Ante la actualidad  de la Cumbre del clima en Madrid COP 25 y el protagonismo, no sin alguna polémica, de Greta Thunberg, puede ser interesante repasar opiniones distintas, no de políticos -activistas ayer del automóvil y hoy  ecologistas sobrevenidos-, sino de dos expertos que llevan tiempo llamando la atención sobre las peligrosas cosecuencias de un  modelo de crecimiento. Sirve también para comprobar el cambio o no de argumentos en estos ocho meses y las variables que habría que incorporar o no en la discusión.

 

El día 26 de marzo se celebró el día del clima.  Conmemoraciones y debates sobre las utopías y  limites del crecimiento  Como afirma Bourdieu, «la verdad por sí misma carece de potencia política”. Convencer a la gente exige encontrar una narrativa para implicarla. El discurso desafiante de  Greta Thunberg,  anunciando que la paciencia de los jóvenes se había terminado, parecía ir en esa dirección. No obstante,  como afirma el sociólogo y ecologista Pedro Costa Morata, resulta muy difícil creer en apariciones salvadoras o movimientos superadores, «mucho menos cuando las distracciones y el espectáculo desempeñan un papel tan decisivo en la trágica evolución del planeta». La crisis ecológica global es más amplia y severa que el cambio climático. Y seguramente la preocupación por la «España vaciada» , protesta de miles de personas hoy en Madrid,  también deba incluirse en la evolución de ese modelo de crecimiento que suele considerar al hombre fundamentalmente «homo economicus».
R. Robledo

A continuación se exponen los dos puntos de vista.

 

Samuel Martín-Sosa Rodríguez
Responsable de Internacional de Ecologistas en Acción.

«No hemos venido aquí para rogar. Hemos venido aquí para hacerles saber que el cambio está llegando, les guste o no. El verdadero poder pertenece a la gente”. Así de desafiante se expresaba la sueca Greta Thunberg en su discurso ante 200 países en la cumbre del clima en Katowice el pasado diciembre. La foto de esta chica de 15 años, posando al lado de un cartón sobre el que había escrito a mano “huelga escolar por el clima”, había recorrido las redes durante las semanas previas. La contundencia de sus palabras hacía intuir que su participación ante Naciones Unidas no se correspondía con la típica cuota infantil de turno para rogarle a los papás y las mamás del mundo que cuidaran el planeta. Greta estaba allí para anunciar que la paciencia de los jóvenes se había terminado, al igual que el crédito de los políticos. “Ustedes no son lo suficientemente maduros para contar las cosas como son”, espetaba.

La chispa que encendió esta chica con su llamamiento a una huelga escolar todos los viernes ha prendido con fuerza en distintas partes de Europa. Con la llegada de 2019 los estudiantes de secundaria de varias ciudades de Bélgica comenzaron a convocar huelgas escolares y manifestaciones los viernes. A la primera convocatoria en Bruselas asistieron 3.000 jóvenes. La semana siguiente ya fueron 12.500. En la tercera convocatoria lograron sacar a 32.000 personas a la calle en la capital belga con lemas que recordaban que “no tenemos un planeta B”, que “se ha agotado el tiempo” o que “estamos ya más calientes que el clima”, en referencia al hartazgo acumulado. En Lieja 15.000 se manifestaron con cantos de “a las armas”. Gante, Lovaina o Amberes también se sumaron a la protesta.

Una coalición de 3.500 científicos belgas firmó una carta en apoyo a las manifestantes, acción que replicaron sus colegas científicos holandeses cuando las protestas se extendieron a aquel país y más de 10.000 estudiantes marcharon por las calles de La Haya días después. La llamada recorrió decenas de ciudades en Alemania (Berlín, Dortmund, Frankfurt, Koblenz, Leipzig o Munich) y al menos 15 ciudades de Suiza, donde los estudiantes clamaban “Make love, not CO2”. Belfast, Brighton, Cambridge, Glasgow, Manchester, Oxford, Southampton y así hasta 25 ciudades del Reino Unido se unieron este mes a las protestas, junto con otras ciudades en Japón, Australia y EE.UU. En el Estado español existe una llamamiento en Barcelona para los próximos días y a nivel mundial se ha convocado un paro estudiantil internacional el  15 de marzo.

