El silencio no detiene la ocupación y el genocidio de Gaza

Conversación sobre la historia


 

 
Rafael Zurita
Universidad de Alicante

Si hoy preguntamos, a cualquier chica o chico nacido en el siglo XXI, por Agustina de Aragón es probable que se encojan de hombros: “ni idea…”. En cambio, las generaciones nacidas en la centuria pasada, aunque no sepan nada más sobre ella, tienen la imagen de una mujer disparando un cañón contra los franceses. Podríamos explicar esta diferencia por cambios en los enfoques de los libros de historia de Educación Secundaria y Bachillerato, pero también, probablemente, por la sustitución, en el tiempo presente, de algunos de los artefactos culturales y símbolos que marcaron el nacionalismo español en los siglos XIX y XX. Desde luego, Agustina de Aragón formó parte del elenco de sujetos individuales, con protagonismo en la guerra de la Independencia, elegidos para conformar la identidad española. Es probable que la propia Agustina Zaragoza Domènech intuyera algo de ello. En 1845, recién cumplidos los 59 años, se dirigió Isabel II. En una carta, suplicaba “rendidamente” que no se interrumpiese el abono de su paga de subteniente de Infantería ni el aumento concedido posteriormente. Sustentaba dicha petición en el hecho de que su empleo, obtenido en 1809, era un reconocimiento por haber demostrado “su innato patriotismo en los dos eternamente memorables sitios de Zaragoza”. En consecuencia, sostenía, su pensión era el “premio de una acción en la que no tenía otro móvil que ser útil a su Rey y a su Patria”. El Intendente militar respaldó dicha petición con un argumento de peso: “Esta gracia, además de hacer honor al Gobierno que la concedió, debe respetarse por recaer en una persona que, por su sexo, corresponde calificar los servicios que hizo como altamente extraordinarios”. De acuerdo con los roles de género de la época, una mujer que había demostrado ser valiente no era nada común, pues el valor en el combate se consideraba una cualidad exclusivamente masculina. Su caso no fue el único en aquella guerra, si bien la resistencia de la mayoría de las mujeres se manifestó a través de otras acciones como el apoyo humanitario, logístico, la guerra de pluma… 

En realidad, las historias de mujeres guerreras que reciben reconocimiento nacional han sido un fenómeno global. La aparición de nuevos movimientos políticos en la época Contemporánea supuso la creación de héroes/heroínas y la redefinición de las antiguas figuras heroicas, de modo que las narraciones de las combatientes han sido empleadas para diversos fines políticos. Por ello, resulta interesante analizar sus representaciones, cómo utilizaron su rol y cómo otras personas e instituciones lo gestionaron. La más conocida es Juana de Arco, la campesina que lideró a los ejércitos franceses en la Guerra de los Cien Años y que se convirtió en icono global del heroísmo femenino y del patriotismo desde finales del siglo XIX. En Francia, apelaron a ella clericales y republicanos, Vichy y la Resistencia y, recientemente, desde el Frente Nacional hasta los activistas de los derechos de los gais.  

La participación de la mujer en la guerra implica la existencia de un sentimiento generalizado de beligerancia en la sociedad, pues resulta evidente que, a lo largo de la historia, los conflictos armados han obligado a las mujeres a posicionarse. A pesar de esta constatación, hasta comienzos del siglo XXI, la historiografía no había prestado atención a los diversos roles asumidos por ellas. Por eso, es interesante indagar en la perspectiva de género, pues los estudios muestran que las mujeres se han alineado, de forma mayoritaria, con la resistencia: defensa de sus cuerpos, de relaciones concretas, determinados valores o guiadas por la necesidad. Así, guerreras y matronas contribuyeron a reconstruir el tejido heroico de lo femenino. 

Serie Las Ruinas de Zaragoza, Juan Gálvez (dibujo) y Fernando Brambila (grabado), Cádiz, 1812 o 1813. Fuente. Wikimedia Commons,  https://es.wikipedia.org/wiki/Archivo:Agustina_de_Aragon.jpg

Por otra parte, el nacionalismo, construido a lo largo del siglo XIX con muy diversos componentes, pone un énfasis especial en la historia. Apela a un pasado idealizado porque se remonta a muchos siglos atrás y es atravesado por batallas e individuos singulares que lo protagonizan. Las victorias y las derrotas llenas de sacrificio se convierten así en hechos fundacionales y lugares de memoria, sustento esencial en la construcción de la nación. Además, guerra y nacionalismo, como fenómenos concurrentes que atraviesan la época Contemporánea, propician la creación de relatos épicos con sus héroes y heroínas. Por ello, los defensores de la comunidad, frente a los invasores/enemigos, son convertidos en personificación de la nación. Y las historias nacionales, escritas en el siglo XIX, van a encontrar un ávido y creciente público lector del que forman parte numerosas mujeres. Todo ello favoreció la “canonización” de las guerreras, que tuvo una especial repercusión en el mundo cristiano, pues se identificó a las heroínas con valores conservadores. 

