El silencio no detiene la ocupación y el genocidio de Gaza

Conversación sobre la historia


 

Manuel Martín Rodríguez*

Josep Pla (Palafrugell, 1897; Llofríu, 1981) tuvo un gran interés por la economía desde sus primeros años como periodista, que no perdió a lo largo de toda su vida. En 1927, escribía ya: «Yo había pensado, aprovechando el material de mi biblioteca personal, escribir una serie de artículos de economía que pudiesen constituir, vistos en perspectiva, un tratado de economía sin lágrimas»1. No llegó a hacerlo de esta forma, pero prodigó sus artículos de economía a lo largo de toda su vida. Sobre ellos, como sobre toda su obra, hay que hacerse algunas preguntas ¿Fue Pla un ensayista, como Montaigne, uno de sus autores preferidos? ¿Fue un glosador, al modo de Eugenio d’Ors, que tanta influencia tuvo sobre los jóvenes catalanes de su generación?2 ¿Fue un payés ilustrado, que veía el mundo como un pequeño propietario rural, obsesionado por la libertad, la seguridad y la desconfianza en el creciente intervencionismo del Estado? ¿Fue, simplemente, un periodista escéptico y socarrón, testigo de su tiempo, que escribió sobre casi todo, con un deliberado desaliño, con distintas interpretaciones posibles?

En las respuestas que han venido dándose a estas preguntas ha habido grandes coincidencias entre sus críticos. Joan Fuster, prologuista de El cuaderno gris, escribió a su muerte: «Pertenecía a la familia literaria de los que se dedican a opinar. Ideológicamente, Josep Pla fue siempre un conservador de estilo rural, pero sofisticado por las lecturas. Un conservador incómodo para los conservadores»3. Resina (2020), presentándolo como un memorialista, ha visto en la definición que hizo de Keynes una definición de sí mismo: «él [Keynes] nunca despreció la realidad de cada momento, él nunca se desvió hacia meditaciones irreales». Y Xavier Pla, su último biógrafo, ha destacado su carácter moralista: «Los escritos de Pla, como tantos otros de Fuster y de Eugenio D’Ors son herederos de los de Montaigne. Todos son escritores independientes, francófilos, persuasivos, individualistas, moralistas, conciben la escritura como autoexamen, siempre con un pie en la especulación intelectual y el otro en la creación pura»4.

Foto: editorial Destino
Leer la economía de Pla

Importan principalmente para nuestro estudio las opiniones de quienes se han acercado a Pla desde la economía. El primero en hacerlo fue quizá Castellet (1977), recogiendo sus ideas económicas de payés cosmopolita: su conservadurismo, su firme posición contra las revoluciones económicas, su sentido moralista del dinero, y su defensa de la libertad económica frente a una economía dirigida por cualquier tipo de burócratas. Millet y Biel lo definió por los que consideraba sus tres grandes enemigos: el chauvinismo, el patrioterismo y el espíritu revolucionario5. Ernest Lluch (1982) lo vio como un kulak, como un conservador rural perteneciente a la «clase de propietarios rurales, contraria en cierto modo a la burguesía». Y, más recientemente, Luis M. Linde (2003) lo ha presentado como un periodista de creación, de análisis, de crítica literaria, como un liberal conservador, antirrevolucionario, defensor a ultranza de una moneda sana, «fundamento de una sociedad civilizada», y contrario a cualquier tipo de ingeniería social, al intervencionismo económico y al comunismo, para él un simple «capitalismo burocrático».

Partiendo de estas ideas, cabría acercarse al Pla economista, bien desde una perspectiva estrictamente analítica, bien como a un periodista que escribió sobre prácticamente todo, incluida la economía. A lo primero invita que fue un buen lector de libros de economía y sus propios artículos, en los que hay términos, conceptos e ideas que requieren una cierta formación como economista. Sin embargo, he creído preferible una lectura menos dura, una lectura como periodista, dado que el objeto principal de este artículo es conocer cómo Pla captó lo esencial de la economía de Keynes, y cómo lo trasladó en sus artículos a sus lectores cuando el economista inglés era prácticamente un desconocido para la mayoría de ellos6. Para ello, a partir de aquí, el artículo se estructura de la siguiente forma: en el próximo epígrafe, se estudian sus años como corresponsal en París y Berlín durante la república de Weimar, en los que tuvo que enfrentarse al Tratado de Versalles y a la inflación alemana, conociendo las ideas de Keynes; a continuación, se presenta al Pla conservador liberal, defensor a ultranza de una moneda sana; en los tres epígrafes centrales se estudian su reencuentro con el nuevo Keynes del Treatise y de la Teoría General, los años en que se sintió deslumbrado por sus políticas, entre 1952-1956, y su elogioso ensayo sobre él, publicado en 1955-56, que incluimos íntegramente en este libro; y en los tres últimos, su progresivo abandono de Keynes y su vuelta al conservadurismo liberal.

Josep Pla delante del Palais Luxembourg de París, 1920, durante sus tiempos de corresponsal de ‘La Publicitat’. (Fundació Josep Pla, col. J. Vergés)
Corresponsal en París y Berlín: El Tratado de Versalles y la inflación alemana

En sus primeros años de periodista como corresponsal de La Publicidad en París y Berlín, Pla vivió dos grandes experiencias: la inflación alemana de los primeros años de la república de Weimar y la lectura de los textos de Keynes sobre el Tratado de Versalles y sobre la inflación. Discrepó de su jerarquización de valores para sus propuestas en The Economic Consequences of the Peace (1919), pero estuvo de acuerdo con él en la necesidad de recomponer la economía mundial sobre la base de la cooperación y en su análisis posterior de los horrores de la inflación en sus artículos en The Manchester Guardian The Nation.

Pla escribió su primer artículo sobre las propuestas de Keynes en octubre de 1920, siendo corresponsal de La Publicidad en París. Para él, Inglaterra se daba ya por pagada con haber destruido la marina de guerra de Alemania y con haber alejado por un tiempo la competencia comercial de sus productos en los mercados internacionales. El caso de Francia era muy distinto. Tenía regiones devastadas y la necesidad de mantener un gran ejército para poder defenderse en un futuro, por lo que necesitaba las reparaciones de guerra, cuanto mayores mejor. Y por ello, no creía fácil un acuerdo en el que Francia fuera la sacrificada7. Pocas semanas después, hizo una valoración directa del libro de Keynes. Los razonamientos de este conducían a admitir que los culpables de lo ocurrido habían sido los aliados al «oponerse a la avalancha teutónica», lo que era inadmisible. Y de ello deducía él «una clara antinomia en el capitalismo»: el capitalismo debía preservarse por los bienes que producía, pero, al mismo tiempo, «necesitaba extravasarse» con la guerra para mantener los equilibrios, «de manera que la conservación del orden económico exigía forzosamente la destrucción de ese mismo orden». Keynes no resolvía esta contradicción, sino que, por el contrario, la mantenía «desde el momento en que fija las bases para que el primer día de la paz sea una continuación del anterior al de la declaración de la guerra». Y esto era lo que le parecía realmente «repugnante» de Keynes: «A mí, lector neutral e imparcial, el libro de Keynes me ha parecido una pieza de teatro en la cual se intenta escamotear alguna cosa muy principal en beneficio de lo secundario». Aunque admitía las ideas económicas de Keynes, para él, era muy superior el valor de la justicia8.

Relacionando la inflación alemana con las reparaciones de guerra, Pla leyó a Keynes y los artículos que publicaron en La Publicidad J. Antonio Vandellós, J. María Tallada y Joan Crexells9, este último desde su corresponsalía en Berlín, en la que le sucedería en el verano de 1923, cuando la inflación estaba en su punto más alto. Para Crexells, el más brillante, por el que Pla sintió una gran admiración, la emisión de dinero en Alemania, necesaria para hacer frente a sus compromisos de guerra, no era ya la verdadera causa de la subida de los precios, sino que esta se debía a la mayor velocidad de circulación del dinero. La razón de ello había que buscarla en la Bolsa, a la que llegaban las previsiones de una caída del valor de la moneda, induciendo a los importadores a comprar divisas, esperando que el marco bajase. Y por tanto, la solución a este proceso acumulativo era la recuperación de la confianza, que, según Keynes, sólo se conseguiría rebajando las indemnizaciones de guerra10.

Destrucción de fajos de billetes de marcos superdevaluados por funcionarios alemanes en enero de 1924. Wikimedia

Influido por estas lecturas, Pla escribió decenas de artículos sobre la inflación alemana en sus años como corresponsal en Berlín11. En agosto de 1923, al poco de llegar, observó que los salarios crecían menos que los precios12. La inflación era, por tanto, para él, el impuesto más cruel que podía imaginarse: «Es un impuesto perturbador, demoniaco. El Estado se lo cobra sin necesidad de aparato burocrático, sin funcionarios, ni papeletas. Y la gente lo paga sin darse cuenta de ello, mientras duerme. Al levantarse, el dinero de su cartera vale la mitad de lo que valía cuando se fue a dormir. Es un impuesto que destroza el ahorro, agudiza la exasperación y hace vivir con los ojos fuera de las órbitas. Y como es un impuesto dirigido especialmente contra el pobre, podría calificarse de principio organizador del hambre a gran escala»13. En sus razonamientos, utilizó ampliamente a Keynes14. El Gobierno alemán solo tenía una preocupación: no pagar las reparaciones. Todo lo demás era secundario. Y, como todo giraba en torno a esta preocupación, el desorden interno y externo, si no algo impuesto, era «algo fomentado inconscientemente por arriba, algo ―diríamos― de orden real»15.

