Este ensayo propone una mirada personal relacionando el mundo de los tebeos y el del anarquismo desde perspectivas unidas por un hilo conductor: la añoranza por un mundo ya perdido. El trabajo persigue compartir la pasión por el noveno arte, por su capacidad para evocar el extraño tiempo pasado y por su fascinante estilo narrativo. Para ello, el texto describe un amplio recorrido por aventureros de tinta y épocas enmarcadas en viñetas, desde la remota Patagonia de los años treinta hasta la España de los ochenta. A lo largo de este viaje se presentan diferentes obras y autores, que han convertido a sus personajes en herederos de un tiempo en el que todavía podía nutrirse la esperanza recurriendo a la utopía. Desde los marineros errantes a los jóvenes de las tribus urbanas, todos ellos conforman un curioso ejército de papel, una dibujada columna de soldados de la nostalgia.

 

Roberto Fandiño

Profesor de Historia, IES P.M. Sagasta, Logroño

 

Para Rosalía. Tus manos trabajadas y tersas, terciopelo del tiempo.

 

INTRODUCCIÓN. EN BUSCA DEL TIEMPO PERDIDO

Quien pretenda encontrar en estas páginas un trabajo erudito disertando sobre semiología de los tebeos[1], diseccionando significados, elaborando tablas y listados con números de tirada e índices de impacto puede ya abandonar el texto.

Esta propuesta tampoco persigue hablar de todos los tebeos que han tratado del anarquismo, ni siquiera de aquellos que han intentado traducir los ensayos históricos al campo del tebeo. Seguramente serán un vehículo de divulgación interesante, pero se alejan de los intereses de este trabajo.

El punto de partida de esta propuesta es otro. Desde la pasión por el tebeo como un elemento de disfrute, de placer estético y de felicidad se propone rastrear cuál es la visión del anarquismo que nos han aportado algunos de ellos.

Este es por lo tanto un viaje personal que intenta mostrar al lector cómo modos de vida, pensamiento y acción muy cercanos al anarquismo han sido presentados a través del arte secuencial de la viñeta con un hilo narrativo común: la nostalgia.

El paciente lector que ha llegado hasta el final de esta introducción deberá prepararse para deambular entre viñetas, recuerdos y memoria de unas historias que quizás ya conozca o descubra por primera vez.

En todo caso, espero que este particular viaje sirva como despertador de curiosidad que avive la pasión de seguir leyendo tebeos, descubriendo personajes, adentrándose en la vida a través de las viñetas, sus protagonistas y sus creadores.

Una invitación a seguir soñando y disfrutando de los tebeos, pues a fin de cuentas, el buen lector, el apasionado de las viñetas siempre reencuentra en cada nueva aventura ese placer clandestino de la infancia recuperada.

UN AYER QUE NUNCA FUE

La luna, como en un cuento oriental proyecta su luz sobre edificios exóticos de ciudades soñadas, repletas de lugares secretos. Samarkanda, Venecia, un poblado maorí reposando sobre la arena argentada de una playa remota en el Pacífico sur.

Una figura se recorta, como trazada a navaja por la luz nacarada, difuminada por el humo espeso de un cigarrillo. En ese escenario de sombras chinescas, de decorados desgajados de la historia se desarrolla la contradictoria existencia de Corto Maltés.

Corto Maltés, personaje creado por Hugo Pratt y recientemente resucitado por Juanjo Guarnido y Rubén Pellejero

Caballero de fortuna, mercenario, aventurero entregado a los sueños y proyectos más idealistas, héroe y antihéroe al mismo tiempo, valiente conocedor del miedo, no tiene reparos en huir cuando se trata de salvar el pellejo, reconoce sus contradicciones y las acepta.

Puede ser cínico y egoísta y, sin embargo, se deja seducir por las más nobles causas aunque sabe que cualquiera de ellas pueda acabar arrastrándonos al fanatismo y la estupidez.

