El silencio no detiene la ocupación y el genocidio de Gaza
Conversación sobre la historia
Margarita Ibáñez Tarín
Profesora e historiadora
“Y he llegado a saber, como recuerdo alguna que otra vez a mis alumnos, que quien solo sabe literatura, ni literatura sabe…”
Esa conclusión enunciada en un encuentro de investigadores en la Casa de Velázquez de Madrid en 1973 no es aplicable en absoluto a su propia obra. Este maestro de historiadores y filólogos ha combinado siempre la literatura, la historia, la política y la sociología en sus estudios. Y, si bien ha desdeñado la influencia de este último aspecto en ocasiones, no tiene inconveniente en definirse como un historiador de la literatura antes que como un sociólogo de la literatura. Su genuina manera de analizar las obras literarias parte siempre del estudio del texto en sus contextos literario, histórico, social y político. Como si se tratara de las teselas de un mosaico, considera que todos los contextos son necesarios por igual a la hora de iluminar el sentido final de un texto.
Las recopilaciones de artículos que encontramos en estos dos libros de reciente aparición en la editorial Renacimiento abarcan un largo periodo de producción (1965-2024). Desde los tiempos en los que era un bisoño estudiante de filología en la Universidad de Barcelona hasta fechas recientes en que la revista Ínsula le ha rendido un merecido homenaje con un monográfico, “José Calos Mainer o la ejemplaridad intelectual”, y su larga trayectoria académica ha sido objeto de reconocimiento con la concesión de la Gran Cruz del Mérito Civil de Alfonso X el Sabio.
A lo largo de todo este tiempo, Mainer ha dedicado su vida al estudio de la obra literaria de escritores exiliados en 1939, como Francisco Ayala, Corpus Barga, Ramón J. Sender, Max Aub y otros muchos. Ha publicado multitud de reseñas, artículos, ensayos, estudios, libros, prólogos, etc., que lo han convertido en una autoridad científica indiscutible sobre literatura del exilio y también en uno de los mejores historiadores de la literatura española contemporánea. Esa producción in extenso se refleja en la amplia selección de artículos que ha incluido Manuel Aznar Soler, como editor, en estos dos libros. El catedrático de Literatura española, que fue su alumno de la Universidad de Barcelona en los primeros años setenta, lo recuerda con mucho afecto y admiración en “José Carlos Mainer, maestro”, el epílogo que cierra el primer libro Textos Vivos. Notas de un reencuentro. Según explica, aquel joven profesor de 26 años, defensor de la literatura vinculada a las clases sociales y a los acontecimientos culturales, históricos y políticos, lo deslumbró. Él era entonces un estudiante “provinciano e intelectualmente desinformado”, que asistía en aquellos años de huelgas, manifestaciones perennes y seminarios clandestinos a las clases que impartía de “Estética y sociología de la literatura española” y las disfrutaba con fruición porque las sesiones de José Carlos Mainer eran islas en medio del rancio saber académico dominante.

El interés de Mainer por los referentes literarios que el franquismo nos hurtó en la posguerra empezó muy pronto. Tenía apenas 20 años cuando escribió su primer artículo en Ínsula. En 1965, publicó una reseña de De este mundo y el otro de Francisco Ayala y el mismo año, unos meses más tarde, otra de Los pasos contados de Corpus Barga en la misma revista. Todavía se trataba de trabajos escolares y rezumaban “la pedantería y la admiración de un alumno aplicado”, nos dice. Le empezaba a cansar la literatura realista y le fascinaban los nuevos escritores latinoamericanos. De los escritores del exilio, que muy pronto se convirtieron en sus referentes perdidos, apenas sabía nada porque no eran materia de estudio en las aulas y sus obras estaban prohibidas. Ni siquiera se podía utilizar en aquel tiempo la palabra exilio, que, a menudo, era sustituida por el eufemismo “los escritores de fuera de España”. José Carlos Mainer reconoce en sus artículos la deuda contraída con los libreros de viejo barceloneses y zaragozanos, custodios de las letras de la II República. En los estantes de sus librerías se podían encontrar raros volúmenes editados en México o en Argentina en los años cuarenta y cincuenta. Ellos eran los únicos que daban noticias de esa cultura perdida, de esa Atlántida de papel desaparecida.
