El silencio no detiene la ocupación y el genocidio de Gaza

Conversación sobre la historia


 

Entrevista por Sebastiaan Faber

Catedrático de Estudios Hispánicos en el Oberlin College (Ohio)

 

Cuesta creer que una de las mejores fotógrafas del mundo vivió la guerra de España de principio a fin sin tomar, hasta donde se sabe, ninguna foto. Pero lo cierto es que cuando Tina Modotti entró a la España republicana, a finales de 1935, acababa de abandonar de forma definitiva la cámara que le había acompañado desde que, a principios de los años veinte, le enseñó a manejarla Edward Weston, su entonces pareja. A sus 39 años, a Modotti le pareció mucho más importante su trabajo político a favor de la Komintern, la Internacional Comunista. En España hizo labores de contrainteligencia; fue responsable de las enfermeras en el Hospital de Maudes; y asistió a niños, mujeres, ancianos y heridos en evacuaciones –incluidas varias incursiones bajo los bombardeos en la sierra de Madrid o en la retirada bajo la metralla italiana por la carretera de Málaga a Almería–.

Para cuando tuvo que abandonar el país, en febrero de 1939, también salía su pareja Vittorio Vidali, mejor conocido como Carlos Contreras, que había trabajado en la Komintern desde los años veinte. Desde EEUU pasó a México, donde destacó como organizador al frente del Socorro Rojo Internacional (SRI) y trabajó con líderes del antiimperialismo latinoamericano exiliados en México. En España sería el arquitecto de iniciativas republicanas tan claves como las Milicias de la Cultura y, sobre todo, del Quinto Regimiento, base del Ejército republicano en construcción, sin la cual Madrid no habría resistido el ataque franquista en noviembre de 1936. Fue el origen de la leyenda del “Comandante Carlos”.

Cuartel general del Quinto Regimiento en Madrid. Vittorio Vidali en el centro de la segunda fila, con los brazos cruzados. Se reconoce también Daniel Ortega, Luigi Longo,  Enrique Líster, Juan Modesto, etc.

Aunque Modotti y Vidali habían nacido ambos en el norte de Italia –ella en Udine en 1896; él en Muggia en 1900–, gran parte de su vida la desarrollaron en las Américas. Modotti, que se había criado como una inmigrante en San Francisco, moriría joven, en 1942. Vidali, en cambio, viviría hasta 1983. Después de la Segunda Guerra Mundial tuvo una distinguida carrera política, primero como secretario general del Partido Comunista del Territorio Libre de Trieste y luego como diputado y senador (1958-68).

“Si había un prototipo de agente idóneo del movimiento comunista internacional, Vidali y Modotti encajaban a la perfección en él”, escribe el historiador español David Jorge en uno de los números más recientes de la revista Historia mexicana. Es más, argumenta que la pareja italiana, gracias a sus experiencias tempranas en Estados Unidos y México con proyección en Centroamérica –donde se aliaron con activistas como Julio Antonio Mella, Farabundo Martí y Augusto Sandino–, fue pionera en la apuesta por la solidaridad internacionalista que llegaría a su culmen durante los años de la guerra española y del Frente Popular antifascista (1935-39). Ambos se esforzaron siempre por un frente amplio de izquierdas, incluso en las épocas en que la cúpula de la Internacional Comunista privilegiaba otras tácticas.

David Jorge (Lugo, 1987), profesor investigador del Centro de Estudios Históricos del Colegio de México (COLMEX), lleva casi veinte años dedicado al contexto internacional de la guerra de 1936. Ha combinado una intensa labor archivística con la historia oral, manteniendo largas conversaciones durante años con Santiago Carrillo y otras figuras centrales de la historia política del siglo XX. El artículo sobre Vidali y Modotti forma parte de un ambicioso proyecto que resultará en al menos tres libros. El primero, De la revolución al antifascismo: la Komintern y el desarrollo de una causa transnacional, se publicó en 2023 en Catarata. Hablamos a mediados de junio.

Cuando Modotti y Vidali trabajaban desde México con la LADLA, la Liga Antiimperialista de las Américas, y con figuras como Mella y Sandino, la política comunista internacional no favorecía ese tipo de alianza, precisamente.

