de la ciencia de la primera mitad del siglo XX. Se trata de otro tipo de objetividad, como la que propone Longino, más flexible y realista. Una objetividad que es un logro colectivo y no una característica descarnada de las teorías, donde los valores no solo tienen cabida, sino que son su motor, siempre y cuando domine la transparencia, la pluralidad de perspectivas y el respeto por la diversidad. Puede que sea una visión deflacionaria de la objetividad, pero es preferible una ciencia que hace su fortaleza de la puesta en común de elementos subjetivos heterogéneos a aquella que esconde incómodos sesgos tras las murallas de los supuestos “hechos en bruto” a los que alega acceder privilegiadamente.

Y llegados a este punto, puede que hiera las sensibilidades de las mentes más positivistas, pero creo firmemente que la historia del darwinismo comienza con dicha franqueza. Es una historia de un entrelazamiento explícito entre lo científico y lo político, sin que esto reste un ápice de cientificidad a los logros de Darwin. En realidad, las conexiones entre el pensamiento económico-político y el biológico venían de mucho antes del siglo XIX. Pero hay un momento decisivo: el encuentro de Darwin con la obra de Thomas Malthus. Algunos historiadores han señalado también la influencia, más indefinida, de la Ilustración escocesa y, en particular, de Adam Smith (Schweber, 1980). No obstante, fue Malthus el autor que cambió el pensamiento del naturalista de manera radical, al menos si nos atenemos a su propio testimonio. El principio de población formulado por Malthus le proporcionó la pieza que le faltaba para explicar cómo podía operar la evolución. Allí encontró el mecanismo que llevaba tiempo buscando: la lucha por la existencia. Merece la pena detenerse un momento en esta cuestión.
Malthus partía de una idea sencilla que acabaría teniendo enormes consecuencias. Si no encuentran obstáculos, las poblaciones humanas tienden a crecer mucho más rápido que los recursos de los que disponen para subsistir. La vida se multiplica con una fuerza extraordinaria; los alimentos, en cambio, no. El resultado inevitable es la escasez. Y allí donde aparece la escasez aparecen también el hambre, la pobreza, la enfermedad y el conflicto. Malthus convirtió esta intuición en una ley general de la naturaleza y la situó en el centro de su pensamiento.
Pero lo interesante es que esta tesis no era políticamente inocente. Malthus la utilizó para intervenir en uno de los grandes debates de su época: el de las Leyes de Pobres británicas. A su juicio, las ayudas públicas a los sectores más desfavorecidos no resolvían la pobreza, sino que contribuían a perpetuarla. Si las familias podían contar con asistencia para mantener a sus hijos, tendrían más descendencia de la que podían sostener con el fruto de su trabajo. El resultado sería una población cada vez mayor compitiendo por unos recursos que seguían siendo limitados. La solución que propone, por tanto, es una menor intervención estatal. Por eso insistía en que cada familia debía asumir las consecuencias de sus decisiones reproductivas. El temor a la pobreza y la dificultad para mantener una familia actuarían, según él, como frenos naturales al crecimiento de la población. Dicho de otra manera, Malthus veía en la escasez una fuerza reguladora. No deseaba una sociedad sumida en el hambre permanente, pero sí creía que la amenaza de la necesidad cumplía una función indispensable para preservar el equilibrio entre población y recursos.
Cuando Darwin leyó a Malthus en 1838 encontró algo más que una explicación del crecimiento poblacional. Hereda una forma de pensar en la escasez. Encontró una imagen poderosa de la naturaleza: un mundo en el que todos los organismos producen más descendencia de la que puede sobrevivir y en el que, por tanto, ante la ausencia de cualquier Estado político que los salvaguarde, la presión constante derivada de la escasez se vuelve omnipresente. A partir de ahí construyó su famosa metáfora de la lucha por la existencia. Por supuesto, Darwin transformó profundamente las ideas de Malthus. La lucha darwiniana incluía también relaciones de dependencia, cooperación y complejas interacciones ecológicas. Sin embargo, el punto de partida seguía siendo inequívocamente malthusiano: la convicción de que la vida está sometida a una presión permanente provocada por la desproporción entre la capacidad de reproducirse y la disponibilidad de recursos.
