El silencio no detiene la ocupación y el genocidio de Gaza

Conversación sobre la historia


 

“No estamos hechos para imaginarnos estar en guerra”[1]

Aunque la actualidad invita a considerarlo, es una perspectiva que en Occidente tendemos a excluir debido a los mecanismos cognitivos, psicológicos y evolutivos.

(Traducción: Conversación sobre la Historia)

 

Introducción

Presentamos este texto de la revista italiana Il Post (www.ilpost.it) que permite dar una respuesta razonada al sentimiento común que cada vez nos invade más y más: ¿por qué tenemos una percepción similar a la del miedo ante las noticias que nos llegan? El artículo se centra en la capacidad de reacción que los humanos tenemos ante la incertidumbre cuando ésta se diversifica y surgen de manera casi sincopada en multitud de frentes. Se trata por tanto de una reflexión cercana a la que en este mismo blog ya se ha desarrollado por varios autores como Adam Tooze o Branko Milanović al introducir el término policrisis. Por tanto, no estamos frente a un artículo de historia que nos explica el presente, en esta ocasión estamos ante la reflexión sobre los mecanismos mentales que reaccionan ante un mundo de incertidumbres y policrisis. Disfrutad del texto.

***

La distinción entre lo que parece y lo que no parece plausible es una parte fundamental de la forma en que los seres humanos formamos nuestras creencias sobre el mundo. Pero últimamente la frontera entre una cosa y la otra parece cada vez más imprecisa e incierta. El descaro con el que Donald Trump y su administración están amenazando con invadir otros países y reivindicando un orden mundial basado en la ley del más fuerte está obligando incluso a la parte del mundo más rica y en paz desde hace décadas a confrontarse con escenarios que hasta hace poco eran impensables.

En general, mantenemos una relación ambivalente con los escenarios más catastróficos, como las guerras, las pandemias y los eventos colectivos que ponen en peligro la supervivencia. Por un lado, nos fascinan y atraen, como demuestran los textos sagrados y los innumerables productos culturales que tratan el tema del fin del mundo, especialmente en las culturas occidentales. Por el otro, tendemos a excluirlos de las hipótesis plausibles, porque contradicen los modelos subjetivos con los que la mayoría de las personas explican el mundo y obligan a revisar conocimientos y esquemas de pensamiento preexistentes.

Si para millones de personas en el mundo la guerra ha sido la cotidianidad, incluso en las últimas décadas, para los europeos de 2026 imaginarse en una situación de guerra es, en cambio, una perspectiva mucho más increíble. Pero hoy ya no resulta tan absurdo tomarla en consideración. Titulares como “Francia y los aliados discuten la respuesta a la posible invasión estadounidense de Groenlandia”, uno de entre muchos similares aparecidos en los últimos días en la prensa internacional, son descripciones fácticas de la realidad: la posibilidad de un ataque militar contra un país de la OTAN y, además, por parte de un país aliado ha sido concretamente anunciada y debatida por los principales líderes mundiales.

En la vida cotidiana la relación con los eventos colectivos que amenazan la existencia no refleja la fijación cultural por el apocalipsis, porque la mayoría de las personas del siglo XXI, en muchos países del mundo, consideran esos eventos improbables a partir de la experiencia. Y eso puede llevar a subestimar el riesgo, incluso cuando existen señales más o menos evidentes. La predisposición cambia de manera clara cuando la guerra forma parte de la experiencia diaria: en esos contextos imaginarla y preverla resulta más fácil que para la mayoría de los países ricos y occidentales.

If London Were Syria, un spot de 2014 producido por la agencia inglesa Don’t Panic para la ONG “Save the Children” con motivo del tercer aniversario del inicio de la guerra civil siria, imaginaba la evolución de la vida de una niña inglesa durante una hipotética guerra civil en Londres.

Una teoría muy difundida en neurociencia, desarrollada entre otros por el neurocientífico inglés Karl Friston, describe el cerebro como un sistema basado en principios estadísticos que toma decisiones a partir de las incertidumbres del mundo exterior: se la conoce como teoría del cerebro bayesiano, en referencia al matemático inglés del siglo XVIII, Thomas Bayes, célebre por sus estudios en estadística.

Según esta teoría, sobre todo cuando la información disponible es incierta o ambigua, la forma en que las personas interpretan la realidad está condicionada por sus experiencias pasadas y por las expectativas que derivan de esas experiencias. El cerebro funcionaría como una suerte de máquina, que genera constantemente predicciones sobre el futuro para reducir su incertidumbre. Una noticia sorprendente e imprevisible sería, en este esquema, un estímulo que contraviene esas expectativas y genera un error de predicción en el individuo.

En un contexto histórico, social y económico estable, los errores de predicción son relativamente raros, pero cuando el contexto es incierto y las noticias imprevisibles son frecuentes, los errores de predicción aumentan y llevan, en teoría, a una actualización gradual del modelo interno. El objetivo del cerebro, en otras palabras, es reducir el factor “sorpresa” y el efecto disruptivo y caótico de la información inesperada.