Por otra parte, la inflación había producido una gran acumulación de capital: «Puede decirse, sin exageración, que la clase obrera alemana ha trabajado, en esos últimos años, casi de balde». Pla, que conocía la teoría de la acumulación de Marx, acudió a ella para explicarlo. Lo que estaba ocurriendo en Alemania era una nueva forma de explotación y acumulación. A los obreros se les pagaba con una moneda que perdía valor día a día y de ello se benefician los pagadores de los salarios. Así como Inglaterra se había beneficiado de la acumulación cuando los trabajadores no estaban aún organizados, Alemania estaba beneficiándose ahora de la situación. Sin pobres, no podía haber acumulación, ni grandeza16.

Después de febrero de 1924, Pla no volvió a escribir sobre Keynes hasta abril de 1927, en que publicó dos nuevos artículos sobre las reparaciones. En el primero, explicó el funcionamiento de lo que Keynes y Crexells habían llamado «el circuito de Nueva York». Alemania pagaba indemnizaciones a los países aliados europeos. Con este dinero, pagaban a Estados Unidos sus deudas de guerra, que, a su vez, lo prestaban a estos mismos países. Así, los Estados Unidos «se han asegurado de manera tangible su dominación económica sobre Europa»17. En el segundo, comentó un artículo de Keynes en The Nation sobre el plan Dawes de reparaciones, al que auguraba que terminaría cayendo: los presupuestos de Alemania no serían suficientes para pagar las cuotas correspondientes; en caso de que pudieran pagarse, los marcos obtenidos no podrían convertirse en monedas de los países acreedores; y estaba por ver que las exportaciones alemanas de carbón, hierro, acero y textiles fueran aceptadas por los países competidores, que a la vez eran también sus acreedores. El hecho paradójico, apostillaba Pla, era que Alemania solo podría pagar si se enriquecía. Y, ¿cómo podría enriquecerse si tenía que pagar tanto? La única posibilidad era que recibiera de sus acreedores tanto como les pagaba. Y ello exigía replantearse el Plan Dawes18. Después de estos artículos, ya no volvería a ocuparse de Keynes hasta la década de los cincuenta.

Conservadurismo liberal y moneda sana

La experiencia de la inflación alemana y el fuerte intervencionismo económico en España durante la dictadura de Primo de Rivera y el primer franquismo, reafirmaron a Pla en sus valores de payés conservador liberal y cosmopolita. En Viaje en autobús (1942), un extraordinario testimonio de la posguerra civil, y en sus artículos de este tiempo, hay numerosas críticas, veladas o explícitas, a la política económica que se estaba practicando. El Estado lo hacía todo: «Se ocupa de las primeras materias, de las segundas materias, de las terceras materias. Se ocupa de precios y clientes, de jornales y de subsidios, de horarios y fletes. Es una delicia. Nosotros no hacemos más que llenar papeles y a cobrar. Es una cucaña auténtica». Para él, cada día eran más evidentes las intervenciones del Leviatán moderno y sus efectos negativos sobre las actividades privadas. Hacía cinco o seis años que «descansábamos», pero la procesión iba por dentro: «Implantamos el socialismo, creamos la autarquía. Pero lo cierto es que implantar el socialismo y caer en los defectos más absolutos de lo que se acaba de aterrar fue uno y lo mismo. Nacieron las fortunas como las setas nacen en otoño en los pinares y en los alcornocales. A más control, más impunidad. A más línea, más audacia. A más socialismo, más frivolidad, menos contabilidad, más zonas de sombra y de misterio»19.

En especial, los alegatos de Pla contra la inflación fueron continuos, relacionándola ahora con el intervencionismo y el socialismo, que para él no eran cosas muy distintas. En 1945, comentando los altos beneficios de las empresas, escribía: «Se ha ganado aquí, en España, mucho dinero, se han amontonado, sobre determinadas personas, kilos y kilos de papel moneda y esta es una de las características más notorias, en este espacio, de la época moderna». Pero cuanto más numerosas, rápidas y fabulosas fueran las fortunas, con un empobrecimiento paralelo de la mayoría, menos valdrían los billetes. Sus recuerdos de Berlín estuvieron siempre presentes: «La inflación crea grandes fortunas. En los trágicos momentos de la inflación alemana ―el mayor espectáculo de descomposición moral que me ha sido dable contemplar en el curso de mi vida periodística, inflación que dio lugar por otra parte al nacimiento del movimiento nacionalsocialista― se concentraron sobre algunas personas inmensas fortunas. Los especuladores compraban fábricas, barcos, casas, bancos, dólares, obras de arte, mujeres. La condición de la miseria de los más daba a unos poquísimos, posibilidades inmensas». Pero la abundancia de papel moneda, su fabricación a chorro limpio, no quería decir que se repartiera equitativamente: «Resolver los problemas económicos a base de apelar a la fabricación de billetes ―y subir los jornales como panacea universal, equivale sistemáticamente a un aumento de la circulación fiduciaria― quiere decir, en definitiva, que se iba a un sistema según el cual los pobres son cada vez más pobres y los ricos son cada vez más ricos». Socialismo, inflación, miseria e inmoralidad eran una misma cosa. Un pueblo podía vivir perfectamente en la miseria y el caos a pesar de contar con miles y miles de funcionarios propuestos y pagados para eliminar el caos y la miseria20. Afortunadamente, el socialismo, «no siendo más que un método para devorar las reservas acumuladas por un siglo y medio de capitalismo», tenía un tope fatal: el descenso progresivo de estas reservas, con el descenso paralelo del signo que las representaba.

Josep Pla en la redacción de la revista Destino. Barcelona, 1942. Autor desconocido. Fundació Josep Pla, col. Josep Vergés.

Reencuentro con el Keynes del Treatise y la Teoría general (1943-1953)

Al terminar la guerra civil, Pla se recluyó en su casa familiar de Llofriu durante casi quince años, cultivando viejas amistades, como Josep Martinell, haciendo otras nuevas, como Durán Farrel, Dionisio Ridruejo21, Manuel Ortínez o Vicens Vives, leyendo a Plauto, Terencio, Montaigne, Shakespeare, Moliere, Voltaire, Leopardi o Stendhal, hojeando los periódicos que recibía regularmente del extranjero, Le MondeCorriere della Sera22The New YorkerThe Nouvel Observateur, publicando libros y escribiendo artículos para ArribaDiario de Barcelona Destino, en los que siguió interesándose por la economía. En su biblioteca de Llofríu, pese a haber sido expurgada varias veces, aún se conservan algunos libros de economía, de los que hizo reseñas en la prensa: Hayek (Camino de servidumbre,1946), Röpke (La crisis social de nuestro tiempo,1947), Sardá (La política monetaria y las fluctuaciones de la economía española en el siglo XIX,1948), Marx (Histoire des doctrines economiques, edición de Kautsky, traducida al francés, 1947), Malthus (Ensayo sobre el principio de la población,1951), Lucas Beltrán (Economistas modernos, 1951),  Galbraith (Capitalismo americano,1956) y otros. De Keynes leyó en estos años The General Theory of employment, Interest and Money (1936) y sobre él, al menos a Harrod (The Life of John Maynard Keynes) y Prebisch (Introducción a Keynes).

En septiembre de 1943, volvió a escribir sobre Keynes para preguntarse cómo se pagaría la nueva guerra mundial. «En 1918, un grupo de economistas, de políticos y de financieros de una ancianidad prehistórica, imaginaron aquello de las reparaciones para hacer pagar los gastos de guerra a Alemania», pese a que Keynes demostró las graves consecuencias que se derivarían para el orden económico internacional. Ahora, afortunadamente, la solución parecía que iba a consistir en volver a poner en marcha el comercio internacional. Pero ¿podía existir una industria rica, floreciente y pujante con mercados pobres? Este era el gran problema, del que ahora se había ocupado Keynes23.  En los años siguientes, nuevo silencio hasta 1949, en que publicó dos nuevos artículos sobre él en Diari de Barcelona. En el primero, al describir la situación de la economía española, dijo que «el libro de nuestros días sobre las abstrusas cuestiones económicas» que había que seguir para hacerle frente era su Tratado sobre la moneda, de KeynesY en el segundo, se refirió a las profundas diferencias entre las políticas económicas de la primera y segunda posguerras mundiales. Gracias a la historia y, «sobre todo, a los libros de lord Keynes», se sabía que la crisis de después de la primera guerra mundial había sido consecuencia, «no de una intrínseca ineluctabilidad, sino de los errores cometidos por los dirigentes políticos de la época, completamente ignaros en materias económicas». Por ello, la actual posguerra se estaba llevando más racionalmente24.