El propio Darwin destacaba de manera manifiesta la influencia de Malthus para su hallazgo del principio de selección natural, que, según reconocía, es “la doctrina de Malthus aplicada a todos los reinos animal y vegetal” (Darwin, 1859, p. 5). Nunca dudó en confesar el abrupto impacto que tuvo su lectura del libro de Malthus (cf. Darwin, 1868, p. 10; 1958, p. 120). Y Darwin no fue el único en llegar a esa conclusión. Alfred Russel Wallace, codescubridor de la teoría de la selección natural, reconoció también la enorme influencia que ejerció sobre él la lectura de Malthus. De hecho, llegó a afirmar que la obra del economista político había sido uno de los libros más importantes de su vida y que sus ideas fueron la clave para comprender el mecanismo de la evolución (Wallace, 1905, p. 232). Más aún, admitió que probablemente nunca habría formulado de manera independiente la teoría de la selección natural sin la ayuda de Malthus (Wallace, 1905, p. 240).
Que tanto Darwin como Wallace señalaran al mismo autor como una influencia decisiva debería hacernos sospechar que el vínculo entre darwinismo y economía-política no fue un accidente biográfico ni una coincidencia menor. La escasez, la presión poblacional y la lucha por los recursos no fueron añadidos tardíos a la teoría evolutiva, sino algunos de los ingredientes intelectuales con los que fue concebida desde el principio.
Son muchos los que se han afanado en intentar mostrar las conexiones entre la teoría darwiniana y el pensamiento liberal. Ahora bien, dichas conexiones ya las veían sus coetáneos. Posiblemente, Marx y Engels fueron de los más agudos: “es notable”, escribe Marx, “cómo Darwin redescubre, entre las bestias y las plantas, la sociedad inglesa con su división del trabajo, la competencia, la apertura de nuevos mercados, los «inventos» y la «lucha por la existencia» malthusiana” (Marx, 1862). Estas supuestas conexiones entre la economía-política liberal y las teorías biológicas fueron utilizadas por Marx y Engels para criticar al liberalismo. Denunciaron la animalización de los trabajadores, se mostraron contrarios a considerar las leyes económicas como naturales y ahistóricas y arguyeron que las semejanzas entre la teoría de Darwin y las propuestas liberales demuestran el poco progreso de las segundas, que no han sido capaces de avanzar más allá de la economía natural (Engels, 1865, p. 136).
Engels tenía claro que se había producido un juego pendular entre las ciencias sociales y las biológicas que naturalizaba tramposamente una perspectiva política y económica. La cuestión que preocupaba al alemán no era la propuesta evolucionista de Darwin en sí misma, que recibió con buenos ojos, tampoco el hecho de que Darwin hubiera tomado prestadas ciertas nociones de corte liberal para su teoría. El problema radicaba en que esos conceptos ahora eran devueltos a las ciencias sociales, pero bajo la creencia falsa de que provenían de las ciencias naturales: una vez se hace la “hazaña” de que lo social y económico se lleve a la biología, “las mismas teorías son transferidas de nuevo de la naturaleza orgánica a la historia y se declara que su validez como leyes eternas de la sociedad humana ha sido probada” (Engels, 1875).
