Luis Castro Berrojo

Historiador. Investigador e impulsor del movimiento memorialista. De sus obras destacan: «Burgos. La capital de la Cruzada» (Crítica, 2006) . «Héroes y caídos. Políticas de la memoria en la España Contemporánea» (Catarata, 2008).“La bomba española. La energía nuclear en la Transición» (2015).

 

 

 

Como  las cosas humanas no sean eternas, yendo siempre en declinación de sus principios hasta llegar a su último fin, especialmente las vidas de los hombres, y como don Quijote no tuviese privilegio del cielo para detener el curso de la suya, llegó su fin y acabamiento…

(Quijote, II, cap. LXXIV)

 

Es difícil aportar algo nuevo sobre Unamuno, incluso sobre un tema tan concreto como es el acto celebrado el 12 de octubre de 1936 en la Universidad de Salamanca en el «Día de la Hispanidad». En esta Mesa (véase la Introducción a la publicación anterior) personas más expertas que yo han abordado el contenido de los discursos de ese acto, así como su contexto histórico, sus consecuencias y, más en particular, el examen crítico de las versiones que sobre el mismo han circulado hasta hoy. Por eso he preferido enfocar el tema desde otro punto de vista, que me parece significativo: analizar no tanto el contenido como el modo o el tono en que se articularon esos discursos.

La prosodia atenúa, matiza o potencia el significado de lo que se dice, enriqueciéndolo, sobre todo si esa entonación es deliberada, como cabe pensar en un comunicador avezado como fue Unamuno. En este sentido, nos ha parecido interesante indagar y reflexionar sobre lo que motivó el estado de ánimo desde el que articuló su intervención sobrevenida en el acto. (Con esto queremos decir que esta, como la de Millán Astray, no estaba prevista y se produjo como reacción a lo que uno y otro oyeron allí).

Unamuno sale de la Universidad tras el acto del Día de la Raza (foto: Efe)

Partimos de los relatos de varios testigos presentes en el acto del 12 de octubre: Vegas Latapie, Serrat y Bonastre, Moure Mariño, el Dr. Pérez-López Villamil, Juan Crespo, Felisa Unamuno y Millán Astray[1], los cuales nos hacen pensar que sobre las palabras del entonces rector de la Universidad de Salamanca incidía un tono de dolor, de desesperanza –si no de desesperación– y, sobre todo, de indignación)[2]. Mi intervención tratará de responder a esta cuestión: ¿a qué se deben esos sentimientos? Como veremos, dando respuesta a eso dilucidaremos algunos aspectos clave de su pensar y sentir, así como de su conflictiva relación con el momento histórico concreto que estaba viviendo, que en ese punto llega a una tensión extrema.

Habría que empezar señalando que a Unamuno le parecía imprescindible la capacidad de indignación en el ciudadano, y más en un intelectual con proyección pública, ante determinados hechos o palabras considerados indignos en una sociedad civilizada. En ese caso, la actitud responsable, derivada de esa indignación, sería la denuncia pública y el estímulo de la respuesta colectiva ante tales hechos, como había hecho Zola en su célebre J’accuse y tantas veces el propio Unamuno en sus intervenciones públicas. En este sentido es significativo que él descalificara a cierto escritor con estas simples palabras:

– No sabe indignarse[3].

Pues bien: lo que hace Unamuno con sus sentidas e indignadas palabras es denunciar la intolerancia y la brutalidad surgidas de la guerra civil en curso y, más concretamente, las de los militares y políticos sublevados, que son los que tenía delante en ese momento.

1.- El trasfondo de la Guerra civil y del exterminio en la retaguardia

Pues bien, Unamuno sí se indigna y, si empezamos por lo más general, en esta ocasión lo hace a causa de la situación de guerra civil que atraviesa España. Ahora bien, en la Salamanca de octubre de 1936 no hay propiamente guerra (batallas, bombardeos, trincheras), como no la hay en todas esas provincias de la España interior donde el golpe militar contra la república triunfó sin apenas resistencia. Lo que hay es un plan de exterminio sistemático que, al acabar el verano de 1936, había ocasionado varios centenares de víctimas mortales en la provincia, entre ellas algunas muy cercanas al entorno personal de Unamuno, como aquí se ha dicho.

Una violencia que en la ciudad en Salamanca había comenzado ya el mismo 19 de julio con el «tiro en la plaza», que ocasionó la muerte de doce civiles por una descarga a quemarropa sobre la multitud efectuada por una unidad militar sublevada. El sobre de la carta de la esposa de Atilano Coco, en el que Unamuno va anotando los puntos de su intervención, es algo que recuerda y simboliza esa violencia generalizada en la retaguardia y por sí mismo basta para alimentar la indignación y el dolor de don Miguel[4].

Atilano Coco con su mujer y sus hijos

Ni que decir tiene que también tiene en mente la guerra propiamente dicha, aunque sólo sea porque carece de noticias de dos hijos suyos, alistados en el ejército republicano, y de su yerno Quiroga Pla, con el que había tenido estrecha relación durante los años de la república y que permanecía en Madrid. El conflicto había abierto un horizonte de dolor e incertidumbre en su ámbito familiar, como en todo el país, para el que no se veía un término o desenlace cercano.

Ahora bien, en este punto cabe intuir otra causa de disgusto para Unamuno, en este caso referida a él mismo. Pues, ¿no ha sido él quien, una y otra vez, había especulado en sus escritos con la guerra, incluso con la guerra civil, como método adecuado para conceptuar la realidad sociopolítica española y para  resolver o trascender las contradicciones sociales o nacionales?