Su credo es único y personal, desconfía de la acartonada moral imperante y pone de relevancia siempre que puede su hipocresía y doblez. Amigo de los débiles, alérgico a la injusticia, visitador de mundos a veces trascendentales y mágicos. Este marino de Cornualles, hijo de una gitana española, eterno vagabundo, apátrida, ciudadano del mundo sin más bandera que la del cosmopolitismo puede ser uno de los arquetipos más geniales aportados desde las viñetas para describir una forma de vida cercana al anarquismo.

Si lo consigue, se debe quizás a su cualidad de ficción, de ser una representación en los límites de lo verosímil, en los márgenes de la historia, donde la realidad puede transformarse en deseo.

Partiendo de la idea de que el personaje es un supuesto alter ego de su creador, Hugo Pratt, el eterno marino se nutre de una experiencia vital que, sin embargo, constituye el material sobre el que se edifica su leyenda.

Este pirata lírico, de mirada nostálgica, es tan alérgico a las imposiciones que incluso reta al destino, a la fortuna escrita en las estrellas, al fabricarse él mismo y con la navaja de su padre, la línea de la fortuna de la que carecía en su mano.

Siempre será un rebelde, pero no siempre un revolucionario. Su escepticismo e ironía le inmunizan contra cualquier fanatismo pero, al mismo tiempo, le convierten en un habitante de la ahistoricidad. Vive inmerso en un tiempo impreciso, imbuido de añoranza, a caballo entre el siglo XIX y el XX y, probablemente, su última aventura jamás dibujada sea la guerra civil española, un conflicto convertido tantas veces por una visión romántica en la última gran causa antes del triunfo del fascismo.

Vittorio Giardino imaginó el final de Corto Maltés en la guerra de España en su relato incluido en la obra colectiva  Dedicated to Corto Maltese

El universo de Corto Maltés es un cosmos idealizado, imbuido de un lamento por una oportunidad perdida, la de los grandes sueños de libertad, equidad y progreso moral tan evocado donde:

“(…) la Tierra era de todos. Todo el mundo iba donde quería y permanecía el tiempo que quería”[2].

Ese tiempo de ayer, ofuscado por la inclemente barbarie del siglo XX, es una de las grandes constantes de este relato, de la mirada que las páginas de los tebeos han arrojado sobre el anarquismo, un recorrido entre la nostalgia y la memoria, entre la historia y un tiempo brumoso, desleído por el peso de un ayer que quizás nunca llegase a ser, existente más allá del tiempo y de la historia, en el territorio del mito y la ficción, de los anhelos, las esperanzas y los sueños.

LA UTOPÍA CAUTIVA

Las gaviotas sobrevuelan el azul inmenso del fin del mundo, allá en Ushuaia, donde el mar y el cielo parecen fundirse en un abrazo infinito. Puede que muchas de ellas hayan sobrevolado el libérrimo navío de Corto Maltés, pero aquí hoy forman parte de las obsesiones de un hombre preso.

155 Simon Radowitzky de Agustín Comotto

La gran tragedia de Simón Radowitzky es en sí misma un oxímoron cruel. La celda es estrecha y minúscula, pero su diminuto ventanal se abre a los vastos espacios de la Patagonia. Simón, como tantos otros hijos del horror del siglo XX, aprendería pronto la lección de que la cárcel puede ser una estrecha celda o el mundo entero.

El joven judío que había huido de los pogromos zaristas en busca del nuevo mundo, volvió a encontrarse con la vieja historia de marginación, pobreza y represión de la que había sido testigo en Rusia. Todo el orbe conocido era una gran prisión donde los ricos encerraban a los pobres que anhelaban la libertad y la justicia.

Embebido del misticismo y la rigidez moral del anarquismo ruso, Simón no se doblegará nunca[3]. Aprende rápido a encontrar en la celda el ventanuco desde el que soñar con el rostro imaginado de la compañera perdida y nunca reencontrada, ese trozo de azul con más intensidad que todo el cielo[4].