Exacto. La ruptura entre soviéticos y nacionalistas chinos en 1927 marca un punto de quiebre. Entre 1928 y 1934, la Komintern gira a remolque de la política exterior soviética y pasa a apostar por la llamada política de “clase contra clase”, que negaba la posibilidad de alianzas con fuerzas no comunistas. Pero Vidali y Modotti venían de una geografía muy particular, un cruce de caminos multicultural. Como inmigrantes en Estados Unidos y México tuvieron que operar en redes no solo transnacionales sino ideológicamente transversales. Eso les dio un bagaje: una flexibilidad, un saber hacer, unas sensibilidades, en fin, de las que carecía la inmensa mayoría del movimiento comunista internacional previo a 1934. En Estados Unidos, cuando Vidali se encarga de la campaña de protesta por las condenas a Sacco y Vanzetti, en realidad inaugura las posibilidades de masas del internacionalismo comunista, protagonizado por el Socorro Rojo Internacional. Pero el crecimiento espectacular del SRI se ve castrado casi inmediatamente por el giro hacia la política de clase contra clase. Después, ya en México, la LADLA será para Modotti y Vidali una suerte de entrenamiento en la capacidad de lidiar con actores no comunistas, de tratar la colaboración en unos casos, la cooptación exitosa en otros. Farabundo Martí, el salvadoreño, se incorpora al movimiento comunista plenamente, por ejemplo, mientras que el nicaragüense Augusto Sandino siempre fue un compañero de viaje muy sui géneris. Otros casos, como los del cubano Julio Antonio Mella, el peruano José Carlos Mariátegui o el brasileño Luís Carlos Prestes presentaron complejidades diferentes. Al igual que respecto a los agraristas mexicanos. Dentro del antiimperialismo cabían muchas cosas –demasiadas, a los ojos comunistas de entonces–.

A pesar de marcar su propio camino, Modotti y Vidali no llegaron a ser disidentes.

Todo lo contrario: como buenos militantes fueron siempre fieles a la Komintern –por lo que también llegaron a conocer muy temprano la parte menos grata de la militancia–. Pero a pesar de no salirse mucho del tiesto, ejercían un nivel de autonomía que no se veía en el movimiento comunista internacional. Y menos antes del giro frentepopulista de 1935, que en realidad empieza a amagarse ya hacia 1933, a la zaga de la llegada al poder de Hitler en Alemania.

Tina Modotti en su exposición inaugurada en la Biblioteca Nacional el día 3 de diciembre de 1929, organizada por la UNAM.

Lo que es un giro para la Komintern, en otras palabras, no lo es tanto para Modotti y Vidali.

Hoy en día hablamos con mucha facilidad de personas y fenómenos transnacionales. Pero Modotti y Vidali lo eran de verdad, gracias a su experiencia americana, donde se involucraron en diversas luchas nacionales y regionales. Por eso será Vidali quien, en 1934, vaya a España para organizar la ayuda a los represaliados por la revolución de octubre. Él y Modotti representaban un antifascismo primigenio, como era el italiano. Percibían que había compatibilidad y consonancia de fondo con las luchas antiimperialistas con las que se involucraron en los Estados Unidos y, sobre todo, en México. Montan un frente transversal en términos político-ideológicos, movilizador, que combina una propaganda muy bien diseñada con diferentes acciones de solidaridad. Mientras la II Internacional, socialdemócrata, regaña al PSOE por la revolución de octubre del 34, la Tercera Internacional, comunista ayuda a los socialistas españoles presos y a familiares de víctimas. A la par, busca una acción unitaria en clave antifascista. Aquí, el Socorro Rojo Internacional es clave. Es una vía que, al priorizar la contención del fascismo por encima de propósitos revolucionarios, hace que los comunistas representen la moderación frente a la radicalización socialista.

A lo largo de los años, la relación con Moscú resultó bastante complicada.

Bueno, si Modotti y Vidali supieron capearla fue en gran parte porque siempre tuvieron el apoyo de Elena Stasova, máxima dirigente del Socorro Rojo Internacional, quien cuidó de ellos. Por ejemplo, trabajó para sacarlos de la URSS en 1934, cuando, antes de que empiece la gran represión soviética, ya se tendió una atmósfera de sospecha y hostilidad en torno a Vidali, que opinaba y actuaba de forma demasiado abierta y autónoma. Esto chocaba directamente con la ortodoxia comunista. En el 39, después de la Guerra de España, Stasova los envía de vuelta a América, viendo que en la Unión Soviética correrían demasiado peligro. La autonomía de Vidali se leía desde Moscú como insubordinación, rebeldía o potencial traición. De hecho, en México acabará cayendo en desgracia apenas diez días antes del atentado fallido contra Trotsky encabezado por David Alfaro Siqueiros. Victorio Codovilla, principal autoridad iberoamericana de la Komintern que también había operado en España, envía entonces un informe a Moscú donde se critica duramente a Vidali, a quien se pone en cuarentena. Por eso, en contra de su recurrente leyenda negra, no participará en el caso Trotsky. De hecho, en Moscú se pedirán informes a diversos comunistas españoles, como Enrique Lister y Enrique Castro Delgado, acerca de la personalidad y confiabilidad de Vidali. Los soviéticos llegan a sospechar, influidos por el informe de Codovilla, que pudo haber boicoteado el atentado encabezado por Siqueiros, a través de su influencia sobre los antiguos combatientes mexicanos en la Guerra de España.