Las primeras reseñas que se hicieron de Francisco Ayala, Corpus Barga, Ramón J. Sender, Arturo Barea y Max Aub eran muy apreciadas por los jóvenes estudiantes antifranquistas y él era uno de ellos. Los últimos meses de la carrera fueron bastante tormentosos, según relata. No llegó a participar en la Caputxinada, pero por negarse a votar en las elecciones escolares convocadas por el rector fue expedientado y perdió su condición de alumno oficial. En esos alterados años de la segunda mitad de los sesenta, su precocidad le llevó a cartearse con Corpus Barga, que le pidió a José Luis Cano de Ínsula sus señas y le escribió desde su exilio en Perú, con Francisco Ayala y con Max Aub.

Max Aub
El autor de El laberinto mágico le escribió una extensa, afable y divertida carta, que desgraciadamente se ha extraviado, después de leer la reseña de “Incompleto Max Aub”, que publicó en Ínsula en septiembre de 1966. Por suerte, su respuesta se conserva en la Fundación Max Aub de Segorbe, donde José Carlos Mainer es patrono científico en la actualidad. Le siguieron un total de cinco cartas más y un aerograma, que le envió desde Jerusalén. Es sabido que el escritor viajó allí en 1966 para impartir unos cursos de literatura y el reencuentro con sus raíces étnicas fue un completo fracaso. Finalmente, Mainer tuvo ocasión de conocerlo personalmente con motivo de su segundo y último viaje a España. Ambos fueron invitados a la Casa de Velázquez en Madrid en 1972 para participar en un coloquio. Era el momento en que en la convulsa Universidad española se afianzaba la metodología estructuralista y la sociología de la literatura de abolengo marxista se abría paso. A muchos jóvenes participantes les sorprendió que Max Aub no fuera simpatizante del comunismo. Mainer lo recuerda participando con vehemencia y sarcasmo en los coloquios, dueño de una aparente vitalidad que desmentían los análisis clínicos. Falleció tres meses después en México. Esa actitud indómita de sus últimos días también fue percibida por los organizadores del coloquio hispanofrancés de la Casa de Velázquez Serge Salaün y Jean-François Botrel: “Max Aub asumía una posición agresiva contra el sistema de entonces, donde nadie se libraba de pecado, tanto los compradores o lectores como los productores; una posición algo desfasada y arcaica que, sin embargo, no fue mal recibida, porque el personaje resultaba atractivo, dicharachero y definitivamente simpático, el antiguo “vendedor de bisutería” seguía sentando carta de rebelde indomable a pesar del tiempo pasado. Un viejo todavía capaz de ser joven y atraer a la juventud”.
Cuando murió el 24 de julio de 1972 faltaban tres años para que se produjera la verdadera muerte del Francisco Franco, que él había imaginado tan diferente y peregrina. En un relato muy ácido, “La verdadera historia de la muerte de Francisco Franco y otros cuentos”, Max Aub relata el asesinato llevado a cabo por el camarero Ignacio Jurado de Ciudad de México. Un día, harto de los ruidosos contertulios exiliados, que siempre hablaban de política española y de la inquina que le tenían al dictador, decide venir a España para acabar con él.
La muerte de Max Aub, al que Mainer había conocido y llevado en su coche por las calles de Madrid en compañía de Buero Vallejo, José Luis Cano y su mujer María Dolores Albiac, le produjo una desagradable sensación de frustración, que se incrementó al día siguiente, el 25 de julio de 1972, con la muerte de Américo Castro, víctima de un infarto en la playa catalana de Lloret de Mar. El importante legado de este hombre de letras, creador de la moderna filología española y retoño de la ILE, le parecía a Mainer en 1991 —transcurrido el tiempo— más literario que erudito. Francisco Umbral fue uno de los primeros glosadores del fallecimiento de Max Aub y de otros retornados: “Zamacois, Casona, Max Aub, Carner…Vienen, asoman y mueren” escribió en su columna de Pueblo. En 1972, hablar de forma elogiosa de un exiliado tenía mucho que ver con el deseo de meter impunemente el dedo en el ojo del franquismo.