Desde luego, el concepto de guerra civil había circulado entre los intelectuales, periodistas y políticos europeos desde finales de la I Guerra Mundial, primero para referirse a verdaderos conflictos civiles del momento (como los de Rusia, Finlandia y Alemania), pero luego de un modo más general “como sinónimo de discordia o pugna civil –lo contrario de concordia, paz o armonía civil– entre personas de la misma formación histórica”, aunque también se hablaba de “guerra civil europea”[5]. Lo mismo ocurría en España, donde la cláusula “guerra civil” era usada en ese sentido genérico por periodistas (Corpus Barga, Gabriel Alomar, D’Ors) y políticos de todo tipo. Incluso Alfonso XIII, en su escrito de abdicación de abril de 1931, dijo que con su renuncia al trono quería evitar “una fratricida guerra civil”.

Unamuno en La Flecha de Fray Luis (Cabrerizos) con el alcalde socialista de Salamanca, Casto Prieto Carrasco, asesinado el 29 de julio (foto: El Salto Diario)

Pero es en Unamuno donde se advierte esa expresión más temprana e  insistentemente, si bien aliñada a menudo con diversos calificativos: guerra civil intestina, incruenta, cavernícola… o interna (de uno consigo mismo). Tal es el párrafo final de su novela Paz en la guerra (1897):

En el seno de la paz verdadera y honda es donde sólo se comprende y justifica la guerra; es donde se hacen sagrados votos por guerrear por la verdad, único consuelo eterno; es donde se propone reducir a santo trabajo la guerra. No fuera de esta, sino dentro de ella, en su seno mismo, hay que buscar la paz; paz en la guerra misma.

En La vida de Don Quijote y Sancho (1905) añade: «Estoy harto de oír llamar inoportunas a las cosas más oportunas (…) ¿Qué se teme?, ¿que se trabe una pendencia y encienda a la guerra civil de nuevo? ¡Mejor que mejor! Sí: lo que necesitamos es una nueva guerra civil, con unas u otras armas”. Y a propósito de la I Guerra Mundial anota:

Como guerra, es la  guerra  civil  de  Europa  y  toda  guerra  civil  es  siempre  una  revolución.  (…) Esta guerra ha suscitado la guerra civil también en España. España está  hoy  en  guerra  civil  aunque  no  andemos  a  tiros  unos  españoles  con  otros.  La  guerra  civil,  o  sea  la  revolución,  ha  entrado  también  en  España  aunque  luego  con  la  paz  se  corte  sin  darnos  bastante  fruto[6]

Y en un artículo sobre la hispanidad de 1927 –al que nos referiremos más adelante–insiste: «no hay unidad viva si no encierra contraposiciones íntimas, luchas intestinas. Y la única guerra fecunda es la guerra civil, la de Caín y Abel…«[7].

Como la expresión solía aplicarse al rifirrafe político e ideológico, no es de extrañar que su uso se hiciera reiterativo en los años siguientes a la caída de Primo de Rivera, en un contexto de polarización política y de movilización crecientes, con el consiguiente aumento del debate público y de la conflictividad social. No es de extrañar que entonces, en los agitados meses de la Dictablanda, Machado se refiera a Unamuno como “la figura más alta de la actual política española. Él ha iniciado la fecunda guerra civil de los espíritus, de la cual ha de surgir –acaso surge– una España nueva”. En ese momento, es posible que gran parte de la opinión pública española compartiera esa valoración de Machado respecto de un personaje que había llegado a su cénit como figura pública y que por fin iba a poder vislumbrar esa España nueva en el régimen republicano en ciernes.

Homenaje tributado a Unamuno en la Universidad de Salamanca el 30 de septiembre de 1934 con motivo de su jubilación, con participación del presidente Alcalá-Zamora (foto: Cordon Press)

Sin embargo, el nuevo régimen no acabó de satisfacer los deseos políticos de Unamuno, fueran cuales fueran, aunque por primera vez se pusieran las condiciones para un auténtico juego democrático en España. Y da la impresión que su distanciamiento respecto del nuevo régimen comienza al día siguiente de su instauración, por más que no le falten los cargos públicos desde los que seguir proyectando su opinión: vuelve de nuevo al rectorado, es nombrado presidente del Consejo Nacional de Instrucción Pública, alcalde honorario de Salamanca, elegido diputado… Pero resulta significativo que no diera término a sus especulaciones sobre la guerra civil, antes al contrario, con la particularidad de que ahora las relaciona con los avatares de un panorama político en el que no acaba de acomodarse. De este modo, en sendos artículos en El Sol de finales de 1931 Unamuno afirma taxativamente: “Estamos en guerra civil” y “Se quiere evitar con esto [se refería a ciertos planteamientos de la Constitución de 1931] cierta guerra civil -claro, no una guerra civil cruenta a tiros y palos, no-. (…) Me he criado desde muy niño en medio de la guerra civil y no estoy muy lejano de aquello que decía el viejo Romero Alpuente de que la guerra civil es un don del Cielo«; en 1932 habla del “endémico estado de guerra civil de España” y a comienzos de 1936, a propósito de la campaña electoral de febrero, alude a “la guerra civil que se avecina” en una carta dirigida a un amigo[8].

