El silencio no detiene la ocupación y el genocidio de Gaza
Conversación sobre la historia
Ignacio Francia
El protagonista del libro “Leopoldo Alonso (1877-1949) y la aventura de la imagen”, que ha reclamado 440 páginas, es un señor bastante desconocido en los ámbitos del cine y del periodismo, a los que dedicó su vida profesional. Es un nombre ausente de diccionarios, recopilatorios y esas historias en donde en no pocas ocasiones se copian de unos a otros, con los errores incluidos. Leopoldo Alonso figura sólo en algunos pocos textos –a fe que prestigiosos, especialmente como fotógrafo– que lo encuadran con gentes de relieve.
La causa de esa ignorancia motivó que me dedicara a preparar este libro, junto a la insistencia razonada de Maite Conesa, directora de la Filmoteca de Castilla y León. A partir de ahora ya no habrá motivo para ignorar a Leopoldo Alonso en la historiografía. Pero, la verdad, tengo escasa esperanza en que cambie el panorama del Alonso desaparecido, en un campo –el de la imagen– donde al lado de gentes íntegras, reflexivas, abiertas a lo nuevo, sin embargo, a demasiados les traerá sin cuidado esta modesta aportación. Como siempre me ha agradado centrar mis libros en campos donde no se había entrado antes (fuera la Transición, el Cine, guías y otras tareas) tengo la experiencia de que “lo provinciano” no cuenta…, incluso en la propia provincia.

Leopoldo Alonso (Salvatierra de Tormes, Salamanca, 23 de abril de 1877), en múltiples ocasiones, no eludió la aventura. Fue un tipo que vivió la imagen como una aventura. Y en ese recorrido –a pesar de esa ignorancia que lo envuelve–, figuró como un profesional que abrió caminos, al que hoy hay que reconocerlo como un pionero, y los latidos de este libro permiten documentar esa andadura. Aquel jovenzuelo menudo y ocurrente recién licenciado en Derecho por Salamanca en 1898, al que le pusieron en camino para ser un gran abogado o un gran político (la plataforma a la que llegó era inmejorable: el bufete de Antonio Maura) mandó todo al arroyo y se fue en busca de la aventura. Él quería moverse y esa aventura la buscó en el reporterismo de sueldo corto y con trazado de riesgo en perspectiva.
Como sobre Alonso no conocíamos más que una serie de datos inconexos, desde el comienzo tuve en claro que me tendría que dedicar a un libro de investigación, para rebuscar las aportaciones de Alonso –en la fotografía, en la escritura, en el cine–, pero también para tratar de entrar en los entresijos del personaje. Las publicaciones El Adelanto, Alrededor del Mundo, Nuevo Mundo, Por esos Mundos, Mundo Gráfico, La Esfera, ABC, Blanco y Negro, Actualidades, Summa aportaron miles, miles y miles de páginas persiguiendo la firma de Alonso y el contexto de ese recorrido. Fue una tarea árida, pero también con situaciones de explosiones de alegría. Localizar su primer escrito en Salamanca en 1901, su salida hacia Madrid, sus primeras fotografías, determinadas situaciones no conocidas o mal situadas, advertir cómo saltaban tensiones… enriquecían la tarea. ¿Cómo era posible que aquella revista, Summa, con planteamientos intelectuales elevados y presencia de textos de la mejor intelectualidad, encomendara a Alonso su sección de Deportes, y éste la atendiera con un nivel de decoro y exigencia en consonancia con los demás textos? Y que además no tuviéramos ni idea de ese mundo de Alonso.

La recopilación de las fotografías que salieron de las cámaras de Alonso en los distintos semanarios en que trabajó permitió documentar que el gran fotógrafo que los historiadores (Publio López Mondéjar, José Miguel Sánchez Vigil…) señalaban que fue le llevaron a figurar como un cronista de Madrid, y que sus terrenos de juego fueron amplios, diversos y a ratos avanzados. Desde luego, diferente a sus colegas del momento. Primero, porque llegó a ese campo sin pasar por los gabinetes o estudios que funcionaban como lanzadera en aquel tiempo, ni nunca figuró en esa modalidad profesional. Además, porque era un fotógrafo, pero también era un plumilla, un periodista que escribía, un tipo con cultura, de modo que hacia el final de su presencia en los semanarios los textos eran crónicas y también relatos.
Alonso cubrió como enviado especial el nacimiento de la aviación española, el asesinato del rey de Portugal, el viaje de la infanta Isabel a Argentina, viajó a Francia con los reyes, o como cuando realizó la información sobre la Casa Real durante varias temporadas y lo mismo sacaba al rey en la cacería con el culo calentándose a la lumbre que en su disfrute de la caza de rebecos en los Picos de Europa. Cuando en 1915 Nuevo Mundo lo mandó de enviado especial –el primer español que aparecía por allí, le dijeron en la Embajada– a Alemania en la primera Guerra Mundial, en el frente de Bélgica y Francia vivió situaciones de riesgo real, aunque ya el periódico le había ordenado volver a casa y, con el dinero que le habían mandado para el regreso, él se escurrió y se metió en el fregado del frente, luciendo en el pecho la Medalla Roja al Mérito Militar concedida en África. Lo relató en un libro sustancioso, cargado de imágenes, “Lo que yo he visto en la guerra. Relato de un testigo presencial de la gran lucha”. Sobre todo, fue uno de los destacados fotorreporteros de la guerra de África. En Marruecos Alonso pasó mucho tiempo de su vida, con vuelos aéreos de peligro cierto, ya que el Ejército del Aire lo había contratado como su fotógrafo oficial. En esos vuelos su misión era documentar las posiciones del enemigo, pero también registrar palmo a palmo terrenos desconocidos –aquellos endemoniados montes del Rif, escondite de los naturales– con el fin de trazar mapas y servir de documentación al Estado Mayor.

