La vida y obra del bibliófilo, hispanófilo y antifascista Herbert Southworth (1908-1999) ejemplifican algunos aspectos curiosos de la historiografía de la Guerra Civil Española, en cuyas primeras etapas las aportaciones de investigadores extraacadémicos fueron tanto o más importantes como las de estudiosos con doctorado y puesto universitario. La biografía de Southworth también da pistas sobre la compleja red de las filias, fobias, alianzas y lealtades que atravesaron el campo durante la Guerra Fría, ejemplificando la interacción dinámica entre impulsos individuales, instituciones académicas y agencias gubernamentales. Durante la mayor parte de su vida, Southworth trabajó fuera del ámbito universitario. Entre 1937 y el final de la Segunda Guerra Mundial, estuvo al servicio de los gobiernos de España y Estados Unidos. Después, ambos gobiernos llegaron a verle con sospecha o tratarlo como enemigo. Su modelo de hispanismo combativo y políticamente comprometido desesperó al régimen franquista e irritó a ciertos colegas, pero también inspiró a historiadores de generaciones posteriores, incluidos Ángel Viñas, Paul Preston y Helen Graham. Con este artículo el blog ha llegado a las 500 publicaciones.

 

Sebastiaan Faber

Catedrático de Estudios Hispánicos (Oberlin College, Ohio [EEUU]) y autor de «Memory Battles of the Spanish Civil War: History, Fiction, Photography» (2018) y «Exhuming Franco: Spain’s Second Transition» (en curso de publicación).

 

1. Una viñeta navideña

La página editorial del Washington Post del 26 de diciembre de 1937 incluía una viñeta de mil palabras protagonizada por un prestigioso hispanista. El texto abría en medias res: “Ella había entrado sin hacer ruido y cuando él se percató de su presencia, ya estaba al lado de la silla a la que él se había subido para fijar alfileres de colores en un gran mapa de España.” El hombre encaramado en la silla es St. George Paunceforth, “la principal autoridad norteamericana en literatura española, posiblemente la mayor autoridad del mundo”. La mujer es su ex, Irene. Ella y sus amigos están preocupados por George, que desde hace tiempo anda obsesionado con España. Aunque no ha dejado de impartir sus clases en la Butler University, dedica todas sus horas libres al trabajo por la República. “¿Sabes lo que están diciendo?” Irene le pregunta. “Dicen que estás intentando escapar de la vida real para enterrarte en la guerra española.” Le recuerda que es profesor de literatura, no es político; sin embargo, le dice, “andas de aquí para allá recogiendo fondos para ayudar a España, presentando a congresistas en el Madison Square Garden. ¡Tú, el autor de 13 volúmenes sobre Los Amantes de Teruel!

Fragmento de la viñeta de Herbert R. Southworth publicada en el Washington Post el 26 de diciembre de 1937

Paunceforth, lejos de inmutarse, le responde con un apasionado monólogo:

Teruel”, dijo, “exactamente. La gran luz azul, la que parpadea. Lo recuerdas, ¿verdad? Estábamos allí en septiembre y hacía frío incluso entonces. Hoy, en diciembre, allí hay 100.000 hombres luchando en la nieve. Esa es para mí la realidad de Teruel, por más que yo sea el autor de 13 volúmenes sobre Diego Juan Martínez de Marcilla e Isabel de Segura, los amantes de Teruel. Verás, Irene, no estoy tratando de escapar nada. Es al revés. Lo que intento es asumir el mundo, como profesor de humanidades. Todo lo que valoro, mi libertad de pensar como quiera, la dignidad del hombre como hombre y no como siervo, por todo eso el gobierno español está luchando hoy”.

Irene se rinde y se va, pero no sin antes dejar un billete de veinte dólares para la ayuda médica a la República Española. George, mientras tanto, se pone a pensar en la próxima manifestación prorrepublicana en el Madison Square Garden.

Foto: cvc.cervantes.es

Más de 80 años después de su publicación, la viñeta no ha perdido su poder de evocación. Tiene solo un defecto: es ficticio. Nunca hubo un profesor Paunceforth. La idea del hispanista que experimenta un despertar político a raíz de la Guerra Civil Española prefigura el nacimiento, tres años después, del héroe de Ernest Hemingway, Robert Jordan, un profesor de Español de Montana que, en Por quién doblan las campanas, se convierte en guerrillero republicano. Pero la verdad es que se trataba de una fantasía poco acorde con la realidad. La gran mayoría de los hispanistas universitarios de Estados Unidos no se alistaron en las Brigadas Internacionales, ni hablaron en mítines a favor de la República, ni apenas se pronunciaron en público sobre el conflicto bélico que arrasaba el país a cuyo estudio habían dedicado su vida profesional. Alfred Coester, el director de Hispania, la revista de la mayor asociación profesional del gremio, declaró en una nota editorial de diciembre de 1936 que no publicaría ningún texto al que se le pudiera detectar algún “sesgo a favor de un lado u otro” del conflicto (Coester 1936).