En la inmensa penitenciaría universal, Simón encuentra siempre la esperanza, la causa, la fe, la solidaridad que lo mantiene en la lucha por la vida pese a la tortura, el hambre, la enfermedad y el aislamiento.

155 Simon Radowitzky de Agustín Comotto

A pesar de no desearlo se convierte en un símbolo, la encarnación de la utopía libertaria y es aquí donde vuelve a revelarse su trágico destino, plasmado con gran belleza y lirismo por el dibujo de Agustín Comotto. El ateo convertido en santón que en uno de sus delirios llega a enfrentarse a otro gran Simón, el estilita[5].

Pájaros surcando el horizonte de los sueños de un hombre preso, graznidos que pueblan las pesadillas de quienes no resisten el encierro, alas que no solo evocan la libertad perdida, sino también la fuerza de un espíritu tan libre como insobornable.

Pese a la intención varias veces reiterada de Comotto, la historia de Radowitzky vuelve a ser un retrato de la nostalgia, de las oportunidades perdidas, de una derrota más consumada primero en la guerra civil española y más tarde en el exilio mexicano.

Una utopía tan bella como impotente, rabiosa y cautiva, tan anhelada como cruelmente aplastada por el poder omnímodo del totalitarismo y la guerra. La historia de Radowitzky es así la historia de una añoranza, la búsqueda en el largo transcurso del tiempo de un amor de juventud tan puro como amputado, tan inocente como idealista.

Por eso Lyudmila, la mujer inmovilizada en el tiempo sepia de una fotografía, es inventada por el propio autor para enhebrar los recuerdos de su protagonista. Lyudmila, y su rostro sempiternamente joven, como los sueños de libertad y justicia que constituyen el refugio de todo reo, fue el fulcro sobre el que hizo bascular la fuerza de su esperanza.

155 Simon Radowitzky de Agustín Comotto

Ese mismo aliento, esa misma esperanza será la que parecía alimentar los sueños de juventud de quienes ansiaban construir una nueva sociedad, un nuevo horizonte de justicia social en la alborada pronto mutilada de la república española. La última gran causa estrangulada por un golpe de Estado que, paradójicamente, desataría la revolución que había querido frenar[6].

Los días de fuego de la revolución española serán siempre los hijos ensangrentados de una esperanza asesinada, atrapada en la tormenta de llamas de un sinfín de guerras culturales y fracturas que la convirtieron en la última gran causa, pero también en el escenario de un enfrentamiento entre ideas teñido de un fanatismo donde tuvieron lugar no pocos autos de fe en nombre de los más elevados sueños[7].

EL OSCURO BRILLO DE LOS SUEÑOS

El día del inicio de la guerra que irrumpe haciendo mil pedazos los sueños quebradizos de la juventud ha de ser, a pesar de todo, un día muy similar a todos los anteriores. Ese mismo día, anuncio de la sangre venidera, será como todos los demás, madres y niños en el río entre chapoteos y gritos.

Jóvenes compartiendo sus quimeras a la orilla del mar, volando por encima de la arena con las alas del deseo, interrumpiendo la concentración del hombre que mantiene una lucha encarnizada para fumar y leer el diario al mismo tiempo.

Quizás la primera bala no será tomada en serio, se confundirá con otra cosa, un petardo, el cohete anunciador de una festividad estival, el reventón de un neumático acuchillado por la canícula.

Cómo se llenarán los ojos de asombro al ver los primeros camiones repletos de soldados, resquebrajando la calma de la siesta, la quietud del atardecer, llenando el aire con gritos, blasfemias, despertando a los perros con la ostentación biliosa de una virilidad primitiva y obscena.

El tebeo, arte secuencial por excelencia, nos ofrece magníficos relatos de cómo la guerra aplasta la vida como una apisonadora de sangre, muerte y sufrimiento. Ese día, el primer día de la guerra, tan parecido a todos y tan distinto a los demás.