Para Engels, ese traslado es ilegítimo y la política no puede estar auspiciada por el modelo darwiniano, porque el ser humano es creador, productor y, además, como ya le señaló Godwin (1793, p. 889) a Malthus, no se mueve simplemente por los impulsos básicos:
La diferencia esencial entre la sociedad humana y la animal reside en que los animales, como mucho, recolectan, mientras que los hombres producen. Esta única pero fundamental diferencia hace imposible simplemente transferir las leyes de las sociedades animales a las humanas. […] En cierta etapa, la producción humana alcanza un nivel tan elevado que no solo se producen bienes de primera necesidad, sino también lujos, al principio, si bien solo para una minoría. La lucha por la existencia —si permitimos que esta categoría sea válida por el momento— se transforma así en una lucha por el placer, ya no por meros medios de subsistencia, sino por medios de desarrollo, medios de desarrollo producidos socialmente, y en esta etapa las categorías derivadas del reino animal dejan de ser aplicables (Engels, 1875, 12 de noviembre).
Esto no quiere decir que Marx y Engels rechazaran las tesis darwinistas. Es más, se podría decir que eran admiradores de las ideas de Darwin. En cuanto Marx leyó su teoría, le pareció un autor espléndido y el Origen de las especies una “obra que hace época” (Angus, 2023). Lo que más apreciaron de Darwin fue que había proporcionado una explicación naturalista, materialista e histórica del origen de las especies, sin recurrir al diseño divino o a esencias inmutables. Vieron en la teoría de la evolución una confirmación, en el ámbito biológico, de una idea que ellos defendían en el ámbito social: que las realidades complejas son el resultado de procesos históricos y no de estructuras fijas o eternas. Marx (1860) escribió a Engels un año después de la publicación de la obra de Darwin: “pese a la falta de finura muy inglesa del desarrollo, en este libro se encuentra el fundamento histórico-natural de nuestra idea”. Poco después escribe a Lassalle: “el libro de Darwin es muy importante y me sirve de base la selección natural para la lucha de clases en la historia” (Marx, 1861). Así que, definitivamente, sí, ellos también vieron en la teoría de Darwin una fuente de justificación para muchas de sus ideas.

Lo mismo intentó hacer a principios del siglo XX el naturalista y teórico anarquista ruso Piotr Kropotkin. Lo cierto es que el Origen de las especies tuvo una recepción poco amistosa por parte de los rusos. Como muestra Daniel P. Todes (1989) la recepción rusa del evolucionismo darwiniano estuvo marcada por la huella de Malthus y la intromisión de conceptos liberales. Un factor crucial es que los contextos decimonónicos de los británicos y los rusos eran diferentes a todos los niveles. Los primeros vivían en regiones donde la pobreza y la escasez eran comunes ante el bajo precio de la mano de obra y la falta de empleo. El contexto en el que Malthus desarrolló su principio de la población y en el que Darwin decidió aplicarlo a toda la naturaleza, hizo que la metáfora de la lucha fuera una expresión que “apelaba al sentido común” (Todes, 1989, p. 3). El propio Darwin aseguraba que “nada es más fácil que admitir con palabras la verdad de la lucha universal por la vida” (1859, p. 62), insinuando que es una evidencia palpable y accesible para todo individuo. Tanto para Malthus como para Darwin la Inglaterra decimonónica estaba sobrecargada de habitantes. El naturalista tenía las mismas percepciones acerca de la naturaleza, siempre llena de vida. Además, los propios datos del censo de 1801 de Gran Bretaña evidenciaban “un aumento demográfico explosivo” que hizo parecer a Malthus profético (Todes, 1989, p. 15). La experiencia de los británicos era consistente con los datos, pues desde las últimas décadas del siglo XVIII a la mitad del siglo XIX la población británica se duplicó, debido a un aumento de la natalidad y la mayor esperanza de superar la infancia.
La experiencia de los habitantes de la Rusia zarista, en contraste, era muy diferente. Vivían en un contexto físico y social completamente distinto. La pobreza, el hambre y el frío también asolaban al país del este, pero era imposible que nadie pudiera asociar tal situación a la presión demográfica. Como mantienen Nikolai Kremenstov y Todes (1991, pp. 69), si Darwin hubiera vivido en Rusia, difícilmente podría haber concebido la naturaleza como un sistema lleno, abarrotado y en perpetúa lucha.