Es cierto que, como hemos indicado, esa referencia a una guerra civil, presente para algunos bajo la forma de agudos conflictos sociales o políticos (como los habidos en octubre de 1934, por ejemplo) o imaginada en el futuro como algo más grave y cruento, era común entre los publicistas y políticos españoles contemporáneos de Unamuno. Rafael Cruz, en el citado ensayo, la pone en boca de personajes de casi todo el espectro político y en distintos momentos y circunstancias: Azaña, Miguel Maura, Gil Robles, Fernando de los Ríos, Prieto, Santiago Alba, Largo Caballero, etc[9]. Podríamos multiplicar los ejemplos, tanto que al final la guerra civil viene a resultar una de esas dying metaphors de las que habla Orwell en su conocido ensayo  “Política y lengua inglesa” (1946): un recurso expresivo gastado a fuerza de usarse con escasa discriminación.

(No deja de ser paradójico que, iniciado el conflicto bélico tras el golpe militar de julio de 1936, durante las primeras semanas ninguno de los dos contendientes utilice el término “guerra civil” para referirse a lo que está pasando, ni se relaciona esto con los discursos de los años anteriores. Se prefiere hablar de sublevación, alzamiento, cruzada, movimiento, etc. y Unamuno lo califica mera “operación de limpieza”[10]. Más tarde, empieza a aparecer en la prensa, pero cuando se iniciaron las operaciones para la toma de Madrid, en octubre de 1936, la Junta Técnica de Burgos sugiere a los corresponsales extranjeros que en lo sucesivo no emplee el término de “guerra civil” para referirse al conflicto, porque “no son dos partidos en guerra. Es la nación española batiéndose contra los enemigos de la Patria”; en cambio, se aconsejaba el uso de la fórmula “Movimiento nacional español”. Curiosamente, tanto los rebeldes como los republicanos usaron con frecuencia el término “Guerra de independencia”: entre los primeros porque se señalaba como enemigo al comunismo y a la masonería internacional, de los que supuestamente dependería el futuro de España si ganaban los republicanos; entre los segundos porque se luchaba contra una intervención extranjera (la Alemania nazi, la Italia fascista, el Portugal salazarista) que estaba dando un apoyo decisivo a los sublevados[11]).

Despliegue de las fuerzas sublevadas en Salamanca el 19 de julio de 1936 (foto: archivo BNE)

Pero, volviendo a los años anteriores a la guerra, Unamuno ofrece un aspecto diferencial cuando divaga sobre la guerra civil, ya que, a fuerza de emplear el símil en el contexto de distintos debates, a veces parece sugerir la bondad de tal guerra como medio para dar salida a conflictos, reforzar la unidad entre conciudadanos o para salir del marasmo y del caos político. Él, claro está, maneja el concepto en un sentido básicamente metafórico, pero con una retórica cuando menos frívola, teniendo en cuenta la realidad de los conflictos bélicos de su tiempo, que ha conocido y abordado en sus artículos periodísticos de modo muy crítico, por lo general: la tercera Guerra carlista, de la que guarda recuerdos de infancia y sirve de base a Paz en la guerra, las de Cuba y Filipinas, la primera Guerra mundial –en la que se decantó por los aliados–, las campañas marroquíes… Y, por otro lado, no debió de pasarle por alto que algunos españoles, conforme avanzaban los años treinta, invocaban guerra civil en un sentido no tan metafórico, aunque seguramente no supo que otros ya la estaban preparando de hecho[12]. Tampoco se dio cuenta de que sus expresiones guerracivilistas podían ser confundidas con las de estos. Franco, sin ir más lejos, en declaraciones a Jay Allen, a finales de julio de 1936, señaló que «desde 1931 se venía desarrollando una verdadera obra de desnacionalización y de desmembramiento de España. Se vivía en permanente guerra civil»[13].

Con ese discurso incendiario sobre el papel, Unamuno pretendía primero concienciar y movilizar a la juventud descontenta con el sistema político de la Restauración y con los lastres de una sociedad oligárquica y espiritualmente anestesiada. («La paz espiritual suele ser la mentira y suele ser la modorra«, dice en otro lugar). Durante la II República, se trataba por su parte de expresar y motivar beligerancia respecto de los asuntos políticos que rechazaba –el laicismo constitucional, el régimen autonómico, la bandera, etc.– y que había combatido con sus escritos y sus discursos. Pero con ese discurso y con su descalificación indiscriminada del sistema de partidos esquivaba el único enfoque efectivo y legítimo para superar las tensiones y conflictos sociales de cada momento: la vía política democrática; primero, para dar salida al sistema monárquico, en crisis casi permanente desde el “Desastre” del 98, y luego para encauzar a través del parlamentarismo las reformas pendientes, tal como pretendía la II República en su vocación inicial. Una actitud cuya explicación nos llevaría a abordar el fuerte individualismo de Unamuno, su aversión a las multitudes y otros temas que estimamos de sobra estudiados y conocidos.

Acto falangista en la Plaza Mayor de Salamanca (foto: Eustaquio Almaraz para El Adelanto)

Sea como sea, está claro que la “salvaje pesadilla” que Unamuno tiene por fin delante en octubre de 1936 no es la guerra que planteaba en sus retóricas argumentaciones. Por eso la llama guerra “incivil”, lo cual no es sino un mero juego de palabras vacío, pues ¿qué guerra civil o qué tipo de guerra en general es “civil”, sea cual sea el sentido especial que le demos a este término?, ¿en qué se diferenciaba –más allá de un contexto histórico y generacional distinto– la guerra de 1936 respecto de las del siglo XIX? (Baste recordar que para los tradicionalistas aquélla fue su cuarta guerra carlista).

