El silencio no detiene la ocupación y el genocidio de Gaza

Conversación sobre la historia


 

 

José María Sánchez Jáuregui 

Licenciado en Historia, periodista y técnico del INE

En la agonía del 2024, apareció en las librerías Fernando Savater. La deriva de un intelectual, obra de Justo Serna[1]. La publicación y lectura de este libro nos invitan a reflexionar sobre la metamorfosis del personaje al que se refiere en el título.

A pesar de ser una figura pública con una presencia destacada en la cultura de la España actual, no son muchas las obras que analicen la trayectoria del ensayista donostiarra fuera del ámbito universitario, y aún menos aquellas que sean accesibles para un público amplio. El libro que comentamos examina la “deriva” de Savater, desde su inicio en el progresismo hasta su posterior acercamiento al ultraconservadurismo.

Podríamos calificar el texto de dolorido, ya que Serna describe la deriva de Savater como una pérdida de referencia intelectual propia. Entre las razones que Serna señala para explicar esta transformación —de ser un paradigma de la cultura de la Transición a convertirse en un irritado y pendenciero comentarista de los medios de comunicación vinculados a la derecha radical o extrema—, destaca que, tras haber alcanzado un protagonismo destacado en la esfera pública, Savater llegó a confundir a España entera con sus posiciones, irritándose al comprobar que, si no toda la nación, sí una gran parte de sus ciudadanos, seguían caminos diferentes a los suyos.

Serna también atribuye esta deriva al fracaso de las opciones políticas en las que Savater creyó, como UPyD y Ciudadanos, así como al fallecimiento de su pareja hace diez años. Son explicaciones plausibles, pero en nuestra opinión, insuficientes.

Existen algunas conceptualizaciones que sustentan nuestras principales discrepancias con Serna. La primera es su descripción de Savater como un intelectual “radical” en los primeros años de la Transición, que evolucionó hacia la socialdemocracia —como muestra de racionalidad—, para trastornarse  en su madurez y vejez en un conservador. La segunda es el origen de su visibilidad pública, alcanzada principalmente a través de sus colaboraciones en El País, periódico que Serna señala como socialdemócrata.

En los apartados siguientes, abordaremos la evolución del profesor donostiarra, utilizando las clasificaciones que él mismo ha mencionado en sus memorias[2] o en su biografía autorizada, prologada por Marta Nogueroles Jové[3], que pueden resumirse en tres periodos: 1) Nihilista o hipercrítico (1970-1980), 2) Político de consenso (1980-1987) y 3) Ético-humanista (actualidad).

I- El pensador radical. La Revolución y nosotros que la quisimos tanto (Daniel Coh-Bendit)

Serna dedica el segundo capítulo de su libro a la influencia del Mayo del 68 en los intelectuales occidentales y por ende en Savater. En sus memorias citadas, este  afirma que siguió los acontecimientos parisinos a través de la lectura de Le Monde. Es importante señalar que esta afirmación revela ya una capacidad del futuro pensador que no estaba al alcance del universitario medio en la España del franquismo: el acceso a la prensa internacional en un contexto de censura y aislamiento

La imaginería historiográfica nos remite a cascadas de imágenes y eslóganes —la mayoría procedentes de grafitis— relacionadas con las revueltas, las calles del Barrio Latino y la Sorbona ocupada. En estas imágenes intuimos la figura de sus protagonistas, jóvenes de la generación del baby boom, que se expandía desde el final de la Segunda Guerra Mundial[4]. Además, podemos ampliar nuestra visión hacia las universidades californianas, donde también se gestaban movimientos de cambio radical.

En el caso de España, la particularidad reside en que las revueltas juveniles estaban principalmente dirigidas contra la dictadura que sobrevivía tras la caída del fascismo europeo. La protesta juvenil se impregnaba de un ethos antisistema y un libertarismo transgresor, a menudo hostil a las izquierdas tradicionales, especialmente al comunismo.

Si atendemos a los estudios de Shlomo Sand[5] y Françoise Dosse[6], podemos observar la evolución de estos intelectuales “radicales” desde aquellos años convulsos hasta sus posiciones actuales, que en muchos casos se sitúan en la esfera conservadora. No se trata solo de una deriva personal, sino de un movimiento tectónico en la cultura occidental. El análisis de figuras como Irving Kristol y Nathan Glazer, editores de la revista radical The Public Interest y que evolucionaron hacia el neoconservadurismo, o intelectuales más cercanos en edad a Savater, como David Horowitz, Peter Collier o Camille Paglia, evidencian una transformación profunda más allá de aspectos individuales en el panorama intelectual actual.

Savater ingresó en la Universidad Complutense de Madrid en 1964. Procedía del colegio de Nuestra Señora del Pilar, cuyas aulas acogieron a la élite política que habría de dirigir la España constitucional. Entre sus compañeros figuraban figuras como Juan Luis Cebrián, director de El País, diario en el que Savater encontraría un importante ámbito para difundir sus ideas —si bien Cebrián era tres años mayor que él. También compartió aulas con Enrique Ruano, quien sería asesinado en 1969 por la policía franquista. La protesta por el asesinato de este último, militante del FLP, llevó a Savater a un breve encarcelamiento en Carabanchel, como consecuencia del Estado de Excepción declarado por el Régimen para frenar las movilizaciones estudiantiles.

Durante su vida universitaria, Savater participó activamente en sentadas, asambleas y movilizaciones, desde su segundo año de carrera, en un contexto en el que el franquismo expulsaba a catedráticos como Aranguren, Tierno, Montero Díaz y García Calvo. Este último se convertiría en una referencia cultural para Savater durante años. En las aulas compartió experiencias con Félix de Azúa y Vicente Molina Foix. Amistades y correligionarios hasta el presente. Viajaba con regularidad a París, para reunirse con el filósofo Emil Cioran —un nombre poco conocido en España, pero que Savater introdujo en su entorno posteriormente— y con el filólogo exiliado Agustín García Calvo.