En mayo de 1952, Pla expuso por primera vez las nuevas ideas de Keynes, aunque todavía de forma muy elemental. La crisis de 1929 había dado lugar a nuevas reflexiones de los economistas sobre los ciclos. Los estudios de Keynes habían partido de ahí, habían cambiado la forma de ver la economía, y el New Deal de Roosevelt había sido su primera aplicación práctica. Ahora, con sus ideas, se pensaba de forma distinta. «En un régimen de plena ocupación, el público destina una parte de sus rentas e ingresos a la compra de bienes de consumo y lo que le sobra, a comprar bienes de producción. Esto es lo que supusieron siempre los economistas clásicos. Pero había una tercera alternativa. El público puede no comprar ni bienes de consumo, ni bienes de producción, sino guardarlos sin realizar ninguna adquisición. Surge entonces la depresión. La depresión se alimenta a sí misma. La industria afectada por la depresión, al no vender toda su producción, despide obreros, reduce sus compras de materias primas, de maquinaria, etcétera. Los obreros despedidos, los productores de estas materias primas, de maquinaria, etcétera, reducen asimismo sus compras con lo cual se acentúa la depresión, la extienden a nuevas industrias, produciéndose un círculo vicioso que intensifica y amplía a crisis». Esta depresión solo se detenía cuando la producción total disminuía hasta igualarse a la demanda efectiva. Y, una vez detenida, podía ocurrir, aunque no necesariamente, que un sector del público aumentara su consumo de unos determinados artículos y entonces la prosperidad se alimentaba a sí misma. «Según Keynes, pues, la tendencia al ahorro es perjudicial si no va acompañado de suficientes inversiones, es decir, de compra de bienes de producción. No es que Keynes fuera contrario al ahorro. Lo que dice es que el remedio a la depresión puede ser no solo el aumento de la demanda de bienes de consumo, sino el mantenimiento de la tendencia al ahorro con el aumento de la inversión»25.

Diario de Barcelona, 29 de mayo de 1952 (Arxiu Històric de la Ciutat de Barcelona/Hemeroteca digital)
El entusiasmo de Pla con las políticas keynesianas: sus viajes a Nueva York y países de Europa

En la primavera de 1954, Josep Vergés, editor de Destino, propuso a Pla incorporase a un viaje en barco a Nueva York, organizado por la revista26. Unos meses después, el 29 de julio, se embarcaba en Bilbao en la motonave Guadalupe para escribir unas crónicas del viaje. El pleno empleo, la abundancia económica y el bienestar social en la gran manzana le impresionaron más que sus rascacielos, la Quinta Avenida o los puentes sobre East River. Al volver, fue entrevistado por un redactor de Destino. En sus respuestas hubo referencias explícitas a Keynes, que no había hecho en sus crónicas del viaje: «La política económica americana, como la inglesa, como la que ahora trataba de implantar en Francia el presidente Mendès France, se basaba en las doctrinas del difunto lord Keynes: jornales altos, capacidad adquisitiva de los obreros cada vez mayor, eliminación de las crisis de consumo, elevación del tono de la vida y producción en masa para conseguir, en lo posible, el abaratamiento de las mercancías». Y cuando el periodista le preguntó por la posibilidad de una nueva crisis económica en Estados Unidos, mostró su gran confianza en la eficacia de las políticas keynesianas27.

El éxito de los artículos de Pla sobre Nueva York llevó a Vergés a proponerle nuevos viajes por Europa. De 1954 a 1957, visitó Francia, Italia, Alemania Occidental, Inglaterra, Bélgica, Holanda, Austria, Suiza, Grecia, Dinamarca, Noruega, Suecia e Islandia, algunos de estos países varias veces, desde los que fue enviando sus artículos, ahora con continuas referencias a Keynes, como principal responsable de las ideas que habían hecho posible su espectacular crecimiento después de la II Guerra Mundial.

En su primer viaje a Francia, a finales de 1954, Pla definió así a Mendès-France, recién nombrado primer ministro: «M. Mendès-France es un economista. Es un economista de la economía dirigida. Un dirigista. Pero no un dirigista de tipo alemán, sino de tipo americano ―pensando, quiero decir, en el New Deal de Roosevelt―. El clásico de Mendès-France es el mismo que el que lo fue de Roosevelt: lord Keynes y la doctrina del Full Employment»28. Meses después, cuando volvió a Francia, se había conseguido ya el pleno empleo, había más ahorro e inversión y había un superávit comercial frente a la Unión Europea de Pagos después de años de déficit. ¿Cuál había sido la clave de esta envidiable situación? Edgar Faure, que dirigía la economía desde hacía años, y Mendès-France, «los dos cerebros mejor construidos de su país», más liberal el primero, más dirigista el segundo, «se habían nutrido de las ideas de la economía moderna, formuladas por lord Keynes». Pero habían comenzado a aparecer ya algunos problemas: de un lado, el peligro de que el elevado consumo disminuyera las exportaciones de determinados productos, necesarios para el funcionamiento de la propia economía francesa; de otro, los créditos excesivos para la construcción de viviendas, que «constituyen un foco de inflación larvada»29. Pla comenzaba a ver los efectos no deseados de las políticas keynesianas, pero lo realmente importante era que gracias a ellas se había conjurado el peligro del comunismo.

Viaje de retorno de Josep Pla de Nueva York con destino a Bilbao, 1954 (foto de autor desconocido, Fundació Josep Pla, col. Josep Vergés)

En Italia observó que «se había emprendido un nuevo camino», completamente distinto al de antes de la guerra y distinto al de Francia. Eliminar el parasitismo, liquidar los monopolios, preocuparse por la justicia social, instaurar la iniciativa privada, estaban siendo ahora los grandes objetivos, con excelentes resultados. Y las causas había que buscarlas en las políticas de De Gasperi y Einaudi y en la lluvia de dólares del plan Marshall, que había llegado principalmente a particulares y a empresas, lo que había permitido avanzar en la industrialización. «Líbreme Dios de afirmar que Italia es un país de economía libre de controles o dirigismo, como lo es la Alemania occidental de Adenauer y de su ministro de Economía, el famoso Dr. Erhard», observaba Pla. «Aunque hubiera sido un semidios, Einaudi no hubiera podido instaurar ―después del dirigismo fascista y en el Estado de catástrofe de la inmediata posguerra― un régimen de economía liberal estricta», pero había sido una gran luz para poder instaurar los principios de una buena administración: presupuesto único, equilibrio presupuestario, balanza comercial equilibrada y, a poder ser, positiva, defensa de la moneda como fundamento de una sociedad moral, equilibrio entre salarios y precios, respeto a las fuentes de la riqueza, acceso del capital extranjero a los negocios del país para luchar contra la pobreza, creación de una mano de obra calificada a través de escuelas profesionales y respeto a la libre iniciativa30.

En Alemania, Pla recordó sus años en Berlín durante la hiperinflación de la república de Weimar. Desde allí envió ocho extraordinarias cartas, publicadas entre el 5 de marzo y el 23 de abril de 1955. Su proceso de recuperación económica estaba siendo también distinto al de Francia y otros países europeos. Durante los diez años transcurridos desde el final de la guerra, Alemania solo había tenido un canciller, Adenauer, y un partido político en el gobierno, la democracia cristiana, que había sabido encauzar el proceso de acuerdo con la forma de ser de los alemanes: Se había empezado por las comunicaciones «para asegurar la alimentación y dar el impulso necesario a la vida del país: es decir, para dar al comercio y a la industria el impulso que necesitaba para ponerse en marcha». Tras la estabilización del marco, «hoy una moneda, fuerte y dura», había comenzado a crecer un amplísimo número de industrias con plena libertad de actuación y en constante expansión. La causa última era el trabajo de los alemanes. Para el gobierno quedaba principalmente la vigilancia, «fomentando la economía de empresa, combatiendo el dirigismo, dejando la compra y la venta absolutamente libres». Como en sus crónicas de Italia, no mencionó a Keynes31. En Alemania e Italia, las políticas keynesianas se estaban llevando a cabo a distinta escala y de forma distinta a como se estaba haciendo en Francia.

En Inglaterra, Pla no vio grandes diferencias entre las políticas económicas del partido laborista y el partido conservador, ambas inspiradas en Keynes: «Leyendo las manifestaciones de los partidos, uno se da cuenta del grado de profundidad a que han llegado en este país las doctrinas económicas de John Maynard Keynes». La prosperidad actual de Inglaterra se debía, en buena parte, a las inversiones masivas en las industrias básicas del laborista Stafford Cripps. Y Butler, el actual ministro de hacienda, conservador, educado en la escuela de Cambridge de Marshall y Keynes, había continuado sus mismas políticas, con solo pequeños cambios. Aunque más liberal, sus ideas también eran «favorables a la creación de la apetencia por el consumo, a los jornales altos, al aumento de la capacidad adquisitiva del pueblo, a una sistemática política de inversiones, o sea, a la promoción de las fuentes de riqueza»32. Por ello, estaba viviendo una situación muy distinta a la de la posguerra anterior: «Aquella fue un final de etapa, los últimos años del capitalismo clásico, de la burguesía mercantilista. Esta parece, por el contrario, el principio de una nueva fase de la historia de Europa, los inicios de una revolución económica profundísima, caracterizada por la aparición de nuevas formas de capitalismo, con la ascensión de masas ingentes de familias». El keynesianismo «había transformado el viejo capitalismo clásico en un nuevo capitalismo»33. Y las ideas que lo habían hecho posible eran las de Mr. John Maynard Keynes «en su famoso libro The General Theory of Employment, Interest and Money». La economía había dado un paso gigantesco y hoy tenía unos principios aplicables a todos los países que trataban de resolver el problema de la miseria: «Hoy un inglés habla de las cuestiones económicas como un alemán, como un francés, como un escandinavo, como un italiano, como un americano». Se trataba de evitar a toda costa que la corriente de industrialización pudiera encontrarse con stocks invendidos o invendibles. Fortalecer al comprador, con salarios altos, era la condición de una industria próspera y rica34.