Nos atrevemos a pensar que Don Miguel tuvo un motivo adicional de pesadumbre al reconsiderar todas estas cuestiones.

2.- Entre el nacional-catolicismo y el separatismo

Si la Guerra civil es el trasfondo en el que discurre el acto del 12 de octubre, motivando ese tono de pesadumbre y desesperanza en el discurso unamuniano, la indignación se sobrepone en este como efecto de otras dos cosas: los discursos de los intervinientes en el acto y el sentido mismo de este como celebración de la «Hispanidad», «día de la raza» o «fiesta de la nación española», como se venía denominando desde que Alfonso XIII instituyera la efeméride en 1918[14].

Aunque son dos puntos relacionados –los discursos de ese 12 de octubre y la fiesta de la hispanidad– merecen un tratamiento  diferenciado. En este caso, además de ver los motivos de indignación y disgusto de don Miguel, podemos ponderar y matizar su actitud política ante los contendientes en la guerra de España.

Presidencia del acto del 12 de octubre de 1936 en el paraninfo de la Universidad de Salamanca (foto: El Adelanto de Salamanca)

No vamos a entrar en detalles acerca de las cuatro intervenciones que motivaron la reacción de Unamuno. Son de sobra conocidas y, a diferencia del discurso de este y el de Millán Astray, fueron retransmitidas por radio y recogidas por la prensa. Baste recordar que las ponencias de los profesores de la universidad de Salamanca Ramos Loscertales y Maldonado, del dominico Beltrán de Heredia y de José María Pemán fueron otros tantos repasos encomiásticos de un pasado nacional que culminaba apoteósicamente con el Movimiento Nacional y su “Caudillo”, recientemente «exaltado» a la jefatura del gobierno del Estado, así como una condena de la «anti España», es decir, de los principios y fuerzas políticas que respaldaban a la república.

Como tales, estos cuatro personajes representaban cabalmente las fuerzas político-sociales que venían apoyando el golpe militar desde julio: la universidad «desmochada» y la iglesia, por un lado, ambas al servicio del Nuevo Estado y proveedoras de cobertura ideológica y jurídica para este, y, por otro, la oligarquía monárquica, hegemónica en España desde finales del siglo XIX, de la que Pemán era un buen exponente[15]. Y no faltaba la otra pata del régimen en ciernes: el ejército, representado por las milicias y por el General Millán Astray, presidente honorario de la Legión española, que compartía la presidencia del acto con el rector, Carmen Polo, el Obispo Pla y Deniel y otras autoridades[16].

Notas manuscritas tomadas por Unamuno durante el acto del 12 de octubre de 1936 en el paraninfo de la Universidad de Salamanca (Casa-museo Unamuno)

No debió de sorprender a don Miguel el contenido de los discursos en cuanto conmemoración de episodios nacionales referidos a España como descubridora del Nuevo Mundo y  «evangelizadora de la mitad del orbe», ni la vinculación de tales hazañas con la presente cruzada «en defensa de la civilización cristiana» y en contra del comunismo ateo y materialista. Pero le pareció afrentosa la referencia que se hizo a vascos y catalanes como «anti españoles» y «reducto de primitivismo y barbarie». Aunque él nunca se había mostrado a favor de la diversidad cultural y lingüística de España, tales improperios le parecieron excesivos. Tampoco le agradó el tono neoimperialista e impostado del discurso sobre la Hispanidad, como veremos en el punto siguiente, ni, más en general, la descalificación y el odio manifestado respecto de “los rojos”.

Ahora bien, por otro lado se daba la circunstancia de que poco antes del acto del 12 de octubre, el día siete, se había constituido en Guernica el primer gobierno vasco bajo la presidencia de José Antonio Aguirre, después de que las Cortes republicanas, reunidas en Valencia, hubieran aprobado el estatuto vasco el 1 del mismo mes. Un proceso institucional derivado de la constitución republicana que ya había dado lugar a la formación de la Generalitat catalana y que quizá hubiera generalizado el sistema autonómico en toda España de no haber sido por la sublevación militar[17]. Pues bien: esta deriva tampoco dejaba de provocar un profundo desasosiego en Unamuno, dada la inveterada displicencia –si no aversión– que venía mostrando hacia los particularismos regionales, especialmente cuando tomaban alguna expresión institucional (Mancomunitad catalana, gobiernos autonómicos, cooficialidad de lenguas)[18].

Muy tempranamente, Unamuno había visto la relación antagónica o dialéctica entre ambas fuerzas históricas, el centralismo y los movimientos regionalistas:

No me cabe duda de que una vez que se derrumbe nuestro imperio colonial surgirá con ímpetu el problema de la descentralización, que alienta en los movimientos regionalistas… Nada dificulta más la verdadera unión de los pueblos que el pretender hacerla desde fuera, por vía impositiva, o sea legislativa, y obedeciendo concepciones jacobinas, como suelen serlo las del unitarismo doctrinario[19].