En el primero de los libros, Textos Vivos, aparecen seis artículos dedicados a Max Aub y el segundo, Max Aub. La vida en juego, está dedicado en exclusiva al autor. La “identidad de pensamiento” que los unía, según le había dicho el escritor en una carta de 1967, tiene mucho que ver en esa afinidad que compartían. José Carlos Mainer admira al autor de El laberinto mágico por muchas razones, pero entre ellas resalta a menudo en sus artículos la historicidad que encuentra en la obra de Max Aub, testimonio y reflejo de una época. Para él, es uno de los grandes hallazgos del escritor: “Pocos escritores ha habido en España tan conscientes de su historicidad como Max Aub y la consecuencia inmediata es que pocos resultan tan internacionales a la hora de aplicar estos baremos de la literatura peninsular contemporánea”. “Lo que llamo historicidad de una obra artística —nos dice Mainer— no es solo un ingrediente que agradecemos los críticos de cierta cuerda, sino que con frecuencia es el sistema circulatorio que confiere al producto literario su honda calidez humana”.
Le interesan sus novelas porque lindan con el ensayo, con la historia y sobre todo con el informe, pero también por su función predictiva de vislumbrar situaciones futuras. Max Aub fue un adelantado de la denuncia del holocausto, aun antes de que se hubiera producido. Su tragedia San Juan de 1943 se publicó un año después de la conferencia de Wansee en Berlín, donde se decretó la Solución Final. El mérito de la obra de Aub reside en crear un universo cerrado, un buque a la deriva que transporta un cargamento de judíos huidos de Alemania. “El texto es una tragedia porque termina mal porque la vida de los personajes se somete a fuerzas que los superan y porque el heroísmo brilla más al ser percibido como el testimonio de una grandeza inútil”.
Max Aub volvió sobre su condición de judío muchos años más tarde en Imposible Sinaí (escrito en 1967, pero publicado póstumamente en 1982), un volumen de versos “tan complejo y tenso, como lo era su contradictorio pensamiento acerca del conflicto entre árabes y hebreos”, y fue valiente al identificar, con licencia anacrónica, a los judíos con los franquistas en la guerra civil española: “Si tuviera que escoger entre unos y otros —para luchar—, al decidirme por los judíos me daría la impresión de estar en nuestra guerra peleando en favor de Franco, guardadas todas las proporciones”.
El escritor sabía lo que significaba la expulsión, el repudio, pues era un francés que había dejado de serlo por tener orígenes alemanes y era un español al que se le negaba esa condición por haber perdido una guerra, y era un trabajador mexicano al que sus compañeros de profesión consideraban un español, nos cuenta Mainer en uno de los artículos de Max Aub. La vida en juego. El hastío de tanta clasificación, que siempre le perjudicaba, es lo que supo expresar en su carta al presidente francés Vicent Auriol, fechada en 1951, cuando no se le dejó entrar en Francia por comunista. Él se consideraba un socialista liberal. Nunca quiso ser comunista, pero tampoco anticomunista.

Para Max Aub, la confusión de nuestro tiempo, que borra las fronteras morales, tiene su punto de partida en 1939 con el pacto germano-soviético: “No he sido nunca comunista y, sin embargo, ese pacto me hirió profundamente, y pienso hasta qué punto pudo herir a los comunistas. El pacto germano-soviético marca una fecha que puede señalar el principio de la confusión en la historia actual del mundo. Los comunistas quedaron confusos y supongo que los nazis también. […] Aparecieron a la vista de todos, lo mismo los de derechas que los de izquierdas, unos señores que intentaban repartirse el mundo. […], manifiesta en una entrevista que le hizo el crítico literario Emir Rodríguez Monegal para su revista Mundo Nuevo en 1967. El telón de acero exigió una dramática simplificación de las conciencias. ¿Qué papel le quedaba a un intelectual que hubiera sobrevivido a tanto horror y que ahora, después de 1945, navegara entre tanta hipocresía y tanta vigilancia? “Le quedaba la posibilidad de ser incómodo testigo”. Así es como lo ve José Carlos Mainer en sus artículos y cuando analiza su obra. Fue un testigo incómodo de otros tiempos que se atrevió a hacer historia contrafactual. Por ejemplo, con su famoso y falso discurso de entrada en la Academia Española, que Mainer considera “más que una broma literaria, la confesión de un fracaso personal y la denuncia de una necesidad histórica […]. El listado de académicos que cierra el discurso es algo más que un ejercicio de reconciliación es la reivindicación de la historia que debió haber sido y la proclamación del valor axial del conjunto de escritores que españoles que forjaron las letras de la República”.