Josep Pla en Londres, en 1955 (foto: EPA)

En sus artículos desde Bélgica, Pla repitió estas mismas ideas, verdadero leitmotiv de su viaje por Europa, acentuando la providencial eficacia del keynesianismo frente a lo que había parecido a todos una inevitable extensión del comunismo. «Hemos pasado las tres cuartas partes de nuestra vida (dicen los viejos) creyendo y afirmando que no puede existir una sociedad normal a base de gastar, de despilfarrar, de subir los jornales, de consumir, de consumir cada día más. La parvedad, la estrechez, la moderación era la línea que se debía seguir. Nos anunciaron catástrofes horribles si se rompía esta línea. Esta línea se ha roto y la catástrofe, por el momento, no se ha producido». Cada día se trabajaba menos, gracias al aumento de la productividad, y el obrero «largamente pagado no solo produce más, sino que tiene menos veleidades comunistas». Paradójicamente, lo que había venido a salvar a Europa había sido, precisamente, la fuerza inmensa del comunismo inmediatamente después de la guerra. El miedo al comunismo era lo que explicaba la revolución producida en la mentalidad capitalista. Sin la existencia de este miedo, el capitalismo sería hoy un fenómeno arcaico desprovisto de soluciones, una sucesión de crisis alternadas con ligeros y esporádicos momentos de euforia. «Si los salarios no fueran altos y la gente no pudiera gastar, el país estaría lleno de stocks de mercancías invendidas. No hay pues más que una táctica para destruir al comunismo: elevar el tono de vida de la gente. Esta táctica es enormemente más eficiente que mantener la pobreza y aumentar la policía»35.

Holanda, que había partido en las peores circunstancias imaginables por la pérdida de Indonesia, había seguido su propio camino, pero sin «apartarse completamente del camino de la nueva economía de Keynes». Frente a la mayor libertad económica de la que habían gozado Alemania, Italia y Bélgica, aquí se había recurrido al intervencionismo36. Se habían bloqueado los salarios ajustándolos al coste de la vida, lo que había exigido el sacrificio de los agricultores, que vieron intervenida su producción, bajo la promesa de que el dirigismo no sería eterno, sino un mal transitorio.  Pero el proceso de industrialización se había hecho siguiendo los pasos del laborismo inglés, con una fuerte intervención del Estado, aunque sin llegar a las nacionalizaciones. «Fue un régimen duro, antipático, en muchos casos doloroso y largo», pero el pleno empleo del que gozaba ahora se debía a las inversiones que habían hecho sus ministros en el tiempo de las vacas flacas. Su industrialización no se había producido a base de autarquía, sino a base de contemplar el conjunto de la economía europea como una suma de economías complementarias. La rapidez de los efectos demostraba que las inversiones que se hicieron fueron rentables, es decir, «que en ellas se produjo lo que Keynes llama la eficacia marginal del capital». Aunque el dirigismo había producido una inflación larvada, con precios a un nivel artificialmente bajo, gracias a la devaluación de 1949, Holanda había pasado a ser una nación acreedora frente a la Unión Europea de Pagos, y el gobierno se esforzaba en mantenerse en la realidad37.

En septiembre de 1955, Pla hizo un resumen de lo que llevaba visto en Europa hasta entonces. «En el mundo de hoy, Nueva York es la ciudad piloto, el punto más alto de una concepción de la vida que están siguiendo con más o menos empuje, pero con un clarísimo sentido, los países europeos que han creado la inmensa y creciente prosperidad que caracteriza a la Europa occidental». Todos hablan «un lenguaje keynesiano y su propósito más profundo y claro es promover el bienestar general a través de la industrialización, realizada con inversiones inteligentes, útiles y eficaces, debidas por tanto a la iniciativa personal», gracias a lo cual se iban sorteando los escollos de la demografía, haciendo posible el pleno empleo. «Las ideas de Keynes son hoy el pan espiritual de los estudiantes de economía de las Universidades de Europa y los Estados Unidos de América». Él mismo usaba la terminología keynesiana: eficacia marginal del capital, multiplicador, propensión al consumo, demanda efectiva, etc. Lejos de las miserias padecidas en la anterior posguerra, al fin habían podido desentrañarse las crisis económicas.

Página del dietario de Josep Pla del día 1 de enero de 1956. Archivo Frank Keerl Pla

El ensayo de Pla sobre Keynes (1955-56)

Después de sus viajes por Europa, Pla llegó a sentir una verdadera admiración por la obra de Keynes, y decidió dedicarle tres largos artículos en Destino, con el título de «Una noticia: John Maynard Keynes (lord Keynes)», publicados los días 24 y 31 de diciembre 1955 y 7 enero de 1956. Su exposición fue, en general, correcta en términos analíticos. Comenzó con lo que, para él, era lo más importante del keynesianismo: con sus ideas, Keynes había contribuido decisivamente a «la inmensa prosperidad que reina hoy en el mundo, a la dilucidación de la crisis del capitalismo, a la obsesión del pleno empleo, a la elevación del tono general de la vida, a la lucha contra la miseria, a la reversión de casi todas las ideas que en la economía pública imperaron durante toda la etapa de la civilización burguesa». Comparándolo con Marx, lo veía mucho más humano en su sistema de valores, completamente opuesto al comunismo38. Y de ahí que hubiera visto que la libertad económica estaba seriamente amenazada «por el socialismo del Estado, por el dirigismo del Leviatán» y que solo podía salvarse aplicando la teoría del mal menor, recortándola un poco para salvar todo lo que pudiera ser salvado.

Después, expuso su teoría económica. Para Keynes, el capitalismo era la crisis «corregida por momentos de prosperidad esporádica, fugaz e inaferrable». Los economistas clásicos, incluidos Marshall y Pigou, sus maestros en Cambridge, nunca habían tenido una buena teoría económica sobre las crisis, «porque, considerando que el mercado de trabajo es un mercado como otro cualquiera, aplicaron a este mercado sus ideas sobre el mercado en general»: el precio del trabajo tendía a ajustarse a un nivel en que todos pudieran trabajar, con lo que el paro se explicaba como una simple negativa de los trabajadores a aceptar salarios más bajos para equilibrar el mercado de trabajo. Para Keynes, por el contrario, las crisis económicas se debían a «la presencia en un mercado determinado de stocks de mercancías invendidas (es decir, de la tendencia del ahorro a ser mayor que las inversiones), por lo que la única manera de suprimir una crisis es crear las condiciones objetivas de una demanda efectiva». Y esta demanda venía dada por «la propensión a consumir, a invertir», con lo que el problema se reducía a tratar de mantener un equilibrio permanente entre el ahorro y la inversión.

Pero mantener este equilibrio no era fácil, porque el ahorro y la inversión eran realizados por distintas partes de la sociedad. «Cuando el ahorro es superior a la inversión se produce la deflación y la miseria. Cuando la inversión es superior al ahorro, se produce la inflación, el desorden y el caos, y, en definitiva, se llega a la miseria por otro lado». El paro, por tanto, no podía combatirse reduciendo los salarios, sino aumentando la capacidad adquisitiva de los trabajadores. Producción y consumo eran «dos momentos de un proceso cerrado», por lo que, para que hubiera más consumo tenía que haber mayor producción y las inversiones debían ser rentables. Una sociedad próspera no podía basarse más que en un «provecho permanente», vinculado íntimamente con «la sagacidad y la calidad de las inversiones», sorteando la inflación y la deflación, por lo que «las inversiones equivocadas, basadas en el amor propio, a veces en el patrioterismo vocinglero, o en la ignorancia, podían ser una pérdida seca, total y definitiva, la dilapidación de grandes cantidades de tiempo y de esfuerzo»39. Pla no hacía, por tanto, una interpretación castiza del keynesianismo, tan habitual en la España de su tiempo. Más aún, parecía estar denunciando a quienes lo interpretaban de este modo. No bastaba con elevar los salarios, ni con crear empleo fácil mediante obras públicas improvisadas e inútiles, ni con alentar un consumo dilapidador, sino que debía haber un verdadero impulso productivo con inversiones rentables.

Destino, 24 de diciembre de 1955 (foto: Biblioteca de Catalunya/Arxiu de Revistes Catalanes Antigues)

Por otra parte, Keynes no era, para Pla, «un hombre que viese las cosas en pequeño, con un espíritu nacionalista y de campanario». El ejemplo que utilizó para ilustrarlo fue su visión de la solución al paro arbitrada por el capitalismo de la economía clásica. Un país con un comercio exterior sustancioso, como Inglaterra, podía aumentar su mercado de trabajo reduciendo salarios y costes, siempre que otros países igualmente situados no hiciesen lo mismo. Pero con ello, en modo alguno se resolvería el paro en el mundo, que era lo que realmente importaba. Simplemente, se trasladaría de unos países a otros, creando graves problemas entre ellos, como había ocurrido con los manejos del doctor Schacht en Alemania, o con los de Perón en la Argentina40.

