El silencio no detiene la ocupación y el genocidio de Gaza
Conversación sobre la historia
Frente al relato oficial de la Transición centrado en el consenso y las élites políticas, surge la necesidad de mirar las manos que realmente “pintaron” el cuadro de la democracia en España. Este artículo aborda la pluralidad, los riesgos y el posterior olvido de los movimientos sociales -obreros, estudiantes, abogados laboralistas e incluso militares democráticos- que erosionaron la dictadura mucho antes de 1975. Una crónica esencial para entender que la democracia no apareció de repente, sino que se aprendió practicándola desde la clandestinidad hasta su regreso.
Francisco J. Leira Castiñeira
Universidad Carlos III de Madrid
La Transición española suele aparecer en los relatos sobre la democracia como una sucesión de grandes nombres, fechas e instituciones: la muerte de Franco, el nombramiento de Adolfo Suárez, las elecciones de 1977, los Pactos de la Moncloa, la Constitución de 1978 y, finalmente, la victoria socialista de 1982. Es una narración necesaria, pero insuficiente. Porque antes de que los partidos pudieran sentarse a negociar, antes incluso de que existiera un marco legal para hacerlo, hubo personas que durante años se empeñaron en algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más arriesgado: conseguir que en España fuera posible hablar de democracia. Esa es una de las ideas que atraviesa Retrato de la Transición. La memoria que escondimos en el desván, publicado por Siglo XXI, y que adquiere especial fuerza cuando se observa la Transición desde la oposición al franquismo. El libro no pretende descubrir una Transición desconocida ni sustituir un relato por otro. Su propósito es recuperar las voces de quienes participaron en aquel proceso y mostrar, a través de sus recuerdos, que la democracia no comenzó el día que se aprobó una ley, se celebraron unas elecciones o se promulgó una Constitución. Cuando llegó 1975, llevaba décadas siendo construida desde abajo.
Una de las ventajas de escuchar a quienes vivieron aquellos años es que permite comprender algo que los relatos políticos tienden a ocultar: la oposición al franquismo no fue un bloque homogéneo ni tuvo un único rostro. No fue solamente el Partido Comunista, ni el PSOE, ni los sindicatos clandestinos, ni los estudiantes. Tampoco fue únicamente la actividad de unos militantes que actuaban en la clandestinidad. La oposición fue adquiriendo formas distintas según cambiaban la sociedad y el propio régimen. Hubo obreros, estudiantes, abogados, periodistas, intelectuales, mujeres, sacerdotes, vecinos de barrios periféricos, campesinos e incluso militares que, desde posiciones muy diferentes, fueron creando espacios de libertad. Muchos no se consideraban a sí mismos protagonistas de la historia. Precisamente por eso sus testimonios resultan tan valiosos.
Nicolás Sartorius, por ejemplo, recuerda el mundo del movimiento obrero y la importancia de Comisiones Obreras, mientras Francisca Sauquillo y Cristina Almeida permiten observar cómo la defensa jurídica de trabajadores y militantes se convirtió también en una forma de resistencia. José Sanroma conduce hasta las universidades, donde una nueva generación aprendió a discutir sobre política cuando discutir sobre política podía tener consecuencias. Cristina Almeida ofrece, además, una mirada especialmente reveladora sobre los barrios populares y sobre una militancia que no consistía solamente en organizar una protesta, sino en enseñar a leer, explicar los derechos laborales, hablar de anticoncepción o ayudar a una mujer a escribir su propio nombre. En uno de esos episodios recuerda cómo algunas mujeres se acercaban y le decían: «Doña Cristina, enséñeme a firmar, que yo no quiero poner el dedo». Detrás de una frase aparentemente sencilla aparece toda una concepción de la democratización: aprender a firmar también podía ser aprender a ser ciudadana.
Ese tipo de experiencia obliga a ampliar nuestra idea de lo que significa luchar contra una dictadura. La oposición no se encontraba solamente en las reuniones clandestinas de los partidos. También estaba en una asociación de vecinos que reclamaba un ambulatorio, en una huelga por mejores condiciones laborales, en una facultad donde los estudiantes exigían representación democrática o en un despacho de abogados donde se intentaba garantizar una defensa digna a un trabajador detenido. La democracia se aprendía practicándola antes de que existieran las instituciones democráticas. Y esa dimensión social es fundamental para comprender por qué, cuando murió Franco, la sociedad española estaba mucho más preparada para el cambio de lo que puede sugerir una simple fotografía de las instituciones de aquel momento.