El Mayo del 68 lo impactó profundamente pero como  confesó en sus memorias su compromiso político en aquel momento fue de una “modestia conmovedora”[7]. El compromiso “radical” de Savater no se limitó a acciones personales camufladas en las movilizaciones; su “radicalidad” habría que localizarla en su obra temprana.

La política como opio del pueblo, que dio título a su primera colaboración en la revista El Viejo Topo. En un artículo titulado Nota para la negación de la política, publicado en Negaciones, afirmaba que “la muerte es el instrumento político por excelencia”. Estas reflexiones fueron escritas en plena Transición, cuando España se debatía en torno a su futuro tras la muerte del dictador y un amplio sector cívico se manifestaba en diversas experiencias políticas. Las ideas de Savater no se fundamentaban en una ideología libertaria, sino en el pensamiento del filósofo rumano Émile Cioran, de pasado fascista el cual, en  su exilio en Francia, consideraba la Razón como una enfermedad, la Conciencia como una agonía, y ante la tiranía de la historia sostenía que todo cambio era una vulgaridad. “Cioran es tonificante. Aprovechémoslo o terminaremos convertidos en honrados y laboriosos ciudadanos de izquierdas”, nos dice Savater en el Viejo Topo número 4.

La obra por excelencia de Savater en este período es Panfleto contra el todo[8]. No cabe interpretar ese “todo” en la misma clave que la visión holística del marxismo ni como un rechazo total y antisistema. El “todo” de Savater es tan absoluto que puede entenderse como un oxímoron: sería en realidad un “panfleto contra nada”, remitiéndonos al nihilismo. Él profesor de filosofía se posiciona “tanto contra el Capital como contra el Pueblo, que no favorezca a la Sociedad pero tampoco halague al Individuo, que descrea de la Justicia o la Igualdad, pero no más que del Orden o la Jerarquía”[9].

Savater menciona al Estado como un mecanismo de dominación y opresión en línea con la tradición anarquista, pero su conceptualización se aleja de ella, convirtiendo al Estado en algo metafísico: “La esencia del Estado es metafísica. Monarquía, Razón Total y totalitarismo”[10]. Según el filósofo, el Estado Moderno ha expandido su influencia hasta usurpar toda la vida de sus ciudadanos: “el todo nos vive”, afirma. La ausencia de cualquier referencia socioeconómica en su discurso reduce la visión del Estado a una mera disquisición académica. Es importante recordar que este texto se escribe en un contexto de negociación de la Constitución de 1978, que Savater interpretó como una artimaña “lampedusiana” para mantener en el poder a las mismas figuras que habían usufructuado el régimen anterior.

Ni el proletariado, ni la revolución en su sentido clásico, ni siquiera la lucha por el poder, parecen formar parte del imaginario de Savater. Para él, los nuevos “revolucionarios” deben transformar su discurso comunitario en el “Yo”, en la primera persona singular. Con un lenguaje totalmente egotista, Savater rechaza cualquier compromiso que no sea consigo mismo. Frente a la homogeneidad impuesta, él reivindica la diferencia, el placer, lo lúdico y el rechazo a las normas.

Tras el Mayo del 68, el proletariado ha muerto y su lugar lo ocupa la “plebe dorada”. Por encima de sujetos invertebrados, Savater proclama la figura del “héroe”: una suerte de aristócrata nietzscheano que, por su “jerarquía inmanente” —su excepcionalidad moral e intelectual—, se eleva por encima del resentimiento de los mediocres. Postula que “una miserabilista concepción democrática hace suponer que lo ganado laboriosamente, es decir, lo que ‘cualquiera’ podría haber obtenido con perseverancia, tiene verdadero valor, mientras que lo que se regala por azar de nacimiento carece de él”[11].

Lo que distingue al “héroe” del ciudadano vulgar es su voluntad de dominio, que no es autoritaria, sino un acto de creación de conciencia: “la revelación que el maestro puede hacer al discípulo”[12]. Quienes le rechazan, en su visión, son considerados simplemente débiles.

Ignacio Sotelo ha definido el Panfleto como una muestra de “nihilismo inconsciente” de “inclinaciones fascistas”  Una excesiva rotundidad para definir un texto exultante de acracia puramente estética y en no pocas ocasiones frívola.

Años antes, en 1970, Savater comenzaba su carrera como intelectual con la publicación de Nihilismo y acción[13], y dos años después, La filosofía tachada[14]. Lo hace en una editorial puntera del progresismo; en un contexto familiar, su padre era notario de la familia Fierro, propietaria de la editorial y Savater está bien relacionado con su editor, Jesús Aguirre, figura clave en las relaciones sociales del mundo de la cultura progresista. El joven donostiarra destaca por su prosa brillante y un gran capital cultural, además de buenas conexiones sociales.

La filosofía tachada fue una impugnación sin tapujos del momento que atravesaba la filosofía española, situándose en un grupo de jóvenes filósofos considerados neonietzscheanos[15]. La figura más representativa de ese grupo es Eugenio Trías, que ese mismo año publica Filosofía y Carnaval[16]. Dentro de esta corriente se diferencian dos ramas: una, la más académica, que une a Nietzsche con autores más contemporáneos como Löwith, Jaspers y Heidegger; y otra, la visión lúdica, autoproclamada revolucionaria, inspirada en las movilizaciones parisinas y en oposición a la filosofía marxista que comenzaba a consolidarse en la cultura española.