Max Aub es uno de los primeros novelistas políticos de este siglo y señala tres temas principales que laten en toda su obra: la mala fortuna, la muerte (y su irremediabilidad) y el sexo. Asuntos universales que entroncan con la tradición de la literatura española, que tan bien conocía por ser autor de Manual de Historia de la literatura española de la editorial MacMillan. Uno de los trabajos sobre la obra de Max Aub de los que José Carlos Mainer parece estar más satisfecho es la edición de Cuerpos presentes, un conjunto de necrológicas, semblanzas, recuerdos, intervenciones breves leídas en actos públicos y testimonios autobiográficos varios que encontró acumulados en una carpeta en la fundación Max Aub de Segorbe. Le gusta porque Cuerpos presentes entronca con una tradición muy activa en la literatura española del siglo XX: las galerías de retratos literarios, que también practicaron Antonio Machado y Juan Ramón Jiménez. El exilio es la vivencia que vertebra todas las semblanzas que hace Max Aub de sus contemporáneos y, entre ellos, le parece a Mainer especialmente hermosa la que dedicó a su amigo de infancia José Gaos con ocasión de su muerte en 1969. Para subrayar su gran valía profesional en el campo de la filosofía dice: “Nadie lo reemplazó en Madrid, allí estaba su sitio, a donde ahora solo hay nichos vacíos. Esa hoyanca ibérica de 1940 a 1970 quedará como una cicatriz indeleble igual que la que lució la península a principios del siglo XIX, marcada por el Deseado, no dejando un liberal, fuese de los suyos, o de los de Pepe Botella”.
Corpus Barga
Si bien la mayor parte de las páginas de estos libros están dedicadas a Max Aub, hay otros autores exiliados con los que también entró en contacto y por los que profesa verdadera admiración, dado el valor testimonial que ofrecen sus libros. El periodista Corpus Barga era, como Max Aub, un exiliado y un hombre de mundo, viajero y cosmopolita, que compartía el mismo compromiso republicano. Sus memorias, que no son una autobiografía, le interesaron especialmente. En Los pasos contados, nos cuenta “lo que pasa en la vida. El recuerdo personal que no vale en cuanto tal, sino en cuanto anzuelo y red artilugio de pescar pretéritos”. También las memorias de su sobrino Ramón Gómez de la Serna, Automoribundia, fueron para Mainer un descubrimiento. Las califica como la más vívida evocación de la vida española contemporánea, si salvamos Viaje al siglo XX de Fernández Almagro o las memorias del periodista Gaziel Tots els camins duen a Roma y los Viatges i somnis.

Ramón J. Sender
Del autor de Crónica del alba nos deja claro José Carlos Mainer que si se interesó por él no fue tanto por ser aragonés, como lo es él, sino por ser un exiliado. Y, si bien aprecia el reflejo de lo aragonés en su obra, su condición de transterrado fue más definitiva a la hora de estudiarlo. Las literaturas del exilio republicano fueron durante los años sesenta el descubrimiento intelectual y generacional de la juventud antifranquista a la que él pertenecía.
Por la contagiosa simpatía de su mundo personal y por su eficacia expresiva, Ramón J. Sender le parece una de las más originales y valiosas figuras de la literatura española contemporánea y, si tiene que buscar una correlación en el mundo de las artes, la pintura de Gutiérrez Solana, y quizá la de Chagall, son, a su juicio, el perfecto paralelo plástico con Sender.
