Presentación

Conversación sobre la historia

Richard Sorge (1895-1944) fue un hombre con dos patrias. Hijo de padre alemán y madre rusa nacido en Bakú  -la ciudad más rica, corrup­ta y violenta del imperio ruso en litoral occidental del mar Caspio-  se movió en un mundo de alianzas inestables e infinitas posibilidades. Luchando en territorio del imperio ruso, Sorge conoció por primera vez a algunos comunistas de verdad: dos soldados que estaban en contacto con grupos políticos radicales en Alemania y que con frecuencia hablaban de Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht, los líderes de la izquierda revolucionaria alemana. En noviembre de 1917, la noticia del golpe bolchevique en Rusia contribuyó a cimentar de forma decisiva las cada vez más fuertes convicciones socialistas de Sorge: «Decidí apoyar el movimiento no solo teórica e ideológicamente, sino convirtiéndome en parte real de él». Casi toda una vida después, encerrado en una prisión japonesa y condenado por ser un espía comunista, seguía convencido de que «mi decisión de hace unos veinticinco años fue correcta … el movimiento obrero revolucionario apoyaba y luchaba por la única ideología fresca y eficaz. Esta ideología, la más compleja, atrevida y noble, se esforzaba por eliminar las causas, económicas y políticas, de esa guerra y de cualquier otra guerra futura a través de una revolución interna».

Sorge pertenecía a aquella generación indignada y decepcionada que encontró nuevas y radicales ideas tras su experiencia en los campos de batalla de la primera guerra mundial; se convirtió en un fanático del comunismo y en el mejor espía de la Unión Soviética.Como corresponsal extranjero se internó y tuvo influencia en las más altas esferas de las sociedades alemana, china y japonesa en los años previos y durante la segunda guerra mundial.

Su historia personal resulta fascinante por la cantidad de escenarios en los que se desenvuelve (desde la Rusia revolucionaria hasta el Japón imperial, pasando por las trincheras alemanas de la primera guerra mundial, el ascenso nazi, los Estados Unidos prebélicos o la China sacudida por la guerra civil). Se convirtió en un valor incalculable para nazis, japoneses y rusos, y desde la otra punta del mundo será él quien advierta de la Operación Barbarroja y las intenciones japonesas de no invadir Siberia en 1941, que resultó fundamental para la contraofensiva soviética en la batalla de Moscú, y que a su vez determinó el resultado de la guerra.


 

 
Owen Matthews

 

Introducción

Richard Sorge fue un hombre malo que se convirtió en un gran espía; de hecho, en uno de los mejores espías que jamás han existido. La red de espionaje que construyó en el Tokio de la preguerra lo situó a solo un grado de separación de los niveles más altos del poder en Alemania, Japón y la Unión Soviética. Eugen Ott, el embajador alemán en Japón, que era al mismo tiempo su mejor amigo, su empleador y un informante involuntario, hablaba de forma regular con Hitler. El principal agente japonés de Sorge, Hotsumi Ozaki, era miembro del consejo asesor del gabinete y hablaba a menudo con el primer ministro, el príncipe Konoe. Y en Moscú, los jefes inmediatos de Sorge eran visitantes asiduos del despacho de Stalin en el Kremlin. Sorge sobrevivió como cabecilla de la red de espionaje de la inteligencia militar soviética en Tokio durante casi nueve años sin ser detectado, y ello a pesar de que el país estaba sumido en una manía histérica por los espías y la policía nunca dejó de buscar la fuente de las transmisiones de radio codificadas que la red realizaba con regularidad. Pero, sobre todo, logró robar los secretos militares y políticos mejor guardados de Alemania y Japón mientras se ocultaba a plena vista.