Después, pasa varios años de pesadilla, como un apestado, sin comprender nunca por qué. Sobrevive trabajando como periodista para la prensa de Vicente Lombardo Toledano. Vidali murió sin enterarse de qué había pasado, pero en mi investigación descubro la raíz del conflicto. En el 39-40, entre Nueva York y la capital mexicana, se debatía qué hacer con Hernán Laborde y Valentín Campa, líderes del Partido Comunista Mexicano que fueron expulsados por su oposición al asesinato de Trotsky. Codovilla quería llevar más allá el castigo contra Campa y Laborde. Pero Vidali se opuso. A partir de ahí empezaron la defenestración y el ostracismo. Se hizo un vacío alrededor de la pareja Vidali-Modotti, que ellos no alcanzan a comprender, tanto por parte de comunistas mexicanos como, sobre todo, españoles. Y con ello se perdieron unos actores que hubiesen podido resultar muy beneficiosos para la inserción inicial del exilio comunista en México, que, la verdad, se comportó como un elefante en una cacharrería. Para Vidali y Modotti fue un momento de quiebre total. Lo cierto es que Codovilla –un cacique donde los hubiese, manipulador y estalinista en el sentido más exacto del término– fue un actor fatal para el comunismo iberoamericano, como también lo había sido para el comunismo español en la guerra.

Tina Modotti junto a miembros de las juventudes del Partido Comunista de México, 1928, Ciudad de México.

Los métodos de Modotti y de Vidali, en cambio, fueron bastante más efectivos.

Y lo fueron por varias razones. Como actores transnacionales, tenían sus círculos y sus redes allí donde fueron. Su patria, al final, fue la causa. El movimiento comunista internacional fue su ancla con el mundo. Fueron particularmente poderosos sus vínculos con el mundo de la cultura. La sensibilidad de ambos en este sentido va mucho más allá de la cuestión ideológica. En el caso de Modotti, como fotógrafa y artista que era, estos precedían a su compromiso político militante. Pero cuando Vidali llega a México, también se conecta con el mundo del arte y de la cultura –cineastas, pintores, escritores, poetas…– gracias en parte a Modotti. Son contactos que luego le rendirán mucho cuando llegue a España y logre generar un apoyo de la cultura mundial a la causa republicana. En México aprendieron a colaborar y a ver como compañeros de lucha a figuras muy distintas. ¿Cómo no iban a concebir a socialistas como Negrín, o a republicanos burgueses como Azaña, como compañeros de viaje no solo necesarios, sino pertinentes? También su trabajo con las milicias de la cultura, desde Antonio Machado a Pablo Neruda y Rafael Alberti, viene en buena medida del bagaje mexicano. Los sucesivos libros de memorias de Vidali son de un valor extraordinario, además de muy bien escritos. Dejó también un par de manuscritos inéditos de gran valor histórico, que obtuve gracias a su hijo, Carlos Vidali, y a la escritora ítalo-mexicana Claudia Marcucetti, dos personas enormemente solidarias y con una conciencia total sobre el valor de profundizar en el conocimiento del pasado, sin ningún temor ni prevención respecto al abordaje de sus sombras. Y de la historia oral que le hace en 1979 Concepción Ruiz Funes trasciende una claridad de perspectiva y sensibilidad extraordinarias, que desmiente el mito calumnioso de Vidali como siniestro agente del comunismo internacional, supuesto cómplice en las muertes de Trotsky, de la propia Modotti y de muchos más. Dos años después, en Trieste, le vuelve a entrevistar a lo largo de varios días la escritora Elena Poniatowska, que en ese momento está escribiendo Tinísima. En las transcripciones, que me cedió ella misma, Vidali vuelve a emerger como una persona con una visión muy clara, autocrítica, capaz de explicar el fracaso del modelo soviético y la desintegración del movimiento comunista internacional. Y lo viene haciendo desde al menos ¡una década antes de la caída del muro de Berlín!

En su artículo habla de dos momentos del frente antifascista internacional: el que va de 1935 a 1939, y que queda interrumpido por el pacto de Stalin con Hitler, y el que sigue a la invasión alemana de la URSS en junio de 1941. La segunda fase, sugiere usted, tenía un carácter muy diferente.