En los tres artículos que ha incluido Manuel Aznar Soler en Textos Vivos sobre el escritor de Chalamera (Huesca), Mainer dedica mucho espacio a la espectacular operación retorno que protagonizó Ramón J. Sender en 1973 “en medio de una rebatiña de reproches cruzados”. En 1974, en Camp de l’Arpa, escribía que la reciente visita de Sender le había dejado un regusto agrio. Era el último de los grandes narradores del exilio que recalaba, tras treinta años de ausencia. Hacía muchos años que había venido Francisco Ayala y había comprado un piso en Madrid en 1964 y hacía ya tres años del regreso de Max Aub, cuyas impresiones había narrado en La Gallina ciega. Para Mainer, el autor de La cabeza del cordero y otros cuentos fue, sin duda, el exiliado que con más perspicacia y fecundidad supo reinsertar su persona y su obra en el país de origen, dado que llegó a obtener en 1991 el Premio Cervantes. Pero, a pesar del reconocimiento literario de Ayala y el del mismo Sender, que, pese a la censura franquista, gozó desde la temprana publicación de El bandido adolescente en 1965 de un notabilísimo éxito, vinculado a la editorial Destino, la verdad era que en 1974 Los cinco libros de Ariadna, Imán o el más reciente Siete domingos rojos, un vasto fresco del anarcosindicalismo español, no se podían encontrar en las librerías españolas. En cualquier caso, el triunfo editorial de Ramón J. Sender hasta principios de los años ochenta, cuando muchos leímos Requiem por un campesino español porque nos lo pusieron como lectura obligatoria en los institutos, no tuvo nada que ver con la escasa repercusión que tuvieron las novelas de sus compañeros de exilio.

María Teresa León
También se ocupa de las mujeres del 27 en el prólogo del libro de María Teresa León Jimena Díaz de Vivar de 1993, que muy oportunamente ha sido incorporado a Textos Vivos. Ellas fueron compañeras de poetas y creadoras ellas mismas casi siempre. Fueron las primeras españolas que libraron su cuerpo de las rigideces del vestuario y acortaron sus cabellos (conquistas inmarcesibles de Coco Chanel —nos dice—), las primeras que entraron en los bares, fumaron en público e hicieron deporte. Nos esboza las figuras de Zenobia de Camprubí y su añoranza por poseer un espacio propio, ajeno a la difícil convivencia que mantuvo con Juan Ramón Jiménez. Jeanne Rucar, mujer de Buñuel, y sus Memorias de una mujer sin piano. El cineasta siempre la mantuvo alejada de su vida intelectual y de sus amigos. Ernestina de Chapourcín, esposa del poeta Juan José Domenchina, y su propia obra poética, reflejo de la sumisión, el sufrimiento y la disponibilidad de la mujer de su tiempo. María Teresa León, a la que considera la más cercana del ideal de la femme de lettres izquierdista europea. Concha Méndez, la mujer del editor Manuel de Altolaguirre, y la escritora Rosa Chacel forman parte del elenco que aparece en las páginas de Textos Vivos.
Luis Buñuel
De Buñuel le interesan su pensamiento político indefinible —salvo en los primeros años en que abrazó el comunismo—, su conexión con las novelas de Pérez Galdós en Viridiana y Tristana, su particular visión de la religión y otras fijaciones de este aragonés universal, pero en Textos vivos encontramos también una acerada crítica al resultado de la publicación de la obra póstuma que escribió Max Aub sobre Buñuel. Max Aub vino a España en 1969 a buscar los recuerdos de Luis Buñuel y de paso a confrontar la realidad y su memoria y encontró un país rejuvenecido pero banal, que no recordaba nada y se creía moderno. La muerte le sorprendió en 1972 cuando todavía no había terminado su obra. José Carlos Mainer piensa que era inviable reconstruir una novela a partir de los materiales sueltos que dejó el autor y le parece un despropósito y un atrevimiento el resultado de la edición de Carmen Peire: “Desde la elección del título, Luis Buñuel, novela, hasta la última página, todo constituye un error imperdonable de concepción y un abuso metodológico, pero también un grave engaño al lector”.

Revistas literarias y editoriales
El acercamiento a la obra de los exiliados fue un capítulo de vital importancia conforme avanzaban los años sesenta, favorecido por la emergencia pública de una generación de hijos y nietos del exilio y una mayor tolerancia de la censura desde la legislación de 1966. En Nueve cartas a Berta (1965) de Basilio Martin Patino, un estudiante escribe a la hija de un desterrado que ha conocido en Bélgica y en la conocida Ninette y un señor de Murcia de Miguel Mihura, se cuenta la historia de un exiliado que regresa.