A partir de aquí, Pla explicó el modelo de crecimiento que se estaba siguiendo en Europa, basado en una rápida industrialización. «La base objetiva de todo proceso de industrialización es la demanda efectiva. La demanda efectiva se destruye no solo con la existencia del paro, sino con la existencia de jornales insuficientes». Por ello, las crisis solo se resolvían cuando «los hombres y las mujeres ganan lo suficiente para crear una demanda efectiva, cuando tienen una capacidad adquisitiva superior a su mera subsistencia, suficiente para acercarse a las mercancías que la industrialización crea». En los últimos años, el proceso de industrialización había realizado grandes progresos en Europa, pero esto no habría hecho más que aumentar las dificultades si paralelamente no hubiera aumentado la capacidad adquisitiva de las masas, como había ocurrido realmente.

Viniendo de quien era tenido por un conservador liberal, los artículos de Pla sobre Keynes debieron causar un gran impacto en sus lectoresA la revista llegaron decenas de cartas, interesándose por Keynes, por sus libros, por sus traducciones al español y por los libros en que se explicase su economía, la mayoría de ellas favorables a Pla, pero otras muy críticas con sus propuestas. Especialmente interesante fue la de Mariano Bordás41, quien, aun reconociendo a Keynes «haber sido la solución para hacer marchar valientemente al capitalismo», no se mostró tan entusiasta con su economía, a la que planteó dos grandes objeciones: por un lado, aunque buscara el pleno empleo y el equilibrio económico, el resultado había sido «una inflación, moderada pero implacable, que, como un veneno lento, podrá ser un calmante, pero nunca un remedio de curación definitiva»; por otro, la veía como una imposición del marxismo, que no había dejado al capitalismo más camino que este, esperando pacientemente sus frutos finales. Y, tras estas objeciones, preguntó directamente a Pla: ¿no presentaba la economía clásica ventajas evidentes respecto a la inflación y la producción en el largo plazo?

Bien fuera por sentirse directamente interpelado, bien porque la revista le pidiera continuar escribiendo sobre Keynes, por el gran éxito editorial conseguido con sus artículos, Pla decidió contestar a Bordás en un cuarto artículo, «Con motivo de una carta. Complemento a la Noticia sobre Keynes», publicado en Destino el 10 marzo 1956, en el que, aunque repitiendo lo fundamental de sus anteriores artículos, añadió nuevas ideas 42. Respecto al aumento de la producción, decía Pla, los economistas rusos habían pensado que la economía capitalista experimentaría una crisis similar o mayor que la sufrida en 1929, pero, viendo los resultados, «habían renunciado, al parecer, a la mano de doña Leonor». Si Keynes había terminado imponiéndose era porque su economía era una respuesta real a los brazos que había que emplear y al aumento de bocas que había que mantener, lo que se había conseguido con inversiones no improvisadas e inútiles, sino «positivas y rediticias», que habían permitido pagar salarios altos y tener una masa compradora para mantener el proceso. Y respecto a los riesgos de inflación, Pla se planteó la misma pregunta que venían haciendo continuamente los keynesianos en distintas situaciones económicas. «¿Qué hubiera dicho [Keynes] de la situación económica a la que ha llegado su país, Inglaterra, después de unos años de pleno empleo y de la crisis de prosperidad que el fenómeno está produciendo? […] ¿Qué se le habría ocurrido proponer frente a esta anomalía? Su respuesta, ajustada a la manera de pensar de Keynes, fue sencillamente esta: «No lo sé. Digo esto porque la corrección exige no cargar arbitrariamente a los muertos. Keynes fue un hombre de ciencia; pero como todos los hombres de ciencia auténticos, le costó mucho salir del empirismo». Por el momento se había salvado la libertad económica y había hecho su aparición un nuevo capitalismo. Después, ya se iría viendo.

Destino, 10 de marzo de 1956 (foto: Biblioteca de Catalunya/Arxiu de Revistes Catalanes Antigues)
Nuevos viajes a Europa y primeras dudas sobre el keynesianismo (1956)

En febrero de 1956, Pla emprendió un largo periplo por el Mediterráneo, de casi tres meses, ahora con apenas dos o tres referencias a Keynes en sus artículos, pero manteniendo todavía su fe en las políticas keynesianas. Desde Liorna (Italia), observó cómo la Democracia Cristiana había sufrido una gran transformación desde la muerte de De Gasperi: «Hoy el partido está en manos de jóvenes activos y entusiastas sindicalistas, obsesos de los problemas económicos, dispuestos a discutir el multiplicador de las inversiones de Keynes sin cesar, con una tendencia izquierdista franca]43. Y desde Sicilia, escribió sobre la eficacia de las políticas keynesianas para hacer frente sus grandes desequilibrios económicos regionales, uno de sus principales problemas: «Italia tiene una zona norte industrializada y con un nivel de vida envidiable. Para seguir teniéndolo, no tiene más remedio que crear un mercado interior mediante la elevación del tono de vida meridional e insular»44.

La estructura dual de la economía italiana exigía una reforma agraria que la articulara: «En la Italia septentrional se han producido dos hechos paralelos: no solo el país se ha industrializado, sino que se ha creado en él una situación agraria de verdadero esplendor social y económico», gracias, sobre todo, a la iniciativa privada. Pero, en contraste con esta situación, «la Italia del sur, latifundista y abandonada, se ha ido a través del tiempo ―salvo algunas excepciones de iniciativa particular― depauperando y ha retrocedido en todos los aspectos». El análisis de Pla fue de nuevo keynesiano: «Cuando un país pretende industrializarse y avanza francamente por esta vía, lo primero que necesita es tener un mercado interior que compre las mercancías que producen sus máquinas. El primer momento de la industrialización consiste siempre en abastecer un mercado, el mercado interior del país sobre el cual la industrialización se produce. El segundo momento ha de ser la exportación, pero la exportación de mercancías industriales implica ya una gran madurez y una fuerza considerable. Los italianos han hecho este milagro»45.

A la vuelta de su viaje por el Mediterráneo, tras un breve descanso de apenas unas semanas en Llofriu, Pla emprendió otro, ahora por los países del norte de Europa, durante todo el segundo semestre de 1956: Dinamarca, Noruega, Suecia, Finlandia. Sin perder su entusiasmo por la economía keynesiana, su fe se fue ya debilitando, por los riesgos inflacionistas de sus políticas, cada vez más evidentes46. Aunque la economía de Suecia apenas había sufrido durante la guerra mundial, escribía en octubre de 1956, sus gobernantes socialistas temieron que se produjera una crisis, como había ocurrido en la anterior posguerra, y «echaron mano de las soluciones de Keynes ―dinero barato, crédito fácil, etc.― y las complementaron con planificaciones de una envergadura grandísima». Pero la política de dinero barato había llegado a un tope en 1955 y el Banco de Suecia había comenzado a poner freno, elevando su precio.  Pero Pla no creía que con ello se hubiera corregido «el ansia de vivir bien», lo que producía una amenaza constante de inflación y, en definitiva, un «miedo a la debilidad monetaria»47. «Saber si el socialismo ha tirado demasiado de la cuerda es un problema de delimitación difícil». El Estado luchaba contra la inflación con una política de moneda cara, de reducción de créditos y haciendo lo posible para poner freno a las inversiones del sector privado, pero gastaba el dinero con una prodigiosa abundancia, a manos llenas: «Es el típico método socialista de consumir con gran generosidad lo que el capitalismo produce»48.

En su resumen final de todos sus viajes por Europa, Pla repitió, casi con las mismas palabras que lo había hecho al final de su primer periplo, lo que veía de común en todos ellos. «Durante siglos se creyó que el mundo no podía marchar sin que algunos privilegiados fueran cada vez más ricos y que la inmensa masa de trabajadores fueran cada vez más pobres. Marx no hizo más que sacar las consecuencias naturales de esta estratificación arcaica, teorizada y expuesta por economistas de grandísimo ingenio, entre los que destacará siempre el nombre de Ricardo. Pero Keynes, el mayor analista de la obra de Marx, pulverizó sus principios, afirmando y demostrando que el mundo no podía marchar ―en un país industrializado― si los trabajadores no poseen alicientes de consumo crecientes, es decir, si no son cada vez más ricos. Este principio se ha demostrado de una fertilidad grandísima y, gracias a él, la presente posguerra se ha demostrado de una constructividad y de un bienestar como jamás se había conocido». Todos los países que había visitado tenían una economía en expansión, pleno empleo, altos salarios y una productividad que aumentaba año a año. Sin embargo, cada vez eran mayores los problemas que se originaban. Y, finalmente, se había producido una crisis de prosperidad, con amenaza de inflación y pérdida de competitividad en el mercado exterior, que había obligado a los gobiernos a limitar la capacidad adquisitiva de las masas subiendo el precio del dinero y restringiendo los créditos49. El entusiasmo de Pla por el keynesianismo comenzaba a declinar. Sus políticas amenazaban lo que para él era la base fundamental de la convivencia humana, la estabilidad de la moneda.