En esa jornada pesada es el día en el que te das cuenta, de que jamás podrás tener veinte años, como le sucede a la joven anarquista creada por Jaime Martín[8]. Jamás tendrás veinte años, porque en el instante en que comienza la barbarie ya eres una vieja, y tus sueños, tus esperanzas de que toda la injusticia puede ser cambiada, están muertas, junto a los cadáveres de los compañeros que no pudieron o no supieron escapar a tiempo.

Contemplas esa fecha, en apariencia tan anodina igual que cualquier otra, sin salir de tu estupor al ver cómo una guerra civil puede convertirse en una tumba para todo un credo. La guerra de España, el último refugio para los idealistas como Simon Radowitzky, es también el escenario para sufrir la mayor de las derrotas, el más terrible desamparo.

Porque la guerra, como un endemoniado mecanismo de Pandora, deja salir todos los males ocultos, todos los resentimientos, las envidias, la inquina guardada y refrenada como sangre negra y estancada.

Viñetas de Jamás tendré veinte años de Jaime Martín

La guerra desata el odio del amante despechado, del inquilino resentido, del propietario codicioso, mezclando las miserias y mezquindades del género humano con los grandes discursos, los lemas, los llamamientos a la violencia envueltos en banderas o en ideologías.

Es ese día, esa fecha, cuando la humanidad se resquebraja y obtienes ayuda de quien menos te lo esperas y recibes, como una puñalada, la denuncia de quien creías amigo. No hay blancos y negros, todo forma parte de la experiencia humana, mucho más compleja que una vulgar película de buenos y de malos[9].

Esta complejidad llena de matices y zonas grises debe renunciar a la caricatura si quiere acercarse con rigor a los acontecimientos históricos, sin juzgarlos ni reducirlos a una simplicidad de catecismo doctrinario. Eso es precisamente lo que consigue Alfonso Zapico con su ambiciosa Balada del Norte[10].

Este autor coincide también con algunas de las propuestas más recientes que no rehúyen enfrentarse a las aristas oscuras de un movimiento anarquista que no pudo quedar al margen de la crueldad, la mezquindad y la represión propias de la guerra, como si disfrutase de una rara y virginal pureza justiciera[11].

La balada del norte, de Alfonso Zapico

El cómic ha realizado un esfuerzo importante en estos últimos años por adentrarse en la cara más contradictoria y velada del anarquismo, mostrando cómo el rostro de la venganza personal, el fanatismo y los ajustes de cuentas también arraigaron entre los militantes anarquistas[12].

El horror de la Guerra Civil española sepultó lo sueños y aspiraciones de muchos jóvenes anarquistas idealistas, que anhelaban la aurora de un tiempo nuevo en el que el dinero sería suprimido, los inquilinos estarían organizados en un sindicato para evitar los abusos de los propietarios y el naturismo sería la piedra angular donde reposarían una nueva relación entre los géneros basada en el respeto mutuo, la libertad y el amor libre[13].

Las atrocidades desatadas por la espiral de la guerra quebraron estos anhelos y, en no pocos casos, los convirtieron en una angustiante pesadilla. Una represión que no solo aniquiló los viejos ideales, sino que trató de condenarlos al silencio mediante la institucionalización del miedo, la tortura y el olvido sistemáticos poniendo fin a un “apasionante experimento de práctica y teoría libertaria[14].

ESA GEOGRAFÍA ENTRE LA PARODIA Y LA REBELDÍA JUVENIL

El país de la última batalla perdida fue España, el país de los sueños mutilados fue España. Solo en España el anarquismo había logrado ser un movimiento de masas, solo en España el anarquismo había formado parte de un gobierno.

Por eso, en gran parte, la memoria escindida del anarquismo fue la de España. Un país convertido en un erial cultural sobre el que habían pasado, como una apisonadora, cuarenta años de dictadura.

