Joaquín Araujo, el naturalista español actual de mayor impacto global, se define a sí mismo como alguien cuya pasión “es la hospitalidad, la que recibe y la que consigue ofrecer y compartir. Intenta abrirse de par en par para que le entren, por todos los sentidos, los aromas del mejor huésped, la libertad. Esa que se esconde, por demasiado olvidada, donde nada puede ocultarse: al aire libre, a cielo abierto…” Basta empezar a citarle para comprobar que es, además, un gran escritor a quien no sólo le gusta observar, comprender y gozar la naturaleza, sino también colaborar con ella. Dice sentir la necesidad de alimentarse “. También recuerda que su casa “no tiene llave. Unas 3.000 personas pueden confirmarlo”. Durante casi la mitad de sus días le alberga “un bosque, que también ha acogido, ya papel, sus palabras, sus emociones y sus compromisos”, por lo que necesita “plantar mil árboles al año”. Probablemente esas breves palabras de su página web le definan incluso mejor que su largo currículum de 99 libros, 55 capítulos de libro, más de 2.200 artículos, redactor de 8 enciclopedias, director de 198 documentales y guionista de 340, comisario de 21 exposiciones…

Enric Tello

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Joaquín Araujo

 

Anda la muerte muy descontrolada. Comprensible, si tenemos en cuenta lo mucho que demasiados humanos la ayudan. Este presente nuestro también puede ser definido como una demoledora alianza con Thánatos por parte de unos seres vivos que han olvidado precisamente esa condición, la primera y más hermosa. Me refiero a la de ser vida en medio de otras vidas.

Esta civilización nuestra se ha convertido, sin apenas percatarse, en una quinta columna de la muerte, sobre todo si tenemos en cuenta que hasta la pandemia ha sido estimulada por las sucesivas mutilaciones perpetradas contra el conjunto de las comunidades naturales.

En cualquier caso, conviene no olvidar una de las contradicciones más relevantes. Ahora, cuando mueren más de los nuestros, se olvida más fácilmente que, con todo, cada día somos más. Aproximadamente 370.000 nuevos seres humanos llegan al mundo diariamente. Las despedidas alcanzan, covid incluido, a unos 250.000. Es decir, que la humanidad recluta unos 120.000 nuevos miembros cada 24 horas.

Por el contrario, las poblaciones de casi todos los otros animales y no pocas plantas resultan cada día más pequeñas. La estimación de los expertos resulta trágica. Hace 50 años, en el mundo había el doble de vida silvestre que hoy. Los humanos, por cierto, éramos, entonces, la mitad. Un 50 por cien menos que, por cierto, consumía también la mitad de los recursos que hoy acomodan a más del 70 por cien de la humanidad. Que merma todo lo natural resulta más que evidente.

El activista medioambiental brasileño Chico Mendes junto a Lula da Silva en una asamblea en 1985. Tres años más tarde Mendes sería asesinado (foto: archivo Sol de Pando)

David Attenboroug, en su precioso último documental, ofrece cruciales datos a nuestra reflexión, como el hecho de que, en el curso de una sola vida, la suya —tiene 94 años—, ha presenciado la desaparición de la mayor parte de los paisajes vivos y sanos del planeta. Reducidos, por cierto, al 14 por cien de los que conoció en 1954. Demasiada destrucción, pues, por parte de una sola de las más o menos 6.000 generaciones de Homo sapiens que hemos pasado por este mundo o estamos en él.

No conformes con esta situación, unos pocos hemos dedicado nuestras vidas a procurar que haya la menor muerte posible. Tratamos de que ser pacíficos gobierne nuestras emociones y actos. Pretendemos, incluso, contagiar a los demás, a todos los demás. Ciertamente, no hemos triunfado, pero seguimos intentándolo. A menudo, pagando un precio demasiado alto. Nada menos que el dar la vida propia por defender las otras vidas en general.