La historia de la oposición, además, comenzó mucho antes de la década de 1970. Durante los primeros años de la dictadura, la resistencia estuvo marcada por la derrota de la República, la clandestinidad, el exilio y una represión brutal. Pero a partir de los años cincuenta comenzó a aparecer algo diferente: una generación que no había vivido directamente la guerra y que empezó a cuestionar el régimen desde otros lugares. El episodio universitario de 1956 es especialmente significativo. En las protestas participaron jóvenes de sensibilidades políticas distintas, incluidos algunos procedentes de familias vinculadas al franquismo. Aquella ruptura generacional tenía una enorme importancia: la oposición dejaba de ser únicamente una cuestión entre vencedores y vencidos de la Guerra Civil. Aparecía una nueva generación que reclamaba libertad por razones propias.
El testimonio de José Sanroma ayuda a comprender cómo funcionó aquella transformación. Para él, pese a la represión, las detenciones y las expulsiones, la universidad llegó a convertirse en un espacio de libertad. Allí podían discutirse cuestiones que no tenían cabida en otros ámbitos de la sociedad. No era un espacio completamente libre, por supuesto. La policía podía entrar, los estudiantes podían ser detenidos y los profesores sancionados. Enrique Tierno Galván, José Luis López Aranguren y Agustín García Calvo fueron expulsados de sus cátedras en 1965. Pero precisamente esa tensión convirtió las aulas en espacios de aprendizaje político. Sanroma recuerda incluso cómo, siendo delegado estudiantil, interpeló a Manuel Fraga por el asesinato de Enrique Ruano y propuso guardar un minuto de silencio. La respuesta fue negativa y los estudiantes declararon a Fraga persona non grata; sus clases comenzaron a desarrollarse bajo vigilancia policial.
La universidad española no era, por tanto, una copia del Mayo francés, aunque tampoco permaneció al margen de los cambios internacionales. Gorka Landaburu recuerda haber vivido en París las grandes movilizaciones de 1968. Joaquín Estefanía explica cómo las noticias que llegaban del exterior contribuyeron a modificar su propia trayectoria personal. España estaba sometida a una dictadura y sufría un importante aislamiento político, pero las ideas circulaban. Llegaban a través de los viajes, del turismo, de algunos profesores, de los libros y de una cultura juvenil que comenzaba a cuestionar las formas tradicionales de autoridad. La protesta española tenía sus características propias, pero formaba parte de una transformación internacional. La generación que salió a las calles en París, Praga, Roma, Londres o Estados Unidos también estaba cuestionando las estructuras de poder. En España, esa contestación adquiría inevitablemente un componente democrático mucho más directo.
La oposición obrera fue todavía más amplia. Las dificultades económicas, la precariedad y las transformaciones de la sociedad industrial favorecieron la organización de los trabajadores. Barcelona, Madrid, Vizcaya, Asturias, Ferrol, Vigo, Cádiz o Cartagena se convirtieron en espacios de movilización. Comisiones Obreras consiguió articular una forma de sindicalismo que superaba las reivindicaciones estrictamente laborales. En sus filas convivieron comunistas, católicos, socialistas, falangistas desencantados y otros sectores que podían no compartir un mismo proyecto político, pero sí una demanda fundamental: tener capacidad para organizarse y defender sus derechos. Esa diversidad fue una de sus fortalezas. Según Nicolás Sartorius, las relaciones entre grupos opositores podían ser tensas, pero existía un respeto mutuo y una conciencia de que la lucha por la democracia exigía colaborar.

El episodio del Proceso 1001 muestra hasta qué punto esa lucha podía ser peligrosa. Marcelino Camacho, Eduardo Saborido, Nicolás Sartorius y otros dirigentes obreros fueron juzgados por el Tribunal de Orden Público en un proceso que pretendía frenar la creciente movilización. La represión, sin embargo, produjo un efecto contrario al buscado. El juicio generó solidaridad nacional e internacional y convirtió a sus protagonistas en símbolos de una oposición que ya no podía ser presentada simplemente como una minoría marginal. La propia represión contribuía, paradójicamente, a demostrar que las demandas democráticas tenían una dimensión social mucho mayor.