No es extraño que los cómics que leían los primeros jóvenes nacidos en la democracia española insistieran en el anarquismo como una referencia con la que sacudirse la rancia pátina de reciedumbre viril, marcialidad impostada y costumbrismo nacionalcatólico con el que fue bombardeada la generación de sus padres[15].

Emili Piula en la portada de El Víbora nº 22

Publicaciones identificadas con un nuevo espíritu libertario como El Víbora, se atrevían a evocar la guerra civil desde el punto de vista de un personaje como Emili Piula, creado por Roger y Montesol, un militante cenetista que recordaba cómo había vivido alguno de los más representativos episodios de la guerra civil.

La saga del bueno de Emili era una curiosa amalgama de idealismo militante, catalanismo y nostalgia de lo perdido en la guerra que no pareció contentar a los lectores del momento[16]. Y es que para muchos jóvenes de la época, la historia de la guerra civil era un eterno motete repetido hasta la saciedad en comidas, cenas y todo tipo de saraos familiares normalmente finiquitados con puñetazos en la mesa, apelaciones al hambre de antaño y extrañas invocaciones al pico, a la pala y al precio de los peines.

De este modo, la burla constituyó un refugio ideal para unos jóvenes con el ojo puesto en Europa aún contemplada como la Meca del cosmopolitismo, el rock y las tribus urbanas. Aquella irreverente chavalería de los ochenta ansiaba la diversión a cualquier precio, aún a riego de mostrar cierta frivolidad con respecto al pasado.

Yonquis del espacio, de Gallardo y Mediavilla

La mejor imagen que puede resumir este recurso a la parodia es la del padre de Pepin Cebolleda, vestido de miliciano, fusil en mano y toneladas de mala uva llamando fascistas al ejército de yonquis, que agolpados frente a la puerta de su casa buscan frenéticos la última papelina del planeta, tras una invasión extraterrestre que ha acabado con todas las reservas de caballo[17].

De alguna manera, la sátira servía para liberarnos de un recuerdo que, sin embargo, persistía en el universo creador de otros jóvenes autores como Francesc Capdevila, conocido hasta hoy por el sobrenombre de Max. Así puede apreciarse en la saga protagonizada por su personaje Peter Pank, una peculiar adaptación de Peter Pan pasado por el tamiz de la estética punk.

Que el personaje creado por Max, con su caterva de hippies perversos, seductoras ninfómanas y hadas en mallas rayadas al más puro estilo de Sid Vicious pudiese constituir para los jóvenes y adolescentes del momento una evocación de la ideología anarquista solo demostraba hasta qué punto el olvido podía confundirlo todo.

El licantropunk, de Max

Sin embargo, al mismo tiempo, aquel mundillo conformado por tribus urbanas, historias góticas e irreverencia contra lo establecido era un ejemplo de la eclosión de creatividad y frescura reinante en un país hasta entonces condenado a una triste historia en blanco y negro, tan gris como la puesta en escena de Arias Navarro hablando del muertísimo, tan superlativo en la vida como en el viaje al más allá[18].

Así, el irreverente espíritu de transgresión constituía una especie de trasfondo, un eco de aquella ingenuidad revolucionaria de los años treinta, como si en los pliegues invisibles del abanico del tiempo aquellos jóvenes de antaño estrechasen las manos de aquella generación de los ochenta, hijos de la transición, crecidos a la sombra del hormigón, la especulación inmobiliaria, las aventuras de barrio, el desarrollismo y el consumismo propio del capitalismo occidental.

Y en un guiño libérrimo, propio del espíritu más rompedor, los detectives se convertían en travestis empeñados en descubrir barrocas tramas negras en el chino de Barcelona, donde putas, chaperos y amantes de todo pelaje salían del armario o lo quemaban directamente, pese a la pervivencia sórdida de la doble moral nacionalcatólica y el oscurantismo dictatorial[19].

Burla y transgresión, ruptura de lo establecido y un continuo desafío a la autoridad biempensante era lo que los cómics de aquella época aportaban a un anarquismo que más que un credo político se asociaba con una de tantas maneras de vivir[20].