Sorge era un comunista idealista y, también, un mentiroso cínico. Se veía a sí mismo como un soldado de la revolución, un miembro de una clase elevada de cuadros secretos del partido a los que se había encomendado la sagrada tarea de penetrar en las ciudadelas de los enemigos imperialistas de la Unión Soviética. Sin embargo, al mismo tiempo, era un hombre pedante, un borra­cho y un mujeriego. Era adicto al riesgo, fanfarrón y, demasiado a menudo, muy indisciplinado. En medio de sus frecuentes ex­cesos etílicos estrelló coches y motocicletas, declaró su amor por Stalin y la Unión Soviética ante miembros del Partido Nazi y, de forma irresponsable, sedujo a las esposas de sus agentes más va­liosos y sus colegas más cercanos.

Sorge (izquierda) con el químico Erich Correns hacia 1914 (foto: Wikimedia Commons)

Sorge solía considerarse un héroe romántico, un caballero la­drón como los que aparecen en las obras del Romanticismo ale­mán. Lo cierto es que fue una de esas personas solitarias que toman decisiones en los márgenes del páramo político, un hom­bre destinado a soportar siempre la carga de un conocimiento superior y unos motivos más elevados que los de los seres infe­riores que lo rodeaban. Pese a autoproclamarse paladín de las masas trabajadoras, era un acérrimo intelectual esnob cuyo en­torno natural eran los casinos, los prostíbulos y los salones de baile del Shanghái y el Tokio de la preguerra.

Sobre todo, era un disimulador profesional. Al igual que a la mayoría de quienes alcanzaron la grandeza en su profesión, a Sorge le animaba una profunda compulsión a engañar. El engaño era a la vez una habilidad y una adicción fatal. Durante la mayor parte de su vida, Sorge mintió a todas las personas que le rodea­ban: a sus muchas amantes y a sus amigos, a sus colegas y a sus jefes. Quizás incluso se mentía a sí mismo.

Uno de los aspectos más extraordinarios de la historia de Ri­chard Sorge se advierte al comprender que se movía en un mundo de alianzas internacionales cambiantes y posibilidades infinitas. Para los actores de la época, en el nivel de los estados nación, incluso las certezas a posteriori más férreas eran todavía maleables, aun en asuntos en apariencia inmutables como qué país estaría de qué lado en la segunda guerra mundial. Durante gran parte de la carrera de Sorge, la Unión Soviética y Alemania, pese a ser adversarios ideológicos, fueron aliados encubiertos. A lo largo de la década de 1920, el ejército alemán envió a miles de soldados a adiestrarse en las llanuras de Bielorrusia al ampa­ro de un acuerdo secreto entre Moscú y Berlín. En 1939, Stalin llegó a un pacto con Hitler para dividirse Europa desde los paí­ses bálticos hasta los Balcanes pasando por Polonia, y tras el triunfo sobre el enemigo común polaco, las tropas soviéticas y nazis organizaron desfiles de la victoria conjuntos en Brest y otras ciudades ocupadas. En una fecha tan avanzada como febrero de 1941, mientras preparaba ya la invasión de la URSS, Hitler ofreció a Stalin unirse a las potencias del Eje y participar con Alemania, Italia y Japón en la repartición del mundo entre las grandes dictaduras de la época. Aunque el líder soviético recelaba del Führer, no cabe duda de que se sintió tentado. Hitler y Stalin fueron aliados hasta la noche del 21 de junio de 1941, y todo indica que hasta entonces el segundo pensaba que seguirían siéndolo a la mañana siguiente. Todavía más extraño resulta el hecho de que desde septiembre de 1940 el dictador soviético contara también con sus propios planes de contingencia para la invasión de Alemania, la llamada operación Groza («tormenta» en ruso), algo que hoy sabemos pero que Richard Sorge ignoraba. Al mismo tiempo que, en virtud del pacto de no agresión germano-soviético de 1939, enviaba a Alemania cantidades ingentes de maíz, petróleo y acero para alimentar el esfuerzo bélico nazi, Stalin contaba con una estrategia oportunista para traicionar a Hitler si surgía la ocasión.