Sí, en efecto, lo que surge en 1941 ya es otra cosa: un antifascismo basado en el pragmatismo, en la necesidad bélica, pero también –cómo no– en la desconfianza. Con respecto al pacto germano-soviético, se habla mucho de la traición que supuso a la lucha antifascista. Y desde luego que resultó perturbador. Pero se hace sin vincularlo con la rendición ante el nazi-fascismo por parte de las democracias un año antes, en Múnich, y su traición a la República Española. Tanto Londres como Moscú buscaron desviar el apetito de Hitler. ¿Qué fueron los Acuerdos de Múnich sino un pacto de no agresión entre las democracias occidentales y la Alemania nazi? Fue el equivalente a lo que un año después sería el pacto Ribbentrop-Molotov, que no fue sino el “Múnich” particular de los soviéticos. Obedecía a la misma lógica: la de no quedar como el polo aislado en el triángulo ideológico de entreguerras, derivando el enfrentamiento hacia los otros dos.

Una lógica que destruyó el espíritu del frente antifascista.

Claro. Por eso digo que la alianza que surge en 1941 contrasta radicalmente con el antifascismo en clave propositiva, movilizadora de masas, transversal de los años treinta. Hay que tener en cuenta que, en realidad, el movimiento comunista internacional nunca llega a ser ya realmente internacionalista. Quiero decir que ya nunca recuperará la perspectiva global que tuvo en los años treinta. En ese sentido, la Guerra de España sí que fue “la última gran causa”, como desde entonces se vino a denominar ampliamente. A partir de los Acuerdos de Múnich y del final de la República Española, el giro de Stalin y del movimiento comunista internacional es drástico y no tiene vuelta. No es casual que, en tiempos de la victoria de Stalingrado, en 1943, Stalin disuelva la Komintern, que lleva siendo una organización fantasma desde cinco años atrás. Entonces se produce una nacionalización de la causa. Es decir, una sovietización del movimiento comunista internacional, que, por otra parte, siempre había estado en tensión con los intereses nacionales de la URSS.

“Mitin necrológico” organizado por el Partido Comunista Argentino el 28 de marzo de 1953 en Buenos Aires para homenajear a Stalin. A la derecha, Vittorio Codovilla, que pronunció el discurso prinicipal (foto: huelladelsur.ar)

Además de una ingente labor de archivo, a lo largo de los últimos 20 años también ha pasado largas horas entrevistándose con figuras como Santiago Carrillo, su mujer Carmen Menéndez, el hijo de Vidali y media docena de personas más. Todos podrían haber sido sus abuelos o bisabuelos. Imagino que en esos intercambios también puede surgir cierta conexión afectiva. ¿Cómo se gestiona esa dinámica, y más ahora, que casi todos han muerto?

Esa dimensión afectiva generada es innegable. Pero, precisamente por eso, es importante saber disciplinar esa subjetividad tan marcada que se genera en la relación. Tengo claro que lo que me ha movido a mí todo este tiempo es una obsesión por llegar a conocer y comprender lo máximo posible aquellos episodios cada vez más lejanos. Para mí, el contacto directo, humano, sirvió para multiplicar esa enorme curiosidad y voluntad de conocer y comprender. Por tanto, nunca he permitido que las fuentes orales se impongan a las fuentes primarias o al contraste documental, por más enriquecedoras que me resultaran las conversaciones.

¿Cómo fue la relación con Carrillo?

Bueno, cuando empecé a entrevistarme con él yo tenía 22 años y él, 95. Con Carrillo, en particular, tuve la conciencia de que era una última ventana de oportunidad de diálogo directo con un testimonio excepcional de primera fila del siglo XX, tanto español como internacional, y que ya se vería cómo lo que me contaba dialogaba después con el contraste documental. Claro, aunque hablamos de prácticamente todo lo esencial, hoy le haría alguna otra pregunta que entonces no vislumbraba, en alcances que quizás no resultan de primer orden pero sí significativos en su biografía. Pero, fíjate, a lo largo de nuestras conversaciones, creo que el principal logro fue que Carrillo pasó de contemplarse como personaje político, con necesidad de justificación, a verse como un personaje histórico, con mayor voluntad de balance y comprensión. Fue cuando empezó a contarme mucho más, y mejor. Porque por fin era capaz de desligarse de su propia narrativa, generada y repetida a lo largo de tantos años, y de plantearse muchas otras cosas. Tratamos huecos en sus narrativas, ya fueran más inocentes o intencionales, y también tratamos a fondo claroscuros biográficos y cuestiones íntimas y todavía dolorosas en aquel entonces. Las últimas charlas que tuvimos, en 2011 y 2012, fueron realmente reveladoras.

Fuente: Ctxt 29 de julio de 2026

Portada: “En el Arsenal”, mural pintado por Diego Rivera en 1928, que forma parte de la serie “Corrido de la revolución proletaria” en la Secretaría de Educación Pública en México. En el extremo derecho del mural aparecen Tina Modotti (con una cartuchera en la mano), Julio Antonio Mella (con sombrero) y Vittorio Vidali (con un gorro negro)(foto: Letras Libres)

Ilustraciones: Conversación sobre la historia

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