La visión negativa que ofrece Max Aub en La Gallina Ciega (1969) coincide con un periodo de reencuentro editorial de las dos Españas en nuestro país. Las revistas literarias fueron un marco propicio para las lentas maniobras de aproximación al mundo cultural del exilio. Ínsula fue la primera que prestó atención a la España desterrada. Fundada en 1949 por un profesor de instituto depurado, Enrique Canito, y un poeta, José Luis Cano, hijo del gobernador civil republicano de Málaga. También la revista de Camilo José Cela Papeles de Son Armadans (1956) y la revista Índice dieron acogida al mundo del exilio. La renovación del panorama editorial español con Biblioteca Breve y Taurus fue paralela o muy poco anterior a este florecer de las revistas culturales. Le merece especial estima la inolvidable colección El Puente, que, por primera vez, imprimió en prensas nacionales obras de escritores del exilio al lado de una selecta gavilla de liberales del interior. Se trataba de un proyecto de Guillermo de Torre, que comenzó en 1963 y que agrupó a escritores españoles de las dos orillas.

Azaña en la obra de Santos Juliá
Al hablar de Manuel Azaña no se olvida de un historiador español tan importante como Santos Juliá. Cuando traza su perfil biográfico habla de él en términos encomiables, aunque no olvida ciertas críticas: “Solidez profesional bien ganada, independencia de criterio y concurrencia en los palenques de opinión: conferencias en todas partes, congresos científicos, mesas redondas y polémicas, cursos de verano y la cita de su columna, cada dos domingos, en El País le han conferido la condición de referente de autoridad moral, que no es lo mismo que el ejercicio de un mandarinato caprichoso. Fue muy crítico con la tendencia a la improvisación y el oportunismo del gobierno de Zapatero, estudioso de la guerra civil y su tiempo, ha criticado la mitificación de la memoria histórica y la inoportunidad de algunas de sus manifestaciones más llamativas”.
Juan Larrea, Herrera Petere, Dionisio Ridruejo y otros muchos más van apareciendo por las páginas de Textos Vivos para rendirles tributo de admiración y al mismo tiempo insertarlos en esa continuidad deliberada de la cultura republicana de 1931-1939 que llega a nuestros días. Así entiende José Carlos Mainer el estudio del exilio, como un “dialogo tenso y abierto a la vez, sembrado de discrepancias, pero también de tácticas coincidencias, entre lo que sucedió en España de Franco y en la diáspora que siguió pensando y escribiendo sobre España”.
Textos vivos se cierra con la bibliografía completa de José Carlos Mainer sobre la literatura del exilio republicano de 1939 (1965-2024) y Max Aub. La vida en juego con la reproducción de la correspondencia que mantuvo con el autor y un apéndice gráfico. Además, ambos libros incluyen sugestivos epílogos de Manuel Aznar Soler.
Reseña de:
Mainer, José Carlos, Textos vivos. Notas de un reencuentro. Edición, epílogo y notas de Manuel Aznar Soler, Renacimiento, 2025.
Mainer, José Carlos, Max Aub. La vida en juego. Edición, epílogo y notas de Manuel Aznar Soler, Renacimiento, 2025.