Juventud concienciada y empoderada

Tiene sentido que estas movilizaciones sean promovidas por gente joven; son los que más tienen que perder ante la crisis climática. El reciente informe que aboga por la limitación del aumento de la temperatura a 1,5ºC nos habla de un tiempo de reacción no superior a 12 años, lo cual adelanta esa visión que llevamos décadas manejando del “futurible impacto a las generaciones venideras” y lo transforma en algo tangible en el “ahora”: ellos son “ya” el futuro ese del que veníamos hablando. Para esas fechas apocalípticas estos jóvenes no habrán alcanzado aún la treintena. Las encuestas de opinión muestran hace tiempo que la juventud está mucho más concienciada con el planeta que las generaciones de sus padres o abuelos. Según una encuesta de Global Shapers, difundida por el Foro de Davos, al 48.8 % de los millennials del mundo –los que tienen ahora entre 18 y 35 años– lo que más les preocupa es el cambio climático. En este estudio, llevado a cabo en 180 países en 2017 y en el que participaron 31.000 jóvenes, el 78.1 % declaró estar dispuesto a cambiar su estilo de vida para proteger la naturaleza y el medioambiente. Los más comprometidos son los jóvenes latinoamericanos y los del sur de Asia, con un 82,5 % y 86.7 % de los votos, respectivamente.

Cuando se les preguntó quién tiene la mayor responsabilidad para hacer del mundo un lugar mejor, los encuestados no eludieron su cuota de responsabilidad, optando en primer lugar por las propias personas (34,2%), aunque también señalaron de forma clara al gobierno (29 %) y a las organizaciones internacionales (9%).

Algunas de las movilizaciones sociales que están encontrando en la gente joven a uno de sus principales protagonistas entroncan con valores que no se corresponden con cambios incrementales dentro del sistema, sino que plantean un cuestionamiento del sistema mismo. El movimiento vegano, por ejemplo, que entre otras cosas nos interpela sobre nuestra forma de alimentarnos en un planeta en crisis, es un movimiento en auge (se podría decir que mucho más que el ecologismo) que está impulsado principalmente por gente joven. Las movilizaciones masivas del 8 de marzo por su parte, solo se pueden explicar por la fresca irrupción de las nuevas generaciones que se empoderan y reactualizan el discurso feminista. Por cierto, al igual que el veganismo es un fenómeno más femenino que masculino, también las huelgas climáticas han tenido rostros principalmente de mujeres.

La fuerza de la juventud está provocando cambios en posiciones que hasta ahora parecían monolíticas. En Estados Unidos, si eres republicano, tienes una alta probabilidad de ser también un negacionista climático (en torno al 76% de los que se declaran republicanos lo son). El sesgo ideológico en aquel país ha sido tradicionalmente muy fuerte. Pero eso está empezando a cambiar con las nuevas generaciones. Una encuesta reciente muestra cómo el 36% de republicanos millennials ya creen en el cambio climático, frente a tan solo un 18% en las generaciones del baby-boom y anteriores. Aún más, el 60% de los republicanos millennials creen que el gobierno de su país, actualmente en manos del partido al que votaron, no está haciendo suficiente en materia ambiental, y solo el 44% se muestra favorable a continuar la explotación de los combustibles fósiles, frente al 76% de apoyos que se recaban en la generación de sus mayores.

Potencial de transformación

Un problema para la transición ecosocial es la ausencia de conciencia del verdadero diagnóstico planetario y sus implicaciones, como demuestra el hecho de que el imaginario social futuro respecto a las expectativas de vida apenas haya sufrido mutaciones en las últimas décadas. Si salimos a la calle a preguntar por cómo se ve la gente a sí misma en el futuro, probablemente la mayoría nos hable de la intención de viajar tras la jubilación, comprar una casita en la playa o el campo, o comprarse finalmente ese coche deportivo con el que siempre estuvieron encaprichados. Y por supuesto disfrutando de todas las ventajas del Estado del bienestar. Es decir, escenarios que no se han visto influidos por la realidad de un mundo cambiante a velocidad de vértigo, constreñido por una realidad de disponibilidad energética y material decreciente, y con los sumideros de residuos a rebosar.

Por ejemplo, podemos pensar que a priori el mito del coche como icono de la libertad e individualidad difícilmente pueda derribarse algún día. Hasta ahora para las personas jóvenes que accedían por primera vez al mercado laboral (las que podían) su primer espacio de privacidad adquirido era un coche propio, mucho antes incluso que una vivienda, que en muchos casos no llegaban a conseguir o tardaban en hacerlo. El coche se proyecta así como un espacio donde amar, soñar y probablemente hasta percibir cierta libertad. De hecho un estudio sobre la relación de los conductores con sus coches muestra aún hoy cómo el 54% de los españoles considera que el coche es hoy más importante que hace veinte años; el 84% de los encuestados declaró “adorar” conducir y solo el 24% consideraba el automóvil como un bien obsoleto para los nuevos tiempos. En dicho estudio el coche seguía siendo en nuestro país el objeto personal mejor valorado por delante del teléfono móvil y la televisión. Pero quizá, esto esté empezando a cambiar en las capas más jóvenes de la población. En la última década, ha bajado en más de un 40% la cantidad de chicos y chicas entre 18 y 25 años que se han sacado el permiso de conducir, y más allá de los coletazos de la crisis las razones parecen apuntar a un cambio de paradigma, según el cual los jóvenes ya no lo ven tan útil, particularmente en ciudades donde pueden desplazarse en transporte público u optar por coches compartidos.