Precisamente por eso podemos hablar de los héroes del medio ambiente. Personas que acuden en defensa de la multiplicidad de la vida, de los ciclos esenciales, de los procesos de renovación, del mismo clima; en definitiva, de todo lo que consiente nuestra presencia sobre la faz de la Tierra.

Contamos con ellos en todos los países. Nos dedicamos a muy diversas facetas de lo que llamamos conservación de la Natura. Allí unos plantan millones de árboles y acá se atan a los mismos para que no los abatan. Unos caminan o pedalean y otros se hacen vegetarianos. Muchos inician campañas de movilización popular a favor de lo que consideran, y es, patrimonio de comunidades locales o nativas.

Rinoceronte abatido por cazadores furtivos (foto: Efe)

Unos acaban en los parlamentos nacionales y otros inician vidas campesinas y/o decididamente austeras. Otros pocos somos, además, comunicadores que levantamos actas de lo que sucede ahí afuera y os lo contamos. Porque es en el campo de la conciencia individual donde, de momento, se está librando una de las más bellas y difíciles rectificaciones de la historia de las ideas y de los estilos de vida. Sobre todo desde el momento en que vivir contra la vida se ha convertido en el estilo de vida de esta civilización.

Estas convicciones suponen, por supuesto, enfrentarse a los intereses de grandes empresas, ciertos gobiernos, ideologías… Pero no menos a la estupidez y al fanatismo. En la mayoría de los países del mundo, la oposición suele saldarse con una más de las derrotas que sufre la sensatez desde hace tantos años. Pero en no pocos lugares de Iberoamérica, Asia y África, ser activista a favor de la vivacidad cuesta la vida.

Sencillamente, matan a los que no quieren devorar el mundo. Casi siempre a través de sicarios. Chico Mendes aporta el primer ejemplo con notoriedad mundial de lo que puede sucederte por defender un uso natural de los bosques amazónicos. Pero tras él han sido varios centenares, acaso miles (falta mucha información al respecto) las personas en el mundo que —y uso dos palabras que no me gustan— de héroes han pasado a mártires.

Algunos muy conocidos, como Gonzalo Alonso Hernández y Dian Fossey, la mujer que estudió y defendió a los gorilas. La ecofeminista Berta Cáceres, una de las últimas víctimas por defender la integridad de los territorios tribales, pero se nos escapa que en su mismo país, Honduras, han sido asesinadas, en los últimos 15 años, unas 120 personas por su vinculación al activismo ecológico.

Tumba de la naturalista Dian Fossey, asesinada por cazadores furtivos en diciembre de 1985, junto a los enterramientos de varios gorilas (foto: Nyungwe Forest National Park)

Resume este desastre el dato de que a lo largo de 2015, por poner el ejemplo mejor documentado, se contabilizaron nada menos que 185 asesinatos entre quienes no querían que desapareciera la Natura. Brasil lidera invariablemente esta macabra estadística. Casi todos los años, medio centenar de asesinatos quedan registrados en este campo. Le sigue Colombia, con unos 25.

En el resto del mundo, Filipinas va a la cabeza con una treintena de muertos todos los años. Resulta casi imposible saber cuántos mueren en África, donde es frecuente que los guardas de los parques nacionales caigan en combate contra los furtivos. No me parece exagerado terminar afirmando que hay una lenta y desconocida guerra contra los, casi siempre, voluntariamente indefensos defensores de la Natura. A los que ahora sumamos a los compañeros periodistas que acaban de ser asesinados por querer darnos a conocer a los aliados de Thánatos en Burkina Faso.

David Beriain y Roberto Fraile tienen asegurada la gratitud y el recuerdo de los defensores de Eros, es decir, de la vida que amamos.

Fuente: El Confidencial 30 de abril de 2021

Portada: David Beriain y Roberto Fraile (asesinados esta semana), en la imagen, durante la grabación de un reportaje en Laos en 2015 (foto: Sergio Caro)

Ilustraciones: Conversación sobre la historia

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