Manuel Ortínez i Josep Pla a Aigua Xelida. Fotografia d’autor desconegut. Fundació Josep Pla. Col·lecció Josep Vergés.
Nuevos economistas en la vida de Pla y alejamiento de Keynes

Manuel Ortínez, director del Consorcio de Industriales Textiles Algodoneros (CITA), creado en 1943 para obviar los inconvenientes que se oponían en sus relaciones con el exterior a la intervención de los sindicatos verticales, tuvo una especial importancia en la vida de Pla a partir de 1957. Con la estabilización económica de 1959 a la vista, el futuro de la industria textil catalana se presentaba muy oscuro y Ortínez consiguió convencer al Consorcio de la necesidad de crear una comisión para estudiar las nuevas perspectivas, de la que formaron parte Joan Sardá, Fabià Estapé y Manuel Ballvé50. Además, propuso crear un lobby en defensa de sus intereses, sugiriendo diversas estrategias, que también le fueron aceptadas, entre ellas la adquisición de la mayoría del capital social de El Correo Catalán, un histórico periódico conservador, y la creación del Banco Industrial de Cataluña, aprovechando las posibilidades que ofrecía Ley de Ordenación del Crédito y la Banca de 14 de abril de 196251. De ninguno de estos proyectos obtuvo el Consorcio los resultados esperados, y en enero de 1963, Ortínez aceptó su nombramiento como director del Banco de Bilbao en Barcelona, hasta que en noviembre de 1965 fue llamado a la dirección del Instituto Español de Moneda Extranjera (IEME).

A instancias de Ortínez, con quien se veía a menudo en Barcelona y Palafrugell, de donde era natural su esposa, Pla se vio involucrado en estos proyectos, conociendo a gran número de empresarios y economistas. Con la activa colaboración de Armando Carabén52, la comisión de estudio nombrada por el Consorcio elaboró un Plan de Reorganización de la Industria Textil Algodonera (1955), que  él difundió en dos largos artículos en Destino, celebrando la determinación de los empresarios textiles catalanes para acometer grandes reformas en el nuevo marco institucional del Plan de Estabilización53. A partir del 1 de enero de 1960, comenzó también a publicar una columna en El Correo Catalán con el título de «La rueda del tiempo», que inauguró con un artículo sobre «Tánger, la ciudad moribunda», tal vez un guiño a las actividades de Ortínez  en sus años al frente del Consorcio. Estuvo en negociaciones con la editorial AC, creada por Ortínez y Carabén, para la publicación de sus obras completas antes de llegar a un acuerdo con Destino. Y acompañó a Ortínez y Vicens Vives en sus visitas a Tarradellas en su residencia de Saint-Martin-le-Beau (Tours) y en París, después de su nombramiento como presidente de la Generalitat en el exilio en 1954, elaborando un informe sobre estas visitas para los empresarios.

Joan Sardà Dexeus, Joan Mas Cantí y Fabià Estapé (foto: Cercle d’Economia)

Por otra parte, Pla también se vio vinculado al Cercle d´Economia, constituido formalmente en 1958, pero con orígenes en el Club Comodín, creado por los empresarios Joan Mas Cantí y Carlos Ferrer Salat en 1951. Aquí, sus principales contactos fueron Vicens Vives y Fabián Estapé, que estuvieron casi desde el primer momento en el proyecto.  Frecuentó sus reuniones semanales y, cuando a partir de 1961 se organizaron sus encuentros bienales en San Feliu de Guixols, fue uno de los invitados estrella. Además, él mismo mantuvo en este tiempo una tertulia en Palafrugell, a la que solían asistir Joan Sardà, Fabián Estapé, Jordi Nadal Oller, Armando Carabén, Manuel Ballvé, Pere Durán Farell, Joan Fuster, Joaquim Maluquer y Manuel Ibáñez Escofet.

Sus nuevas amistades, sus nuevas lecturas de economía y, sobre todo, las tensiones inflacionistas que fueron apareciendo en toda Europa a causa de las políticas económicas expansionistas, fueron alejando a Pla de Keynes. Puig (1998: 204-205) ha escrito que Josep Martinell, uno de los grandes amigos palafrugellenses de Pla, le contó que cuando Joan Sardá le confirmó que Keynes era «un economista inflacionario», dejó de escribir sobre él. En realidad, su alejamiento de él y su regreso a la estabilidad de la moneda había comenzado antes, como hemos visto en las crónicas de sus últimos viajes por Europa, a las que podemos añadir testimonios posteriores.

Cuando De Gaulle regresó al poder en mayo de 1958, Pla se preguntó cómo se podía explicar la crisis política que lo había aupado de nuevo cuando Francia había vivido los años de mayor prosperidad económica de su historia, en los que las ideas de Keynes habían producido un gran impacto en la Universidad, en los principales centros económicos, en los bancos y en las empresas, llevando a que la burguesía francesa pasara de ser la representación más arcaica de la economía clásica a estar al frente de la burguesía expansionista keynesiana54. La respuesta se la dio él mismo en abril de 1959, en un nuevo viaje a Francia, en el que escribió un largo artículo sobre su situación económica55. Para él, el hecho más importante desde la instauración de la V República era la política económica de Pinay, ahora ministro de Hacienda y Asuntos Económicos, con su Plan de estabilización económica, elaborado por Jacques Rueff. La economía francesa había tenido como vicio de origen el déficit público, por las múltiples intervenciones en la economía, las generosas subvenciones para mantener artificialmente bajos determinados precios y las subidas continuas de las prestaciones sociales. Pero ahora, al fin, se había hecho una verdadera estabilización, y el plan económico del gobierno estaba surtiendo efectos. Su entusiasmo por las políticas keynesianas quedaba ya lejos. El plan Pinay-Rueff había sido «la primera tentativa seria que se ha hecho en este país para poner la economía política sobre una base de verdad»56.

I Reunión Costa Brava (1961)(foto: Cercle d’Economia)

En la primavera de 1961, tras asistir a las primeras Jornadas de Economía de San Feliu de Guixols, Pla hizo una reflexión sobre lo tratado en ellas. La política había sido un fracaso en España a lo largo de la historia y ahora se buscaba la solución en la economía. «Se trata de posponer la elucubración política al objeto de que una economía de progreso cree la clase política paralela». Era inútil pensar que este pudiera ser un país consumidor si antes no era un país productor. Era inútil pensar en la libertad con una economía de miseria. Era inútil pensar en el diálogo si la pobreza mantenía el desquiciamiento colectivo. Había que volver a la economía de siempre, a la economía del trabajo. «Ante la realidad separativa hemos de hacer algo que nos una y hoy lo que une básicamente a los hombres es la economía»57.

En mayo de 1963, defendió la conveniencia de unos presupuestos equilibrados y la necesidad de una estabilidad monetaria, «la base misma de la convivencia social, es decir, de la poca o mucha moral que pueda existir en cada momento determinado». Conseguir este equilibrio elevando los impuestos continuamente no era solución. «Los economistas creían que la finalidad esencial del ciudadano es pagar, pagar cada día más, porque así lo exige la situación en que nos encontramos». En España querían que la presión fiscal alcanzara el nivel de otros países, pero «de cómo el Estado gasta y emplea ese dinero no suelen decir nada». Era natural que existiera una cierta diferencia de criterio entre los que pagaban y los que cobraban por el cargo que tenían, «aunque fueran economistas». Los primeros mantenían al Estado, los segundos trataban de endiosarlo, «utilizando una filosofía que los alemanes inventaron ―el Estado como ente moral― y que por las armas no pudieron imponer». Con la fuerza normal del Estado no tenían bastante, «quieren darle más fuerza, sin duda porque quieren modificar la naturaleza humana de la cruz a la raya»58. Su keynesianismo parecía ya olvidado completamente.

Un año después, en mayo de 1964, cuando España estaba ya inmersa en sus planes de desarrollo, con un modelo de crecimiento keynesiano, Pla hizo una exaltación de la política liberal de Erhard en Alemania, frente a la vía seguida por Inglaterra o Francia. «En estos países trató de salvarse el sistema capitalista y burgués con medidas socialistas. Ello hizo que, en Francia, sobre todo, proliferara el comunismo. El doctor Erhard fue mucho más claro y sincero que todo esto: consideró que el capitalismo y la burguesía tenían que ser salvados con un retorno a su autenticidad, a su justificación histórica y, por tanto, que solo la libertad económica ―y por tanto política― podían inyectarles la libertad que habían perdido». Y, por ello, el éxito de su política había sido enorme. De la economía española, no podía decirse lo mismo: «Después de la derrota alemana, aquí se continuó actuando con el dirigismo más cerrado, más teutónico que heredamos del sistema anterior. Se hizo algún retoque portugués, ciertamente. Y llegó un momento en que no pudo ser pagada la gasolina consumida. Entonces, de prisa y corriendo, se fue a la llamada estabilización. La estabilización monetaria fue excelente, pero quedan aún muchas mercancías por liberar. ¿Por qué no se empuja un poco más por este lado? Yo ya comprendo que el dirigismo produzca mucha nostalgia en alguna gente. Es naturalísimo. Pero, puestos a hacer el alemán, ¿por qué no imitamos ahora al doctor Erhard? ¿No es hora de enterrar ya a los fantasmas siniestros?»59.