Propaganda contra el estatuto de autonomía de Cataluña, 1932 (foto: Viquipèdia)

Pero, aunque no comulgara con las visiones centralistas y uniformizadoras de ese “centralismo jacobino”, propio del liberalismo conservador, o, más tarde, del totalitarismo nacional-católico, se hallaba aún más lejano del proceso autonomista, en tanto en cuanto –según él– podía poner en peligro la unidad espiritual y política de España, como él mismo había manifestado en los debates parlamentarios a propósito de la Constitución y del Estatuto catalán. Tal actitud por su parte venía de muy atrás. Ya en 1901 había escandalizado a los bilbaínos con su intervención en los juegos florales, a los que fue invitado, con estas palabras:

“Eres un pueblo que te vas; (…) estorbas a la vida de la universal sociedad, debes irte, debes morir, transmitiendo la vida al pueblo que te sujeta y te invade.” “(…) esa lengua que hablas, pueblo vasco, ese euskera desaparece contigo; no importa porque como tú debe desaparecer; apresúrate a darle muerte y enterrarle con honra, y habla en español”[20].

Y en 1906 había indignado igualmente a los catalanes cuando intervino en un congreso internacional sobre la lengua catalana y comparó a esta con “una gloriosa espingarda conservada en una familia”, poco menos que inútil para defenderse en una sociedad moderna. Y en 1911 sintetizaba su opinión al respecto del siguiente modo: se trataba de que los vascos “traten de vasconizar a España y que traten de catalanizarla los catalanes; pero unos y otros tendrán que hacerlo en castellano. Esta es la clave de la cosa[21]. En consecuencia, durante los debates parlamentarios de la Constitución de 1931 y del proyecto de estatuto catalán defendió las tesis más opuestas a la autonomía y a la cooficialidad del castellano y del catalán, con actitudes en este punto poco diferenciables de la extrema derecha (monárquicos, agrarios). Sin embargo, en un giro de opinión no muy sorprendente tratándose de él, acabó votando a favor del proyecto de estatuto catalán.

Y es que la idea de nación española de Unamuno, a pesar de todo, tenía bastante de esencialismo y de nacionalismo conservador, al fundamentarse en un «pacto inmanente, un verdadero contrato social intra-histórico, no formulado, que es la efectiva constitución interna de cada pueblo«[22]. Una teoría más bien próxima en lo político a la idea de «constitución interna» de Cánovas, basada en la cultura, la tradición y la historia del pueblo español más que en la voluntad expresa de sus miembros. Y no muy lejana de esa historia de España “que solo se utilizaba para encontrar en ella los rasgos permanentes del carácter o forma de ser esencial del país”, tal como de un modo u otro hicieron Maeztu, Ganivet, Ortega y Gasset y Azorín[23]. El original concepto unamuniano de “intrahistoria” sintoniza plenamente con ese acervo de ideas.

Así pues, él se colocó en una posición intermedia incómoda y políticamente imposible respecto de un asunto en el que no cabía una solución sintética, ni lo de aplicar su método de «afirmación alternativa de los contradictorios (…) de resaltar la fuerza de los extremos[24]. Bien es cierto que su rectitud intelectual –y su cariño por la patria vasca, su lengua y su cultura– le impedían subsumir este antagonismo bajo el epígrafe de «la defensa de la civilización cristiana«, dado el carácter confesional del PNV y de la propia sociedad vasca.

Por lo demás, en este asunto se reflejaba una de las principales causas del distanciamiento de Unamuno respecto de la II República, paralelo al de otros intelectuales destacados de su generación y de las siguientes: Ortega y Gasset, Marañón, Azorín, Madariaga, etc.[25].

3.- Distintos enfoques de la “fiesta de la Raza”, celebración nacional

Los discursos aludidos se pronuncian, como hemos visto, en el contexto de la celebración del “Día de la Hispanidad» de 1936. Pues bien: he aquí otro motivo de disgusto para el rector de la universidad de Salamanca, obligado por el protocolo a presidir el acto por delegación del Jefe del estado y a compartir mesa presidencial con otras autoridades. Pues el caso es que Unamuno nunca sintonizó con la idea de la hispanidad del nacional-catolicismo y los discursos que acababa de oír le reafirmaron en su actitud.

La ceremonia, que es la primera importante para el Nuevo Estado franquista emergente, es propicia, tanto por su carácter como por las circunstancias, a los discursos de exaltado patriotismo conservador, salpicados con laudatorias referencias al pasado histórico imperial. Como enunciado sintético de la idea de hispanidad que en ellos se asume podemos recordar la siguiente invocación del último número de Acción española, en cuyas páginas se había publicado por capítulos la conocida obra de Ramiro de Maeztu sobre ese tema en 1934. Se trataba de recobrar

«… el espíritu de la España del siglo XVI, con sus teólogos, sus juristas, sus misioneros, sus reyes y sus conquistadores. El espíritu de aquella España a la que calificó Menéndez Pelayo de evangelizadora de la mitad del orbe, lumbrera de Trento, espada de Roma, martillo de herejes, cuna de San Ignacio”[26].

Catorce años antes, en la misma fecha, Unamuno había denunciado ya el sesgo «impuro y bárbaro” dado al concepto de raza española que aparece en los discursos públicos sobre la hispanidad, algo que llevaba a definir a algunos (masones, judíos) como «anti España» y a soslayar cualquier consideración crítica sobre la colonización de América.  Como vamos a ver, no fue la única vez que criticó la celebración y por ello cabe suponer que no hubiera asistido al acto de 1936 de no estar obligado por motivos de protocolo.