La ilusión de lo impredecible

Dice Edgar Morin que “hay que creer en lo improbable; es decir, en la humanidad”. “Lo improbable, aunque posible, es la metamorfosis”, señala también. Las imágenes de chicas sonrientes y combativas tomando las calles con determinación para decir que hasta aquí hemos llegado no puede ser un revulsivo más ilusionante. Pero también nos enseña a confiar en lo impredecible, y en buena medida, también en lo improbable. Nadie había sido capaz de pronosticar que miles de jóvenes iban a echarse a la calle por una causa tan global, etérea e incorpórea como el cambio climático. Nadie. Y si somos honestos, si nos lo hubieran planteado con anterioridad, también lo hubiéramos considerado si no imposible, sí harto improbable. Entonces hay que preguntarse: ¿por qué ponemos límites a nuestros sueños? ¿Por qué no nos atrevemos a imaginar que pueda darse una revuelta de estas características, o incluso más allá y usando el concepto de Morin, una metamorfosis?

Leer más Fuente: CTXT
«Atreverse a imaginar la revolución» 13 de marzo de 2009
 


 
 
 
Los rostros y las frases de la lucha global por la igualdad

Y en estas que llegan los salvadores del clima

 

Pedro Costa Morata

Para los miembros activos del movimiento ecologista crítico, sociopolítico e independiente, con medio siglo ya en su haber de luchas por la ecología y la humanidad, debió resultar esclarecedora la escena en la que la simpática jovencita sueca Greta Thunberg recibía la mano y la sonrisa de una de las mujeres más nefastas para el hombre y la naturaleza, Christine Lagarde, directora ejecutiva del Fondo Monetario Internacional, en un entorno de depredadores insaciables como es Davos. Deberán esperar, con razón, que pronto el Papa reciba a mujercita tan exitosa y le regale un ejemplar singular, y firmado, de la encíclica Laudato si, aldabonazo con que la Iglesia, con varias décadas de retraso, pretende salvar al mundo del pecado contra la Tierra; y que la halaguen, inviten y remuneren los presidentes encorbatados de todas las fundaciones creadas por empresas que vienen destruyendo el planeta con afán y resultados incuestionables, que así se muestra la dinámica que ya envuelve a esta joven y el movimiento por ella desplegado. (¿La recibirá Trump, otro sincero angustiado por la crisis climática y la suerte de nuestro mundo en general?).
El éxito social, por más que suela ser falaz, en estos tiempos se acompaña con esos aditamentos, y el trabajo ímprobo, acusador y certero, con silencios rotundos (cuando despunta) o con hostilidades mil (cuando amenaza a lo establecido). Y no faltan quienes se interrogan sobre si no ha llegado el momento –cuando las redes sociales y el espectáculo lo definen y absorben todo– de dejar de lado, por ineficaz, la intratable y tradicional hostilidad ecologista frente al sistema dominante, superándola con el tumulto festivo y la interpelación dialogante con los culpables. Pero aun esta observación parece insuficiente, en una indagación sobre objetivos reales del movimiento, ya que ahí tenemos a Greenpeace, dentro de un movimiento ecologista que señala causas y culpables y, sobre todo, utiliza técnicas y recursos ciertamente mediáticos y sugerentes; habría que preguntarse por qué, en esta lógica de visibilidad de gran alcance, Greta y la muchachada no se apuntan a esta organización, impulsándola en pro de más y mejores resultados a escala internacional.
Yendo al fondo del asunto, sin embargo, tenemos que reconocer que la crisis ecológica global es más amplia y severa que el cambio climático, aunque es verdad que éste es imparable y bien visible; tanto, que estos entusiastas protestones llegan tarde, por duro que se les haga: antes que ellos, las fuerzas protectoras han sido incapaces de frenar esta deriva fatal del clima frente al exterminador dominio del negocio y la potente apisonadora del sistema económico imperante, codicioso y productivista.