La sátira se tomaba la revancha frente a estomagantes personajes tan acartonados, bien peinados y joseantonianos como el inefable Roberto Alcázar, ridiculizándolos hasta el paroxismo sin omitir ni un ápice de su violencia, su virulento machismo o su racismo disfrazado de semana misionera del Domund[21].

Frente a ellos había una verdadera carga de vitalismo anarquista en las procaces peripecias de antihéroes como Vito, el joven adolescente creado por Jordi Saladrigas que por encima de credos, ideologías y predicaciones no ansía otra cosa que retirarse forrado a los veinte.

Vito es un hijo del asfalto, crecido en la moderna babilonia de Metropol, un pícaro contemporáneo que se ha dado cuenta de que el sistema solo atrapa a los peces más pequeños para dejar que los tiburones se escapen. Es el ladrón que roba a un ladrón, sin saberlo, parece el perfecto alumno de Alexandre M. Jacob, pues comparte con él el principio de que “El derecho de vivir no se mendiga, se toma[22].

En su afán por enriquecerse Vito intentará lo humano y lo divino, desde la formación de un grupo de rock hasta la fundación de una secta, todas ellas dibujadas en un blanco y negro deliberadamente tosco, detallista y de un gran expresionismo al servicio de una sátira social afilada, que alcanza cotas de delirio surrealista cuando sus ambiciones se ven frustradas al ser llamado a filas.

Sargentos chusqueros, ladillas cuarteleras tan grandes como alienígenas, colchonetas ninfómanas y yonquis que son capaces de arrasar una fila de vacunación de reclutas con tal de inyectarse cualquier cosa, pueblan un universo tan disparatado como jocoso[23].

CONCLUSIÓN. SOLDADOS DE LA NOSTALGIA

Página tras página, viñeta tras viñeta, el retrato que los tebeos nos ofrecen del anarquismo como movimiento político, social e ideológico parece estar siempre teñido por un viejo espíritu de añoranza, un canto por todo lo perdido no exento, eso sí de cierto sentido del humor.

Así queda retratado en narraciones en apariencia tan a contracorriente como las de Gilbert Shelton, creador de los famosos Freak Brothers o incluso del todavía más sui géneris Superserdo[24].

Superserdo de Gilbert Shelton

Caballeros de fortuna, príncipes mendigos, idealistas empeñados en una batalla perdida e incluso jubilados al rescate de los viejos ideales de un tiempo pasado, como sucede en la hilarante serie Los viejos hornos[25]. A lo largo de los episodios de esta saga descubrimos a una entrañable pandilla de viejos militantes forjados en gloriosas batallas, herederos de mayo del 68, hacen las delicias del lector con sus intervenciones y acciones contra la banca, los poderosos y los privilegiados al grito de ¡Ni ojos, ni patrón![26].

Tristeza y rememoración es también lo que llevará a Ulysse, el personaje cuarentón y gris de Ruben Pellejero y Christopher, a descubrir que otros mundos y otras maneras de vivir son posibles mientras emprende viaje para enterrar las cenizas de su padre, en otros tiempos todo un emblema de la vida anárquica y errante de los Setenta[27].

La melancolía es una de las grandes palancas activadoras del recuerdo y puede constituir un arma eficiente contra la amnesia, pero también puede convertirse en una renuncia complaciente de un tiempo ya caduco, pasado, inalcanzable.

Esperemos que no sea así y que los cómics, los tebeos o las novelas gráficas, como prefiramos designar a este arte apasionante, sigan conduciéndonos por la vía del humor y la carcajada insurgente para desafiar las artimañas que el poder nos tiende, para ser algo más que soldados de la nostalgia y afrontar con las armas de la transgresión, la ironía y la solidaridad los desafíos del presente.

Notas

[1] Este es el término que prefiero para referirme a lo que muchos consideran el octavo arte. Al margen de que uno pueda decir que la palabra cómic se usó para referirse a los tebeos para adultos o que hoy esté más en boga el término novela gráfica.