Savater carece de la erudición de Trías, aunque ambos sean las cabezas visibles del movimiento. Él combina filosofía con una literatura “popular” —permítaseme la expresión—, tomando como referencia a Kipling, Stevenson o Melville, con Moby Dick como eje del Nihilismo y la acción a modo de ejemplo. Y, sirviendo de nexo entre ambas ramas culturales, fusiona a Borges con Bataille, a Cioran y Klossowski, y, bajo la influencia de Jesús Aguirre, también hace referencia  a la Escuela de Frankfurt. Jorge Santayana ocupa un lugar destacado en su pensamiento, especialmente por su defensa de la estilización en la escritura para evitar cualquier veleidad académica en la filosofía.

Por otra parte, los miembros del grupo se enfrentan a las corrientes marxistas y analíticas que comienzan a despuntar en el pensamiento español, especialmente en las “Convivencias para jóvenes filósofos”, convocadas anualmente. No se trata de debates en una “ágora” clásica, sino de disputas por el dominio del “Mandarinato” en un campo en crisis, tras el fin de la filosofía escolástica consustancial a la cultura de la dictadura y el agotamiento del propio Régimen franquista. . Asistimos a un torneo dentro del Capital Cultural- quienes poseen diversas formas de conocimiento representadas en titulaciones y certificaciones- por la adquisición del Capital Simbólico, el reconocimiento público consustancial al intelectual.

 En vulgar paladino, la consagración de la celebridad, honores y reconocimiento social según las definiciones de Bourdieu[17] Estos años representan un período de gran fertilidad para Savater, que aparece en muchas publicaciones de la época, desde El Viejo Topo o la revista anarquista Bicicleta, pasando por Triunfo u Ozono hasta publicaciones más moderadas como Revista de Occidente, con la excepción de aquellas con marcada ideología marxista.

Para concluir este apartado, volvamos al principio: los jóvenes del 68, Savater y sus compañeros ácratas, provienen de una clase media alta vinculada a la dictadura franquista. Han recibido una educación esmerada que trasciende los límites del nacionalcatolicismo, hablan idiomas y viajan; son cosmopolitas. Tienen acceso a la cultura exterior y a un capital social que, si bien no los inmuniza contra la represión, sí atenúa sus efectos.

Savater confiesa en sus memorias que “el clericalismo y la mojigatería de la dictadura me ofendían hormonalmente”. Le abrumaba el “patriotismo barato” y la cultura “de una modestia conmovedora”. Por ello, “solo disfrutaba polemizando y todo mi implacable radicalismo se limitaba a lo verbal”. No es de extrañar que su “radicalismo” se redujera, en sus propios términos, al grito de combate que, según él, no es el “yo debo” con su carga ética, sino el “yo quiero”.

Foto: Iberlibro

 

  1. Política de consenso. “He sido un revolucionario sin ira; espero ser un conservador sin vileza” (Fernando Savater)

1982 fue un año especialmente significativo para Savater: comienza recibiendo el prestigioso Premio Anagrama de ensayo por Invitación a la ética[18] y lo concluye con el Premio Nacional de Ensayo por La tarea del héroe[19]. En ese momento, aunque la cantidad de publicaciones en las que colaboraba empezaba a disminuir, Savater ya era un intelectual consolidado

Por ejemplo, formaba parte del consejo de redacción de Cuadernos de La Gaya Ciencia, junto a Félix de Azúa, Víctor Gómez Pin, Alberto González Troyano, Ferrán Lobo, Rosa Regás y Eugenio Trías. Aunque la revista solo contó con cuatro números, se presentaba como una publicación rigurosa y lúdica, escrita por pensadores “malditos” e influyentes.

 Instalado en la Facultad de Filosofía de Donostia, esta revista se convirtió en el núcleo de las reuniones de filósofos —todos amigos y “heréticos”, según Savater en sus memorias— que se celebraban en el campus de Zorroaga. En la Casa de la Misericordia de la Universidad se encontraban figuras como Azúa y Molina Foix, como siempre; también figuraban Miguel Sánchez Mazas, Juan Aranzadi y Aurelio Arteta, quien inicialmente participó en movilizaciones contra ETA y, más tarde, contra los nacionalismos periféricos y en la fundación de UPyD.

Por supuesto, había otros nombres: Víctor Gómez Pin, el Maestro Agustín García Calvo o Julio Caro Baroja. Gracias a las invitaciones, podemos imaginar un retrato—un “daguerrotipo”—de aquellos años, de los caballeros —pocas mujeres en ese círculo— que aspiraban al “mandarinato” en una España a punto de consolidar su transición al constitucionalismo. Sin embargo, faltan  figuras cercanas en esos primeros años de Savater como personaje público, como Antonio Escohotado o Luis Racionero, con carreras quizás no tan gloriosas, pero igualmente relacionadas con la evolución política de la época y que terminarán en el activismo conservador.

Todos ellos se definían como “malditos” o “herejes”: habían roto con el rancio nacionalcatolicismo de sus padres, exaltando la cultura underground, entregándose al consumo de drogas lisérgicas —nada del popular y peligroso “jaco”— y llevando una vida hedonista. Una década después, muchos de ellos ocuparían las vacantes paternas en el mundo social.

Por su parte, Savater, que en su momento censuró los deseos de sus compañeros “PNN” por ser funcionarios[20], acabó convirtiéndose en funcionario. Tanto el jurado que le concedió el premio, como el propio Savater en el prólogo, coinciden en que La tarea del héroe cierra un ciclo en su obra y abre otro. En menos de tres años, clausura su radicalismo y abraza la ética del consenso. Las páginas del libro están impregnadas de un impulso sublime, que busca crear una nueva mitología: la del constitucionalismo. Mucha heroicidad para una odisea que, en realidad, resulta magra. Cada línea del texto intenta forjar una mitología legitimadora  del nuevo sistema político, algo esencial en un momento de institucionalización del mismo. Para Savater, en un giro sorprendente, lo heroico en las izquierdas es, curiosamente, la clausura de su estrategia: “El repudio de la utopía y el mantenimiento de la tensión utópica”[21].

