Desde el romanticismo, los viajeros foráneos por España difundieron la imagen pintoresca de un país de agrestes paisajes habitado por bandoleros, gitanos, hidalgos orgullosos y mujeres de mirada seductora. J. Michener recorrió España a lo largo de 40 años, desde 1932 a finales de los sesenta, y, sin dejar del todo esos tópicos, pudo captar bien el cambio de esta sociedad tradicional por obra del “desarrollismo” de los años sesenta y la apertura al exterior, con sus efectos sobre la urbanización, el turismo y la cultura de masas. De una obra casi enciclopédica nos fijamos en las referencias a Salamanca y a la fiesta de los toros, de la que da una visión crítica. El texto ­-que fue censurado en la versión española­- cuenta con excelentes fotografías de Robert Vavra.

Luis Castro

 

Un libro de viajes peculiar

James A. Michener (1907-1997) fue el autor de literatura de viajes quizá más conocido en EE.UU. en el siglo XX. Casi todos sus libros fueron best sellers, de los que se vendieron millones de copias, recibiendo el premio Pulitzer por uno de los primeros, relativo al Pacífico Sur. Algunos de ellos fueron serializados para televisión o llevados a escenarios de Broadway. Viajó por el Lejano Oriente, el Caribe, México, Alaska, Polonia y otros lugares, de modo que el título de su autobiografía tuvo que ser The World is my home (1992). En España estuvo varias veces, desde 1932 -cuando tuvo ocasión de hablar casualmente con el presidente Alcalá-Zamora- hasta finales de los años sesenta. De sus observaciones itinerantes, un tanto azarosas, de la conversación con la gente y del estudio de la historia y de la literatura resulta un libro brillante, crítico con los tópicos al uso sobre España –aunque no escapa del todo a ellos–, del que el New York Times dice: “desde las glorias de El Prado a las más solitarias aldeas de piedra, aquí está España, castillo de viejos sueños y nuevas realidades[1].Otros medios de prensa también lo elogiaron, aunque algunos académicos, como Raymond Carr, lo consideraron superficial y demasiado subjetivo. En todo caso, dado el relativo desconocimiento de este autor, nos ha parecido de interés hacer un comentario, siquiera parcial, de este libro.

El libro, de casi mil páginas de letra menuda y con excelentes fotografías de Robert Vavra, abarca casi toda España y Portugal, mezclando la visión del viajero  con sesudas reflexiones históricas y culturales. Aquí, tras unas pinceladas generales, nos centramos en sus observaciones sobre Salamanca y su perspicaz visión de la llamada fiesta «nacional». Así mismo la contrastamos con la de Max Aub en La gallina ciega, que es una obra contemporánea a aquélla, con la que tiene algún punto de contacto.

James Michener con Robert Vavra, autor de las fotografías del libro

El NYT daba en el clavo al señalar el aspecto central del libro, que registra el contraste entre la España tradicional, aislada y agraria, aún reinante en buena parte del interior, –en lo que obras recientes llaman “la España vacía”, quizá con un punto de exageración– y otra España emergente, más “moderna”, conectada con el exterior y urbanizada, situada en las grandes ciudades y algunas zonas costeras. El trasfondo histórico está claro: el país, a mediados de los sesenta, empezaba a sentir los efectos de la liberalización económica, el desarrollismo y la inversión exterior. Es en esos años cuando la población activa no agraria resulta mayoritaria y comienza el desplazamiento masivo de la población dentro y fuera del país, así como la invasión del turismo exterior. Es también la época del Spain is different, con Fraga al frente del Ministerio de Información y Turismo. Un fenómeno que suscita en Michener más de un comentario crítico, como el siguiente, referido a Toledo: «por todas partes me veía ante filas de pequeñas tiendas vendiendo cantidades de cachivaches turísticos baratos (…) y era deprimente pensar que las artesanías de Toledo, que abastecieron al mundo medieval de espléndidas mercancías, habían degenerado de tal manera«.

El contraste entre esas “dos Españas”, como las denomina Michener, es también estético y moral: de un lado, la España monumental del siglo de oro, de la Guardia Civil caminera, de los sanfermines, gitanos, toreros y bailaoras, aún con mucha hambre y miseria en los pueblos perdidos, donde ve patente todavía la herencia islámica y la inercia de la tradición. Y, por otra parte, el país donde avanza el feísmo de los pueblos turísticos en la costa, los barrios industriales de las grandes ciudades, los primeros bloques residenciales en altura, los ye-ye boys (sic) y los intelectuales de la oposición al régimen. Ni que decir tiene que más de una vez Michener cae en la visión estereotipada de la España romántica, un poco africana o mora, de contrastes «pintorescos», todo ello deudor de la literatura de Washington Irving, Merimée y Jan Potocki, así como de los relatos de viajeros anteriores (Richard Ford, George Borrow) o de la época (Dos Passos, Hemingway). De lo más reciente, las épocas de la II República, la Guerra civil y la posguerra, Michener tiene una visión de primera mano, pero ha leído también a los excelentes corresponsales de prensa en España (Jay Allen, Herbert Mathews).