El tema tiene su punto paradójico, como no podía ser menos, tratándose de quien tratamos, pues Unamuno fue uno de los acuñadores del concepto de hispanidad; es más: José Luis Abellán le atribuye la paternidad del mismo en un escrito de 1909, que desarrolla en otro de 1927 titulado precisamente «Hispanidad»[27]. En él la define como «un sentimiento supranacional que vincula a todos los pueblos de habla española«, si bien no va mucho más allá en la definición y acaba su escrito con una confesión muy característica de su estilo: «Y bien, a fin de cuentas, ¿qué es la Hispanidad? Ah, sí yo lo supiera… Aunque no, mejor es que no lo sepa, sino que la anhele y la añore y la busque y la presienta, porque es el modo de hacerla en mi«.

La «antiespaña»: libros requisados en Salamanca tras el golpe de 1936 (foto: Eustaquio Almaraz para El Adelanto)

Más adelante insistió en ese vínculo lingüístico como nota esencial de la comunidad hispana internacional. “La raza es la lengua”, titulará un artículo de 1932 y en 1935 recordará un discurso suyo anterior con motivo del 12 de octubre en el que indicaba que la raza “no es una categoría zoológica, (…) sino espiritual, y que se distingue por una comunidad de cultura histórica que se cifra, sobre todo, en la lengua. Y así, la raza española es aquella que piensa y, por lo tanto, siente en cualquiera de las lenguas españolas. O ibéricas, si se prefiere (una de ellas, la que se habla en Portugal y Brasil)[28].

Así pues, queda claro que el enfoque unamuniano se sitúa lejos de las retóricas neoimperialistas del nacional-catolicismo. Y como evidenciándolo está sin duda la laudatoria referencia final de su discurso improvisado a José Rizal, literato y patriota filipino ejecutado en 1896 tras consejo de guerra; un hecho que pone Unamuno como ejemplo de la barbarie del ejército colonial español. Unamuno y Rizal se habían conocido, al menos de vista, pues Rizal estudió Filosofía y Letras en Madrid, coincidiendo algún curso con Unamuno (también cursó medicina) y más tarde don Miguel le caracterizó como sigue, en un epílogo a su biografía: “Un hombre henchido de destinos, un alma heroica, el ídolo hoy de un pueblo que ha de jugar un día, no me cabe duda de ello, un fecundo papel en la civilización humana”[29].

Fusilamiento de José Rizal el 30 de diciembre de 1896, foto de Manuel Arias Rodríguez (Museo del Ejército, Madrid)

Como es sabido, la referencia a Rizal fue suficiente para poner en el disparadero a Millán Astray, que le interrumpió para proferir una serie de exabruptos e invectivas contra Unamuno, llevando así la tensión ambiental hasta el paroxismo y dando lugar a un final abrupto y violento de la efeméride del 12 de octubre en el paraninfo de la universidad salmantina[30].

Conclusión

Creemos haber identificado de modo suficiente los factores que acumularon disgusto, dolor e indignación en el ánimo de Unamuno mientras presidía el acto del 12 de octubre. Esa enorme carga emocional le empujó a intervenir como lo hizo en un acto en el que su actuación hubiera debido limitarse al protocolo de abrirlo, cerrarlo y dar la palabra a los intervinientes. No vamos a entrar en su discurso tampoco, ni en la reacción airada del general Millán Astray, ni en las graves consecuencias que tuvo para el rector. Más allá de matices y cuestiones arqueológicas, creemos que existe un conocimiento suficiente sobre lo esencial de todo ello y en esta mesa ya se han aportado algunos elementos[31].

Sin duda, el discurso de Unamuno constituye un acto de valiente afirmación humanista y liberal frente a la violencia verbal y física del reaccionarismo y del fascismo español, que entonces empezaban a alumbrar el Nuevo Estado franquista; y una defensa de la razón y de la tolerancia frente a la barbarie ofuscada y homicida.

Hay ahí sin duda un distanciamiento claro de Unamuno respecto del Movimiento Nacional –al que se había adherido en principio sin demasiados condicionantes– o al menos de sus sectores más radicales y fascistizados. Pero convendría recordar por otro lado, en aras de una verdad matizada, que incluso tras el 12 de octubre don Miguel siguió manteniendo hasta cierto punto su apoyo al Movimiento y a Franco, en tanto que los veía como únicos valladares frente a la dinámica política de una república disgregadora y amenazante y por mucho que le repugnara el régimen de terror que venían imponiendo los «fajistas» en la retaguardia (fascistas o falangistas, en su terminología). Como tampoco dejó de execrar a la república y a sus líderes, especialmente a Azaña, a los que hacía responsables de los desórdenes y crímenes en la otra zona. Así lo dijo y repitió en las ocho entrevistas que mantuvo tras el 12 de octubre que venimos comentando. «Insisto –afirma en el manifiesto que entregó a los hermanos Tharaud en noviembre– en que el sagrado deber del movimiento que gloriosamente encabeza Franco, es salvar la civilización occidental cristiana y la independencia nacional, ya que España no puede estar al dictado de Rusia ni de otra potencia extranjera cualquiera»[32].

