Roger Senserrich *

 

Ayer [día 11] el tribunal supremo de los Estados Unidos rechazó de plano el enésimo intento de Donald Trump de ganar en los juzgados lo que había perdido en las urnas. En una breve nota publicada a la hora de cenar, el alto tribunal anunciaba que no iba a tomar en consideración la demanda presentada, ya que los demandantes ni siquiera tenían la autoridad para presentar esa queja.

Una demanda absurda

De todos los casos alocados lanzados por los republicanos, este era especialmente significativo. No tanto por sus méritos legales (inexistentes y absurdos) sino por quién lo había presentado y quiénes los apoyaban.

La demanda fue presentada por Ken Paxton, fiscal general de Texas. Su argumento era que, dado que los estados de Pensilvania, Georgia, Michigan y Wisconsin habían cambiado las normas que rigen el proceso electoral de forma inconstitucional, afectando el resultado, eso producía un prejuicio a Texas. Como consecuencia, el supremo debía invalidar los resultados electorales en esos cuatro estados (literalmente, tirar los votos a la basura) en las elecciones a presidente.

Es una teoría legal no estúpida, sino ofensiva. La constitución es extraordinariamente clara en que cada estado decidirá cómo regula sus elecciones de forma independiente. Aunque esta aserción genera algunas complicaciones, eso quiere decir que un estado no puede inmiscuirse en el proceso electoral de otro, lisa y llanamente.

Que Ken Paxton presente esta clase de cosas es casi comprensible. El tipo está siendo investigado por el FBI tras ser acusado de fraude y aceptar sobornos por sus propios subalternos. En el bazar de corrupción que es esta Casa Blanca, presentar una demanda quijotesca para conseguir un indulto presidencial es algo casi normal.

Lo grotesco y ridículo de todo este circo es que diecisiete fiscales generales de diecisiete estados gobernados por republicanos han apoyado el caso, y 106 congresistas republicanos, o más de la mitad del grupo parlamentario, han presentado un amicus a favor de la demanda de Texas. O, dicho, en otras palabras, una burrada de cargos electos del GOP han visto una demanda absurda que es un ataque frontal contra los resultados de unas elecciones democráticas y se han dicho “si eso es lo que hace feliz al presidente, me apunto”.

Trump en Austin (Texas), el pasado mes de enero, acompañado por la senadora republicana Dawn Buckingham, el fiscal general Ken Paxton y el vicegobernador Dan Patrick (foto: T.J. Kirkpatrick/New York Times)
La dictadura republicana

¿Por qué? ¿Qué lleva a miembros de un partido político a aplaudir rabiosamente las demandas de un presidente que está exigiendo a los tribunales que invaliden unas elecciones por completo?

De todas las explicaciones que he leído estos días la más elegante es esta de Jonathan Last en Bulkwark. En el artículo, Last cita extensamente un maravilloso ensayo de Vaclav Havel donde describía cómo funciona la represión en un sistema político autoritario. Havel se pregunta por qué un tendero en la Praga comunista decide colocar un cartel de propaganda en su tienda que reza “trabajadores del mundo, uníos”, a pesar de no creer en lo que dice.

Havel señala que, aunque nadie crea en el cartel, el gesto de ponerlo implica un mensaje. Para el tendero, es una forma de decirle a sus supervisores de que “soy un tipo que no busca problemas, obediente, y me podéis dejar en paz”. El mensaje no es de unidad del proletariado, sino de consentimiento. Es una señal a sus jefes de que es un “buen ciudadano”, y una señal a sus clientes de que el partido tiene las cosas controladas.

Cuando diecisiete fiscales generales y 106 representantes republicanos secundan una demanda esperpéntica para invalidar elecciones no lo hacen porque crean en ella. Lo hacen porque son como ese tendero, leales ciudadanos que respetan la autoridad de sus líderes. Lo hacen porque quieren demostrar que son leales a Trump.

Como decía el mismo Last hace unos días, Trump está ganando la segunda vuelta de las elecciones americanas. Sí, ha perdido la presidencia, pero ha conseguido imponerse en la pelea por controlar al partido republicano después de las elecciones.

Los presidentes, en general, una vez son derrotados hacen las maletas y se van a casa. El partido procede entonces a atizarse ruidosamente para decidir quién es el culpable de la derrota, y con el tiempo surgen nuevos líderes y candidatos.

Trump ha roto completamente este ciclo. En vez de irse y provocar el debate sobre culpables, se ha quedado para insistir que ha sido un robo y que el partido le debe todo a él. Dado que una fracción significativa de las bases republicanas se mantienen leales a él, no importa lo que diga, Trump va a tener de facto la capacidad de castigar a aquellos que le contradigan en unas primarias competitivas.

El cálculo que todos estos políticos republicanos están haciendo estos días es que si uno quiere hacer carrera en el partido hay un precio a pagar: mostrar lealtad infinita y completa a Trump. No importa lo que diga o piense.