Sin otra arma que su cámara, volaba un día a escasa altura sobre terreno enemigo con un gran piloto, que también era un gran ingeniero y gran fotógrafo (fue declarado el tercero mejor del mundo), José Ortiz Echagüe, y Alonso le gritó: “¡Qué aquí tiran de lo lindo!”, y Echagüe le respondió: ”¡Usted tire placas!”.
Leopoldo Alonso confesó que pasó miedo en muchas ocasiones, porque el peligro era cierto, pero cantó el enorme placer que le suponía volar, las sensaciones hondas y diferentes de que pudo disfrutar. En la guerra o cuando pudo volar sobre Madrid y plasmar la ciudad, o cuando junto a Fanjul alcanzó el record de altura en 4.800 metros. O volando sobre las cumbres: fue el primero en captar en fotografía y en película los picachos del país, sus admirados Picos de Europa, Gredos, Sierra Nevada, la Sierra de Guadarrama… ¡Y el Teide! El Teide había sido su obsesión, junto con Ramón Franco, cuando realizaron el que fue el primer “raid” de la Aviación militar española, Melilla-Cabo Juby-Canarias. Allí estuvo Alonso con sus cámaras, también pionero, y cuando llegó el día de volar hacia la cumbre –3 de febrero de 1924– y el hidroavión superó las nubes y encaró el vuelo sobre la boca del cráter volcánico a los 3.718 metros de altura, Alonso dejó un reguero de imágenes y un relato lleno de sensaciones y de datos en el estupendo libro-crónica que escribió. Y luego llegó el otro “raid” cumbre, el vuelo del Plus Ultra: allí estaba Alonso en primera fila, porque la cámara iba en el morro del hidroavión. Pero Franco lo dejó volar sólo hasta Canarias, porque dijo que si él y sus cámaras seguían, se irían al mar. Alonso no se lo perdonó nunca.

La guerra, África y los “raid” envenenaron a Alonso con un nuevo juguete. El Ejército del Aire le compró una cámara de cine para definir aún mejor al enemigo y al paisaje. A los dos años, además, el Ejército mejoró notablemente su material con una cámara Parvo, y eso suponía un lujo. Seguía mirando por un objetivo, pero el aparato tenía una manivela y aquello ya era otra cosa. Así fue cómo a sus 45 años el reportero salmantino siguió tirando fotos, pero atendió sobre todo a la manivela de la Parvo. Se relacionó con gentes del cine, introdujo un giro en su dedicación. Hemos logrado noticia –y material– de que en 1924 ya filmó al margen de la guerra. Y que en 1925 ya estaba introducido de lleno en el cine, porque con Fernando Delgado filmó “Ruta Gloriosa”: no sólo se encargó de la fotografía, sino que también fue el autor del guión. Y como autor del guión y de la imagen volvió a rodar con Delgado “El tren, o la Pastora que supo amar”, que se desarrollaba en Salamanca. Fue un fracaso.
Alonso –que era listo– fue consciente de que él no estaba hecho para ese cine de ficción que requería tareas de producción, de dedicación intensa, una estructura y una serie de dependencias y, desde luego, una financiación que era necesario buscar. A él aquello no le iba. Él era un sujeto libre, era un aventurero. Y como tenía buen olfato advirtió negocio en la propuesta que en aquel momento, 1928, lanzó la Dictadura primo-riverista: recurrir al cine como instrumento de propaganda para atraer el turismo extranjero y también informar al nacional. Documentales que mostraran la monumentalidad, el paisaje, las costumbres de España. Alonso contrató al mejor operador de aquel momento, Agustín Macasoli, y fundó su propia productora: Información Cinematográfica Española – ICE, que en seguida puso en marcha los primeros proyectos del Patronato Nacional de Turismo. Salamanca abrió la serie de lo que se denominó “Estampas Españolas”, marcó el prototipo, y detrás llegaron Zamora, Ávila, Santander, Barcelona, Melilla…, logró el encargo para las dos Exposiciones, Sevilla y Barcelona. Incluso aquel mismo año 29 tuvo tiempo para filmar Béjar en fiestas –que ahora ha sido recuperada– y también Valladolid en la Exposición de Sevilla. Con aquellas películas, el empresario – operador consiguió dinero y prestigio. Los historiadores reconocen su capacidad para estructurar las películas y calidad y modernidad en la imagen. Esas obras ponen de relieve su capacidad para el relato y el logro de una imagen sobria, pero de calidad.