En ese proceso desempeñaron también un papel esencial los abogados laboralistas. Los testimonios de Francisca Sauquillo y Cristina Almeida muestran que defender a un detenido no era una tarea puramente profesional. Significaba enfrentarse a una justicia que, en muchas ocasiones, actuaba como instrumento de la propia dictadura. Preparar una defensa era proporcionar al acusado herramientas jurídicas, pero también reconocimiento y dignidad. Para aquellos abogados, ganar no significaba necesariamente conseguir una absolución imposible; podía significar demostrar que el acusado tenía derecho a ser defendido, que sus ideales eran legítimos y que el Estado no podía disponer arbitrariamente de su vida. Su trabajo permitió mantener una continuidad entre las primeras generaciones universitarias de oposición y los movimientos obreros y sociales de los años sesenta y setenta.
Pocas historias muestran con tanta crudeza el funcionamiento del franquismo como la de Salvador Puig Antich. Su ejecución en 1974, después de un proceso plagado de irregularidades, conmocionó a la oposición y tuvo una enorme repercusión internacional. El abogado Francesc Caminal recuerda la brutalidad del procedimiento y la falta de garantías. El propio Puig Antich, según el testimonio recogido en el libro, pidió una defensa técnica y no política: «Quiero una defensa técnica, no política». La petición resulta especialmente poderosa porque muestra a una persona atrapada entre la maquinaria represiva del Estado y la voluntad de no convertirse en un instrumento de ninguna organización. La ejecución demostró que, incluso en sus últimos años, el franquismo continuaba siendo una dictadura capaz de utilizar la jurisdicción militar y la pena de muerte para eliminar a sus adversarios.
Pero la oposición tampoco se limitó a las grandes ciudades. Los barrios periféricos fueron espacios fundamentales de politización. En ellos, las reivindicaciones por el agua, el transporte, la vivienda, las escuelas o la sanidad se convirtieron progresivamente en demandas políticas. El movimiento vecinal permitió que personas sin experiencia militante aprendieran a organizar reuniones, negociar, redactar documentos, convocar movilizaciones y hablar en público. La reivindicación de una escuela o un ambulatorio podía parecer una cuestión estrictamente local, pero detrás estaba la exigencia de que la ciudadanía pudiera decidir sobre las condiciones en que vivía. Las asociaciones vecinales fueron, en ese sentido, auténticas escuelas de democracia.

El testimonio de Cristina Almeida resulta especialmente revelador porque permite observar cómo esa politización afectó también a las mujeres. La oposición al franquismo no consistía únicamente en sustituir un régimen político por otro. Implicaba cuestionar una estructura social que había limitado profundamente la autonomía femenina. Las campañas de alfabetización, las charlas sobre sexualidad y anticoncepción o la organización vecinal tenían una dimensión democrática que a veces se pierde cuando reducimos la Transición a sus acontecimientos políticos. La libertad también significaba poder leer, trabajar, decidir sobre el propio cuerpo, participar en una asociación o hablar en público. La democratización, por tanto, tenía muchas dimensiones y no todas quedaron recogidas en la Constitución de 1978.
Quizá uno de los testimonios más sorprendentes sea el de quienes actuaron desde dentro de las propias estructuras del régimen. La Unión Militar Democrática fue un pequeño grupo de oficiales que intentó introducir una cultura democrática en unas Fuerzas Armadas profundamente vinculadas al franquismo. Xosé Fortes resume su propósito con una expresión que da título a uno de los capítulos del libro: «Nuestra misión era mojar la pólvora del ejército franquista». La frase condensa la importancia de aquella organización. No pretendían conquistar el poder, sino impedir que el Ejército pudiera convertirse en el principal obstáculo para la democratización.
José Ignacio Domínguez recuerda la experiencia de un Ejército en el que el ascenso podía depender más de la lealtad ideológica que de la competencia profesional. La UMD trató de construir otra idea de la institución militar: un Ejército sometido a la soberanía popular y no identificado con una determinada ideología. Sus miembros fueron perseguidos, condenados y expulsados. Fernando Reinlein ha resumido una de las lecciones de aquella experiencia con otra frase contundente: «El olvido no es neutro». Y esa afirmación conecta directamente con el sentido del libro. Recordar a la UMD no significa convertirla en protagonista exclusiva de la Transición, sino reconocer que la democratización también necesitó abrir grietas en instituciones que parecían inamovibles.