Rudy Giuliani, asesor de Trump en su ofensiva legal tras las elecciones (foto: Chris McGrath/Getty Images)
Lealtad, voz y salida en el GOP

Lo fascinante de los regímenes políticos autoritarios es que pueden ser muy estables vistos desde fuera hasta que súbitamente dejan de serlo. Como hemos visto en el ejemplo de Havel, una de las características definitorias de las dictaduras es que todo el mundo miente. Todo el mundo (o casi todo el mundo) detesta el sistema, pero nadie se atreve a decirlo en voz alta. Ningún tendero de Praga era comunista, pero el partido comunista checo podía seguir gobernando mientras los tenderos no decidieran, todos a la vez, dejar de obedecer las directrices del partido.

Es por este motivo que las dictaduras a veces parecen caer de súbito, sin avisar, simplemente porque hay un evento, una manifestación, o un acto aleatorio que hace que todo el mundo decida la verdad a la vez.

El ejemplo más célebre es la caída de Ceaușescu en Rumanía, cuando en un acto multitudinario televisado de apoyo al régimen, un pequeño grupo de manifestantes empezó a gritar consignas en contra en un lugar que estaba lejos de los policías. La multitud, literalmente, se contagió y empezó a secundar sus gritos, y el dictador contempló atónito, en directo ante todo el país, como cientos de miles de ciudadanos lo abucheaban.

El partido republicano bajo Trump no es una dictadura comunista, y dudo mucho que el presidente acabe siendo fusilado el día de Navidad cantando La Internacional. La dinámica implícita dentro del partido, sin embargo, es parecida: el poder de Trump deriva del miedo que genera en sus compañeros de partido, no de su consentimiento. Si un número suficiente significativo de cuadros republicanos dicen en voz alta que Trump es un patán insensato y que ya basta de hacerle caso, la capacidad de influencia del expresidente se desvanecería casi por completo.

El problema, por supuesto, es que eso exige coordinación entre los cuadros republicanos, y que nadie (o casi nadie) caiga en la tentación de hacerle la pelota a Trump para ganar poder e influencia bajo su protección. Si el GOP en bloque está enviando al presidente a hacer gárgaras, una parte considerable de las bases dejarán de confiar en Trump (¡porque la identificación partidista importa!) y su poder disminuirá. Sin embargo, mientras haya gente dentro del partido alimentando la demanda de estupidez cósmica Trumpiana al lado de Trump, ese alguien partirá con ventaja cuando toque pedir la opinión (y el voto) a las bases en unas primarias.

En un sistema político donde los partidos son poco menos que cascarones vacíos y las élites dentro de la organización no pueden disciplinar o premiar a sus cargos intermedios (“te quedas fuera de listas”), Trump seguramente podrá provocar el caos de forma indefinida, o al menos mientras le dure el crédito entre las bases.

Los senadores republicanos Susan Collins (Maine), Mitt Romney (Utah), Lisa Murkowski (Alaska) y Lamar Alexander (Tennessee), considerados como moderados (mosaico: Marketwacht/Getty Images)
Los disidentes

Por supuesto, siempre habrá los Mitt Romney, Susan Collins, o Ben Sasse de turno, gente que no le reirán las gracias a Trump. En todas partes hay gente honesta y con principios, o en su defecto, cargos electos en escaños híper- seguros que son completamente inmunes a cualquier amenaza del ex- presidente.

La obediencia hacia Trump, además, no será ilimitada, como ya hemos visto en estas elecciones. En Georgia, Arizona y Wisconsin muchos de los cargos electos que han gestionado los recuentos son republicanos que se han opuesto a las demandas del presidente. Una cosa es apoyar pleitos absurdos pidiéndole a un tercero que dé un golpe de estado por ti, y otra muy distinta es saltarse la ley y robar unas elecciones haciendo cosas que pueden meterte en la cárcel. Trump quizás pueda acabar carreras políticas, pero entre perder unas primarias y penas de prisión, casi todo el mundo parece haber escogido lo primero.

Aun así, dudo mucho que el GOP vuelva a la moderación a corto plazo. Con Trump como guardián de las esencias del Trumpismo, los republicanos tienen por delante dos años como mínimo interesantes.

Trump con el fiscal general William Barr el pasado mes de julio en la Casa Blanca (foto: Michael Reynolds/Efe)
Bolas extra:
  • El modelo de teoría de juegos sobre ocultación de preferencias en dictaduras no es mío, obviamente, es de Timur Kuran, una extensión de la lealtad, voz y salida de Hirschman. Ambos son clásicos de la ciencia política clásica.
  • William Barr fue honesto y no hizo público que Hunter Biden estaba siendo investigado por fraude fiscal durante la campaña, siguiendo las normas del departamento de justicia que limitan interferir en la campaña.
  • Escoger un seguro médico en Estados Unidos es un galimatías incomprensible, incluso para gente que se dedica a estudiar la sanidad en Estados Unidos.
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*Roger Senserrich es politólogo. Actualmente vive en New Haven, Connecticut, trabajando como coordinador de programas y lobista ocasional en CAHS, una ONG centrada en temas de pobreza.

Fuente: Four Freedoms 12 de diciembre

https://4freedoms.substack.com/p/miedo-y-silencio-en-el-gop

 

Portada: montaje con el símbolo del Partido Republicano, en el New Yotk Times

Ilustraciones: Conversación sobre la historia

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