Fuente: Conversación sobre la historia
Portada: José Carlos Mainer (foto: Diario de Sevilla)
Ilustraciones: Conversación sobre la historia
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Felicitaciones por esta amplia panorámica de la literatura del exilio a través de la visión de J. C. Mainer. Comparto la visión elogiosa de este profesor, que también lo fue mío a comienzos de los años setenta en la Universidad de Barcelona. Sus clases solían estar abarrotadas, pues muchos asistíamos sin estar matriculados en ellas. Era un momento de máxima efervescencia académica, cultural y política. Entonces la UB tenía profesores excelentes (aunque también mediocres; recuerdo uno que no fue capaz de darnos el texto de la Declaración de Independencia de EE.UU. y le tuvimos que prestar nosotros la Autobiografía de Jefferson, donde figuraba como apéndice). Las clases de Mainer y otros jóvenes “penenes” nos abrían nuevos horizontes intelectuales, con tendencias recientes como el estructuralismo en todas sus vertientes (especialmente lingüística), la filosofía analítica, el marxismo de Lukacs, Gramsci o Althusser, el freudomarxismo (Marcuse, Reich), etc., sin olvidar que aún había un remanente importante de escuelas más tradicionales, como el neotomismo o el mero positivismo memorista. Además de Mainer, recuerdo a Jesús Mosterín, Fernández-Shaw, Gustavo Muñoz, Pedro Cerezo o Emili Giralt. (Este, algo mayor, había sido discípulo de Vicens-Vives. Introdujo la historia agraria en el programa, cosa que no logró el opusdeísta Cuenca Toribio con una historia de la iglesia en España). Es cierto que una oferta académica tan dispar producía cierto “cacao mental”, entre el alumnado, pero a la vez estimulaba el debate y la curiosidad, ingredientes clave para lograr cierta madurez mental y espíritu crítico, algo que nos llevó a más de uno a la militancia antifranquista.
Y, en efecto, Mainer nos hablaba de los escritores del exilio y nos diseccionaba a los falangistas de casa como si hubiera estado tomando café con ellos la tarde anterior. Y situaba a unos y otros con rigor en el convulso panorama histórico y cultural de su época (entreguerras, Guerra civil y Dictadura/Guerra fría), cuyas secuelas no era difícil percibir en los años finales del franquismo. Una panorámica cultural más tarde también bosquejada por Gregorio Morán, quizá con menor hondura analítica, pero con buenas dosis de perspicacia política y moral.
Ha sido encomiable la labor de Mainer divulgando la literatura del exilio, algo que también intentó Cela en sus minoritarios “Papeles de Son Armadans”, donde su pueden ver desde 1956 colaboraciones de Max Aub, Corpus Barga, Alberti, Sender, Cernuda, Altolaguirre, A. Castro y otros. De Francisco Ayala también, que cuenta cómo, al volver a España de incógnito a mediados de los años cincuenta, pasó de largo por Burgos, donde le invadió una amarga congoja. Él fue siempre pudoroso, incluso en sus memorias, sobre la experiencia familiar durante la Guerra civil, pero conviene recordar que un hermano suyo y su padre, republicano administarador del monasterio de Las Huelgas, fueron asesinados por los sublevados y otro hermano pasó años en la cárcel. (Y es muy posible que él mismo, siendo alto funcionario de la República, hubiera corrido una suerte parecida si no hubiera estado de viaje por Latinoamérica). Por lo demás, Ayala describe una España gris y hambrienta donde la pobreza general contrasta con el consumo ostentoso de la élite franquista. Una imagen no muy distinta de la que muestra Arturo Barea en “La raíz rota” en ese momento o la de Max Aub una década después con su “Gallina ciega”.
Todos ellos constatan que la censura y la ignorancia reinantes tienen como efecto, entre otras cosas, que se ignore casi por completo la labor creativa de los literatos del exilio y que solo se aluda a ellos por primera vez en 1963 en un libro de José R. Marra-López, “Narrativa española fuera de España”. (Ciertamente, ni siquiera se habla de “exilio”; es más, como se duele Ayala, en los diccionarios de literatura española de las editoriales Aguilar y Revista de Occidente ni siquiera se les menciona; y Aranguren se refiere a ellos como “intelectuales españoles en la emigración”).
La relativa apertura del final de la dictadura y, sobre todo, la transición, permitieron la vuelta a España de algunos de ellos, pero, en general, su encaje personal y cultural fue muy problemático y efímero. Cabe preguntarse, pues, si la sociedad española de la sedicente “democracia avanzada” ha asimilado la obra de los exiliados como hubiera sido justo y necesario dada su relevancia. Me temo que la respuesta tiende más a la negativa, a pesar de la encomiable labor de profesores como Mainer o Manuel Aznar, del Grupo de Estudios del Exilio Literario, de la editorial Renacimiento o de la Biblioteca del Exilio del Instituto Cervantes. Razón de más para seguir en esa línea de difusión, a la que también se apunta maritoriamente Margarita Ibáñez Tarín.