Como ha demostrado la pandemia, nuestros cuerpos permanecen minúsculos y vulnerables en medio de una chatarra creciente que, casi completamente independizada de nuestras vidas, amenaza sin parar con aplastarlas.

 

Santiago Alba Rico

Las dos noticias que más me han sacudido durante el año ahora finado tienen que ver con el tamaño y la multiplicación.

La primera es del pasado mes de julio y podría titularse de esta manera: “Los animales están encogiendo”. Así se titulaba de hecho un artículo de El País firmado por Miguel Ángel Criado en el que se recogía la pérdida de tamaño de algunas especies, desde los ratones de Doñana a los salmones del norte de Finlandia, sin olvidar al animal más grande del mundo, la mitológica ballena, cuyo tamaño medio ha disminuido en más de un metro en las últimas décadas. Cada vez hay menos animales silvestres, como sabemos, y cada vez son más pequeños. ¿Por qué encogen? Más allá de la necesidad de analizar cada hábitat zoológico en particular, todos los científicos coinciden en señalar un factor común: el aumento de la temperatura asociado al cambio climático. Según la llamada regla de Bergmann, en efecto, existe una relación inversamente proporcional entre calor y tamaño, de manera que los animales tienen mayor envergadura en los lugares más fríos.

Ahora bien, existe también otro principio aparejado, en virtud del cual se muestran evolutivamente más expuestas a la extinción las especies de mayor tamaño. Hace sesenta y cinco millones de años los dinosaurios, dueños de la tierra, sucumbieron a su propia corpulencia mientras que los mamíferos, entonces mucho más pequeños, se salvaron de la extinción, en agujeros y grietas, para ir ocupando después, en un proceso de cientos de miles de años, el “cuerpo” de los grandes reptiles. Así que cabe pensar que los animales están encogiendo ahora, en plena sexta extinción, para –digámoslo así– pasar evolutivamente desapercibidos. Se hacen más pequeños para que la selección natural, que sólo distingue los grandes bultos, no note su presencia.

Cualesquiera que sean las causas de este encogimiento –de la temperatura a la presión pesquera– todas son de origen humano. Miles de especies se han extinguido o se extinguen todos los días; las supervivientes empequeñecen para protegerse, digamos, de la humanidad. Podríamos de hecho imaginar, llevados de una infantil complicidad, que algunas de las que consideramos ya extinguidas o que están a punto de desaparecer se han vuelto en realidad tan pequeñas que, a fuerza de mengua defensiva, se han refugiado al margen de la escala visual antropométrica o, dicho de otra forma, se han vuelto invisibles. El llamado apocalipsis insecto, por ejemplo, ¿no será más bien una “gran dimisión” del espacio visual? ¿Una retirada por debajo de nuestra vista? Los artrópodos nos van dejando discretamente el campo, con nuestros delirios de grandeza, para ocultarse entre las costuras del cosmos, cada vez más diminutos, cada vez más inasibles, aguardando la oportunidad del retorno. Quizás un potente microscopio podría captar, en la última hoja de una higuera, un bullicioso Paraíso Terrenal poblado de millones de mariposas monarcas, luciérnagas y abejas y –por qué no– de bucardos, guacamayos y rinocerontes blancos.

Seseña (Toledo), foto del twitter de Antonio Giraldo

Un mundo encoge; el otro crece. La segunda noticia del año que más me ha impresionado es la de la antigüedad de España. No me refiero a su discutida historia nacional ni a sus pretensiones milenarias; me refiero al hecho de que, si sumamos la edad media de sus edificios, resulta de una juventud casi demoníaca. El pasado 12 de diciembre, en efecto, Antonio Giraldo publicaba en twitter un mapa singular y algunos datos sorprendentes: ocurre que la España edificada, la España urbana, la España en definitiva “humana”, tiene apenas 38 años. La ciudad más antigua es Barcelona, construida en 1964; la más nueva es Toledo, construida en 2003. Toledo, a la que identificamos con el pasado más remoto, con la historia más decantada, ciudad medieval y laberíntica, ¡tiene 18 años! Guadalajara tiene 19, Burgos 30, Sevilla 34. Así todas las demás.