Primero de mayo de 1923. De izquierda a derecha: Hede Massing, Friedrich Pollock, Edward Alexander Ludwig, Konstantin Zetkin, Georg Lukács, Julian Gumperz, Richard Sorge, Karl Alexander (niño), Felix Weil, Fukumoto Kazuo, sitting: Karl August Wittfogel, Rose Wittfogel, desconocido, Christiane Sorge, Karl Korsch, Hedda Korsch, Käthe Weil, Margarete Lissauer, Bela Fogarasi, Gertrud Alexander (foto: Wikimedia Commons)

En el caso de Japón, el camino hacia la implicación del país en la nueva guerra mundial fue aún más cambiante. Que los mandos militares japoneses abrigaban sueños de expansión en Asia (una ambición que con el tiempo pasaría por encima de las protestas del Gobierno civil) era algo que había quedado claro desde el momento en que en 1931 un grupo de oficiales renegados logró incitar la invasión de la Manchuria china. Sin embargo, la actitud de Japón hacia Rusia estuvo marcada por una profunda ambigüedad. Mientras que el ejército japonés presionaba con insistencia para iniciar la invasión de la Unión Soviética, lo que habría acabado por completo con los esfuerzos de Stalin por repeler la invasión nazi de 1941, la armada opinaba con igual firmeza que el destino imperial de la nación se encontraba en el sur; a saber, en el control de los campos de arroz de Indochina y los pozos de petróleo de las Indias Orientales Neerlandesas. Por tanto, en 1941 la supervivencia de la URSS pendía de los intrincados juegos de poder que tenían lugar en el Estado Mayor japonés. ¿Podía permitirse Stalin emplear a las tropas del Lejano Oriente soviético en la defensa de Moscú? La respuesta dependía de si Japón iba a implementar o no sus planes de invadir la URSS. Y quien podía resolver esa duda era Sorge, su agente clave.

Tampoco era en absoluto indudable que el país se encontrara en rumbo de colisión con Estados Unidos, ni siquiera en una fecha tan tardía como octubre de 1941, apenas unas semanas antes del ataque sorpresa contra Pearl Harbor. Por el contrario, el primer ministro Konoe se había pasado años intentando con ahínco llegar a un acuerdo con Washington que evitara la guerra en el Pacífico. Su enviado, el almirante Nomura, el embajador de Japón en Estados Unidos, estuvo muy cerca de negociar un pacto de no agresión con el presidente Franklin Roosevelt en el verano de 1941.

En el mundo de Sorge, incluso enemigos naturales como Hitler y Stalin, o Stalin y los militaristas japoneses, podían forjar alianzas (y romperlas). A diferencia de la mayoría de los espías del siglo xx, el espionaje de Sorge no fue solo una cuestión de agentes traicionados y operaciones secretas desbaratadas, sino que tuvo una relación aterradoramente directa con el destino de las naciones y el curso de la guerra en su conjunto.

Credencial de periodista del Frankfurter Zeitung utilizada por Sorge en Japón

A diferencia de muchos otros relatos del sombrío mundo del espionaje, una de las peculiaridades más llamativas de la historia de Sorge es que está extraordinariamente bien documentada. Cuando en 1941 las autoridades japonesas arrestaron a Sorge, los miembros de su red de espionaje, con la honorable excepción de Kawai (uno de sus agentes más jóvenes), cantaron como canarios. Aunque todos confesaron animados por el deseo elemental de salvar la vida, los diversos miembros del grupo tenían cada uno motivos diferentes para cooperar. El mismo Sorge, que durante años se había sentido incomprendido y poco apreciado por sus superiores, escribió en la cárcel una extensa confesión en la que se jactaba de su destreza como espía, así como de su profesionalidad e integridad. Hoy sabemos, pero él lo ignoraba, que los encargados de supervisarle desde Moscú recelaban abiertamente de él y pensaban que podía ser un agente doble. Sorge abrigó hasta el final la esperanza de que la Unión Soviética lo salvaría; en consecuencia, no reveló sus dudas acerca del comunismo, sus planes de escapar de sus jefes o la cuenta secreta que tenía en Shanghái; todo eso lo sabemos gracias a otras fuentes.