El autor de la viñeta en el Washington Post no pertenecía a la asociación de Coester ni era —todavía— hispanista. Un bibliotecario de 29 años nacido en Oklahoma pero criado en Texas, Herbert Rutledge Southworth llevaba tres años en la capital norteamericana, trabajando en la Biblioteca del Congreso. Su concientización política se había producido a comienzos de los años 20, cuando, de adolescente, pasaba largas tardes en la biblioteca pública de Abilene, Tejas, leyendo revistas izquierdistas como The Nation y The New Republic. Para cuando abandonó la escuela secundaria, a los 15 años, era un socialista autodidacta que renegaba de la religión de sus padres (protestantes) y de su orientación política (republicana). En los años siguientes, Southworth trabajó en la construcción y en la industria minera, donde sus compañeros mexicanos le enseñaron español. La Gran Depresión le dejó desempleado. Después de un verano en la Universidad de Arizona, ingresó en la Tecnológica de Texas en Lubbock, donde se recibió en 1934 con títulos en Historia y Español. Financió sus estudios trabajando en la biblioteca universitaria.

Lubbock (Texas), 1933: Herbert R. Southworth (arriba, a la izquierda), con el equipo de la biblioteca de la Texas Tech University (foto del anuario de la Universidad)

Antifascista que era, a Southworth no le escapó la trascendencia de la guerra en España. Es más: desde el mismo 18 de julio de 1936, esta se convirtió en el centro de su existencia, generando una triple fascinación —hispanófila, bibliófila y política— que le duraría la vida entera. Cuando murió, en 1999, dejó publicados cuatro volúmenes y un puñado de ensayos, todos escritos gracias a su propia y descomunal biblioteca: a lo largo de las décadas había conseguido amasar la mayor colección privada de libros y panfletos sobre la Guerra Civil Española del mundo. Excepto un breve periodo a mediados de los años 70 cuando estuvo de profesor honorario en la Universidad de California en San Diego —cuya biblioteca acabaría comprándole la colección— nunca ocupó un puesto universitario. Se doctoró tardíamente, cuando iba a cumplir 70 años, con un libro sobre el bombardeo de Gernika.

La vida y obra de Herbert Southworth sirven para ilustrar algunos aspectos curiosos de la historiografía de la Guerra Civil Española, en cuyas primeras etapas las aportaciones de investigadores extraacadémicos fueron tanto o más importantes como las de estudiosos con doctorado y puesto universitario. Su biografía también da pistas sobre la compleja red de las filias, fobias, alianzas y lealtades que atravesaron el campo durante la Guerra Fría, ejemplificando la interacción dinámica entre impulsos individuales (sean psicológicos o políticos), instituciones académicas y agencias gubernamentales. Durante la mayor parte de su vida, Southworth trabajó fuera del ámbito universitario. Durante varios años, estuvo al servicio de los gobiernos de España y Estados Unidos; durante otros muchos, ambos gobiernos llegaron a verle con sospecha o tratarlo como enemigo. La inversión en su trabajo era tan emocional como política y académica. Desde el verano de 1936 hasta su muerte, se consideró como un luchador por la causa republicana. Su modelo de hispanismo combativo y políticamente comprometido desesperó al régimen franquista e irritó a ciertos colegas, pero también inspiró a historiadores de generaciones posteriores, incluidos Ángel Viñas, Paul Preston y Helen Graham.

2. Hispanismo y Guerra Civil

Si no hubiera sido por la Guerra Civil, Southworth nunca se habría convertido en historiador de España. No fue el único al que le guerra española convirtió en hispanista a tiempo parcial o completo. Muchos de los intelectuales y periodistas a los que la guerra les pilló en plena formación y que acabarían fascinados por el país —incluidas figuras tan diversas como George Orwell, Burnett Bolloten, Dorothy Parker, Herbert Matthews, Franz Borkenau, Martha Gellhorn y Noam Chomsky— llevarían a España en el corazón durante el resto de su vida, una fascinación plasmada en libros, artículos e intervenciones activistas. Entre este elenco diverso, el que más se asemeja a Southworth es Bolloten, un periodista británico que trabajó como corresponsal de United Press en Barcelona durante la guerra y que más tarde se convirtió en un historiador del conflicto. Así como el bibliotecario de Oklahoma, Bolloten dedicó su vida a la búsqueda compulsiva de “la verdad sobre España”, en su caso plasmada en miles de páginas sobre la política interna de la República durante la primera mitad de la guerra. Sin embargo, Bolloten y Southworth acabarían enfrentados por la Guerra Fría; si Southworth fue señalado por el régimen franquista como enemigo por combatir, Bolloten, en cambio, acabó siendo promovido por él (Glondys 2012: 130).[1]

Burnett Bolloten (foto: revista Aportes, 60, 2006)

La guerra también ocupa un capítulo importante en la trayectoria intelectual de Chomsky, aunque sólo tenía diez años cuando Franco declaró la victoria. La efímera revolución social en el campo republicano ayudó a determinar la duradera atracción del lingüista por el pensamiento ácrata, así como su rechazo a cualquier programa de cambio social que dependiera del liderazgo de una “vanguardia” intelectual. De hecho, el primer artículo publicado por Chomsky, escrito en 1939, fue un editorial sobre la caída de Barcelona, escrito para el periódico de su colegio. Treinta años después, en “Objectivity and Liberal Scholarship” (1969), un largo ensayo sobre la Guerra de Vietnam y la Guerra Civil Española, Chomsky formularía una dura crítica del libro sobre la Segunda República y la Guerra Civil que Gabriel Jackson había publicado tres años antes. Lo que Chomsky le echó en cara a Jackson no era que escribiera sobre la Guerra Civil desde una determinada posición política, sino lo que percibía como una falta de rigor académico. Para Chomsky, el “sesgo elitista” de Jackson le llevó a ignorar parte de la evidencia histórica, ocasionando un “fracaso de la objetividad” en su relato de la revolución popular.