¿Qué quiere decir esto? Quiere decir básicamente que España está plagada, de arriba abajo, de casas nuevas y casas vacías, construidas sobre todo en dos sobresaltos muy recientes: el desarrollismo franquista de los años 60 del siglo pasado y el imparable boom del ladrillo que, pese a la crisis de 2008, mantiene aún hoy, o recobra, su pulso. España tiene cada vez menos historia porque crece mucho más que su población y mucho más que sus necesidades habitacionales. Ya en 1995, en su libro Carne y piedra, el urbanista y sociólogo Richard Sennett recordaba la relación paradójica, bajo el capitalismo, entre la construcción y la memoria: dentro de cien años, del New York de fibra de cristal y acero, decía, quedarán muchos menos restos que del imperio romano. No dentro de cien años. El crecimiento y renovación urbanística de las ciudades determina no solo la desaparición ininterrumpida de edificios aún útiles sino la desaparición de las ruinas. España tiene 38 años de edad y de esa su corta vida no quedará en el futuro ninguna ruina a partir de la cual repensar el paso concreto, minucioso, del tiempo. Vivimos en un mundo de escombros sin ruinas. Las casas, metonimias sagradas de lo humano, han dejado atrás –a fuerza de multiplicarse– la humanidad misma. Tenemos tantas casas que ya no cabemos en ellas.

Peter McIndoe, creador del movimiento Birds aren’t real (foto: New York Times)

Produce un poco de angustia acabar el año con la noticia de que las ballenas disminuyen de tamaño (no podrán –ay– decrecer a tiempo de salvarse), nuestras ciudades se llenan de casas nuevas y se vacían de historia y la masa antropogénica abulta ya más que los bosques y las montañas. Uno no se siente aplastado por un cerro y sí por una tablet. Uno no siente claustrofobia en una cueva y sí en un Carrefour.

La angustia de los humanos también produce locura, que es, después de todo, una forma de consolarse de esta abundancia terrorífica o de señalarla de forma delirante. Negacionistas, terraplanistas, conspiranoicos, se unen en la vesania contra un mundo atroz. Un amigo me manda el enlace a la página de un movimiento fundado en 1976, Birds aren’t real, cuya cabecera, a modo de presentación, dice lo siguiente: “Nuestro objetivo inicial era detener el genocidio de las aves reales. Desafortunadamente, no tuvimos éxito, y desde entonces el gobierno ha reemplazado a todos los pájaros vivos por réplicas robóticas”. Como ya no podemos salvar a los pájaros, añade, “nuestro propósito ahora es concienciar a todo el mundo de esta suplantación”. Es difícil no sentirse fascinados por esta certera fantasía. Que los pájaros están amenazados es cierto; que todos han desaparecido no lo es; que la antropogenia está sustituyendo a la naturaleza, es verdad; que los pájaros son drones, no. Podemos y debemos reírnos de esta ocurrencia, tanto si es chifladura como si es sátira; pues mientras lo hagamos mantendremos a salvo al mismo tiempo nuestra cordura y nuestra capacidad de intervención, nuestra felicidad más humana y nuestro criterio protector. Pero no debemos pasar por alto que lo que quiere decirnos la frase “los pájaros no son reales” es bastante más trágico y bastante más exacto. Quiere decirnos: “la realidad ya no es real”.

En la última hoja de una higuera se han refugiado, empequeñecidos, todos los animales del mundo. Ahí ya no cabemos. Fuera, la antropogenia expande su infinita chatarra y está a punto de sustituir todo lo existente: los pájaros, las flores, las montañas, las casas, los cuerpos. Ahí tampoco cabemos.

Fuente: Ctxt 28 de diciembre de 2021

Portada: ballenas varadas en una plaza de Nueva Zelanda en febrero de 2017 (foto: STR/AFP)

Ilustraciones: Conversación sobre la historia

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