En línea con Margaret Thatcher, Savater lanza en su texto ideas similares al famoso “There is no alternative”: “No hay nada revolucionario posible más que a nivel de institución”.

Savater afirma que solo la ética puede aspirar a ser la brújula de la acción política. En su discurso lleva implícita la disolución del eje izquierda-derecha, que había sido la constante desde el siglo XIX. La izquierda, según él, no solo debe integrarse en el marco institucional para transformarlo desde dentro —lo que podría interpretarse como un guiño a la socialdemocracia—, sino que también afirma que esa misma izquierda no debe ser reacia a asumir espacios y estrategias propias de la derecha para mantener el sistema. Savater insiste en que esto no constituye “un conservadurismo de ningún tipo, sino más bien la creación de algo digno de ser conservado”[22].

Al descartar la clase obrera como sujeto de transformación, y también a la “plebe dorada” del Panfleto, coloca en el centro de la acción política a un ciudadano etéreo, más alejado del héroe mitológico que del “cínico heroico” descrito por Fredric Jameson en referencia al intelectual como mediador, en línea con Max Weber[23]. Savater desarrolla así una especie de teología presentista, como la mejor vía para eludir el desencanto, entonces extendido entre las filas de la oposición antifranquista por el camino emprendido tras la aprobación constitucional y la clausura del primer tramo de la Transición. Todo proyecto de cambio, en su visión, resulta por definición absurdo, abstracto o dogmático. La diferencia con su postura en el Panfleto radica en que ahora apela a la integración sistémica.

Savater, ya consolidado como autor, con este libro —cuya grandilocuente mensaje heroico, paradójicamente, contrasta con la renuncia como forma de acción— acrecienta su capital simbólico como sumo sacerdote de los nuevos tiempos postconstitucionales. En el análisis de Justo Serna, se nos presenta a Savater en esta etapa como un socialdemócrata vinculado a El País. Sin embargo, creemos que ni el diario ni el ensayista pueden identificarse en un sentido profundo con la socialdemocracia, mucho menos con el PSOE en particular.

Es ineludible, no obstante, destacar su relación con el periódico madrileño. Desde los primeros números, El País le proporcionó una visibilidad que superó la de otros intelectuales de la cultura democrática. La relación fue de una especie de ósmosis que trasciende la mera afinidad política: Savater participó en el proyecto desde sus inicios, en los números cero- ediciones no venales- y permaneció en la redacción hasta enero de 2024, más de cuarenta años.

El diario El País nació de la confluencia de dos necesidades: las políticas de Manuel Fraga y los intereses económicos de Jesús Polanco, empresario cántabro. Sin embargo, esta relación duró poco, y bajo la dirección de su primer director, Juan Luis Cebrián, el periódico se convertiría en la referencia dominante durante la Transición y en el órgano de expresión del régimen surgido con la Constitución de 1978.

El diario nació en 1976, tras un proceso de confección que comenzó un año antes, con un diseño innovador de Reinhard Grade y Julio Alonso, y con una campaña publicitaria- televisión incluida- pionera en su época.

Desde sus comienzos, El País no se adhería a una ideología cerrada, sino que oficializó un amplio campo ideológico y cultural, practicando un pluralismo controlado, delimitando el campo de los discursos posibles. Que podía ser resumido en cuatro grandes vértices: política cupular bipartidista, primacía del Mercado, reconocimiento de las Autonomías y Reconciliación Nacional, junto con una visión liberal en valores y libertades individuales, los llamados valores postmaterialistas  y una cultura lúdica y desproblematizadora. El rotativo madrileño se convierte de tal guisa en la referencia dominante con la ambición de convertirse en el intelectual orgánico de la ciudadanía[24]

Es lo que Guillem Martínez denominará en ocasiones con brocha gorda pero con acierto pedagógico la  Cultura de la Transición.

El crítico Ignacio Echevarría ha definido la Cultura de la Transición como “la consecuencia natural del masivo alineamiento de la clase intelectual y cultural con el proyecto [la decisión política de cancelar la historia en aras de un proyecto de refundación de la convivencia que, desde mucho atrás parecía imprescindible para curar las heridas de la guerra civil]”[25], una visión que Luis Beltrán Almería[26] considera excesivamente reducida, “CT se reduce a aquellos actores culturales que publicaban en El País y otros medios, de Prisa o de otros poderosos grupos mediáticos. A los críticos de la CT ese universo les parece un mundo. A mí me parece solo la punta del iceberg”. Aunque solo fuera una parte de la cultura de la época, esa línea editorial se convirtió en la hegemonía discursiva del régimen del 78 hasta la crisis de 2008, delineando un marco ideológico que, aunque flexible, se mantuvo como referencia.

Juan Luis Cebrián con Felipe González (foto: https://es-us.noticias.yahoo.com/)

El diario apoyó la Reforma de Suárez hasta su declive, y luego respaldó a la figura emergente de Felipe González, si bien mantuvo una postura en ocasiones crítica respecto a los gobiernos socialistas el apoyo del diario fue de gran calor para los gobiernos presidido por el abogado sevillano.

Posiblemente, la definición que mejor se ajusta a esta línea editorial fue ofrecida por un antagonista, Luis María Ansón, entonces director de ABC, considerado un “Periódico Gubernamental”.

Es decir, El País se identificó con la actuación de los gobiernos de Felipe González en la medida en que estos buscaron la modernización de las estructuras políticas y económicas de España, así como su integración en las organizaciones multinacionales dentro de un modelo neoliberal. No obstante, mantuvo una postura distante y, en muchas ocasiones, crítica hacia el PSOE como partido. Esto quedó patente tanto durante el breve período de “gobierno bicéfalo” (con González en La Moncloa y Guerra en Ferraz), como posteriormente, al apoyar las opciones continuistas del primero frente a las propuestas de figuras como Borrell, Zapatero, Chacón o Pedro Sánchez, las cuales fueron recibidas con críticas, e incluso hostilidad.