La empresa de Alonso no paraba, había fichado también a otro operador y buen montador, Eduardo García Maroto, y a él le debemos mucha información que Alonso no aportó. En 1930 Alonso no se anduvo con contemplaciones: realizó un nuevo montaje de su “niña bonita” –dejó constancia de ello–, su Salamanca, y se fue a París con el coro del maestro García-Bernalt, más bailarina y tamborilero albercanos, para sincronizar, para sonorizar la película en los estudios Tobis. Allí resultó que apareció un testigo de excepción que también sonorizaba su obra en esos estudios: nada menos que René Clair y su equipo que laboraban con “Bajo los techos de París”, y que aplaudieron lo que estaban contemplando de aquel grupo español. Y como allí le dijeron que a la obra le vendría bien alguna “nota de color”, al volver Alonso cogió a otro grupo de charros y charras y se fue a la finca Gargabete para filmar el movimiento de los jóvenes por la dehesa. Esa película fue el primer documental español sonoro, que sin duda se puede decir que también la primera película, porque la que lo fue en realidad sólo se exhibió una noche en Burgos, mientras que Salamanca dio la vuelta a Europa e incluso al mundo, ya que se proyectaba en los trasatlánticos para entretener a los viajeros. Otro motivo pionero en Alonso. Estas obras contaban, además, con un elemento identificador: las imágenes aéreas. Las películas de Alonso las tenían, las de otros carecían de esa mirada. Esa peculiar interrelación del documental con la Aviación se pudo desentrañar con la valiosa información del Archivo Histórico del Ejército del Aire, donde hallamos una mina sobre Leopoldo Alonso.
En 1931 el ICE dejó otra serie de obras, pero dos iban a ser claves en la aportación de Alonso por su consistencia. Cuando el 14 de abril se proclamó la República, las gentes de la empresa se lanzaron a la calle con sus cámaras. Sobre todo, a la Puerta del Sol, pero a causa de que García Maroto se había subido sobre un camión que se puso en marcha, también recogieron imágenes de otros lugares de la ciudad. Si de entrada se había destacado lo rápido que procedió ICE para poner en los cines su documental, “La proclamación de la República”, como siempre, antes que la competencia, resulta que también ahora esa pieza ha sido considerada por los historiadores de especial valor histórico para conocer, con el reflejo de la realidad, lo que fueron aspectos sociales y políticos del nacimiento de la República, de los comportamientos de los ciudadanos aquel día. Y se la considera “una crónica filmada e inaugural de una modalidad de información audiovisual” (profesor F. Redondo Neila). Es, pues, una obra para la historia, a la que se ha desguazado –y aún sigue, incluso sin referencia– para componer documentales.

La otra obra también con proyección importante fue “El Canal de Castilla”, que hoy está reconocida como la única película española declarada Bien de Interés Cultural mueble, gracias a la gestión de la Filmoteca que dirige Maite Conesa, que fue atendida por la Junta de Castilla y León. De nuevo, Alonso estructuró y filmó una película que narró con eficacia el sentido y el funcionamiento de esa gran obra de la ingeniería del siglo XVIII, con la descripción del esfuerzo que requería su utilización, aparte del interés económico y sociológico en la zona de influencia. En cierto sentido, fue la oportunidad que se le presentó a Alonso para destacar uno de los motivos que con tanta frecuencia había venido teniendo referencias en su obra escrita y fotográfica: la ocupación por el progreso. El progreso y un cierto sentido social están presentes en su dedicación. Y en la imagen, también, una atención muy clara al costumbrismo. La obra es otra de las que han sido rehabilitadas recientemente.
En esa etapa se abrió igualmente otra dedicación en la que Alonso fue pionero: su atención a la elaboración de documentales con sentido informativo, sobre hechos o personas. Creo, y así lo recojo, que aquel operador siguió siendo un periodista, y el periodista que era Alonso trasladó a la cámara de filmar su sentido de la noticia, de la información y de la rapidez para disponerla. De ahí se derivaron una serie de lo que él consideraba “rollos”, las bobinas, de más corta duración, y que ya desde entonces le fueron orientando hacia lo que denominó “cine corto”, donde confesó encontrarse a gusto.