Max Clausen, el veterano radioperador de la red de espionaje, tenía un mensaje opuesto para los japoneses. Admitió sin reservas haber perdido la fe en el comunismo e incluso alardeó de haber saboteado de forma sistemática la labor de su jefe destrozando o truncando en extremo los cables que Sorge le pedía que enviara. Es evidente que con ello Clausen confiaba en obtener la clemencia de sus captores, como así fue. El agente estrella de Sorge, Hotsumi Ozaki, un periodista joven e idealista que ascendería hasta convertirse en asesor de confianza del consejo de ministros, estaba ansioso por demostrar que su aparente traición era en realidad una forma de expresar su patriotismo. Ozaki dijo a sus captores que trabajaba por la causa de la paz internacional, siempre teniendo en consideración el beneficio de su país, y que por ello había dirigido sus esfuerzos a evitar una guerra entre Japón y Rusia.

Hotsumi Ozaki, miembro de la red de espionaje de Sorge

Fueran cuales fuesen sus razones, los prisioneros proporcionaron a los japoneses que los interrogaron una mina gigantesca de información detallada acerca de sus vidas y sus carreras en el mundo del espionaje, carreras que en algunos casos se remontaban hasta principios de la década de 1920. Más incluso, la policía secreta japonesa había estado interceptando y transcribiendo los mensajes de radio que la red enviaba a Moscú prácticamente desde el mismo momento en que Clausen había empezado a transmitir desde Tokio los informes codificados de Sorge. No obstante, a pesar de esforzarse con ahínco, los japoneses nunca pudieron localizar la fuente de las transmisiones ni descifrar los mensajes. Eso cambió cuando Clausen les proporcionó el código que empleaba para encriptar los telegramas. La inteligencia militar japonesa consiguió entonces conocer, casi palabra por palabra, la correspondencia secreta de Sorge con sus jefes en Moscú. Las confesiones y las transcripciones, que abarcan dos gruesos volúmenes, se publicaron de forma íntegra después de la guerra. Más tarde, en tiempos de McCarthy, los anticomunistas estadounidenses citarían con frecuencia esos testimonios como un ejemplo escabroso de la capacidad del espionaje soviético para penetrar en los niveles más altos de un gobierno.

Hay dos vacíos en la vasta colección de confesiones y mensajes descifrados reunida por la policía japonesa, así como en los más de cien libros escritos sobre Sorge, en su mayoría por historiadores japoneses, desde que fuera ejecutado en la prisión de Sugamo, en Tokio, en noviembre de 1944. La omisión más importante corresponde a la cara soviética de la historia. Ningún historiador occidental ha accedido a los documentos de Sorge en los archivos de la Internacional Comunista en Moscú o en los archivos de la inteligencia militar soviética en Podolsk (o, en su defecto, citado en los recientes e importantes trabajos de historiadores rusos que utilizan partes de los archivos militares que desde el año 2000 han estado vedados a los investigadores extranjeros). La historia de la turbulenta carrera de Sorge como agente de la Internacional Comunista, su evidente caída en desgracia cuando se purgó de forma implacable a los miembros no rusos de la organización hasta que solo quedaron aquellos que profesaban la lealtad más servil hacia Stalin, su reclutamiento por parte de la inteligencia militar soviética y el posterior ciclo de desconfianza y paranoia que llevó a descartar como desinformación enemiga la valiosísima información que obtenía, se cuentan aquí por primera vez. Otro tanto ocurre con la historia interna de los desesperados intentos de Sorge por advertir a Stalin de que los alemanes se disponían a invadir la Unión Soviética en junio de 1941, una advertencia que fue desdeñada de manera sistemática por la plana mayor del Ejército Rojo, que no se atrevía a contradecir la idea fija de Stalin de que Hitler nunca le atacaría.