Jérôme y Jean Tharaud (foto: desdemicampanario.es)

En todo caso, la experiencia de la guerra provocó en Unamuno una quiebra emocional irreparable, en cuanto que evidenció el fracaso de ese proyecto liberal, regenerador y crítico que él había compartido con algunos intelectuales de su generación y de las siguientes. La guerra no venía a arreglar nada, ni mucho menos a unir a los españoles, todo lo contrario, y tampoco era el método de superación de los antagonismos entre hermanos o entre pueblos. Unamuno no ve ya lugar posible para su protagonismo como hombre público moldeador de conciencias, como ese despertador de «un pueblo de arrieros, tahúres y logreros», al que “dicta lecciones de caballería”, según le describió Antonio Machado. En esa España ensangrentada, inmersa en una «salvaje pesadilla» cuyo término no se vislumbra, Unamuno ve el fin de sus mejores anhelos y es posible también que atisbara ya su propio fin personal, que, por desgracia, ocurrió a los pocos meses.

Entierro de Unamuno (foto: La Gaceta de Salamanca)

(Intervención en la mesa redonda organizada por la asociación «Amigos de Unamuno» el 5 de septiembre de 2019 en el Centro Documental de la Memoria Histórica de Salamanca)

 

 

[1] Luis CASTRO, Yo daré las consignas. La prensa y la propaganda en el primer franquismo. Capº 2-5. (Pendiente de publicación).

[2] Algo que ya advirtieron algunos asistentes al acto. “Se levanta Unamuno para hablar y, con gran indignación dice, entre otras cosas, que vivimos una guerra incivil…”. Cit. en Tiburcio ANGOSTO, «Don José Pérez-López Villamil o la pasión por el recuerdo», (1983), Revista de la Asociación Española de Neuropsiquiatría, vol. V, nº 15.

[3] Miguel DE UNAMUNO, Ensayos, (1966), Madrid, Aguilar, prólogo al tomo I. En La vida de Don Quijote y Sancho se habla de la “santa indignación” que mostraban algunos jóvenes españoles ante la postración de España tras “el Desastre”. (Capítulo sobre El sepulcro de Don Quijote, cuyo espíritu se trataba de desenterrar).

[4] Atilano Coco, masón y pastor de la iglesia anglicana (no protestante, como se suele decir), estaba en ese momento preso en la cárcel de Salamanca, de la que sería “sacado” el 9 de diciembre siguiente.

[5] Rafael CRUZ, “De las guerras civiles en la España de los años treinta”, en Hispania Nova, nº 11, 2013; Enzo TRAVERSO, A sangre y fuego. De la guerra civil europea (1914-1945), (2009), Valencia, Publicaciones de la Universidad de Valencia.

[6] M. DE UNAMUNO, “Patriotismo negativo”, en La Publicidad, 21 de septiembre de 1917. (Cit. en FUENTES CODERA, M., España en la Primera Guerra Mundial. Una movilización cultural, (2014), Madrid, Akal).

[7] La primera cita, en el capítulo XLV de La Vida de Don Quijote y Sancho. El artículo, con el título de “Hispanidad”, apareció en la revista Síntesis, de Buenos Aires. http://www.filosofia.org/hem/192/92711sin.htm, (consultado el 2 de diciembre de 2018).

[8] La primera cita, en El Sol de 4 de diciembre de 1931 (cit. en Rafael, CRUZ, Op. cit., lo mismo que la cita de 1936). La segunda, de 23 de octubre, cit. en Joseph PICH MITJANAS, José CONTRERAS RUIZ y Juan PASTRANA PIÑERO, “Los separatismos sólo son resentimientos aldeanos”. Miguel de Unamuno y la autonomía catalana”, en Bulletin d’Histoire Contemporaine de l’Espagne, 50/2016. La cita de 1932 en Miguel DE UNAMUNO, “Guerra civil cavernícola”, en El Sol, 29 de enero de 1932.

[9] Curiosamente, solo encontramos una referencia a la guerra civil en José Antonio Primo de Rivera, que alude a ella, pero en relación al programa político del Frente Popular, que, según él “… es un puro anuncio de la guerra civil: represalias, persecuciones, inquisición de la “lealtad al régimen” en los funcionarios…”. (José Antonio PRIMO DE RIVERA, Textos de doctrina política, (1971), Madrid, Suc. de Rivadeneira, p. 845).

[10] Rafael CRUZ, Op. cit, cap. final: “La guerra civil que, por lo visto, no lo fue”.

[11] Luis CASTRO, Op. cit., cap. 2.1.

[12] En este punto conviene matizar que los organizadores de la sublevación, empezando por el general Mola, su “Director”, no tenían en mente el largo conflicto que luego se dio, sino un golpe militar de pocos días que se impusiera a la República para darle un “golpe de timón”; algo semejante al pronunciamiento de Primo de Rivera en 1923. Lo mismo cabría decir, salvo excepciones, de los círculos monárquicos y ultraderechistas (falangistas, carlistas) que apoyaban el golpe militar.

[13] Jay ALLEN, “Military Dictatorship Will Follow Rebel Success in Spain, Ge. Franco Declares”, Chicago Tribune, 27 de julio de 1936.

[14] La última denominación se añadió durante la dictadura de Primo de Rivera.

[15] Pemán acabó su intervención, que fue la última, como presidente de la Comisión de Cultura y Enseñanza de la Junta Técnica de Burgos, invocando a los “héroes del Alcázar”: “Hagamos lo que Dios ha hecho en España con el alcázar de Toledo, que estuvo rodeado por los enemigos, los demonios de España (…) ¡Muchachos de España, hagamos cada uno, en cada pecho, un Alcázar de Toledo”. Pemán había apoyado la dictadura de Primo de Rivera e integraba el grupo de Acción Española.