“A pie, en bicicleta o a caballo, las parejas de la Guadia civil recorren España de arriba abajo”

   

Michener vs. Max Aub

La percepción de Michener, con fuertes claroscuros, como las fotos que ilustran el libro, recuerda, salvando las distancias, a la de Max Aub en su Gallina ciega (1971), tremendo testimonio contemporáneo al de Michener. El libro se nutre de las observaciones y notas de un viaje realizado a finales de 1968, en compañía de su esposa, con el fin de documentarse para un libro sobre Luis Buñuel (que no llegó a terminar). Aunque tanto Michener como Max Aub recuerdan que en ambas Españas todavía mandaban el ejército, la Iglesia y los grandes propietarios, bajo la sombra ominosa de la dictadura franquista y el recuerdo de la Guerra civil, la visión del país no puede dejar de ser diferente en uno y otro. España, según Aub, -que llevaba 30 años exiliado- no se parece “a lo que fue, no recuerda a sus exiliados, está invadida por la mediocridad y el español común no piensa más que en adquirir un piso con televisor, un coche y tener diversión«. Por lo demás, la influencia exterior le parece nefasta: «España se ha vuelto colonia. En parte colonia norteamericana y en otra una enorme colonia de vacaciones«.

En cambio, Michener, que había viajado por toda la Península varias veces desde los años treinta, veía a España como su «segundo hogar» y se sentía un poco español. Desea volver una vez y otra porque cree que aún no ha desvelado del todo lo que llama «el misterio central de la psicología española». Max Aub, por el contrario, solo muestra amargura y displicencia (salvo ante algún plato de la cocina española, que encarece). Y deja claro que, como dice, «vengo a dar una vuelta, a ver, a darme cuenta, y me voy. No vuelvo; volver sería quedarme«. Sin duda, en estas actitudes de uno y otro influyen la experiencia de la Guerra civil. El indudable compromiso de Max Aub con la República y el rechazo del fascismo se encuentra también en Michener, pero más matizado: confiesa que le pasó por la cabeza unirse como voluntario a la «Brigada Lincoln», pero cambió de idea al comprobar que, según lo veía, en la República se iba a implantar un régimen «comunista».

En resumen, la visión de Michener es más matizada, no tan peyorativa, y seguramente más realista que la de Max Aub, aunque solo sea porque ve las cosas con algún distanciamiento y ha podido captar los cambios de la sociedad española a lo largo de mucho tiempo. Eso mismo le permite percibir la actitud ambivalente de los españoles hacia los EE.UU.: “el español medio rechaza la presencia de bases militares americanas en suelo español, pero reconoce la necesidad de protección”. (Aunque no especifica frente a qué). Y si la prensa española critica a “América” (sic), añade, es porque se trata del país líder de las democracias, mientras que “España es una dictadura”. Ahí quedan claras las limitaciones del análisis de Michener, que no se plantea cómo es que una potencia democrática apoye dictaduras como la de Franco o Ferdinand Marcos o bombardee países de Indochina.

«José Antonio»
Salamanca

Uno de los lugares visitados por Michener es Salamanca. Salen inevitablemente a relucir la plaza Mayor (“una de las cuatro mejores del mundo”, ya invadida por turistas extranjeros), los tunos, “vestidos como trovadores medievales”, Fray Luis de León y el misticismo de Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz. También se refiere a Portugal.

A propósito de Fray Luis da una visión poco complaciente de la universidad de Salamanca: “no conozco otra institución educativa en el mundo que, habiendo comenzado tan alto, haya caído tan bajo”, opina, y añade: “es conocida en España como la escuela para pequeños intelectuales de buena familia”. Y achaca esta decadencia a factores históricos: la expulsión de los estudiantes judíos, la supresión de estudios de matemáticas y medicina, la censura de libros extranjeros –de autores como Descartes, Hobbes y Locke– y la labor de la Inquisición, que fue ahogando poco a poco el intercambio cultural con el exterior y la libertad de cátedra y de conciencia. (En este punto Max Aub da una opinión diferente, pues achaca la mediocridad de la universidad española al “atroz desmoche” efectuado por la Guerra civil y el franquismo, que mandó al exilio o a la fosa común a la mayor parte de la élite intelectual y literaria republicana. No es difícil entender ambos enfoques como complementarios).