Hay que tener en cuenta que las naciones fueron imaginadas mediante metáforas familiares, pues era una forma de hacer comprensible “la nación”, fenómeno y concepto abstracto. El uso de esa metáfora no era novedoso ya que, hasta el siglo XVIII, la relación entre el rey y sus súbditos había sido representada como la de un padre que cuidaba de sus hijos. La Revolución francesa utilizó también el lenguaje de la familia y, así, la “fraternidad” entre hermanos de la “madre patria” se convirtió en un concepto fundamental. Eso sí, la apelación a la igualdad entre los hombres quedaba sustentada en la subordinación del resto de los miembros de la nueva familia. Así, al considerar la nación como una familia, sus miembros tenían funciones diferenciadas: las mujeres encarnaban, desde el hogar, las tradiciones nacionales, mientras que los hombres ejercían como agentes progresistas de la modernidad nacional.  

La religión, además, desempeñó un papel fundamental, pues subrayó el perfil tradicional de las mujeres; así, cuando la comunidad estaba en peligro, ellas debían acudir en su ayuda, si bien a través de los mecanismos de persuasión. En España, desde 1808, muchos sermones se convirtieron en discursos patrióticos, con alusiones bíblicas para generar un sentimiento de adhesión también en las mujeres. Ante los atropellos sufridos por la Iglesia, las proclamas invocaban a la venganza, a la Reconquista y la expulsión de “los moros”, para combatir contra los franceses. En la poesía y prosa del momento, las heroínas de la patria son las nuevas mujeres fuertes de la Biblia, como Débora, Sara, Ruth, Abigail, Ester, Judith… Esta última, que representa la vida virtuosa y retirada, es defendida como modelo de mujer frente al referente combativo, que se aleja del ideal femenino de “debilidad y dependencia”. Por eso, muchos sermones, al citar a la mujer guerrera, utilizaron una retórica con referencias mitológicas, paganas, como las “amazonas”.  

The maid of Saragossa, William Roffe, 1857. The Art Journal, New York, p. 197, Fuente: Fondo Cortes de Aragón.

Como es bien sabido, la guerra de la Independencia fue convertida en un mito esencial de la nación española. A su vez, la narración de este enfrentamiento bélico y político se desarrolló con la creación de varios mitos: el 2 de Mayo, Bailén, los Sitios de Zaragoza y Girona, la guerrilla y las Cortes de Cádiz. En ellos, se concedió protagonismo a héroes colectivos e individuales, militares y civiles, hombres y mujeres, pues se interpretaba que las características de la nación también definían a distintos sujetos. En realidad, las figuras heroicas, como la idea del pueblo en armas, empezaron a construirse ya durante la guerra dentro de un relato épico. A ello se sumaron, durante el siglo XIX, las representaciones pictóricas de los acontecimientos bélicos. En esos cuadros, los grupos anónimos muestran a las clases populares, pero los efectos más importantes se logran con la presencia de personajes con nombre y apellidos, que dan veracidad a la escena. Y en las mujeres combativas se resalta su belleza y sensibilidad, lo que proyecta una fuerte emotividad. 

El caso de Agustina fue singular, pues pasó del anonimato a la fama -La Artillera-, de manera que, en poco tiempo, fue convertida también en heroína. Primero, por sus hazañas bélicas; más tarde, por el significado y la proyección que se dio a dichas acciones. En consecuencia, para entender la compleja formación y pervivencia del personaje histórico, y la vida de la persona que disparó el cañón, es necesario plantear dos perspectivas complementarias. Por un lado, están los estudios de historia de las mujeres y de género. Su principal aportación a la disciplina histórica ha sido el enfoque de las relaciones entre sexos como “relaciones sociales”, cultural y socialmente construidas. Esto implica que dichos vínculos cambian a lo largo de la historia porque los significados atribuidos al hecho de ser hombre o mujer han variado. Así, las mujeres han sido objeto de diversos discursos/representaciones en el tiempo, que han tratado de regular su comportamiento y fijar su “naturaleza”. Por ello, la historia de las mujeres es una reflexión sobre la compleja relación entre los discursos y las prácticas, en temas como los comportamientos familiares, las actitudes ante el cuerpo y los sentimientos o las nociones de público y privado. 