Que Chomsky se atreviera a desafiar a un especialista en lo referente a la Guerra Civil es sintomático de la evolución historiográfica del tema. Como es sabido, el hispanista no profesional había sido durante mucho tiempo una figura familiar en Francia, Inglaterra, Estados Unidos y otros países del norte. Aunque el hispanismo académico emerge de la hispanofilia de viajeros y autores amateurs, la institucionalización de la disciplina no significó que desapareciera el hispanista aficionado. A lo largo de los siglos XIX y XX, decenas de escritores y artistas extranjeros siguieron viajando y escribiendo sobre España. Muchos de estos hispanistas extraacadémicos se vieron tan afectados la Guerra Civil como sus homólogos eruditos. Pero si muchos de estos se sentían cohibidos a la hora de expresarse en público sobre el conflicto, los que no gozaban de un puesto académico tendían a tener menos reparos.

3. Al servicio de los gobiernos español y estadounidense

Fue el caso de Southworth. Si antes de 1936, había escrito alguna que otra crítica de libros para el Washington Post, desde finales de 1936 empezó a reseñar de forma regular obras nuevas sobre España. Entre enero de 1937 y enero de 1938 publicó siete de estas reseñas, así como dos artículos analíticos y dos columnas literario-políticas al estilo de la viñeta sobre Paunceworth, el hispanista ficticio. Su actividad no pasó desapercibida. En febrero de 1938, el bibliotecario fue contactado por Fernando de los Ríos, el embajador republicano español en Nueva York, quien le ofreció un trabajo en su agencia de propaganda, la Oficina de Información Española (Spanish Information Bureau). Southworth aceptó encantado.

No era de extrañar que Southworth hubiera atraído la atención del embajador: sus críticas en el Post eran tan incisivas como abiertamente prorrepublicanas. Al hablar de las quemas de iglesias en el lado republicano en una reseña de Behind the Spanish Barricades de John Langdon-Davies, por ejemplo, Southworth comentaba: “Por cierto, las bombas de la Capronis de Franco han destruido muchas más iglesias que los furiosos aldeanos españoles”. En su artículo sobre F. Theo Rogers, cuyo Spain: A Tragic Journey defendía la rebelión de Franco, Southworth casi llega a compadecer al autor, al que le diagnostica un caso severo de “confusión intelectual”.

En su reseña de un libro del Mayor MacNeill-Moss sobre el asedio al Alcázar, Southworth elogia al autor por explicar la ideología de los facciosos. Es cierto, admite, que los defensores del Alcázar “fueron valientes, fueron disciplinados”. Pero esto no cambia que “fueron traidores, no sólo al gobierno de la República Española, sino a la misma Historia”. El anhelo tradicionalista por el pasado, para Southworth, revela “los aspectos medievales de la mente fascista”. Para Southworth, el fascismo “niega la capacidad del hombre para pensar y planear su destino”, es “incompatible con nuestro mundo moderno” y por lo tanto está destinado a perder.

Después de la derrota de la República, Southworth continuó escribiendo periodismo, publicando artículos en revistas como The Nation y Foreign Affairs en los que denunciaba la hipocresía de la prensa católica y advertía de los peligros para los Estados Unidos de la creciente influencia del fascismo español en América Latina y el Caribe. A finales de los 30, se matriculó en la escuela de posgrado de Columbia, en Nueva York, donde estudió con José Antonio de Aguirre, presidente de Euskadi en el exilio. (En el curso que dio con Aguirre, Southworth era su único alumno.) También se hizo amigo íntimo del periodista Jay Allen, que le contrató como investigador. Junto con Allen y la historiadora Barbara Wertheim (mejor conocida como Barbara Tuchman), pasó muchas horas elaborando una extensa cronología de la Guerra Civil para un libro que Allen pensaba escribir pero nunca terminó. El mismo Southworth, empezó un ambicioso libro sobre el fascismo que también permanecería en gran parte inédito.

News of Spain, publicación periódica editada por el Spanish Information Bureau

Mientras tanto, el mundo se encaminaba rápidamente hacia la Segunda Guerra Mundial. El trabajo de Southworth con el Spanish Information Bureau había terminado en febrero de 1939. En septiembre del mismo año, volvió al empleo gubernamental, ahora de nuevo al servicio de su propia nación: fue contratado como experto de la Península Ibérica en el Foreign Information Service (FIS). El FIS era una división de la Oficina del Coordinador de Información (OCOI), servicio de inteligencia creada por el presidente Roosevelt en julio de ese mismo año, modelado sobre la MI6 británico y dirigido por William Donovan, un abogado prominente y veterano condecorado de la Gran Guerra. Un año después —y seis meses después del ataque en Pearl Harbor—, la OCOI se convertiría en la Oficina de Servicios Estratégicos (OSS), precursora directa de la CIA (fundada en 1947).

Con el mismo orden presidencial que creó la OSS, también nació la Office for War Information (OWI), a la que el FIS se incorporó. Su objetivo era coordinar el flujo de información sobre la guerra, tanto en Estados Unidos (el cine de Hollywood incluido) como en el extranjero y desarrollar actividades de propaganda y lo que entonces se empezó a llamar tácticas de “guerra psicológica” (Psychological Warfare). Fue la OWI la que creó la “Voice of America” (VOA), una emisora radiofónica que sigue activa hoy.