La historia de la UMD muestra, además, una de las contradicciones de la Transición. Una vez iniciada la negociación política, algunos de quienes habían luchado contra el franquismo comenzaron a resultar incómodos para el nuevo relato. Los militares democráticos defendían la depuración de responsabilidades y una transformación más profunda de las Fuerzas Armadas, mientras los principales partidos democráticos optaban por una estrategia basada en la reconciliación y el acuerdo. En 1976, incluso se vetó la presencia de Domínguez en un acto en París en el que participaban Felipe González y Santiago Carrillo. El episodio revela que la memoria de la oposición no siempre coincidió con el relato posterior de la Transición.
Y aquí aparece una de las cuestiones centrales de Retrato de la Transición. ¿Qué ocurre cuando una democracia necesita construir un relato común sobre su nacimiento? El consenso puede ser imprescindible para crear instituciones estables, pero cualquier consenso implica seleccionar, simplificar y, a veces, silenciar. La Transición española necesitaba evitar la violencia y la involución. Había razones poderosas para pactar. Pero el relato construido después tendió a colocar en segundo plano a muchos de aquellos que habían hecho posible que el cambio fuera necesario. Los movimientos vecinales, las asociaciones, los sindicatos, los estudiantes, las mujeres, los abogados laboralistas y la UMD podían aparecer como actores secundarios cuando, en realidad, habían contribuido a transformar la sociedad desde mucho antes de 1975.

Escuchar sus testimonios permite, por tanto, cambiar la pregunta. No se trata de decidir si la Transición fue una ruptura o una continuidad, si fue ejemplar o insuficiente. Se trata de comprender cómo una sociedad sometida durante décadas a una dictadura consiguió generar una cultura democrática antes de que existiera una democracia institucional. Y también de comprender por qué algunos de quienes participaron en esa lucha quedaron después fuera de la fotografía oficial. La democracia no nació de la nada cuando murió Franco. El régimen no se suicidó. Durante años había sido erosionado por conflictos sociales, huelgas, movilizaciones universitarias, asociaciones vecinales, abogados, periodistas, militantes clandestinos y personas que, desde posiciones muy distintas, habían aprendido que podían desafiar la autoridad.
Eso no significa que la oposición antifranquista fuera homogénea ni que todos sus protagonistas compartieran el mismo proyecto. Había comunistas, socialistas, maoístas, trotskistas, democristianos, liberales, católicos progresistas, nacionalistas y republicanos. Algunos defendían una ruptura radical; otros buscaban una reforma gradual; algunos aspiraban a una república y otros aceptaron la monarquía parlamentaria. La democracia que finalmente surgió no coincidió exactamente con el proyecto de ninguno de ellos. Fue resultado de una negociación marcada por lo que el propio libro denomina una «correlación de debilidades»: ningún actor tenía fuerza suficiente para imponer su modelo y todos tuvieron que ceder. Esa circunstancia explica tanto la estabilidad del acuerdo como algunas de sus ambigüedades posteriores.
Por eso recuperar a los protagonistas de la oposición no pretende restar importancia a quienes negociaron la Constitución. Al contrario. Permite comprender mejor el terreno sobre el que aquellos políticos pudieron negociar. Sin la presión social acumulada durante años, sin la transformación cultural y generacional, sin el movimiento obrero y estudiantil, sin los barrios movilizados y sin quienes asumieron riesgos personales, el cambio institucional habría sido mucho más difícil. La democracia se construyó arriba, pero llevaba tiempo creciendo abajo.

También por eso los testimonios tienen un valor especial. Un archivo puede decirnos cuántas huelgas hubo, cuántas detenciones se produjeron o cuántos estudiantes fueron procesados. Una entrevista puede mostrarnos qué significaba entrar en una reunión clandestina, qué se sentía al saber que la policía podía estar siguiendo tus pasos, qué suponía perder un empleo por militar, qué significaba visitar una cárcel o defender a un detenido. La historia oral no sustituye a los documentos; los complementa. Permite introducir en el relato histórico la experiencia de quienes no siempre dejaron documentos escritos y reconstruir la dimensión humana de procesos que, vistos desde las estadísticas, pueden parecer abstractos.
Ese es, en último término, el sentido del retrato que se propone. No se trata de destruir la imagen de la Transición, sino de sacarla del desván y observarla con una mirada más amplia. La generación que vivió aquellos años tiene razones para sentirse orgullosa. Vivir bajo una dictadura y contribuir a abrir espacios de libertad exigía valentía. Pero precisamente porque aquel esfuerzo fue importante, merece ser estudiado sin convertirlo en una pieza sagrada. Una democracia no debería tener miedo de conocer quiénes la hicieron posible, qué esperaban aquellos hombres y mujeres y qué sacrificios realizaron.