El enfoque biográfico, por otro lado, resulta obvio, si bien conviene realizar algunas consideraciones. Una trayectoria vital no está determinada de forma absoluta por la condición social, el género o un determinado espacio cultural o nacional; el azar influye y queda patente en la movilidad geográfica, social, en la toma de decisiones o en la vivencia de acontecimientos imprevistos o traumáticos. A ello cabe añadir, como ya se ha indicado, la relación entre los sujetos y las normas sociales o los discursos dominantes. Esto último, cabe entenderlo, no obstante, de una forma flexible; es decir, hay que ver cómo el sujeto, que vive una determinada cultura, interpreta lo que hace y lo que le sucede, y si decide (o no) reelaborar sus conductas. Esta experiencia vivida es, por tanto, una intersección entre las identidades interiorizadas como propias y las constricciones sociales. Además, el estudio de la trayectoria individual permite mostrar las complejas interacciones que se establecen entre los individuos y los acontecimientos o los procesos históricos. Al mismo tiempo, debido a las carencias documentales que afectan a muchas personas, el relato biográfico conlleva una relación de dependencia entre el dato positivo, contrastable, y la narración coherente y evocadora, pero sin fundamento probatorio. En consecuencia, en algunos momentos, es necesario acudir a la deducción, para así intentar acercarse a la singularidad del biografiado. 

Busto de Agustina Zaragoza, de Mariano Benlliure, 1902. Ayuntamiento de Zaragoza. Fuente: Rafael Zurita.

En última instancia, hay que tener en cuenta que la trayectoria de un individuo, en un determinado período histórico, no explica la de un grupo. Desde luego, el caso de Agustina Zaragoza Domènech no fue, en varios aspectos, el de la mayoría de las mujeres entre 1808 y 1814. Por ello, para entender el alcance real de su participación en la guerra es necesario ampliar la mirada. Las investigaciones y aportaciones que han indagado desde la perspectiva de género, realizadas a partir del Bicentenario de la guerra, han sido relevantes y referentes esenciales (Irene Castells, Gloria Espiado y Mª Cruz Romeo -eds., Heroínas y patriotas. Mujeres de 1808; y Elena Fernández, Mujeres en la Guerra de la Independencia). Estos libros mostraron los diversos roles de las mujeres en defensa de la causa antifrancesa, con las armas o como espías, en los ámbitos de sociabilidad en la retaguardia o por medio de la literatura y las publicaciones patrióticas. Durante el conflicto, muchas protagonizaron una participación política indirecta de diversas formas: al infundir valor a hombres y mujeres, ejercer de propagandistas, ofrecer a sus hijos como soldados y ponerse ellas mismas como ejemplo al portar armas. Este comportamiento no fue un caso aislado en las guerras napoleónicas; al contrario, en todas las sociedades europeas, las mujeres dieron similares respuestas y cobraron protagonismo en los distintos ámbitos donde se disputó la victoria. 

Así pues, al analizar la vida y el mito de Agustina de Aragón, me he planteado varios problemas que, a modo de preguntas, he intentado responder. Conciernen a diversas esferas de su trayectoria vital y a todos los períodos de la España contemporánea. Las historias de vida entrecruzan diversos planos como la familia, las amistades, la vecindad y el trabajo; todos ellos son atravesados por los sentimientos y las emociones y marcados por los discursos imperantes y el contexto histórico. ¿Cómo vivió entonces las identidades de hija, esposa, madre, militar, heroína, casada separada…? ¿Por qué motivaciones combatió durante la guerra? No olvidemos que Agustina también fue víctima del conflicto, pues cayó prisionera dos veces y perdió a su hijo. Y, a lo largo de su vida, ¿Qué margen o capacidad de actuación tuvo?: negociación, decisión, resistencia… Agustina murió con 71 años, de forma que su biografía nos muestra “los múltiples yo” y las diversas formas en las que otros la vieron y representaron en vida. Precisamente, la potencia del mito construido en torno a su figura como “Artillera” pudo impedir que se despejasen algunas incógnitas de su vida personal, referidas a la muerte de su primer hijo y a las relaciones que tuvo con sus esposos Juan Roca y Juan Cobo. 