Washington, D.C., 1943-44, investigadores de la OWI (Office of War Information), foto de Ann Rosener ( Library of Congress/Wikimedia Commons)

Así como la OSS de Donovan, la OWI atrajo a un número importante de periodistas y académicos progresistas, antifascistas convencidos que, entre 1936 y 1939, se habían involucrado en las campañas de apoyo a la República española. La OWI también contrató a varios exiliados republicanos, entre ellos Josep Escuder (periodista asociado con el POUM), Enrique Ungría y el joven arabista José Rubia Barcia, quien entró a trabajar en la OWI en 1943 y realizaba, por la VOA, emisiones radiofónicas semanales sobre la España franquista con el pseudónimo de Andrés Aragón. La presencia de individuos con un historial de activismo antifascista y posible militancia comunista en agencias como la OSS y la OWI les sirvió a los enemigos políticos de Roosevelt en el Congreso —y a los rivales de Donovan en el aparato gubernamental norteamericano, entre ellos J. Edgar Hoover, el director del FBI— para lanzar investigaciones y cortar presupuestos.[2]

Los cambios tácticos en la política norteamericana hacia la España de Franco produjeron roces internos también. Cuando José Rubia Barcia recibió el encargo de incluir en el noticiero un discurso de Churchill en que este llamaba “caballero” a Franco, el joven exiliado se negó y fue despedido.[3] De forma similar, el historiador Pablo León Aguinaga ha investigado las tensiones entre los especialistas ibéricos en la OWI y la Embajada de Estados Unidos en Madrid, dirigida desde marzo de 1942 por el embajador Carlton J.H. Hayes, prestigioso historiador de la Columbia University, además de católico practicante. Hayes priorizaba disuadir al régimen franquista de unirse formalmente al Eje y sospechaba de la OWI, a la que vio burocráticamente demasiado independiente e ideológicamente demasiado antifranquista. Hayes, en cambio, “se imaginaba una campaña de baja intensidad y mayormente positiva dirigida a erosionar el acendrado antiamericanismo de los conservadores españoles, monárquicos y católicos”, queriendo evitar “nada que sugiriese simpatía [de parte del gobierno norteamericano] por las fuerzas antifranquistas” (León Aguinaga 2014: 6).

Robert Cresswell (1897-1943), retratado por Ivan Gregorewitch Olinsky (imagen: Universidad de Princeton)

Southworth, parece, no estaba del todo contento en la OWI; tenía ganas de salir de Estados Unidos. Como revela su expediente personal conservado entre los archivos de la OSS, en junio de 1942 su amigo Jay Allen le recomendó a Allen Dulles (futuro director de inteligencia de EE.UU., que trabajaba con Donovan desde octubre de 1941) como agente para la OSS. Southworth consigue una cita con Van Halsey, el banquero personal de Donovan, que también se ocupaba de cribar candidatos para misiones en el extranjero. La entrevista de Halsey con Southworth es positiva; aquél le escribe en un memorándum a Robert Cresswell, oficial de la OSS que el bibliotecario de Oklahoma “me impresiona de forma muy favorable como un joven inteligente, estudioso, que probablemente sería discreto y observador”. Agrega: “habla español y aunque nunca ha estado en España, cree que sería de mayor utilidad para nosotros allí y yo estoy de acuerdo, a menos que sus artículos [publicados] no hayan afectado su utilidad” (REF OSS FILE). Southworth, en una carta a Halsey después de la entrevista, le asegura que su “entusiasmo por la misión no deja de crecer”. Eso sí, apunta, “Dudo seriamente si la Embajada [Española] de Washington estará dispuesto a concederme un permiso para entrar al país. Si esto fuera el único escollo, sugiero que se me dé papeles falsos”. A pesar del entusiasmo de Southworth y Halsey, sin embargo, Cresswell y sus superiores no acaban de convencerse y rechazan la solicitud.[4]

Southworth, por tanto, siguió en su puesto en la OWI, que al final igual le ofreció la oportunidad de una misión allende los mares. En la primavera de 1943, Herbert fue destinado a Argelia, y luego a Rabat, Marruecos, desde donde coordinó las emisiones en español dirigidas a la España franquista. En el norte de África, coincidió una vez más con Allen, que para entonces también trabajaba para la OWI. En la misma zona se movían en operaciones de guerrilla varios veteranos de las Brigadas Internacionales, reclutados por la OSS, entre ellos Milton Wolff, Irving Goff, Milt Felsen, Bernard Knox y Irving Fajans. Allen dejó la OWI en 1943, desengañado con la política exterior norteamericana (Preston 2007: 397).

Asociación de la Prensa de Tánger: Herbert R Southworth a la derecha, aparecen también Adelino Cuetos en el centro sentado, Samuel Cohen, JL Navarro, etc. (foto: tangeryotrasutopias.com)
4. Un arsenal bibliográfico

Después de la derrota de las fuerzas del Eje, Southworth decidió quedarse en África en lugar de volver a los Estados Unidos. A sugerencia de la abogada francesa Suzanne Maury, de la que se había enamorado un par de años antes y con la que finalmente se casaría en 1948, Southworth compró el equipo de radio del ejército y fundó la Sociedad Africana de Radiodifusión en Tánger. Trabajaría como director de la emisora hasta que esta fue nacionalizada por el gobierno marroquí en diciembre de 1960.