Por sugestiva y útil que sea como modelo para describir algunas psicopatologías, la teoría del cerebro bayesiano también ha sido criticada porque simplifica el funcionamiento real del cerebro y presupone una explicación excesivamente mecanicista de la formación de creencias y convicciones. Según diversos investigadores, este modelo subestima los numerosos factores variables que pueden influir en las estimaciones individuales de la probabilidad de un evento.

Representación del principio de energía libre de Karl Friston (imagen: Karl Friston, Ping ao, August 2012, Free Energy, Value, and Attractors, Computational and Mathematical Methods in Medicine)

En el caso de las guerras, por ejemplo, preverlas con suficiente antelación es difícil porque a menudo son el resultado de un conjunto confuso de factores políticos, económicos y humanos ante los cuales el cerebro puede no reaccionar como lo haría frente a una amenaza directa a la supervivencia. La reacción individual ante noticias imprevistas está además influida por la percepción compartida de un determinado peligro dentro del propio grupo social. Y esto, según el grupo, puede llevar a sobrestimar o subestimar la probabilidad de un escenario catastrófico.

Ante un ciclo continuo de noticias sobre eventos colectivos desconcertantes e imprevistos, algunas reacciones individuales podrían no llevar a una actualización del modelo de explicación del mundo, sino a una defensa de las convicciones preexistentes. Diversas investigaciones sobre la experiencia de la pandemia de Covid-19 muestran, por ejemplo, cómo un estrés prolongado y colectivo puede influir en la manera en que las personas evalúan la información nueva, frecuentemente reforzando prejuicios optimistas o pesimistas ya existentes en lugar de actualizarlos en función de los nuevos datos disponibles.

En general, la exposición ininterrumpida a noticias que implican incertidumbre e inestabilidad puede llevar a una desensibilización ante los estímulos y a una reducción de las facultades cognitivas y psíquicas que presupone la teoría del cerebro bayesiano. Según el psiquiatra y neurocientífico estadounidense Judson Brewer, profesor de la Universidad Brown, en los últimos tiempos ha aumentado la dificultad de las personas para gestionar, por un lado, la necesidad compulsiva de mantenerse informadas y, por otro, la ansiedad que crece a medida que asimilan nueva información para satisfacer ese primer impulso.

El motivo por el cual consultar obsesivamente las redes sociales o los sitios de noticias deja a los usuarios hiperestimulados e insatisfechos, según Brewer, es que las tecnologías modernas han secuestrado a los «antiguos sistemas de supervivencia». Nuestros antepasados desarrollaron lo que algunos investigadores han llamado «curiosidad por privación»: un impulso que surge ante una laguna informativa que debe ser colmada y que está asociado a la liberación de dopamina (el mismo neurotransmisor implicado en las adicciones). Era un mecanismo de supervivencia, porque rastros de animales nunca vistos podían indicar la presencia de depredadores peligrosos, por ejemplo, y colmar rápidamente la laguna informativa podía ser cuestión de vida o muerte.

Judson Brewer (foto: David delPoio)

Ese sistema funcionaba cuando la información era escasa y difícil de obtener, escribió Brewer, pero funciona peor en un contexto en el que las personas reciben al mismo tiempo noticias fiables, por una parte, con noticias no fiables pero producidas de buena fe, desinformación intencionada y propaganda por otra.

El sistema de procesamiento de la información, originalmente funcional para la supervivencia, se activa ante estímulos concebidos a menudo para provocar miedo, indignación y clics compulsivos. Y debe gestionar complejidades con las que nuestros antepasados no tenían que enfrentarse, escribió Brewer, porque ante un tigre de dientes de sable «no necesitaban detenerse a preguntarse si se trataba de un deepfake».

En un contexto similar la exposición continua a noticias alarmantes, incluidas aquellas que son fiables y deberían recibir una atención particular, puede llevar al desgaste de ese sistema de gestión y evaluación de la información y el peligro. Las dos reacciones extremas típicas son opuestas y ambas contraproducentes, según Brewer. Una es la desconfianza hacia cualquier información, con el riesgo de perderse las importantes. La otra es la hipervigilancia constante y la confianza en cualquier noticia nueva, lo que conduce a una ansiedad generalizada y a un sentimiento de saturación frente a informaciones contradictorias.

La tendencia a juzgar como improbables escenarios futuros extremadamente negativos, pese a los eventuales indicios de esos escenarios puede depender, en definitiva, de múltiples factores. La incertidumbre derivada tanto de las circunstancias históricas como de las consecuencias de la sobrecarga informativa, en particular, puede condicionar los mecanismos en la base del funcionamiento normal del cerebro, que deja de actualizar creencias y convicciones existentes y atribuye mayor valor a éstas que a los datos que podrían contradecirlas.

[1] Título original: “Non siamo fatti per immaginarci in guerra”, Il Post, 10/01/2026, URL: https://www.ilpost.it/2026/01/10/incertezza-news-effetti-psicologici/?homepagePosition=12

Portada: cartel de la película Sin novedad en el frente (2022) en un cine de Berlín L (AP Photo/Markus Schreiber)

Ilustraciones: Conversación sobre la  historia

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