Era lógico que en un contexto bélico surgiera una figura convertida en símbolo como La Artillera. La retórica de la guerra, centrada en el discurso patriota, dio un lugar fundamental a la presencia femenina desde 1808. Un relato que colocó como protagonista al pueblo español, católico y monárquico, por considerarlo fiel a las tradiciones, o como la representación de la nación soberana. Entonces, ¿cuándo, cómo y por qué Agustina Zaragoza se convirtió en Agustina de Aragón? El proceso tuvo un largo recorrido, no fue lineal y no siempre respondió a intereses concurrentes. Y lleva a preguntarse por la cultura de la celebridad, es decir, ¿Para qué se construye una heroína? Junto a un grupo de hombres, encabezados por el general Palafox, Agustina no fue la única, en los Sitios de Zaragoza, a la que se consideró heroína; pero ¿Por qué unas mujeres y no otras, se convirtieron en referentes nacionales? Su glorificación estuvo sometida a los discursos de género imperantes en el siglo XIX y constituyó uno de los elementos en la creación del Estado-nación. 

Sello de Correos de la República Española, 1939

¿Qué lugar ocupa Agustina en la memoria colectiva de los españoles? Sin duda, su éxito como mito nacional, al menos para las generaciones nacidas en el siglo XX, es notable. En ello, han influido diversos factores. Al terminar la guerra de la Independencia y, sobre todo, con la implantación del liberalismo, el heroísmo ofreció un modelo porque mostraba varias virtudes: valor, honor y sacrificio. También tuvo influencia, durante la segunda mitad del siglo XIX, el desarrollo de la historia nacional y de la pintura de historia. Por último, Agustina cobró fuerza como alegoría, como una Marianne que atravesó las ideologías. Este proceso se inició en 1870, con el traslado de sus restos mortales y la celebración de solemnes actos multitudinarios desde Ceuta a Zaragoza, con paradas en Cádiz, Sevilla y Madrid; siguió durante el Centenario de la guerra y quedó patente durante la Guerra Civil de 1936-1939. En paralelo, fue convertida en símbolo de unión entre pueblo y ejército y devino heroína aragonesa y española. 

El reto de abordar la figura de la heroína nacida en Barcelona en 1786 respondió a la constatación de que existían pocos libros sobre su trayectoria vital y ninguno acerca de la creación del personaje mitificado. Al mismo tiempo, había numerosos materiales historiográficos y suficientes documentos sobre Agustina. Sin embargo, como si de un puzle se tratase, muchas piezas todavía no se habían encajado para obtener una imagen de conjunto. Y, sin ella, no era posible afrontar las cuestiones y problemas enunciados más arriba. 

La biografía novelada realizada por su hija, Carlota Cobo Zaragoza ha resultado esencial. La ilustre heroína de Zaragoza o la célebre amazona en la guerra de la Independencia (1859). La obra, centrada en los años de la guerra, es un panegírico sobre la figura heroica de Agustina, pero Carlota, obviamente, contó con el testimonio de la protagonista. Lo indica, al terminar cada capítulo protagonizado por su madre, con una nota sobre la veracidad de lo narrado y aporta al final del libro una recopilación de documentos de la época. Sin duda, la novela es una fuente importante que, además, tuvo impacto sobre otras historias, pero no puede ser tomada como una biografía rigurosa. Interesa por varios motivos: es una muestra de la conformación cultural de los valores, la identidad nacional, de género y de las emociones que atraviesan al personaje. Además, permite delimitar el rol asignado a Agustina y a las mujeres y los hombres con quienes se relaciona en aspectos como la moral y virtud, el espacio público y doméstico. Al mismo tiempo, como género literario publicado a mediados del siglo XIX, es un ejemplo de las nuevas formas de producción y lectura, pues permite “escuchar” a la autora, a los lectores e, incluso, lo no dicho. La ilustre heroína… resulta útil también como representación del pasado, por la imagen que ofrece, sobre los acontecimientos de la guerra de la Independencia, 50 años después. Esto último, adquiere relevancia pues, ¿Por qué revive Carlota en 1859 lo que hizo su madre en 1808-1814?; y ¿Qué papel se reserva la autora como sujeto histórico? Por todo ello, a lo largo de estas páginas, utilizaré la novela en permanente diálogo con otras fuentes históricas. 