Herbert von Dirksen, embajador alemán en Japón (foto: spartacus-educational.org)

La otra pieza que falta en la versión japonesa de los acontecimientos es la vida interior de Sorge, sus dudas y temores, de la que no nos ofrece un mínimo atisbo. Como ha señalado John le Carré, los espías son narradores en extremo poco fiables, pues deben inventarse y reinventarse constantemente. Durante la mayor parte de su vida adulta, Sorge vivió en un mundo donde el riesgo de que le arrestaran o traicionaran le perseguía como una sombra. En los años en que vivió en Japón no tenía a nadie con quien compartir sus secretos más allá de sus subordinados inmediatos. Incluso los agentes japoneses con los que tuvo una relación más estrecha, Ozaki y Miyagi, nunca llegaron a conver­tirse en amigos personales.

Al igual que muchos otros espías, Sorge era un donjuán infa­tigable. Los talentos del espía y del seductor en serie están pro­fundamente entrelazados. La inteligencia estadounidense calcu­laba que durante el tiempo que residió en Tokio tuvo aventuras con al menos treinta mujeres. Sin embargo, esas amantes tam­bién eran, en mayor o menor medida, peones que movilizaba en sus juegos de espía. Sorge las cautivaba (y las aterraba) con enloquecidos paseos nocturnos en motocicleta. Ante unas pocas re­veló un rostro megalomaníaco: borracho, bailaba por toda la casa blandiendo una espada de samurái al tiempo que vociferaba que iba a matar a Hitler y convertirse en un dios. Incluso en sus mo­mentos más íntimos, representaba el papel de alguien más gran­de e importante que él mismo. Ahora bien, aunque se quejaba a menudo de su soledad, no se permitió compartir con ninguna de esas mujeres la carga de los secretos que llevaba consigo. De un modo u otro, los testimonios de las amantes de Sorge nos propor­cionan una valiosa perspectiva sobre el hombre que deseaba ser. Y los archivos soviéticos nos ofrecen muchas más oportunidades de conocer su mundo privado a través de las cartas que escribió a su esposa rusa, Katia, y las memorias y correspondencia de sus amigos y colegas moscovitas, materiales que este libro cita por primera vez en un idioma distinto del ruso.

De pie a la derecha Miyagi Yotoku, otro miembro de la red de espionaje de Sorge, con su familia en 1937 (foto: apjjf.org)

Sorge presenta un desafío inusual para un biógrafo. Durante la mayor parte de su trayectoria, vivió en un mundo de sombras en el que su vida dependía del secreto. Aun así, también era un hombre extrovertido y, en muchos sentidos, exhibicionista. Una vez concluido el juego, en la soledad de una celda japonesa, el espía se dedicó a tejer una versión idealizada de sí mismo para sus interrogadores, y acaso para la posteridad. Entre su amplia correspondencia con Moscú, las cartas a su esposa, los trabajos periodísticos y académicos y su confesión, Richard Sorge dejó un considerable testimonio escrito. No obstante, como muchas per­sonas en apariencia sociables, mantuvo oculto su yo más íntimo, ese era su secreto mejor guardado. Fue un hombre con tres caras. Una cara era la de Sorge, la celebridad, el alma de la fiesta, a la vez escandalosamente indiscreto y adorado por mujeres y ami­gos. Su segunda cara, la del agente secreto, era la que miraba a sus jefes en Moscú. Y la tercera, íntima, la que reservó casi por completo para sí mismo: el hombre de principios elevados y ape­titos vulgares que vivía en un mundo de mentiras.

Sorge tenía cierto talento para los embrollos, algo que supo aprovechar a lo largo de su trayectoria errática y cambiante. La facilidad con la que conseguía adaptarse de un entorno a otro, de un lugar, mujer o amigo al siguiente resultaba asombrosa. Hom­bres y mujeres por igual encontraban irresistible su carisma auto­destructivo. Podía ser endiabladamente básico, temperamental, caprichoso, a menudo tan egoísta como un niño. Su historia evoca la de un hombre dedicado a experimentar con caricaturas salvajes de sí mismo, variantes ligeramente nuevas de su personaje social. Al igual que muchas personas solitarias, tenía un deseo abrasador de encantar, de ser un hombre fabuloso y amado, pero amado en la distancia. Y esa fue su paradoja: cuanto más fabuloso y exitoso conseguía ser, más imposible le resultaba ser amado por lo que de verdad era.