Por cierto, hablando de censura, vemos que aún en los años setenta del siglo XX ésta elimina en la versión española del libro que comentamos[3] los párrafos donde Michener describe el incidente entre Unamuno y Millán Astray, entre otras cosas. (No lo hemos podido comprobar, pero es muy probable que se hayan eliminado los pasajes donde se habla de la matanza de Badajoz, de Queipo de Llano -”el carnicero de Andalucía”- o las numerosas referencias críticas a la Iglesia y al Ejército). Y es llamativo cómo Michener sintetiza perfectamente en cuatro páginas (pp. 539-543) lo sucedido en el paraninfo de la universidad de Salamanca el 12 de octubre del 36, basándose en los testimonios de Luis Portillo -luego recogido por Hugh Thomas- y de Emilio Salcedo, con un relato al que después se han añadido pocos datos nuevos (aunque sí bastante polémica, en buena medida insustancial).

«Madre gitana de diecisiete años»
El mundo del toro a mediados del siglo XX

Esos años, los cincuenta y sesenta del siglo pasado, fueron quizá la época más popular del espectáculo taurino y Michener lo documenta bien en su obra. (El libro, best seller,  tuvo varias ediciones en inglés y algunas llevan la foto de un toro en la portada; y Robert Vavra, gran aficionado también, prodiga las estampas taurinas en el libro).  Señala que se estaban renovando viejos cosos y construyendo otros nuevos donde antes no había y que el número de toreros, corridas y espectadores aumentaba, en muchos lugares gracias a la curiosidad de los turistas extranjeros. Pero eso no solo ocurría en España. Sin ir más lejos, en EE.UU., había entonces un gran interés por la fiesta. Michener recuerda a cuatro matadores norteamericanos, entre los que cita a John Fulton, “el niño de Filadelfia”, y al judío Sidney Franklin. (Sin embargo, no habla de Barnaby Conrad, “el niño de California”, que toreó en España, México y Suramérica. Michener sólo lo menciona como autor de un libro divulgativo sobre los toros, pero Conrad también escribió la novela Matador, de la que se vendieron tres millones de ejemplares en 28 idiomas, un artículo en la Enciclopedia Británica[3] y una obra de referencia del toreo más o menos semejante a la de José María de Cossío). Así mismo, Michener menciona otras ocho obras escritas en inglés sobre temas taurinos, considerando Muerte en la tarde, de Hemingway  como la más interesante. Y no olvida varias películas de Hollywood con el matador como protagonista.

En el libro de Michener hay un capítulo sobre los toros que en buena medida complementa al de Salamanca, aunque el autor cree que los astados andaluces, especialmente los miuras, son los que dan mejor resultado en el ruedo,  sobre todo a la hora de llevarse al torero por delante (por eso los evitaban las grandes figuras). El autor es de los que ven un “arte” en este espectáculo sangriento, al que venía asistiendo en España y México desde los años veinte. Y, sin embargo, confiesa que más del 80 por ciento de las 250 corridas a las que había asistido –vio morir en la arena a unos 1.500 toros– le habían aburrido. Y a pesar de que el ambiente que rodea a la fiesta le parecía “totalmente corrupto”, de modo que en él “la única figura honorable es el toro.” (Habla de cuernos afeitados, escasez de peso de los animales, comentaristas de prensa vendidos, reventa masiva de entradas, etc.).

Pero Michener recoge también la opinión de los españoles y extranjeros para los que la fiesta taurina es un espectáculo vergonzoso y recuerda cómo el gobierno prohibió durante un tiempo las corridas televisadas y el acceso de menores a las plazas allá por 1966.

«Pundonor en un traje alquilado»
La popularidad de la fiesta «nacional» durante el franquismo

A pesar de todo, Michener habla de una “creciente popularidad” del toreo, sin duda cierta en ese momento y  tanto más evidente por contraste con su ininterrumpido declive posterior. (Documenta 599 corridas para 1966, en una España de 32 millones de habitantes; hoy, con 46 millones, no llegan a 400). Sin duda un factor del auge o resurgimiento del toreo fue el franquismo, que fomentó los espectáculos taurinos, como clásica dictadura necesitada de “pan y circo” para distraer a las masas. Los primates del régimen, por otra parte, no olvidaban cómo tanto los toreros como los ganaderos terratenientes, con escasas excepciones, habían apoyado fervorosamente el Movimiento Nacional. Según Michener, la victoria de Franco en la Guerra civil dio a la “fiesta nacional” un respiro, que quizá no hubiera tenido de haber seguido la República, ya que “la fiesta de toros –afirma– es esencialmente una operación reaccionaria dependiente de amplias zonas de tierra no cultivada y de un sistema feudal”.