Por su parte, Fernando Savater consolidó un discurso integrador, impregnado de una atractiva ironía y  una  pátina filosófica. Que Savater participara en el ecosistema cultural del gobierno de González, la exaltación de lo “lúdico” carnavalesco por relacionarlo con  Trías y lo reprodujera —a través de sus textos sobre las infancias recuperadas, la literatura de aventuras o sobre la buena vida— no significa una adhesión al ejecutivo, como a menudo se le ha supuesto.

En momentos especialmente sensibles para el PSOE, como la convocatoria del Referéndum sobre la permanencia en la OTAN, Prisa y el propio PSOE —recurriendo incluso a tácticas cercanas a la extorsión— buscaron apoyo intelectual para sus posturas (evitar la salida de la organización militar). Lo mismo ocurrió más tarde con la convocatoria de la Huelga General del 14 de diciembre de 1988, repitiéndose la maniobra anterior. En ambos casos, estas acciones no estuvieron exentas de tensiones dentro del grupo editorial. Savater, sin embargo, no se alineó con el grupo de intelectuales afines al Gobierno. Si bien mantuvo una postura equidistante, no apoyó el voto afirmativo a la permanencia en la organización militar ni censuró la Huelga General[27]

Entrega de los premios Ortega y Gasset de 2008. De izquierda a derecha y de arriba abajo, Fernando Savater, Blanca Marsillach, Àngels Barceló, Sanjuana Martínez, Ernesto Hernández Busto, César René Blanco, Adela Navarro, Ignacio Polanco, Juan Luis Cebrián, Gervasio Sánchez, Joaquín Estefanía, Jesús Ceberio y Javier Moreno. ULY MARTÍN

III. Humanismo/Conservadurismo “Algunos simpatizantes me han dicho que de mí se podía haber hecho un buen político. Es posible, pero como se puede hacer un orinal con porcelana de Limoges: desperdiciando un material superior.”

Fernando Savater[28]

 En el libro de Justo Serna, que nos sirve ocasionalmente de referencia, se ofrecen varias hipótesis para explicar la deriva de Savater hacia la derecha radical en la madurez. Todas son plausibles y, por ello, respetables, pero resultan- a nuestro entender- limitadas. Al comienzo del texto, hemos mencionado la corriente internacional por la que transitan numerosos intelectuales desde posicionamientos de izquierda, progresistas o liberales hacia la derecha radical o la extrema derecha. Aquí vamos a acercarnos a Savater desde una óptica más individual. Creemos que podemos acogernos a unos comentarios del catedrático de filosofía reproducidos en el libro de Serna, pero con un cometido diferente al que aquí le damos, lo que podría orientarnos para formular otro razonamiento

 “Personalmente, yo casi te diría que no solamente no estoy enojado con todo eso (el terrorismo) sino al contrario, casi lo agradezco. A mí me ha dado quince años más veinte de juventud (…)como tantos otros, me haría dedicado a mis libritos, a ser académico, a no sé qué tal. Bueno, gracias al terrorismo, digamos, he podido mantenerme un poco vivo, activo, metido en política, haciendo actividades de joven (…) Tengo, naturalmente, el agravio de tantos muertos amigos y de tantos queridos amigos que hemos perdido por el camino, Pero yo personalmente, digamos me he divertido mucho[29]

El tránsito de Savater de las ideas progresistas y la equidistancia hacia un conservadurismo agresivo y ruidoso se produce con el cambio de siglo. A comienzos de los años 2000, ya consolidado como catedrático y con un fuerte reconocimiento público, sus premios y distinciones —incluido el Premio Sajarov de Derechos Humanos— reflejaban su estatus. Aunque su obra literaria puede calificarse de olvidable, su perfil como ensayista y activista sigue siendo relevante. El activismo al que opta parece una forma de rejuvenecimiento, una manera de mantenerse vigente en un escenario político y cultural en constante cambio.

Fernando Savater recoge de manos de Nicole Fontaine, presidenta del Parlamento Europeo,  el premio Sajarov del año 2000. concedido al movimiento Basta Ya (Foto: European Union – 2000 EP)

En un momento dado, comenzamos a verlo vociferante en fotografías periodísticas, rompiendo así su imagen tradicional de pícaro ilustrado y de comedida afabilidad. Su paso al conservadurismo, a diferencia del de otros gauchistes estéticos, no fue de un día para otro, aunque recorriera un camino relativamente breve. En un principio, se implicó en el Frente Constitucionalista, formado por el PP vasco de Mayor Oreja y el PSE dirigido por Nicolás Redondo Terreros. Este frente se posicionó no solo contra ETA, sino también contra los nacionalismos —moderados o no— y contra unas izquierdas que consideraban abducidas por estos.

Savater, junto con las derechas políticas, comenzó a utilizar la expresión “patriotismo constitucional”, formulada originalmente por el politólogo alemán Dolf Sternberger poco después de la Segunda Guerra Mundial, como un marco para repensar la reconstrucción de Alemania sobre bases democráticas. Esta idea fue actualizada y difundida con mayor éxito por el filósofo y sociólogo Jürgen Habermas a partir de la década de 1980. En un contexto marcado por la superación de los nacionalismos tradicionales y la creciente integración europea, Habermas consideraba que las nociones de patria centradas en articulaciones étnicas resultaban obsoletas dentro del marco posnacional de la ciudadanía europea.

El concepto de patriotismo constitucional deriva directamente de la tradición política del republicanismo. Desde esta perspectiva, la constitución no se concibe simplemente como un texto legal, sino como el resultado de un proceso de comunicación abierta y deliberativa entre la ciudadanía, orientado a dialogar y construir consensos en torno a los principios del bien común.

