El silencio no detiene la ocupación y el genocidio de Gaza
Conversación sobre la historia
Vivimos en un mundo ciertamente contradictorio. Nunca antes ha habido tanta producción industrial, de hecho el planeta es en términos económicos un planeta donde la producción es mayoritariamente industrial, como indica el historiador David Edgerton. Es cierto que se ha orientalizado, con China a la cabeza. La economía de los servicios, aunque nos parezca lo contrario, no es la mayoritaria en el planeta, así que la teoría keynesiana de la “eutanasia del rentista” debía haberse producido, pero, nada parece indicar que podamos constatarla, al menos en el lado occidental. Fernando López Castellano nos da algunas pautas para entender lo que nos ha sucedido.
Fernando López Castellano
Universidad de Granada
Introducción
Las crisis financieras, sanitarias, energéticas y geopolíticas están llevando a muchos Gobiernos a realizar políticas fiscales expansivas y a intervenir en la economía con medidas que rememoran el enfoque keynesiano (Pollin, 1997; Torrero, 2016). Otros estados van más lejos y apelan al “keynesianismo militar” para justificar geopolíticamente medidas económicas que no serían aceptadas desde enfoques neoliberales (Skidelsky, 2025). Del mismo modo, representantes de organismos internacionales como el FMI reivindican la vigencia de algunas intuiciones de Keynes relativas al papel del progreso tecnológico y de la acumulación de capital como factores clave de la prosperidad económica (Georgieva, 2024).
Si bien el recurso a John Maynard Keynes revela su perdurable huella intelectual, el economista británico fue un producto de su época, su Teoría General una obra forjada en el seno de la Gran Depresión, y muchas de sus predicciones estaban ligadas a unas condiciones históricas e institucionales que desaparecieron con la denominada crisis de los 1970. Una revisión retrospectiva de sus previsiones a largo plazo motiva a cuestionar la aplicabilidad contemporánea de gran parte de su imaginario económico. Keynes había especulado sobre el largo plazo y había manifestado su confianza en el futuro en varias ocasiones (Eich, 2024). En su ensayo sobre Posibilidades económicas para nuestros nietos (1930), concibió un estado de post escasez donde gracias al progreso científico se habría resuelto el problema económico y la jornada laboral se reduciría a tres horas diarias (Mas-Colell, 2009). En el mismo texto subrayó que en ese estado también se habría superado el amor al dinero como “morbo semicriminal”. De otro lado, y aunque Keynes ya había abordado la figura del rentista en A Tract on Monetary Reform (1923), en el capítulo “El estado de las expectativas a largo plazo” de la Teoría general (1936), acuñó la expresión “eutanasia del rentista”. Con ella, se refería a que el proceso de acumulación y la abundancia de capital generada haría que el tipo de interés tendiera a cero, acabando de forma gradual con el creciente poder opresivo de una clase financiera que explotaba la escasez de capital en beneficio propio (Coppola, 2019).
Autores como Pecchi & Piga (2008) tildan la visión keynesiana del futuro contenida en Posibilidades económicas para nuestros nietos de profecía fallida, argumentando que el aumento del nivel de vida generado por el progreso no redundó en una reducción drástica de las horas de trabajo, tal como han documentado ampliamente los teóricos contemporáneos sobre el futuro del trabajo (Frey & Osborne, 2013; Srnicek & Williams, 2015). La tecnología no ha reducido la jornada laboral, sino que la ha fragmentado en múltiples micro-tareas, donde el trabajador asume los riesgos y el capital rentista se apropia de los beneficios de la automatización (Graeber, 2018; Kaplan et al., 2025). Por su parte, Corduneanu (2025) califica de “milagro keynesiano” a la “eutanasia del rentista”; Gümüş (2020) atribuye las crisis financieras actuales al desmantelamiento de los mecanismos de regulación que limitaban el aumento del capital financiero y a la creación de nuevos instrumentos financieros; y el teórico de la Escuela austríaca, Osterreicher (2020), celebra la supervivencia del rentista.
Un siglo después, en este artículo se parte de la idea de que la eutanasia del rentista no es una tendencia general de la evolución capitalista, sino una hipótesis plausible en el marco institucional del compromiso fordista de posguerra. Tal compromiso se había materializado en controles sobre los movimientos de capital, subordinación de las finanzas a la producción, coordinación entre la política monetaria y la fiscal, fortalecimiento de la negociación colectiva y expansión del Estado social.