Bibliófilo y coleccionista empedernido, Southworth había empezado a comprar libros y folletos sobre la Guerra Civil Española en 1936. Su trabajo en Tánger, para el que viajaba regularmente a España, le permitió agrandar su colección, que con el tiempo se convertiría en la mayor biblioteca privada del mundo sobre el tema. Sin embargo, no sólo coleccionaba por vicio. Si leía la mayor parte de lo que compraba —costumbre poco común entre los bibliófilos— era porque lo que le impulsaba más que nada era un insaciable deseo de saber. La Guerra Civil podría haberse perdido, pero Southworth, que al fin y al cabo había sido un profesional de la propaganda, se dio cuenta de que la batalla discursiva sobre la interpretación, representación y valoración histórica de la guerra apenas había comenzado. En esta batalla, el acceso a la información y la documentación proporcionaría una ventaja decisiva. Por lo tanto, para Southworth, los miles de libros y folletos que compró con la ayuda de una extensa red de librerías y comerciantes eran, entre otras cosas, miles de piezas de munición documental.

Herbert R. Southworth y Suzanne Maury (foto: Tiempo de Historia)

A principios de los años 60, Southworth, ya jubilado como director de radio y establecido en Francia con su esposa Suzanne, estaba listo para el ataque. En los años 40 y 50, no se había escrito ninguna historia importante y rigurosa de la Guerra Civil Española. Lo publicado en la España de Franco se había producido bajo la presión de la propaganda y la censura, mientras que los exiliados republicanos españoles estaban envueltos en luchas internas. En las universidades de Europa y Estados Unidos, los estudios históricos sobre Europa estaban, como hoy, dominados por especialistas en historia francesa, alemana y británica. Finalmente, la situación política de España y su aislamiento del resto de Europa dificultaban el acceso a los archivos y desanimaba a los estudiosos extranjeros. En los Estados Unidos, los estudios históricos serios sobre la Guerra Civil Española no comenzaron a aparecer hasta finales de los años 50.

También fue a finales de los 50 que a un graduado de Cambridge veinteañero llamado Hugh Thomas se le ocurrió emprender una historia general de la Guerra Civil Española. Publicado en 1961, La Guerra Civil Española se convirtió en un bestseller inmediato, para consternación del régimen de Franco. Southworth pronto añadiría su propia salva. Para el hombre de Oklahoma, que en 1958 había cumplido 50 años, la provocación inmediata para poner manos a la obra y activar el arsenal de su biblioteca había sido un breve artículo en una revista literaria española: un ensayo de Rafael Calvo Serer sobre la opinión literaria mundial acerca de la Guerra Civil Española. Publicado por primera vez en La estafeta literaria del 1 de mayo de 1962 y posteriormente ampliado a un folleto de setenta y dos páginas, el artículo de Calvo Serer repasaba la obra de los intelectuales extranjeros que conformaban la opinión pública mundial sobre la Guerra Civil. Southworth, más familiarizado que nadie con las interpretaciones extranjeras de la guerra, estaba horrorizado por la falta de lógica, rigor y organización de la obra de Calvo Serer, así como por su mala fe intelectual y lo descuidado del texto. Indignado, se sentó a escribir una crítica, y en poco tiempo había completado una respuesta polémica de… trescientas páginas. El mito de la cruzada de Franco fue publicado en 1963 por Ruedo Ibérico, una editorial española en París dirigida por el anarquista exiliado José Martínez Guerricabeitia. Un año más tarde, salió la traducción al francés.

El mito utiliza la pieza de Calvo Serer junto con un libro similar, La guerra española y el trust de cerebros, de Vicente Marrero (1961), para llevar a cabo un minucioso desmantelamiento de las mentiras que subyacen en la versión franquista de la Guerra Civil. Aunque sólo se vendieron 3.000 ejemplares de la primera edición del libro de Southworth, su impacto fue considerable. Como ha explicado Paul Preston, junto con el libro de Thomas El mito impulsó al régimen franquista a modificar su versión oficial de la guerra, e incluso a crear un departamento separado en el Ministerio de Información —dirigido por Ricardo de la Cierva— para contrarrestar el número creciente de investigaciones extranjeras sobre el conflicto. Y mientras Thomas pronto pasaría a otros temas, Southworth se empeñó en el suyo. Como resultado, escribe Preston, Southworth se convirtió en “el principal enemigo” del departamento dirigido por De la Cierva (Preston 2002: x).

Habiendo pasado varias décadas escudriñando la propaganda franquista, Southworth pudo captar los sutiles cambios de énfasis que reflejaban las reacciones oportunistas del régimen a los acontecimientos internacionales. A principios del decenio de 1960, era obvio que la entrada de España en el mercado común europeo y el aumento del turismo socavarían inevitablemente la estricta censura y el aislamiento intelectual que durante mucho tiempo habían permitido al régimen defender mentiras descaradas en la esfera pública española. En este contexto, los libros de Calvo Serer y Marrero fueron poco más que intentos apresurados de suavizar el golpe, filtrando y suavizando dos décadas de opinión pública extranjera sobre España para el público español. Southworth, por su parte, estaba decidido a complicarles la tarea.