[2] Stephan Zweig, El mundo de ayer. Memorias de un europeo, Barcelona, El Acantilado, 2002, p.514.

[3] Esa rigidez moral será una de las herencias que desde Rusia y a través de divulgadores del pensamiento anarquista italianos como Fanelli o Malatesta calará hondo en la ideología de los anarquistas españoles, como bien mostró en su día José Álvarez Junco, La ideología política del anarquismo español (1866-1910), Madrid, Siglo XXI, 1976, pp. 197-215.

[4] La frase en cursiva pertenece al poema “Ventana” del poeta nicaragüense Alfonso Cortés y puede encontrarse en 30 poemas de Alfonso, Managua, Vanguardia, 1991. Una edición prologada por Ernesto Cardenal, hoy prácticamente inencontrable, p.1.

[5] El capitán del barco chileno que va a entregar a las autoridades argentinas a Radowitzky tras su fuga le confiesa textualmente que “en mi mundo y quizás en otro siglo, usted sería un santo, o un mártir”, Agustín Comotto, 155. Simón Radowitzky, Madrid, Nórdica, p. 123.

[6] El lector interesado puede encontrar tres excelentes síntesis divulgativas y rigurosas sobre la guerra civil española en Carlos Gil Andrés, Españoles en guerra. La guerra civil en 39 episodios, Barcelona, Ariel, 2014; Enrique Moradiellos, Historia mínima de la guerra civil española, Madrid, Turner, 2016 y, por último, Helen Graham, Breve historia de la guerra civil, Madrid, Espasa Calpe, 2006. De este último libro tomo prestada la idea debatida no solo para el caso español de la guerra civil como una serie de enfrentamientos de cultura, pp. 18-19.

[7] La visión de la guerra civil española teñida de un cierto hálito romántico y de última batalla por la libertad en una atmósfera en la que se entremezclan espías, idealistas y fanáticos en Vittorio Giardino, ¡No pasarán!, Barcelona, Norma, Edición integral 2011.

[8] Jaime Martín, Jamás tendré veinte años, Barcelona, Norma, 2016.

[9] Carlos Gil Andrés, “También hombres del pueblo. Colaboración ciudadana en la represión” en Miguel Ángel del Arco, Carlos Fuertes y Jorge Marco (Eds.), No solo miedo. Actitudes políticas y opinión popular bajo la dictadura franquista (1936-1977), Granada, Comares, 2013, pp. 47-63.

[10] Alfonso Zapico, La balada del Norte, Bilbao, Astiberri. La saga consta de tres volúmenes publicados respectivamente en 2015, 2017 y 2019.

[11] A este respecto sigue constituyendo un ejemplo el trabajo de Julián Casanova, “La cara oscura del anarquismo español” recogida en una recopilación de sus propuestas bajo el título Anarquismo y violencia política en la España del siglo XX, Zaragoza, Institución Fernando El Católico, 2007,  pp. 195-238.

[12] Miguel Gallardo, Un largo silencio, Bilbao, Astiberri, 2012 y también Miguel Francisco, Espacios en blanco, Bilbao, Astiberri, 2017.

[13] La supresión del dinero y la colectivización de los bienes, así como los problemas prácticos que estos suponían para las gentes sencillas de los pueblos en el excelente relato ofrecido por Carlos Gil Andrés, Lejos del frente. La guerra civil en la Rioja Alta, Barcelona, Crítica, 2006, p.35. Resulta curioso hasta qué punto el naturismo y el vegetarianismo cautivaron en los años 20 y 30 la atención de las masas a lo largo y ancho de Europa, no solo a los jóvenes anarquistas, sino también a muchos que serían subyugados por movimientos en sus antípodas como el nazismo. El cuerpo y su exhibición como símbolo de la salud de los pueblos bajo los nuevos modelos de Estado propiciados desde el nacionalsocialismo y el comunismo soviético en Mark Mazower, La Europa negra. Desde la Gran Guerra, hasta la caída del comunismo, Barcelona, Ediciones B, 2001, pp. 115-116. Para las colectivizaciones y la aspiración de la propiedad comunal en el nuevo mundo utópico puede verse Julián Casanova, De la calle al frente. El anarcosindicalismo en España (1931-1939), Barcelona, Crítica, 1997, especialmente pp. 198-220

[14] Murray Bookchin, Los anarquistas españoles. Los años heroicos 1868-1936, Valencia, Numa, 2000, p. 420.