También se basa en la premisa de que la Teoría de la Regulación ofrece un marco especialmente útil para abordar el diagnóstico keynesiano, porque centra el foco del análisis en los modos en que la acumulación capitalista es organizada institucionalmente. En términos de la Teoría de la Regulación, tal diagnóstico estaba históricamente condicionado por un determinado régimen de acumulación y un modo de regulación concreto. La “eutanasia del rentista” propuesta por Keynes sería un horizonte normativo en el contexto de un régimen de acumulación específico, el régimen de acumulación fordista, y en el Estado nacional de bienestar keynesiano, la forma institucional que permitió limitar el poder de las finanzas durante la posguerra (Jessop, 2002). Desde el enfoque regulacionista, lo relevante, por tanto, no es descubrir si el desarrollo económico conduce a la desaparición del rentista, sino conocer la configuración institucional que fomenta o restringe el dominio de las lógicas rentistas en cada régimen histórico de acumulación.
En este sentido, con la crisis estructural de los años setenta desaparecieron las condiciones institucionales y el orden monetario que sustentaban el proyecto político-económico keynesiano y que hubieran posibilitado la “eutanasia”. La ruptura del sistema monetario internacional de Bretton Woods, la liberalización financiera, la autonomía de los bancos centrales y la creciente movilidad del capital transformaron las formas institucionales que habían sostenido el modo de desarrollo fordista. El capital financiero pasó a ocupar una posición central en la dinámica de acumulación, favoreciendo el desarrollo de nuevas formas de rentismo asociadas a los mercados financieros, la propiedad inmobiliaria, los derechos de propiedad intelectual y la privatización de activos públicos.

La “eutanasia del rentista” en el capitalismo postfordista
Keynes consideraba que el aspecto rentista del capitalismo era una fase transitoria, que desaparecería cuando el capital dejara de ser escaso, y el rentista un “inversor sin función”, que moriría de forma gradual, al no obtener gratificación vía tipo de interés (Naito, 2013). Pero, también, intuía que la política de tipos de interés bajos que llevaría a la «eutanasia del rentista» exigía una economía cerrada, o la regulación de los movimientos de capital.
Como es sabido, la Teoría de la Regulación propone un análisis del capitalismo y sus transformaciones, para comprender los períodos de crecimiento estable y los momentos de cambio estructural. Para ello propone un aparato conceptual centrado en tres aspectos fundamentales: el régimen de acumulación, el modo de regulación y el modo de desarrollo. Un régimen de acumulación es una combinación particular de producción y consumo que puede reproducirse a lo largo del tiempo pese al carácter contradictorio de las relaciones sociales capitalistas. Un modo de regulación es un conjunto institucional y complejo de normas que aseguran la reproducción capitalista en el tiempo: las relaciones salariales; las formas de competencia; la emisión monetaria; el Estado; el sistema comercial y financiero internacional. Por último, el modo de desarrollo es el conjunto de regularidades que sustentan una forma de producción, los mecanismos de valorización del capital y la composición de la demanda social durante un período de tiempo (Boyer, 2016; Lipietz 1986; Aglietta, 1979).
En el modo de desarrollo basado en la organización del trabajo fordista y en su forma de regulación social, el Estado Nacional de bienestar keynesiano, la acción política se centraba en la consecución del pleno empleo, la gestión de la demanda y la creación de infraestructuras para el consumo y la producción masivos. El crecimiento se sustentaba en una sociedad salarial, en la que el Estado se ocupaba de la gestión del mercado laboral, apoyado en unos sindicatos responsables, en acuerdos salariales basados en convenios colectivos y en transferencias sociales, que socializan el riesgo y actúan como instrumento anticíclico (Aglietta, 2001). En este modo de desarrollo, la creación y gestión del dinero eran parte de ese amplio proyecto político y se subordinaban a los objetivos de crecimiento, empleo y cohesión social. Los controles de capital, la coordinación entre política fiscal y monetaria y la regulación financiera limitaban la autonomía de los mercados y subordinaban las finanzas a la acumulación productiva. Se trataba de un régimen monetario, que Aglietta y Cartelier (1998) han denominado “dinero politizado”.
El capitalismo experimentó grandes transformaciones en los años 70, derivadas de la sobreacumulación y la caída de la tasa de rentabilidad y de los procesos tendentes a recuperar dicha tasa. La crisis estructural de rentabilidad puso en cuestión el marco institucional y social del proceso de acumulación (Streeck, 2014) y condujo a distintos procesos de recomposición general de las condiciones de valorización para revertir la caída y alterar la distribución en favor del capital. Como ha explicado Harvey (2005) los capitalistas intentaron resolver la crisis mediante la configuración de un Nuevo ajuste espacio-temporal, consistente en presionar a los gobiernos nacionales en pos de la apertura de fronteras, implantar una nueva arquitectura financiera y adoptar una estrategia de “acumulación por desposesión” para revertir al dominio privado los derechos de propiedad común (pensiones, sistema de salud estatal).