5. Contra los mitos de Franco

Para Southworth, el trabajo de Calvo Serer y Marrero es sintomático de la producción intelectual franquista en su conjunto. Su mezquindad y mala fe son síntomas de una patología profundamente arraigada en la incapacidad estructural de los intelectuales franquistas para enfrentarse a la realidad histórica. La mayoría de los dirigentes republicanos, afirma Southworth en su prefacio, acabaron por aceptar la verdad; es más, muchos asumieron sus errores relativamente pronto. Los franquistas, en cambio, siguen basando su visión de la guerra en una serie de negaciones obstinadas — “afirmaciones de que la matanza de Badajoz no tuvo lugar, que Guernica no fue bombardeada, que los franquistas no asesinaron a García Lorca, etc.”— así como en dos mitos fundamentales: “1) que Franco se levantó para impedir una rebelión izquierdista-comunista; 2) que los asediados del Alcázar de Toledo escribieron una página de gloria para la historia de España”. Ambos mitos, escribe Southworth, “se fundan sólo en mentiras” (1961: 5).

Por supuesto, Calvo Serer, Marrero y sus colegas franquistas son demasiado inteligentes para no darse cuenta de la falsedad fundamental de sus afirmaciones; de ahí el nerviosismo y la inseguridad que se manifiestan a lo largo de sus obras. Southworth predice que esta incomodidad no desaparecerá hasta que los franquistas superen su miedo a la verdad. En el fondo, argumenta, dos décadas de estricta ahesión a la propaganda de Franco ha producido una especie de neurosis intelectual generalizada. En este sentido, retrata a los académicos franquistas casi más como víctimas que delincuentes: no pueden evitar que les afecte el horrendo clima intelectual en el que están obligados a hacer su trabajo. Al mismo tiempo, sin embargo, Southworth señala que, aparentemente, se benefician lo suficiente del status quo, materialmente y en términos de prestigio, como para hacer todo lo posible por mantenerlo. En otras palabras, han vendido el alma al diablo.

La aparición de El mito de la cruzada de Franco dejó claro que Southworth seguía siendo tan agudo, implacable y enojado como lo había sido en los años 30 y principios de los 40 cuando escribía sus agudas piezas para el Washington Post y The Nation. Sin embargo, también es obvio que El mito es el producto de una mente más madura. Southworth, a mediados de los cincuenta, y con veinte años de lecturas de la Guerra Civil en su haber, había encontrado su vocación. Ya no era un periodista, sino un investigador en toda regla, aunque careciera de puesto universitario o doctorado. Con El mito, dio con el estilo de escritura y argumentación que informaría todo su trabajo posterior: una voz idiosincrásica que combinaba la presentación sobria de hechos condenatorios con arrebatos hiperbólicos de indignación moral. Metodológicamente, El mito también es representativo del resto de su obra. Partiendo de una rigurosa crítica bibliográfica, Southworth acaba emprendiendo una minuciosa labor de detective histórico. Esto le permite reconstruir no sólo los acontecimientos históricos en sí mismos, sino también la historia de su representación y las transmisiones peripatéticas de estas representaciones a través de una amplia gama de personas, textos, medios de comunicación y esferas públicas. Su mejor trabajo en este sentido es su tercer libro, sobre el bombardeo de Gernika.

Herbert R. Southworth (foto: Ruedo Ibérico)

Esta peculiar metodología también significa que la mayor parte del trabajo de Southworth es de carácter reactivo. Escribe provocado por otros textos. Como un hábil judoka, aprovecha al máximo el impulso de sus oponentes usándolo en su contra. En su nivel más básico, El mito no es más que una extensa reseña de dos estudios mediocres, relativamente insignificantes, de escasa difusión en España y de ninguna fuera de ella. Por sí mismos, estos dos libros no merecerían la atención y la energía intelectual que Southworth les dedica. Pero dedicárselas le permite emprender un ataque frontal a la producción intelectual franquista en general. Así, el valor del trabajo de Southworth trasciende el de Calvo Serer y Marrero. Irónicamente, derrota a los franquistas tomándoles en serio.

Las cargas de Southworth a Calvo Serer y Marrero eran irrefutables y devastadoras. En El mito no sólo exponía la organización arbitraria de sus libros, las lagunas en su conocimiento y los defectos de sus argumentos, sino que también demostraba que gran parte de su trabajo estaba plagiado. Queda claro que los dos autores nunca vieron, y mucho menos leyeron, muchos de los libros que comentan, la mayoría de los cuales, por otra parte, no circulaban en España. Southworth, en cambio, armado de su excelente biblioteca, se había leído todos los textos pertinentes, revisado todas las ediciones, comprobado todas las citas. Esto le permitió desactivar, uno por uno, los principales mitos franquistas.

6. Antifalange

Su segundo libro, Antifalange (1967), también publicado en Ruedo Ibérico, emplea una metodología similar, pero es aún más reactivo que El mito. Se presenta como un “estudio crítico” de un texto escrito por Maximiano García Venero, un fascista español desengañado con el franquismo: una biografía de Manuel Hedilla, dirigente de Falange antes de que fuera subyugado por Franco e incorporado al Movimiento. Antifalange es una obra extrañamente híbrida. Por un lado, es un estudio exhaustivo, aunque parcial, del fascismo español y su papel en la Guerra Civil; por otro lado, es una refutación detallada de muchas de las afirmaciones centrales de García Venero, cuyo libro, por cierto, también fue publicado por Ruedo Ibérico. José Martínez se sintió atraído por la obra de García Venero por su importancia histórica, por haber sido prohibida por la censura franquista y por la luz que arrojaba sobre la ambición despiadada de Franco. Pero Martínez sólo había aceptado publicar la reivindicación de Hedilla si se le permitía agregar un comentario crítico de Southworth, condición a la que García Venero accedió inicialmente. Southworth, sin embargo, asumió el trabajo con su típica seriedad y dedicación, escribiendo muchas páginas de detalladas correcciones y refutaciones —una glosa subversiva, en realidad— que exponían la forma en que la historia del fascismo español estaba siendo malinterpretada tanto por el régimen de Franco como por García Venero, cuyo único objetivo principal era reivindicar la figura de Hedilla. El comentario creció rápidamente hasta alcanzar el tamaño de la obra original, y la publicación de ambos en un solo volumen se hizo imposible. Para colmo, cuando García Venero se dio cuenta del tono duro de la glosa del americano, se resistió y quiso revocar el contrato. Sin embargo, Martínez se negó a liberarlo de sus obligaciones contractuales y, después de una lucha legal, la biografía y el comentario finalmente se publicaron juntos, aunque como dos volúmenes separados.