[16] Contra lo que apuntan algunos autores, Millán Astray aún no era director de la prensa y la propaganda franquista, pues no recibiría el cargo hasta primeros de diciembre, para permanecer en él hasta mediados de enero siguiente. Con anterioridad había hecho propaganda informalmente con la finalidad de llevar a Franco a la jefatura del Movimiento y de movilizar a la población ante el esfuerzo bélico. (Luis CASTRO, Yo daré las consignas. La prensa y la propaganda en el primer franquismo. Pendiente de publicación).

[17] Es sin duda un contrafactual, pero hay que tener en cuenta que el planteamiento sobre las autonomías regionales de la Constitución de 1931 era muy similar al que luego tendrá la de 1978. De hecho, con mayor o menor intensidad, ya se habían planteado proyectos autonómicos en varias provincias, incluso en aquellas que, como la de Castilla y León, habían mostrado en principio mayor recelo o aversión al asunto.

[18] Cf. Joseph PICH MITJANAS, José CONTRERAS RUIZ y Juan PASTRANA PIÑERO, Op. cit.

[19]Cit. en Carlo FRABETTI, en https://www.jotdown.es/2018/12/la-espana-que-bosteza-ganivet-unamuno-yla-degeneracion-del-78/. Consultado en 23 de diciembre de 2018.  

[20] Cit. en Xavier ORMAETXEA, “Unamuno, nacionalista vasco, ‘casi, casi”, en https://blogs.deia.eus/historiasdelosvascos/2016/01/27/unamuno-nacionalista-vasco-casi-casi/ (consultado 21 de agosto de 2019).

[21] Cit. en Joseph PICH MITJANAS, José CONTRERAS RUIZ y Juan PASTRANA PIÑERO, Op. cit., 4.

[22] Miguel DE UNAMUNO, En torno al casticismo, I; Miguel QUINTANA, Hermenéutica, modernidad y nacionalismo, en Miguel GIUSTI (ed.), La filosofía del siglo XX, 2000, Fondo Editorial de la Pontificia Universidad católica de Perú, pp. 309-343.

[23] José ÁLVAREZ JUNCO y Gregorio DE LA FUENTE MONGE, El relato nacional, 2017, Barcelona, Taurus, 324. Obviamente, también cabrían ahí las visiones de Menéndez Pelayo y Menéndez Pidal, entre otros.  Según este, por ejemplo, el carácter español tendría notas como las de sobriedad, religiosidad, individualismo y tradicionalismo), en contraste marcado con las que puedan tener los franceses, portugueses, ingleses, etc. (“Los españoles en la historia”, prólogo a su Historia de España, publicada por Espasa Calpe).

[24] Miguel DE UNAMUNO, En torno al casticismo, I, I.

[25] Un aspecto bien estudiado. Véase, por ejemplo, Manuel TUÑÓN DE LARA, Medio siglo de cultura española. 1885-1936, 1981, Barcelona, Bruguera; José Carlos MAINER, 1972, Literatura y pequeña burguesía en España, 1972, Madrid, EDICUSA; Jean BECARUD y E. LÓPEZ CAMPILLO, Los intelectuales españoles durante la II República, 1978, Madrid, Siglo XXI.

[26] Acción Española, nº 89, marzo de 1937, p. 7. En este número se recordaba a Maeztu como “muerto por Dios y por España”. Su libro, Defensa de la Hispanidad, se reeditó durante la Guerra civil con un prólogo de Vegas Latapie y un epílogo del cardenal Gomá, ambos entusiastas de la idea.

[27] José Luis ABELLÁN, Historia crítica del pensamiento español, Madrid, 1989, Espasa Calpe, tomo V (III), p. 419. El artículo de 1927 es el citado en nota 6.

[28] El artículo de 1932 en El Norte de Castilla de 14 de diciembre; el de 1935 en Ahora de 22 de octubre de 1935. Cf. Mercedes TASENDE, «El resentimiento trágico de la vida: últimas reflexiones de Unamuno en torno a la Guerra civil española», en Anales de la literatura española contemporánea, 2009, vol. 34, 1, pp. 275-304. La autora señala que este era uno de los puntos en que Unamuno difería de los falangistas y reaccionarios españoles.

[29] Wenceslao RETAMA, (1907), Vida y escritos del doctor José Rizal.

[30] Millán había empezado su carrera militar en Filipinas en 1897, luchando contra los independentistas tagalos, y allí recibió su primera medalla militar.

[31] En particular, Severiano Delgado ha aclarado las fuentes de información de Luis Portillo, cuyo artículo Unamuno’s last lecture (1941) fue el origen de las versiones del discurso unamuniano presentadas de modo textual y directo, cuando en realidad se basaban en entrevistas con Unamuno o en relatos de algunos asistentes al acto. (Cf. su Arqueología de un mito, pendiente de publicación).

32] Este documento, así como las entrevistas quedan recogidos –algunas por primera vez– en el citado libro de Severiano Delgado. Es conveniente saber, como apunta este autor, que ninguna de las entrevistas posteriores al 12 de octubre pasó por la censura franquista y todas ellas muestran una concordancia básica y  reiterativa en cuanto a las opiniones políticas de Unamuno

Imagen de portada: Karra Elejalde, en el papel de Unamuno en la película Mientras dure la guerra (Alejandro Amenábar, 2019)


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