En medio del secarral en el que se ignora la dedicación de Alonso, historiadores del cine como Román Gubern, Luis Fernández Colorado, Daniel Sánchez Salas o María Antonia Paz se han ocupado de la obra –o, al menos, de determinadas películas– del cineasta salmantino.
La guerra civil cogió a Leopoldo Alonso en lugar equivocado, porque al estar en Madrid no le fue bien en el ámbito republicano, mucho más cuando había reunido un familión de nueve personas que dependían de él. Su principal amigo y protector Alfredo Kindelán era el jefe de la aviación de los sublevados, aunque con la República permaneció su otro reconocido amigo, el general Emilio Herrera. Filmó como operador documentales destacados con Fogués para Socorro Rojo Internacional, pero sobre todo anduvo de acá para allá por Levante. Cuando en 1939 regresó a Madrid, tras los recelos iniciales de sus antiguos amigos de Aviación, se tuvo que dedicar a ganarse la vida en una situación muy cruda, dura. En España no había celuloide, y el que llegaba era para los grandes e identificados con el régimen. Eso suponía no poder filmar y tampoco repicar los contenidos de sus valiosos archivos de antaño. Él estaba cargado de proyectos, iba y venía, pero raramente salían adelante iniciativas y no llegaban los encargos. Como a la gran mayoría de los españoles le iba muy mal, y tenía que alimentar nueve bocas, donde no faltaban las enfermedades y los problemas. En 1942 consiguió un nuevo contrato como profesor en el Ejército del Aire, con un elemento fundamental: acceso a economato. Pero él seguía teniendo necesidad de viajar a Ciudad Rodrigo para cargar patatas, garbanzos, chorizos, jamones…, incluso cisco para el brasero.
Viajaba a Ciudad Rodrigo porque allí residía su único hijo, funcionario de Hacienda en la recaudación de contribuciones de la zona. Y esa estancia motivó que Alonso escribiera a la familia, que ha conservado 49 cartas. El acceso a esta información valiosísima del archivo familiar ha permitido que hayamos podido recomponer referencias familiares, pero sobre todo, el recorrido, la pelea de Alonso en su intento de recuperar el estatus profesional con el que contaba antes de la guerra civil. Sabemos lo que pensaba, lo que proponía, lo que le aceptaban y, sobre todo, le rechazaban. En ocasiones, es una documentación que sobrecoge, en algún momento confiesa que no veía salida. Un día se le fastidiaba la cámara, otro día el gasógeno del coche no funcionaba, en otra ocasión le engañaban con una propuesta, o si le solicitaban el esquema de una idea que había tenido, era para copiársela, la censura no le permitía desarrollar un guión sobre Las Hurdes, que fue el primer lugar al que acudió en 1901 cuando hizo su primer reportaje con texto y fotos. Era la posguerra, la durísima posguerra en Madrid, con nueve personas en casa. En ocasiones había trabajo –y la Aviación militar volvió a ser un gran apoyo, junto a la productora Laisa–, pero otras veces el camino se cerraba. No obstante, fue cubriendo un cierto número de documentales, en muchos casos sólo como operador. El libro recoge esa producción y sus cruces y entrecruces.
Ya en 1948 Alonso comenzó a sentirse enfermo, pero seguía manejando proyectos. Pronto se advirtió que el cáncer había empezado a carcomerlo, y de nuevo los servicios de la Aviación militar le tuvieron atendido médicamente, el ministro González Galarza –con quien había volado en Marruecos– le tenía aprecio. Cuando la metástasis se enseñoreó de su cuerpo, murió el 24 de abril de 1949, un día después de cumplir 72 años. Al año siguiente murió en Ciudad Rodrigo su único hijo. En agosto de ese mismo año, un incendio redujo a cenizas gran parte de los fondos cinematográficos del cine español depositados en el laboratorio Madrid Film, entre ellos, los de Leopoldo Alonso. Supuso la nueva muerte de Alonso. Menos mal que no llegó a conocer esa destrucción, porque sólo aquello hubiera representado una cuchillada que lo hubiera llevado por delante.

Para saber más:
Documental Béjar en fiestas (1929)
Documental Estampas españolas (1929)
Documental El Canal de Castilla (1931)
Fuente: Conversación sobre la historia
Portada: Fotografía del rodaje de “Salamanca”, considerado el primer documental sonoro rodado en España, dirigido por Leopoldo Alonso en 1929. La imagen está tomada en la finca Gargabete.
Ilustraciones: Ignacio Francia
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