[15] Durante la década de los ochenta el denominado cómic para adultos experimentó un desarrollo sin precedentes. Las bases de este desarrollo fueron puestas por publicaciones satíricas como El Papus y empezó a tomar cuerpo posteriormente con revistas como El Jueves, también de carácter satírico o con aquellas directamente especializadas en el tebeo, especialmente Totem (1977), 1984 (1978), El Víbora (1979), Cimoc (1981) y un sinfín de propuestas editoriales recordadas recientemente por Antoni Guiral en su introducción para la reedición integral de la obra de Horacio Altuna y Carlos Trillo, El último recreo, Bilbao, Astiberri, 2017, p.4.

[16] Apenas se publicaron cinco episodios, si bien dos de ellos fueron dobles, en la primera época de la revista, concretamente en los números 12, 16, 17, 19, 22, 23, y 26.

[17] Miguel Gallardo y Juan Mediavilla, Yonquis del espacio, Barcelona, La Cúpula, 1990.

[18] Para la mezcla de góticos, hippies, rockers, punkis, vampiros y hombres lobo aderezado todo ello con unas gotas de refrescante rebeldía adolescente puede verse Max, El Licantropunk, Barcelona, La Cúpula, 1989.

[19] Nazario, Anarcoma I y II, Barcelona, La Cúpula, 1984 y 1987 respectivamente.

[20] Esta referencia solo la entenderán quienes hicieron de cierta canción del grupo Leño algo más que un himno.

[21] Martí Riera, Taxista I y II, Barcelona, La Cúpula, 1984 y 1990 respectivamente. Hay edición integral en la editorial Glénat, Barcelona, 2007.

[22] Alexander M. Jacob, Por qué he robado y otros escritos, Logroño, Pepitas de Calabaza, 2007, p. 183.

[23] Jordi Saladrigas, Vito, Barcelona, Toutain, 1984. El dibujo y el grafismo del cómic son una declaración de guerra irónica a la escuela de la línea clara belga para abrazar otras influencias como los franceses Caza o Moebius, aunque hay momentos en Vito que recuerdan también a autores underground norteamericanos como Gilbert Shelton o Robert Crumb. La declaración de guerra contra la línea clara llegará al extremo de escenificar la muerte del perro de Tintín, devorado por el Kraken oculto en las alcantarillas de Metropol en uno de los episodios de Vito. El lector curioso puede comprobar la angustiosa muerte de Milú en los tentáculos del Kraken en las pp. 29-30 del álbum citado.

[24] Gilbert Shelton, Wonder Wart-Hog. El Superserdo (1978-1999), Barcelona, La Cúpula, 2010.

[25] Wilfrid Lupano y Paul Cauuet, Los viejos hornos, Norma, Barcleona, 2015. Esta serie consta por el momento de cinco episodios siendo el último publicado en 2019.

[26] Los viejitos cortos de vista, directamente ciegos o fingiendo serlo utilizan su bastón guía para medir algunas costillas de autoridades mientras fingen usarlo para orientarse.

[27] Rubén Pellejero y Christopher, El largo y tortuoso camino, Bilbao, Astiberri, 2017.

Fuente: Libre pensamiento, 104 (otoño 2020)

Portada: fragmento de la portada de Pepe Buenaventura Durruti, de Juanerete, Carlos Azagra y Encarna Revuelta (GP Ediciones, 2019)

Ilustraciones: Conversación sobre la historia

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