En cuanto a los contextos cultural, político y económico, también había importantes diferencias que con seguridad afectaron a la recepción. En Gran Bretaña, el pensamiento liberal había alcanzado la cumbre intelectual de la mano de pensadores como Hume, Smith, Bentham, Ricardo o Mill. La sociedad inglesa había asimilado la doctrina de estos intelectuales acerca de las bondades de la competencia y del libre mercado, por lo que la metáfora de la lucha por la existencia era congruente, ya que ponía en relación su contexto cultural con el natural.
Por otro lado, la Revolución Industrial no llegó a Rusia hasta finales de la década de 1880, por lo que las percepciones de los ciudadanos eran muy diferentes con respecto a la competencia social y económica. En el momento de la recepción de el Origen de las especies, en Rusia “el discurso político estuvo dominado por dos perspectivas generales, el monarquismo y un populismo de tendencia socialista” (Todes, 1989, p. 22), de modo que difícilmente podía tener éxito la metáfora competitiva entre los rusos, que no podían desenvolverse con ella, ya que no disponían de la experiencia cultural necesaria para darle sentido.
Tanto desde la izquierda como desde la derecha rusas, consideraron tendenciosa la concepción de Darwin a través de la metáfora de la lucha, que, desde su perspectiva, dejaba penetrar la ideología estrictamente británica en la ciencia. Tan popular era esta opinión, que dos pensadores políticos opuestos en el espectro ideológico ruso del siglo XIX, Cherynshevskii y Danilevskii, consideraban que la teoría de Darwin extendía a la naturaleza “el espíritu inglés”, desde el utilitarismo al amor por la competencia, desde el individualismo al egoísmo hobbesiano, desde la economía política liberal a la demografía malthusiana, tanto que, según Cherynshevskii, es como si “Adam Smith se hubiera encargado de escribir un curso de zoología” (apud Kremenstov y Todes, p. 73). Con todo, los intelectuales rusos criticaron fundamentalmente la metáfora malthusiana y la aplicación del principio de población y no tanto la selección natural y el evolucionismo. Aquello que a los ingleses más les había costado aceptar, de nuevo por razones de su contexto cultural y religioso, fue elogiado por muchos naturalistas rusos, dado que “Rusia carecía de una tradición creacionista arraigada” y había sido cumbre del origen de varias teorías evolucionistas (Todes, 1989, p. 24).

Sin embargo, como se adelantaba antes, décadas después, Kropotkin (1902) supo hacer una lectura de la obra de Darwin que lo reconciliaba con las ideas colectivistas. La visión holista del ruso menospreciaba la influencia de la competencia directa para la evolución y recalcaba la “lucha colectiva” contra las circunstancias adversas. Nada más comenzar el primer capítulo de su obra Mutual Aid, en el segundo párrafo en concreto, señala que, aunque el origen de la expresión “lucha por la existencia” proviene de la teoría de Malthus, Darwin escapa de “la estrecha concepción malthusiana” en la que se prima la competencia de todos contra todos. Lo que quiere argumentar el autor ruso es que Darwin fue capaz de introducir matices en el concepto de lucha que denotan cooperativismo: la dependencia mutua entre seres vivos y el caso concreto de los seres humanos, cuya capacidad moral puede neutralizar los duros latigazos de la selección natural. No obstante, aunque Darwin diera pasos hacia esa perspectiva más abierta, asegura, el influjo de Malthus no le abandonó y se nota, por ejemplo, cuando destaca los efectos biológicos nocivos para la especie humana de mantener a los débiles. Por otro lado, asevera Kropotkin, los seguidores de Darwin, con mención destacada a Huxley, se han encargado de mantener el concepto de lucha por la existencia en esa “estrechez malthusiana”, obstaculizando el florecimiento de teorías acerca de la importancia del fenómeno de la cooperación en la naturaleza.