Con la quiebra del sistema de Bretton Woods y la posterior independencia de los bancos centrales entró en crisis el régimen monetario fordista inaugurando un proceso de despolitización del dinero, que reforzó el poder de los mercados financieros en detrimento de las decisiones económicas de las instituciones democráticas. El dinero dejó paulatinamente de concebirse como una institución orientada al desarrollo social, se transformó en activo financiero y se organizó siguiendo criterios financieros. En este sentido, la “financiarización” puede entenderse como el tránsito desde un régimen de dinero politizado hacia otro de dinero patrimonial, donde domina la valorización de los activos en detrimento de los citados objetivos de crecimiento, empleo, inversión y cohesión social.
La “flexibilización” de los tipos de cambio y la “desregulación” de la actividad financiera provocaron un fenómeno de creación monetaria que traspasó los límites del sistema financiero y las fronteras de los Estados, dando lugar a una nueva lógica regida por los principios del mercado. Se multiplicaron los activos financieros que se subrogan en las funciones del dinero, así como las entidades emisoras al margen del control estatal. Con la aparición de mecanismos de generación de liquidez internacional se iniciaba la generación de “dinero financiero” (Naredo, 2001), dinero como forma de riqueza deseada por sí misma, invalidando el anhelo keynesiano de que llegaría el día en que el amor al dinero se identificara con una patología.
Mediante la “financiarización”, la privatización de activos públicos y la expansión del endeudamiento, la nueva alianza entre las clases propietarias, las élites gerenciales (directivos, expertos financieros, altos funcionarios, gestores de fondos, consultores y tecnócratas) y los gestores financieros, el nuevo bloque gerencial-financiero reorganizó el proceso de acumulación para restaurar las tasas de beneficio y el poder tras las tensiones distributivas de la posguerra (Duménil et Lévy, 2018).
Además, la empresa postfordista, en pos de maximizar el valor para el accionista, desconectó los beneficios empresariales de la inversión productiva; y los bancos buscaron nuevas fuentes de rentabilidad en los créditos hipotecario y al consumo, en los fondos de pensiones y en la gestión de activos. Al contrario que en el régimen fordista, en el postfordismo los bancos dejan de financiar la producción industrial y extraen el grueso de las rentas del endeudamiento de la clase trabajadora y de las empresas industriales y comerciales, dinámica que Lapavitsas denomina “expropiación financiera” (Lapavitsas, 2013, 2009). El proceso se retroalimenta puesto que la apropiación de una parte creciente del excedente por parte de propietarios de activos reduce los incentivos para la inversión productiva y favorece estrategias de valorización patrimonial. Así, en el periodo 1970-2006 el nivel de inversión bruta se mantuvo muy bajo, mientras que el grueso de las ganancias empresariales favorecieron un crecimiento de la inversión financiera de más del 1.000% (Housson, 2008).
François Chesnais (2004, 2016) denominó como “modo de acumulación caracterizado por lo financiero” al nuevo régimen en el que las finanzas dejan de estar subordinadas a la producción, y los accionistas e inversores institucionales (fondos de pensiones y fondos de inversión) adquieren un enorme poder y dictan la política económica de los Estados soberanos. Hudson (2018) describe el proceso en términos biológicos argumentando que el sector financiero controla el sistema político y económico, actuando como un parásito económico que extrae la riqueza de la economía real, el “huésped”.
La nueva fase, o fase neoliberal, implica cambios en el modo de regulación orientados a la flexibilización, la desregulación y la privatización, y en el Estado, que se transforma en el Estado competitivo schumpeteriano, como forma de regulación social del régimen posfordista de acumulación (Jessop, 2002). El Estado del bienestar, decisivo en el régimen fordista para mantener el consumo de masas a través de la redistribución de la renta, es sustituido, en la postdemocracia consumista, por el crédito al consumidor (Marazzi, 2011). En todo caso, pese a que la expansión del crédito permitió compensar durante décadas el estancamiento salarial y sostener el consumo, exacerbó las contradicciones propias del capitalismo “financiarizado” y generó una gran fragilidad sistémica, como reflejaría la crisis financiera de 2007-2008 (Lapavitsas, 2013). Los rescates bancarios posteriores a la crisis de 2008 salvaron a las grandes instituciones financieras, traspasando las pérdidas millonarias a los ciudadanos a través de recortes a gran escala de bienes públicos (Blankenburg & Kozul-Wright, 2017).