Jacques Rueff (1896-1978) y Ludwig von Mises (1881-1973) (foto: reddit)

Poco después, elogió nuevamente a Rueff, incluyéndolo entre los «economistas liberales y monetaristas», para él, los únicos que realmente simpatizaban con los sentimientos humanos: «Mister Jacques Rueff es un liberal militante, muy apasionado y casi diría intransigente, lo cual es perfectamente natural, porque ante toda realidad económica, los economistas liberales, que casi todos ellos han sido monetaristas, han colocado el acento sobre la realidad y el dolor de los sentimientos humanos, con la ilusión de amortiguarlos en lo posible, mientras que casi todos los demás, imbuidos de orgullo y de vanidad, no han hecho más que proyectos, programas y planes para la implantación de determinadas ideologías, de una u otra tendencia, y que uno tras otro han sucesivamente fracasado creando cantidades de dolor indescriptibles y llegando a poner en el proceso de la historia el engranaje, casi mecánico, de la venganza». Rueff, por lo contrario, se había pasado toda su vida defendiendo que una moneda eficaz era la condición necesaria de la libertad y había hecho la estabilización monetaria francesa, «eliminando de la vida de millones de seres la inflación monetaria, que es el dolor más químicamente puro que socialmente existe, tan grande como el de la guerra»60.

Ahora, la verdadera obsesión de Pla volvía a ser la necesidad de una moneda sana. «La gran paradoja de la demagogia eterna ―demagogia que ahora se llama el socialismo sin barricadas, es decir, el oficial― consiste en dar todo lo que interesa a la grandeza y la brillantez para luego quitarlo, rebajando el precio de la moneda y afirmando la falsedad de que la moneda vale siempre igual». Pero, afortunadamente, la gente comprendía cada vez mejor las consecuencias de la inflación. La moneda no era ningún rompecabezas, ni ningún misterio monopolizado por unos pocos personajes remotos, sabihondos y de tipo mágico, sino una mercancía como otra cualquiera, cuyas oscilaciones dependían de la ley de la oferta y de la demanda. «La plasticidad de una moneda, su falta de solidez, la apetencia de negocios que ello produce, pueden acarrear grandes calamidades morales, la depredación sistemática de grandes cantidades de seres humanos indefensos y tontainas ―entre los que me encuentro― a favor de unos perfectos y admirables desalmados». La moneda mala, incierta y plástica era un campo abonado para las mayores calamidades. En cambio, la moneda buena conservaba la moralidad61.

Al mismo tiempo, su exigencia de una conducta eficiente al Estado fue siendo cada vez mayor. La productividad era el núcleo central de todo el proceso, porque disminuía los costes y el precio. «La novedad de nuestra época es que el Estado interviene en la economía pública como otro factor cualquiera, pero teniendo los medios coercitivos que le son propios».  Y lo hacía, no solo en la producción de bienes indivisibles, lo que estaba justificado, sino en la producción de todo tipo de bienes. Por ello, había que pedirle productividad. Se trataba de «saber si el burócrata, como tal burócrata y con la mentalidad ineluctablemente burocrática que está en su concepción de la vida, puede entrar en un sistema de responsabilidades, de decisiones rápidas e inequívocas, típicas de la empresa particular productivamente positiva». Si la ciudadanía pagaba los impuestos, tenía derecho, como contrapartida, a que los servicios del Estado fueran productivos62.

Por último, una anécdota bien significativa sobre esta vuelta de Pla a su economía de una moneda sana. Cuando el 19 de marzo de 1975 le visitó en mas Llofríu el príncipe Juan Carlos, tras varias horas de conversación, su único consejo para él fue este: «Y, sobre todo, conserve la moneda, príncipe. La moneda es la moralidad, la base de toda política. Luche contra la inflación para evitar la pobreza general. Sin una moneda fuerte llega el caos. ¿Está de acuerdo?»63.