En este modelo de patriotismo, no son las tradiciones particulares ni una identidad cultural homogénea las que constituyen la columna vertebral del diálogo y la cohesión social, sino un conjunto de valores universales compartidos, como el respeto a los derechos humanos fundamentales y los pilares del Estado democrático de derecho.

Esta conceptualización del patriotismo se caracteriza por ser esencialmente inclusiva, ya que la adhesión a los principios constitucionales está abierta a todos los ciudadanos, independientemente de su origen étnico, cultural o religioso.

Por el contrario, la utilización que hace la derecha conservadora española del concepto de patriotismo constitucional es fundamentalmente exclusiva y tautológica. No supone una renuncia al patriotismo tradicionalista y retrógrado —a menudo de corte ultranacionalista y esencialista— que interpretan como implícito en la Constitución de 1978. De este modo, la Carta Magna adquiere para ellos un sentido intemporal y casi religioso, desvinculándose de su carácter original como pacto político dinámico.

Cartel de la candidatura de UPYD al Congreso por Madrid en las elecciones generales de junio de 2016

Desde esta visión particular, la Constitución del 78 queda reducida, en gran medida, a su articulado relativo a la unidad de España. El resto de su contenido —salvo empleos puntuales y funcionales a ese objetivo— se relega a un papel secundario, como mero complemento de ese único precepto central y casi mítico: la unidad indivisible de la nación española. Desde esas perspectivas, Savater llega a calificar a la extrema derecha de Vox como constitucionalista.[30]

Durante años, los familiares de las víctimas de ETA permanecieron en un segundo plano. Sin embargo, a partir del asesinato de Miguel Ángel Blanco y el auge de las políticas antinacionalistas conservadoras, se produjo un desplazamiento hacia el centro del escenario de las víctimas del terrorismo. Este proceso puede entenderse como la construcción simbólica de la “víctima”, caracterizada por una apelación a la política sentimental, en detrimento de un enfoque puramente racional.

Un ejemplo controvertido de esta dinámica se observa tras el asesinato del exministro socialdemócrata Ernest Lluch. Fernando Savater y Jon Juaristi, previamente muy activos en la solidaridad con los asesinados y sus familias, mostraron públicamente su distanciamiento ante el sepelio y la víctima. La razón subyacente a esta actitud radicaba en que Lluch, partidario de una resolución negociada del conflicto, no encajaba en la construcción dominante de la víctima. A pesar del fatal impacto de las balas y del dolor de su familia, su postura política lo excluía simbólicamente de la categoría de “víctima”, tal como se estaba configurando en ese contexto.

En contraste, quienes hacían público su sufrimiento en sintonía con las políticas conservadoras eran elevados a la categoría de víctimas paradigmáticas, mientras que aquellos que preferían la intimidad de su duelo o abogaban por vías de negociación eran relegados a una suerte de inexistencia simbólica, convirtiéndose en figuras espectrales.

La plataforma ¡Basta Ya!, nacida para rechazar el terrorismo, daría paso al partido Unión, Progreso y Democracia (UPyD), del que Savater sería miembro fundador. Se trata de un partido que se define como transversal, rompiendo el eje derecha/izquierda, no muy alejado de la equidistancia que el donostiarra imprime a su obra y columnas, y ferozmente antinacionalista. Aplaude la creación de Ciutadans —más tarde Ciudadanos—, auspiciado, entre otros, por Félix de Azúa. Se trata de un partido homólogo, aunque en principio solo en el ámbito catalán.

Savater participa en 2018 en Alsasua, en un acto con representantes de Ciudadanos, PP y Vox, en apoyo a los guardias civiles involucrados en los hechos del 15 de octubre de 2016, que la Audiencia Nacional juzgó como acto de terrorismo (foto: David Domench / Europa Press)

Los egos de sus dirigentes y la competencia electoral por un mismo espacio generarían fuertes encontronazos entre ambas formaciones. Cuando UPyD, de corto y magro recorrido, desaparezca, Savater pasará a Ciudadanos, cuyos éxitos no le garantizarán una vida mucho más larga. Terminará militando en el Partido Popular. Ya es conservador, pero, contra sus propios deseos, es un conservador con no pocas vilezas.

En esencia, no se trata del derecho de un intelectual a cambiar de bando ideológico o político. El giro de Savater resulta escandaloso precisamente porque quiebra con todo lo que él mismo representó culturalmente, y lo realmente atroz son las formas insultantes y tabernarias que ha adoptado. La transmutación ideológica de Savater se entrelaza con su relación simbiótica con el Grupo PRISA, editor de El País. Dicho grupo, como se ha señalado, adoptó una postura crítica e incluso virulenta contra los nuevos líderes del PSOE —Zapatero y Pedro Sánchez—, quienes se distanciaron del sector continuista del legado de Felipe González.

Simultáneamente, el proceso de Financiarización impulsado por Cebrián desde finales del siglo pasado —posiblemente uno de los más torpes de la economía española reciente— sumió a la empresa en una gigantesca deuda, forzando la venta de la mayoría de sus activos. Bajo esta presión, la cúpula directiva de PRISA se acercó al gobierno de Mariano Rajoy para facilitar una ampliación de capital con empresas del Ibex 35. Prueba de ello fue el nombramiento, en mayo de 2014, de Antonio Caño como director del diario, un corresponsal afín a las derechas alternativas (Alt-Right) anglosajonas.

Savater y Azúa no fueron las únicas firmas de El País que se ubicaron en el espectro conservador. Al congreso fundacional de UPyD asistió Mario Vargas Llosa, cuya evolución, aunque anterior, fue similar a la de otros columnistas de postín, como Rosa Montero, el historiador Antonio Elorza y colaboradores esporádicos como el escritor Álvaro Pombo y Aurelio Arteta, quienes llegaron a afiliarse. También se mencionó la cercanía del académico Antonio Muñoz Molina, si bien este desmentiría su adhesión a la organización —aunque no a sus principios—.