Sello de Correos de 1968

El segundo libro que recurrió a fuentes originales apareció en 1914. Agustina Saragossa Domènech. Heroína de los Sitios de Zaragoza fue publicado por el capellán castrense Agustín Coy. La obra es descriptiva y tiene un evidente tono nacionalista español, pero resulta muy útil porque aporta numerosos documentos inéditos, algunos desaparecidos hoy día. Francisco Lanuza es el autor de la tercera obra de referencia: Agustina de Aragón (1960). Este militar realizó un recorrido por la vida de la barcelonesa hasta su fallecimiento en Ceuta y dedicó también unas páginas a sus descendientes. Utilizó materiales publicados y documentación inédita del archivo familiar de La Artillera. ¿Quizá aparezcan documentos algún día…? 

A partir de todo ello, mi objetivo ha sido explicar las trayectorias y el significado histórico de “las dos Agustinas”: la persona, la mujer real, es decir, Agustina Zaragoza Domènech (1786-1857); y el personaje, el mito, Agustina de Aragón (1808-2024). Para lo primero, he acudido a las fuentes disponibles y a documentos inéditos, localizados en varios archivos. Estos últimos, en realidad, confirman determinadas cuestiones, adelantadas en anteriores investigaciones. También he procurado dar una cierta densidad a los diversos contextos históricos -nacionales y locales- que vivió La Artillera, lo que permite entender sus vivencias a lo largo de la primera mitad del siglo XIX español. El análisis del mito comienza en vida de la propia Agustina y he considerado necesario llevarlo hasta la actualidad. Relaciono, entonces, las interpretaciones realizadas por mis colegas durante los últimos veinte años con el análisis de nuevos materiales. En todo caso, aunque el título del libro parece sobredimensionar el elemento “heroico”, he buscado un equilibrio entre este y la mujer “de cuerpo y mente”; en definitiva, se trata de entender y explicar “las vidas” de Agustina de Aragón. La “doble” biografía de Agustina permite ver la relación entre historia, memoria y ficción y, al mismo tiempo, la tensión entre individuo y sociedad, para comprender su significado histórico. 

Para finalizar, cabe preguntarse si hoy podría convertirse en un referente más del movimiento feminista… Durante la guerra, rompió con los roles de genero asignados a las mujeres en el espacio público: mostró capacidad de resistencia, valor y resiliencia ante la adversidad y la imposición violenta. Al terminar el conflicto, Agustina volvió al anonimato de su vida privada, pero también en este espacio actuó con determinación y cierta autonomía: se separó de su primer marido; tras enviudar, a los sietes meses contrajo matrimonio con un estudiante de Medicina 13 años más joven que ella; quince años después, dejó de compartir domicilio conyugal con su segundo marido, a quien no citó en el testamento. Y, durante años, no dudó en exigir al Gobierno el pago puntual de la pensión que le correspondía como subteniente de Infantería. Agustina de Aragón: mucho más que una Artillera… 

Portada del cómic Agustina de Aragón, de Monzón y Mendoza, 2009

AGUSTINA DE ARAGÓN. Vida y mito de una heroína de guerra

Índice de la obra

Cronología  

Presentación 

Capítulo 1. Del campo a la ciudad 

Capítulo 2. 1803. Mujeres y sociedad urbana 

Capítulo 3. Estalla la guerra 

Capítulo 4. Zaragoza. Un minuto para la posteridad 

Capítulo 5. La artillera 

Capítulo 6. Vida anónima 

Capítulo 7. Imagen pública 

Capítulo 8. Carlota impulsa el mito 

Capítulo 9. Nacionalismo español y lugares de la memoria 

Capítulo 10. Del cine mudo al siglo XXI 

Agradecimientos 

Notas 

Archivos y bibliotecas 

Bibliografía 

Índice de ilustraciones 

Índice onomástico 

Agustina de Aragón. Vida y mito de una heroína de guerra. Ático de los libros, Barcelona-Madrid, 2025, 575 pp. 

Portada: Francisco de Goya, 1810, grabado “Que Valor!” de la serie “Desastres de la Guerra”

Fuente: Reseña y sumario del libro de Rafael Zurita Aldeguer. Conversación sobre Historia

Ilustraciones: Rafael Zurita

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