Kropotkin se veía como heredero y propulsor del verdadero evolucionismo. Un evolucionismo que tenía sentido político. Y en el fondo de toda la argumentación del autor ruso subyace el señalamiento de una tensión que llega hasta nuestros días entre el sentido competitivo del concepto de lucha por la existencia y la dependencia ecológica de todos los seres vivos que dicho concepto pone de manifiesto. Escribe Darwin (1859, pág. 62) en uno de los apartados más importantes de su famosa obra: “uso el término Lucha por la Existencia en un sentido amplio y metafórico, que incluye la dependencia de un ser respecto de otro, e incluye no solo la vida del individuo, sino también el éxito en dejar descendencia”. Esa dependencia ecológica que declara Darwin como un elemento principal de la lucha por la existencia ha posibilitado corrientes darwinistas que rechazan la lectura competitivista y “liberal” de la naturaleza.
No es de extrañar, por ejemplo, que, Lynn Margulis, una de las más grandes detractoras de la interpretación individualista y competitiva de la evolución, haya promovido un ecologismo no antropocéntrico. Sin negar la selección natural de Charles Darwin, Margulis ha defendido que los grandes saltos evolutivos han dependido de procesos de cooperación y simbiosis entre organismos (Margulis y Sagan, 2013). En este sentido, la obra de Margulis dificulta la tradicional analogía liberal entre mercado y naturaleza. Si durante los siglos XIX y XX numerosos autores interpretaron la selección natural como una confirmación biológica de la competencia económica y del individualismo político, la importancia que Margulis atribuye a la simbiosis sugiere que la evolución depende tanto o más de la integración y la interdependencia que de la rivalidad entre individuos. La naturaleza deja así de aparecer como un espejo que legitima el ideal liberal de la competencia generalizada.
Relacionado con esto, Margulis ha sido una gran defensora de la hipótesis Gaia impulsada por J. Lovelock. La concepción ecológica de Margulis puede interpretarse como una impugnación indirecta de algunos de los presupuestos fundamentales del liberalismo clásico y de las lecturas conservadoras inspiradas en el darwinismo social. Frente a la imagen del individuo autónomo, competitivo y autointeresado que subyace a buena parte de la tradición liberal, Margulis sostiene que la propia identidad biológica es el resultado de relaciones constitutivas de dependencia y cooperación. Los organismos no son entidades aisladas que posteriormente establecen vínculos, sino productos históricos de procesos simbióticos. Asimismo, su crítica de la centralidad de la competencia en la evolución cuestiona las narrativas que presentan la rivalidad individual y la lucha por los recursos como fenómenos naturales que justificarían determinadas formas de organización económica y social. Sin embargo, esta crítica tampoco desemboca en una visión armonicista de la naturaleza. La Gaia de Margulis no es una comunidad moral ni un modelo normativo de solidaridad, sino un sistema ecológico indiferente a los intereses humanos. De este modo, su pensamiento rechaza simultáneamente tanto la naturalización liberal de la competencia como las versiones sentimentales del ecologismo que proyectan valores morales sobre la naturaleza.

Desde luego, esta visión tampoco es inocua para el plano político. El liberalismo moderno suele partir de la idea de individuos humanos dotados de derechos y dignidad especiales. Un enfoque radicalmente no antropocéntrico relativiza ese privilegio. Si los humanos son simplemente una especie más dentro de una red ecológica más amplia, entonces la prioridad absoluta de los intereses humanos deja de ser evidente. La economía moderna suele concebir la naturaleza como un conjunto de recursos disponibles para fines humanos. La perspectiva de Margulis dificulta esta visión porque los humanos aparecen como un componente más de una compleja red biogeoquímica.