Con el tiempo, tanto Muñoz Molina como Montero marcarían distancia frente a la creciente radicalización, tanto de las firmas como de las organizaciones con las que inicialmente se identificaron.

Quienes defienden la teoría de la Cultura de la Transición suelen señalar la homogeneización del panorama cultural. Esto es posible porque el Grupo PRISA ha extendido sus tentáculos a múltiples ámbitos: en el mundo editorial, a través de sellos como Alfaguara o Taurus; en la música, mediante la Cadena SER y Los 40 Principales; y en el cine, por medio de su productora y de Canal+. Muchos de los nombres relevantes de la cultura española han crecido simbólicamente bajo el amparo del Grupo.

Jesús de Polanco y Felipe González (foto: El Español)

Entre 1982 y 1996, PRISA apoyó activamente a los gobiernos de Felipe González, quien, al retirarse, llegó a ocupar diversos cargos dentro del mismo grupo. Durante los gobiernos de José María Aznar, PRISA fue objeto de una ofensiva frontal, lo que llevó al conglomerado a adoptar una posición defensiva. La llamada “Primera Guerra del Fútbol”, auspiciada por Aznar, marcó el inicio de una profunda crisis económica para el grupo.

Con la llegada de José Luis Rodríguez Zapatero al poder, algunos de estos intelectuales comenzaron su compromiso militante. Zapatero fue criticado desde dos frentes: por romper con el continuismo de González y por favorecer los intereses de un grupo competidor de PRISA, lo que desencadenó la “Segunda Guerra del Fútbol”, en un momento especialmente delicado para la economía de la empresa.

Intelectuales no militantes, como los citados Rosa Montero o Antonio Muñoz Molina, se quedaron sin referentes claros, generando una situación cercana al teatro del absurdo: reputados intelectuales aguardaban, en silencio, a un autor que les indicara cómo abordar el artículo de la semana más allá de los principios básicos del Régimen. No solo eran personajes en busca de un autor, también esperaban —confusos— la aparición de un partido centrista y constitucionalista en el que afiliarse o, al menos en cuyas propuestas pudieran reflejarse.

El giro ultraconservador de Antonio Caño, que acercó al diario de referencia a los medios digitales de extrema derecha, abrió dos caminos: aceptar el nuevo rumbo —como hicieron Savater, Azúa, Elorza y algunos otros— o colocarse de perfil, como hizo la mayoría. Las bases para ese viraje radical ya estaban sentadas. El País iniciaría una nueva etapa, de cuatro años, caracterizada por una polarización sin frenos y la proliferación de fake news, especialmente durante el Procés catalán.

El drástico descenso en ventas y suscripciones llegó a amenazar la propia existencia del periódico, lo que llevó a los representantes de los fondos de inversión en el consejo de administración a promover el despido tanto del director como del propio Cebrián en 2018. La nueva dirección del Grupo decidió entonces retornar a la imagen progresista de El País de sus primeros años. Cebrián, Savater, Azúa, Elorza y otras firmas notables se sintieron, comprensiblemente, desautorizados.

Antonio Caño, Soledad Gallego-Díaz y Juan Luis Cebrián, en el acto de entrega de los premios Ortega y Gasset, el 7 de mayo de 2018  en el Círculo de Bellas Artes. Un mes más tarde, tras el despido de Caño y Cebrián, Gallego-Díaz asumiría la dirección del diario (imagen: JULIÁN ROJAS / EPV)

Este giro coincidió, además, con la victoria de Pedro Sánchez en la moción de censura —apoyado por Podemos y los partidos nacionalistas— y su posterior formación de un gobierno de coalición con Unidas Podemos, respaldado externamente por las fuerzas nacionalistas. Este escenario abrió una etapa de extrema tensión por parte de la derecha, a la que se sumaron los personajes citados, incluido Savater.

Cabe preguntarse si esta adhesión no representaba un desafío directo a los nuevos gestores del diario o, simplemente, una actitud ideológicamente afín a los partidos conservadores con los que ya se identificaban. En cualquier caso, esa postura evidenciaba una actitud de soberbia por parte de quienes aún creían contar con un respaldo de capital simbólico que, en realidad, habían ido dilapidando con el tiempo.

Las visiones esencialistas de una España uniforme y rancia, sus posturas en torno a lo que interpretan como “corrección política” —y no como expresiones de cambios sociales profundos—, junto con la defensa del tradicionalismo, los toros, la Hispanidad y un conservadurismo excluyente, los habían ido alejando progresivamente de sus propios lectores. Nadie los lloró y, cuando fueron despedidos, las únicas voces que mostraron cierta nostalgia provinieron de publicaciones conservadoras.

Primero, Savater fue desposeído de la revista Claves de Razón Práctica, fundada por Javier Pradera en 1990 y que él mismo dirigía desde 2011, tras la muerte del fundador. En sus últimos años, la publicación adoptó un talante marcadamente ultraconservador, hasta que finalmente llegó su despido.

Hace muchos años, Savater censuró en una columna de El País a los “arrepentidos” de las Brigadas Rojas: los terroristas que se acogieron al programa de “revisión de conducta” del gobierno italiano, convirtiéndose en delatores de sus propios compañeros. En aquel texto, citaba a Baruch Spinoza: “El que se arrepiente de lo que ha hecho es doblemente miserable”[31]. Con ello quería expresar que, desde su perspectiva filosófica, el arrepentimiento no es una virtud, pues nace de la tristeza que provoca la irracionalidad, no de la razón. La acción irracional, en su visión, conduce al arrepentimiento, que no es más que una manifestación de pérdida de control y sufrimiento inútil.