El 19 de marzo de 1975, los entonces príncipes Juan Carlos y Sofía visitaron a Josep Pla en el Mas Pla, en Palafrugell. En la reunión estuvo presente el editor Josep Vergés (foto: archivo gráfico de Carta de España)
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Notas
  1. Pla: «Introducció a l´Economía» (La Publicitat, 24 agosto 1927). La mayoría de los artículos de Pla que se citan en este artículo se publicaron en La PublicidadDestino, La Veu de CatalunyaDiari de Barcelona El Correo Catalán. Aunque parte de ellos están recogidos en sus Obras Completas, editadas por Destino, he preferido citarlos directamente por su fuente original, de más fácil acceso para los lectores en la Hemeroteca digital Josep Pla. ↩︎
  2. De algunos de estos jóvenes sabemos que fueron alumnos de Eugenio d’Ors en el Institut d´Estudis Catalans, como Joan Crexells, uno de los introductores del primer Keynes en España. El propio d´Ors publicó en su Glosario un artículo sobre Keynes en 1920, por el que Velarde (1988:103) le ha dado el título de zahorí del keynesianismo en España. ↩︎
  3. Joan Fuster: «El homenot era él» (La Vanguardia, 24 abril 1981). ↩︎
  4. Xavier Pla: «Montaigne entre los (anti)modernos» (La Vanguardia, 7 septiembre 2011). Además de tener como gran referencia los Ensayos de Montaigne y el Glosario de d´Ors, Pla leyó a otros moralistas, como Antoine de Rivarol (1753-1801), autor de aforismos de gran agudeza y, curiosamente, de una Memoire sur la nature et le valeur de l´argent (1789). ↩︎
  5. Millet y Biel: «Sobre los enemigos de Josep Pla» (La Vanguardia, 2 junio 1981). ↩︎
  6. La recepción académica de Keynes en España es hoy bien conocida, gracias a los trabajos de Fuentes Quintana (1983), Velarde (1983, 1988), Beltrán (1988) y Almenar (2001, 2002). Falta, en cambio, un estudio sistemático de su presencia en la prensa. ↩︎
  7. Pla: «Las reparaciones de guerra» (La Publicidad, 15 octubre 1920). ↩︎
  8. Pla: «Los críticos del Tratado: Keynes y Banville» (La Publicidad, 18 diciembre 1920). ↩︎
  9. Joan Crexells (Barcelona, 1896-1926) estudió estadística en Berlín y economía en el Galton Institute de Londres. Fue corresponsal de La Publicidad en Berlín de 1920 a 1923, y en los años 1925-1926 tuvo a su cargo la página de economía de este periódico, en la que firmó con el seudónimo Observer.  Sus artículos de economía, de gran calidad, han sido recogidos en el volumen cuarto de su Obra Completa (1996). Pla, gran amigo suyo («Joan Crexells», La Publicidad 22 diciembre 1926; y Homenots. Primera serie, Obra Completa, 11, Barcelona: Destino, 1969, 448-449),escribió esto sobre su periodismo económico: «Ha dejado el mejor trozo de periodismo catalán que yo conozco: quiero decir, los artículos que firmaba Observer sobre economía y finanzas». Sobre la economía de Crexells, Ribas (2016). ↩︎
  10. Crexells: «Des d´Alemanya. La formacio dels preus» (La Publicidad, 17 y 21 de septiembre 1922). ↩︎
  11. Estos artículos han sido recogidos en Pla (2023). ↩︎
  12. Pla (2023: 59). ↩︎
  13. Pla (2003: 252-253). ↩︎
  14. Pla (1923: 384) cita a Keynes como una de sus fuentes sobre la inflación: «Keynes ha estudiado, en uno de los suplementos del Manchester Guardian y en la revista que dirige, The Nation, la bajada de la moneda como un impuesto». ↩︎
  15. Pla (2023: 240). ↩︎
  16. Pla (2003: 382-385). ↩︎
  17. Pla: «El circuit de Nova York» (La Publicitat, 3 abril 1927). ↩︎
  18. Pla: «Le esdevenidor del Pla Dawes» (La Publicitat, 20 de julio 1927). ↩︎
  19. Pla: «Sobre una profunda tontería» (Destino, 17 noviembre 1945). ↩︎
  20. Pla: «Socialismo y justicia» (Diario de Barcelona, 1 agosto 1946). ↩︎
  21. Dionisio Ridruejo estuvo deportado en el Maresme, donde vio a menudo a Pla. En 1952 creó en Barcelona su Revista, con el apoyo del empresario Alberto Puig Palau, mecenas y gran amigo de Pla en la postguerra. ↩︎
  22. Pla confesó en varias ocasiones ser un asiduo lector de los artículos de Luigi Einaudi en Corriere della Sera. Cuando este fue elegido presidente de la república italiana, recordó muy elogiosamente sus artículos en favor de la economía liberal y de la estabilidad monetaria antes de la dictadura de Mussolini y su trabajo posterior como ministro en los gobiernos de De Gasperi («Luigi Einaudi», Destino, 15 mayo 1948). ↩︎
  23. Pla: «250.000.000 de dólares» (Diario de Barcelona,23 septiembre 1943). ↩︎
  24. Pla: «Las causas de la debacle» (Diario de Barcelona, 20 mayo 1949). ↩︎
  25. Pla: «¿Hacia el ritmo lento?» (Diario de Barcelona, 29 mayo 1952). ↩︎
  26. La motonave Guadalupe zarpó de New Jersey, en viaje de vuelta, el 22 de agosto. Los artículos de Pla se publicaron en Destino entre el 11de septiembre y el 13 de noviembre de 1954. ↩︎
  27. «Conversación con José Pla a su regreso de América» (Destino, 20 noviembre 1954). ↩︎
  28. Pla: «M. Mendès-France, visto sobre el terreno. Primera carta de Francia» (Destino, 18 octubre 1854). ↩︎
  29. Pla: «Carta de Francia. Un repaso general» (Destino, 26 noviembre 1955). ↩︎
  30. Pla: «Primera carta de Italia. Los italianos se han puesto otra vez a vivir» (Destino, 15 enero 1955). ↩︎
  31. Pla: «Primera carta de Alemania. Diez años de frenesí reconstructivo» (Destino, 5 marzo 1955). Pla, que conocía los libros de Röpke, describió perfectamente el modelo económico alemán, la llamada economía social de mercado, inspirada por la escuela de Friburgo. ↩︎
  32. Pla: «Carta de Londres. Elecciones generales en Inglaterra» (Destino, 21 mayo 1955). ↩︎
  33. Pla: «Carta de Londres. Inglaterra, ayer y hoy. Dos postguerras» (Destino, 4 junio 1955). ↩︎
  34. Pla: «Quinta y última carta de Inglaterra. Buscando una fórmula de paz larga y concreta» (Destino, 25 junio 1955). ↩︎
  35. Pla: «Primera carta de Bélgica. El optimismo belga no es una figura retórica» (Destino, 9 julio 1955). ↩︎
  36. Pla: «Muerte y resurrección de Rotterdam. Primera carta de Holanda» (Destino, 15 agosto 1955). ↩︎
  37. Pla: «Segunda carta de Holanda. Las etapas para el logro de la gran prosperidad actual de Holanda» (Destino, 20 agosto 1955). ↩︎
  38. En sus dietarios y notas, Pla se presenta, en varias ocasiones, leyendo a Marx. En su biblioteca de Llofríu figuran una edición de El Capital (1926-1946), el libro de A. Labriola, Karl Marx: l´economiste, le socialiste (1910) y la Histoire des doctrines economiques de Marx, publicada por Karl Kautsky. No hay duda de que Pla sintió un gran interés por Marx, a quien, junto a Keynes y Einstein, consideró como los tres hombres que más habían dado al mundo. ↩︎
  39. Pla vivió obsesionado con la censura franquista, pero no es difícil ver aquí una crítica a la política industrialista del primer franquismo y a las actuaciones del INI, que él debía conocer bien por Durán Farell, uno de los asistentes a sus tertulias. ↩︎
  40. Pla seguramente se refería a alguno de los informes sobre la economía argentina elaborados por Prebisch entre octubre de 1955 y enero de 1956, tras el derrocamiento de Perón, cuya política económica había sido más de redistribución de la renta que de crecimiento económico (Belini, 2018). ↩︎
  41. Mariano Bordás publicaba entonces en la Revista de Economía Política, del Instituto de Estudios Políticos. No he podido saber más de él. ↩︎
  42. Josep Vergés, propietario de Destino, solía solicitar determinados artículos a Pla. Es muy posible que lo hiciera en esta ocasión, pensando que, después de sus múltiples referencias a Keynes en sus viajes por Europa, su ensayo podía ser de interés para sus lectores. En La Vida lenta, unas notas de Pla para sus diarios de 1956, 1957 y 1964, escribió: «Me he levantado a la una, fatigado de estar en la cama. Trabajo toda la tarde en un suplemento a la noticia de Keynes» (27 febrero 1956). Y el día siguiente: «Me he levantado a la una. Trabajo en el final del artículo de Keynes junto al fuego». ↩︎
  43. Pla: «Desde Liorna. El presidente Gronchi. Cartas del Mediterráneo» (Destino,11 abril 1956). ↩︎
  44. Pla: «Sicilia ha empezad a moverse. Cartas del Mediterráneo» (Destino, 28 abril 1956). ↩︎
  45. Pla: «Cartas del Mediterráneo. La reforma agraria» (Destino, 19 y 26 mayo 1956). Pla, que había escrito numerosos artículos sobre la reforma agraria española en la II República, expuso con algún detalle los trabajos de la Cassa del Mezzogiorno, el organismo para la reforma italiana creado en 1950. ↩︎
  46. Con el título de «Cartas del Norte de Europa», Pla publicó 19 artículos sobre este viaje, entre los días 28 de julio 1 de diciembre de 1956. ↩︎
  47. Pla, que conocía la cita de Keynes a Mandeville en la Teoría General, se hizo eco de ella a propósito del «ansia de vivir bien» de los suecos: «Es natural que John Maynard Keynes, después lord Keynes, que ha colocado la economía de una sociedad industrial en el apetito de comprar, haya considerado que Mandeville es uno de los clásicos de su concepción económica» («Sobre el peinado femenino», Destino, 21 octubre 1961). ↩︎
  48. Pla: «Cartas del norte de Europa. Los últimos veinticinco años en Suecia» (Destino, 13 octubre 1956). ↩︎
  49. Pla: «Resumen del viaje al norte de Europa» (Destino, 1 diciembre 1956). ↩︎
  50. Estapé (2001: 239-240) ha recordado en sus memorias aquellos años: «De aquella época de contacto con los empresarios tuve unas experiencias vitales difíciles de olvidar, como el hecho de conocer a Josep Pla, personaje que visité con Manuel Ortínez, Armand Carabén, Guillem Casanovas, Joan Sardá y otros, en el mas Pla de Llofríu. Durante mucho tiempo Manuel Ortínez fue para mí un punto de referencia […]. Como Manuel Ortínez tenía con Josep Pla una relación estrecha, nos llevó al mas Pla de Llofríu. Allí pasamos noches interminables hablando, comiendo y bebiendo tanto como podíamos, hasta que nos vencía el sueño». ↩︎
  51. El Banco Industrial de Cataluña se constituyó el 25 de julio de 1965. En el mismo edificio del banco, estuvo la sede de SAFESA, una sociedad de estudios económicos presidida por Juan Sardá, de la que fue director Antonio Serra Ramoneda y secretario, Armando Carabén. ↩︎
  52. Armando Carabén, quizá el menos conocido de los amigos economistas de Pla, era hijo de un compañero suyo de Universidad y había estudiado economía con Röpke en Alemania. Participó en varias empresas con Ortínez, entre ellas el Banco Industrial de Cataluña, El Correo Catalán y la editorial AC. En 1968, fue uno de los economistas que adquirieron la revista España Económica, junto con Ernest Lluch, Joan Sardá, Luis M. Linde y Pedro Schwartz. ↩︎
  53. Pla: «La nueva etapa. La industria textil algodonera se ha puesto al frente de la transformación industrial. El plan de reorganización» (Destino,7 de noviembre 1959) y “La nueva etapa de la industria textil. Un proyecto innovador e inteligente” (Destino,14 noviembre 1959).  ↩︎
  54. Pla: «El hundimiento de la IV República: sus causas. Carta de Francia» (Destino, 19 julio 1958). ↩︎
  55. Pla: «Segunda carta de Francia. Estabilización de la prosperidad» (Destino, 7 abril 1959). ↩︎
  56. Pla: «Segunda carta de Francia. Estabilización de la prosperidad» (Destino, 7 abril 1959). ↩︎
  57. Pla: «Economistas en San Felíu de Guixols» (El Correo Catalán, 21 mayo 1961). ↩︎
  58. Pla: «El superávit» (Destino, 4 mayo 1963). ↩︎
  59. Pla: «El Herr doctor Luwig Erhard» (Destino, 16 mayo 1964). ↩︎
  60. Pla: «Mr. Jacques Rueff, liberal» (Destino, 6 junio 1964). ↩︎
  61. Pla: «La moneda» (Destino, 2 diciembre 1967), «Juan Sardá sobre la República y el Banco de España» (Destino, 20 febrero 1971), «Consideraciones sobre los economistas» (Destino, 10 febrero 1968). Pla no desaprovechaba ocasión alguna para elogiar a Sardá, Estapé, Carabén y sus demás amigos de su tertulia de Palafrugell. En esta ocasión, sus elogios fueron especialmente para Sardá, «que lo sabía todo sobre el dinero». ↩︎
  62. Pla: «La productividad» (Destino, 14 febrero 1970). ↩︎
  63. Pla (2005: 77-90): «Vaga noticia d´una visita al mas Pla el 1975». ↩︎

*Manuel Martín Rodríguez es catedrático de Economía Aplicada de la Universidad de Granada. Autor, entre otros libros, de Poesía y economía en la literatura española de los siglos XVII a XIX (Granada: Editorial Universidad de Granada, 2020) y 8 Economistas raros (Granada: Editorial Tleo, 2021).

Fuente: Revista de Libros 12, diciembre de 2025

Portada: Manuel Brunet y Josep Pla (Wikimedia Commons)

Ilustraciones: Conversación sobre la historia

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