Quizá el mejor ejemplo sea aquella mujer que quería aprender a firmar. Su historia difícilmente aparecerá en una fotografía de los Pactos de la Moncloa o en una sesión del Congreso. Sin embargo, cuando consiguió escribir su nombre estaba haciendo algo profundamente democrático: estaba dejando de depender de otros para acreditar su propia existencia. Como ella, miles de personas participaron en una democratización que no siempre quedó registrada en los grandes relatos. Fueron quienes hicieron que la democracia dejara de ser una idea abstracta y comenzara a formar parte de la vida cotidiana.
Cincuenta años después de la muerte de Franco, recuperar esas voces no es un ejercicio de nostalgia. Tampoco una forma de enfrentar a unas generaciones contra otras. Es una manera de entender que la democracia es una construcción colectiva y que sus protagonistas fueron mucho más numerosos que quienes aparecen en los manuales. La Transición merece ser reivindicada, pero precisamente por eso necesita ser conocida en toda su complejidad. No basta con recordar que hubo consenso: hay que saber quién tuvo que luchar para que ese consenso fuera posible. No basta con celebrar las instituciones que nacieron entonces: hay que comprender las demandas sociales que quedaron fuera de ellas. No basta con mirar el retrato terminado: también hay que observar las manos que lo pintaron.
Retrato de la Transición invita a hacer precisamente eso. A escuchar a quienes estuvieron allí, a reconocer sus contradicciones, sus esperanzas, sus errores y sus renuncias. Y, sobre todo, a comprender que la historia de la democracia española no comienza en 1975 ni termina en 1978. La oposición al franquismo fue una de sus raíces fundamentales. Recuperarla no significa apropiarse de su legado, sino devolverle su lugar en la historia. Porque si algo enseñan los testimonios reunidos en el libro es que la democracia nunca llega terminada. Se construye cuando alguien decide organizarse, hablar, protestar, defender a otro, enseñar a leer, reclamar un barrio digno o, incluso desde un cuartel, negarse a aceptar que obedecer significa dejar de pensar. Esa es quizá la imagen que conviene conservar del retrato: no la de una democracia que apareció de repente, sino la de una sociedad que, durante años, aprendió a imaginarla y a luchar por ella.

Índice del libro
Entrevistados
Prólogo. La Inmaculada Transición
Lo que no quisimos ver tras el consenso
Capítulo 1. Franquismo sin Franco. Aperturistas e inmovilistas
Capítulo 2. “Los que cruzaron el Jordán purificador de la democracia”. Democristianos, liberales y socialdemócratas
Capítulo 3. “Mojar la pólvora del Ejército franquista”. La olvidada y denostada Unión Militar Democrática
Capítulo 4. Aulas de resistencia
Capítulo 5. Voces desde abajo: el pulso obrero, vecinal y rural
Capítulo 6. El retorno de la violencia política
Capítulo 7. “Por una reconciliación nacional”. De juntas y convergencias
Capítulo 8. “Qué error, qué inmenso error”. De nombramientos calculados a los primeros contactos entre Gobierno y oposición
Capítulo 9. “De la ley a la ley” al “Sábado Santo rojo”. Entre la reforma y la ruptura, reforma
Capítulo 10. “El país que aprendía a votar”. Las primeras elecciones libres
Capítulo 11. “Del voto al texto”. La ponencia constitucional
Capítulo 12. Suárez entre la espada y el Parlamento
Capítulo 13. Las primeras autonomías
Capítulo 14. “Las transiciones pendientes”. Los retos de los primeros gobiernos socialistas
Capítulo 15. La crisis del Gobierno socialista
Capítulo 16. Medios de comunicación, cultura, contracultura e identidad colectiva
Capítulo 17. “Destrozar el relato”. La aparición del régimen del 78
Sacar a la luz el retrato escondido en el desván
*Francisco J. Leira Castiñeira, Universidad Carlos III de Madrid. Autor de Retrato de la Transición. La memoria que escondimos en el desván (Siglo XXI España, 2026).
Fuente: Conversación sobre la historia
Portada: imagen de cubierta del libro
Ilustraciones: Conversación sobre la historia
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