Pero, ¿no se encuentra él mismo, quizá, en un combate permanente contra su propio pasado? De crítico feroz de las patrias, a un anciano enfurruñado envuelto en una bandera; de propagador del cosmopolitismo como antídoto contra el tradicionalismo rancio, a defensor de la tauromaquia y la monarquía hereditaria; de laico anticlerical, a abogado del catolicismo, institución reiteradamente denunciada por abusos sexuales; de defensor de la autodeterminación, a soez detractor del feminismo.

Savater, quien debe gran parte de su capital simbólico a su participación en medios de comunicación de referencia, tanto a nivel nacional como internacional, ha pasado a opinar en un medio financiado de forma opaca y siniestra, dedicado a la propagación de noticias falsas, rumores maliciosos e insultos dirigidos a sus adversarios políticos.

Cabe preguntarse, una vez más, si —aunque solo fuera por unos segundos— Savater no se considera a sí mismo un miserable, en el sentido filosófico que Spinoza propuso. Probablemente, la respuesta sea negativa.

Fernando Savater durante un acto de la campaña para las elecciones europeas de junio de 2024, a las que concurrió cerrando la lista del PP (foto: Europa Press via Getty Images)
Notas

[1] Serna, Justo. Fernando Savater. La deriva de un intelectual. Editorial Sílex. Madrid 2004.

Presentación y explicaciones del autor en Para una presentación del autor https://conversacionsobrehistoria.info/2025/01/20/el-intelectual-en-declive-fernando- savater-como-sintoma/

[2] Savater, Fernando. Mira por dónde. Autobiografía razonada. DeBolsillo. Madrid 2003

[3] Nogueroles Jové, Marta. Fernando Savater: Biografía intelectual. Endymión. Madrid 2013.

Tesis doctoral de Marta Nogueroles previa al libro en https://repositorio.uam.es/bitstream/handle/10486/4791/31486_nogueroles_jove_marta.pdf?sequence=1&isAllowed=y

[4] Rockhill, Gabriel. “The myth o 68. Trought and the French Intilligentsia: Historical commodity fetishim and ideological rollback”. Monthly Review. Junio 2023

https://monthlyreview-org.translate.goog/2023/06/01/the-myth-of-1968-thought-and-the-french-intelligentsia-historical-commodity-fetishism-and-ideological-rollback/?_x_tr_sl=en&_x_tr_tl=es&_x_tr_hl=es&_x_tr_pto=tc

[5][5] Sand, Shlomo. ¿El fin del intelectual francés? Editorial Akal. Colección Cuestiones de Antagonismo. Madrid 2017.

[6] Dosse, Françoise. La saga de los intelectuales franceses (dos volúmenes). Editorial Akal. Madrid 2023

[7] Savater, Fernando. Mira op.cit

[8] Savater, Fernando. Panfleto contra todo. Documentación Periodística. Barcelona 1978. Para las citas se ha utilizado la edición de Alianza Editorial. Madrid 1982.

[9] Savater, Fernando. Panfleto op.cit.

[10] Savater, Fernando. Panfleto op.cit.

[11] Savater, Fernando. Panfleto op.cit.

[12] Savater, Fernando. Panfleto op.cit.

[13] Savater, Fernando. Nihilismo y acción. Editorial Taurus.  Madrid 1970

[14] Savater, Fernando. La filosofía tachada. Editorial Taurus. Madrid 1972

[15] Vázquez García, Francisco. “La recepción  de Nietzsche en el campo filosófico del tardofranquismo: el caso de Fernando Savater (1970-1974)”. Estudios Nietzsche, 11. Cádiz 2011. https://rodin.uca.es/handle/10498/14522

[16] Trías, Eugenio. Filosofía y carnaval. Cuadernos Anagrama. Editorial Anagrama. Barcelona 1970.

[17] Bourdieu, Pierre. The Field of Cultural Production. Polity Press. Cambridge. 1993

[18] Savater, Fernando. Invitación a la ética. Editorial Anagrama. Barcelona 1982

[19] Savater, Fernando. La tarea del héroe. Editorial Taurus. Madrid 1982.

[20] Savater, Fernando. “Los funcionarios y su corazoncito”. El País 01.II.1980.

[21] Savater, Fernando. La tarea op.cit.

[22] Savater, Fernando. La tarea op.cit.

[23] Jameson, Fredric. “The Vanishing Mediator: Narrative Structure in Max Weber”- New German Critique.nº. 1 1973

https://arditiesp.wordpress.com/wpcontent/uploads/2012/10/jameson_vanishing_mediator_1973.pdf

[24] Imbert, Gérard y José Vidal Beneyto (coord.) El País o la referencia dominante. Editorial Mitre. Barcelona 1986

[25] VV.AA. CT o la Cultura de la Transición. Crítica de 35 años de cultura española. Debolsillo. Barcelona 2012.

[26] Beltrán Almería, Luis. “La crítica de la Transición en el hispanismo norteamericano”. Cincinnati Romance Review. Número 51. 2021.

[27] Sobre el referéndum: “El referéndum de Aquiles Talón”. El País, 9 de febrero de 1986. En torno a la Huelga General: “Reflexiones sobre las razones y sinrazones de la huelga del día 14”. El País, 12 de diciembre de 1988.

[28] Savater, Fernando. La peor parte. Memorias del amor. Editorial Ariel. Barcelona 2019

[29]  Declaraciones de Savater en Telecinco 21 de febrero del 2011. Transcrita en Serna, Justo. Fernando Savater Op. cit.

[30]  “Vox es un partido pequeño, que no nos gusta, pero de momento está dentro de la Constitución” Los partidos contaminantes-añadió- son los “separatistas catalanes y Bildu”. Fernando Savater en la Cadena SER, 25 de junio del 2019

[31] Spinoza, Baruch. Ética demostrada según el orden geométrico (Parte IV, Proposición LIV) Guillermo Escolar Editor. Madrid  2019.

Fuente: Conversación sobre la historia

Portada: Retrato de Fernando Savater por David de la Paz

Ilustraciones: Conversación sobre la historia

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