Imagen del capítulo dedicado a Pamplona

Esa popularidad de los toros en los años iniciales del desarrollismo se debe a varios factores, en nuestra opinión; entre ellos, el aburrimiento general de la vida pública, la frecuentación masiva de bares y cafés y la presencia en ellos de las primeras televisiones, que retransmitían en directo corridas y partidos de fútbol. En ese momento el fútbol ya empezaba a ser una gran competencia a los toros como espectáculo de masas en España, sobre todo entre los más jóvenes. En ese ambiente tabernario o de “tele-clubs” se ofrecía un espectáculo doble: el de la propia tele -un aparato en blaco y negro de 21 pulgadas- y el de los numerosos parroquianos que la veían, coreando los lances de la corrida (“oooole…, oooole…”) y discutiendo sobre la excelencia torera a voces, como suele ocurrir en los espacios públicos españoles: que si Ordóñez o Dominguín; que si Paco Camino o Jaime Ostos, que si El Viti –por el que Michener muestra inclinación– o El Cordobés, entonces el más activo y heterodoxo. (Max Aub, por cierto, observaba con pesar este fenómeno en esos años: “Aquí ya no será “pan y toros” sino “pan y televisión”. Tal vez no haya llegado nunca tan bajo el quehacer del hombre para con sus semejantes”).

Pero estas observaciones sobre el espectáculo taurino no impiden hacer una reflexión más profunda sobre la realidad histórica española. El breve apunte de Michener sobre la tierra no cultivada señala una realidad socioeconómica muy característica de la España rural de la época: la amplia presencia de la dehesa ganadera en el campo extremeño, andaluz y salmantino, muy poco necesitada de mano de obra. Algo que daba lugar a una situación de miseria permanente entre los jornaleros por falta de trabajo en largas épocas del año y que venía sufriéndose desde décadas. Ricardo Robledo y Luis Enrique Espinoza señalan cómo el espacio central del campo charro tenía ese uso predominante, con una propiedad muy concentrada en pocas manos, cedida por lo general a grandes arrendatarios. De este modo la situación se sintetizaba en el  dicho de “hombres sin tierra y tierra sin hombres”, generando un ambiente de conflictividad social al que trató de hacer frente la reforma agraria de la II República [4 , abortada por la sublevación del 18 de julio.

“Nacidos como trabajadores en una granja, Don Alipio Pérez-Tabernero Sanchón y su hermano acumularon riqueza y llegaron a ser propietarios de cuatro de las mayores dehesas de toros de lidia en España»

Iniciada la Guerra civil, es sabido el apoyo que los grandes ganaderos y muchos toreros dieron a los sublevados. Por lo que a Salamanca se refiere, no es casualidad que en medio del campo charro se hallen a tiro de piedra las fincas del atrabiliario capitán Aguilera, domador de los corresponsales extranjeros durante la guerra, las del marqués de Llen, donde se ubicó la fracasada academia de oficiales de Falange (y un pequeño aeródromo para la Legión Cóndor) y la de un Pérez Tabernero, donde los generales fascistas sublevados eligieron a Franco “Caudillo de España” a finales de septiembre de 1936. Significativamente, de las excelentes fotos que ilustran el capítulo sobre Salamanca en el libro que comentamos, sólo una lleva nombre y apellidos: la de Don Alipio Pérez Tabernero que, con su hermano, “ha llegado a ser el dueño de  cuatro de las fincas de toros más grandes de España”.

Queda claro que la reflexión de J. A. Michener sobre el mundo taurino iba mucho más allá de lo que ocurría en los ruedos, donde tantas ocasiones tuvo para aburrirse.

[1] James A. MICHENER, Iberia. Spanish travels and reflections, New York, Fawcett, 1968.

[2] Mark DE STEPHANO, «A Search for the Meaning of Life: James A. Michener, Youth and Eternal Spain», En Revista de Filología, 38 (2019), pp. 43-60.
[3] Editado por Plaza y Janés en 1978.
[4] Esa entrada está aún vigente en la edición digital actual de la Encyclopedia Britannica.
[5] Ricardo ROBLEDO, ed. Esta salvaje pesadilla, Barcelona, Crítica, 2007, pp. 3-53.

Fuente: Conversación sobre la historia

Portada: ilustración a doble página del capítulo dedicado a Salamanca, con el pie de foto: «The demureness of the Spanish woman and the arrogance of the Spanish man begin early» («el recato de la mujer española y la arrogancia del hombre español comienzan temprano»).

Ilustraciones: Conversación sobre la historia

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