Maximiano García Venero (1907-1975)(foto: fusionasturias.com)

La mayor virtud del segundo libro de Southworth (en realidad, un ensayo de cincuenta páginas seguido de doscientas páginas de notas) es la misma que la del primero: un hambre tenaz por la verdad que le lleva a escudriñar los montones de pruebas que tiene a mano con una persistencia y honestidad intelectual inusuales. En esta empresa, no ve ninguna razón para escatimar ni su propia energía ni los sentimientos de los personajes involucrados. Así, en las primeras páginas de su introducción, afirma rotundamente que el mayor defecto de la mayoría de los libros sobre la Falange, incluido el de García Venero, es su errónea convicción de que el partido era, en el fondo, una empresa noble y genuinamente revolucionaria. Este mito, sostiene Southworth, es completamente falso. Pero su persistencia hace que un escritor como García Venero esté “psicológicamente incapacitado para comprender la significación del Alzamiento, de la Falange, del régimen de Franco” (13). En realidad, la Falange de noble no tenía nada. Era “la versión española del fascismo”, no un movimiento revolucionario, sino contrarrevolucionario, sin siquiera una base ideológica sólida. Nacido de circunstancias históricas particulares, afirma Southworth, el fascismo europeo nunca fue mucho más que “un subterfugio político efímero y primitivo, una táctica fabricada para un segundo de historia y no una gran estrategia capaz de organizar el mundo durante mil años” (15).

El impacto de la Antifalange fue naturalmente menor de lo que había sido el de El Mito. Aun así, fue reseñado en el Times Literary Supplement por Raymond Carr, quien calificó a Southworth como el crítico del franquismo “más trabajador y más despiadado” (“the most industrious and savage critic of Nationalist Spain”). Volviendo al proyecto que había comenzado cuando trabajaba para Jay Allen en Nueva York, a finales de los años 30, Southworth pensó durante mucho tiempo escribir una segunda edición de Antifalange, concebida como un estudio del fascismo español más amplio en un contexto europeo. Pero aunque Ruedo Ibérico le dio un adelanto y un plazo —y Martínez no dejó de hostigarle—Southworth lo dejó sin terminar.

Este trabajo procede del capítulo sobre Southworth incluido en mi libro Anglo-American Hispanists and the Spanish Civil War: Hispanophilia, Commitment, Discipline (Palgrave, 2008), incorporando datos nuevos.

Nota bibliográfica

Paul Preston incluye un capítulo biográfico sobre Southworth en Idealistas bajo las balas. Corresponsales extranjeros en la guerra de España (Debate, 2007). Darryl Burrows le dedica un capítulo en Historians at War: Cold War Influences on Anglo-American Representations of the Spanish Civil War (Sussex, 2018). El propio Southworth incluye una detallada nota autobiográfica como prólogo a la re-edición española de El mito (Plaza y Janés, 1986).

Archivos Consultados

Abraham Lincoln Brigade Archives, The Tamiment Library and Robert F. Wagner Labor Archives, New York University, New York, USA.

Jay Allen Papers, Abraham Lincoln Brigade Archives, The Tamiment Library and Robert F. Wagner Labor Archives, New York University, New York, USA.

José Martínez Guerricabeitia Papers, International Institute of Social History, Amsterdam, Netherlands.

Office of Strategic Services Personnel Files from World War II. National Archives at College Park, Maryland.

 

Obras citadas

Bolloten, Burnett. 1961. The Grand Camouflage: The Communist Conspiracy in the Spanish Civil War. New York: Praeger.

———. 1961. El gran engaño. Pról. Manuel Fraga Iribarne. Barcelona: Luis de Caralt, 1961.

Calvo Serer, Rafael. 1962. La literatura universal sobre la Guerra de España. Madrid: Ateneo.

[Carr, Raymond.] 1968. “Franco and the Falange.” Times Literary Supplement, 12 de sept, p. 996.

Chomsky, Noam. 1969. American Power and the New Mandarins. New York: Pantheon.

[Coester, Alfred.] Editorial. Hispania 19, vol. 4 (1936): 467.

Esenwein, George. 2015. “Introduction to the 2015 Edition: Confronting Spain’s Troubled Past: Burnett Bolloten’s Legacy as a Civil War Scholar.” En: Bolloten, Burnett. The Spanish Civil War: Revolution and Counterrevolution. Chapel Hill: University of North Carolina Press, pp. xxxv-lix.

González Herrán, José Manuel. 2014. José Rubia Barcia: Unha vida contada. Santiago de Compostela: Consello da Cultura Galega.