En una aproximación sumaria, la crisis planetaria puede configurarse, primero, con la ruina ambiental, es decir, el envenenamiento del aire, aguas y suelos; segundo, con la perversidad mental del consumismo, que a todos nos corroe (aunque a unos más que otros, habría que puntualizar); y tercero, con la despolitización general, es decir, la falta de reflexión sociopolítica sobre las raíces y causas del problema. Y así debiera definirse el marco para una acción realmente significativa y salvadora. De otra manera el “objetivo clima”, como emergencia exclusiva y obsesionante puede hacer olvidar los otros dramas –activos y en gran medida irreversibles– de esta crisis. Y, por otra parte y en el caso que nos ocupa, puede esperarse, con fundamento, que esta enésima eclosión de indignados acabe como un suflé.
Que surja de pronto un nuevo episodio histórico de protesta constituido de “jóvenes de secundaria” que arremeten contra el cambio climático porque, entre otros lemas exhibidos, “amenaza su futuro y el de sus hijos y nietos”, es algo sorprendente y digno de análisis; porque –y esta es otra de las notas del nuevo movimiento, que destacan los observadores entusiasmados– es verdad que los eslóganes de las nuevas manifestaciones señalan al capitalismo como culpable de este callejón sin salida, pero también lo es que lo importante, llegado a este punto, es profundizar en el comportamiento y las expectativas de este capitalismo que, tras décadas de negar el cambio climático y, más todavía, su responsabilidad en él, ha pasado a erigirse en institución sensible y preocupada, dispuesta a salvarnos del desastre esperando que –con un despliegue formidable publicitario y con las manipulaciones sin cuento de esta sociedad de la información que tan bien domina– nos olvidemos de su responsabilidad y del castigo que merece. Porque en el capitalismo internacional hay (¿quién lo ignora?) cerebros, grupos, instituciones, conciliábulos y estrategias que buscan no sólo la supervivencia, sino también el reforzamiento.

En esta “reconversión” capitalista figura en primer lugar su disposición a frenar esta deriva del calentamiento general, aunque más bien sus esfuerzos van dirigidos a “paliarlo” y, sobre todo, a trabajar por la “adaptación” a él de la humanidad entera, objetivos en los que muestra su insufrible realismo. Y esto espera lograrlo con la planificación de trabajos gigantescos de obra civil, la innovación tecnológica en depuración de efluentes y la creación imaginativa de seguros frente a catástrofes climáticas; despliegues inversores que necesariamente han de acometerse, siempre a cuenta de las finanzas públicas. Con lo que una crisis que debiera enterrar al capitalismo para siempre, acusándolo y condenándolo, sin embargo, lo renovará y fortalecerá, además de blanquear su ennegrecido rostro y, de paso, debilitar a las instituciones públicas, que hace mucho que abandonaron la idea de liderar cualquier gran ofensiva contra la tragedia que viene.

Así que, a la debilidad objetiva de las fuerzas proteccionistas (a las que más o menos directamente se les invita a dejarse desvanecer y dar paso a “esta juventud que exige un futuro”) ha dado lugar un envalentonamiento, con adaptación y relanzamiento, de ese sistema que nos ha hundido, difundiendo ahora la especie de que las cosas se pueden arreglar “tomando medidas urgentes y ambiciosas”. Aun débiles y maltratadas, estas fuerzas sí han sabido señalar a los verdaderos culpables, sosteniendo que sin su neutralización (y, a ser posible, aniquilación) no hay mejora ni solución para el bienestar humano o la conservación de la naturaleza. Y en este nuevo escenario conviene situar este movimiento juvenil, tan sorpresivo y multitudinario que parece contradecir la idea generalizada de que en esas edades domina la escasa conciencia ambiental (sustituida por un consumismo atroz) y la despolitización en general (con abundancia de ignorancia y pasotismo).
Desde la sociología los “estallidos espontáneos” deben ser siempre objeto de indagación metódica y pormenorizada, así como sus líderes o impulsores, ya que la sociedad no es capaz de crear nada ex novo, sino de aportar productos y creaciones cuyo origen, evolución y objetivos deben ser oportuna y finamente establecidos: no es tan difícil. Desde la política, siempre se debe señalar el juego de fuerzas y de poderes ante fenómenos que, como el cambio climático, tiene nítidamente delineadas sus causas y sus culpables. Desde el ecologismo, movimiento resistente y de fondo, consciente de sus debilidades pero también de la justeza de sus reivindicaciones, resulta muy difícil creer en apariciones salvadoras o movimientos superadores, mucho menos cuando las distracciones y el espectáculo desempeñan un papel tan decisivo en la trágica evolución del planeta.
Cuarto Poder, 28 de marzo 2019


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