Como se puede observar, en muchas ocasiones es inevitable que una propuesta científica tenga implicaciones sociales y políticas. Esta ha sido también una de las cuestiones más importantes alrededor de disciplinas jóvenes como la sociobiología y la psicología evolucionista. Autores como Edward Wilson, Richard Dawkins o Steven Pinker se han convertido desde los años ochenta en importantes divulgadores de una serie de corrientes que reivindican volver a enlazar de manera determinante las ciencias naturales con las sociales, superando, así, los temores heredados de los excesos del pasado. Durante gran parte del siglo XX, las ciencias sociales mantuvieron una actitud de profunda cautela hacia cualquier intento de explicar los fenómenos humanos mediante factores biológicos. Esta reacción respondía, en parte, al recuerdo de los usos ideológicos que ciertas interpretaciones de la teoría evolutiva habían tenido entre finales del siglo XIX y la primera mitad del XX. El darwinismo social, las teorías raciales, la eugenesia y diversas formas de determinismo biológico habían apelado a la naturaleza para legitimar jerarquías sociales, desigualdades económicas, colonialismo y políticas de exclusión. Como consecuencia, se consolidó una fuerte separación entre ciencias naturales y ciencias sociales, basada en la convicción de que las explicaciones biológicas de la conducta humana podían constituir una amenaza para la autonomía de lo social.
Tanto la sociobiología como la psicología evolucionista parten de un eje competitivista claro y su interpretación de la selección natural se centra en la competencia reproductiva, la maximización del éxito biológico y las estrategias adaptativas individuales. Así las cosas, la cuestión no es que los promotores de estas corrientes defiendan explícitamente el liberalismo. La cuestión es que frecuentemente asumen una ontología evolucionista donde el individuo es la unidad fundamental de análisis y, por lo tanto, es la cooperación la que necesita explicación mientras que la competencia es un fenómeno primario, basal, axiomático.
Precisamente aquí encontramos el contraste con autores como Margulis. Mientras que la sociobiología se pregunta cómo cooperan individuos inicialmente separados, Margulis se pregunta cómo entender el concepto de individuo si los propios individuos son el resultado histórico y presente de procesos de cooperación. Esta controversia recuerda, en cierto modo, a la que ha existido en las ciencias sociales desde el siglo XIX en torno al estatuto ontológico del individuo y de la sociedad, con decisivas consecuencias metodológicas, como la escisión entre holismo e individualismo. Así, por ejemplo, John Stuart Mill, en consonancia con sus convicciones liberales, concebía la sociedad como el resultado de la mera agregación de individuos y defendía que los fenómenos sociales debían explicarse en última instancia a partir de las propiedades psicológicas y las interacciones entre sujetos individuales. Comte, en cambio, había sostenido que el individuo aislado era una abstracción artificial. Para el fundador de la sociología, la realidad primaria era el organismo social, dentro del cual los individuos adquirían identidad y significado.
Volviendo a nuestro tema, son muchos los autores que han criticado el determinismo biológico subyacente a buena parte de las hipótesis y conclusiones defendidas por la sociobiología y la psicología evolucionista. Entre ellos destacan los biólogos Richard Lewontin y Stephen Jay Gould y los antropólogos Marshall Sahlins y Susan McKinnon. Esta última, en su obra Genética neoliberal, sostiene que muchas de las explicaciones ofrecidas por la psicología evolucionista no son el resultado inevitable de los datos empíricos, sino que reflejan una determinada concepción de la naturaleza humana profundamente influida por los valores del individualismo liberal contemporáneo. Según McKinnon (2012), los psicólogos evolucionistas tienden a proyectar sobre el pasado evolutivo categorías propias de las sociedades capitalistas modernas, tales como la competencia individual, la maximización del interés propio o el cálculo estratégico de costes y beneficios. De este modo, más que descubrir una naturaleza humana universal, estas teorías correrían el riesgo de naturalizar determinadas formas históricas de organización social y económica, presentándolas como consecuencias inevitables de nuestra herencia biológica. ¿No evoca esto a aquello que ya señalaba Engels?