León Aguinaga, Pablo. 2014. “The Trouble with Propaganda: The Second World War, Franco’s Spain, and the Origins of US Post-War Public Diplomacy.” The International History Review vol. 37, no. 2, pp. 1-24.

Marrero, Vicente. 1961. La guerra española y el trust de cerebros. Madrid: Ediciones Punta Europa.

Namias, June. 1992. First Generation: In the Words of Twentieth-Century American Immigrants. Urbana: University of Illinois Press.

Preston, Paul. 2002. Prologue to Conspiracy and the Spanish Civil War: The Brainwashing of Francisco Franco, by Herbert R. Southworth, ix-xv. London: Routledge/Cañada Blanch.

———. 2007. Idealistas bajo las balas. Corresponsales extranjeros en la guerra de España. Madrid: Debate.

Rubia Barcia, José. 1989. Memoria de España. Pasado y futuro en prosas de amor y fe. Tomo I. Pasado. Valencia: Pre-Textos.

———. 1976. Prosas de razón y hiel. Desde el exilio: desmitificando al franquismo y ensoñando una España mejor. Caracas: Casuz Editores.

———. 1992. Con Buñuel en Hollywood y después. A Coruña: Ediciós do Castro.

Southworth, Herbert R. 1986. “A modo de prólogo.” En: El mito de la cruzada de Franco. Barcelona: Plaza y Janés, 1986, pp. 9–33.

———. 1937. “Escape at Teruel.” Washington Post, 26 de dic., B8.

———. 2002. Conspiracy and the Spanish Civil War: The Brainwashing of Francisco Franco. London: Routledge/Cañada Blanch.

———. 2000. El lavado de cerebro de Francisco Franco. Conspiración y Guerra Civil. Barcelona: Crítica.

———. 1977. Guernica! Guernica! A Study of Journalism, Diplomacy, Propaganda, and History. Berkeley: University of California Press.

———. 1963. El mito de la cruzada de Franco. París: Ruedo Ibérico.

———. 1967. Antifalange. Estudio crítico de “Falange en la guerra de España” de M. García Venero. Trad. José Martínz. París: Ruedo Ibérico.

Notas

[1] El primer libro de Bolloten, The Grand Camouflage, publicado en 1961 en Estados Unidos, fue traducido al español inmediatamente y publicado ese mismo año, como El gran engaño, por Caralt en Barcelona, con prólogo de Manuel Fraga Iribarne, entonces todavía Director del Instituto de Estudios Políticos. Según Olga Glondys, la traducción se realizó con fondos norteamericanos y por orden de Michael Josselson, el agente de la CIA que en 1950 había fundado el Congreso por la Libertad Cultural (CLC), organización central en la llamada “guerra fría cultural” que dirigiría por muchos años. Escribe Glondys: “Una vez publicado el libro de Bolloten, el agente Josselson decidió traducirlo al español … El Congreso por la Libertad de la Cultura promovió la divulgación del libro de Bolloten, junto con otra historia de la Guerra Civil, The Spanish Civil War de Hugh Thomas. Ambas obras fueron traducidas al español, por iniciativa de Josselson, con los fondos del CLC. No obstante, el libro que realmente le interesaba a [Josselson] era el de Bolloten: «Pienso que nuestro esfuerzo debería sobre todo apoyar la difusión del libro de Bolloten y no el de Thomas, a no ser que apoyemos a ambos». Luego, Josselson insistiría repetidamente en la necesidad «esencial» de que las dos obras fueran distribuidas al mismo tiempo en España, «condición» para que el CLC garantizara la compra de trescientos ejemplares de cada una. Así era cómo la CIA aportaba su grano de arena en asuntos que, como el legado izquierdista internacional de la Guerra Civil española, consideraba de máxima importancia” (Glondys 2012: 129-30). El hispanista George Esenwein, que de joven trabajó como asistente de Bolloten, tiene otra explicación. Según Esenwein, la traducción se produjo sin el permiso de Bolloten, quien, al enterarse de los planes de publicación, “insistió enfáticamente, por razones políticas, que su libro no se publicara en España” y se negó a firmar ningún contrato. “Pero su esfuerzo fue en vano”, relata Esenwein; “a pesar de no tener un contrato firmado por el autor, Caralt ya había sacado una edición (traducida apresuradamente y con modificaciones importantes [heavily edited] …” La publicación, anota Esenwein, “tendría graves consecuencias para la reputación de Bolloten como historiador de la Guerra Civil. Sobre todo, creó la falsa impresión en España … y el extranjero de que el libro no era producto de una investigación objetiva y que su autor era profranquista” (lx).

[2] Así, por ejemplo, en la primavera de 1942, el FBI investigó a Joseph Fels Barnes, un conocido periodista del New York Herald Tribune que había sido nombrado vicedirector de la rama extranjera del OWI, después de que un informante había alegado que, estando de corresponsal en Moscú, había sido activo en el Partido Comunista. Siete agentes entrevistaron a una treintena de amigos, colegas e informantes, produciendo un informe de más de 30 páginas. (OSS Personnel Files.)

[3] Barcia cuenta este episodio en una historia oral incluida en Namias (121), en Con Buñuel en Hollywood (10) y en José Rubia Barcía. Unha vida contada (González Herrán 2014: 85).

[4] OSS Personnel Files.

Portada: foto del blog Badajoz y la guerra incivil

Ilustraciones: Conversación sobre la historia

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