El rentista financiero keynesiano obtenía ingresos por prestar capital escaso, pero la supervivencia del rentismo revela que la acumulación capitalista depende menos de la escasez del capital que de las relaciones de poder que regulan su propiedad, gestión y valorización. El capitalismo generó nuevas formas de rentismo financiero, esto es, nuevas formas de producir escasez artificial mediante monopolios, derechos exclusivos, privatizaciones y barreras legales de acceso (Christophers, 2020). En consecuencia, el rentista no desapareció, sino que se transformó y se integró en nuevas estructuras institucionales capaces de extraer rentas a escala global.
Keynes no intuyó que el rentista sobreviviría pese a la caída de los tipos de interés, porque las élites económicas influirían en las políticas públicas para proteger sus activos mediante leyes fiscales, burbujas inmobiliarias o rescates bancarios. Los rentistas que tienen el poder de crear, emitir y prestar diversas formas de dinero e imponer contratos financieros, son creadores de una riqueza artificial y ficticia, que no está sujeta a las restricciones de agotamiento y entropía que gobiernan al sector real de la economía (Soddy, 1933; Loehr, 2012; Cante, 2025). En la actualidad, algunos de los rentistas más opulentos a nivel mundial son creadores y propietarios de empresas dedicadas a manipular la información obtenida por los algoritmos (Seddiq, 2018).

Reflexiones finales
La revisión de la predicción relativa a la “eutanasia del rentista” permite concluir que no se trata de una tendencia en el desarrollo del capitalismo, ni obedece a un error coyuntural de previsión, sino a que Keynes subestimó la capacidad del capitalismo para crear nuevas formas de rentismo. Keynes concibió el rentismo como una anomalía económica susceptible de desaparecer por la propia dinámica del desarrollo capitalista. Pero, el rentismo constituye una relación social y una estructura de poder capaz de adaptarse a las transformaciones institucionales y tecnológicas. La historia reciente muestra que el problema no era únicamente la escasez relativa del capital, sino el poder que acompaña a su propiedad y el marco institucional que garantiza su reproducción.
Keynes imaginaba una sociedad en la que la autoridad pública, mediante políticas monetarias y fiscales adecuadas, mantendría tipos de interés persistentemente bajos y unas finanzas subordinadas a la producción y al empleo. La eutanasia del rentista sólo era concebible dentro de un régimen de dinero politizado, esto es, un régimen monetario sometido al control político. Desde la perspectiva de la Teoría de la Regulación, el error no radica tanto en el diagnóstico de Keynes como en la generalización de unas condiciones históricas excepcionales. Durante la etapa fordista de posguerra, las instituciones económicas favorecieron la inversión productiva, el pleno empleo y la expansión del bienestar social, restringiendo la autonomía de los mercados financieros. En ese marco, la disminución del poder de los rentistas resultaba una posibilidad plausible. No obstante, la crisis estructural de los años setenta alteró profundamente las bases institucionales del proceso de acumulación, inaugurando un nuevo modo de desarrollo caracterizado por la liberalización financiera, la globalización de los capitales y la creciente autonomía de las finanzas respecto de la economía productiva. Las condiciones favorables al pronóstico keynesiano desaparecen con la transición del fordismo al capitalismo financiarizado.
Desde la crisis de los años setenta, el capitalismo ha respondido a sus contradicciones mediante una creciente “financiarización” de las relaciones económicas y sociales, que ha provocado la conversión de las rentas derivadas de los activos financieros, de la propiedad inmobiliaria y de los derechos de propiedad intelectual en mecanismos idóneos de apropiación de riqueza. Como se ha mostrado, la liberalización financiera y la progresiva autonomía de las finanzas respecto de la economía productiva dieron lugar a un régimen de acumulación en el que la obtención de rentas financieras pasó a desempeñar un papel central en la generación de beneficios. El dinero dejó de ser concebido como instrumento al servicio de la producción y el intercambio para convertirse en una forma de riqueza perseguida por sí misma. En definitiva, los rentistas no han desaparecido bajo el efecto de la abundancia de capital y de la reducción de los tipos de interés, sino que han ampliado su esfera de influencia mediante la transformación de las propias estructuras de acumulación.

Referencias
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Fuente: Conversación sobre la historia
Portada: Ilustración de Orijit Sen, titulada “The Latent, Unused Power of Citizens”, que representa la “financiarización” de la economía y la acumulación de riqueza a través de valores financieros. La imagen fue creada para el informe “State of Power 2019” del Transnational Institute.
Ilustraciones: Conversación sobre la historia
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