En una línea similar, Lewontin, Gould y Sahlins han denunciado la tendencia a convertir explicaciones evolutivas contingentes en justificaciones de las desigualdades sociales existentes, reproduciendo bajo nuevos ropajes algunos de los presupuestos que habían caracterizado al determinismo biológico y al darwinismo social de épocas anteriores. En esta dirección, tanto la crítica de Lewontin en No está en los genes, escrito en colaboración con S. Rose y L. J. Kamin, como su propuesta en The Dialectical Biologist, en coautoría con R. Levins, revelan una manifiesta sensibilidad de inspiración marxista. Esta se expresa, en primer lugar, en la adopción de una perspectiva materialista y antireduccionista, según la cual los fenómenos biológicos y psicológicos no pueden comprenderse al margen de las condiciones históricas y sociales en las que se producen. En segundo lugar, en una crítica explícita a la tendencia de ciertas teorías biológicas a naturalizar las formas de organización social propias del capitalismo contemporáneo, presentándolas como derivaciones necesarias de la naturaleza humana. Y, en tercer lugar, en una concepción dialéctica de la causalidad, que rechaza tanto el determinismo lineal como la idea de unidades aisladas de análisis, subrayando en su lugar la co-constitución recíproca entre organismo y entorno, así como entre naturaleza y sociedad. Por lo tanto, la crítica no se limita al plano estrictamente científico, sino que se extiende a las implicaciones ideológicas de ciertos usos del discurso biológico, en la medida en que estos tienden a naturalizar como necesarias estructuras sociales que son históricamente contingentes.
¿Quién tiene razón entonces? ¿Los competitivistas, los cooperativistas, los biólogos dialécticos…? Probablemente la pregunta esté mal planteada. Todos ellos se consideran, con mayor o menor legitimidad, herederos de Darwin. Todos encuentran en la teoría de la evolución conceptos, metáforas o mecanismos que permiten desarrollar programas de investigación científicamente respetables. Y, al mismo tiempo, todos proyectan sobre esos conceptos determinadas formas de comprender al ser humano y la sociedad.
Lejos de constituir una anomalía, esta pluralidad forma parte de la propia historia del darwinismo. Desde Huxley hasta Margulis, pasando por Marx, Kropotkin, Wilson o Lewontin, las disputas sobre la evolución nunca han sido exclusivamente biológicas. También han sido controversias filosóficas, sociológicas y políticas acerca de qué aspectos de la naturaleza merecen ocupar el centro de nuestra explicación del mundo vivo. Reconocer esta dimensión política de la ciencia no implica reducir la biología a ideología ni negar la objetividad del conocimiento científico. Significa aceptar algo que desde hace décadas sostienen la filosofía y los estudios sociales de la ciencia: que las teorías no nacen en el vacío, que las preguntas que formulamos, las metáforas que empleamos y los fenómenos que consideramos relevantes están inevitablemente mediados por valores e intereses históricos y sociales. La objetividad científica no consiste en expulsar esos valores, sino en hacerlos explícitos, someterlos a crítica y confrontarlos con la evidencia y con otras perspectivas.
Quizá por eso Darwin siga siendo un autor tan incómodo y tan vigente. No porque su obra proporcione una fundamentación definitiva para una determinada ideología, sino porque continúa siendo un terreno de disputa desde el que pensar cuestiones tan decisivas como qué entendemos por naturaleza, qué lugar ocupa el ser humano en ella y cómo deben articularse nuestras formas de convivencia. Paradójicamente, la mayor herencia de Darwin no es haber cerrado esas discusiones, sino haber abierto un espacio intelectual en el que ciencia y política siguen dialogando, confrontándose y transformándose mutuamente.

Referencias
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De Andrés Fernández, A. V. (2026). Las derechas y las izquierdas: Todos quieren a Darwin en sus filas. The Conversation. https://theconversation.com/las-derechas-y-las-izquierdas-todos-quieren-a-darwin-en-sus-filas-278725
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Fuente: Conversación sobre la historia
Portada: serie de sellos de correos dedicada a Charles Darwin, publicada en 1982
Ilustraciones: Conversación sobre la historia
Para leer más del autor: Cuando los economistas irrumpieron cual Caballo de Troya en la teoría de la evolución (2023)
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