Tenía muchos amigos, pero apenas podía confiar en ninguno. Aunque pasaba la mayor parte de las noches fuera, de juerga en bares, fiestas y restaurantes, mintió y utilizó a casi todos los miembros de su amplio círculo de conocidos. De hecho, la facili­dad mágica con que lograba que la gente se sintiera cómoda y relajada era su mayor destreza. El encanto de Sorge también consiguió mantenerlo con vida. Cuando el brutal coronel de la Gestapo Josef Meisinger, conocido como el «carnicero de Varso­via», llegó a Tokio para investigarle, Sorge lo llevó a los burdeles de Ginza y no tardó en convertir a su enemigo más letal en com­pañero de parranda.

Joseph Meisinger (segundo por la derecha en la segunda fila) en Varsovia, durante el juicio en el que sería condenado a muerte en 1947 (foto: Wikimedia Commons)

Sorge también era valiente. Ya fuera fotografiando documen­tos secretos a hurtadillas, cuando le dejaban unos minutos a solas en el despacho del embajador alemán, o en el hospital, tras un accidente de motocicleta por conducir borracho, cuando aun es­tando terriblemente herido se esforzó para seguir consciente hasta la llegada del amigo que podía encargarse de las pruebas incriminadoras que llevaba en el bolsillo de la chaqueta, Sorge era capaz de mantener una calma casi sobrenatural. Siempre se consideró a sí mismo un soldado, desde sus años de adolescente al servicio del káiser en las trincheras de la primera guerra mun­dial hasta sus últimos momentos en el patíbulo, donde adoptó la posición de firmes y saludó al Ejército Rojo y el Partido Comu­nista Soviético. Pese a sus deslices con la bebida, vivió siempre en un estado de actividad frenética; todos los días se levantaba temprano y dedicaba horas a escribir, leer y espiar. Era un oficial y un profesional, también cuando estaba borracho e incluso en situaciones desesperadas, y de alguna manera era también un caballero. En prisión, se negó a hablar sobre las mujeres que ha­bían pasado por su vida y nunca mencionó ante los investigado­res a la amante japonesa con la que mantenía una relación de años. El fiscal que lo interrogó le describió como «el hombre más grandioso que he conocido».

Sorge también fue una especie de intelectual. No cabe duda de que tenía al menos una inteligencia sólida y competente. En las memorias que escribió en la cárcel, anota que en tiempos de paz habría sido un académico. Vivió su vida como el protagonis­ta de un espectáculo unipersonal cuya auténtica audiencia no coincidía con quienes lo presenciaban en vivo, pues en realidad estaba destinado a sus jefes casi siempre remotos del Cuarto Departamento del Estado Mayor del Ejército Rojo. La tragedia de Sorge fue que durante la parte más crucial de su carrera esos jefes dudaban de su lealtad y habían empezado a considerarlo un traidor, aunque él (afortunadamente quizás) nunca llegó a enterarse de que la excelente información que les suministraba era muchas veces considerada con desdén y descartada por completo.

Richard Sorge (foto: spartacus-educational.org)

Antes de embarcarnos en el relato de la extraordinaria vida de Sorge, voy a ceder la palabra a John le Carré, que en 1966 escri­bió una brillante reseña del primer libro sobre el caso Sorge pu­blicado en el Reino Unido. Le Carré, que había pasado un buen tiempo entre los moradores del mundo de las sombras del espio­naje, entendió a Sorge mejor que la mayoría. «Era un comedian­te en el sentido de Graham Greene, un artista en el sentido de Thomas Mann», escribió:

Al igual que Spinell, el personaje del Tristán de Thomas Mann, siempre estaba trabajando en un libro inacabado. En el momento de su detención, ese libro se encontraba al lado de su cama, junto a un volumen de poesía japonesa del siglo XI que descansaba abierto. Interpretó el papel del bohemio, y al tiempo que se abría camino al éxito bebiendo y puteando tenía como mascota una lechuza que vivía en una jaula en su habitación. Era un gran animador; la gente (incluso sus víctimas) lo adoraba; los soldados simpatizaban ense­guida con él. Era un machote, y como a la mayoría de quienes se autodenominan románticos, las mujeres le resultaban innecesarias fuera del dormitorio. Era un exhibicionista, sospecho yo, y el públi­co siempre estaba formado por miembros de su propio sexo. Era valiente, muy valiente, y abrigaba una idea de misión romántica: cuando arrestaron a sus colegas, se tumbó en la cama a beber sake y esperar el final. Quiso formarse como cantante; no fue el primer espía reclutado en las filas de los artistas fallidos. Un periodista francés lo describe como un hombre que poseía una «extraña com­binación de encanto y brutalidad». En ocasiones, sin duda, mostró síntomas de alcoholismo. Esas son las características que llevaba consigo al hacerse espía. ¿Qué le dio el espionaje? Un escenario, se me ocurre; un barco para surcar sus mares románticos; una cuerda con la que anudar una colección de talentos mediocres; una vejiga de bufón con la que fustigar a la sociedad; y un látigo marxista con el que azotarse a sí mismo. Este sacerdote sensual había encontra­do su verdadero oficio; nació, espléndido, en el siglo que le corres­pondía. Los que estaban obsoletos eran sus dioses.

Tumba de Richard Sorge en el cementerio de Tama, en Tokio (foto: tekdeeps.com)
 
Índice

 

Prólogo. «¡Siberianos!» …………………………………………………………………………………………….  7

Introducción………………………………………………………………………………………………………………   9

  1. «De la escuela al matadero» …………………………………………………………………………..…  19
  2. Entre los revolucionarios ………………………………………………………………………………..….. 31
  3. «La chusma fanática de un siglo en ruinas» …………………………………………………..…  51
  4. Los días de Shanghái ………………………………………………………………………………………..   71
  5. El incidente de Manchuria ………………………………………………………………………………… 103
  6. ¿Ha pensado en Tokio? …………………………………………………………………………………….  129
  7. Se forma la red de espionaje …………………………………………………………………………    143
  8. En casa de los Ott …………………………………………………………………………………………….  165
  9. Moscú, 1935 ……………………………………………………………………………………………….….…. 191
  10. Hanako y Clausen …………………………………………………………………………………….……    207
  11. Baño de sangre en Moscú ……………………………………………………………………………….  233
  12. Liushkov …………………………………………………………………………………………………………..  253
  13. Nomonhan ……………………………………………………………………………………………………….  271
  14. Ribbentrop-Mólotov ………………………………………………………………………………………     291
  15. ¡Atacad Singapur! ……………………………………………………………………………………………. 309
  16. El carnicero de Varsovia ………………………………………………………………………………….. 333
  17. Barbarroja toma cuerpo ………………………………………………………………………………….. 355
  18. «No nos creyeron» ………………………………………………………………………………………….. 373
  19. ¿Plan norte o plan sur? ……………………………………………………………………………………. 391
  20. Punto de fractura ……………………………………………………………………………………………   419
  21. «El hombre más grandioso que he conocido» ………………………………………………… 451

Agradecimientos…………………………………………………………………………………………………….. 471

Notas………………………………………………………………………………………………………………………  473

Bibliografía selecta…………………………………………………………………………………………………. 537

Índice alfabético……………………………………………………………………………………………………… 551

Introducción e índice del libro de Owen Matthews Un espía impecable. Richard Sorge, el maestro de espías al servicio de Stalin (Barcelona, Crítica, 2021)

Portada: Sorge en Tokio hacia 1940 (foto: AKG Images/Ullstein Bild)

Ilustraciones: Conversación sobre la historia

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